III

En casa de mi tío no saben qué pensar de mí. ¿Soy una maniática; soy una

casquivana; soy una hembra «de cuidado», con la cual hay que mirar donde

se pisa? Gugú no me entiende. Se afana en obsequiarme, insegura del

resultado. Estebanillo, el mocetón anglófilo, de labio rasurado, aunque

afecte frialdad y superioridad, me teme un poco. José María, que no es

ningún patán, pero cuyo pensamiento no va más allá del sensualismo de su

raza, está desconcertado: con otra mujer hubiese él pisado firme...

¡Vaya! Su olfato sagaz en lo femenino le aconseja que conmigo no se

aventure, no se resbale... Y, sobre todo, el tío, el gitano-señor, anda

receloso: empieza á consagrarme un estudio excesivo, una atención

disimulada, de todos los momentos. ¿Por dónde saldré? Es sobrado ladino

para no conocer que José María y yo, á pesar de las apariencias, todavía

no... vamos, no... En el mismo acostumbrado tono, de galantería

chancera, picante, popular y señoril, el tío Clímaco me analiza, quiere

desentrañar mis aspiraciones, saber de qué pie cojea esta sobrina

millonaria y extravagante, que se va de noche á la Alhambra, con un

guapo mozo, á mirar realmente correr el agüilla... ¿Seré de mármol, como

los leones? ¿Seré una romanticona..? ¡Qué de hipótesis! La verdad, no es

dable que la interprete el de las grises patillas, el marrajo que me ha

señalado por suya, á fin de que no prevalezca la superchería y vuelva la

rama á la rama y el tronco al tronco...

Debe de correr por Granada una leyenda apropósito de mí. Lo noto en la

aguda curiosidad que me acoge, en los eufemismos con que se me habla.

¡Lo que más ha contribuído á dar cuerpo á la leyenda, es mi originalidad

de no querer ver, en la ciudad, absolutamente más que la Alhambra! El

primer día me llevaron al Laurel de la Reina. Después, me negué

rotundamente. Ni Catedral, ni Cartuja, ni sepulcro de los Católicos, ni

Albaicín, ni Sacro Monte... Nada que pudiese mezclar sus líneas y sus

colores y sus formas con las de la Alhambra.

--Se acabó, prenda: que la Jalambra te ha embrujao...

Para desembrujarme, el tío propone unos días en Loja. Tiene allí

asuntos; hay que ver aquellos rincones, donde posee dos palacios y un

cortijo, hacia la Sierra.

--Capás eres de que te gusten más aquellos caserones que este de aquí.

--Si son antiguos, de seguro.

--¡Pero qué afisioná á las antiguayas!--susurra el proco, dando á lo

inofensivo intención. Voy á pedí á la Virgen e la Victoria, de Loha,

que me haga encanesé...

Y, en efecto, el palacete de Loja me cautiva tanto como me deja fría la

cómoda vivienda de Granada, y su inglés «conforte». Es un edificio á la

italiana, con vestíbulo y ático de mármol serrano, y columnas de jaspe

rosa. No está en Loja misma: de la posesión al pueblo media un trayecto

corto, entre sembrados y alamedas. No tiene el palacio, de las clásicas

construcciones andaluzas, sino el gran patio central, pero sin arcadas.

En medio, la fuente, de amplio pilón, se rodea de tiestos de claveles, y

el surtidor canta su estrofa, compañera inseparable de la vida granadí.

Al entrar en la residencia, dueñas ceceosas y mozas de negros ojos me

dirigen cumplimientos. Mi habitación cae al jardín, donde toda la noche

cantan los ruiseñores. Jazmines y mosquetas enraman la reja de

retorcidos hierros. Al amanecer, salgo á tomar aire, y desde el parapeto

veo, en un fondo de cristal, el panorama de Loja, la mala de ganar, la

que dió que hacer al cristiano, por lo cual, los Reyes pusieron á su

Virgen la advocación de la _Victoria_. Diviso los dos arcos del puente

sobre el Genil, el blanco caserío, las densas frondas, las ruinas, las

montañas, las torres de las iglesias, descollando la redonda cúpula de

la mayor... Y José María se aparece, saliendo no sé de dónde.

--¿Te gusta el poblachón? Yo te llevaré á ver sitio... Esto lo

conosco... Aquí me crié...

Voy con él á recorrer los tales _sitios_. Gugú tiene que hacer en casa;

tío Clímaco se pasa la vida sentado en el patio, escuchando á los

lugareños, que vienen á hablarle de cosechas, arriendos y labores;

Estebanillo allá se ha quedado, en Granada, con unos amigos ingleses,

que acaso se lo lleven á dar una vuelta por Biarritz, en automóvil... Y

yo pertenezco á José María, pero le tengo á raya: sigue presintiendo en

mí enigmas psicológicos, no comprendidos en su ciencia femenina. Me

lleva á la Alfaguara ó fuente de la Mora, torrente que brota, al

parecer, de un inmenso paredón inundado de maleza, y mana límpido por

veinticinco caños. ¡El agua! Siempre el agua misteriosa, varias veces

centenaria, que habrán bebido los que murieron! Si subimos por los

abruptos flancos de la Sierra, hacia algún cortijo, á comer gachas y á

cortar albespinas silvestres, el agua rueda de las laderas, surte de los

pedruscos, retostados, candentes... Si seguimos la llanura, al revolver

de un sendero, nos sale al paso la extraña cascada de los Infiernos,

oculta en un repliegue, delatada por su fragor espantable, saltando

espumeante, retorcida y convulsa. Y si visitamos, en la falda de la

Nevada, la fábrica de aserrar mármoles, el agua es lo deleitoso.

Trepamos por las suaves vertientes, sembradas de fragmentos de mármol

amarillo, con vetas azules y blancas, y de un ágata roja, en la cual

serpentean venas de cuarzo. El cielo tiene esa pureza y esos tonos

anaranjados, que hicieron que Fortuny se quedase dos años donde había

pensado estar quince días, y que extasiaron á Regnault. No sin protestas

de José María--¡estropear las manitas de sea!--alzo un trozo de piedra y

hallo impresa en él la huella fósil, las bellas volutas del anmonites

primitivo. Mi primo lo mira enarcando las cejas.

--¿No se te ha ocurrido subir á los picos de la Sierra?--le pregunté.

--No... ¿Pa qué? ¡Pero si é antoho, te acompaño! Se buscan mulo, y por

lo meno hata el picacho de Veleta... Porque despué, se pué, se pué...

pero sólo en aeroplano, hiha!

--¿Quién sabe, primo, si te cojo la palabra?

--Contigo, al Polo.

Bajamos á la serrería; nos enseñan los pulimentados tableros de mármol;

seguimos hasta un recodo que forma el riachuelo, donde en la corriente

remansada se mecen las plumeadas hojas de culantrillos y escolopendras.

Un zagal se acerca, tirando de la cuerda que sujeta á una hermosa cabra

fulva, de esas granadinas, cuya leche es deliciosa. A nuestra vista la

ordeña y mete la vasija dentro del remanso. De la serrería nos traen

pestiños, alfajores, miel sobre hojuelas, rosquillas de almendra,

muestras de la golosa confitería de Loja, donde se venden más yemas y

bollos que carne de matadero. Riendo, bebemos la leche: en el baño se ha

helado casi. Es una hora divina, un conjunto de sensaciones fluidas,

livianas como el agua, rosadas como el cielo, que vierte ráfagas

lumbrosas sobre las nieves de los picos.

Volvemos despacio, por las sendas olientes á mejorana y á menta

silvestre. José María me lleva del brazo. Su sentido de lo femenil le

dice que los momentos van siendo propicios. De súbito, manifiesta

entusiasmo por la expedición á la Alpujarra, y me cuenta maravillas del

pico de Mulhacén, de los aspectos pintorescos de los pueblos de la

sierra, que él jamás ha visto. Penetro su intención, y quién sabe si

late en mí una secreta complicidad. Después de la poesía moruna de la

Alhambra, la sierra es el complemento, la clave. Allí se había refugiado

la raza vencida... Las aguas seculares descendían de allí, de los riscos

donde, impensadamente, en oasis, el naranjo cuaja su azahar. José María,

para la excursión, se vestiría--y no sería disfraz, pues así suele andar

por el campo--de corto, airosamente, con marsellés, faja, sombrero ancho

y elegantes botines. Yo llevaría falda corta, y los cascabeles de las

mulas, tintineando sonoramente, despertarían un eco melancólico en las

gargantas broncas del paisaje serrano. Mientras la noche desciende,

clara y cálida, forjo mi novela alpujarreña. José María empieza á

producirme el mismo efecto que la Alhambra; disuelve, embarga mi

voluntad. Hay en él una atracción obscura, que poco á poco va

dominándome.

En eso pienso mientras Octavia me desnuda, escandalizada de los

accidentes de mi atavío en estas excursiones: de mi calzado arañado y

polvoriento; de mi pelo, en que se enredaron ramillas; de mis bajos, en

que hay jirones.

--_¡Si c’est Dieu possible! ¡Comment madame est faite!_

Ella, que trae revuelta y encandilada á la servidumbre y á los

campesinos que acuden á conferenciar con mi tío, y hasta sospecho que á

mi propio tío,

«que, aunque viejo, es de fuego,

corriente en una broma y mujeriego,»

está, en cambio, más emperifollada y crespa que nunca, y ha aprendido de

las andaluzas la incorrección del clavel prendido tras la oreja...

Pienso en esta marea que crece en mi interior, en este dominio arcano

que otro ser va ejerciendo sobre mí. No puedo dudar de que mi primo me

pretende porque soy la heredera universal de doña Catalina Mascareñas, y

así como el interés de una familia trató antaño de hacerme monja, el

interés de otra decide hogaño que me case... Pero asimismo se me figura

que produzco en mi primo el efecto máximo que produce una mujer en un

hombre. ¿Se llama esto amor? ¿Hay otra manera de sentirlo? ¿Qué es amor?

¿Dónde se oculta este talismán, que vaya yo á matar al dragón que lo

guarda?

He observado que mi primo, cuando me habla, exagera la tristeza;

dijérase un hombre muy desdichado, á dos dedos del suicidio por los

desdenes de una ingrata. Y cuando habla con los demás, su tono se hace

natural y humorístico. Lo gracioso es que las sentenciosas dueñas y las

mocitas con flores en el moño, que componen la servidumbre, hablan del

«zeñito José María» con acento de conmiseración, como si yo le estuviese

asesinando. Y un aperador ha llegado á decirme:

--Zeñita, peaso é sielo... pa cuando son los zíes?

Los lugares, el coro, conspiran en favor del proco rendido. Y, en medio

de este ambiente, trato de descomponer mis sensaciones por la reflexión.

No, el amor no puede ser _esto_. Sin embargo, ¡menos aún será la

comunicación intelectual! Este aturdimiento, esta flojedad nerviosa algo

significan... Quizás lo signifiquen todo.

La noche de un día en que no hemos salido á pasear largo, al través de

la tupida reja de mi salita, que está en la planta baja, oigo

guitarrear. José María me llama, me invita á asomarme á las ventanas del

comedor, que caen al patio, para ver el jaleo. Es él quien ha convocado

á las contadísimas bailarinas de fandango que quedan en Loja y su

contorno, ya todas viejas, cascadas, porque las mocitas ahora dan en

aprender otros bailes, de estos á la moderna, achulados, no moriscos.

Estas ventanas no tienen reja y nos recostamos en el antepecho el primo

y yo. Don Juan Clímaco y Gugú han sacado sillas al patio. La música del

fandango es una especie de relincho árabe, una cadencia salvajemente

voluptuosa, monótona, enervante á la larga. La luna, colgada como

lámpara de plata en un mirrab pintado de azul, alumbra la danza, y el

movimiento presta á los cuerpos ya anquilosados de las danzarinas, un

poco de la esbeltez que perdieron con los años. Sus junturas

herrumbrosas dijérase que se aceitan, y entre jaleamientos irónicos y

risas sofocadas de la gente campesina que se ha reunido, bailan,

haciéndose rajas, las viejecitas. Baila con sus piernas el Pasado, la

leyenda del agua antigua, donde las moras disolvieron sus encendidas

lágrimas...

Siento la respiración vehemente, acelerada de José María; el respeto que

le contiene le hace para mí más peligroso. Noto su emoción y no puedo

reprender la osadía que anhela y no comete. Extiendo, como en sueños, la

mano, y él la aprisiona largamente, derritiéndome la palma entre las

suyas, y luego apretándola contra un corazón que salta y golpea. Al

retraer el brazo, nuestros cuerpos se aproximan, y él, bajándose un

poco, me devora las sienes, los oídos, con una boca que es llama. Allá

fuera siguen bailando, y las coplas roncas gimen amores encelados, penas

mahometanas, el llanto que se derramó en tiempo de Boabdil... El

balbuceo entrecortado de los labios que se apoderan de mí, repite, con

extravío, la palabra mora, la palabra honda y cruel:

--¡Sangre mía! ¡Sangre! Mi sangresita...

Me suelto, me recobro... Pero él ya sabe que del incidente hemos salido

novios, esposos prometidos--y cuando D. Juan Clímaco vuelve, habiendo

mandado que se obsequie con vino largo á los del jaleo--José María,

pasándose la mano bien cortada y pulida por el juvenil mostacho, dice á

su padre:

--Esta niña y yo no vamo á la Sierra el lune... Quiere eya vé eso pueblo

bonito... del tiempo el moro... Hasen falta mulo y guía.

A solas en mi cuarto, todavía aturdida, el temblor vuelve. ¿Es esto

amar? ¿Es esto dicha? Parece como si tuviera amargo poso el licor, que

ni aún me ha embriagado. Me acuesto agitada, insomne, y cuando apago la

luz, la obscuridad se me figura roja. Enciendo la palmatoria varias

veces, bebo agua, me revuelvo, creo tener calentura. Y, convencida ya de

que no podré dormir, al primer ténue reflejo del alba que entra por

resquicios de las ventanas, salto de la cama en desorden, me enhebro en

los encajes de mi bata, calzo mis chinelas de seda y salgo al pasillo

apagando el ruido de mis pasos para llamar á Octavia, que me haga en mi

maquinilla una taza de tila. El cuarto de la francesa está al extremo

del pasillo, frente á mi departamento, que comprende alcoba, tocador,

gabinete y salón bajo. No hay en este palacio, al cual sus dueños vienen

rara vez, timbres eléctricos. Recatadamente, sigo, entre la penumbra,

adelantando. Al llegar cerca, veo que la puerta de Octavia se abre, y un

bulto surge de su cuarto, titubea un momento y al cabo se cuela

furtivamente por la puerta del salón, el cual tiene salida, por el

comedor, al patio central. No importa que se haya dado tal prisa.

Conozco la silueta, conozco el andar. Es mi primo. El también me ha

visto, ¡me ha visto perfectamente! ¡Gracias, primo José María! Glacial,

serena, retrocedo, me despojo, me rebujo y medito, con bienestar, mi

resolución.

Cuando á las diez de la mañana salgo al patio en busca de la familia, él

no está. El tío me embroma. ¡Vamos, se conoce que también yo bailé el

fandango, quedé rendida y me levanté tarde!

--Puede que haya sido eso...

--Y ¿cómo andamos de ánimo? Joseliyo etará hasiendo milagro para yevarte

á la Sierra con má comodidá...

--Tío, no iré á la Sierra. Me siento un poco fatigada, y además, he

recibido aviso de que es necesaria mi presencia en Madrid para asuntos.

Le ruego que me conduzca hoy á la estación en su coche...

La transformación de la cara del señor, fué algo que siento no haber

fotografiado. De la paternidad babosa y jovial dió un salto á la ira

tigresca. ¡Juraría que adivinó...! Su instinto, de hombre primitivo, que

ha tomado de la civilización lo necesario para asegurar la caza y la

presa, le guió con seguridad de brujería, excepto en lo psicológico, que

no era capaz de explicarse.

--¿Qué dises, niña? ¿Eh? ¿Mono tenemo? ¿Historia? ¿Seliyo? Mira tú

que... ¿Llevarte al tren? ¿Para que Joseliyo me pegase un tiro? Tú no te

vas. ¿Estás loca?

Bajo el tono que quería ser de chanza, había la indicación amenazadora.

Ocupábamos, bajo la marquesina, mecedoras, y el fresco del surtidor nos

halagaba. Adopté el estilo cortés, acerado, la mejor forma de

resistencia.

--Tío, supongo que usted no me querrá detener por fuerza. Lo siento en

el alma; agradezco la hospitalidad tan cariñosa, pero necesito irme.

--Y yo te digo que no te vas, hata haser las pase. ¿Si conoseré yo á los

niños? Sobrina, ¿piensas que el tío Clímaco es siego ó es tonto? Como

palomitos os arruyásteis anoche en el comedor. Cuanto más reñidos, más

queridos. Y esta boda, serrana, te parecerá á tí que no, pero es de

necesiá. No me hagas hablar más, que tú tampoco ere lerda, y me

entiendes á media habla, y se acabó, y no demos que reir al diablo.

--Ni hay boda, ni arrullos, tío. Al menos, por

ahora--transigí.--Dispénseme usted; no cambio yo nunca de resolución.

Menos aún cambiaría ante lo violento.

--Qué violento, ni... Si á tí se te ha metido en el corasón el muchacho.

Si le quieres. Suerte que sea así, porque te ahorras muchos disgustos

que te aguardaban... Yo soy un infeliz, pero eso de que quiten á uno lo

que debe ser suyo, no le hase tilín á nadie. Y hay modos y modos de

quitar. ¡Nada, que no suelto la lengua! Ni es preciso, porque, al cabo,

mi hijo y tú...--Y juntó las yemas de los pulgares.

Me levanté tranquila, hasta sonriente--aunque por dentro, un terremoto

de indignación me sacudía ante aquel gitano trabucaire, que me exigía la

bolsa ó la vida, apostado en un desfiladero de la Sierra. Todo el

britanismo de cascarilla se le caía á pedazos, y aparecía el verdadero

sér... el natural, acaso el más estético y pintoresco. Me propuse

burlarle; realicé un esfuerzo, me dominé, me incliné hacia él, y,

acariciando con el abanico sus patillas típicas, murmuré sonriendo:

--_¡Soniche!_

A su vez, se incorporó. Descompuestas las facciones, en sus ojos brilló

una chispa mala, venida de muy lejos. La mirada del que asesinaría, si

pudiese...

¿A mí por el terror? Resistí la mirada, y con cuajo frío, sentencié.

--Ahora le digo á usted que me voy, no por la tarde, sino

inmediatamente, á pie, á Loja. De allí, en un coche, á donde me plazca.

Ahí queda mi criada, que arreglará el equipaje. Y cuidado con que nadie

me siga, ni me estorbe. Adiós, tío Juan. Por si no volvemos á vernos, la

mano...

Estrujó iracundo la mía y la sacudió. Logré no gritar, no revelar el

dolor del magullamiento.

--¿No vernos? ¡Ya nos veremos! Eso te lo fío yo...--Y cuando rompí á

andar, puso el dedo en la frente, como diciendo que no me cree en mi

cabal juicio.

V

_Intermedio lírico._

Llego á Madrid de sorpresa, y la alarma de Farnesio es indecible.

--¿Pero qué ha sucedido? ¿No te encontrabas bien? ¿Algún disgusto?

--Nada... Convénzase usted de que yo estoy donde me lo dicta mi antojo.

--Es que tu tío me escribió que te quedarías con ellos hasta el otoño, y

que ibais á dar una vuelta por Biarritz y París.

--Esos eran sus planes. Los míos fueron diferentes.

La cara de D. Genaro adquirió una expresión de ansiedad tal, como si

viese abrirse un abismo.

--¿De modo que... lo de José María...?

Hice con los dedos el castañeteo elocuente que indica «Frrrt... voló».

Violento en la mímica, por su origen italiano, Farnesio se cogió la

cabeza con ambas manos, tartamudeando:

--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué va á pasar aquí!

--¡Nada!--respondo al tun tun, puesto que en sustancia desconozco lo que

puede pasar, aunque sospecho por donde van los terrores de mi...

intendente.

--¡Sea como tu quieras!--suspira desde lo hondo D. Genaro.

--Así ha de ser... Oiga usted: es preciso remitir hoy mismo á mi prima

Angustias, los pendientes y el broche de esmeraldas que fueron de mi...

de mi tía, doña Catalina, que en gloria... ¡Ah! Deseo preguntar por

teléfono al Conserje del Consulado inglés si pueden encargar para mí á

Inglaterra una buena doncella, lo que se dice superior, sin reparar en

precio. Lo mejor que se gaste. Propina fuerte para el intermediario...

--Ya me parecía á mí que la tal francesita... ¡Qué fresca! Bien me lo

avisó Eladia... Hasta á mí me hacía guiños... Tuve que tomar con ella un

aire... ¿Dónde se ha quedado semejante pécora?

Sonrío y me encojo de hombros.

--Llegará en el tren de la tarde con mis baules. Me hace usted el favor

de ajustarle la cuenta, gratificarla y despacharla. Es que deseo

practicar un poco el inglés.

A solas, repantigada en mi _serre_ diminuta, recuerdo el breve episodio

granadino. No para exaltar mi indignación contra lo demás, sino para

zampuzarme en mí misma. ¿Cómo me dejé arrastrar por el instinto? Al

rendirme--porque moralmente rendida estuve--á un quidam, pues José

María no es un infame, como diría una celosa, pero es el primero que

pasa por la acera de enfrente--yo también me conduje como cualquiera...

¿Fué malo ó bueno ese instinto que por poco me avasalla? Quizás sea

únicamente inferior; una baja curiosidad. ¿Y no hay más amor que ese?

Si eso fuese amor, yo me reiría de mí misma, y con tal desprecio me

vería que... Y si fuesen celos, la repugnancia que me infunde la

hipótesis de Octavia abrochándome mi collar de perlas, de su mano

rozando mi piel; si fuesen celos estos ascos físicos, me encontraría

caricaturesca. De todos modos, he descubierto en mí una bestezuela

brava..., á la cual me creía superior. Á la primer mordida casi entrego

mi vida, mi alma, mi porvenir, á cambio...

¿A cambio... de qué? ¿De qué, vamos á ver, Lina?

¡Es gracioso, es notable! Lo ignoro. Nada, que lo ignoro. ¿Será

ridículo? ¡Pues... lo ignoro, ea!

Soy una soltera que ha vivido libre y que no es enteramente una

chiquilla. He leído, he aprendido más que la mayoría de las mujeres, y

quizás de los hombres. Pero ¿qué enseñan de lo íntimo los libros? Mis

amigos de Alcalá han tenido la ocurrencia de llamarme sabia. ¡Sabia, y

no conozco la clave de la vida, su secreto, la ciencia del árbol y de la

serpiente!

¡De esas analfabetas que en este momento atravesarán la calle;

modistuelas, criadas de servir, con ropa interior sucia y manos

informes..., pocas serán las que, á mi lado, no puedan llamarse

doctoras! Y lo terrible para mí, lo que me vence, es el misterio. ¡Mi

entendimiento no defiende á mi sensitividad; ignoro á dónde me lleva el

curso de mi sangre, que tampoco veo, y que, sin embargo, manda en mí!

Cierro los ojos y vuelvo á oir el balbuceo de José María, que halaga,

que sorbe golosamente mis párpados con su boca...

--¡Sangresita mía...!

¡Ah! ¡Es preciso que yo indague lo que es el amor, el amor, el amor! Y

que lo averigüe sin humillarme, sin enlodarme. ¿Pero cómo?

¿Adquiriendo ciertas obras? Entre lo impreso y la realidad hay pared.

¿Disfrazándome á lo Maupín...? No, porque yo no busco aventura, sino

desengaño. Quiero viajar, y antes, como se traga una medicina, tragar el

remedio contra las sorpresas de la imaginación.

Asociando la idea de la lección que deseo á la de una droga saludable,

me acude la memoria de una lectura, la del _Médico de su honra_. La

intervención del Doctor en un asunto de honor y celos; la ciencia médica

como solución de los conflictos morales, me había sorprendido. No podía

ser un verdugo cualquiera el que «sangrase» á doña Mencía de Acuña, sino

Ludovico, el médico. Y evocaba también á los personajes y reyes que del

médico se sirvieron en críticos trances, para las eficaces mixturas

deslizadas en un plato ó en una copa... El médico, actor en el drama

físico, como el confesor en el moral...

El médico... ¿Pero cuál? Doña Catalina había tenido varios: algunos,

eminentes; otros, practicones. Ninguno de ellos, sin embargo, me pareció

á propósito para recurrir á su ciencia. ¡Ciencia! Me reí á solas. ¡Si

eso lo sabe el mozo del café de enfrente, el tabernero de la esquina!

¡Vaya una ciencia, la de la manzana paradisiaca!...

Supuse, no sé por qué, que la explicación me sería más fácil con un

doctor desconocido del todo. Decidí fiar á la casualidad la elección del

que había de batirme las cataratas. Y una tarde salí al azar, recordando

unas señas, un anuncio, leído la víspera en un diario. No eran señas de

especialista--¡oh, qué anticipada repugnancia!--sino de quien solicita

clientela; probablemente, un joven... En tranvía, luego á pie, hago la

caminata. Calle retirada, casa mesocrática, portera de roja toquilla. He

aquí el templo de los misterios eleusiacos...

Trepo al tercero, con honores de segundo, en que vive tanta gente de

medio pelo. Una cartela de metal--Doctor Barnuevo, de tres á

cinco...--La suerte me protege; no hay nadie en la consulta. Es probable

que esta suerte frecuente la antesala del doctor Barnuevo...

Una criada moza, lugareña, me hace entrar; el médico me mira

impresionado por mi aspecto de mujer elegante, vestida en París, que

lleva un hilo de perlas medio escondido bajo la gola de la blusa. Todo

esto, quizás no lo analiza el doctor al pronto, pero lo nota en

conjunto; y, respetuoso, me adelanta una silla.

El doctor es todavía joven, efectivamente, pero calvo, precozmente

decaído, de sonrisa forzada, de ojos entristecidos, de barba obscura, en

que ya hay sal y pimienta. Se le nota la juventud en los blancos

dientes, en la voz, en todo--á pesar del desgaste y de la fatiga tan

visibles.--Inicia un interrogatorio.

--No, si no padezco de nada... Vengo á pedirle á usted un servicio...

extraño. Muy grande.

Una zozobra, un recelo repentino, hacen que se enrojezca un poco la tez

de marchita seda del doctor. Sonrío y le tranquilizo.

--Señora...

--Señorita...

--Bien, pues señorita...

--No se trata sino de que usted me explique algo que no entiendo...

Y me explayo, y manifiesto mi pretensión y la razono y la apoyo y

argumento: es probable que me case pronto, es casi seguro...

--¿Quién se puede comprometer á lo que desconoce? ¿No lo cree usted así,

doctor? Y de estas cosas no se habla tranquilamente con un novio... ¿A

que soy la primera mujer que dirige á un médico tal pregunta?

En la sorpresa de Barnuevo creo percibir una especie de admiración.

Insisto, intrépida, redoblando sinceridades. Refiero lo de Granada sin

muchas veladuras. Y, según crece mi franqueza, en el espíritu del médico

se derrumban defensas. Voy apoderándome de él.

--No sé si lo que usted me pide es bueno ó malo... De fijo es

singular...

--Arduo, ¿por qué? Malo, ¿por qué? ¿Es usted un esclavo del concepto de

lo malo y lo bueno? Nosotros, á nosotros mismos, nos cortamos el pan del

bien; nosotros nos dosificamos el tósigo del mal.

--Seguramente es usted una señora...

--¡Señorita!

--¡Ah, claro! ¡Naturalmente!--sonrió.--Una señorita excepcional. Por eso

me prestaré á lo que usted quiera. ¿Hasta qué límite han de llegar mis

lecciones?

--Hasta donde empieza mi decoro... el mío, entiéndame usted bien, el mío

propio, no el ajeno. Y mi decoro no consiste en no saber cómo faltan al

decoro los demás. El límite de mi decoro no está puesto donde el de

otras; pero, en cambio, es fijo é inconmovible; creo que usted, doctor,

entiende á media palabra.

Abozalada así la fatuidad inmortal del varón, avancé con más

desembarazo.

--Alguna observación personal, Sr. Barnuevo, ha sustituído ya en mí á la

experiencia... que acaso no tendré nunca.

--Debo advertirle á usted que la experiencia en la plena acepción de la

frase, es algo quizás insustituíble... al menos en este terreno que

pisamos. Todas mis... enseñanzas, no romperán cierto velo...

--Puede que sea así; pero ya, al través de ese velo, la verdad

resplandece. ¡Si casi diría que ha resplandecido, aun antes de oir sus

doctas explicaciones de usted! Permítame, doctor, que le entere de lo

que he percibido yo, profana... Pues he notado que el sentimiento más

fijo y constante que acompaña á las manifestaciones amorosas es _la

vergüenza_. ¿Me equivoco?

--No le falta á usted razón... ¡Es una idea!...

--¿Y no encuentra usted que esa vergüenza tan persistente, tan penosa,

tan humillante, es como una sucia mosca que se cae en el néctar de la

poesía amatoria y lo inficiona, y lo hace, para una persona delicada,

imposible de tragar?

--Señor... ita, ¡hay quien no conoce ni de nombre la vergüenza!--arguyó

festivo.

--¡Ay, Doctor, voy á contradecirle! Perdone; en cuanto me explique,

usted va á estar conforme, porque es más observador que yo, pobrecilla

de mí... Excepto algún caso que será ya morboso, esta dolorosa vergüenza

no se suprime ni en medio de la abyección. Se ocultará bajo apariencias,

pero existe, y á veces ¡se revela tan espontánea!

--¡Pues lo confieso!--asistió.--¡Hay cinismos, en ciertas profesiones,

que no son sino vergüenza vuelta del revés!

--¿Y eso, no significa...? Doctor, ¿se avergüenza nadie de lo hermoso?

--La función, señorita, no será hermosa; pero es necesaria. Por

necesaria, la naturaleza la ha revestido de atractivo, la ha rodeado de

nieblas encantadoras. La especie exige...

--Yo no quiero nada con la especie... Soy el individuo. La especie es el

rebaño; el individuo es el solitario, el que vive aparte y en la cima.

Y, á la verdad, me previene en contra esa vergüenza acre, triste, esa

vergüenza peculiar, constante y aguda. Por algo pesa sobre ello la

reprobación religiosa; por algo la sociedad lo cubre con tantos paños y

emplea para referirse á ello tantos eufemismos... No se coge con

tenacillas lo que no mancha.

--Tal vez hipocresía... Usted, señorita, antes de entrar en los

infiernos adonde voy á guiarla, ¡acuérdese del Paraíso! ¡De la

maternidad! ¡La sagrada maternidad!

Una ironía cruel me arrancó una frase, cuyo alcance el Doctor no pudo

medir.

--¡También yo he tenido madre... madre muy tierna!

El médico, de una ojeada, me escrutó.

--¿Está usted de prisa?

--Nadie me aguarda...

Tocó un timbre, y la criada lugareña se presentó, clavándome unos

ojuelos zainos, de desconfianza.

--Cipriana, no estoy en casa. Venga quien venga, que no entre.

Se acerca á sus estantes, hace sitio en la mesa, trae un rimero de

libros gruesos, en medio folio. Empieza á volver hojas. Los grabados,

sin arte, sencillos en su impudor, atraen y repelen á la vez la mirada.

La explicación, sin bordados, escueta, grave, es el complemento, la

clave de las figuras. Bascas y salivación me revelan el sufrimiento

íntimo; el médico, á la altura de las circunstancias, sin malicia, sin

falsos reparos, enseña, señala, insiste, cuando lee en mis turbias

pupilas que no he comprendido.

A veces, la repulsión me hace palidecer tanto, que interrumpe, me da un

respiro y me abanica con un número de periódico...

¡Qué vacunación de horror! Lo que más me sorprende es la monotonía de

todo. ¡Qué líneas tan graciosas y variadas ofrece un catálogo de

plantas, conchas ó cristalizaciones! Aquí, la idea de la armonía del

plan divino, las elegancias naturales, en que el arte se inspira,

desaparecen. Las formas son grotescas, viles, zamborotudas. Diríase que

proclaman la ignominia de las necesidades... ¿Necesidades? Miserias...

--Siento náuseas--suspiro al fin. ¿Á dónde cae esta ventana, doctor?

--A un patio interior... No soy rico... Mi sueño sería tener un jardín

del tamaño de un pañuelo... Espere usted, abriremos la puerta...

De mi saco de malla entretejida con diamantitos, extraigo el frasco de

oro y cristal de las sales. Respiro.

--Adelante... El mal camino, andarlo pronto...

--Creo, señorita, que está usted haciendo una locura. Tengo escrúpulos.

--Adelante he dicho... No va usted á dejarme á la mitad de la cuesta.

Y me acerco al libro, rozando el brazo de este hombre que no es viejo,

ni antipático, y con el cual me siento tan segura, como pudiera estarlo

en compañía del sepulturero.

El vuelve á echar paletadas de tierra más fétida. Agotadas las láminas

corrientes, vienen otras, y tengo que reprimir un grito... También son

de colores... ¡Qué coloridos! ¡Qué bermellones, qué sienas, qué lacas

verduscas, qué asfaltos mortuorios! ¡Qué flora de putrefacción! ¡Y el

relieve! ¡Qué escultor de monstruosidades jugó con sus palillos á

relevar la carne humana en asquerosos montículos, á recortarla en

dentelladuras horrendas!

--Esto está mal--insiste Barnuevo, cerrando un album de espantos. ¡Me

estoy arrepintiendo, señorita!

--¡Doctor, lo que usted siente, y yo también, no es sino la consabida

vergüenza! ¡Vergüenza, y nada más! Nos avergonzamos de pertenecer á la

especie. ¡A beber el cáliz de una vez! ¿Falta algo, doctor...? No omita

usted nada. ¿Las anormalidades?

--¿También eso?

--También.

--¡Qué brutalidad... la mía!

--La mía, si usted quiere. Pronto, por Dios, Sr. de Barnuevo.

Y se descubre el doble fondo de la inmundicia, en que la corrupción

originaria de la especie llega á las fronteras de la locura; las

anomalías de museo secreto, las teratologías primitivas, hoy

reflorecientes en la podredumbre y el moho de las civilizaciones viejas;

los delirios infandos, las iniquidades malditas en todas las lenguas,

las rituales infamias de los cultos demoniacos...

Por mis mejillas ruedan lágrimas, que me salvan de un ataque nervioso.

El Doctor, conmovido, interroga:

--¿Basta?

--Basta. Deme usted la mano, con...

El encuentra la frase delicada y justa.

--Con el sentimiento más fraternal.

--¡Y quién podrá jamás cultivar otro!--grito, en un arranque.--Doctor,

debo á usted gratitud... Permítame... que no le envíe nada por sus

honorarios.

--No voy para rico, señorita; tengo mala suerte en mi profesión... ¡Pero

si usted me enviase algo..., creáme que soy capaz de... no sé..., de

sentir mayor vergüenza aun, de esa que á usted tanto la mortifica! ¡Y de

llorar..., como usted!

--¿No aceptaría usted un retrato mío? ¿Para acordarse de una cliente

tan... insólita?

--¡Siempre me acordaría!... El retrato lo espero con ansia. Y perdón,

y... nada de vergüenza. ¿Puedo ofrecerla un sorbo de Málaga? Está usted

tan desencajada... Acaso tenga fiebre.

--Gracias... Se me hace tarde...

Era uno de esos anocheceres rojizos, cálidos, de la primavera madrileña.

Al llegar á las calles concurridas, el gentío me hostigaba con contactos

intolerables. Me codeaban. Sentí impulsos de abofetear. Corrí, huyendo

de las vías céntricas. Me encontré en el paseo de la Castellana, donde

empezaban á encenderse los faroles. El perfume de las acacias exasperaba

mi naciente jaqueca. Ni me daba cuenta de lo imprudente de pasear sola

y á pie por un sitio que iba quedándose desierto, con un hilo de perlas

sobre el negro traje. Un coche elegante cruzó, con lenta rodadura. El

cochero me miraba. Comprendí.

--¿Puede usted llevarme á casa?

--Suba la señora...

La portezuela estaba blasonada, el interior forrado de epinglé blanco, y

olía á cuero de Rusia. ¡Qué chiripa, haber dado con un cochero

particular que se busca sobresueldo! Un simón me sería insufrible,

hediondo...

En casa, me bañé, me recogí... La frescura de las sábanas me desveló. El

ventilador eléctrico, desde el techo, me enviaba ondas de aire

regaladamente frío. Mi calentura aumentaba. Después he comparado mi

estado físico al de una persona que asiste por primera vez á una corrida

de toros. Toda la noche estuve volviendo á ver los grabados, y

abochornándome de haber nacido. ¡He aquí lo que sugerían los árboles

viejos de la Alhambra, el romanticismo del agua secular en que se

disolvieron lágrimas de sultanas transidas de amores, la gentileza de

los zegríes, el olor de los jazmines, el enervamiento de las tardes

infinitas, el cántico de los surtidores y el amargor embrujado de los

arrayanes!

Y dando vueltas sobre espinas, repetía:

--¡Nunca! ¡Nunca!

Dulce Dueño · 第 23 / 40 题