Oraa, con certero golpe de vista, lanzó sus tropas hacia Mendaza,
mandándolas flanquear la altura y atacar a Iturralde de flanco.
Los cuatro batallones tuvieron que moverse de nuevo: al sonar los
primeros tiros, su posición era ya muy desventajosa. Difícilmente pudo
el Guipuzcoano y uno de los Navarros sostener el fuego contra los
cristinos; los otros dos Navarros no sabían dónde ponerse. Iturralde
les mandó bajar, y luego subir, y luego estarse quietos. Con la
conciencia de su falta, el hombre no sabía ya qué hacer, ni cómo
arreglarse para salir airoso de aquel mal paso. En tanto, el amigo
Fago, que aún no había disparado un tiro, intentaba hacerse cargo de
lo que ocurría en el centro. Por allá también se batían. Sin duda
la división de Córdova atacaba las fuerzas mandadas por don Bruno
Villarreal, consistentes en tres batallones y la caballería, y en
apoyo de estos corría sin duda el propio Zumalacárregui con los cuatro
batallones situados en Asarta. Esto se lo figuraba el capellán soldado:
lo veía en su mente a la luz de la lógica; pero no en la realidad,
pues desde el repecho en que había quedado el 5.º de Navarra, sin
poder avanzar ni retroceder, nada se distinguía claramente. Por entre
las ondulaciones del terreno de roja arcilla, salpicado de olivos en
algunos trozos, en las más enteramente calvo, veíase humo de fogonazos;
pero nada más. El tiroteo arreciaba; el rumor de batalla era ya
formidable estruendo.
Por el lado de Mendaza, los del bravo Iturralde resistían el empuje
de las tropas de Oraa, batiéndose con su habitual denuedo; pero los
cristinos habían sabido ganar mejores posiciones, y llevaban la mejor
parte en la refriega. El bueno de Iturralde y su gente lo habrían
pasado mal, si la acción no cobrase un vivo interés en el centro. El
coronel del 5.º, descontento de su desairada situación, ávido de entrar
en fuego, maniobró hacia la llanura, corriendo por su cuenta y riesgo
en apoyo de los alaveses. Ya tenéis a Fago batiéndose en primera línea,
impávido, como si en su vida no hubiera hecho otra cosa. Con seguro
instinto sabía escoger en el pequeño radio de que disponía la mejor
posición; alentaba a sus compañeros, y antes daba que recibía de ellos
el ejemplo de serena audacia, pasando más bien por veterano que por
bisoño.
Desplegado el batallón en columnas, más de una hora sostuvieron estas
el fuego al amparo de un grupo de olivos. Avanzaron dos o tres veces;
tuvieron que retroceder a su primera posición, perdiendo algunos
hombres. A la una de la tarde, las bajas de la compañía de Fago eran
cuatro muertos y unos catorce heridos, entre ellos el capitán Alzaa. El
coronel se impacientaba: no tenía costumbre de batirse largas horas en
un mismo sitio; sus valientes soldados se habían educado en los avances
rápidos. Pero en aquella desdichada ocasión les atacaba un poderoso
enemigo, apoyado en la columna de Oraa, que rápidamente les quitó la
ventaja del terreno alto; de poco les valió a los carlistas aventurarse
a una fogosa carga a la bayoneta, porque la tropa contraria _les tenía
ganas_, se sentía en mejor posición y con mayor fuerza moral. Mandábala
un general de grandes alientos, joven, instruido, hecho a las luchas
diplomáticas y militares, tan buen conocedor de la sociedad cortesana
como de los campos de batalla. Desde el primer momento conocieron los
facciosos que el contrario era duro de pelar, y por aquella vez la
extraordinaria pericia de don Tomás no les llevaba a una fácil victoria.
Los batallones que mandaba el propio Zumalacárregui adquirieron alguna
ventaja sobre los cristinos a las dos de la tarde. Pero como por el sur
de Mendaza Iturralde se vio desalojado de sus posiciones, teniendo que
replegarse con alguna confusión, Córdova no tardó en ganar el terreno
perdido, y a las tres la caballería cristina, mandada por López,
acometió con extraordinario brío, y los facciosos no pudieron con ella.
Desconcertado desde el primer momento el plan de Zumalacárregui, apenas
pudo este sacar partido de sus setecientos de a caballo. Harto hizo
con proteger la retirada de los castigados batallones, que abandonaban
la victoria con más tristeza que desaliento, sintiéndose dispuestos a
empezar otra vez en aquel mismo instante, si así se les ordenaba.
El 5.º de Navarra sostuvo el fuego hasta que no pudo más, y perdiendo
mucha gente, apoyó la retirada de los alaveses. De tal modo habíase
adiestrado el capellán aragonés en la táctica que preveía todo lo
que habían de mandarle, y más de una vez sus movimientos y los de
los compañeros que a su lado combatían se anticiparon a las órdenes
de los jefes. La serenidad del coronel y su práctica de la guerra;
la firmeza de los valientes oficiales que supieron mantenerse en
el heroísmo pasivo y en la resistencia deslucida; la conducta de la
tropa, penetrándose con seguro instinto de estas ideas y realizándolas
admirablemente, enaltecieron al 5.º de Navarra en aquel día. Gracias a
él, la derrota de los carlistas no fue una desbandada vergonzosa.
La retirada de los tres batallones a cuyo frente seguía Iturralde
no pudo hacerse sin algún desorden; los del centro hiciéronla con
admirable serenidad. Al anochecer todo el ejército carlista iba en
busca del puente de Arquijas. El general mismo corrió peligro de que
le cogieran prisionero, por habérsele caído el caballo cerca de Acedo.
Los minutos que tardó en reponerse, auxiliado por los suyos con toda
diligencia, decidieron de la suerte del Cuartel General. Un minuto más,
y todo se habría perdido. Favorecidas de la noche, las tropas de Carlos
V pasaron el Ega, por junto a la ermita de Nuestra Señora de Arquijas,
y acamparon en las inmediaciones de Zúñiga, en campo raso. El ejército
cristino durmió en las posiciones de Mendaza y Asarta: dormir hoy donde
durmió anoche el enemigo es la victoria. Si los facciosos hubieran
hecho su cama en Los Arcos y en Viana, es fácil que a los ocho días
don Carlos hubiera puesto sus almohadas en el palacio de Madrid. Pero
aquel Dios, que muchos suponían tan calurosamente afecto a uno de los
bandos, dispuso las cosas de distinta manera, y pasó lo que según unos
no debió pasar, y según otros sí. Estas sorpresas, que nada tienen de
sobrenaturales, obra de la divina imparcialidad, son tan comunes que
con ellas casi exclusivamente se forma ese tejido de variados hechos
que llamamos historia, expresando con esta voz la que escriben los
hombres, pues la que deben tener escrita los ángeles no la conocemos ni
por el forro.
Ya cerrada la noche, los valientes cristinos, acampados en las
posiciones realistas, formaban pabellones, encendían hogueras,
preparaban su cena frugal. En los caseríos de Mendaza y Asarta se
alojaban los jefes y alguna tropa, y se habían instalado los hospitales
de sangre para auxiliar a los quinientos heridos de aquel sangriento
día. La cifra de muertos de uno y otro bando no se conocía bien a
prima noche. Al pie del cerro de Mendaza había como sesenta, y en
el llano de Asarta muchos más, yacentes en una faja de terreno de
reducida anchura, que revelaba la firmeza del choque entre las dos
fuerzas. Las diez serían cuando avanzaba por el camino de Arquijas,
en dirección contraria al puente, un general con su escolta: sin duda
venía de practicar un reconocimiento del campo de batalla, y de las
nuevas posiciones que en su retirada había tomado Zumalacárregui. Al
pasar por entre los grupos de soldados que vivaqueaban satisfechos y
gozosos, con ese estoicismo festivo que es la virtud culminante de la
infantería española, el resplandor de las hogueras iluminó su busto.
Era un viejo fornido, de rostro totalmente afeitado, el cabello corto,
el perfil a la romana, con cierta dureza hermosa, a estilo napoleónico.
Los soldados, al verle venir, abandonaron sus cacerolas, donde guisaban
habas con un poco de tocino, y prorrumpieron en exclamaciones de cariño
ardiente:
—¡Viva el general Oraa!... ¡Viva nuestro padre, y mueran ellos!...
Y más lejos gritaban:
—¡A ellos ahora mismo!... A quitarles las camas... ¡Viva Oraa, viva
Córdova, viva la reina!
Dirigiose el general al alojamiento de Córdova, en Mendaza, y allí
estuvieron, hasta muy avanzada la noche, en largas conferencias y
estudio de la marcha que debían seguir con sus diecisiete batallones.
¿Forzarían el paso de Arquijas? ¿Operarían parabólicamente, pasando el
Ega, cuatro leguas más arriba, para buscarle camorra al enemigo en el
valle de Campezu? Cualquiera sabe lo que discutieron y determinaron.
Es probable que adoptado un plan aquella noche, lo modificaran al día
siguiente, en vista de las noticias que por buenos espías tuvieron de
los movimientos del enemigo, y de la inducción más o menos acertada que
con ellas hicieran de las sagaces intenciones de Zumalacárregui.
Avanzada la noche, se acallaron los ruidos del campamento. Muchos
soldados dormían; otros hablaban sosegadamente, aventurando juicios y
cálculos para el día próximo. Veíanse bultos que exploraban el campo,
reconociendo muertos con auxilio de farolillos, pues la noche era
tenebrosa y el celaje espesísimo no dejaba ver la luna creciente.
El estrago de un encarnizado combate, como el del 12 de diciembre
en Mendaza, no lo revela el día, sino la oscura, la callada noche,
cuando examina recelosa el campo de batalla y los tristes despojos
esparcidos en él; cuando se pregunta a los muertos su número, quizás
sus nombres; cuando se busca entre los rostros lívidos alguno que entre
los vivos no parece. Tras de los ejércitos van personas que hacen esta
triste investigación mejor que los mismos de tropa; gentes que aman al
soldado, que le sirven, le ayudan, le auxilian, que rara vez estorban
a la disciplina militar, y a menudo fortifican la llamada satisfacción
interna.
Más abundaban estas cuadrillas abyecticias en el ejército cristino que
en el de don Carlos, y en ocasiones llegaron a ser en tanto número que
los generales hubieron de limitar el parasitismo, expulsando vagos,
mercachifles y mujeres. A los grupos que aquella noche andaban a la
busca y reconocimiento de muertos agregáronse soldados que anhelaban
encontrar al compañero, al paisano, al amigo. Iban de acá para allá,
alumbrando el suelo con la luz de las mustias linternas, y al encontrar
un muerto le nombraban.
—¡Ah, Fulano, pobrecico!...
A otros nadie les conocía: llamaban con fuertes voces a soldados
distantes.
—Tú, ven, a ver si sabes quién es este... Juraría que es Juanico,
cabo del sexto... ¿Y aquel no es Samaniego, el guipuzcoano jugador de
pelota?... ¡_Mia, mia_, qué cuerpo tan grande! Digo que no va a haber
tierra donde meterlo... Ved aquí al pobre _Chomín_ con pierna y media
nada más, y la cabeza rota... El que no comparece es Gurumendi, más
bravo que el Cid, y más feo que el hambre. ¡Ay!, aquí está el chico ese
de Cirauqui... Blasillo. Su madre quedaba esta tarde en Piedramillera
rezando porque no le tocaran las balas. Tiene atravesado el pecho.
Maldito si saben las balas adónde van... ¡Qué dolor!... Y gracias que
hoy no se han reído esos pillos, y en retirada fueron... Pero verás tú
la que traman ahora... Lo que yo digo es que con este don Córdova no
juegan... Denles mañana otra batida como esta, y veremos a dónde va a
parar la taifa _legítima_... ¿Y por qué no viene el _asoluto_ a ponerse
aquí, en los sitios donde pegan? ¡Ah!, mientras sus soldados echaban
aquí el alma, él tan tranquilo en Artaza, sentadito al amor de los
tizones... Ellos, ellos, el don Isidro ese, y la Isidra de allá, doña
Cristina, debieran ser los primeros en meterse en el fuego..., pues
de no, no veo la equidad. ¡Ay, españoles, que es lo mismo que decir
bobos!...
—Cállate, Saloma —murmuró, reprobando este concepto un granadero
esbeltísimo, portador de la linterna—, que no es esta ocasión de bromas.
—No me callo —replicó la baturra cuadrándose—, que lo que digo es la
verdad de Dios.
—Decir españoles —manifestó un vejete riojano que llevaba en un borrico
su bien surtida provisión de bebida, con lo cual ganaba mucho dinero—
es lo mesmo que decir héroes. ¿Pues qué eran sino españoles netos
Hernán Cortés, Colón y la Agustina de Zaragoza?... ¿Qué me contáis a
mí, que estuve en la de Arapiles y en la de Vitoria? Aquí, donde me
veis, un día le cosí una bota al propio _lor Vellinton_... Me la trajo
su asistente. Un servidor de ustedes era el primer zapatero de todo
el ejército aliado... Y con gran primor le cosí la bota, y él se la
puso, y con ella ganó la batalla; quiero decir, que le dio la puntera
a Marmont... Conque yo sé más que vosotros..., y digo que españoles y
héroes es lo mesmo.
—¿Qué sabes tú, borracho? —le contestó la baturra—. Lo que yo digo es
que en Borja conocí dos chicarrones que eran más simples que el caldo
de borrajas. Les metías el dedo en la boca, y no te mordían..., en fin,
bobos como los corderos de la Virgen... Vinieron al ejército cristino;
el general Lorenzo les mandó a llevar un parte a la guarnición de Los
Arcos. Los pobrecicos lo llevaron, y al volver por Logroño encontraron
la partida de Lucus, cien hombres. Lucus les dijo: «¿De dónde venéis
vos?». Y ellos responden: «Del _jinojo_...». «Mirad que os afusilamos
si no decís la verdad...». «Semos de Borja y decimos lo que nos da la
gana». Murieron, ¡angélicos!, gritando: «Venimos del _jinojo_ y al
_jinojo_ nos vamos».
—Eso es decencia. Murieron antes que vender el secreto del general. ¿Y
dices que eran simples?
—Como borregos.
—Di que mártires, como los de Dios vivo.
—Pues eso.
—Los santos, ¿qué son?
—Eso..., son de Borja..., personas decentes.
—¿Qué es un baturro?
—Un simple que no quiere vida sin honor.
—Pues eso digo.
—Eso..., _jinojo_..., y ahora danos una copita de aguardiente.