XVII

Hecho esto, salió corriendo por encima del cadáver, impulsado de un

instinto de fuga. Corrió hacia las líneas enemigas; no iba solo.

Sus compañeros le agarraron; viose envuelto por los suyos, que

retrocedían... Sin conciencia de sus actos, anduvo después largo

trecho por entre los combatientes, pisando muertos y heridos, oyendo

voces que ignoraba si eran de carlistas o de liberales, y, por último,

fue a caer sin conocimiento al pie de un olivo. Nunca supo lo que

duró su espasmo; al recobrarse de él, viose en completa oscuridad,

pues la noche había cerrado ya. Las voces de sus compañeros sonaban

cerca; distinguió algunas que le eran familiares. Dirigiose allá casi

a tientas, porque apenas veía. «¿Es noche oscura —pensaba— o estoy

yo ciego?». Miró al cielo, y vio algunas estrellas; luego empezó a

distinguir los accidentes del terreno, y movibles bultos, pelotones de

hombres que se alejaban.

Ya se consideraba próximo al sitio donde creía encontrar a los de su

batallón, cuando se hizo cargo de que no tenía fusil. Trató de volver

al pie del olivo donde había caído como desmayado, mas no acertó a

encontrarlo. Los árboles salían a su encuentro, como diciéndole: «Yo

soy, yo soy el olivo». Pero luego resultaba que no eran. Determinose

a seguir sin fusil, y tampoco pudo reconocer la dirección que antes

había tomado. Ni las voces se oían ya, ni los bultos informes se

veían tampoco. Aquí y allá tropezaba con muertos. ¿Eran cristinos o

carlistas? Por las boinas o morriones los determinaba fácilmente.

Miró al cielo, buscando la Osa mayor para orientarse; pero ya no se

veían las estrellas, y la tierra se iba envolviendo en una niebla

blanquecina, cuyos vellones espesos venían de un punto que el

aturdido capellán no pudo discernir si era el norte o el sur. Al fin,

plantándose y llamando a sí toda su inteligencia, ansioso de encontrar

una idea meteorológica, pudo hacer este razonamiento: «De allí viene la

niebla; pues por allí está el río».

Anduvo presuroso en la dirección que estimaba contraria al curso del

Ega. La niebla parecía perseguirle, y cuanto más andaba, más envuelto

se veía en las masas lechosas. Ningún ruido turbaba la lúgubre quietud

del ambiente. Los olivos iban a su encuentro; algunos troncos le

cortaban el paso con brutal choque, sacudiéndole formidable testarazo;

otros huían deslizándose por su flanco, y le azotaban el rostro con

sus ramas mojadas. La tierra le abría zanjas en que se hundía, o le

presentaba parapetos para hacerle caer de rodillas. Tropezó en un

tronco, y al poner las manos en tierra tocó ropas, cabellos... Era un

cadáver. «¿Será este? —pensó el infeliz capellán poseído nuevamente de

glacial terror—. ¿Habré venido a parar junto al cuerpo de Ulibarri,

a quien ensarté no sé cuántas veces con mi bayoneta?». Reconocido

el muerto, vio que tenía barbas y casco. No era el alcalde de

Villafranca... Más allá encontró un caballo; después otros muertos, y

un fusil, que tomó. Era un arma cristina.

Siguió adelante, sin saber ya por dónde iba, pues lo desigual del

terreno obligábale a variar de dirección a cada instante. «Paréceme

—se dijo echándose fatigado en el suelo— que me encuentro en el

campo de batalla de hoy, en el paraje donde rechazamos el ataque

de los cristinos, a arma blanca, donde vi a Ulibarri vivo... No,

no: esto o puede ser, porque sería un milagro... ¡Milagro! ¿Y quién

me asegura que Dios no haya querido sacar de la tierra al buen don

Adrián, y darle realidad o apariencias de vida para confundir con una

imagen terrorífica mi estúpida arrogancia militar, para despertar

mi conciencia de sacerdote, y enseñarme que las manos que cogen la

hostia no deben derramar sangre humana? ¿Será esto? Ejemplos hay de

apariciones sobrenaturales dispuestas por Dios para expresar a un alma

extraviada la divina voluntad. Si Dios puede hacer que tomen forma

corpórea los fenecidos para revelar la justicia y la verdad a los

vivientes, ¿por qué no admitir, desde luego, el milagro de la presencia

de aquel buen hombre en el campo de batalla? No hay que decirme que

pudo ser el que maté persona que al muerto de Falces se pareciese. No

era semejanza, era identidad: el que vi, el que maté, era el alcalde de

Villafranca. Aún le estoy viendo; aún veo la blancura de sus cabellos,

el ardor de su rostro; veo sus ojos iracundos que me traspasaban, que

me daban más miedo que todas las bayonetas cristinas... Era él, era

él. No es aquella imagen obra de mis sentidos, que la tomaron de la

conciencia alborotada: era efectiva, real, y esta realidad solo Dios

pudo disponerla. Creo en los milagros; creo que he visto al padre de

Saloma, que le he matado, que por aquí debe de estar su cadáver».

Dio algunos pasos; anduvo un buen trecho a gatas, abandonando el fusil

que poco antes cogiera, y luego se echó de nuevo en tierra, asaltado

de ideas turbulentas que contradecían las ideas anteriores. «¿Y quién

me dice que fuera real la muerte de don Adrián en Falces? ¿Quién

me asegura que lo que vi en aquella tristísima noche y en aquella

alborada sangrienta no fue el milagro verdadero? Bien pudo ser que

mi conciencia y mis sentidos forjaran, por disposición del cielo, el

suplicio del hombre que ofendí; bien pudo ser que Dios me pusiera ante

los ojos mi ignominia en aquella forma. Si, en efecto, Ulibarri no

pereció en Falces, nada tiene de absurdo que se me presentara en las

filas cristinas, sin necesidad de milagro... ¡Ay!, en todo caso mi

conciencia se alborota, estalla, ahogándome toda el alma. Milagroso

o no, el hombre que vi y que maté en un momento de furor instintivo,

me reveló con su presencia que estoy nuevamente encenagado en el mal,

que escarnezco la sagrada orden, cogiendo en mis manos un arma y

matando sin piedad cristianos con ella... ¡Si al menos fuesen moros!...

Pero tampoco..., ni moros ni nada... Que los maten los militares, si

necesario es para el cumplimiento de la ley de Dios y el triunfo del

Evangelio... ¡Pero yo, yo matar!... Reventé a Ulibarri o a su imagen,

por la ley física que nos mueve a defendernos cuando nos atacan... Es

uno hombre sin poderlo remediar. Un santo haría lo mismo... Estalla

el coraje cuando menos se piensa..., y al recobrarnos de la horrible

locura, ni aun sabemos a ciencia cierta lo que hemos hecho. Llega

un momento en que al hombre civilizado se le cae la ropa, y aparece

el salvaje. Luego nos da vergüenza de vernos desnudos, y volvemos a

encapillarnos la levita, la sotana, o lo que sea...».

Corrió luego desaforadamente, gritando como un loco:

—Estoy en pecado mortal... Piedad, Señor, piedad... En mí llevo el

infierno, la guerra; mis planes estratégicos son los caminos de

Satanás...; mi régimen de movilización de tropas, idas y venidas de

demonios... ¡Piedad, Señor, piedad!...

Oyó cantar un gallo, por donde vino a conocer que eran las dos de

la mañana, hora en que habitualmente deja oír su voz el reloj de la

noche. Aventurose en la dirección del canto, creyendo encontrar un

caserío; pero la niebla era ya tan densa que no sabía por dónde iba.

Oyendo después que el gallo cantaba a su espalda, volvió hacia atrás,

cada vez más perdido en el seno de aquella opacidad algodonácea que

envolvía la naturaleza como un sudario. Había dejado de tropezar con

olivos, y de pronto se presentó un escuadrón de ellos, plantados con

orden y estorbándole el paso... Vino luego un parral, cuyas cepas a

cada instante se le enredaban en los pies. Eran garras que le cogían, y

horquillas que le enganchaban. El hombre volvió a arrojarse en tierra,

exánime, más afligido aún de la negra desesperación que del cansancio.

Lágrimas brotaron de sus ojos. No podía consolarse de haber dado muerte

al que en rigor de justicia debió ser antes y después, y siempre, su

matador... No con lloros y suspiros, ni con la pena ardiente, ni con

el razonar febril, podía desahogar su alma, ni aliviarla de aquella

colosal pesadumbre. Pasó algún tiempo en tan triste situación, y

al fin amaneció: triste claridad se manifestaba al través de aquel

pesado velo, más denso al avanzar el día, más lúgubre blanqueado por

la luz. A veinte pasos no se distinguían los objetos: árboles y peñas

desaparecían como tras una cortina. Los ojos llevaban consigo aquella

ceguera de las cosas; el circuito blanco se movía con el espectador.

No hacía media hora que era día, cuando sintió el capellán voces

humanas. ¿Por qué parte? No podía precisarlo. Tan pronto sonaban

aquellos ruidos por su derecha como por su izquierda. O había gente

por todas partes o la niebla jugaba con el sonido, echándolo de un

lado para otro. Eran ecos extraños de voces roncas de mujeres, como

disputando con voces más ásperas aún de hombres. Por un momento creyó

escuchar la dureza del vascuence. Pero no: era castellano, tirando un

poco a baturro. Creyendo reconocer voces de compañeros de la facción,

anduvo en seguimiento del ruido; se equivocó de rumbo: llamó, le

contestaron y, por fin, encontrose junto a un grupo de personas

diversas, sentadas en el suelo. Habían encendido una hoguera para

guisar algún comistrajo y calentarse. Algunos dormían: el aspecto de

todos era de extraordinario aburrimiento y fatiga. No bien apareció

junto a ellos el clérigo aragonés, saliendo como espectro de los

blancos vellones de la niebla, fue reconocido por una mujer del grupo

que asustada dijo:

—No es nadie. Creímos que venían carlistas. Es el clérigo de

Villafranca vestido de paisano, y sin armas... ¿Qué le pasa, padrico?

¿Está su merced en servicio militar o sigue de capellán?... ¿Vienen más

facciosos con usted? Nosotros somos gente de paz.

—Y vendemos aguardiente —dijo un vejete, señalando el borrico atado al

árbol más próximo.

—Con esta condenada niebla nos hemos perdido —agregó otra mujerona

que atizaba la lumbre—, y aguardamos a que abra para seguir a nuestro

ejército.

—Según eso —dijo Fago, echándose en el suelo, gozoso del calor y de la

compañía—, estoy en el campo cristino.

—¿Viene usted del campo faccioso?

—Sí; ayer tarde me separé de mis compañeros del 5.º de Navarra, y no he

podido reunirme con ellos. Cegado por la niebla, he andado a ratos toda

la noche, y en este momento ignoro dónde estoy.

—A poca distancia de Santa Cruz de Campezu... Mucho tiene que andar

para juntarse con los suyos, que deben de estar en Zúñiga... Tómelo

con calma; y para recobrarse del cansancio eche un trago de vino, y

luego probará de estas pobres sopas. Aquí somos todos de paz, y estamos

a ganar un pedazo de pan, con remuchísimo patriotismo... Yo he servido

en Fusileros de San Fernando, con don Carlos España... Derrotamos al

francés en Arapiles... ¿Sabe usted lo que fue Arapiles?

—¿Pues no he de saberlo?... Batalla ganada por Lord Wellington junto a

Salamanca... Y a propósito: no sé aún el resultado de la acción de ayer

entre Arquijas y Zúñiga.

—Por el cuento, parece que la hemos perdido.

—Quita allá —dijo Saloma—. ¿Tú qué entiendes? El retirarse Córdova

es engaño, para cogerlos luego por allá..., qué sé yo. Nosotros

nada sabemos. Córdova sabe más que el _tío Zamarra_, y por un lado

o por otro le tiene que coger..., y como le coja, se acabaron los

_asolutos_... ¿Qué les quedará si pierden ese general? Pondrán al

frente de las tropas a un clérigo de misa y trabuco..., o el mismico

don Isidro tomará las riendas, como quien dice, el rosario.

Zumalacárregui · 第 21 / 38 题