—Vamos a Caparroso —dijo Ibarburu al ponerse en marcha la galera—: buen
pueblo, totalmente adicto a la causa. El Cuartel Real ya está allá, y
seguirá mañana hacia Carcastillo... Qué, ¿se duerme usted, señor de
Fago?
Por un rato intentó este sobreponer su cortesía a su cansancio,
sosteniendo con monosílabos la verbosidad del hablador Ibarburu; pero
tanto pudo al fin el desmayo de su cuerpo y de su espíritu, que se
durmió profundamente, obligando al otro a hacer lo mismo. El horrible
zarandeo del carro por tan ásperos caminos no quebrantaba el profundo
reposo de aquellos cuerpos, endurecidos ya en las continuas molestias
y trabajos de la guerra. Diéronles en Caparroso alojamiento comodísimo
en una casa de labradores, a la entrada del pueblo; y bien instalados
en la cocina, que era la mejor pieza, ante un fuego de sarmientos que
chisporroteaban con alegre sonido, pasaron una mañana agradabilísima, y
repararon uno y otro sus estómagos, que bien lo necesitaban, sobre todo
el del aragonés por causa de los prolongados ayunos que agravaban sus
hondas tristezas. Pero aquel día, animado por el ejemplo de su colega,
que quería vivir a todo trance, comió con tanta gana que entre los dos
despacharon medio cordero, asado a su vista, echándole encima porción
cumplida de vino del país, fresco y confortante. Al fin del almuerzo
parecía Fago otro hombre, y hasta se volvió comunicativo, arrancándose
a contar a Ibarburu diferentes hechos de su vida que a nadie había
querido contar.
Siguieron la misma tarde de aquel día para Carcastillo, donde, de
noche ya, les deparó la providencia otra cocina con buena lumbre de
sarmientos, el cazuelo de sopas, el cordero, el vinito y una gente
obsequiosa y hospitalaria que se desvivía por agasajarles. Con los
soldados que allí se alojaban, las mujeres de la casa y dos o tres
viejas, rezaron el rosario, y echaron después un parrafito, todos con
mucho sueño, acerca de la guerra y de las contingencias favorables
que se barruntaban, asegurando Ibarburu que estaba _al caer_ la
presentación de muchos _peces gordos del cristinismo_, oficiales de
artillería e ingenieros, y tal vez, tal vez más de cuatro generales
de los más calificados. Con esto empezaron a roncar los de tropa
acomodándose en el suelo, entre mantas; las viejas siguieron rezando
para que Dios hiciese bueno todo aquello que el capellán decía; y
mientras los chiquillos apuraban el contenido de los platos, y los dos
michos de la casa y el mastín afanaban lo que podían, los dos clérigos
se fueron a la alcoba de los patrones, que obsequiosamente se les había
cedido, y durmieron como príncipes.
Al día siguiente pudo Fago reunirse con el señor consejero de Castilla,
don Blas Arespacochaga, de quien era capellán, y le explicó las razones
de haberse extraviado en el camino, quedándose en la retaguardia del
ejército, sin maleta y sin caballo. Recobradas una y otro, tanto él
como Ibarburu dieron betún a sus botas, rasparon hasta donde era
posible las cascarrias de sus balandranes, se asearon un poco, y se
fueron tan ternes al cercano monasterio de bernardos de Oliva, con
objeto de besar la mano a la Majestad de Carlos V, que allí tenía su
alojamiento. En la Sala Capitular, rodeado de frailes, estaba el rey,
por cierto con menos ceremonia y tiesura de la que al absolutismo
parecía corresponder, y a todos los que entraban y le hacían la
reverencia les agraciaba con una sonrisita bonachona, en la cual era
más fácil distinguir al pretendiente que al soberano. Hicieron los dos
clérigos puntualmente todo lo que mandaba la etiqueta, mostrándose
Ibarburu extremadamente flexible de espinazo; y después de reparar el
estómago con bizcochitos y vasos de vino que en el refectorio ofrecían
los bernardos, se volvieron a Carcastillo con descansado andar,
charlando en tonos de la mayor confianza. En aquel paseo hizo Fago al
otro clérigo confidencias tan interesantes que es forzoso reproducirlas
punto por punto.
—Puesto que es irresistible en mí el anhelo de manifestar todo
lo que siento y todo lo que discurro, ¿qué mejor ocasión que la
presente, teniendo al lado al que como amigo y como sacerdote puede
escucharme? Esto será confidencia amistosa, y al propio tiempo efusión
de conciencia. Luego que usted sepa lo que anda por dentro de este
desgraciado, podrá aconsejarme y dirigirme con buen criterio. Creo que
no hay que repetir los antecedentes.
—No: recuerdo muy bien lo que usted me contó en Caparroso, su vida
licenciosa de seglar. Era usted un libertino; el demonio le tenía
entre sus uñas, y no había pecado mortal que usted no cometiese...
Perfectamente: el robo de Saloma, su desaparición..., todo lo
recuerdo bien. Después vino el arrepentimiento. Dios quiso recobrar
el alma perdida... El demonio entregó su presa... Muy bien. Se hizo
usted sacerdote, y el estudio y la oración fortificaron su alma,
eliminando de ella hasta las últimas heces del pecado y los vicios...
Perfectamente.
—Y recordará usted también el suceso terrible de mi encuentro con
Ulibarri...
—Sí, sí... Mandáronle a usted auxiliar a un reo de muerte y...
¡conflicto extrañísimo y altamente patético! Dios le puso frente al
hombre que había ofendido..., ¡y en qué situación uno y otro! Reo él,
usted confesor. ¡Sorprendente caso de conciencia! ¡Cómo se ve la mano
de Dios!... Adelante. Comprendo la sacudida, la intensísima emoción
que usted sufriría... Sin el favor del cielo, habría usted perdido la
razón, amigo mío.
—Así lo creo. No me he vuelto loco por especial favor de Dios, que en
aquella ocasión terrible, como en otras de mi vida, ha mirado por este
siervo indigno.
—Perfectamente. Cuénteme usted lo demás, pues lo que sigue al entierro
del alcalde de Miranda me es desconocido.
—Lo que ha seguido es simplemente un estado de conciencia y de
pensamiento que me tiene en grandísima zozobra.
—¿Conciencia?... ¡Hola, hola!
—Aguarde usted... Yo no había visto nunca de cerca la guerra. Me ha
impresionado profundamente...
—Inspirándole repulsión, tristeza, lástima de las innumerables
víctimas...
—No, señor: eso me ocurrió el primer día; después, no. Ante todo,
quiero que me dé usted su opinión sobre un punto que creo elemental,
y que desde anoche me sugiere angustiosas dudas. Yo pregunto: ¿Dios
autoriza las guerras? ¿Dios puede tomar partido por uno de los
combatientes, amparándole contra el otro, o abomina por igual de todos
los que derraman sangre humana?
—Amigo mío, Dios ha de mirar mejor a los que defienden sus derechos.
—¡Los derechos de Dios! ¿Qué es eso?
—Hombre, la fe... Me parece que esto es claro. Quiero decir que entre
dos que luchan, Dios ensalzará al que le adora, y hundirá al que le
escarnece. Paréceme que de esto hay elocuentes ejemplos en la historia
sagrada y profana.
—No acabo de convencerme, señor mío... Dios ha dicho: «No matar».
—Sí; pero distingamos: salen dos grupos de hombres, uno que defiende la
verdad y la justicia, otro que patrocina el error y el pecado. Cruzan
las espadas. Dios ha dicho: «No matéis»; pero...
—¿Pero qué?
—Digo que es forzoso impedir, _como se pueda_, que el mal impere sobre
la tierra.
—Y esto solo se consigue matando.
—Justo.
—Luego las guerras pueden tener su lado humano y su lado divino, y hay
o puede haber ejército de Dios y del diablo.
—¿Qué duda tiene?
—Bueno: pues admitido que Dios autoriza el matar, surge nueva duda en
mí, que me confunde y anonada. Se me ocurre que el _exequatur_ de Dios,
o sea su permiso para que nos matemos, se concreta exclusivamente a
los actos de agresión que constituyen el combatir propiamente dicho.
En la lucha, muy santo y muy bueno que haya muertes, pues de otro modo
no habría lucha, ni victoria del bien sobre el mal. Lo que no me ha
entrado todavía en la cabeza es que Dios consienta el matar frío y
carnicero, como sacrificio de reses, por las llamadas leyes de guerra,
bien con el fin de asegurar la disciplina, bien con el de aterrorizar
al enemigo, y quitarle auxiliares o medios de comunicación. ¿Me explico?
—La guerra no puede ser eficaz de otra manera, amigo mío. Si no
admitimos el eclipse total de la benignidad y compasión por motivos
de disciplina, o de organismo militar, no hay victoria posible, y el
matar, que es un mal, sería interminable, y la paz, el supremo bien,
no se restablecería nunca. Las crueldades que vemos un día y otro son
actos de política, absolutamente necesarios.
—¿Y hay política de Dios, como hay guerra de Dios?
—¡Oh!, seguramente.
—Y admitido que, para resolver el tremendo litigio entre la verdad y
el error, no hay más remedio que armar soldados y efectuar con ellos
todo lo que manda el arte de la guerra, hemos de admitir necesariamente
los duros castigos, las represalias, etc., etc. Luego ¿todo el
organismo bélico, con la matanza del enemigo, el burlarle con engaños,
la continua destrucción de vidas y haciendas, el castigo de inocentes
conforme a la política militar, la guerra, en fin, puede ser y es en
algunos casos de Dios?
—Así lo creo, y en conciencia lo afirmo.
—Muy bien: opinión tan resuelta me tranquiliza sobre el punto capital;
pero aún andan rondándome el espíritu ciertas dudas. Vamos a ver. Yo
pregunto: ¿este ejército que defiende la causa de Carlos V contra la
causa de la hija de Fernando VII, podemos y debemos considerarlo como
verdadera milicia cristiana? Me parece bastante dar este nombre a lo
que antes llamábamos _ejército de Dios_.
—Hombre, no sé cómo abriga usted tales dudas. Supongo que habrá
estudiado el caso histórico. Un sacerdote no debe tener escrúpulos
en lo tocante a los derechos augustos de la legitimidad, ni vacilar
tampoco en la creencia de que don Carlos es la religión, la virtud, la
moral, el bien de los pueblos.
—Contra el mal, contra la impiedad y el libertinaje: estamos conformes.
Por consiguiente, si esta es milicia cristiana, la otra es milicia
impía, verdadero ejército del demonio o de todos los demonios. ¡Si no
lo pongo en duda!... Quería yo que usted confirmase esta opinión con su
autoridad. Yo dudé, tenía mis escrúpulos: deseaba que el dictamen de
un hombre de estudio los disipara. Ya no dudo, ya sé a qué atenerme:
puedo manifestarle sin rebozo ese estado singularísimo de mi espíritu
de que antes le hablé.
Apenas llegaban a las primeras casas de Carcastillo, vieron movimiento
de tropas. No tardaron en informarse de que pronto saldrían el ejército
y el Cuartel Real en dirección a Sangüesa, por lo que se dieron prisa a
entrar en su alojamiento y a disponer la marcha.