_El de Carranza._
I
Una fiebre nerviosa, no grave, me postra varios días. Convalezco
serenamente. Farnesio está como loco. De una parte, cree que me muero;
de otra, cree que el tío Clímaco ha venido resuelto á hacer una. Sólo es
verdad que el tío está en Madrid y no me ha visitado.
--Tendrá sus asuntos. No le podemos negar el derecho de viajar á ese
señor.
Un fruncimiento de cejas de D. Genaro; su cara más alargada y preocupada
que de costumbre, me indican que el recelo le socava y le mina el
espíritu. Ya me figuro lo que teme. Sin embargo, la empresa no ha de ser
tan liviana. Sabré defenderme, ahora que las fantasmagorías de amor se
han desvanecido, y sólo me queda el ansia de una vida fuerte, intensa,
con otros goces y otros triunfos; los que mi brillante posición me
asegura, á mí que ya traigo en la lengua, si no la pulpa, por lo menos
el jugo acre y fuerte de la poma del bien y del mal...
Llega, sudoroso, el viejo y polvoriento estío de Castilla. Me dedico á
planear mi veraneo. Me acuerdo, con fruición, del calor sordo de los
veranos alcalaínos. El bullir de mi sangre pedía otros aires, otros
horizontes, y me ataba al pueblo muerto y callado la falta de dinero. El
agua se recalentaba en el botijo. No se oía en la casa sino el andar
chancletudo de la fámula, que arrastraba zapatos desechados míos. No
podía yo conseguir que no se me presentase despechugada, con las mangas
enrolladas hasta más arriba del codo. No tenía ni el consuelo de la
compañía de mis amigos: Carranza se había ido de vacaciones á su tierra,
la Rioja, donde posee viñas, y Polilla á la sierra, á casa de una cuñada
suya, á cuyos hijos daba lecciones... Y cuando estoy enfrascada en
rememorar mis tedios antiguos y mis glorias nuevas, el criado, con un
recadito:
--Que está aquí el Sr. de Carranza. Que si la señorita está ocupada,
aguardará. Y que si no hay inconveniente, almorzará con la señorita.
--Que le pongan cubierto. Que pase al gabinete.
De bata, de moño flojo, con fueros de convaleciente, salgo y estrecho la
mano gruesa, recia de músculos, á pesar de la adiposidad, del canónigo.
No acertaría á explicar por qué me siento enteramente reconciliada con
él.
--Dichosos los ojos. Pudo usted venir antes.
--Vengo á tiempo. Vengo cuando hay algo importante que decir. Son las
doce y media y no me falta apetito. Almorzaremos en paz, y después...
¿Podremos charlar sin testigos?
--¡Ya lo creo!--exclamó afirmando mi independencia.
Orden al jefe de que se esmere. Desesperación en la cocina: ¡esmerarse
tan tarde y con una señorita que desde hace una quincena no prueba sino
leche, caldos y gallina cocida!
A la una y media, sin embargo, sirven un almuerzo pasable, vulgar, al
cual Carranza hace cumplido honor. El melón con hielo enmedio, el
consommé frío, los huevos á la Morny, los epigramas de cordero, el
valewsky... todo le encanta. Gastrónomo y no gastado, goza como un niño.
Hasta beber á sorbos el café, con sus licores selectos, y apurar el
Caruncho de primera, no se decide á entablar la plática.
--Hija mía, es mucho lo que traigo en la cartera. Haré por despachar
pronto: contigo se puede ir derecho al asunto... Ante todo, has de saber
que tu tío Clímaco ha estado en Alcalá unos días. Y creo que también dió
su vueltecita por Segovia...
Ante mi silencio y el juego de mi chapín de raso sobre el tapete, apretó
el cerco, descubriendo ya sus baterías.
--Mira, Lina, te he juzgado siempre mujer de entendimiento nada común.
Se te puede hablar como á otra no... Estás en grave peligro. Tu tío
quiere atacar el testamento y probar que no eres hija de Jerónimo
Mascareñas, ni cosa que lo valga; que hubo superchería, y que el
verdadero dueño de la fortuna de doña Catalina Mascareñas, viuda de
Céspedes, es él. Parece que tu tío anda furioso contigo, porque no
quisiste aceptar por novio al primo José María, que es un gandul. Ya ves
si Carranza está bien enterado--se enorgulleció golpeando sus pectorales
anchos, la curva majestuosa de su estómago.--Como que el gitano del Sr.
de Mascareñas se ha ido de Alcalá en la firme persuasión de que tiene en
mí un aliado. Pero á mí no me vende él el burro ojiciego con mataduras.
A un riojano neto, no le engaña un almiforero de ese jaez. Me he
propuesto estropearle la combinación y sacarte del berengenal, sin que
salga á luz nada de lo que... de lo que no debe salir. Conque, anímate,
no te me pongas mala... y ríete de _pindorós_, como les dicen á tales
gitanazos.
--Carranza, mil gracias. Me parece que es usted sincero... en esta
ocasión.
--Nada de reticencias... Hay tiempos diferentes, dice el Apóstol: hubo
una época en que... convenía... cierto disimulo... Ahora, juego tendido.
Yo te profeso cariño, pero al demostrártelo, salvándote, no te negaré
que también hay en mí un interés... un interés legítimo, en que á nadie
perjudico. Esto no se ha de censurar. ¿Verdad?
--No por cierto. Sepa yo como me salvará usted.
--De un modo grato. Te propongo un novio.
--¡Llega usted en buen momento! Me repugna hasta el nombre; la idea me
haría volver á enfermar.
--Hola, hola. ¿Eras tú la que tenía horror al convento?
--¿Quiere usted oirme lo mismo que en confesión?
Un pliegue de severa inquietud en la golosa boca rasurada... Carranza
escucha; su oreja, en acecho, parece captar, beber mis palabras
singulares. Le refiero todo, en abreviatura, desde los fugitivos
ensueños del caballero Lohengrin, hasta la visita al médico...
--Comprendo--asiente--que estés bajo una impresión de disgusto y hasta
de asco. Esas cosas, desde el punto de vista que elegiste, son odiosas.
Te conozco desde hace bastantes años, y nunca he visto en tí sino
idealidad. Tu imaginación lo eleva, lo refina todo. Sin embargo, debes
reflexionar que si estudiásemos en esa forma otras funciones,
verbigracia, las de la nutrición, nos dejaríamos morir de hambre. Y
sería lástima, que almuerzos como el tuyo... En serio, que la situación
es seria. Ó el claustro, ó el matrimonio.
--Soltera, viviré muy á mi placer.
--Te volverás á Alcalá, pobre nuevamente, y acaso ni te den la rentita
que entonces disfrutabas. Ni tú, ni don Genaro, ni yo, podemos defender
esta causa mala y perdida. Han aparecido testimonios de la suplantación,
de los amaños; la cosa no se hizo, á lo que parece, con demasiada
habilidad; no se presintió que un día, muerto Dieguito, la cuestión de
la herencia podría plantearse. A D. Juan Clímaco no le faltan aldabas.
El castillo de naipes se viene á tierra. Existe, sin embargo, quien lo
sostendrá con sólo un dedo.
--¿Tanto como eso?
--¡Vaya! Tu futuro, el novio que te propongo yo. Agustín Almonte, hijo
de D. Federico Almonte.
El nombre no era nuevo para mí. En Alcalá, mil veces Carranza hablaba de
Almonte padre, paisano suyo, á quien debía, según informes de Polilla,
la canongía y una decidida protección.
--Almonte, ¿no era ministro el año pasado?
--Ya lo creo. De Hacienda. Pero su hijo mayor, Agustín, que también el
año pasado era subsecretario de Gobernación, ha de ir mucho más allá que
el padre. Pasa algún tiempo en la Rioja; le conozco bien; charlamos
mucho... y que me corten la cabeza si en la primer subida de su partido
no ministra. ¿Tú sabes las campañas que hizo en el Parlamento? El padre
va estando viejo; padece de asma. En cambio, el hijo... Porvenir como el
suyo, no lo tendrá acaso ningún español de los que hoy frisan en los
treinta y tantos. Reune mil elementos diferentes. Sus condiciones de
orador, su talento, que es extraordinario, ya lo verás cuando le
trates... y el camino allanado, porque desde el primer momento, la
posición de su padre le hizo destacarse de entre la turba. El padre es
como la gallina que ha empollado un patito y le ve echarse al agua; la
altura de Agustín, sus vuelos, van más allá de D. Federico. Así es que,
al saber que tú eres tan instruída, el muchacho se ha electrizado. Él,
justamente, deseaba una mujer superior...
--¿Soy yo una mujer superior, según eso?
--Vamos, como si te sorprendiese. Tus cualidades...
--¡Pch! mi primer cualidad, será mi dinero...
--¡Tu dinero, tu dinero! No eres la única muchacha rica, criatura. Sin
salir de la misma Rioja, hubiese yo encontrado para Agustín buenos
partidos. El dinero es cosa muy necesaria, es el cimiento; pero hacen
falta las paredes. ¡Y, además, Lina querida, tu dinero está en el aire!
No lo olvides. Si Agustín no lo arregla, cuando menos lo pienses...
Tienes mal enemigo. D. Juan Clímaco está muy ducho en picardihuelas y
pleitos... Piénsalo, niña.
--Tráigame usted á D. Agustín Almonte cuando guste.
Carranza clavó en mí sus ojos sagaces, reposados, de confesor práctico.
Me registró el alma.
--¿Qué es eso de «tráigame usted»?--bromeó.--¿Es algún fardo? Es un
novio como no lo has podido soñar. Quiera Dios que le gustes; porque,
criatura, nadie es doblón de á ocho. Si le gustas (él á ti te gustará,
por fuerza, y te barrerá del pensamiento esas telarañas románticas de la
repugnancia á lo natural, á lo que Dios mismo instituyó)... entonces...
supongo que no pensaréis que os eche las bendiciones nadie más que este
pobre canónigo arrinconado y escritor sin fama...
--Sólo que--objeté--siendo los novios tan altos personajes como usted
dice, parece natural que los case un Obispo...
Un gesto y una risada completaron la indicación. Carranza me dió
palmadicas en la mano.
--Por algo le dije yo á Agustín que tú vales un imperio...