Los urbanos o cívicos (que de entrambos modos se les llamaba),
defensores de Villafranca, no eran menos templados que los del otro
pueblo, y, como allá, se encastillaron en la iglesia, el único edificio
sólido y fuerte de la villa, la cual parecía de barro y yesca, como la
tierra circundante. Los carlistas situaron a la puerta del templo los
dos únicos cañoncitos que llevaban, y batiéronla y se hicieron dueños
de ella. Replegáronse los urbanos en la torre, de robusta construcción,
y con ellos se encerraron sus hijos y mujeres. Debe advertirse que
si en el vecindario dominaba la opinión facciosa, no eran pocos los
cristinos furibundos; y enconadas las pasiones, el sexo femenino, con
su locuaz vehemencia, exaltaba el ánimo de los hombres y les hacía
sanguinarios y feroces. Al encastillarse con sus maridos en la torre,
las _urbanas_, antes que por un móvil heroico, hacíanlo por miedo a las
uñas y a las lenguas de las mujeres del otro bando.
Ganada la iglesia por los facciosos, resolvieron pegarle fuego. Los
lugares sagrados, mediante una breve salvedad de conciencia, caen
también dentro del fuero de guerra, y los militares atan y desatan al
demonio según les conviene. Hacinaron bancos, túmulos y confesonarios;
metieron mucha paja, y poco después las imágenes se veían envueltas
en humo que no era de incienso. Antes se había cuidado de poner a
salvo las Sagradas Formas, que llevaron a la ermita de Santa Ana,
sin que en ello prestara ayuda el bueno de Fago, el cual, atónito,
presenciaba cosas tan extrañas y nunca vistas. Impávidos en la elevada
torre, los cívicos hacían fuego certero desde el campanario; tenían
municiones abundantes y los víveres precisos para resistir; apuntaban
bien, y mataban todo lo que podían. Vino la noche, y como el fuego de
la iglesia no cundiese con rapidez, metieron los sitiadores más paja,
atizaron de firme, y el altar mayor, que era un armatoste grandísimo
y muy apropiado a la propagación del incendio, llevó las llamas a la
techumbre. Por fuera, guedejas de humo negro y espesísimo coronaban el
caballete, enroscándose, por causa del viento, en dirección opuesta
a la torre, lo que daba algún respiro a los urbanos. Y el tiroteo
no cesaba. La claridad del incendio permitió a los sitiados hacer
puntería, y con las balas salían del campanario apóstrofes injuriosos,
y cuchufletas impropias de la gravedad de la contienda. Las mujeres
chillaban más que los hombres.
Durante la noche ardió parte del tejado y el tramo superior de la
escalera del campanario, la cual era exenta y se apoyaba en el
caballete, quedando así incomunicados los cívicos y sus mujeres y
chiquillos; mas no por eso menos decididos a defenderse a todo trance.
Lo peor fue que el humo, penetrando en la torre por diferentes huecos,
les molestaba más de lo que quisieran; a media noche parlamentaron con
los sitiadores por un ventanucho ojival, distante como doce varas del
suelo, y reiterando el propósito de no rendirse, pidieron al general
consintiese la salida de las mujeres y niños, que no merecían correr
la triste suerte de los hombres. Oyó esta propuesta Zaratiegui, que
al pie de la torre vino con tal objeto, y al punto fue a ver al jefe,
alojado en la rectoral, y que, según se dijo, estaba pasando una
noche de perros, molestado por el mal de orina que aquejarle solía.
Con la respuesta consoladora de que se salvase a las mujeres, volvió
Zaratiegui al poco rato; pero como el fuego había devorado la escalera
superior, y los sitiados no tenían escalas ni cosa semejante, se
discurrió suministrarles medios de salvamento. Toda la madrugada duró
el trajín para reunir sogas, y hacer con ellas y palitroques escalas
de bastante resistencia para el objeto, y no hay que decir que esta
operación fue como un paréntesis de esparcimiento y jovialidad en
la cruelísima lucha. Fago ayudaba en aquella faena con gran celo y
actividad, y sus manos encallecieron de tanto hacer nudos con ásperos
cáñamos. Él fue el primero que, encaramado en los hombros de un
gastador, y valiéndose de una larga percha, alargó el rollo de cuerda,
para que lo cogiese la mano flaca, perteneciente a un enjuto y tiznado
brazo, que se estiraba en la ventana ojival. Dueños ya de una soga, los
sitiados subieron con ella las escalas y todo el aparejo necesario para
el salvamento.
Habríale gustado a Fago encontrarse arriba para prestar su concurso en
el dificilísimo y peligroso descendimiento; se le ocurrían advertencias
de aparejador mañoso, y haciendo bocina con sus manos, gritaba:
—¿Tenéis un madero fuerte?... ¿No?... Pues asegurad la cuerda en el
pivote de las campanas, no en la barandilla, que parece endeble...
Sujetad a las mujeres con cuerdas por bajo de los sobacos, y retenedlas
a medida que vayan bajando...
Prolongose la tregua hasta la mañana para que tuvieran tiempo los
sitiados de disponer lo conveniente, y los facciosos, luego que
retiraron sus heridos y muertos, descansaban, confiados en que tras
de las mujeres se descolgarían los hombres, rindiéndose a discreción.
Era gran locura o necedad obstinarse en la resistencia, rodeados de
llamas y humo, sin esperanza de que vinieran tropas de Pamplona a
socorrerles. En esta confianza, no se curaban de atizar el fuego, que
parecía encalmado después de media noche por la quietud del aire. A lo
largo del caballete corrían llamitas fantásticas, graciosas, en algunos
puntos humorísticas, que hacían mil figuras, signos de un lenguaje
luminoso semejante al dulce platicar de los tizones de una chimenea.
A ratos, avivada la lumbre por una racha de viento, alumbraba con
siniestro resplandor la plaza y calles circundantes, enrojeciendo las
fachadas de las viviendas y las caras de los soldados. El pueblo no
dormía; todos los vecinos estaban en la calle, mirando a la torre, aún
entera, erguida, arrogante en medio de tanta desolación, despertando
el interés de los seres vivos, que tienen alma. Callaban sus campanas;
pero todo en ella era rostro y muda expresión que decía: yo vivo, yo
pienso, yo padezco.
Al despuntar el día, se intimó desde abajo que despacharan pronto, y
comenzaron a reunirse gentes diversas en los sitios más próximos a la
torre. Zaratiegui mandó que no se permitiera acercarse a las mujeres;
pero estas, en fuerte pelotón, gravitaron sobre la línea de soldados,
y convencidos estos de que _no se podía con ellas_, dejáronlas llegar
a donde quisieron. Conviniendo mucho a la facción contemporizar con
el vecindario de los pueblos adictos y aun halagar sus pasiones, se
toleraba a las mujeres de la causa todos los alborotos, chillidos y
escandaleras que no perjudicasen a la moral del soldado; moral militar
se entiende, que de la otra no tenía por qué cuidarse la Ordenanza.
No bien empezó la operación de descolgar las hembras y criaturas, la
muchedumbre no pudo contener su inquietud. Las mujeres de los urbanos
no eran bien miradas en el pueblo. Rivalidades de familia, que la feroz
política exacerbaba, produjeron escisiones, continuas querellas,
habladurías. La _Fulana_, por ser _cívica_, había llegado a tener
mal concepto entre sus convecinas. La _Zutana_, carlista furibunda,
era motejada entre el bello sexo _urbano_ del modo más cruel. Así es
la política, en las aldeas como en las ciudades populosas. El día
anterior, las hembras encerradas con sus maridos en la torre, mientras
estos hacían fuego, insultaban a las facciosas.
—Ya sabes dónde te has puesto, bribona —les contestaban estas,
chillando desaforadamente—. Abajo eras carraca, y arriba campana. No
voltees mucho, que puedes caerte...
Y como las bravatas de las _urbanas_ terminaron pidiendo misericordia,
y se les permitió el descenso, que era como concederles la vida, al
comenzar el acto caritativo, las _señoras de la causa_ no pudieron
contener su inquina, y allí fue el cantarles el _Trágala_ y el ponerlas
de oro y azul. Bajaron primero tres niños: los de arriba poníanles
cuidadosamente en los últimos peldaños de la escala, y eran recogidos
por soldados, que trepaban cuidadosamente para esta operación. El
descenso se hacía paso a paso, presenciado con ansiedad por unos y
otros. Llegaron a tierra felizmente los chiquillos, y fueron auxiliados
al punto de ropa y comida, pues se hallaban ateridos y muertecitos de
hambre. Al descender la primera _urbana_, la muchedumbre la saludó con
aullidos de burla, por ser la que el día anterior con más desvergüenza
injuriaba a los facciosos.
—Anda, gran púa, saltamontes..., ya ves cómo te perdonamos... Merecías
colgar ahorcada, y te descolgamos con vida...
La segunda, que era de libras, fue asegurada con una cuerda por debajo
de los sobacos, y así la iban aguantando en el penoso descenso por si
acaso faltaba la escala.
—Anda, anda, y no te tapes, descaradota. ¡Tapujos ahora, si cuando
debías taparte no lo hiciste!... ¡Miren que salir ahora con
vergüenzas!... ¿Vergüenza tú?
En esto ocurrió un incidente que excitó más los ánimos, y en un tris
estuvo que se malograse la difícil operación de salvamento. Un soldado
llamado Díaz, natural de Lerín, mozo de mucha viveza y travesura, que
ayudaba en el trajín de las escalas, se pasó de un brinco a la parte de
tejado que aún se conservaba libre del fuego, y se aproximó al boquete
de la destruida escalera de la torre, el cual los sitiados habían
tapado malamente con cascote y maderas. Creyeron, sin duda, los urbanos
que se trataba de atizar candela por el interior de la torre, y sin
encomendarse a Dios ni al diablo, ínterin descendían trabajosamente
las hembras, hicieron fuego sobre Díaz, y le hirieron en la paletilla.
No hay para qué decir que se armó gran tumulto, y que la falta o
ligereza de los sitiados por poco la pagan con su vida las tres pobres
mujeres que en aquel momento descendían, hallándose una a pocos pasos
del suelo, otra a mitad del espacio, y la tercera arriba, tratando de
afianzar sus pies para descender. Si no contienen a las mujeronas _de
la causa_ que al pie de la torre chillaban, fácil hubiera sido que
estas rompieran la cuerda y que se estrellaran dos por lo menos de las
tres infelices que estaban en el aire. La agitación era grande; el
de Lerín bajó rápidamente con el hombro ensangrentado; las _cívicas_
de la torre lloraban afligidas; las otras las insultaban; gritaban
todos. Algunos querían matarlas, para castigar en ellas la increíble
torpeza de los urbanos que así rompían la tregua, y respondían tan
indignamente a la generosidad con que se les había concedido la vida
de sus esposas. Se avisó al general en jefe, y pronto cundió entre la
muchedumbre la voz: «¡Ya viene, ya viene!...» Los soldados, a culatazo
limpio, quisieron despejar, y se arremolinó el mujerío procaz; pero
al fin, donde menos parecía que pudiera abrirse un hueco, el hueco se
abrió, y este hueco en la masa humana lo fue aumentando la tropa por
el procedimiento sencillísimo de arrear golpes a diestro y siniestro,
sin reparar en pechos, espaldas ni barrigas, hasta formar como una
plazoleta vacía de gente. Esto no bastaba, y continuaron rompiendo
calle por entre el apretado gentío, hasta comunicar con la casa del
cura, donde se alojaba el general de los ejércitos de Carlos V. Consta
que el héroe, hallándose frente a la ventana de su habitación, ocupado
en cosa tan vulgar como afeitarse, veía descender las hembras por
la escala, y al oír el tiro y la algazara que se produjo, apresuró
la operación barberil, en la que comúnmente perdía muy poco de su
precioso tiempo, y todavía con algo de jabón pegado a las orejas,
poniéndose la zamarra y abrochándose los cordones, salió a la salita
próxima, donde le aguardaban su ayudante Plaza, dos o tres notables
del pueblo y el cura don Fabricio, que aunque furibundo sectario de
la legitimidad, no se consolaba del incendio y destrucción de su
querida iglesia. Al entrar don Tomás, el reverendo, dando un puñetazo
en la mesa y apretando los dientes, decía:
—¡_Guaidiós_, que esas _hi-de-porra_, malas _chandras_, tienen la culpa
de todo! Yo que usted, mi general, yo, Fabricio Gallipienzo, en vez
de colgar esa carne podrida afuera, la habría colgado dentro de la
santísima iglesia, cuando ardían los santísimos altares, para que se
les ahumaran bien los tocinos.
V
«Gracias a Dios —se dijo Fago—, que voy a ver a ese portento, el
caudillo de los soldados de la fe, el Macabeo redivivo». Y poniéndose
en el sitio que creía mejor, no quitaba los ojos del camino que
debía traer el héroe, viniendo de la rectoral. Rodeado, más bien
seguido, de diversa gente militar, paisana y eclesiástica, apareció
Zumalacárregui, andando con viveza, la boina azul de las comunes muy
calada sobre el entrecejo, ceñidos los cordones de la zamarra, botas
altas, en la mano un látigo. Le precedían dos perros de caza, blancos
con lunares canelos, que olfateaban a los soldados y agradecían
sus caricias. Era el general de aventajaba estatura y regulares
carnes, con un hombro más alto que otro. Por esto, y por su ligera
inclinación hacia adelante, efecto sin duda de un padecimiento renal,
no era su cuerpo tan garboso como debiera. En él clavó sus ojos Fago,
examinándole bien la cara, y al pronto se desilusionó enteramente,
pues se lo figuraba de facciones duras, abultadas y terroríficas, con
hermosura semejante a la de algunas imágenes de la clase de tropa,
como los guerreros bíblicos Aarón, Sansón y Josué. Como en aquel
tiempo no circulaban retratos de celebridades, bien se explica que
Fago no tuviese conocimiento de la estampa real del caudillo, el cual
era un tipo melancólico, adusto, cara de sufrimiento y meditación. La
firmeza de su voluntad se revelaba más en el trato que a la simple
contemplación del rostro, y había que oírle expresar sus deseos,
siempre en el tono de mandatos indiscutibles, para comprender su temple
extraordinario de gobernador de hombres, de amasador de voluntades
dentro del férreo puño de la suya.
Con tan intensa atención le miraba el bueno de Fago, que si en aquel
punto dejase de verle, nunca más olvidaría el rostro enjuto y tostado,
la nariz fina, bien cortada y picuda, el entrecejo melancólico, el
bigote negro, que enlazaba con las patillitas recortadas desde la
oreja, el maxilar duro y bien marcado bajo la piel. Su voz era un
tanto velada; el mirar grave, sin fiereza en aquel momento. Después
de cambiar algunas palabras con Zaratiegui y otros que allí mandaban,
llegose a las _urbanas_, que acababan de poner el pie en tierra, y
arreó a cada una un par de latigazos, diciéndoles iracundo:
—Bribonas, por culpa vuestra perecerán esos desgraciados... Y ya veis
cómo corresponden a mi generosidad. ¿Qué demonios hacíais vosotras en
la torre, ni qué teníais que pintar arriba, condenadas? Y si yo mandase
fusilar ahora mismo a la que no acreditara ser esposa, hija o hermana
de algún _urbano_, ¿qué diríais?, a ver, ¿qué diríais?
No decían nada las pobrecitas: tal era su terror. Y por contera del
discurso, ¡zas!, otro par de latigazos a cada una, agraciando también
a la que en aquel momento ponía el pie en tierra. Con aclamaciones y
vítores acogió la multitud las palabras y el hecho del general, que
por tales medios halagar quería las pasiones populares, movido de un
fin político. En aquella terrible guerra, más que ganar batallas urgía
sostener el tesón de la causa, y esto no se lograba sino aboliendo
en absoluto toda compasión delante de los sectarios; tratando con
crueldad al enemigo fuerte, con menosprecio al débil, para que cundiese
y se afianzase la idea de que el _cristino_ era forzosamente,
por naturaleza, un ser inferior, abyecto, indigno hasta de las
consideraciones más elementales. Solo así se formaba un partido viril,
duro, resistente a toda adversidad. Para poder lanzar confiadamente
las masas de hombres a combates desesperados, era forzoso encender en
ellos sentimientos de implacable furor, los cuales debían tomar cebo y
sustancia de los odios mujeriles. El genio de Zumalacárregui veía este
resorte, por muchos inapreciable, del mecanismo de la guerra, y quería
producir la ferocidad del varón con las pasioncillas villanas de la
hembra. Azotó a las mujeres de los urbanos, no por gusto de maltratar
inhumanamente a seres indefensos, sino por contentar a las otras, a
las furias chillonas de la causa, que sostenían con su procacidad la
exaltación populachera, fermento necesario en las guerras civiles.
No comprendiendo esta trastienda política el aturdido Fago, al ver
el bárbaro tratamiento que el general daba a las pobres mujeres, la
indignación hizo vibrar todos sus nervios, y apretó los dientes, y se
clavó los dedos de una mano en otra, movido de su natural corajudo,
que se sobreponía en ocasiones como aquella, sin poder remediarlo, a
la mansedumbre propia del estado eclesiástico. Olvidado de la orden
que profesaba, de buena gana habría salido del ruedo, y acometiendo
al orgulloso caudillo, le habría dado un par de morradas buenas, pero
buenas, de las que él sabía y solía dar en sus tiempos de seglar
levantisco y pendenciero. Pero ello no fue más que un fugaz estímulo,
que logró dominar al punto, y para mejor apartar de sí ideas tan
peligrosas en aquellos momentos, trató de alejarse y dar una vuelta
solo por las inmediaciones del desgraciado pueblo. No lo hizo, porque
cuando rompía trabajosamente por entre la multitud, oyó estas voces,
que le dejaron helado:
—Ahora bajan a la última que quedaba..., Saloma..., la gallarda
Saloma...
Creyó que aquellas voces y aquel nombre habíanlos pronunciado todos
los demonios del infierno, difundidos invisibles por los aires, y
volvió a donde estaba, y oyó nueva algazara de mujeres chillonas...
y, mirando para arriba, vio un bulto, una mujer con la cara tapada...
Dudoso estuvo entre huir campos afuera o quedarse para ver la hembra
descolgada, a quien el pueblo, bullicioso, nombraba y denostaba al
propio tiempo, juntando el nombre y los insultos. ¡Dios poderoso!, lo
que sufrió el hombre en breves momentos no es para referido. Bajaron a
la moza, y si cuando se aproximaba al suelo, descubierto ya su rostro,
pudo creer por un instante que era la hija del infortunado Ulibarri,
al verla de cerca la reconoció como absolutamente distinta: aunque
hermosa, como aquella, no se le parecía ni en las facciones ni en el
color del rostro. Vamos, que era otra Saloma. El hombre dio gracias a
Dios con toda su alma, pues verdaderamente, si hubiera resultado la
Saloma de su historia, dificilillo le habría sido contenerse viéndola
de tal modo escarnecida e insultada.
El general se había vuelto a su alojamiento; el que mandaba la
tropa al pie de la torre ordenó que no se hiciese daño a las pobres
_urbanas_, y las familias de estas, con la timidez natural de quien se
siente minoría en el pueblo y se halla bajo la presión moral de masas
irritadas y vencedoras, las auxiliaban con ropas y alimentos.
Mandaron despejar, y las _urbanas_ y sus hijos retiráronse en compañía
de algunos vecinos notados de _cristinismo_; las unas, absolutamente
decaídas de espíritu, lloraban sin consuelo; las otras, bravas e
iracundas, enronquecían de tanto gritar contra la facción y su
insolente general, y todas creían perdidos a los bravos defensores de
la torre si no se entregaban pronto y sin condiciones. Compadecido de
aquellas infelices, Fago las siguió al través de las tortuosas calles,
hasta que acamparon en los últimos corrales del pueblo, o en medio
de las eras, temerosas siempre de ser atropelladas. Pero no querían
ausentarse de Villafranca sin conocer la suerte de sus infelices
maridos, hermanos o lo que fuesen, que sobre esto había dudas.
Tratando Fago de inquirir con buenos modos el verdadero parentesco de
las azotadas heroínas con los héroes de la torre, entabló coloquio
con la llamada Saloma, cuyas facciones no se hartaba de examinar
para cerciorarse de su desemejanza con las de la extraviada hija de
Ulibarri, y ella, que desde los primeros momentos dio a conocer su
desahogada condición, no tardó en franquearse con él en esta forma:
—Yo, señor, no soy mujer de naide, aunque no es por culpa mía, que
bien quise y bien quisieron mis padres darme marido por la Iglesia
santísima. Huérfana quedé a los veinte años, y me engañó, ya digo, un
tal _Sedaliz_, que en la faición está, malos truenos le confundan, y
era alpargatero en mi pueblo, que llaman Borja, para servir a usted.
—Lo conozco —dijo Fago—, y sé que sus habitantes no son los menos
brutos ni los menos nobles de Aragón.
—Dispénseme, señor: usted es de iglesia.
—Efectivamente: soy sacerdote.
—Se le conoce en lo _aflegidico_... Los hay de dos clases: los
_aflegidicos_, que son los buenos, y los de pelo en pecho, que
mataban franceses en la otra guerra, y ahora salen contra los pobres
_cuscos_... Pues, señor, si quiere que le diga lo que hay tocante a mí,
lo primero, ya digo, es que después que me plantó _Sedaliz_ en metad
de la calle, dejándome con lo puesto, me amparó uno que le llamaban
_Comecome_, de junto a la Huecha; mas como era casado, le dejé, ya
digo, porque a honradez podrán ganarme, pero a conciencia no..., y
me fui a Zaragoza, donde hablé con un chicarrón de infantería de la
Guardia Real, ya sabe, los primeros que vinieron hace dos años a
sofocar la faición, lo cual que no la sofocaron. Era el tal de junto
a Tarazona, bueno como el pan, pero muy cuitadico, en fin, de _los que
no encuentran agua en el Ebro_. Con su casaca abrochadica, el correaje
en cruz, y la gorra de pelo con la chapa, estaba como un sol. A los
de la Guardia se les llamó entonces _guiris_ porque llevaban tres
letras, G. R. I., en la gorra y en la cartuchera, y _guiris_ se les
llama todavía. Pues, ya digo, aquel y yo contábamos casarnos cuando
acabara el servicio..., era un pedazo de animal como los ángeles...
Pasó el Cuerpo a Logroño, y yo detrás del Cuerpo... Mandaba el general
Lorenzo... Siguió el Cuerpo a Navarra al mando del general Rodil... Yo
no podía menos de ir detrás del Cuerpo, donde tenía mi alma... ¡Ay!, ya
digo, se me parte el corazón cuando lo cuento. En la aición de Artaza
me le mataron..., ¡pobre _maño_, rico mío! Le vi cadáver, arrimado a
una peña, que parecía dormidico... Estuve mala de la desazón, y me
acogieron unos vecinos de Abárzuza. No le puedo contar, porque es cosa
larga, cómo vine a parar a Funes, orilla de este pueblo, donde hice
conocimiento con Pascual Muruve, por mote _Mediagorra_, que es uno de
los _urbanos_ de más calzones que tiene usted en la torre, y allí se
batirá hasta dar las boqueadas, porque, ya digo, es muy entero, y él
sabe que por ser tan bravo hablo con él, que si no, no hablaba.
A este punto llegaba la moza de su relación, cuando oyeron gran tiroteo
y vieron aumentada la humareda que envolvía la iglesia.
—Padrico del alma —dijo una de las más afligidas, llamada Claudia, que
era mujer legítima de un urbano—, lléguese a ver qué pasa...
—Por lo visto —replicó Fago—, se han roto las hostilidades, y creo que
los señores cívicos lo pasarán mal.
—Son tercos, y morirán antes de rendirse —observó otra llorando, pero
sin perder la entereza.
—Mosén, vea lo que hay, y venga después a contárnoslo —indicó una
tercera—. Si les dan cuartel, deberían rendirse, que harto han hecho
ya por la bandera urbana y por la reina chiquitita. ¡Ay, Dios mío, qué
será de ellos!
—Que Dios les dé fortaleza; que no se entreguen.
—Que vivan, aunque tengan que entregarse.
—No, no..., rendirse no. Cada uno mira por la honrilla... ¡Que viva el
_Cuerpo_!
—Eso, eso... Lo primerico, el _Cuerpo_.
—Que es el alma, como quien dice, el amor propio de uno..., de una
también, porque lo que aquí sobra es patriotismo.
Pronto se enteró Fago de lo que ocurría, que era lo más sencillo, lo
más conforme a la marcha natural de los acontecimientos. Salvadas las
mujeres, se rompieron de nuevo las hostilidades con recrudecimiento de
fiereza por una parte y otra. Hacia el mediodía preguntaron los urbanos
si daban cuartel, y como les respondieran que no, siguieron apurando
su defensa con la débil esperanza de que por cansancio levantasen
los facciosos el sitio y se largaran a expugnar otro pueblo. Pero
lo que hicieron fue atizar más el fuego de la iglesia, y abrir una
comunicación directa de esta con la torre, para que el humo envolviera
completamente a los sitiados. La tarde fue para estos angustiosa: el
humo les ahogaba, y recalentada toda la fábrica, sentían que se les
quemaban las plantas de los pies. Al anochecer, lograron los facciosos
arrojar materia combustible en la parte baja de la torre. La mitad de
los urbanos o habían muerto o estaban fuera de combate; los restantes
aún hacían fuego desesperados, al amparo de las campanas, y de tiempo
en tiempo gritaban: «Cuartel, cuartel»; pero de abajo respondían:
«Discreción, y pronto, pronto».
Con estas noticias, que Fago llevaba a la tribu de _urbanas_ acampadas
en las eras y corralizas del pueblo, las pobres mujeres no hacían más
que llorar y lamentar su suerte. Esposas eran algunas, hermanas otras,
arrimadas las menos: todas amaban en diferentes estilos. Tan pronto
rezaban invocando a la Virgen y a los santos con fervor sincero, como
arrojaban de sus bocas horrendas maldiciones contra la facción, contra
su general, su rey, y el demonio que los trajo al mundo. La gallarda
Saloma decía:
—¡Que no se rindan, contro!... Tú no te rindes, Mediagorra; ¿verdad que
no te rindes, _maño_ mío?