IV

Los urbanos o cívicos (que de entrambos modos se les llamaba),

defensores de Villafranca, no eran menos templados que los del otro

pueblo, y, como allá, se encastillaron en la iglesia, el único edificio

sólido y fuerte de la villa, la cual parecía de barro y yesca, como la

tierra circundante. Los carlistas situaron a la puerta del templo los

dos únicos cañoncitos que llevaban, y batiéronla y se hicieron dueños

de ella. Replegáronse los urbanos en la torre, de robusta construcción,

y con ellos se encerraron sus hijos y mujeres. Debe advertirse que

si en el vecindario dominaba la opinión facciosa, no eran pocos los

cristinos furibundos; y enconadas las pasiones, el sexo femenino, con

su locuaz vehemencia, exaltaba el ánimo de los hombres y les hacía

sanguinarios y feroces. Al encastillarse con sus maridos en la torre,

las _urbanas_, antes que por un móvil heroico, hacíanlo por miedo a las

uñas y a las lenguas de las mujeres del otro bando.

Ganada la iglesia por los facciosos, resolvieron pegarle fuego. Los

lugares sagrados, mediante una breve salvedad de conciencia, caen

también dentro del fuero de guerra, y los militares atan y desatan al

demonio según les conviene. Hacinaron bancos, túmulos y confesonarios;

metieron mucha paja, y poco después las imágenes se veían envueltas

en humo que no era de incienso. Antes se había cuidado de poner a

salvo las Sagradas Formas, que llevaron a la ermita de Santa Ana,

sin que en ello prestara ayuda el bueno de Fago, el cual, atónito,

presenciaba cosas tan extrañas y nunca vistas. Impávidos en la elevada

torre, los cívicos hacían fuego certero desde el campanario; tenían

municiones abundantes y los víveres precisos para resistir; apuntaban

bien, y mataban todo lo que podían. Vino la noche, y como el fuego de

la iglesia no cundiese con rapidez, metieron los sitiadores más paja,

atizaron de firme, y el altar mayor, que era un armatoste grandísimo

y muy apropiado a la propagación del incendio, llevó las llamas a la

techumbre. Por fuera, guedejas de humo negro y espesísimo coronaban el

caballete, enroscándose, por causa del viento, en dirección opuesta

a la torre, lo que daba algún respiro a los urbanos. Y el tiroteo

no cesaba. La claridad del incendio permitió a los sitiados hacer

puntería, y con las balas salían del campanario apóstrofes injuriosos,

y cuchufletas impropias de la gravedad de la contienda. Las mujeres

chillaban más que los hombres.

Durante la noche ardió parte del tejado y el tramo superior de la

escalera del campanario, la cual era exenta y se apoyaba en el

caballete, quedando así incomunicados los cívicos y sus mujeres y

chiquillos; mas no por eso menos decididos a defenderse a todo trance.

Lo peor fue que el humo, penetrando en la torre por diferentes huecos,

les molestaba más de lo que quisieran; a media noche parlamentaron con

los sitiadores por un ventanucho ojival, distante como doce varas del

suelo, y reiterando el propósito de no rendirse, pidieron al general

consintiese la salida de las mujeres y niños, que no merecían correr

la triste suerte de los hombres. Oyó esta propuesta Zaratiegui, que

al pie de la torre vino con tal objeto, y al punto fue a ver al jefe,

alojado en la rectoral, y que, según se dijo, estaba pasando una

noche de perros, molestado por el mal de orina que aquejarle solía.

Con la respuesta consoladora de que se salvase a las mujeres, volvió

Zaratiegui al poco rato; pero como el fuego había devorado la escalera

superior, y los sitiados no tenían escalas ni cosa semejante, se

discurrió suministrarles medios de salvamento. Toda la madrugada duró

el trajín para reunir sogas, y hacer con ellas y palitroques escalas

de bastante resistencia para el objeto, y no hay que decir que esta

operación fue como un paréntesis de esparcimiento y jovialidad en

la cruelísima lucha. Fago ayudaba en aquella faena con gran celo y

actividad, y sus manos encallecieron de tanto hacer nudos con ásperos

cáñamos. Él fue el primero que, encaramado en los hombros de un

gastador, y valiéndose de una larga percha, alargó el rollo de cuerda,

para que lo cogiese la mano flaca, perteneciente a un enjuto y tiznado

brazo, que se estiraba en la ventana ojival. Dueños ya de una soga, los

sitiados subieron con ella las escalas y todo el aparejo necesario para

el salvamento.

Habríale gustado a Fago encontrarse arriba para prestar su concurso en

el dificilísimo y peligroso descendimiento; se le ocurrían advertencias

de aparejador mañoso, y haciendo bocina con sus manos, gritaba:

—¿Tenéis un madero fuerte?... ¿No?... Pues asegurad la cuerda en el

pivote de las campanas, no en la barandilla, que parece endeble...

Sujetad a las mujeres con cuerdas por bajo de los sobacos, y retenedlas

a medida que vayan bajando...

Prolongose la tregua hasta la mañana para que tuvieran tiempo los

sitiados de disponer lo conveniente, y los facciosos, luego que

retiraron sus heridos y muertos, descansaban, confiados en que tras

de las mujeres se descolgarían los hombres, rindiéndose a discreción.

Era gran locura o necedad obstinarse en la resistencia, rodeados de

llamas y humo, sin esperanza de que vinieran tropas de Pamplona a

socorrerles. En esta confianza, no se curaban de atizar el fuego, que

parecía encalmado después de media noche por la quietud del aire. A lo

largo del caballete corrían llamitas fantásticas, graciosas, en algunos

puntos humorísticas, que hacían mil figuras, signos de un lenguaje

luminoso semejante al dulce platicar de los tizones de una chimenea.

A ratos, avivada la lumbre por una racha de viento, alumbraba con

siniestro resplandor la plaza y calles circundantes, enrojeciendo las

fachadas de las viviendas y las caras de los soldados. El pueblo no

dormía; todos los vecinos estaban en la calle, mirando a la torre, aún

entera, erguida, arrogante en medio de tanta desolación, despertando

el interés de los seres vivos, que tienen alma. Callaban sus campanas;

pero todo en ella era rostro y muda expresión que decía: yo vivo, yo

pienso, yo padezco.

Al despuntar el día, se intimó desde abajo que despacharan pronto, y

comenzaron a reunirse gentes diversas en los sitios más próximos a la

torre. Zaratiegui mandó que no se permitiera acercarse a las mujeres;

pero estas, en fuerte pelotón, gravitaron sobre la línea de soldados,

y convencidos estos de que _no se podía con ellas_, dejáronlas llegar

a donde quisieron. Conviniendo mucho a la facción contemporizar con

el vecindario de los pueblos adictos y aun halagar sus pasiones, se

toleraba a las mujeres de la causa todos los alborotos, chillidos y

escandaleras que no perjudicasen a la moral del soldado; moral militar

se entiende, que de la otra no tenía por qué cuidarse la Ordenanza.

No bien empezó la operación de descolgar las hembras y criaturas, la

muchedumbre no pudo contener su inquietud. Las mujeres de los urbanos

no eran bien miradas en el pueblo. Rivalidades de familia, que la feroz

política exacerbaba, produjeron escisiones, continuas querellas,

habladurías. La _Fulana_, por ser _cívica_, había llegado a tener

mal concepto entre sus convecinas. La _Zutana_, carlista furibunda,

era motejada entre el bello sexo _urbano_ del modo más cruel. Así es

la política, en las aldeas como en las ciudades populosas. El día

anterior, las hembras encerradas con sus maridos en la torre, mientras

estos hacían fuego, insultaban a las facciosas.

—Ya sabes dónde te has puesto, bribona —les contestaban estas,

chillando desaforadamente—. Abajo eras carraca, y arriba campana. No

voltees mucho, que puedes caerte...

Y como las bravatas de las _urbanas_ terminaron pidiendo misericordia,

y se les permitió el descenso, que era como concederles la vida, al

comenzar el acto caritativo, las _señoras de la causa_ no pudieron

contener su inquina, y allí fue el cantarles el _Trágala_ y el ponerlas

de oro y azul. Bajaron primero tres niños: los de arriba poníanles

cuidadosamente en los últimos peldaños de la escala, y eran recogidos

por soldados, que trepaban cuidadosamente para esta operación. El

descenso se hacía paso a paso, presenciado con ansiedad por unos y

otros. Llegaron a tierra felizmente los chiquillos, y fueron auxiliados

al punto de ropa y comida, pues se hallaban ateridos y muertecitos de

hambre. Al descender la primera _urbana_, la muchedumbre la saludó con

aullidos de burla, por ser la que el día anterior con más desvergüenza

injuriaba a los facciosos.

—Anda, gran púa, saltamontes..., ya ves cómo te perdonamos... Merecías

colgar ahorcada, y te descolgamos con vida...

La segunda, que era de libras, fue asegurada con una cuerda por debajo

de los sobacos, y así la iban aguantando en el penoso descenso por si

acaso faltaba la escala.

—Anda, anda, y no te tapes, descaradota. ¡Tapujos ahora, si cuando

debías taparte no lo hiciste!... ¡Miren que salir ahora con

vergüenzas!... ¿Vergüenza tú?

En esto ocurrió un incidente que excitó más los ánimos, y en un tris

estuvo que se malograse la difícil operación de salvamento. Un soldado

llamado Díaz, natural de Lerín, mozo de mucha viveza y travesura, que

ayudaba en el trajín de las escalas, se pasó de un brinco a la parte de

tejado que aún se conservaba libre del fuego, y se aproximó al boquete

de la destruida escalera de la torre, el cual los sitiados habían

tapado malamente con cascote y maderas. Creyeron, sin duda, los urbanos

que se trataba de atizar candela por el interior de la torre, y sin

encomendarse a Dios ni al diablo, ínterin descendían trabajosamente

las hembras, hicieron fuego sobre Díaz, y le hirieron en la paletilla.

No hay para qué decir que se armó gran tumulto, y que la falta o

ligereza de los sitiados por poco la pagan con su vida las tres pobres

mujeres que en aquel momento descendían, hallándose una a pocos pasos

del suelo, otra a mitad del espacio, y la tercera arriba, tratando de

afianzar sus pies para descender. Si no contienen a las mujeronas _de

la causa_ que al pie de la torre chillaban, fácil hubiera sido que

estas rompieran la cuerda y que se estrellaran dos por lo menos de las

tres infelices que estaban en el aire. La agitación era grande; el

de Lerín bajó rápidamente con el hombro ensangrentado; las _cívicas_

de la torre lloraban afligidas; las otras las insultaban; gritaban

todos. Algunos querían matarlas, para castigar en ellas la increíble

torpeza de los urbanos que así rompían la tregua, y respondían tan

indignamente a la generosidad con que se les había concedido la vida

de sus esposas. Se avisó al general en jefe, y pronto cundió entre la

muchedumbre la voz: «¡Ya viene, ya viene!...» Los soldados, a culatazo

limpio, quisieron despejar, y se arremolinó el mujerío procaz; pero

al fin, donde menos parecía que pudiera abrirse un hueco, el hueco se

abrió, y este hueco en la masa humana lo fue aumentando la tropa por

el procedimiento sencillísimo de arrear golpes a diestro y siniestro,

sin reparar en pechos, espaldas ni barrigas, hasta formar como una

plazoleta vacía de gente. Esto no bastaba, y continuaron rompiendo

calle por entre el apretado gentío, hasta comunicar con la casa del

cura, donde se alojaba el general de los ejércitos de Carlos V. Consta

que el héroe, hallándose frente a la ventana de su habitación, ocupado

en cosa tan vulgar como afeitarse, veía descender las hembras por

la escala, y al oír el tiro y la algazara que se produjo, apresuró

la operación barberil, en la que comúnmente perdía muy poco de su

precioso tiempo, y todavía con algo de jabón pegado a las orejas,

poniéndose la zamarra y abrochándose los cordones, salió a la salita

próxima, donde le aguardaban su ayudante Plaza, dos o tres notables

del pueblo y el cura don Fabricio, que aunque furibundo sectario de

la legitimidad, no se consolaba del incendio y destrucción de su

querida iglesia. Al entrar don Tomás, el reverendo, dando un puñetazo

en la mesa y apretando los dientes, decía:

—¡_Guaidiós_, que esas _hi-de-porra_, malas _chandras_, tienen la culpa

de todo! Yo que usted, mi general, yo, Fabricio Gallipienzo, en vez

de colgar esa carne podrida afuera, la habría colgado dentro de la

santísima iglesia, cuando ardían los santísimos altares, para que se

les ahumaran bien los tocinos.

V

«Gracias a Dios —se dijo Fago—, que voy a ver a ese portento, el

caudillo de los soldados de la fe, el Macabeo redivivo». Y poniéndose

en el sitio que creía mejor, no quitaba los ojos del camino que

debía traer el héroe, viniendo de la rectoral. Rodeado, más bien

seguido, de diversa gente militar, paisana y eclesiástica, apareció

Zumalacárregui, andando con viveza, la boina azul de las comunes muy

calada sobre el entrecejo, ceñidos los cordones de la zamarra, botas

altas, en la mano un látigo. Le precedían dos perros de caza, blancos

con lunares canelos, que olfateaban a los soldados y agradecían

sus caricias. Era el general de aventajaba estatura y regulares

carnes, con un hombro más alto que otro. Por esto, y por su ligera

inclinación hacia adelante, efecto sin duda de un padecimiento renal,

no era su cuerpo tan garboso como debiera. En él clavó sus ojos Fago,

examinándole bien la cara, y al pronto se desilusionó enteramente,

pues se lo figuraba de facciones duras, abultadas y terroríficas, con

hermosura semejante a la de algunas imágenes de la clase de tropa,

como los guerreros bíblicos Aarón, Sansón y Josué. Como en aquel

tiempo no circulaban retratos de celebridades, bien se explica que

Fago no tuviese conocimiento de la estampa real del caudillo, el cual

era un tipo melancólico, adusto, cara de sufrimiento y meditación. La

firmeza de su voluntad se revelaba más en el trato que a la simple

contemplación del rostro, y había que oírle expresar sus deseos,

siempre en el tono de mandatos indiscutibles, para comprender su temple

extraordinario de gobernador de hombres, de amasador de voluntades

dentro del férreo puño de la suya.

Con tan intensa atención le miraba el bueno de Fago, que si en aquel

punto dejase de verle, nunca más olvidaría el rostro enjuto y tostado,

la nariz fina, bien cortada y picuda, el entrecejo melancólico, el

bigote negro, que enlazaba con las patillitas recortadas desde la

oreja, el maxilar duro y bien marcado bajo la piel. Su voz era un

tanto velada; el mirar grave, sin fiereza en aquel momento. Después

de cambiar algunas palabras con Zaratiegui y otros que allí mandaban,

llegose a las _urbanas_, que acababan de poner el pie en tierra, y

arreó a cada una un par de latigazos, diciéndoles iracundo:

—Bribonas, por culpa vuestra perecerán esos desgraciados... Y ya veis

cómo corresponden a mi generosidad. ¿Qué demonios hacíais vosotras en

la torre, ni qué teníais que pintar arriba, condenadas? Y si yo mandase

fusilar ahora mismo a la que no acreditara ser esposa, hija o hermana

de algún _urbano_, ¿qué diríais?, a ver, ¿qué diríais?

No decían nada las pobrecitas: tal era su terror. Y por contera del

discurso, ¡zas!, otro par de latigazos a cada una, agraciando también

a la que en aquel momento ponía el pie en tierra. Con aclamaciones y

vítores acogió la multitud las palabras y el hecho del general, que

por tales medios halagar quería las pasiones populares, movido de un

fin político. En aquella terrible guerra, más que ganar batallas urgía

sostener el tesón de la causa, y esto no se lograba sino aboliendo

en absoluto toda compasión delante de los sectarios; tratando con

crueldad al enemigo fuerte, con menosprecio al débil, para que cundiese

y se afianzase la idea de que el _cristino_ era forzosamente,

por naturaleza, un ser inferior, abyecto, indigno hasta de las

consideraciones más elementales. Solo así se formaba un partido viril,

duro, resistente a toda adversidad. Para poder lanzar confiadamente

las masas de hombres a combates desesperados, era forzoso encender en

ellos sentimientos de implacable furor, los cuales debían tomar cebo y

sustancia de los odios mujeriles. El genio de Zumalacárregui veía este

resorte, por muchos inapreciable, del mecanismo de la guerra, y quería

producir la ferocidad del varón con las pasioncillas villanas de la

hembra. Azotó a las mujeres de los urbanos, no por gusto de maltratar

inhumanamente a seres indefensos, sino por contentar a las otras, a

las furias chillonas de la causa, que sostenían con su procacidad la

exaltación populachera, fermento necesario en las guerras civiles.

No comprendiendo esta trastienda política el aturdido Fago, al ver

el bárbaro tratamiento que el general daba a las pobres mujeres, la

indignación hizo vibrar todos sus nervios, y apretó los dientes, y se

clavó los dedos de una mano en otra, movido de su natural corajudo,

que se sobreponía en ocasiones como aquella, sin poder remediarlo, a

la mansedumbre propia del estado eclesiástico. Olvidado de la orden

que profesaba, de buena gana habría salido del ruedo, y acometiendo

al orgulloso caudillo, le habría dado un par de morradas buenas, pero

buenas, de las que él sabía y solía dar en sus tiempos de seglar

levantisco y pendenciero. Pero ello no fue más que un fugaz estímulo,

que logró dominar al punto, y para mejor apartar de sí ideas tan

peligrosas en aquellos momentos, trató de alejarse y dar una vuelta

solo por las inmediaciones del desgraciado pueblo. No lo hizo, porque

cuando rompía trabajosamente por entre la multitud, oyó estas voces,

que le dejaron helado:

—Ahora bajan a la última que quedaba..., Saloma..., la gallarda

Saloma...

Creyó que aquellas voces y aquel nombre habíanlos pronunciado todos

los demonios del infierno, difundidos invisibles por los aires, y

volvió a donde estaba, y oyó nueva algazara de mujeres chillonas...

y, mirando para arriba, vio un bulto, una mujer con la cara tapada...

Dudoso estuvo entre huir campos afuera o quedarse para ver la hembra

descolgada, a quien el pueblo, bullicioso, nombraba y denostaba al

propio tiempo, juntando el nombre y los insultos. ¡Dios poderoso!, lo

que sufrió el hombre en breves momentos no es para referido. Bajaron a

la moza, y si cuando se aproximaba al suelo, descubierto ya su rostro,

pudo creer por un instante que era la hija del infortunado Ulibarri,

al verla de cerca la reconoció como absolutamente distinta: aunque

hermosa, como aquella, no se le parecía ni en las facciones ni en el

color del rostro. Vamos, que era otra Saloma. El hombre dio gracias a

Dios con toda su alma, pues verdaderamente, si hubiera resultado la

Saloma de su historia, dificilillo le habría sido contenerse viéndola

de tal modo escarnecida e insultada.

El general se había vuelto a su alojamiento; el que mandaba la

tropa al pie de la torre ordenó que no se hiciese daño a las pobres

_urbanas_, y las familias de estas, con la timidez natural de quien se

siente minoría en el pueblo y se halla bajo la presión moral de masas

irritadas y vencedoras, las auxiliaban con ropas y alimentos.

Mandaron despejar, y las _urbanas_ y sus hijos retiráronse en compañía

de algunos vecinos notados de _cristinismo_; las unas, absolutamente

decaídas de espíritu, lloraban sin consuelo; las otras, bravas e

iracundas, enronquecían de tanto gritar contra la facción y su

insolente general, y todas creían perdidos a los bravos defensores de

la torre si no se entregaban pronto y sin condiciones. Compadecido de

aquellas infelices, Fago las siguió al través de las tortuosas calles,

hasta que acamparon en los últimos corrales del pueblo, o en medio

de las eras, temerosas siempre de ser atropelladas. Pero no querían

ausentarse de Villafranca sin conocer la suerte de sus infelices

maridos, hermanos o lo que fuesen, que sobre esto había dudas.

Tratando Fago de inquirir con buenos modos el verdadero parentesco de

las azotadas heroínas con los héroes de la torre, entabló coloquio

con la llamada Saloma, cuyas facciones no se hartaba de examinar

para cerciorarse de su desemejanza con las de la extraviada hija de

Ulibarri, y ella, que desde los primeros momentos dio a conocer su

desahogada condición, no tardó en franquearse con él en esta forma:

—Yo, señor, no soy mujer de naide, aunque no es por culpa mía, que

bien quise y bien quisieron mis padres darme marido por la Iglesia

santísima. Huérfana quedé a los veinte años, y me engañó, ya digo, un

tal _Sedaliz_, que en la faición está, malos truenos le confundan, y

era alpargatero en mi pueblo, que llaman Borja, para servir a usted.

—Lo conozco —dijo Fago—, y sé que sus habitantes no son los menos

brutos ni los menos nobles de Aragón.

—Dispénseme, señor: usted es de iglesia.

—Efectivamente: soy sacerdote.

—Se le conoce en lo _aflegidico_... Los hay de dos clases: los

_aflegidicos_, que son los buenos, y los de pelo en pecho, que

mataban franceses en la otra guerra, y ahora salen contra los pobres

_cuscos_... Pues, señor, si quiere que le diga lo que hay tocante a mí,

lo primero, ya digo, es que después que me plantó _Sedaliz_ en metad

de la calle, dejándome con lo puesto, me amparó uno que le llamaban

_Comecome_, de junto a la Huecha; mas como era casado, le dejé, ya

digo, porque a honradez podrán ganarme, pero a conciencia no..., y

me fui a Zaragoza, donde hablé con un chicarrón de infantería de la

Guardia Real, ya sabe, los primeros que vinieron hace dos años a

sofocar la faición, lo cual que no la sofocaron. Era el tal de junto

a Tarazona, bueno como el pan, pero muy cuitadico, en fin, de _los que

no encuentran agua en el Ebro_. Con su casaca abrochadica, el correaje

en cruz, y la gorra de pelo con la chapa, estaba como un sol. A los

de la Guardia se les llamó entonces _guiris_ porque llevaban tres

letras, G. R. I., en la gorra y en la cartuchera, y _guiris_ se les

llama todavía. Pues, ya digo, aquel y yo contábamos casarnos cuando

acabara el servicio..., era un pedazo de animal como los ángeles...

Pasó el Cuerpo a Logroño, y yo detrás del Cuerpo... Mandaba el general

Lorenzo... Siguió el Cuerpo a Navarra al mando del general Rodil... Yo

no podía menos de ir detrás del Cuerpo, donde tenía mi alma... ¡Ay!, ya

digo, se me parte el corazón cuando lo cuento. En la aición de Artaza

me le mataron..., ¡pobre _maño_, rico mío! Le vi cadáver, arrimado a

una peña, que parecía dormidico... Estuve mala de la desazón, y me

acogieron unos vecinos de Abárzuza. No le puedo contar, porque es cosa

larga, cómo vine a parar a Funes, orilla de este pueblo, donde hice

conocimiento con Pascual Muruve, por mote _Mediagorra_, que es uno de

los _urbanos_ de más calzones que tiene usted en la torre, y allí se

batirá hasta dar las boqueadas, porque, ya digo, es muy entero, y él

sabe que por ser tan bravo hablo con él, que si no, no hablaba.

A este punto llegaba la moza de su relación, cuando oyeron gran tiroteo

y vieron aumentada la humareda que envolvía la iglesia.

—Padrico del alma —dijo una de las más afligidas, llamada Claudia, que

era mujer legítima de un urbano—, lléguese a ver qué pasa...

—Por lo visto —replicó Fago—, se han roto las hostilidades, y creo que

los señores cívicos lo pasarán mal.

—Son tercos, y morirán antes de rendirse —observó otra llorando, pero

sin perder la entereza.

—Mosén, vea lo que hay, y venga después a contárnoslo —indicó una

tercera—. Si les dan cuartel, deberían rendirse, que harto han hecho

ya por la bandera urbana y por la reina chiquitita. ¡Ay, Dios mío, qué

será de ellos!

—Que Dios les dé fortaleza; que no se entreguen.

—Que vivan, aunque tengan que entregarse.

—No, no..., rendirse no. Cada uno mira por la honrilla... ¡Que viva el

_Cuerpo_!

—Eso, eso... Lo primerico, el _Cuerpo_.

—Que es el alma, como quien dice, el amor propio de uno..., de una

también, porque lo que aquí sobra es patriotismo.

Pronto se enteró Fago de lo que ocurría, que era lo más sencillo, lo

más conforme a la marcha natural de los acontecimientos. Salvadas las

mujeres, se rompieron de nuevo las hostilidades con recrudecimiento de

fiereza por una parte y otra. Hacia el mediodía preguntaron los urbanos

si daban cuartel, y como les respondieran que no, siguieron apurando

su defensa con la débil esperanza de que por cansancio levantasen

los facciosos el sitio y se largaran a expugnar otro pueblo. Pero

lo que hicieron fue atizar más el fuego de la iglesia, y abrir una

comunicación directa de esta con la torre, para que el humo envolviera

completamente a los sitiados. La tarde fue para estos angustiosa: el

humo les ahogaba, y recalentada toda la fábrica, sentían que se les

quemaban las plantas de los pies. Al anochecer, lograron los facciosos

arrojar materia combustible en la parte baja de la torre. La mitad de

los urbanos o habían muerto o estaban fuera de combate; los restantes

aún hacían fuego desesperados, al amparo de las campanas, y de tiempo

en tiempo gritaban: «Cuartel, cuartel»; pero de abajo respondían:

«Discreción, y pronto, pronto».

Con estas noticias, que Fago llevaba a la tribu de _urbanas_ acampadas

en las eras y corralizas del pueblo, las pobres mujeres no hacían más

que llorar y lamentar su suerte. Esposas eran algunas, hermanas otras,

arrimadas las menos: todas amaban en diferentes estilos. Tan pronto

rezaban invocando a la Virgen y a los santos con fervor sincero, como

arrojaban de sus bocas horrendas maldiciones contra la facción, contra

su general, su rey, y el demonio que los trajo al mundo. La gallarda

Saloma decía:

—¡Que no se rindan, contro!... Tú no te rindes, Mediagorra; ¿verdad que

no te rindes, _maño_ mío?

Zumalacárregui · 第 10 / 38 题