A media noche, los urbanos que aún vivían, no pudiendo resistir más
el calor que les abrasaba, medio locos de furia, de hambre y de sed,
dejaron de hacer fuego. Lentamente descendieron por las escalas,
tiznados, los ojos enrojecidos, manos y pies como carbón. Al llegar al
suelo apenas podían tenerse en pie.
—Vamos, hombres —les dijeron—, por zoquetes os pasa esto. Ved aquí lo
que habéis adelantado con vuestra terquedad.
—Qué..., ¡recontra! ¿Nos van a fusilar? —preguntó el más significado de
ellos.
—Naturalmente —replicó el capitán, con toda la naturalidad del mundo
en la entonación de la palabra—. Pues ¿qué queríais?... Vaya, que os
traigan un trago de vino.
—_Chiquio_ —dijo uno, que era de Borja—, nos mandan al _pocico_.
—Qué..., ¿te pena?
—_Mia_ que yo...
Aterrado se alejó Fago, y no sabía cómo dar la tremenda noticia a las
mujeres. No se atrevió a decirles más que esta frase:
—Se han rendido... Ahora los de abajo les convidan a vino.
Prorrumpieron en chillidos las mujeres, gritando:
—Les dan la _bebía_: es la señal de _afusilar_.
La más brava era siempre Saloma, que dijo:
—Mediagorra no tiembla... ¿Qué ha de temblar si es de bronce?
Desde media noche empezaron las tropas a evacuar el pueblo. Salieron
primero el 7.º y 5.º de Navarra; luego los granaderos, el Cuartel
General. Zaratiegui partió a las dos, y Eraso quedó el último. El
vecindario no pudo entregarse al descanso, pues como se levantara
viento, temieron que el fuego cundiera de la iglesia a las casas
próximas, y se quemase todo Villafranca. Ocupáronse con los soldados
del 3.º y parte de los Guías en cortar el incendio, y los del 1.º de
Guipúzcoa ejecutaban la orden de vaciar las cubas de vino en las casas
y bodegas de cristinos, resorte de guerra que se empleaba siempre en
la Ribera, a fin de empobrecer al enemigo y aterrar a los labradores
desafectos. Corría el líquido por las calles, mezclándose en algunos
sitios con el rojo de la sangre, tan fácilmente derramada como si los
cuerpos humanos fuesen odres que se vacían para volverlos a llenar.
Las _urbanas_ quisieron reunirse a sus hombres. Aún ignoraban algunas
de ellas si el suyo o los suyos habían perecido en la torre, o estaban
entre los vivos condenados a muerte. Corrieron hacia la plaza; pero
el movimiento de la tropa que evacuaba el pueblo les cortaba el
paso a cada instante, y en la oscuridad de la noche se separaron en
diferentes grupos, se perdían, volvían a encontrarse para separarse de
nuevo. Llamaban a los suyos: nadie las escuchaba. No faltaron gentes
piadosas del otro bando que las auxiliaban y querían consolarlas.
El incendio, medio extinguido ya, alumbraba muy poco; la noche era
lóbrega; no soplaba viento; el humo pesaba sobre las angostas calles;
el olor de madera quemada infestaba toda la villa; no se respiraba
aire, sino ambiente de maldiciones mezcladas a un aliento insano, como
transpiración de enfermo corrupto. Sin llegar a donde querían ir,
porque los cordones de tropa se lo impedían, cada una de las urbanas
iba por su lado, como en los viajes de pesadilla, revolviéndose por las
calles, siempre a oscuras, entre el vértigo de los soldados y paisanos
que corrían de un lado para otro. Con Saloma y Claudia iba Fago,
decidido a consolarlas en su tribulación, y encontraron a otras dos,
y los cinco se dirigieron por una callejuela que conducía a la ermita
de San Bartolomé. Habían oído decir: «Por ahí los llevan», y corrieron
tras el tumulto. No bien llegaban a unos treinta pasos de la ermita,
un pelotón de soldados les cortó el paso. Detuviéronse ellas y él
aterrados, sin resuello, con la corazonada de un inmenso duelo. Oyeron
una exclamación salvaje, horrendo coro de seis, ocho o veinte voces (no
se podía apreciar el número) que con desconcertados y roncos acentos
gritaba: «¡Muera Carlos V!...». Siguió una descarga cerrada, varios
disparos sueltos..., después un silencio lúgubre.
¡Pobres urbanos! ¡Así pagaban su tenaz constancia celtibérica! ¡Así
se derrochaba el tesoro inmenso de la energía española! ¡Es verdadero
milagro que después de tan imprudente despilfarro del caudal por uno y
otro bando, todavía quedara mucho, y quedará siempre, y quede todavía!
Pues, señor, Fago se encontró solo con Saloma. La Claudia había dado un
salto y desaparecido en dirección del sitio de la hecatombe. Otra de
ellas yacía desmayada en el suelo. Al oír la descarga, Saloma, a quien
el capellán quiso tapar la boca para que no gritase alguna barbaridad
que les comprometiera a todos, le mordió la mano, y tanto hincó los
dientes que al buen cura le quedó señal para mucho tiempo. Luego, dando
un resoplido, con ronca voz dijo:
—Acábate, mundo, pa no ver esto... ¡Ay, ay!..., padrico, lléveme a
donde pueda gritar y desahogar todo este veneno de mi alma.
El movimiento de la tropa, que regresaba del lugar del suplicio,
obligoles a volverse por donde habían venido; pasaron junto a la plaza,
donde no se respiraba más que humo fétido (porque en los últimos
momentos del sitio de la torre habían quemado en el interior de esta
gran cantidad de pimentones, a fin de asfixiar más pronto a los
sitiados); pasaron de largo a toda prisa; buscaban la salida del pueblo
por el lado del río, y en el arrabal encontraron a otras dos _urbanas_,
que se arrancaban los pelos en el paroxismo de la desesperación,
rodeadas de gentes compasivas que con palabras piadosas y dulces
trataban de mitigar su pena. Sin detenerse más que breves momentos,
Fago y Saloma siguieron adelante, pisando fango, resbalando sobre el
suelo reblandecido, metiendo los pies en charcos inmundos.
—Pisamos sangre humana —dijo el clérigo con terror.
Y replicó Saloma:
—No, mosén, que es vino. ¿No vio que soltaban las cubas?
Llegado que hubieron a la salida de Villafranca, se desviaron de la
dirección que llevaba la tropa, y Fago se plantó de pronto diciendo:
—¿Pero a dónde voy yo? Tengo que seguir al ejército, hasta reunirme con
el Cuartel Real.
—¿Con esos, va usted con esos?
—Naturalmente... Son los míos.
—Pues los míos, ¡recontro!, son los otros —gritó la moza con ronca
fiereza, agitando las manos tan cerca de la cara del cura, que este
creyó que le abofeteaba—. Los otros, sí..., y este _don Zamarra,
general Meampucheros_, me la tiene que pagar.
—No seas loca, que las mujeres nada tienen que hacer en estas guerras.
—¿Que no? ¿Que no somos guerreras nosotras? Ya lo verán —dijo con
exaltación delirante—. ¡Muerto _Mediagorra_! Pus ¡viva _Mediagorra_,
vivan los hombres que saben morir con decencia! Soy de Borja, padrico.
He mamado de la teta del Moncayo... No sé hablar más que con hombres
valientes, ea... Si es usted _falso_ (cobarde), buenas noches.
—Yo no soy _falso_ ni valiente: soy sacerdote.
—Pues oiga: en Cadreita, dos leguas de aquí, hay un cura que ha
levantado una partida liberal, y mata faiciosos como moscas.
—_Vade retro_. Ese será un perdido.
—Un ganado... Si quiere, nos vamos allí.
—¿Yo? ¿Por quién me tomas? Soy capellán del Cuartel Real.
—Buen provecho. ¡_Mia_ que rey ese!...
—Es rey, el monarca legítimo, Saloma, y todo lo demás es intriga y
usurpación de los impíos y masones de Madrid. Pero el infierno no puede
triunfar, aunque Dios le permita ventajas pasajeras para probar a los
buenos.
—¿Y los buenos son esos, esos, los de _don Zamarra_? —preguntó la
baturra, picaresca, con toda la malicia y desvergüenza del mundo en su
bello rostro—. ¿Lo cree usted, padrico?
—Como esta es noche. Creo en la legitimidad, creo en los derechos
indiscutibles de don Carlos, creo que los ejércitos carlinos defienden
al verdadero rey y al Dios verdadero.
—Y yo creo que es usted bobo. _Mia_ que Dios... ¿Qué tiene que ver
Dios con la guerra? ¿A Dios le puede gustar que haigan fusilado a
_Mediagorra_?
Fago callaba, sin saber qué decir. Atravesaron solos un campo yermo, y
halláronse sin saber cómo en el camino por donde marchaban las tropas.
Un mozo de los que habían conocido a Fago en Falces se llegó al grupo,
y extrañando ver al clérigo en tal compañía, le dijo:
—_Mosén Custodio_, no se deje engañar de esa. La conozco, y sé que es
muy perra.
Trabáronse de palabras y un poco de empujones la moza y el baturro,
llevando la mejor parte Saloma, que le dijo:
—Anda allá, _falso_... ¿Tú quién eres? Un hambrón... Has venido aquí pa
comer, porque en tu casa no lo hay.
—Vete, vete pronto _a orilla_ de los _guiris_.
—Sí que me voy. Y tú y Zamarra..., detrás de la boñiga del _legítimo_.
—A mucha honra.
—Y yo voy _onde_ quiero. Con _bustedes_ si me da la gana.
Agregáronse otros, y con jovialidades de dudoso gusto la incitaban a
subir con ellos a una de las galeras.
—¡_Mia_ que yo...! Voy a Cadreita, donde dejé mi _legítima_..., la
burra, hombre... Allí me monto, y muera la _faición_.
—Anda, saltamontes, zanganota.
—Llévense al mosén, que está _arguelladico_.
Apareciose de improviso el capellán Ibarburu, furioso contra los
chicos, a los que amenazaba con su bastón, diciéndoles:
—Animales, os estoy buscando hace una hora. ¿En dónde tenéis el carro?
—Allí está, señor. Monte cuando guste.
Reparó Ibarburu en el bulto del capellán, y al pronto no le reconoció
por estar encorvado, calladico y pasado de frío, hambre y tristeza.
—Sí, sí —respondió tímidamente—: soy José Fago.
—Véngase conmigo, y por el camino comeremos un bocadito.
Al coger del brazo a su colega, Ibarburu reparó en Saloma.
—¿Qué pájara es esta? —preguntó a los chicos.
Y como respondiesen que era _la de Mediagorra_, el capellán echó mano
al bolsillo, y sacando una peseta se la dio a la baturra con estas
compasivas palabras:
—Toma, hija, y vete con Dios... ¡Pobre Pascual! Mañana le aplicaré la
misa.
Sin oír lo que Saloma agradecida le contestaba, dirigiose al vehículo,
donde ya un chico de tropa le había puesto las alforjas y la maleta.
Fago le siguió silencioso. La baturra se despidió airosamente de sus
paisanos con breves palabras despreciativas:
—¡Arre, _asolutos_!