Se alejaron, dejándole en la proximidad de la cruz, en actitud de
oración. A distancia como de cien pasos, Gorria cogió una piedra,
diciendo:
—¿Quieren que se la estampe en mitad de la frente para que se le
aclaren las entendederas a ese viejo estúpido?
—No, no; déjale... O es un bienaventurado de muy pocos alcances —dijo
Fago— o un vividor de mucha trastienda. Sea lo que quiera, ha resuelto
el problema de la vida, y es un hombre feliz. No se le haga ningún
daño, pues él a nadie ofende, y vámonos, que es tarde.
Con toda felicidad bajaron al anochecer a Larza, y sin ningún
percance pasaron el Oria, donde tenían parejas preparadas, siguiendo
inmediatamente hacia Lazcano y Atáun, monte arriba, en busca de la
sierra de Araquil. Ya no temían el encuentro de tropas cristinas;
iban tranquilos, contando las horas que faltaban para llegar al
término de su arriesgado viaje. Sanos y salvos los nueve, se creían
ostensiblemente favorecidos de la providencia, por la felicidad con
que se les habían allanado los obstáculos y conjurado los peligros
en su difícil aventura. En San Gregorio, donde en alegre descanso
y esparcimiento pasaron el domingo, encontraron personas amigas,
entre ellas el cura, a quien Gorria y _Chomín_ trataban con bastante
confianza, por haber sido el tal fusilero en el 5.º de Navarra
durante un mes no más, distinguiéndose por su entusiasmo, ya que no
por sus condiciones militares. El general fue quien le disuadió de
sus guerreras aficiones, mandándole recoger los hábitos que ahorcado
había, y convencido el hombre, mas no curado de su entusiasmo, se hizo
soldado platónico, siguiendo con afán desde su iglesia el desarrollo
de la campaña. Con Fago hizo o quiso hacer al instante buenas migas,
alabándole su expedición, y atribuyendo el éxito de esta a su consumada
pericia; lo que él sentía era no poder agregarse a ellos para entrar
nuevamente en filas. Pero no podía, no; estaba visto que no servía para
el caso, pues su fiereza y acometividad se enfriaban enormemente al
empezar el fuego, y le entraba un insano temblor que si no era miedo,
se le parecía como un huevo a otro.
Hablando, hablando, propuso a Fago que, para festejar dignamente la
feliz llegada del cañón, dijese misa; y si al pronto el aragonés
no rechazó la idea, luego sintió en su alma secreta repugnancia de
celebrar: no se creía digno; no se encontraba en la disposición de
conciencia que el acto requiere, y al suponerse revestido ante el
altar, se le contraía el corazón y se le enfriaba toda la sangre,
afectado de un miedo semejante al de su colega cuando sonaban los
primeros tiros de una batalla. El uno temblaba ante los escopetazos;
el otro ante la grave solemnidad del altar sagrado, ante el Evangelio
abierto sobre el atril, ante el crucifijo. Este singular encogimiento
de su espíritu le tuvo en gran tristeza todo aquel día, y necesitó de
toda su voluntad para poder aguantar, con la conveniente cortesía,
los despotriques belicosos del otro cura. A la noche continuaron
el arrastre del cañón por ásperas pendientes pobladas de bosque.
Felizmente, tenían en su ayuda a los mejores guías del país,
enteramente afecto a la causa, y si no pudieron procurarse más de dos
parejas, porque no las había, las suplieron con el _tiro personal_.
Hombres y mujeres dejáronse enganchar gozosos, y hasta el cura, mejor
dotado de musculatura que de corazón, se puso a tirar de la narria
uncido con el sacristán. ¡Hala, hala por empinados senderos!... Y a las
tres de la madrugada llegaban al alto de Lizarrasti, divisoria entre
las aguas de Navarra y Guipúzcoa. Ya estaban en casa, ya veían a sus
pies el valle de la Borunda. Despidiéronse los de San Gregorio para
regresar a sus hogares, y los compañeros de Fago, no pudiendo contener
su júbilo por ver coronada de un éxito feliz la empresa que habían
acometido, lanzaron en lo alto del monte el grito céltico _Hiujujú_,
característico de las razas cántabras y éuskaras, relincho salvaje,
pastoril, guerrero, pues todo lo expresa y dice sin decir nada. Resuena
en la silenciosa cavidad de los valles profundos como voz de los
montes, convertidos en genios de piedra, con cabellera y pelambre de
bosques, con túnica de nieblas y cimera de celajes desgarrados. A poco
de lanzar su grito, oyeron la respuesta lejana. _Hiujujú_, dijeron
las profundidades de la Borunda, y el corazón de los expedicionarios
palpitó de alegría. Volvieron a soltar el relincho, que quería decir:
«Aquí estamos; volvemos con felicidad. Traemos el cañón, la esperanza».
Y los de abajo, los hermanos, los compañeros de armas y de fe,
respondían: «Os aguardamos, valientes. Al amanecer nos reuniremos.
¡Viva Carlos V!».
Viéndose en el término y remate de su arriesgada empresa, los
expedicionarios, con la sola excepción del jefe, se entregaron a
extremos de alegría delirante, y a la media noche se durmieron. Fago
estaba triste, caviloso, y sus pensamientos tuviéronle en vela hasta
hora muy avanzada. Se paseaba por entre los grupos de los compañeros
entregados al sueño, o se sentaba en la narria para contemplar a su
gusto el cielo, que en aquel punto y hora se despejó, cual si quisiera
recrearle mostrándole su azul inmensidad poblada de estrellas.
Provenía la tristeza de Fago de una repentina intranquilidad de su
conciencia. Todo aquello que hacía, ¿no era contrario a la ley de
Dios? Las ideas toscamente expresadas por el ermitaño Borra se habían
aferrado a su espíritu, y las antiguas dudas acerca de la divinidad de
la causa defendida por la facción volvieron a atormentarle. «¿En qué
consiste —se decía— que a veces me siento guerrero, tan guerrero como
el que más, y dotado de las esenciales miras y talentos de un caudillo
militar, y a veces me siento profundamente religioso, con anhelos
vivísimos de perfección? ¿Será posible que entre uno y otro sentimiento
pueda existir concordia? El hombre de guerra, maestro de tropas,
organizador de combates, y el hombre consagrado a las espirituales
batallas del Evangelio, ¿pueden fundirse, como si dijéramos, en una
sola persona? Para resolver este problema, he de asentar previamente
que en el cúmulo de causas o banderías humanas, puede haber alguna
que Dios apadrine, haciéndola suya. Las historias, y antes que las
historias los profetas, nos dicen que hubo un _pueblo de Dios_, un
pueblo a quien Dios protegió ostensiblemente en sus esfuerzos para
librarle de la esclavitud, y después le guió en sus campañas contra
la idolatría, inspirando a sus caudillos, dándoles el divino aliento
estratégico y táctico. Sobre esto no hay duda».
Y continuando en la contemplación de las estrellas como si con ellas
hablara, y ellas le respondieran dando vigor a sus argumentos,
prosiguió en su ardiente soliloquio: «En tiempos relativamente
modernos, tenemos la épica guerra secular contra los moros desde Pelayo
a Isabel la Católica, y vemos la intervención divina en las batallas.
Creo en la presencia militar del apóstol Santiago en Clavijo, y en
los estragos materiales causados por su acero; creo en los prodigios
de la cruz en Las Navas de Tolosa; y viniéndome más acá, casi a un
ayer cercano, veo en Lepanto la intercesión milagrosa de la Virgen del
Rosario. No hay duda de que el cielo autoriza las guerras, de que toma
partido por los que salen a la defensa de la ley cristiana. Y ahora,
ya veo muy claro que puede existir y ha existido lo que yo buscaba,
la amalgama o fusión del hombre que acaudilla soldados y les lleva a
la victoria, con el hombre que sirve a Dios en la paz soberana de la
religión. Esta síntesis la veo clara en San Fernando: ¿quién me lo
negará? San Fernando fue santo y capitán general de los ejércitos de
Castilla. San Fernando expugnó fortalezas, tomó ciudades y villas,
ganó batallas campales, para lo cual hubo de matar grandes manadas
de moros. Y al propio tiempo mereció por su virtud los honores de La
canonización. Era místico y guerrero: sin duda rezaba en el momento de
machacar cabezas de infieles...».
Tanto alborozo produjo en su alma esta idea, que se disparó a pasear de
un lado para otro, inquieto, febril. Era como un incensario que va y
viene, echando humo, y el humo eran las ideas. Pero de pronto le asaltó
una que hubo de apagar repentinamente el hogar que las demás formaban.
Fue una objeción que a su mente vino; hubiera podido creer que un
espíritu invisible le apuntaba al oído: «San Fernando fue guerrero
y santo, es verdad: peleó, porque a ello le indujo su condición de
rey, maestro y amo de los pueblos. Religioso y santo era, mas no
sacerdote... Fíjate bien, hombre, y no desbarres: no era sacerdote».
Sentadito en el cañón volvió a contemplar las estrellas, y estas le
facilitaron, con su dulce centelleo, nuevos argumentos consoladores.
«Pero casos hay, casos hay de sacerdotes guerreros. En las Cruzadas
y en nuestra Reconquista, más de un obispo, más de un abad montaron
a caballo, o en mula, y acaudillaron tropas... El cardenal Albornoz
es otro ejemplo... Tenemos, pues, innumerables ejemplos de guerreros
religiosos o por la religión». Nuevas dudas, nuevo soplo de la voz
misteriosa, que al oído le dijo: «Pero no fueron santos».
«¿Y por qué habían de ser santos? —se dijo volviendo a su febril paseo,
con las manos en los bolsillos—. La santidad rara vez se alcanza.
Basta con que fueran buenos cristianos y supieran cumplir sus dos
ministerios: el ministerio sacerdotal y el otro..., el de gobernar
tropas y destruir con ellas la impiedad... Y ahora me pregunto: ¿estoy
bien seguro, bien bien seguro de que esta causa nuestra tiene por
objeto destruir la impiedad y entronizar el reino de Dios? ¿Representa
nuestro don Carlos la ley divina? Los de la otra parte, los que mandan
Oraa, Córdova o Mina, ¿son realmente la maldad, la herejía, la ley del
demonio? Este cañón que yo he traído, ¿será destructor del pecado?
Los proyectiles que salgan ardiendo de su boca, ¿serán lenguas de la
verdad? ¿Nuestro don Tomás recibe de los ángeles la virtud estratégica?
Lo que en nuestro rey parece ambición, ¿es convencimiento de una misión
divina?... Sáqueme Dios de esta duda, y yo seré..., ¡qué sé yo lo que
seré!..., el primer soldado de Dios, y el primer eclesiástico de los
hombres».
Terminó su soliloquio con una fervorosa oración, de rodillas,
embebecido en contemplar el cielo, esmaltado de infinitas luces.
«Señor, líbrame de esta horrible duda, y dime que puedo ser guerrero
sin dejar de ser tuyo. Concédeme la gloria de restaurar la fe en la
patria de San Fernando, sin menoscabo del sacramento que me otorgaste.
Dime que puedo matar impíos con este cañón que he traído de Guipúzcoa,
y celebrar tu santo sacrificio; coger la espada sin que mis manos se
imposibiliten para tomar la hostia; dirigir tropas y perdonar los
pecados».
El sueño le rindió al fin, y se quedó dormido diciéndose: «Grande,
desmedida ambición es esta... Guerrero vencedor... y sacerdote
militante... Triunfar del pecado con la espada y con...».