Cerca ya de Peralta, los disparos que oyeron y la columna de negro
humo que del pueblo salía, enroscándose, pausada y lúgubre, les
anunciaron que Zumalacárregui había mandado atacar el fuerte defendido
por los urbanos. Si tenaces y fieros eran los sitiadores, no les iban
en zaga los de dentro, mandados por un tal Iracheta, de casta de
leones. Ansioso de ver de cerca el combate, saltó Fago de la galera
y adelantose al pueblo. Sentía inexplicable comezón de impresiones
trágicas, y anhelo de ver escenas en que el furor de los hombres con
toda fuerza se desplegara. Y sin darse cuenta de lo mal que cuadraba
esta querencia con su anterior propósito de recobrar la quietud del
alma, obra del estudio y la oración, su mente, no bien curada aún
de la fiebre poemática, ansiaba el espectáculo de la historia viva,
de la página contemplada antes de perder en las manos del artífice
historiador el encanto de la realidad.
No pudo aproximarse al lugar donde batían el cobre, porque el pueblo
estaba circundado de tropas, que no dejaban fácilmente espacio a los
curiosos. De adobes eran las casas de Peralta, frágiles y esponjosas,
edificadas sobre terreno desigual. En la joroba del centro, más alta
que las demás, alzábase la iglesia, de sillería, convertida en fuerte
desde el mando de Rodil; sólida y robusta posición que aquel día
hicieron inexpugnable unos cuantos urbanos con su increíble tesón.
El bueno de Fago pudo observar que, dueños los facciosos de toda la
parte baja del pueblo, sacaban de las casas cuanto podía servirles
para reforzar los parapetos en derredor de la iglesia, y tal acopio
de colchones hicieron que no debía quedar uno para muestra. Por una
callejuela enfilada al centro, Fago veía movibles figuras tiznadas; los
tiros sonaban continuamente, sin que se sintiera ese rumor extraño que
indica victoria o esperanzas de ella; voces de mando llegaban hasta
afuera, airadas, blasfemantes. Por fin, como nada sacara en limpio de
su fisgoneo por los contornos de la acción bélica, y además se sintiera
cansado y algo aburrido, alejose hacia el campo donde había tropas que
estaban mano sobre mano. Allí oyó decir:
—Nada se conseguirá sin artillería. Es perder vidas y tiempo.
Más allá, los soldados de Villarreal mostraban hastío, impaciencia
de que el general dispusiera levantar el sitio de Peralta, que
llevaba traza de interminable. No tardó el curita en participar del
aburrimiento de la tropa, y en verdad que aquella página militar no le
resultaba interesante y quería volverla pronto, imaginando hallar en la
siguiente asunto menos fastidioso. Un capellán del 7.º, que le conocía
de Oñate, agregose a él en busca de palique, obsequiándole al propio
tiempo con una sustanciosa merienda. Comieron y bebieron en una venta,
pasado el puente sobre el Arga, camino de Marcilla, y luego platicaron
de guerra y política todo lo que les dio la gana, viendo de lejos las
humaredas pavorosas. Era el capellán en extremo hablador, con lo que se
dice que era pequeñuelo, vivaracho y de corta nariz. Presumía de gran
estratégico, y no reconocía en artes de guerra más superioridad que la
del general de la causa.
—Don Tomás me dispense —decía—; pero estamos perdiendo un tiempo
precioso. Y ha de saber usted, amigo Fago, que este don Fermín Iracheta
que manda los urbanos es uno de los hombres más templados de Navarra.
Amigo es de nuestro general, y conociéndose como se conocen, están
ahí jugando a cuál es más bravo y terco. Había usted de ver las
comunicaciones que se cruzaron esta mañana entre Zumalacárregui y el
jefe de los urbanos: «Fermín, que te rindas». Y el otro: «Tomás, no me
da la gana...». «Fermín, que vas a morir abrasado...». «Tomás, bonita
muerte con el frío que hace...». Y tiros van, tiros vienen; pero lo
que es el fuerte no se rinde... ¿Y quién creerá usted que llevaba del
fuerte a los parapetos y viceversa los papelitos con el _ríndete_ y el
_no me rindo_? Pues una vieja del pueblo, la cual fue ama de cría de
Iracheta, loba navarra que dio la teta a ese nuevo Rómulo. En la plaza
había usted de verla esta tarde vociferando delante del general, con
estas expresiones: «Váyase de aquí, don Tomás, que ese tiene la cabeza
muy dura».
Ya iba fijando Fago su atención en el suceso de Peralta, que tan
insignificante le había parecido, y acabó de interesarse en él oyendo
contar a su colega Ibarburu, que así se llamaba el capellancito, el
estupendo ardid ideado por el sitiador para quebrantar la entereza del
valeroso caudillo de los urbanos.
—Sepa usted que la esposa de Iracheta fue llevada esta tarde al pie
del muro, y rompiendo a llorar se puso a gritarle: «Ríndete, Fermín,
ríndete, que si no pegarán fuego a la iglesia y pereceréis todos
achicharrados...» Y él, ¿qué hizo? Asomar por una de las ventanas y
decirle: «O te quitas de ahí ahora mismo, puerca, y te vas a casa,
o hacemos fuego sobre ti. Fermín Iracheta sabe morir; pero no sabe
deshonrarse». ¿Qué tal?... Con hombres de esta fibra, ¿no podríamos
conquistar el mundo? Lástima que Iracheta no sea de los nuestros. Pero
lo será. La causa conquista poco a poco el suelo y los corazones: vamos
al triunfo de Dios y del rey; pero pronto, prontito... La fruta está
madura. La caterva cristina no espera más que una buena coyuntura para
venirse acá. Se le conoce en la manera de combatir. ¿Quiere usted
que le diga mi opinión con toda franqueza? Pues ya debemos soltar los
andadores; más claro, ya no nos hace falta el arrimo de los montes
navarros. Al llano, señores. A pasar pronto ese gran Ebro, famoso
entre los ríos; a Miranda, o más seguro, a Ezcaray y Pradoluengo, para
proveernos de paños, y caer de allí sobre Burgos como la maza de Fraga.
Una vez en Burgos, las potencias nos reconocen, y a Madrid con los
faroles.
Oyendo estas cosas, Fago meditaba mirando al suelo, y momentos después,
mientras Ibarburu, infatigable charlador, pegaba la hebra con unos
militares que entraron a refrescar, sintió un sueño intensísimo, como
hombre que ya llevaba unas treinta horas sin dormir: arrimándose al
ángulo en que se juntaban los asientos, apoyó la cabeza en la pared,
y se quedó dormido con la boca abierta. Su sueño febril era como
esos monólogos cerebrales en que ovillamos y desovillamos una idea;
monólogo en el cual Fago se reconocía también estratégico, pues tenía
el sentido geográfico, o de las distancias y diferencias de altura
entre los terrenos. Sin haberlo estudiado, conocía la importancia y
valor de los ríos y los montes, de las divisorias y sus puertos, que
permiten comunicar una con otra cuenca. Y asociando con estas ideas
teóricas su conocimiento práctico de diferentes territorios, recorría
mentalmente la Canal de Berdún, que conocía palmo a palmo; el puerto
de Loarre, que separa las aguas del Gállego de las del Cinca, los
valles de Hecho y Ansó en la montaña, y en tierra baja las Cinco
Villas de Aragón, de reseco y quebrado suelo, surcado por ríos míseros
en verano, y en invierno torrenciales... Al recargarse el sueño, se
le confundían estas nociones geográficas con sus recuerdos del país
vasco, los valles profundos del Urola, Deva y Oria, las eminencias de
Elosua y Pagochaeta, junto a Azpeitia, y en la vecindad de Oñate, las
sierras de Elguea y Aránzazu. Peñas y corrientes de agua rondaban por
su cerebro, juntamente con subidas y bajadas, y mucho ir y venir de
hombres presurosos... En esto, le despertaron tirándole de los pies, y
oyó toques de tambor y cornetas, ruido de marcha, gran rebullicio de
gente.
Salió a la puerta del parador, restregándose los ojos. Era noche
oscura, alumbrada por los fulgores siniestros de Peralta, que ardía por
entero. Levantado el sitio del fuerte, por ser los urbanos y su jefe
Iracheta muy duros de pelar, los facciosos anegaron el suelo soltando
las cubas de vino en todas las bodegas, y se dirigieron presurosos
a Villafranca, donde también había fuerte y urbanos. Desfilaban
ordenadamente los batallones, cuando el clérigo triste salió al camino,
y se entregó a la corriente humana, marchando maquinalmente al paso
de la tropa, sin preguntar a dónde iba. Toda la noche anduvieron a
regular paso, y al amanecer pasaban el Aragón por Marcilla. En este
pueblo, tomando la mañana, topó Fago otra vez con su amigo Ibarburu,
el capellán hablador, y por él supo que en Villafranca se esperaba una
reñida pelea con la guarnición cristina. Se decía también que salía de
Pamplona un cuerpo de ejército para provocar a Zumalacárregui a batalla
campal en la Solana, al retirarse de la Ribera.
Dudó Fago si incorporarse al Cuartel Real, que solo estaba a dos leguas
de aquel pueblo, o seguir perdido entre el ejército de Zumalacárregui.
Aún no había visto al afamado guerrero, al organizador genial que de
gavillas indisciplinadas hizo formidables batallones; al que con su
extraordinaria pericia había tenido en jaque a las tropas de la reina,
mandadas primero por Sarsfield, después por Quesada y últimamente por
Rodil. En la mente del clérigo, la figura del héroe de aquella guerra
se agigantaba de tal modo que, con su anhelo de verle de cerca y
hablarle y oírle, se confundía el temor de que tan grande y gloriosa
figura se le deslustrara al pasar de la ilusión a la verdad. En
Villafranca quedó satisfecha su ardiente curiosidad, en la ocasión y
forma que se verá después.