Al amanecer llegaron hasta ellos las avanzadas de la división de Eraso,
que aguardándoles estaban, y con francas demostraciones de alegría
cambiaron unos y otros noticias y saludos, y se pusieron al tanto de lo
ocurrido en la expedición y en el ejército. _Chomín_ y Gorria contaron
con vivo lenguaje las fatigas y apuros del transporte del cañón, y
los otros, después de manifestar que no habían tenido encuentros
importantes con los cristinos, dijeron que el grueso del ejército iba
en marcha hacia el valle de Berrueza, donde se daría una batalla que
debía de ser la más sonada de toda la campaña, y quizás la decisiva. Al
descender a la Borunda, encontraron a Eraso, que, en cumplimiento de
órdenes del general, mandó dar sepultura al cañón en una ladera próxima
a la venta de Urbasa. La tropa no se cansaba de admirar la soberbia
mole, y los aldeanos de ambos sexos y hasta los chiquillos acudían a
contemplarla gozosos, y la palpaban con blandura y cariño, ponderando
los estragos que haría cuando empezase a vomitar por su negra boca
balas y más balas. El popular entusiasmo se manifestó al fin bautizando
la pieza con el gráfico nombre de _El Abuelo_, y nadie la llamó de otro
modo en todo el curso de aquella memorable guerra.
Incorporáronse a sus respectivos cuerpos los compañeros de Fago, y
este se fue al Cuartel general para presentarse a Zumalacárregui y
darle cuenta del feliz cumplimiento de la misión que le había confiado.
Diéronle caballo en Alsasua, y con el 1.º de Guipúzcoa atravesó la
sierra de Andía en dirección a la Berrueza. El tiempo era magnífico;
comenzaba diciembre con apariencias de octubre; la naturaleza favorecía
la campaña, se hacía también guerrera, obsequiando con temperatura
bonancible y tibia sequedad a los dos ejércitos, que ansiaban una
batalla campal decisiva. Entre los carlistas era general la creencia
de que esta se daría en las posiciones de Mendaza, y que tendrían que
habérselas con las dos divisiones de Oraa y Córdova, acantonadas en Los
Arcos y en Viana.
Atravesando la Améscoa baja, fueron a dormir en Artaza, y al día
siguiente encontraron la división de Iturralde acantonada en Aucín.
Zumalacárregui, con don Bruno Villarreal y los batallones alaveses,
estaba en Piedramillera. Antes que al general vio Fago a su amigo
Ibarburu, el cual le abrazó con efusión, felicitándole por su feliz
arribo. Ya se sabía en todo el ejército la hazaña realizada por el buen
sacerdote y sus ocho auxiliares. ¡Oh!, bien merecía tal hazaña una
cruz, la cruz de San Fernando, sí señor, y es seguro que don Carlos
adornaría muy pronto con ella el noble pecho de uno de sus primeros
capellanes. Replicó Fago a estas cariñosas demostraciones que ninguna
falta le hacían cruces ni calvarios, pues él servía desinteresadamente
al rey, creyendo servir a Dios.
También dijo Ibarburu con gran alborozo a su amigo que el ejército
de la fe iba adquiriendo las deseadas piezas de artillería, arma
indispensable en todo organismo de guerra: además del _Abuelo_, tenían
ya dos cañones de batalla que los señores Reina y Balda habían logrado
fundir en Labayen con el metal de cacerolas y chocolateras reunido en
Navarra.
—Ya hay cañones en casa, y ahora podremos hablar gordo a la impiedad.
Lo único en que la impiedad nos ha llevado ventaja ha sido en esto,
en poseer cañones. Pues ahora nos veremos, señores cristinos. Trátase
de saber si ustedes nos los quitan, o si nosotros les quitamos los
suyos... Ya no hay razón que aconseje el circunscribirnos a la guerra
de montaña, amigo Fago. Al llano, a Castilla, ¿no cree usted lo mismo?
A pasar el Ebro, después de merendarnos a Oraa y a Córdova... y quédese
aquí el señor de Mina echando discursos a los alcaldes, cortando
puentes que no habríamos de pasar, y fortificando villorrios que no
habríamos de acometer, pues ninguna falta nos hace poseerlos. Nuestra
ambición santa va más lejos, y los poblachos que queremos tomar se
llaman Miranda de Ebro, Burgos, Madrid...
Fago no decía nada y, atacado de intensísima melancolía, contemplaba
las cazuelas y sartenes puestas a la lumbre. Hallábase esperando la
comida en la cocina de la casa, donde Ibarburu se alojaba. Gatos y
perros les daban compañía, y un viejo decrépito, veterano del Rosellón
y de la Independencia, les refería la expedición del marqués de la
Romana y la vuelta del norte, aderezándola con embustes novelescos.
Ibarburu tomaba en serio cuanto el anciano decía, y Fago deseaba comer
y marcharse, para estar solo y platicar a sus anchas consigo mismo.
Al siguiente día vio al gran don Tomás en el campo, en ocasión que el
general salía con su escolta a recorrer las inmediaciones de Mendaza.
Volvía Fago de dar un paseo a caballo con dos amigos, más bien
conocidos, del batallón 1.º de Lanceros. Zumalacárregui le conoció al
punto, mandole acercarse y hablaron de silla a silla, poniendo los
caballos al paso. Lo primero fue felicitarle con urbana frialdad, como
si no quisiera dar a la expedición desmedida importancia. El capellán,
alardeando de modestia, se la quitó por entero, y expresó su afán de
que se le encargaran cosas de mayor dificultad.
—El método de organización que vengo empleando —le dijo don Tomás— no
me permite dar a usted el mando de una compañía. Esto sería contrario
a las Ordenanzas, que aquí se cumplen lo mismo que en cualquiera de
los ejércitos regulares de Europa. Si usted quiere combatir por la
causa, no hay más remedio que entrar en filas. Yo le aseguro que si se
porta bien, adelantará conforme a sus servicios; y si nos hace algo
extraordinario, extraordinaria será también la recompensa.
No podía Fago mostrarse exigente ni soberbio, ni era aquella la ocasión
más propicia para ponerse a discutir con el general. Reconociendo que
el orden de la milicia tiene, como todos los órdenes, su método de
ingreso, que alterarse no puede sino en casos excepcionales, dijo:
—Principio quieren las cosas, y a los principios me atengo. Seré
soldado, mi general. Fácil es que no pase de ahí; mas no tengo por
imposible el merecer algún adelantamiento; y mereciéndolo, no hay duda
que Vuecencia me lo dará.
Despidiéronse con esto, y poco después le veía recorriendo la falda de
la altura riscosa que domina a Mendaza. Como los lanceros le dejaran
solo, pudo el capellán observar al general en su paseo, que al parecer
no tenía otro fin que un examen y estudio del terreno. Le vio rodear la
montaña, alargándose por la parte norte, en el camino que conduce al
puente de Murieta sobre el Ega. Detúvose un rato, hablando con los que
le acompañaban; volvió grupas, y recorrió el llano que separa a Mendaza
de Azarta. Fago no le perdía de vista. Fingió ocuparse en adiestrar
su caballo, galopando en derredor de las eras de Nasar. Por fin,
Zumalacárregui examinó la angostura que conduce de Azarta a Santa Cruz
por un escabroso sendero. Sin duda quería reconocer la distancia a que
está el Ega por aquella parte.
Y luciendo habilidades de entendido jinete, más que por presunción, por
disimulo, Fago se decía: «Ya, ya conozco tu plan: no puede ser otro
que el que la configuración del terreno te señala y te inspira. Estoy
dentro de tu cerebro, y sé todo lo que vas a disponer mañana, pasado
mañana, o cuando sea».
Al ver a don Tomás de regreso hacia Mendaza y Piedramillera, se
retiró también, rodeando, y se fue a su alojamiento. Aquella misma
noche se le notificó su ingreso en filas, y dándole fusil, correaje y
canana bien abastecida de cartuchos, le destinaron al 5.º de Navarra.
Sin entusiasmo ni desaliento, en un estado de pasividad estoica,
resignábase el capellán a ser uno de tantos resortes comunes de la
máquina de guerra. Esperaba que en la primera coyuntura le señalase
su destino alguna senda, o se las cerrara todas; mas no tuvo tiempo
de pensar en ello, porque a la madrugada su batallón recibió orden de
marchar a los altos de Mendaza. Cuatro batallones, tres navarros y uno
guipuzcoano, iban al mando de Iturralde, el rival de Zumalacárregui
en los comienzos de la guerra, y después su más sumiso lugarteniente
o general de división; hombre tosco, más notado por su temeraria
bravura que por su pericia militar. Zumalacárregui le encomendaba
las situaciones de empeño, los avances peligrosos, dándole órdenes
estrictas respecto a posición y marchas, como freno de su impetuosidad,
que unas veces precipitaba el éxito y otras lo entorpecía. Era el
audaz guerrillero cuyas dotes utilizaba el general habilidosamente,
educándole en el gobierno de tropas regulares; teníale siempre sujeto
con una rienda que aflojaba o requería, según los casos.
Al amanecer iban en marcha los cuatro batallones hacia Mendaza. En
las filas del suyo se encontró Fago a _Chomín_, que había pasado del
1.º Guipuzcoano al 5.º de Navarra. En el capitán de su compañía, don
Antonio Alzaa, natural de Sangüesa, reconoció una amistad antigua:
era un valiente oficial, hijo de sus obras y de sus méritos, pues de
soldado raso había ido ganando poquito a poco sus ascensos, y con
moderada ambición y conducta intachable esperaba seguir adelante. A
uno de los tenientes, Saráchaga, le conocía también, por ser íntimo
de Ibarburu. El coronel era un aristócrata navarro, pariente de los
Ezpeletas, hombre enérgico, de buenas formas, excelente militar y
cumplido caballero. Ostentaba en su zamarra la cruz de Santiago.
A las nueve ya habían tomado posiciones las fuerzas de Iturralde
en la falda del monte de Mendaza, y al propio tiempo otros cuatro
batallones, mandados por Zumalacárregui en persona, se dirigieron
a Asarta. La caballería y los tres batallones alaveses al mando de
Villarreal ocupaban el llano entre los dos pueblos. Al observar estos
movimientos, veía Fago confirmadas sus ideas de la tarde anterior.
El plan de don Tomás era el suyo; y el suyo era el mejor, el único,
el que resultaba de la disposición y accidentes del terreno. Podría
creerse que sus ideas penetraban en el cerebro del general al modo
de inspiración divina, y allí obraban sobre la voluntad que a la
práctica resueltamente las llevaba. Y a todas estas, los cristinos no
parecían: se les esperaba por el desfiladero de San Gregorio. Faltaba
que vinieran pronto, y que cayeran en la ratonera que se les había
preparado.
La columna o división de Iturralde extendiose a la falda de la montaña
de Mendaza, circundándola por el poniente y el norte, y Fago se
encontró en un sitio desde donde no veía nada. «Naturalmente —pensó—,
estos cuatro batallones deben permanecer ocultos a la vista del
enemigo. De otro modo, el plan resultaría un desatino, a menos que
Córdova y Oraa no vinieran con los ojos vendados». Y tanto tardaban en
presentarse las tropas de la reina que los facciosos llegaron a creer
que no vendrían. Por fin, a eso de las diez, corrió en el batallón la
voz: «Ya vienen, ya están ahí». Un rumor vago, de inquietud y alegría,
corrió por todo el ejército. Desde su posición, detrás de la montaña,
conocía Fago la ansiedad de las tropas situadas en la llanura. Veía
un movimiento singular de lanzas, como vibración del aire, y oía un
resollar lejano. De las tropas de Asarta nada se veía, porque lo
estorbaba una protuberancia del terreno. Tiros no sonaban aún.
De pronto las cornetas ordenaron marcha. Uno de los batallones
rebasó la línea del pueblo; los demás les seguían: cada uno ocupaba
sucesivamente las posiciones que el anterior dejaba. El 5.º Navarro,
que era el último, se colocó donde antes estaba el 1.º Guipuzcoano. Al
efectuar este movimiento, oyó decir Fago que el enemigo avanzaba hacia
el centro en formación de columna; mas él no veía nada. Lo vio después,
cuando Iturralde mandó desplegar sus cuatro batallones en la falda de
la montaña; impetuoso movimiento de impaciencia en que se revelaba el
guerrillero, y que determinó un cambio en la dirección que traían los
cristinos. Oraa, que mandaba la vanguardia de estos, en vez de marchar
contra el centro, que era el cebo de la ratonera hábilmente armada por
Zumalacárregui, se fue sobre la izquierda, o sea los cuatro batallones
del bravo Iturralde. La impetuosidad de este alteró gravemente la
posición de las piezas en el tablero, y la jugada no podía ser ya tal
como la concibió y preparó el general, inspirado por los ángeles, o por
Fago, que este así lo creía y así lo expresaba en un breve soliloquio.
«Ya nos ha reventado este señor Iturralde con su acometimiento de
principiante. Se le mandó que tuviese ocultos, tras la montaña, los
cuatro batallones, y los presenta de cara al enemigo... Señor don
Tomás, ¿qué hace usted en este momento al ver la pifia de su amigote?
Pues rabiar y patear, como pateo y rabio yo. Esta acción, no lo dude
usted..., la perdemos».