VII

—Vamos a Caparroso —dijo Ibarburu al ponerse en marcha la galera—: buen

pueblo, totalmente adicto a la causa. El Cuartel Real ya está allá, y

seguirá mañana hacia Carcastillo... Qué, ¿se duerme usted, señor de

Fago?

Por un rato intentó este sobreponer su cortesía a su cansancio,

sosteniendo con monosílabos la verbosidad del hablador Ibarburu; pero

tanto pudo al fin el desmayo de su cuerpo y de su espíritu, que se

durmió profundamente, obligando al otro a hacer lo mismo. El horrible

zarandeo del carro por tan ásperos caminos no quebrantaba el profundo

reposo de aquellos cuerpos, endurecidos ya en las continuas molestias

y trabajos de la guerra. Diéronles en Caparroso alojamiento comodísimo

en una casa de labradores, a la entrada del pueblo; y bien instalados

en la cocina, que era la mejor pieza, ante un fuego de sarmientos que

chisporroteaban con alegre sonido, pasaron una mañana agradabilísima, y

repararon uno y otro sus estómagos, que bien lo necesitaban, sobre todo

el del aragonés por causa de los prolongados ayunos que agravaban sus

hondas tristezas. Pero aquel día, animado por el ejemplo de su colega,

que quería vivir a todo trance, comió con tanta gana que entre los dos

despacharon medio cordero, asado a su vista, echándole encima porción

cumplida de vino del país, fresco y confortante. Al fin del almuerzo

parecía Fago otro hombre, y hasta se volvió comunicativo, arrancándose

a contar a Ibarburu diferentes hechos de su vida que a nadie había

querido contar.

Siguieron la misma tarde de aquel día para Carcastillo, donde, de

noche ya, les deparó la providencia otra cocina con buena lumbre de

sarmientos, el cazuelo de sopas, el cordero, el vinito y una gente

obsequiosa y hospitalaria que se desvivía por agasajarles. Con los

soldados que allí se alojaban, las mujeres de la casa y dos o tres

viejas, rezaron el rosario, y echaron después un parrafito, todos con

mucho sueño, acerca de la guerra y de las contingencias favorables

que se barruntaban, asegurando Ibarburu que estaba _al caer_ la

presentación de muchos _peces gordos del cristinismo_, oficiales de

artillería e ingenieros, y tal vez, tal vez más de cuatro generales

de los más calificados. Con esto empezaron a roncar los de tropa

acomodándose en el suelo, entre mantas; las viejas siguieron rezando

para que Dios hiciese bueno todo aquello que el capellán decía; y

mientras los chiquillos apuraban el contenido de los platos, y los dos

michos de la casa y el mastín afanaban lo que podían, los dos clérigos

se fueron a la alcoba de los patrones, que obsequiosamente se les había

cedido, y durmieron como príncipes.

Al día siguiente pudo Fago reunirse con el señor consejero de Castilla,

don Blas Arespacochaga, de quien era capellán, y le explicó las razones

de haberse extraviado en el camino, quedándose en la retaguardia del

ejército, sin maleta y sin caballo. Recobradas una y otro, tanto él

como Ibarburu dieron betún a sus botas, rasparon hasta donde era

posible las cascarrias de sus balandranes, se asearon un poco, y se

fueron tan ternes al cercano monasterio de bernardos de Oliva, con

objeto de besar la mano a la Majestad de Carlos V, que allí tenía su

alojamiento. En la Sala Capitular, rodeado de frailes, estaba el rey,

por cierto con menos ceremonia y tiesura de la que al absolutismo

parecía corresponder, y a todos los que entraban y le hacían la

reverencia les agraciaba con una sonrisita bonachona, en la cual era

más fácil distinguir al pretendiente que al soberano. Hicieron los dos

clérigos puntualmente todo lo que mandaba la etiqueta, mostrándose

Ibarburu extremadamente flexible de espinazo; y después de reparar el

estómago con bizcochitos y vasos de vino que en el refectorio ofrecían

los bernardos, se volvieron a Carcastillo con descansado andar,

charlando en tonos de la mayor confianza. En aquel paseo hizo Fago al

otro clérigo confidencias tan interesantes que es forzoso reproducirlas

punto por punto.

—Puesto que es irresistible en mí el anhelo de manifestar todo

lo que siento y todo lo que discurro, ¿qué mejor ocasión que la

presente, teniendo al lado al que como amigo y como sacerdote puede

escucharme? Esto será confidencia amistosa, y al propio tiempo efusión

de conciencia. Luego que usted sepa lo que anda por dentro de este

desgraciado, podrá aconsejarme y dirigirme con buen criterio. Creo que

no hay que repetir los antecedentes.

—No: recuerdo muy bien lo que usted me contó en Caparroso, su vida

licenciosa de seglar. Era usted un libertino; el demonio le tenía

entre sus uñas, y no había pecado mortal que usted no cometiese...

Perfectamente: el robo de Saloma, su desaparición..., todo lo

recuerdo bien. Después vino el arrepentimiento. Dios quiso recobrar

el alma perdida... El demonio entregó su presa... Muy bien. Se hizo

usted sacerdote, y el estudio y la oración fortificaron su alma,

eliminando de ella hasta las últimas heces del pecado y los vicios...

Perfectamente.

—Y recordará usted también el suceso terrible de mi encuentro con

Ulibarri...

—Sí, sí... Mandáronle a usted auxiliar a un reo de muerte y...

¡conflicto extrañísimo y altamente patético! Dios le puso frente al

hombre que había ofendido..., ¡y en qué situación uno y otro! Reo él,

usted confesor. ¡Sorprendente caso de conciencia! ¡Cómo se ve la mano

de Dios!... Adelante. Comprendo la sacudida, la intensísima emoción

que usted sufriría... Sin el favor del cielo, habría usted perdido la

razón, amigo mío.

—Así lo creo. No me he vuelto loco por especial favor de Dios, que en

aquella ocasión terrible, como en otras de mi vida, ha mirado por este

siervo indigno.

—Perfectamente. Cuénteme usted lo demás, pues lo que sigue al entierro

del alcalde de Miranda me es desconocido.

—Lo que ha seguido es simplemente un estado de conciencia y de

pensamiento que me tiene en grandísima zozobra.

—¿Conciencia?... ¡Hola, hola!

—Aguarde usted... Yo no había visto nunca de cerca la guerra. Me ha

impresionado profundamente...

—Inspirándole repulsión, tristeza, lástima de las innumerables

víctimas...

—No, señor: eso me ocurrió el primer día; después, no. Ante todo,

quiero que me dé usted su opinión sobre un punto que creo elemental,

y que desde anoche me sugiere angustiosas dudas. Yo pregunto: ¿Dios

autoriza las guerras? ¿Dios puede tomar partido por uno de los

combatientes, amparándole contra el otro, o abomina por igual de todos

los que derraman sangre humana?

—Amigo mío, Dios ha de mirar mejor a los que defienden sus derechos.

—¡Los derechos de Dios! ¿Qué es eso?

—Hombre, la fe... Me parece que esto es claro. Quiero decir que entre

dos que luchan, Dios ensalzará al que le adora, y hundirá al que le

escarnece. Paréceme que de esto hay elocuentes ejemplos en la historia

sagrada y profana.

—No acabo de convencerme, señor mío... Dios ha dicho: «No matar».

—Sí; pero distingamos: salen dos grupos de hombres, uno que defiende la

verdad y la justicia, otro que patrocina el error y el pecado. Cruzan

las espadas. Dios ha dicho: «No matéis»; pero...

—¿Pero qué?

—Digo que es forzoso impedir, _como se pueda_, que el mal impere sobre

la tierra.

—Y esto solo se consigue matando.

—Justo.

—Luego las guerras pueden tener su lado humano y su lado divino, y hay

o puede haber ejército de Dios y del diablo.

—¿Qué duda tiene?

—Bueno: pues admitido que Dios autoriza el matar, surge nueva duda en

mí, que me confunde y anonada. Se me ocurre que el _exequatur_ de Dios,

o sea su permiso para que nos matemos, se concreta exclusivamente a

los actos de agresión que constituyen el combatir propiamente dicho.

En la lucha, muy santo y muy bueno que haya muertes, pues de otro modo

no habría lucha, ni victoria del bien sobre el mal. Lo que no me ha

entrado todavía en la cabeza es que Dios consienta el matar frío y

carnicero, como sacrificio de reses, por las llamadas leyes de guerra,

bien con el fin de asegurar la disciplina, bien con el de aterrorizar

al enemigo, y quitarle auxiliares o medios de comunicación. ¿Me explico?

—La guerra no puede ser eficaz de otra manera, amigo mío. Si no

admitimos el eclipse total de la benignidad y compasión por motivos

de disciplina, o de organismo militar, no hay victoria posible, y el

matar, que es un mal, sería interminable, y la paz, el supremo bien,

no se restablecería nunca. Las crueldades que vemos un día y otro son

actos de política, absolutamente necesarios.

—¿Y hay política de Dios, como hay guerra de Dios?

—¡Oh!, seguramente.

—Y admitido que, para resolver el tremendo litigio entre la verdad y

el error, no hay más remedio que armar soldados y efectuar con ellos

todo lo que manda el arte de la guerra, hemos de admitir necesariamente

los duros castigos, las represalias, etc., etc. Luego ¿todo el

organismo bélico, con la matanza del enemigo, el burlarle con engaños,

la continua destrucción de vidas y haciendas, el castigo de inocentes

conforme a la política militar, la guerra, en fin, puede ser y es en

algunos casos de Dios?

—Así lo creo, y en conciencia lo afirmo.

—Muy bien: opinión tan resuelta me tranquiliza sobre el punto capital;

pero aún andan rondándome el espíritu ciertas dudas. Vamos a ver. Yo

pregunto: ¿este ejército que defiende la causa de Carlos V contra la

causa de la hija de Fernando VII, podemos y debemos considerarlo como

verdadera milicia cristiana? Me parece bastante dar este nombre a lo

que antes llamábamos _ejército de Dios_.

—Hombre, no sé cómo abriga usted tales dudas. Supongo que habrá

estudiado el caso histórico. Un sacerdote no debe tener escrúpulos

en lo tocante a los derechos augustos de la legitimidad, ni vacilar

tampoco en la creencia de que don Carlos es la religión, la virtud, la

moral, el bien de los pueblos.

—Contra el mal, contra la impiedad y el libertinaje: estamos conformes.

Por consiguiente, si esta es milicia cristiana, la otra es milicia

impía, verdadero ejército del demonio o de todos los demonios. ¡Si no

lo pongo en duda!... Quería yo que usted confirmase esta opinión con su

autoridad. Yo dudé, tenía mis escrúpulos: deseaba que el dictamen de

un hombre de estudio los disipara. Ya no dudo, ya sé a qué atenerme:

puedo manifestarle sin rebozo ese estado singularísimo de mi espíritu

de que antes le hablé.

Apenas llegaban a las primeras casas de Carcastillo, vieron movimiento

de tropas. No tardaron en informarse de que pronto saldrían el ejército

y el Cuartel Real en dirección a Sangüesa, por lo que se dieron prisa a

entrar en su alojamiento y a disponer la marcha.

Zumalacárregui · 第 12 / 38 题