VI

_El de Carranza._

I

Una fiebre nerviosa, no grave, me postra varios días. Convalezco

serenamente. Farnesio está como loco. De una parte, cree que me muero;

de otra, cree que el tío Clímaco ha venido resuelto á hacer una. Sólo es

verdad que el tío está en Madrid y no me ha visitado.

--Tendrá sus asuntos. No le podemos negar el derecho de viajar á ese

señor.

Un fruncimiento de cejas de D. Genaro; su cara más alargada y preocupada

que de costumbre, me indican que el recelo le socava y le mina el

espíritu. Ya me figuro lo que teme. Sin embargo, la empresa no ha de ser

tan liviana. Sabré defenderme, ahora que las fantasmagorías de amor se

han desvanecido, y sólo me queda el ansia de una vida fuerte, intensa,

con otros goces y otros triunfos; los que mi brillante posición me

asegura, á mí que ya traigo en la lengua, si no la pulpa, por lo menos

el jugo acre y fuerte de la poma del bien y del mal...

Llega, sudoroso, el viejo y polvoriento estío de Castilla. Me dedico á

planear mi veraneo. Me acuerdo, con fruición, del calor sordo de los

veranos alcalaínos. El bullir de mi sangre pedía otros aires, otros

horizontes, y me ataba al pueblo muerto y callado la falta de dinero. El

agua se recalentaba en el botijo. No se oía en la casa sino el andar

chancletudo de la fámula, que arrastraba zapatos desechados míos. No

podía yo conseguir que no se me presentase despechugada, con las mangas

enrolladas hasta más arriba del codo. No tenía ni el consuelo de la

compañía de mis amigos: Carranza se había ido de vacaciones á su tierra,

la Rioja, donde posee viñas, y Polilla á la sierra, á casa de una cuñada

suya, á cuyos hijos daba lecciones... Y cuando estoy enfrascada en

rememorar mis tedios antiguos y mis glorias nuevas, el criado, con un

recadito:

--Que está aquí el Sr. de Carranza. Que si la señorita está ocupada,

aguardará. Y que si no hay inconveniente, almorzará con la señorita.

--Que le pongan cubierto. Que pase al gabinete.

De bata, de moño flojo, con fueros de convaleciente, salgo y estrecho la

mano gruesa, recia de músculos, á pesar de la adiposidad, del canónigo.

No acertaría á explicar por qué me siento enteramente reconciliada con

él.

--Dichosos los ojos. Pudo usted venir antes.

--Vengo á tiempo. Vengo cuando hay algo importante que decir. Son las

doce y media y no me falta apetito. Almorzaremos en paz, y después...

¿Podremos charlar sin testigos?

--¡Ya lo creo!--exclamó afirmando mi independencia.

Orden al jefe de que se esmere. Desesperación en la cocina: ¡esmerarse

tan tarde y con una señorita que desde hace una quincena no prueba sino

leche, caldos y gallina cocida!

A la una y media, sin embargo, sirven un almuerzo pasable, vulgar, al

cual Carranza hace cumplido honor. El melón con hielo enmedio, el

consommé frío, los huevos á la Morny, los epigramas de cordero, el

valewsky... todo le encanta. Gastrónomo y no gastado, goza como un niño.

Hasta beber á sorbos el café, con sus licores selectos, y apurar el

Caruncho de primera, no se decide á entablar la plática.

--Hija mía, es mucho lo que traigo en la cartera. Haré por despachar

pronto: contigo se puede ir derecho al asunto... Ante todo, has de saber

que tu tío Clímaco ha estado en Alcalá unos días. Y creo que también dió

su vueltecita por Segovia...

Ante mi silencio y el juego de mi chapín de raso sobre el tapete, apretó

el cerco, descubriendo ya sus baterías.

--Mira, Lina, te he juzgado siempre mujer de entendimiento nada común.

Se te puede hablar como á otra no... Estás en grave peligro. Tu tío

quiere atacar el testamento y probar que no eres hija de Jerónimo

Mascareñas, ni cosa que lo valga; que hubo superchería, y que el

verdadero dueño de la fortuna de doña Catalina Mascareñas, viuda de

Céspedes, es él. Parece que tu tío anda furioso contigo, porque no

quisiste aceptar por novio al primo José María, que es un gandul. Ya ves

si Carranza está bien enterado--se enorgulleció golpeando sus pectorales

anchos, la curva majestuosa de su estómago.--Como que el gitano del Sr.

de Mascareñas se ha ido de Alcalá en la firme persuasión de que tiene en

mí un aliado. Pero á mí no me vende él el burro ojiciego con mataduras.

A un riojano neto, no le engaña un almiforero de ese jaez. Me he

propuesto estropearle la combinación y sacarte del berengenal, sin que

salga á luz nada de lo que... de lo que no debe salir. Conque, anímate,

no te me pongas mala... y ríete de _pindorós_, como les dicen á tales

gitanazos.

--Carranza, mil gracias. Me parece que es usted sincero... en esta

ocasión.

--Nada de reticencias... Hay tiempos diferentes, dice el Apóstol: hubo

una época en que... convenía... cierto disimulo... Ahora, juego tendido.

Yo te profeso cariño, pero al demostrártelo, salvándote, no te negaré

que también hay en mí un interés... un interés legítimo, en que á nadie

perjudico. Esto no se ha de censurar. ¿Verdad?

--No por cierto. Sepa yo como me salvará usted.

--De un modo grato. Te propongo un novio.

--¡Llega usted en buen momento! Me repugna hasta el nombre; la idea me

haría volver á enfermar.

--Hola, hola. ¿Eras tú la que tenía horror al convento?

--¿Quiere usted oirme lo mismo que en confesión?

Un pliegue de severa inquietud en la golosa boca rasurada... Carranza

escucha; su oreja, en acecho, parece captar, beber mis palabras

singulares. Le refiero todo, en abreviatura, desde los fugitivos

ensueños del caballero Lohengrin, hasta la visita al médico...

--Comprendo--asiente--que estés bajo una impresión de disgusto y hasta

de asco. Esas cosas, desde el punto de vista que elegiste, son odiosas.

Te conozco desde hace bastantes años, y nunca he visto en tí sino

idealidad. Tu imaginación lo eleva, lo refina todo. Sin embargo, debes

reflexionar que si estudiásemos en esa forma otras funciones,

verbigracia, las de la nutrición, nos dejaríamos morir de hambre. Y

sería lástima, que almuerzos como el tuyo... En serio, que la situación

es seria. Ó el claustro, ó el matrimonio.

--Soltera, viviré muy á mi placer.

--Te volverás á Alcalá, pobre nuevamente, y acaso ni te den la rentita

que entonces disfrutabas. Ni tú, ni don Genaro, ni yo, podemos defender

esta causa mala y perdida. Han aparecido testimonios de la suplantación,

de los amaños; la cosa no se hizo, á lo que parece, con demasiada

habilidad; no se presintió que un día, muerto Dieguito, la cuestión de

la herencia podría plantearse. A D. Juan Clímaco no le faltan aldabas.

El castillo de naipes se viene á tierra. Existe, sin embargo, quien lo

sostendrá con sólo un dedo.

--¿Tanto como eso?

--¡Vaya! Tu futuro, el novio que te propongo yo. Agustín Almonte, hijo

de D. Federico Almonte.

El nombre no era nuevo para mí. En Alcalá, mil veces Carranza hablaba de

Almonte padre, paisano suyo, á quien debía, según informes de Polilla,

la canongía y una decidida protección.

--Almonte, ¿no era ministro el año pasado?

--Ya lo creo. De Hacienda. Pero su hijo mayor, Agustín, que también el

año pasado era subsecretario de Gobernación, ha de ir mucho más allá que

el padre. Pasa algún tiempo en la Rioja; le conozco bien; charlamos

mucho... y que me corten la cabeza si en la primer subida de su partido

no ministra. ¿Tú sabes las campañas que hizo en el Parlamento? El padre

va estando viejo; padece de asma. En cambio, el hijo... Porvenir como el

suyo, no lo tendrá acaso ningún español de los que hoy frisan en los

treinta y tantos. Reune mil elementos diferentes. Sus condiciones de

orador, su talento, que es extraordinario, ya lo verás cuando le

trates... y el camino allanado, porque desde el primer momento, la

posición de su padre le hizo destacarse de entre la turba. El padre es

como la gallina que ha empollado un patito y le ve echarse al agua; la

altura de Agustín, sus vuelos, van más allá de D. Federico. Así es que,

al saber que tú eres tan instruída, el muchacho se ha electrizado. Él,

justamente, deseaba una mujer superior...

--¿Soy yo una mujer superior, según eso?

--Vamos, como si te sorprendiese. Tus cualidades...

--¡Pch! mi primer cualidad, será mi dinero...

--¡Tu dinero, tu dinero! No eres la única muchacha rica, criatura. Sin

salir de la misma Rioja, hubiese yo encontrado para Agustín buenos

partidos. El dinero es cosa muy necesaria, es el cimiento; pero hacen

falta las paredes. ¡Y, además, Lina querida, tu dinero está en el aire!

No lo olvides. Si Agustín no lo arregla, cuando menos lo pienses...

Tienes mal enemigo. D. Juan Clímaco está muy ducho en picardihuelas y

pleitos... Piénsalo, niña.

--Tráigame usted á D. Agustín Almonte cuando guste.

Carranza clavó en mí sus ojos sagaces, reposados, de confesor práctico.

Me registró el alma.

--¿Qué es eso de «tráigame usted»?--bromeó.--¿Es algún fardo? Es un

novio como no lo has podido soñar. Quiera Dios que le gustes; porque,

criatura, nadie es doblón de á ocho. Si le gustas (él á ti te gustará,

por fuerza, y te barrerá del pensamiento esas telarañas románticas de la

repugnancia á lo natural, á lo que Dios mismo instituyó)... entonces...

supongo que no pensaréis que os eche las bendiciones nadie más que este

pobre canónigo arrinconado y escritor sin fama...

--Sólo que--objeté--siendo los novios tan altos personajes como usted

dice, parece natural que los case un Obispo...

Un gesto y una risada completaron la indicación. Carranza me dió

palmadicas en la mano.

--Por algo le dije yo á Agustín que tú vales un imperio...

Dulce Dueño · 第 24 / 40 题