Llegaron por allí dos mujeres que Fago no vio con buenos ojos. No temía
de ellas la traición deliberada, sino la infidencia inocente, por
indiscretas habladurías.
—¿Saben ustedes —les preguntó— si están en la venta los miqueletes?
—Ya se fueron, pues, con tropa. Volver ya harán, pues, a las diez. La
cena ya pedirle han hecho a Casiana.
—_Chapelgorris_ dormir hacen por la noche..., y algunas noches ya hemos
visto, pues, subir monte, y hablar confianza con partidas.
—No me fío —dijo Fago—; y ahora van ustedes a hacer lo que yo les
mande, pero sin tratar de engañarme, porque en este caso lo pasarán mal.
—Serviremos ya, pues.
—Ahora se van ustedes a buen pasito por este sendero arriba, y en el
primer caserío que encuentren se enteran de si hay pareja de bueyes, y
la tratan, ofreciendo una dobla por media noche, y me la traen aquí; y
si en vez de un par me consiguen dos, les daré a ustedes media onza de
oro, con la cual paga este leal trabajo nuestro rey Carlos V. Accedan
o no a prestarme este servicio, sepan que mientras estemos aquí no
les permito pasar el puente para volver a la venta. Y no traten de
engañarme, dando un rodeo para vadear el río, porque mi gente las
vigila, y no hay forma de escapar. La que intentare pasar a la otra
orilla antes que yo se lo permita, será pasada... por las armas.
Conque... ya saben. Si me obedecen, media onza y viva Carlos V; si no,
la muerte. Decídanse pronto.
Ambas gustaban en verdad de servir a la causa; pero la una tenía
que volver a su casa con leña; las urgencias de la otra, que era
corpulentísima, consistían en la obligación de dar la teta a su niño.
—Tú llevarás la leña después —les dijo Fago—; y el crío tuyo que
espere. Por nada del mundo os permito volver a la venta.
Ante tan resuelta actitud, diéronse prisa las dos a desempeñar su
comisión, y con paso ligero emprendieron la marcha. Advirtioles el jefe
que si encontraban a los dos hombres de la partida que habían salido
con el mismo encargo de buscar yuntas, les diesen exacto conocimiento
del lugar donde él y los suyos se encontraban.
—Y otra cosa —agregó llamándolas después que echaron a correr—: que no
me traigáis parejas con carro. Como yo sienta el chirrido de ruedas con
los ejes desengrasados, hago un escarmiento en vosotras, en los boyeros
y en los bueyes mismos... ¡Eh, andando!
Antes que las mujeres, se presentaron de regreso los dos hombres con
una sola yunta, pues no habían podido conseguir más. Transcurrieron
las primeras horas de la noche en gran ansiedad, con el temor de que
apareciesen los miqueletes reforzados con tropa cristina; pero nada de
esto ocurrió. No se oía más ruido que el del Urola saltando entre las
peñas de su lecho. El vigía que pusieron junto al puente, ordenándole
que permaneciese tumbado con el oído sobre la tierra, comunicó que los
_boinas rojas_ habían llegado, y después de permanecer un rato en la
venta, cenando quizás, habían vuelto a salir, alejándose río arriba.
Receló después Fago que las familias de las dos mujeres, que en aquel
momento servían la causa del rey, se inquietaran por su tardanza y
saliesen en su busca; recelo que se confirmó antes de las once con la
aparición de una vieja y un chico preguntando por las ausentes. Una
y otro confirmaron la ausencia de los _chapelgorris_; la vieja, con
su ardiente adhesión a la causa, manifestada espontáneamente, inspiró
confianza al jefe; era madre de la mujerona que criaba: el esposo de
esta servía con Zumalacárregui. Expresados el nombre y la filiación del
tal, resultó que _Chomín_ le conocía; eran grandes amigotes.
—¡Vaya, Tomás Mutiloa!
Echándose a llorar, dijo la vieja que el apóstol Santiago se le había
aparecido la noche anterior, asegurándole que ella no se moriría
sin ver a don Carlos en el trono, y a la santa religión triunfante.
Preguntole Fago si no había en su casa algún nombre forzudo que
quisiese trabajar, a lo que respondió la anciana que en su familia no
había más hombre que su hija Ignacia, la cual tenía una fuerza como la
de una vaca. Tiraba de un carro de abono tan guapamente; araba como la
mejor pareja, y para romper la tierra no había otra.
—Pues tráele aquí la cría para que le dé la teta en cuanto venga, y así
podrá ayudarnos.
No quería la vieja más que obedecer, poniéndose decididamente a las
órdenes de aquel personaje desconocido, en quien su senil imaginación
y su fanatismo veían a un príncipe de la familia real, disfrazado.
Pronto regresó con el chico, que parecía un ternero; media hora después
volvían el marimacho y su compañera con una pareja de bueyes, única que
habían podido encontrar.
Con los escasos elementos de que disponía, organizó Fago su marcha, y
desenterrado en un momento el cañón, engancharon, y ¡hala monte arriba!
Gorria formó yunta con la Ignacia, y daba gloria verles tirando de la
pieza. La otra mujer también ayudaba, y el chico, que era su hermano,
igualmente. Delante iba la vieja con el ternero en brazos, animando a
los bravos campeones de ambos sexos con palabras de alegría y confianza
en la causa:
—¡Arrear, arrear ya, _mutillac_! y háganse cargo de que al propio rey
a su palacio llevan. ¿Pesa, pesa? Ya vale, pues. Con este cañón que
llevar hacéis, ya querrá Dios que don Tomás hacer polvo a los negros...
¿Cansar hacéis? Aquí no cansar ninguno. Pensar, pues, que a rastra
llevar el mismo religión, y quitar el de herejes... Pensar esto, pues,
y Dios ya dará fuerzas a vos, hará que fuerzas tener como bueyes y
caballos... ¡Arrear, arrear!
La noche era oscura, glacial, y la neblina condensada se resolvía
en lluvia menudísima, que habría enfriado los huesos de los
expedicionarios si el rudo ejercicio del tiro no les hiciese entrar
en calor. Ignacia echaba fuego de su rostro; pero, incansable, daba
ejemplo de resistencia a los hombres. Sin detenerse más que breves
momentos en los puntos que designaba el jefe para tomar descanso,
llegaron al amanecer a las alturas que dominan a Villarreal, y de allí,
sin perder tiempo, cuesta abajo ya, se dirigieron a la cuenca del Oria
por Astigarreta, donde ya tenían contratadas yuntas para bajar hasta
Beasaín. La vieja con su ternero, la gigantesca Ignacia, y la otra con
el chico se despidieron allí para volver a su casa, después de bien
recompensadas en nombre de Su Majestad, encargando la mujer-vaca que
dijeran a su marido Mutiloa el grande servicio que ella había prestado
a la causa, y que no dejara de portarse en toda ocasión como un
valiente, pues el rey y Dios, de una manera o de otra, se lo habían de
premiar.
Acordó Fago un descanso de medio día, cinco horas de sueño y una para
comer, y _Chomín_ propuso que visitaran a un ermitaño que en aquellas
soledades gozaba opinión de santo, y aun se permitía milagrear un
poco. Llamábanle Borra, y hacía doce años que se había dado a la vida
ascética, construyendo su cabaña de piedra y barro, techo de juncos
y tierra, en una de las vertientes del Murumendi. Vivía de limosnas y
del fruto de un huertecito que cultivaba junto a la cabaña. _Chomín_ y
Gorria, mientras conducían a su jefe a visitar al ermitaño, contaron
que este había militado en las partidas realistas del año 22, y que
habiéndole sorprendido Mina en actos de espionaje, le condenó a muerte,
conmutándole luego la pena por la menos cruel y más infamante de
cortarle las orejas. Se las cortaron, ¡ay!, y el pobre hombre se fue
a su casa, sin gana ya de volver a guerrear por los realistas ni por
ningún nacido. Agobiado de tristeza y soledad, pues además de la falta
de orejas lloraba la de familia, vendió su corta hacienda y se fue al
monte, ávido de quietud religiosa, lejos de las pasiones humanas y del
loco trajín del mundo. No volvieron a entrar tijeras en su barba y
cabello, y estos le cubrían la mutilación nefanda. Vestía un capote de
pastor, y se hallaba acompañado de una cabra y un perro. Como a veinte
pasos de su cabaña, había plantado una enorme cruz hecha con troncos, y
allí rezaba las horas muertas: aquella era su iglesia, y no tenía más,
ni le hacía falta para nada. El huerto dábale coles y borrajas, alguna
patata; no cazaba, ni poseía instrumentos para quitar la vida a ningún
ser. Sus devotos, que en Beasaín y Larza los tenía muy fieles, solían
subirle cosas de más sustancia: alguna trucha del Oria, queso, pan, y
en las solemnidades huevos, y algún chorizo de añadidura.
Distaban aún cien pasos de la choza Fago y sus compañeros, cuando se
encontraron al ermitaño, que paseaba al sol, precedido de la cabra y
el perro. Era alto y huesudo, tan tieso que parecía de madera; figura
semejante a muchas que se ven en nichos polvorosos de las iglesias,
olvidadas de la devoción, sin ofrendas, sin culto. El cabello entrecano
le caía hasta los hombros, y la barba era de variados colores, uno y
otra de extraordinaria aspereza. Calzaba peales, y se cubría todo el
cuerpo con un ropón de jerga, remendado con cierto esmero, ceñido a la
cintura por cuerda de cáñamo. En una mano llevaba el garrote, y en la
otra un cuenco de media calabaza, con el cual bebía el agua cristalina
de una fuente próxima a su vivienda. Saludado por los visitantes, miró
a Fago con recelo, que el capellán disipó con palabras afectuosas.
—Eres tú aragonés —le dijo el venerable—. Por el acento te conocí. Vi
y traté a muchos aragoneses en mi tiempo de pecador, y todos guapos
chicos, pero muy quijotes..., camorristas, bebedores, cantadores y
enamorados.
Siguieron hablando de cosas indiferentes, y luego propuso Borra que
le acompañasen a la fuente, donde catarían con él el agua más rica
del mundo. De aquel líquido se daba el solitario, según dijo, grandes
atracones mañana y tarde, y a ello debía su inalterable salud. Fueron,
pues, al manantial, y sentados en el césped finísimo, bebieron de un
agua cristalina y glacial, que a Fago le pareció como todas las aguas,
y a _Chomín_ inferior al peor vino. El de Navarra fue ardientemente
elogiado por Gorria, y de aquí saltó la conversación a la guerra,
diciendo Fago:
—Nosotros tres y los compañeros que abajo quedan, somos servidores del
rey don Carlos V, en favor de quien tú, bendito Borra, seguramente
imploras los auxilios del cielo. Unos con las oraciones y otros con las
armas, todos ayudamos a la causa.
Respondió el ermitaño con frialdad, no inferior al agua que habían
bebido, que él, desde que se retiró a la aspereza del monte, había
hecho corte de cuentas con todo lo que fuera política, reyes y
ambiciones armadas o pacíficas. Nada le importaba ya que mandase Juan
o Pedro, y le gustaba más mirar a las estrellas que a los hombres.
Hasta su soledad llegaban a veces rumores de tropas que pasaban por el
fondo de los valles; pero él les hacía el mismo caso que si fueran las
caravanas de hormigas que andan afanosas por la tierra.
—Óiganme, señores míos, y si quieren hacerme caso, bien, y si no,
también. Yo les digo que la guerra es pecado, el pecado mayor que
se puede cometer, y que el lugar más terrible de los infiernos está
señalado para los generales que mandan tropas, para los armeros que
fabrican espadas o fusiles, y para todos, todos los que llevan a los
hombres a ese matadero con reglas. La gloria militar es la aureola de
fuego con que el demonio adorna su cabeza. El que guerrea se condena,
y no le vale decir que guerrea por la religión, pues la religión no
necesita que nadie ande a trastazos por ella. ¿Es santa, es divina?
Luego no entra con las espadas. La sangre que había que derramar por la
verdad, ya la derramó Cristo, y era su sangre, no la de sus enemigos.
¿Quién es ese que llaman el enemigo? Pues es otro como yo mismo, el
prójimo. No hay más enemigo que Satanás, y contra ese deben ir todos
los tiros, y los tiros que a este le matan son nuestras buenas ideas,
nuestras buenas acciones.
Quiso Fago replicarle defendiendo las guerras cuyo fin es refrenar
la maldad; pero el anacoreta no quiso escuchar tales argumentos, y
levantándose y esgrimiendo el garrote, no con manera hostil, sino en
forma oratoria, dijo estas palabras:
—No, no, no... ¡A mí con esas! Condenado Fernando VII, condenado
don Carlos María Isidro, y condenadas todas las reinas, magnates y
archipámpanos que andan en este pleito.
—Y condenados también nosotros —dijo Fago, un poco mohíno, levantándose.
—También, si no vuelven la espalda al demonio —agregó el ermitaño,
poniéndose en camino pausadamente en dirección de su cabaña—. Y más les
digo: dos cosas malas, remalas hay en el mundo: la guerra y la mujer...
¡La guerra!, por el son de la palabra ya se ve que también es mujer.
Detrás de las matanzas entre hombres, hay siempre querellas, envidias y
trapisondas de mujeres.
—¿Crees también que está condenado el bello sexo? —le preguntó Fago con
un poquito de socarronería.
—Condenadas todas no —replicó el otro con autoridad—, porque algunas
hay buenas..., aunque pocas... Pero que el infierno está lleno de
mujerío, no lo duden ustedes.
—¿Verlo tú, pues, padre? —preguntó _Chomín_.
—No necesito verlo —dijo el solitario alzando el garrote con alguna
viveza— para saber lo que hay allí; y si lo dudas, pronto te
desengañarás, porque pronto te has de morir, y has de morir matando.
—Y de mí —preguntó Fago—, ¿qué piensas? ¿cómo y cuándo crees que he de
morir?
El eremita se detuvo, y mirándole grave y detenidamente al rostro, le
dijo:
—De ti no sé nada... No te entiendo... En ti veo mucho malo y mucho
bueno. En tus ojos hay dos ángeles distintos: el uno con rayos de luz,
el otro con cuernos. Yo no sé lo que será de ti. Tú harás maldades, tú
harás bondades... No sé.
Siguieron un buen trecho silenciosos, hasta que Gorria, queriendo
soliviantar al solitario, se dejó decir:
—¿No sabes, santo Borra? Tenemos ya de general en jefe de los cristinos
a Mina.
Al oír este nombre se inmutó ligeramente el solitario, y con un
movimiento maquinal se llevó ambas manos a las orejas, mejor dicho, a
los oídos, cubiertos por la enmarañada y polvorosa guedeja.
—Mina, Mina... —dijo algo turbado y balbuciente—, no es ese más ni
menos perro que otros perros asesinos.
—Tu religión, nuestra religión —le dijo Fago—, te manda perdonar a tus
enemigos.
—Y los perdono. Pero Dios no los perdonará..., digo, no sé. Allá Él. Yo
rezo todos los días por que los militares abran los ojos a la verdad,
y abominen de las matanzas. Pero nada consigo. Todos los que vienen a
verme me dicen que cada día es más terrible la guerra, y ya no guerrean
solo los hombres, sino los viejos y hasta los niños. Vosotros, que
venís a dar un consuelo al pobre ermitaño, guerreros sois también, y
sin duda de los que andan al acarreo de armas y municiones.
—Así es: honra mucha —dijo _Chomín_ impetuoso—. Llevar hacemos un cañón
grandísimo para el Ejército Real, y muy pronto, pues, oír tienes sus
disparos.
—Mientras tú rezas —dijo Gorria—, nosotros disparamos..., quiere
decirse que rezamos con pólvora.
—Ese rezo es para Satanás maldito.
—¿Estás bien seguro de lo que afirmas? —le dijo Fago, queriendo poner
fin a la conferencia y volver a su obligación.
—Tan seguro —replicó amoscándose el desorejado eremita— como lo estoy
de que los tres sois alcahuetes de la guerra, y mequetrefes de Satanás.
Ya os estáis marchando para abajo, que yo me encuentro mejor en la
compañía de los pájaros y de las moscas que en vuestra compañía.
—Nos vamos, sí —dijo Fago tranquilamente, sacando del bolsillo una
moneda—. Nos llama nuestra obligación. Te dejaré una limosna.
—¿Dinero?... Gracias. No me hace falta para nada —replicó el santón,
alejándose de los tres—. Ahí tenéis otro motivo de condenación,
el maldito dinero, que no sirve más que para hacer a los hombres
codiciosos y avarientos. Por dinero salta el hombre y baila la mujer,
y de estos brincos sale la guerra... Guárdate tu moneda, que yo no
tengo bolsillo. Mira las hormigas cómo viven sin dinero. Pues lo mismo
soy yo: como y estoy bueno sin ver un cuarto... ¡Cuartos! ¡Vaya una
inmundicia!...
—También tengo plata...
—¡Plata! ¡Qué roña!
—Y oro.
—De plata tiene los cuernos Lucifer, y de oro la pezuña. Váyanse,
váyanse con Dios... Ustedes matan, yo rezo...