Al entrar en Zúñiga, donde Zumalacárregui rehizo a su gente, dándole
descanso y municiones, Fago fue hecho sargento, sin pasar por la
jerarquía de cabo. Así se lo notificó el coronel, elogiándole por su
valerosa conducta. Todo el día 13 se ocuparon en preparar un nuevo
combate, presumiendo ser atacados por Arquijas. Cortaron algunos
árboles de la orilla izquierda, y destruyeron luego el puente de
madera. Los heridos fueron llevados a Orbiso, donde estaba el Cuartel
Real, que por disposición de Zumalacárregui debía replegarse, para
mayor seguridad, a San Vicente de Arana, desde donde podría pasar
fácilmente, franqueando los altos de Encía, a tierra de Álava. Tres
batallones fueron situados en las alturas que dominan a Zúñiga,
plantadas de olivos, y las restantes fuerzas las escalonó en las
posiciones convenientes, esperando el ataque de Córdova. No tardó Fago
en hacer estudio del terreno, y conceptuó seguro que los cristinos
habrían de atacar por un flanco o por otro, o por los dos a la vez.
Sin duda una división pasaría el Ega por Acedo, a fin de embestir
por el valle de Lana. Otro cuerpo de ejército podría presentarse por
el valle de Santa Cruz. Quizás las dos operaciones se verificarían
simultáneamente, en cuyo caso Córdova y Oraa tenían que dividir su
ejército en tres partes. Pensó el novel sargento que el general,
obligado a la adivinación de estos movimientos, sabría ya a qué
atenerse. «Y si el general no lo adivina, lo adivinaré yo —se dijo,
olfateando el aire como un sabueso que rastrea la caza—. Vendrán por un
lado y por otro. Como no se prevenga don Tomás para este triple ataque,
estamos perdidos». El 14 por la tarde, hallándose con su batallón
en un olivar próximo a Zúñiga, vio venir al general con su escolta,
inspeccionando las posiciones y enterándose de que sus órdenes estaban
bien cumplidas. El coronel del 5.º le salió al encuentro y hablaron un
rato, denotando en su actitud perfecta satisfacción del estado de las
cosas. Zumalacárregui, que todo lo veía, vio también a Fago cuando
este le hizo el saludo militar; paró su caballo diciendo:
—Ya sé, ya sé que tenemos un soldado más, excelente, bueno entre los
buenos. Adelante, señor Fago, y no desmayar.
Y siguió su camino.
El capellán sargento se quedó meditando: en la mirada del general
hubo de reconocer sus propias ideas, por virtud de una transfusión
milagrosa, y se dijo: «Todo lo que yo pienso, lo piensa él; pero lo
piensa después que yo... Está convencido de que nos atacarán por el
frente y por las dos alas, y ha tomado sus medidas para esterilizar
la combinación. El escalonar los batallones a lo largo de este camino
demuestra una gran pericia; las posiciones son acertadísimas para
acudir a una parte u otra con presteza y seguridad. Todo va bien, como
a mí se me ocurre, como debe ser, como es, porque o se tiene lógica o
no se tiene. Yo la tengo, y acierto siempre... Y como acierto siempre,
señor don Tomás de mi alma (decía esto viéndole perderse con su escolta
tras un grupo de olivos), debo manifestar a vuecencia que yo no me
asusto de que pasen el Ega por la ermita de Nuestra Señora de Arquijas:
al contrario, que vengan, que vengan pronto a esta orilla, donde hemos
tomado posiciones inexpugnables. Y si mi jefe me lo permite, añadiré
que yo no habría mandado cortar el puente. El río es fácil de vadear
por esa parte. El puente habría sido para ellos una facilidad; la
facilidad trae la confianza, y la confianza es la perdición cuando
se está en una puerta que conduce a un calabozo. Trampa será para
ellos este cerco de montañas. Mientras más pronto entren, más pronto
conocerán que no pueden salir.
»Y ahora, se me ocurre meterme en el pensamiento del señor de Córdova.
Si yo mandara las fuerzas cristinas, renunciaría al paso del Ega por
Arquijas. Yo no combato nunca donde le conviene al enemigo, sino donde
me conviene a mí. Pero el espíritu de imitación tiene tal fuerza, que
el hombre de guerra no puede sustraerse a la atracción que ejercen
sobre él los actos de su contrario. ¿Vas tú por allí? Pues yo detrás.
Donde tú estás ahora, estaré yo mañana, y he de ir por el camino que
tú recorriste... Pues no, señor... Iré por donde menos pienses tú
que debo ir. Yo Córdova, después de amagar por Arquijas, llevaría
durante la noche todo mi ejército a Campezu, y desconcertaría el plan
de Zumalacárregui, es decir, el mío, porque yo lo he pensado, y él
conmigo... Pero para este caso hay también previsiones, y yo vencería,
obteniendo con mi victoria todos los cañones de batalla que trae
Córdova; y reforzado mi ejército y cubierto de gloria, franquearía sin
pérdida de tiempo la Sonsierra, caería sobre La Guardia, y luego sobre
Haro y Miranda de Ebro. Pasado el Ebro, se salva Pancorbo, y ya estamos
en Burgos...».
—Mi primero —le dijo el furriel despertándole bruscamente de su
espléndido sueño militar—, para el rancho de hoy me han dado una cosa
que llaman patatas. Mire, mire: son como piedras. ¿Esto se come?
—¡Qué bruto! Es una comida excelente. ¿De dónde eres tú?
—Mi primero, yo soy de Sansoáin, orilla de Lumbier. En mi pueblo no
comen esto las presonas, sino las monjas por penitencia, según dicen, y
los marranos, con perdón.
—Pues en el mío y en todos se cultivan las patatas y se comen, y saben
tan ricas. Se introdujo en España este comestible cuando la guerra del
francés. Muchos no querían comerlo por ser fruto traído de Francia;
pero ya vamos entrando con él, que para el buen comer no hay fronteras.
—Mi primero, oí que comiendo estas pelotas sacadas de la tierra, se
pierde la buena sangre, y nos volvemos todos gabachos o ingleses de
la parte de mar afuera, diendo para La Habana. Yo no entiendo; pero
le diré que las probé y me supieron al jabón que traen de Tafalla y
Artajona. Si es para limpiar tripas, bueno va. Pero no me digan que
esto cría sangre.
—Échales vino encima y verás.
—Con el vino solo me apaño, y estas pelotas que las coman los guiris,
para que revienten de una vez.
—Ponlas y calla, y el que no las quiera que las deje. Si no tenemos
bastante vino, yo lo compro de mi bolsillo: ya sabes que no me falta
un duro para obsequiar a la sección. Pídele cuatro o seis pintas al
_Riquitrún_, y tenlas aquí antes de que toquen a rancho.
—Mi primero, por si no lo sabe, pongo en su conocimiento que el
_Riquitrún_ es muy malo, y siempre nos lo da con agua. Ese tunante ha
sido sacristán, y esto basta para que no venda vino de ley. De usted
se reía esta mañana, diciendo que en Oñate le ayudó la misa y que se
equivocó usted tres veces, trabucando los latines, poniendo el cáliz
donde no debía ponerlo, y haciendo muchas morisquetas.
—Miente el bellaco —replicó el capellán, pálido de ira—. Yo no me
equivoco en la misa ni en nada. Y si vuelven a decirme tal injuria, el
sacristán y tú sabréis quién es José Fago.
Al día siguiente, 15, atacaron los cristinos por Arquijas. Vadearon
el río; se batían en las dos orillas bravamente, con mucha menos
tropa de la que presentaron en Mendaza el día 12. No había duda de
que aparecerían por Santa Cruz o por el valle de Lana. A las dos de
la tarde se despejó la incógnita: Oraa se apoderaba de la Peña de la
Gallina, y contra él fueron cinco batallones mandados por Villarreal
e Iturralde. Zumalacárregui estaba en el camino que va de Zúñiga a
Orbiso, en lugar culminante, y como adivinaba un tercer ataque por
su derecha, tenía dispuestos cuatro batallones. Sereno y previsor,
con su ejército y el enemigo metidos dentro de la cabeza, viendo
y sintiendo la totalidad del terreno con sus varios accidentes y
distancias, aguardaba el desarrollo de la acción con la tranquilidad
del maestro que domina su oficio. Todo en aquel día feliz marchaba como
el programa de una función histriónica, y los distintos papeles eran
desempeñados con puntual exactitud, no solo por parte de los suyos,
sino de los contrarios. El enemigo hacía lo previsto, lo calculado,
sin ninguna iniciativa nueva, sin ninguna sorpresa o improvisación que
desconcertara el plan general. Este, por su sencillez lógica, parecía
la página más elemental de un tratado de estrategia.
Los cinco batallones de la izquierda realista, el 5.º entre ellos,
atacaron la división de Oraa, sin darle tiempo a descansar de su
fatigosa marcha. Iguales eran las fuerzas por una y otra parte; en
bravura fuera difícil hallar diferencia. La que resultó a la caída
de la tarde tuvo por causa la ocupación de mejores posiciones por
los facciosos, y el desaliento de los cristinos al enterarse de que
las tropas que rodearon el Ega por Arquijas volvían a pasar a la
orilla derecha y se retiraban hacia el caserío de Acedo. Replegose
Oraa a su primera posición de la Peña de la Gallina; los carlistas,
sintiéndose con indudable ventaja, le acosaron; Iturralde quiso reponer
su fama de la pérdida lamentable del día 12, y como hallara en los
cristinos pasividad heroica y resistencia formidable, apretó los
resortes de su máquina; puso en el último grado de tensión el vigor
navarro, y, perdiendo gente, arrebató muchas vidas al enemigo. Toda
la tarde combatió Fago con impávida constancia, comunicando su valor
sereno a los hombres que estaban a sus órdenes, haciéndoles audaces
y temerarios, al mismo tiempo que prudentes y astutos. Ya se venía
la noche encima, cuando medio batallón de los de Oraa, revolviéndose
desesperado, como el león herido, acometió con zarpazo furibundo al 5.º
de Navarra, que fieramente le hostigaba. Trabose lucha a la bayoneta;
corrió la sangre; cayó un frente de carlistas de más de veinte hombres,
como la mies rápidamente segada por la hoz.
Pero aún había navarros en gran número para vengar a sus compañeros,
y multitud de cristinos cayeron acuchillados sin piedad. Fago iba
delante, pues había llegado el momento del ardor fogoso, de la
embestida frenética con uñas y dientes. En el ardor de la refriega,
y en una de esas pausas de segundos que median entre los golpes,
vio entre los enemigos que avanzaban una figura extraordinariamente
terrible, un hombre de cabellos blancos, corpulento... Desde lejos
le miraba, y parecía dirigirle la afilada punta de la bayoneta al
pecho o al estómago... El capellán se vio acometido de un miedo
súbito: su consternación le privó como por ensalmo de toda su energía
militar, arrancándole su conciencia de soldado. Aquel hombre, más bien
irritada fiera que contra él venía, era Ulibarri, el propio don Adrián
Ulibarri; no podía dudarlo: le vio como a diez varas; sus facciones
no mentían, no podían mentir, ni había confusión posible con otra
persona... En mucho menos tiempo del que se emplea en referirlo, el
fantasma, o lo que fuera, estuvo a dos pasos... Fago reconoció la voz,
la mirada: era él... Su terror fue inmenso..., se dejaba matar. Pero
cuando solo un palmo distaba de su vientre la bayoneta del furibundo
cristino, dispararon contra este los navarros dos o tres tiros que le
hirieron gravemente. Cayó Ulibarri, y se volvió a levantar. Fago vio en
sus ojos moribundos el odio y la ferocidad: una mano de tigre le agarró
convulsiva el cuello: una voz le lanzó el mayor insulto que boca humana
puede proferir... Recobró el capellán súbitamente su personalidad
corajuda; dio un paso atrás, requiriendo su fusil armado de bayoneta, y
se hartó de clavarla en el cuerpo de su enemigo.