Hombre previsor, y que no fiaba al acaso la ejecución de su plan, Fago
enviaba por delante a dos o tres de sus hombres para que buscasen
bueyes y los tuviesen preparados en sitios convenientes. Había que
resolver el problema de salvar la divisoria entre el Deva y el Urola,
evitando el paso por los caminos reales, donde era fácil encontrar
tropas cristinas de las divisiones de Jáuregui o Carratalá. Y ningún
auxilio debían esperar de la columna de Eraso, que, según les dijeron,
había tenido que replegarse a Éibar, y de aquí a Durango, acosada por
Espartero. Mas sin acobardarse por este desamparo, y esperándolo todo
de la providencia divina, franquearon sin accidentes insuperables las
enormes pendientes del monte San Isidro, arrastrando el cañón con
cuatro parejas por un difícil y áspero sendero. A cada paso tenían que
apartar piedras y troncos, o desatascar la narria, o vencer obstáculos
que la desigualdad del camino les ofrecía; trabajo de cíclopes que solo
pueden acometer y consumar la ruda perseverancia, la inquebrantable
adhesión a una causa más religiosa que política, cualidades asistidas
de un vigor muscular a toda prueba. Todo esto lo tenían aquellos
hombres, almas encendidas en ingenuo fanatismo, cuerpos atléticos. Eran
niños en el sentir, gigantes en el hacer; cuando parecían extenuados,
de su cansancio sacaban nuevos bríos.
Dificilísima fue la ascensión a San Isidro; penoso el descenso hacia
Urralegui, en la noche oscura, rodeados de una densa neblina, que al
amanecer se hizo de tal manera espesa que no sabían por dónde andaban.
Solo encontraron algunos carboneros. El resplandor de una ferrería
en el fondo del valle, muy conocida de algunos expedicionarios que
habían trabajado en ella, les sirvió de guía para orientarse. Llegaron
contentos y orgullosos a las inmediaciones de Azcoitia, y se ocultaron
en la espesura del bosque, para tomar descanso durante el día, y
estudiar el paso del Urola, que sería de gran dificultad si andaban
por allí tropas cristinas. Mandó Fago cinco hombres hacia la venta de
Elosua, a reconocer el puente próximo, tantear a la gente del país y
procurarse las parejas necesarias para continuar a la noche siguiente.
Uno que era de Azpeitia se encargó de acercarse a su pueblo para ver si
había tropas, y con los otros dos se quedó solo el jefe, custodiando
el cañón en sitio bastante cerrado de monte. _Chomín_ llamaban a uno
de ellos, y era de Éibar, hábil herrero y un poco maquinista; mocetón
fornido, de corazón infantil y mollera tan dura como el hierro que
sabía trabajar. El otro, de armazón ciclópea, superaba en corpulencia
y vigor a todos los de la partida; levantaba pesos inverosímiles,
y la barra usual de hierro era para él un juguete. Por lo demás, un
pedazo de pan como carácter. Llamábanle Gorria, y era del señorío de
Lazcano. Durmieron los tres como unas dos horas, y luego comieron de
lo que _Chomín_ traía en su morral: pan duro, que reblandecían en
el agua de un manantial próximo, y queso áspero de Cegama. Gorria,
que servía en la causa desde los principios de la guerra, contó a
Fago cómo había sustituido Zumalacárregui a Iturralde en el mando de
Navarra; las cuestiones entre la Junta y el primitivo cabecilla; cómo
el gran don Tomás organizó con tenaz energía su ejército, enseñando
a los campesinos tiradores el oficio de soldado, inculcándoles la
disciplina y haciéndoles bravos, serenos, obedientes. Contaban esto los
guipuzcoanos en lenguaje tan sencillo como incorrecto, pues hablaban
detestablemente el castellano, y el aragonés lo oía con tristeza,
pues todo aquello grande y práctico con que había ilustrado su nombre
don Tomás lo habría hecho él si le dieran ocasión de ello. Gorria le
contó el gran suceso de Arguijas, y luego lo de Salvatierra, con la
derrota de Doyle. Aseguró que si pudieran hacerse con algunas piezas
de artillería, la causa estaba ganada, y se merendarían a Mina, que ya
se preparaba a darles batalla, y venía muy fanfarrón. Dijo Fago que
Mina era muy querido en Navarra y la conocía palmo a palmo; pero que
no podría con Zumalacárregui si este tomaba buenas posiciones y le
esperaba tranquilo. Más guerrillero que general, y enfermo y viejo,
no había caído Mina en la cuenta de que los tiempos eran otros: no en
vano pasan veinte años de política sobre los pueblos. El Ejército Real
no valía menos, como tal ejército, que los mejores de Napoleón, con la
ventaja sobre estos de _estar en casa_, en un país enteramente adicto,
donde todo le favorecía, la naturaleza y las personas. Los cristinos
venían a ser como extranjeros: nadie les quería, pocos les ayudaban.
Tenían que llevar consigo las armas y el pan, y fortificarse en todo
punto donde ponían su planta. Por último, entonaron los tres un himno
en alabanza de la sublime artillería, y juraron afrontar, no solo lo
difícil, sino lo imposible, hasta llevarle a don Tomás la pieza de
Ondárroa, cuyos formidables disparos se imaginaban ellos semejantes al
retumbar de mil truenos.
—Y si don Tomás —añadió el capellán— sabe escoger el mejor terreno; si
atrae a Mina o a Córdova a una batallita en regla, mucho será que no
os apoderéis de cuatro o seis piezas de campaña, con las cuales yo...,
digo él, pasaría el Ebro por Cenicero, dirigiéndonos como un rayo a
Ezcaray, para seguir luego sobre Burgos, y... Pero dejemos venir los
acontecimientos, que de fijo vendrán tal y como yo os los anticipo.
El descanso de los tres hombres fue turbado por uno de los compañeros,
que se les presentó jadeante, y les dijo:
—En el camino de Elosua, los cristinos..., muchos, muchos...,
caballería grande... Detenerse para ración... Pasar hacen por aquí
bajo, hacia Azcoitia, pues.
De los otros compañeros vinieron luego dos confirmando la noticia. Los
otros tres habían pasado el río, subiendo a las alturas de Pagochaeta
en busca de juntas de bueyes. Dispuso Fago internar más el cañón en el
bosque, pues solo se hallaban a un tiro de fusil del camino real que en
lo hondo del valle serpenteaba. Echaron todos sus formidables manos, y
tomado el tiento a la pesada mole, lograron moverla monte arriba como
unas veinte varas, poniéndola en un sitio más escondido, al amparo de
las ruinas de una cabaña de carboneros... A poco de esto les sobresaltó
un tiroteo lejano, señal de que alguna partida suelta molestaba a los
cristinos desde las alturas de Elosua; fueron hacia allá, dejando el
cañón custodiado por la providencia divina, en la cual confiaban todos,
y a la media hora de presuroso caminar, divisaron a lo lejos algunos
hombres que iban a buen paso en dirección contraria al Urola, como
hacia Placencia. Ordenó Fago que los más ligeros de piernas corrieran
a su alcance, y les ordenaran detenerse de orden de Zumalacárregui.
Eran escopeteros de la partida de Bidaurre; _Chomín_ les conocía;
corrió el primero; tras él fue Arizmendi, natural de Éibar, y pronto
se pusieron unos y otros al habla. Por los de la partida supo el
capellán que la columna cristina que se racionaba en Elosua era la
de Carratalá. Reconociéndose todos al punto como defensores de la
causa, en pocas palabras expuso Fago a los guerrilleros el objeto de
su expedición, añadiendo que el general, al encargarle de transportar
la pieza de artillería, habíale asegurado que las partidas volantes
que operaban en combinación con la columna de Eraso le ayudarían en
cualquier aprieto que pudiera ocurrirle. Un poco tardíos en hacerse
cargo de la situación, los partidarios vacilaban; pero tal autoridad
supo mostrar el aragonés, y con tan elocuente energía les habló, que se
convencieron, prestándose a cuanto exigiera el servicio de la causa.
Gorria, _Chomín_ y los demás, hablando con los otros en vascuence,
establecieron la más franca cordialidad. El principal de la partida les
dijo:
—¿Y qué tenemos que hacer?... ¿Defender la pieza por si quieren
quitárnosla?
—No —replicó Fago—. Si quisieran quitárnosla, sería imposible
defenderla. Lo que tenemos que hacer es impedir que la descubran;
ocultarnos todos cuidadosamente, sin hacer el menor ruido, y una vez
que la retaguardia cristina avance y nos deje el río libre, echar entre
todos mano al cañón, y pasarlo por el puente de Elosua. Si por acaso
los cristinos dejan alguna fuerza en el puente, embestirla sin miedo,
acuchillarla, y adelante. Pasado el cañón a la otra orilla, no nos
faltarán parejas con que llevarlo esta noche a Urrestillo, y franquear
luego el monte Murumendi.
Aprobado este plan, Fago mandó apartarse más hacia occidente, dejando
una guardia que vigilase el movimiento de los cristinos. Los de la
partida eran once bien armados, con municiones abundantes; los otros
seis: diecisiete hombres en junto, de gran fortaleza y decisión.
Contaron los escopeteros que Bidaurre les había mandado tirotear a
Carratalá desde el monte, molestándole sin darle tiempo a la defensa, y
que con rápida marcha se corrieran luego hacia Azcoitia para repetir la
propia operación desde las alturas del puerto de Azcárate. El resto de
la fuerza andaba por las cercanías de Azpeitia.
No se habían internado gran trecho en la espesura, cuando sintieron los
clarines de la caballería cristina que avanzaba. Los vigías que habían
dejado en las peñas que dominan a Elosua avisaron que aún quedaban allá
grupos de fusileros en acecho, ocupando las alturas más accesibles.
Toda su autoridad hubo de desplegar Fago para contener a los de la
partida, que nada menos pretendían que cazar, _como erbias_ (liebres),
a los soldados cristinos. Hízose por fin lo que la prudencia y el buen
gobierno de la situación aconsejaban. Echáronse todos en tierra, con
orden de no hablar, evitando la repercusión de sonidos en la sierra
fragorosa, y así permanecieron hasta que la gradual lejanía del rumor
militar les anunció que la columna enemiga había pasado río abajo.
Decidió entonces Fago aprovechar el tiempo, y dirigiéndose hacia donde
había dejado el cañón, ordenó que entre todos, utilizando el repuesto
de sogas que llevaban, tiraran de él para bajarlo al puente. Diecisiete
hombres de poderosa musculatura bien podían desarrollar la fuerza
de tiro de dos parejas; o, por lo menos, había que intentarlo hasta
conseguirlo o reventar, pues se recibió la noticia de que tras aquella
columna venía otra, que había salido de Villarreal al mediodía: su
paso por el sitio de peligro sería dentro de hora y media o dos horas
lo más. ¿Qué remedio había más que acelerar el transporte de la narria
a la otra orilla, so pena de no poder hacerlo hasta muy tarde de la
noche, o de correr el gravísimo riesgo de caer todos, cañón y hombres,
en poder de los cristinos? Ánimo y adelante.
Los dieciséis hombres, los treinta y dos brazos tiraron, obteniendo
la unidad del esfuerzo con el grito rítmico de la gente de mar, y
el pesado armatoste resbaló por el suelo, suave en algunos sitios
alfombrados de grama, áspero en otros. Pero tal energía desplegaban,
tan extraordinario poder desarrollaron los brazos de aquellos hombres,
excitándose con frases de ardiente entusiasmo y fervor por la causa,
que en veinte minutos trasladaron la carga a corta distancia del
puente, situándola en un altozano, al borde de un talud, por donde era
forzoso precipitarla. El peligro de que la mole, resbalando a impulso
de su propio peso, arrollara a los más impetuosos fue salvado con las
serenas disposiciones que tomó el jefe. Felizmente, los cristinos no
dejaron fuerza en la venta, con lo que ya no había más que acelerar el
paso a la otra orilla antes de que llegara la segunda columna. Los de
la venta, adictos también, ofrecieron su ayuda, y por fin, en media
hora de colosales esfuerzos, tirando todos, arreándoles Fago con gritos
y trallazos, salvó el cañón la joroba del puente, y pasó a la margen
derecha del Urola, donde había un caminejo bastante expedito que les
permitió internar la carga a trescientas o más varas de la orilla. No
era el sitio seguro, ni mucho menos; pero imposibilitado de seguir
adelante sin yuntas, ordenó Fago a los escopeteros que se volviesen a
la orilla izquierda y tomaran posiciones en lo alto de las peñas para
molestar a la columna cuando llegara, distrayéndola por aquella parte.
Como la noche se venía encima, dispuso también que en las alturas donde
habían estado antes se encendiesen hogueras, a fin de que la atención
del jefe de la columna se desviara del sitio que interesaba mantener
libre de toda sospecha.
Retirose con esto la partida, y despedidos los de la venta, previa
la amenaza de fusilarles si daban el soplo a los cristinos, Fago y
los suyos esperaron con vivísima ansiedad, pues en aquel caso se
jugaban la vida. Discurrieron abrir un gran hoyo y enterrar el cañón:
solo una pala y una azada tenían; pero con tanto ahínco trabajaron,
haciendo sus manos oficio de paletas, que el hoyo quedó abierto en
media hora, y la pieza desapareció dentro de tierra y bajo una capa
de hierbas y pedruscos. Hecho esto, se dispersaron, y situados en
alturas fragosas, acecharon el paso de la columna. Temía Fago que los
de la venta, por miedo o cobardía, revelaran el secreto a la tropa,
o a la patrulla de _chapelgorris_, que seguramente vendría de noche;
recelaba que si no los hombres, las mujeres, siempre charlatanas y
enredadoras, dejaran traslucir algo, y no tenía tranquilidad hasta no
salir de aquella comprometida situación. Al anochecer pasó la columna
sin detenerse, circunstancia felicísima a que los expedicionarios
debieron su salvación: sin duda quería llegar a Azcoitia a hora
conveniente para alojarse. Los escopeteros tirotearon como a un cuarto
de legua más abajo, conforme Fago les había advertido: todo iba bien,
admirablemente combinado por la previsión suya, ayudada del acaso. Solo
podía entorpecer el éxito la inopinada presencia de los miqueletes,
sobre todo si algún maligno o indiscreto les ponía sobre la pista del
enterrado tesoro; pero este peligro se disponían a conjurarlo _Chomín_
y Gorria, proponiéndose quitar de en medio a la patrulla, sin darle
tiempo a respirar.