En el abatimiento y confusión de su espíritu, no mostraba Fago gran
deseo de conocer el resultado de los combates del día anterior.
Batallas más terribles, libradas en el campo oscuro de su conciencia,
secuestraban su atención, y compartida esta entre el conflicto
propio y los hechos que el anciano cantinero refería, apenas pudo
enterarse de la victoria facciosa, o se enteró de un modo incompleto,
recogiendo solo retazos, noticias sueltas. Córdova se había retirado
inopinadamente de Arquijas. Oraa fue rechazado en Lana, y Gurrea,
que intentó atacar por la derecha, había llegado tarde. En retirada
quedaron, pues, al anochecer los cristinos, y aún no se sabía por dónde
andaban. Prisioneros de la niebla, los dos ejércitos aguardaban que el
sol les libertase para volver a combatir en las mismas posiciones, o en
otras.
—¿Qué le parece? —le preguntó el vejete—. ¿Pelearán en las mismas
posiciones?... ¿Qué piensa, buen hombre?... ¿O es que, por no
entenderlo, no piensa nada?
—No pienso, no se me ocurre nada —dijo Fago demostrando en el mirar y
en el gesto extraordinaria confusión—. ¿Qué entiendo yo de posiciones?
—Es usted sargento, ¡contro!
—Soy un pobre cura que se ha visto obligado a... No sé lo qué digo...
Dadme un poco e vino para que pueda coordinar las ideas.
—Bien se ve que le han engañado esos puercos —dijo Saloma alargándole
el jarro—. No hay más que verle para saber que es usted un mosén muy
cuitadico, y que no sirve para manejar el chopo. Váyase, váyase pronto
a coger el cáliz, para que Su Divina Majestad le perdone el meterse en
estas _jerarquías_.
Y otra mujer saltó diciendo:
—En la cara se le conoce que es cobarde... ¿Qué le pasó, mosén?...
¿que al oír los primeros tiricos le entró lo que los vizcaínos llaman
_bildurra_, y se le movieron las tripas?
La actitud silenciosa y sombría de Fago, confirmó a la baturra en
su creencia, y por caridad, se apresuró a darle participación en
la comida, que ya había sido apartada del fuego, y repartidas las
cucharas, comieron todos de la misma cazuela en que las sopas habían
hervido. No estará de más representar con cuatro perfiles a las
personas que componían la cuadrilla parasitaria del ejército cristino.
Saloma ya es conocida; la otra mujer tenía por apodo la _Maja de la
seda_, y llevaba muchos años de ejercer el comercio ambulante, rodando
por Rioja y Cinco Villas. Su patria era el Bocal; sus ojos bizcos
fulguraban picardía y malas artes; su cuerpo igualaba en flexibilidad
al de una lagartija. Comúnmente la llamaban _Seda_, y se titulaba
esposa de otro punto de la partida, por mal nombre _el tonto de la
Uva_, o simplemente _Uva_, de rostro atezado y cuerpo contrahecho. Era
del Valle de Arán, y se hacía pasar por francés, hablando a veces un
_patois_ de su invención. El vejete, que ostentaba el timbre glorioso
de haberle cosido a Wellington una bota, la víspera de Arapiles,
procedía también del Bocal de Aragón, y le llamaban el _tío Concejil_.
Ganaba dinero con su mercadería ambulante, era consecuente en su
filiación liberal, y había sido fiel parásito de Sarsfield, de Quesada,
después de Rodil, y últimamente de _don Francisco_, que era su amigo.
En Puente la Reina, el año 24, le había dado Mina la mano, cuando
le llevó la noticia de que los realistas, escapados de Cirauqui al
anochecer, habían llegado a Oteiza a las dos de la madrugada. Otros dos
hombres había en la cuadrilla, que eran como bestias de _Uva_; cargaban
enormes mochilas parecidas a cuévanos, repletas de tabaco.
Saloma era entre los parásitos como una huésped: daba un tanto al día
por participar de su comida, y también comerciaba en pequeña escala.
Conocía por sus nombres y apellidos a un centenar de soldados cristinos
de todas armas; mas no se crea que andaba entre ellos con malos fines:
les trataba, les tenía ley, se interesaba en sus triunfos, dábales
alientos con palabras expresivas; pero se mantenía fiel al granadero
Manuel Díaz, natural de Herramélluri, entre Haro y Santo Domingo de la
Calzada; mocetón de buen ver, que más pronto tomaba las mozas que las
trincheras de la facción. No era esta cuadrilla la única que seguía las
legiones de la reina; había otras, y algunas promiscuaban, sirviendo a
carlistas y constitucionales alternativamente, según les convenía.
A mitad de la comida, se arrancó Saloma con este grave aforismo:
—Un aragonés no puede ser cobarde, aunque sea clérigo, señor de Fago...
Esto lo digo yo que soy de Borja...
—Es verdad —replicó el capellán haciendo honor a las calientes sopas—.
Un aragonés es... un aragonés.
—Y está dicho todo. El día que se desbarate España, para volver a
jacerla tendrán que poner por pedernal del cimiento los corazones de
Aragón.
—Y que lo digas. ¿No piensa lo mesmo el señor cura?
—Lo mismo pienso, y en verdad os aseguro que deshonro a mi tierra,
porque soy cobarde. Me creí valiente..., me engañé a mí mismo, me
engañaron diciéndome que era yo muy entero.
—Y en cuanto oyó los primeros tiros...
—No, no fue a los primeros tiros, sino a los últimos.
—Eso sí que es raro —dijo Saloma—. Pues mire, padrico, ándese con
cuidado, que si le cogen los faiciosos, le afusilan por desertor, y si
le pescan los cristinos, no lo pasará bien... Ya se está usted quitando
las _ensinias_ de sargento. Como no tiene uniforme, no le estorba el
chaquetón; pero algo debe disfrazarse, que aunque sea _falso_, a veces
no parece que lo es, y hasta podrían tomarle por un valiente triste,
quiere decirse, _aflegidico_ por mor de amores o qué sé yo qué.
Tal era el desaliento de Fago y tan aplanante su pasividad, que no hizo
el menor movimiento cuando Saloma descosió con sus puercas uñas las
insignias que en las mangas llevaba.
—Y ahora, si no quiere que sospechen, quédese con nosotros —agregó la
baturra—, y aquí comerá de lo que haiga. Si no tiene dinero para el
gasto, no le importe, que a mí no me falta un duro para los amigos, y
más si son de la tierra... Donde yo estoy está Aragón... Conque...
De tal modo sentía el clérigo deshecha y caída su voluntad que nada
supo contestar a estas razones, y a todo asintió, agradeciendo al
propio tiempo el socorro de comida y fuego que a los buenos parásitos
debía. Pensando en aquella inesperada situación a que le había traído
su destino, sorprendió y reconoció en su alma una glacial indiferencia
política. Lo mismo le importaba hallarse entre liberales que entre
facciosos. Empequeñecidos ambos bandos, eran de la misma talla mezquina
ante la magnitud del tremendo conflicto que él llevaba en su alma. ¿Ni
cómo podía ser de Dios uno de los ejércitos, y el otro no? Dios estaba
en todos y en ninguno, y los hombres no se podían diferenciar ante Dios
más que por sus conciencias. Pero con estos razonamientos y otros no
podía calmar la suya, ni ver nuevos horizontes en su vida ulterior.
¿Qué haría? ¿A dónde trasladarse, qué partido tomar, y qué conducta
preferir, y a qué ideas aferrarse?
Rasgó el sol con punzantes rayos la niebla, y se aclaró un espacio
que permitía ver los objetos a distancia de tiro de fusil. Pero luego
cerrose de nuevo la espesa cortina, y a oscuras quedáronse otra vez
dentro de aquella ceguera blanca, que era como el ver que no se veía
nada. Oíanse, no obstante, tambores y cornetas. Los batallones más
próximos marchaban ya, sin que se pudiera saber a dónde. _Uva_, que
había ido a explorar, volvió diciendo:
—San Fernando y la caballería de López vuelven a Mendaza. Los demás,
sabe Dios por dónde andan.
—¿Y ellos?
—La facción, dicen que va hacia la Améscoa; pero no es más que un decir.
Las diez serían cuando acabó de deshilacharse la niebla, y la cuadrilla
se puso en marcha, llevando el burro por delante: Fago se dejó llevar;
no tenía voluntad. Vio soldados cristinos en marcha, caballos,
acémilas; vio a Saloma hablando con sus amigos y conocimientos; vio
un capellán en mula, en quien reconoció a un antiguo colegial de
Vergara. Afortunadamente no fue conocido. _Uva_ se emparejó con él,
y quiso distraerle con su charlar festivo; pero el aragonés, atacado
de un mental marasmo, parecido a la imbecilidad, no acertaba en las
contestaciones, y de rato en rato decía:
—Amigo _Uva_, ¿a dónde vamos? Yo quisiera ir a Veruela.
—No creo que vaigamos tan lejos. Pero usted, mosén, si quiere, por Los
Arcos y Viana se puede pasar a Logroño, y de allí, caminito arriba,
hasta Tarazona... En el coche de San Francisco, cinco días o seis.
Rendido de sueño, el infortunado capellán, aprovechando el descanso de
la cuadrilla en un humilladero que les ofrecía comodidad, se tumbó en
el rincón más abrigado, y mal envuelto en pedazos de manta que pusieron
a su disposición las baturras, se durmió profundamente. Soñó primero
mil disparates inconexos: que _Uva_ estaba jugando a la pelota con
Zumalacárregui; que Saloma era la Saloma de Ulibarri, transfigurada
físicamente; que _Seda_ iba del brazo del general Córdova por la
calle principal de Ejea de los Caballeros, y, por último, su cerebro
forjó una serie de imágenes y hechos, combinados con relativa lógica,
imitando la realidad en todo lo que los sueños imitarla pueden. Viose
en manos de los monjes de Veruela, que de nuevo le rescataban del
infierno, entregándole a Dios... Otra vez se veía cubierto del traje
eclesiástico, y pasaba de Veruela a un lugar sin nombre, con sus casas
cimentadas en escalones sobre altísimas peñas. En el pico más alto
estaba la iglesia, como un nido de cuervos, apoyando sus contrafuertes
en las grietas musgosas de la roca. El sueño le representó después
diciendo Misa en la iglesia roquera, delante de un grupo de fieles
vestidos de negro, con cirios... No tardó en cambiar la decoración, y
viose en otra iglesia pequeñita y oscura. También en ella celebraba, y
en el momento de salir revestido con casulla blanca, por ser la fiesta
del papa San Gregorio, oyó tiros cercanos, gran tumulto de batalla.
Los cristinos cercaban el pueblo; ya eran dueños de las casas
exteriores, y seguían adelante, destruyendo todo lo que encontraban al
paso. Mas él, impávido, apartando su mente de todo lo que fuese guerra
y matanza entre cristianos, empezó su Misa. La decía despacio, muy
despacio, recreándose en las bellezas del simbolismo litúrgico. Pero
cuando llegaba a la consagración, los tiros sonaron en los propios
muros del templo. El pueblo salió despavorido: mujeres y hombres
acudían a la defensa armados de fusiles, palos, o esgrimiendo cirios,
blandones, incensarios, y lo primero que encontraban. El acólito
abandonó el altar, y de la caja del púlpito sacó una escopeta. El
oficiante sintió el demonio de la guerra en su alma, dejó el cáliz
sobre el ara, y sin pensar en quitarse las sagradas ropas, pues el
aprieto del ataque no le daba tiempo para ello, corrió a la ventana,
por donde entraba, con el grandísimo estruendo, humo y polvo de un
batallar furioso. Alguien, no supo quién, puso en sus manos un fusil.
Cogiolo, y saliendo intrepido a la ventana, echóselo a la cara. Los
cristinos subían con escalas. Les recibió a tiros, acertando en todos.
Cada disparo era una muerte. Mientras disparaba un fusil, le cargaban
otro y otro. Llovían balas contra él; pero todas se estrellaban en su
casulla como en una coraza milagrosa... Con gritos de coraje alentaba
a los suyos, y con horribles expresiones blasfemantes denostaba a los
enemigos que asaltaban la iglesia. Tantos mató que caían en racimos
al pie del muro. Y él indemne, viva imagen del dios Marte, vestido de
alba y casulla, mostrando un valor heroico y una pericia no inferior
a su bravura. No contento con rechazar a los que osaron meterse por
la ventana, salió al frente de su cuadrilla por la puerta lateral, y
persiguió al enemigo en retirada, acuchillándolo sin piedad, machacando
cráneos, rasgando vientres, cercenando piernas y brazos. En fin, que
a poco de emprender esta feroz batalla, no quedaba un enemigo para
contarlo. Transcurrió un lapso de tiempo, que apreciar no podía; mas al
término de él, continuaba tan tranquilo su Misa, como si nada hubiese
pasado. Su casulla, que era blanca al empezar, se había vuelto roja de
la sangre de la batalla, y la festividad, que antes era de confesores,
después lo fue de mártires. El vino de la consagración le supo a
pólvora; el acólito, en vez de campanilla, tocaba un tambor... «¡Cuánto
disparate, y qué sueño tan absurdo e irreverente!» dijo el capellán
despertando a los tirones de pies que le daba _Uva_.
—Padrico, que nos vamos. Levántese si no quiere que le dejemos aquí.
—¿En dónde estamos? ¿Qué pueblo es este?
—El pueblo es Mirafuentes. Esto se llama el Cristo de la Caña...
Volvemos a Los Arcos, amiguito, a repostarnos de municiones para
emprenderla otra vez contra esos pillos, que no pelean; lo que hacen es
escurrirse como culebras cuando les tenemos cogidos... Dese prisa, si
no quiere quedarse.
En marcha ya, la mente del tránsfuga, que con el sueño se había
despejado considerablemente, pudo hacer apreciaciones razonables de su
verdadera situación, y la voluntad, libre ya del horrible desconcierto
de la noche anterior, supo determinar algo conforme a lógica y
al sentido común. «No se me había ocurrido hasta ahora que debo
presentarme al señor Arespacochaga, mi protector y amigo, por quien he
venido a estas endemoniadas aventuras. Debo manifestarle el estado de
mi conciencia, mis horribles dudas, el espanto que me produjo la visión
de Ulibarri, el desaliento que ahora me invade, y todo, todo, para que
lo sepa y decida. Él me trajo; él dispondrá de mí».
—Amigos míos —dijo a los cantineros, parándose en mitad del camino—,
cuando nos encontramos, la luz de mi razón hallábase apagada. Ya se ha
encendido; ya veo claro. Agradeciendo a ustedes la caridad que me han
hecho, me veo precisado a dejarles. Tengo que ir al Cuartel Real de
Carlos V.
Diéronle medio pan y un palo, y despidiéndose afablemente tiró hacia
el norte, camino de Mendaza y del puente de Arquijas.