Bien sabe Dios que los que fusilaron al pobre Ulibarri hiciéronlo
compadecidos y en extremo pesarosos, cumpliendo a regañadientes la
inexorable Ordenanza que arrancaba la vida a un hombre honrado, muy
querido en el país, sin otra culpa que la tibieza que mostraba por la
llamada legitimidad, y su amistad con Espoz y Mina, adhesión puramente
personal y como de familia. El capitán encargado de la ejecución
estaba pálido como un muerto; un soldado se echó a llorar; pero todos
supieron cumplir su deber. Con esto, la retaguardia se puso en camino
hacia Peralta con una veintena de carros que cargaban vituallas tomadas
en Falces. José Fago, llegándose al muerto, que yacía donde mismo había
caído, dijo resueltamente:
—Yo no me voy sin enterrarle. Si me dejan aquí, que me dejen. Iré solo
al Cuartel Real, y nada me importa que me cojan los cristinos y hagan
conmigo lo que habéis hecho vosotros con este santo varón.
Hablaba con dos carreteros y tres soldados del 5.º de Navarra, que
de fijo le habrían ayudado, si pudieran, en la obra de misericordia.
Algunos campesinos viejos, dos o tres ancianas y bastantes chiquillos,
formaban círculo de curiosidad compasiva en torno al cadáver. Entre
aquella pobre gente hubo alguien que trajo un azadón y una pala de
dos picos, que en el país llaman laya, y Fago no necesitó más para
cavar la fosa. Las viejas le ayudaban con el azadón, y él se las
componía con la laya, hincándola en tierra con el pie y levantando los
duros terrones. Ahondando poco a poco, pues su fuerza muscular no era
entonces mucha, las lágrimas le rodaban por las mejillas, y de la nariz
y barba goteaban sobre el hoyo. Callaban todos; pero con las lágrimas
del cavador creyérase que se exteriorizaba su pensamiento, y que estas
decían lo que la boca no sabía ni podía decir... Y también pudiera
creerse que los picos de la laya, al rasgar la tierra y separarla
blandamente, hablaban con ella, y que salían palabras tristes del
rumorcillo del hierro entre los pelmazones de la dura arcilla. Era la
misma confesión de antes, repetida, adicionada con nuevos conceptos y
explicaciones que debieron decirse y no se dijeron: «Yo no abandoné
a Saloma, como sin duda contaron malas lenguas. Fue ella quien a mí
me abandonó, señor..., y notoriamente lo hizo, movida del miedo que
llegaron a inspirarla mis locuras... La culpa fue mía, y responsable
soy de aquella desgracia... Yo la quería..., la quise más cuando huyó
de mí... ¡Ay!, si me hubiera muerto entonces, como deseaba mientras iba
en su busca, ardería en los infiernos, pues mi alma era el depósito
corrupto de todos los pecados mortales que es posible imaginar. Pero
Dios quiso salvarme y sanarme en vida, y me sanó, ¡ay de mí!, y, por
fin, me ha sometido al purgatorio horrendo de hoy; a ese paso terrible
del cual creo salir puro, Señor, enteramente redimido.., enteramente
sano...».
El hoyo no podía ser muy profundo, porque los carreteros daban prisa,
no queriendo dejar rezagado al clérigo del Cuartel Real. Pusieron
dentro de la tierra el cuerpo del alcalde, y rezando, Fago y las viejas
iban echándole tierra encima. Cubrieron primero todo el cuerpo, que
había quedado con alguna inclinación, el tronco más alto que los pies,
y cuando ya no se vio más que el rostro, y las lívidas facciones iban
desapareciendo tras un velo de tierra, la emoción del capellán fue tan
viva, que ni respirar podía ya, y habría caído redondo al suelo si no
le sostuvieran dos mujeres del corro. Sin duda el rostro de Ulibarri le
hablaba con tiernísimo acento de despedida...
—Don Adrián de mi alma —dijo Fago con gemidos, pues las palabras no
querían salir—, no la abandoné yo..., sino ella a mí..., por mi culpa,
por mis maldades... Yo le aseguro que no he vuelto a verla...
Diciendo esto, era tal su afán, que habría dado su vida porque el
rostro de Ulibarri le hablase, o con un solo signo mudo le respondiese
a esta pregunta: «¿Y usted ha vuelto a verla? ¿Sabe usted de
Saloma?...». En estas horribles ansias del pensamiento y la voluntad,
la cabeza del alcalde fue cubierta, y trabajando todos con ahínco,
el hoyo quedó lleno, y cristianamente sepultada la víctima de las
horribles leyes militares, obra maestra del infierno. De rodillas rezó
Fago sobre la sepultura, y cuando los carreteros le tiraban de los
brazos para llevársele, les dijo con desvarío:
—Debiera yo ahora convertirme, por divina sentencia, en cruz de piedra,
para quedar aquí eternamente clavado sobre esta sepultura.
No creyéndose los otros obligados, por razón de su oficio militar, a
permanecer afligidos después de enterrado el alcalde, tomaron a broma
lo de la cruz, y como Fago se resistiese a seguirles, cogiéronle
entre cuatro, y que quieras que no, a puñados le metieron en una de
las galeras, entre sacos y pellejos. Tan turbado estaba el pobre
capellán, que apenas se dio cuenta de cómo le cogieron y embarcaron; ni
oyó la gritería y los trallazos con que se puso en marcha la cola del
ejército, para unirse al cuerpo del mismo, que ya había pasado el Arga
por Peralta.
Dos guapos chicos aragoneses acompañaban a Fago, tumbados sobre el
cargamento de la galera: uno de ellos manco, el otro cojo, inútiles de
la guerra y auxiliares de ella en aquel servicio de administración,
por gusto y querencia de la campaña facciosa. Apenas echó a andar la
galera, rompieron a cantar la graciosa rondalla, pues, en verdad, no
veían ellos motivo alguno para estar tristes. Hechos a los espectáculos
de muerte y a presenciar cuantas atrocidades caben en la fiereza
humana, se habían impuesto un júbilo filosófico, la sazón más propia
de la clase de vida que llevaban. A cada instante empinaban la bota,
y compadecidos de su compañero de viaje, que tumbado iba de largo a
largo, descompuesto el rostro, sin más señales de vida que los suspiros
hondísimos con que a cada momento echaba el alma por la boca, le
requirieron a que bebiese, sin conseguirlo; mas tanto puede la ruda
cortesía aragonesa que, al fin, incorporándole uno, aplicándole el otro
a los labios el pito de la bota, hubo de reconocer el macilento cura
que era bueno meter en su estómago una corta porción de vino. Remediada
con este la extenuación de sus fuerzas, el hombre vio claro en sí
mismo; todo en él recobró vitalidad, cuerpo y alma, el pensamiento
y la conciencia. Al poco rato, pidió que le diesen el zaque, y lo
empinó pensando que era improcedente y hasta pecaminoso dejarse morir
de tristeza e inanición. Avínose más adelante a comer un poco de pan
y medio chorizo, y cuando llegaban a Peralta ya era otro hombre: sus
facultades habían recobrado la franca lucidez de otros días; huyeron
de su mente las monstruosas quimeras, y vio el trágico suceso de
Ulibarri en sus proporciones efectivas, sin que por esta reversión a
la realidad fuese menos vivo el dolor que aquel caso le producía. La
franqueza hidalga de los dos chicos hubo de comunicársele, y platicaron
de la guerra, del buen giro que tomaba para la causa, de la pericia del
general, y del entusiasmo con que los pueblos recibían al rey legítimo.
De uno en otro tema, Fago hizo recaer la conversación en algo que
tenazmente a su pensamiento se aferraba, y dijo a los muchachos:
—El acento baturro muy pronunciado declara que son ustedes de las Cinco
Villas, quizás de Ejea de los Caballeros.
—No, señor —replicó el manco, jovencillo muy despierto, como de veinte
años—, yo soy de Petilla, lugar de tierra de Sos, y este es de Júnez,
cuatro leguas de mi pueblo. Los dos nos venimos a la faición el mes de
mayo, y lo mismico fue entrar yo en esté sirvicio, que me lisiaron en
la aición de Muez..., ya sabe..., y me quedé inútil; pero tanto gusto
le tomé a la guerra que no vuelvo a mi casa hasta que se acabe, si se
acaba algún día, y ha de ser cuando arreemos al rey hasta los mismos
Madriles.
—Yo estuve en la cuchipanda de San Fausto, pues, en el mes de agosto...
—dijo el otro—. Maté más cristinos que pelos tengo en la cabeza... Pero
en Viana, el 3 de septiembre, ya sabe..., me atizaron un tanganazo en
la pierna, y aquí me tiene en la impedimenta, que es muy aburría...
En cuanto pueda me vuelvo a mi casa, donde hago más falta que aquí,
ridiós... A la guerra le llama a uno el gustico que da, pero también
llama la casa, y el aquel de la paz...
El otro cantaba con voz agudísima y vibrante:
Navarrito, navarrito,
no seas tan fanfarrón,
que los cuartos de Navarra
no pasan en Aragón.
De confianza en confianza, el clérigo aceptó también un cigarro; y
empezando a chupar, habló así con sus compañeros de viaje:
—Amigos míos, yo les agradecería mucho que me dijesen si en algún lugar
de las Villas de Aragón habían conocido a una tal Saloma, o Salomé, que
de ambos modos se la llamaba..., natural de Miranda de Arga...
—¿Saloma?... ¿Era por casualidad tuerta del derecho?
—Hombre, no; que Dios puso en su cara dos ojos negros, hermosísimos...
—¿Baja de cuerpo y algo cargadica de espaldas?
—Quita allá. No ha nacido cuerpo más gallardo: ni grande ni chico,
ni gordo ni flaco, bien repartido de hueso y músculo... ¿Queréis más
señas? El habla dulce, el mirar sereno y un poquito triste, cara oval,
manos un tanto curtidas, pero de buena forma. Os pregunto si recordáis
haberla visto, porque ignoro si vive o muere, y la persona que podía
informarme de su destino no se hallaba en situación para referir cosas
de este jaez. Me interesa saberlo por puro interés de conciencia,
pues si me aseguran que murió, rezaré todos los días de mi vida por
su eterno descanso; y si llegara a mí noticia que vive, evitaría
cuidadosamente el topar con ella, y pediría a Dios en mis oraciones que
la hiciese buena y feliz. Os lo digo con absoluta sinceridad, porque
tenéis buen fondo, sois honrados y sentiréis la rectitud con que os
hablo de estas cosas.
Procuraron hacer memoria los baturros; mas ninguno de los dos pudo dar
referencia exacta de la descarriada moza, y comprendiendo Fago que no
era discreto tratar de aquel asunto con gente inferior, recogió sus
ideas, las cuales, aun después de confortado el cerebro con el corto
alimento, permanecían dispersas. Ejerció presión de voluntad sobre
sí, y se dijo: «Serénate, hijo, y mira bien el hábito que vistes, y
la mesura a que estás obligado por tu ministerio. El caso inaudito de
don Adrián Ulibarri te ha trastornado la cabeza, y ya es hora de que
vuelvas al estado de perfecto reposo espiritual en que la oración, el
estudio y una vida ordenada y pura te pusieron... Medita y calla».