Hecho esto, salió corriendo por encima del cadáver, impulsado de un
instinto de fuga. Corrió hacia las líneas enemigas; no iba solo.
Sus compañeros le agarraron; viose envuelto por los suyos, que
retrocedían... Sin conciencia de sus actos, anduvo después largo
trecho por entre los combatientes, pisando muertos y heridos, oyendo
voces que ignoraba si eran de carlistas o de liberales, y, por último,
fue a caer sin conocimiento al pie de un olivo. Nunca supo lo que
duró su espasmo; al recobrarse de él, viose en completa oscuridad,
pues la noche había cerrado ya. Las voces de sus compañeros sonaban
cerca; distinguió algunas que le eran familiares. Dirigiose allá casi
a tientas, porque apenas veía. «¿Es noche oscura —pensaba— o estoy
yo ciego?». Miró al cielo, y vio algunas estrellas; luego empezó a
distinguir los accidentes del terreno, y movibles bultos, pelotones de
hombres que se alejaban.
Ya se consideraba próximo al sitio donde creía encontrar a los de su
batallón, cuando se hizo cargo de que no tenía fusil. Trató de volver
al pie del olivo donde había caído como desmayado, mas no acertó a
encontrarlo. Los árboles salían a su encuentro, como diciéndole: «Yo
soy, yo soy el olivo». Pero luego resultaba que no eran. Determinose
a seguir sin fusil, y tampoco pudo reconocer la dirección que antes
había tomado. Ni las voces se oían ya, ni los bultos informes se
veían tampoco. Aquí y allá tropezaba con muertos. ¿Eran cristinos o
carlistas? Por las boinas o morriones los determinaba fácilmente.
Miró al cielo, buscando la Osa mayor para orientarse; pero ya no se
veían las estrellas, y la tierra se iba envolviendo en una niebla
blanquecina, cuyos vellones espesos venían de un punto que el
aturdido capellán no pudo discernir si era el norte o el sur. Al fin,
plantándose y llamando a sí toda su inteligencia, ansioso de encontrar
una idea meteorológica, pudo hacer este razonamiento: «De allí viene la
niebla; pues por allí está el río».
Anduvo presuroso en la dirección que estimaba contraria al curso del
Ega. La niebla parecía perseguirle, y cuanto más andaba, más envuelto
se veía en las masas lechosas. Ningún ruido turbaba la lúgubre quietud
del ambiente. Los olivos iban a su encuentro; algunos troncos le
cortaban el paso con brutal choque, sacudiéndole formidable testarazo;
otros huían deslizándose por su flanco, y le azotaban el rostro con
sus ramas mojadas. La tierra le abría zanjas en que se hundía, o le
presentaba parapetos para hacerle caer de rodillas. Tropezó en un
tronco, y al poner las manos en tierra tocó ropas, cabellos... Era un
cadáver. «¿Será este? —pensó el infeliz capellán poseído nuevamente de
glacial terror—. ¿Habré venido a parar junto al cuerpo de Ulibarri,
a quien ensarté no sé cuántas veces con mi bayoneta?». Reconocido
el muerto, vio que tenía barbas y casco. No era el alcalde de
Villafranca... Más allá encontró un caballo; después otros muertos, y
un fusil, que tomó. Era un arma cristina.
Siguió adelante, sin saber ya por dónde iba, pues lo desigual del
terreno obligábale a variar de dirección a cada instante. «Paréceme
—se dijo echándose fatigado en el suelo— que me encuentro en el
campo de batalla de hoy, en el paraje donde rechazamos el ataque
de los cristinos, a arma blanca, donde vi a Ulibarri vivo... No,
no: esto o puede ser, porque sería un milagro... ¡Milagro! ¿Y quién
me asegura que Dios no haya querido sacar de la tierra al buen don
Adrián, y darle realidad o apariencias de vida para confundir con una
imagen terrorífica mi estúpida arrogancia militar, para despertar
mi conciencia de sacerdote, y enseñarme que las manos que cogen la
hostia no deben derramar sangre humana? ¿Será esto? Ejemplos hay de
apariciones sobrenaturales dispuestas por Dios para expresar a un alma
extraviada la divina voluntad. Si Dios puede hacer que tomen forma
corpórea los fenecidos para revelar la justicia y la verdad a los
vivientes, ¿por qué no admitir, desde luego, el milagro de la presencia
de aquel buen hombre en el campo de batalla? No hay que decirme que
pudo ser el que maté persona que al muerto de Falces se pareciese. No
era semejanza, era identidad: el que vi, el que maté, era el alcalde de
Villafranca. Aún le estoy viendo; aún veo la blancura de sus cabellos,
el ardor de su rostro; veo sus ojos iracundos que me traspasaban, que
me daban más miedo que todas las bayonetas cristinas... Era él, era
él. No es aquella imagen obra de mis sentidos, que la tomaron de la
conciencia alborotada: era efectiva, real, y esta realidad solo Dios
pudo disponerla. Creo en los milagros; creo que he visto al padre de
Saloma, que le he matado, que por aquí debe de estar su cadáver».
Dio algunos pasos; anduvo un buen trecho a gatas, abandonando el fusil
que poco antes cogiera, y luego se echó de nuevo en tierra, asaltado
de ideas turbulentas que contradecían las ideas anteriores. «¿Y quién
me dice que fuera real la muerte de don Adrián en Falces? ¿Quién
me asegura que lo que vi en aquella tristísima noche y en aquella
alborada sangrienta no fue el milagro verdadero? Bien pudo ser que
mi conciencia y mis sentidos forjaran, por disposición del cielo, el
suplicio del hombre que ofendí; bien pudo ser que Dios me pusiera ante
los ojos mi ignominia en aquella forma. Si, en efecto, Ulibarri no
pereció en Falces, nada tiene de absurdo que se me presentara en las
filas cristinas, sin necesidad de milagro... ¡Ay!, en todo caso mi
conciencia se alborota, estalla, ahogándome toda el alma. Milagroso
o no, el hombre que vi y que maté en un momento de furor instintivo,
me reveló con su presencia que estoy nuevamente encenagado en el mal,
que escarnezco la sagrada orden, cogiendo en mis manos un arma y
matando sin piedad cristianos con ella... ¡Si al menos fuesen moros!...
Pero tampoco..., ni moros ni nada... Que los maten los militares, si
necesario es para el cumplimiento de la ley de Dios y el triunfo del
Evangelio... ¡Pero yo, yo matar!... Reventé a Ulibarri o a su imagen,
por la ley física que nos mueve a defendernos cuando nos atacan... Es
uno hombre sin poderlo remediar. Un santo haría lo mismo... Estalla
el coraje cuando menos se piensa..., y al recobrarnos de la horrible
locura, ni aun sabemos a ciencia cierta lo que hemos hecho. Llega
un momento en que al hombre civilizado se le cae la ropa, y aparece
el salvaje. Luego nos da vergüenza de vernos desnudos, y volvemos a
encapillarnos la levita, la sotana, o lo que sea...».
Corrió luego desaforadamente, gritando como un loco:
—Estoy en pecado mortal... Piedad, Señor, piedad... En mí llevo el
infierno, la guerra; mis planes estratégicos son los caminos de
Satanás...; mi régimen de movilización de tropas, idas y venidas de
demonios... ¡Piedad, Señor, piedad!...
Oyó cantar un gallo, por donde vino a conocer que eran las dos de
la mañana, hora en que habitualmente deja oír su voz el reloj de la
noche. Aventurose en la dirección del canto, creyendo encontrar un
caserío; pero la niebla era ya tan densa que no sabía por dónde iba.
Oyendo después que el gallo cantaba a su espalda, volvió hacia atrás,
cada vez más perdido en el seno de aquella opacidad algodonácea que
envolvía la naturaleza como un sudario. Había dejado de tropezar con
olivos, y de pronto se presentó un escuadrón de ellos, plantados con
orden y estorbándole el paso... Vino luego un parral, cuyas cepas a
cada instante se le enredaban en los pies. Eran garras que le cogían, y
horquillas que le enganchaban. El hombre volvió a arrojarse en tierra,
exánime, más afligido aún de la negra desesperación que del cansancio.
Lágrimas brotaron de sus ojos. No podía consolarse de haber dado muerte
al que en rigor de justicia debió ser antes y después, y siempre, su
matador... No con lloros y suspiros, ni con la pena ardiente, ni con
el razonar febril, podía desahogar su alma, ni aliviarla de aquella
colosal pesadumbre. Pasó algún tiempo en tan triste situación, y
al fin amaneció: triste claridad se manifestaba al través de aquel
pesado velo, más denso al avanzar el día, más lúgubre blanqueado por
la luz. A veinte pasos no se distinguían los objetos: árboles y peñas
desaparecían como tras una cortina. Los ojos llevaban consigo aquella
ceguera de las cosas; el circuito blanco se movía con el espectador.
No hacía media hora que era día, cuando sintió el capellán voces
humanas. ¿Por qué parte? No podía precisarlo. Tan pronto sonaban
aquellos ruidos por su derecha como por su izquierda. O había gente
por todas partes o la niebla jugaba con el sonido, echándolo de un
lado para otro. Eran ecos extraños de voces roncas de mujeres, como
disputando con voces más ásperas aún de hombres. Por un momento creyó
escuchar la dureza del vascuence. Pero no: era castellano, tirando un
poco a baturro. Creyendo reconocer voces de compañeros de la facción,
anduvo en seguimiento del ruido; se equivocó de rumbo: llamó, le
contestaron y, por fin, encontrose junto a un grupo de personas
diversas, sentadas en el suelo. Habían encendido una hoguera para
guisar algún comistrajo y calentarse. Algunos dormían: el aspecto de
todos era de extraordinario aburrimiento y fatiga. No bien apareció
junto a ellos el clérigo aragonés, saliendo como espectro de los
blancos vellones de la niebla, fue reconocido por una mujer del grupo
que asustada dijo:
—No es nadie. Creímos que venían carlistas. Es el clérigo de
Villafranca vestido de paisano, y sin armas... ¿Qué le pasa, padrico?
¿Está su merced en servicio militar o sigue de capellán?... ¿Vienen más
facciosos con usted? Nosotros somos gente de paz.
—Y vendemos aguardiente —dijo un vejete, señalando el borrico atado al
árbol más próximo.
—Con esta condenada niebla nos hemos perdido —agregó otra mujerona
que atizaba la lumbre—, y aguardamos a que abra para seguir a nuestro
ejército.
—Según eso —dijo Fago, echándose en el suelo, gozoso del calor y de la
compañía—, estoy en el campo cristino.
—¿Viene usted del campo faccioso?
—Sí; ayer tarde me separé de mis compañeros del 5.º de Navarra, y no he
podido reunirme con ellos. Cegado por la niebla, he andado a ratos toda
la noche, y en este momento ignoro dónde estoy.
—A poca distancia de Santa Cruz de Campezu... Mucho tiene que andar
para juntarse con los suyos, que deben de estar en Zúñiga... Tómelo
con calma; y para recobrarse del cansancio eche un trago de vino, y
luego probará de estas pobres sopas. Aquí somos todos de paz, y estamos
a ganar un pedazo de pan, con remuchísimo patriotismo... Yo he servido
en Fusileros de San Fernando, con don Carlos España... Derrotamos al
francés en Arapiles... ¿Sabe usted lo que fue Arapiles?
—¿Pues no he de saberlo?... Batalla ganada por Lord Wellington junto a
Salamanca... Y a propósito: no sé aún el resultado de la acción de ayer
entre Arquijas y Zúñiga.
—Por el cuento, parece que la hemos perdido.
—Quita allá —dijo Saloma—. ¿Tú qué entiendes? El retirarse Córdova
es engaño, para cogerlos luego por allá..., qué sé yo. Nosotros
nada sabemos. Córdova sabe más que el _tío Zamarra_, y por un lado
o por otro le tiene que coger..., y como le coja, se acabaron los
_asolutos_... ¿Qué les quedará si pierden ese general? Pondrán al
frente de las tropas a un clérigo de misa y trabuco..., o el mismico
don Isidro tomará las riendas, como quien dice, el rosario.