En la estación de Granada me aguardan los Mascareñas.
Desde una hora antes, hemos trabajado Octavia y yo en disimular las
huellas de la noche en ferrocarril. Y me he tratado, á mí misma, de
estúpida. ¿Por qué no haber venido en auto? Pero un auto de camino,
decente, tampoco se encontraría en Madrid, de pronto.
Por fortuna he dormido, y no presento la máscara pocha del insomnio. Mi
hálito no delata el trastorno del estómago revuelto. Lo impulso varias
veces hacia las ventanas de la nariz, y me convenzo de su pureza. Por
precaución, me enjuago con agua y elixir y mastico una pastilla de
frambuesa, de las que encierra mi bombonerita de oro, cuya tapa es una
amatista cabujón, orlada de chispas. En joyería, está Madrid más
adelantado que en _confort_.
Refresco mi tez, mi peinado, mi traje. Me mudo la tira blanca del
cuello. Renuevo los guantes, de Suecia flexible. Atiranto mis medias de
seda, transparentes, no caladas (lo calado, para viaje, es _mauvais
genre_). Y bien hice, porque al detenerse el tren y precipitarse el
primo José María á darme la mano para bajar, su mirada va directa, no á
mi cara, sino al pie que adelanto, al tobillo delicado, redondo.
El rostro, verdad es, lo llevo cubierto con un velo de tupida gasa
negra, bajo el cual todavía nubla las facciones un tul blanco.
Entrevista apenas, yo veo perfectamente á mis primos. José María es un
moro; le falta el jaique. Estebanillo un mocetón, rubio como las
candelas. La prima, igual á José María, con más años y declinando hacia
lo seco y lo serio meridional, más serio y seco que lo inglés. El tío
Juan Clímaco... De éste habrá mucho que contar camino adelante.
Hay saludos, ceceos, ofrecimientos, cordialidades. Dos coches, á cual
mejor enganchado, nos aguardan. En uno subimos las mujeres, el tío
Clímaco--así le llamo desde el primer momento--y el hijo mayor. En el
otro, Octavia y las maletas. Estebanillo lo guía.
La casa es un semipalacio, en una calle céntrica, antigua, grave. ¡Qué
lástima! Un edificio nuevo, bien distribuído, vasto, sustitución de otro
viejo «que ya no prestaba comodidad». En el actual, obra de mi tío, nada
falta de lo que exigen la higiene y la vida á la moderna. Se han
conservado muebles íntimos, viejos--bargueños, sillerías aparatosas,
cuadros, braseros claveteados de plata--pero domina lo superpuesto, la
laca blanca, el mobiliario á la inglesa. Estebanillo me lo hace
observar. Angustias--á quien llaman sus hermanos _Gugú_, transformación
infantil de un nombre feo--se siente también orgullosa de la educación
recibida en un convento del Yorkshire, de que «el niño» se haya recriado
en Londres, de los baños y los lavabos de porcelana que parece leche, de
esa capa anglófila que reviste hoy á tanta parte de la aristocracia
andaluza. Me conducen á mi cuarto, me enseñan el tocador lleno de
grifos, de toda especie de aparatos metálicos para llamar, soltar agua
hirviendo ó fría... Me advierten que se almuerza á las doce y media. Y
el lánguido, fino ceceo del primo José María, interviene:
--No cean uztéz apuronez; la verdá, siempre nos sentamo á la una.
Lo agradezco. Octavia prepara el baño, deshace bultos, y á las dos horas
de chapuzar y componerme algo, salgo hecha una lechuga, enfundada en
tela gris ceniza, y hambrienta.
Me sientan entre el tío y el primo, que así como indiscretamente
escudriñó el arranque de mi canilla, ahora registra mi nuca, mi
garganta, hunde los ojos en la sombra de mi pelo fosco. Me sirve con
aire de rendimiento adorador, y á la vez con suave cuchufleteo,
burlándose de mi apetito. El come poco; al terminar se levanta aprisa,
pide permiso, saca accesorios muy elegantes de fumador y enciende un
puro exquisito, de aroma capcioso, que mis sentidos saborean. Es la
primera vez que á mi lado un hombre fuma con refinamiento, con manos
pulidas, con garbo y donaire.--Carranza, al fumar, resollaba como una
foca.--La onda del humo me embriaga ligeramente.
José María tiene el tipo clásico. Es moreno, de pelo liso, azulado, boca
recortada á tijera, dientes piñoneros, ojos espléndidamente lucientes y
sombríos, árabes legítimos, talle quebrado, ágiles gestos y calmosa
actitud. Su habla lenta, sin ingenio, tiene un encanto infantil,
espontáneo. No charla; me mira de cien modos.
Reposado el café, surge lo inevitable.
--¿Tú querrá ve la Jalambra, prima?
¡Si quiero ver la Alhambra! Pero no así; yo sola, sin que coreen mi
impresión. Pecho al agua. Lo suelto.
--¡Ah!--celebra Estebanillo.--Como las inglesas...
--Has tu gusto, niña--sentencia el tío Clímaco.--Es la cosa más sana...
También el tío Clímaco se parece á su hijo mayor; pero evidentemente la
sangre de la señora que descendía de reyes moros, ha corregido las
degeneraciones de la de Mascareñas, en este ejemplar muy patentes.
Mientras el perfil de José María tiene la nobleza de un perfil de emir
nazarita, el de su padre es de rapiña y presa y se inclina al tipo
gitanesco. No veo en él el menor indicio de ilustre raza. ¿Quién será
capaz de adivinar los cruzamientos y los injertos de un linaje? ¿No sé
yo bien que hay sus fraudes? Y que me maten si no está harto de conocer
la novela secreta de mi nacimiento don Juan Clímaco... De otra novela
más popular aún procederán tal vez los rasgos, más que avillanados,
picarescos, de este señor, que afecta cierta simpática naturalidad, y
bajo tal capa debe de reservar un egoísmo sin freno, una falta de
sentido moral absoluta. ¿Que como he notado esto en el espacio de unas
horas? La intuición...
El tío Clímaco opina que haga mi gusto. Me excuso de mi falta de
sociabilidad; me ponen el coche; ofrezco volver para un paseo al caer de
la tarde, al laurel de la Zubia, y sin más compañía que la que nunca nos
abandona, á la Alhambra me encamino.
Voy á ella... no á satisfacer curiosidades irritadas por lecturas, sino
porque presiento que es el sitio más adecuado para desear amor. Y mi
presentimiento se confirma. El sitio sobrepuja á la imaginación, de
antemano exaltada.
No creo que en el mundo exista una combinación de paisaje y edificios
como ésta. Ojalá continúe solitaria ó poco menos. Ojalá no se le ocurra
á la corte instalarse aquí. Recóndita hermosura, me estorban hasta tus
restauradores. Vivieras, semiarruinada, para mí sola, y desplomárase en
tierra tu forma divina cuando se desplome mi forma mortal.
Mil veces me describirían esta arquitectura y no habria de entenderla,
pues aislada de su fondo adquiere, en las odiosas, y, sin embargo,
fieles reproducciones que corren por ahí, trazas de cascarilla de
santi-boniti. Lo que dice la Alhambra es que no la separen de su paisaje
propio, que no la detallen, que no la vendan. El Partenon se puede
cortar y expender á trozos. La Alhambra de Alhamar no lo consiente.
No me sacio del fondo de ensueño de la Alhambra. Baño mis pupilas en las
masas de felpa verde del arbolado viejo, en las pirámides de los
cipreses, en el plateado gris de las lejanías, en las hondonadas
densamente doradas á fuego, recocidas, irisadas por el sol. No niego el
encanto de las salas históricas, alicatadas, caladas, policromadas, de
los alhamíes, cuyo estuco es un encaje, de los ajimeces y miradores, de
los deliciosos babucheros, donde creo ver las pantuflas de piel de
serpiente de la sultana; pero si colocamos estos edificios sobre el
celaje de Castilla, sobre sus escuetos horizontes, sus desiertos
sublimes y calcinados, ¡adiós magia! Son los accidentes del terreno, es
la vegetación, y, especialmente, el agua, lo que compone el filtro.
A ellos atribuyo el sentimiento que me embargó--no sólo el primer día,
sino todos--en la Alhambra. Sentimiento para mí nuevo. Disolución de la
voluntad, invasión de una melancolía apasionada. Quisiera sentarme,
quedarme sentada toda mi vida, oyendo el cántico lento, triste y sensual
del agua, que duerme perezosa en estanques y albercas, emperla su chorro
en los surtidores, se pulveriza y diamantea el aire, se desliza sesga
por canalillos antiguos, entre piedras enverdecidas de musgo, y forma
casi sola los jardines, ¡extraños jardines sin flores apenas! Y se
desliza como en tiempo de los zegríes, como cuando aquí se cultivaba el
mismo estado de alma que me domina: las mieles del vivir lánguido, sin
prosa de afanes. Es agua del ayer, y en el agua que corre desde hace
tantos siglos hay llanto, hay sangre; aquí la hay de caballeros
degollados dentro de los tazones de las fuentes, cuyo surtidor siguió
hilando, sobre la púrpura ligera, sus perlas claras. Y los pies de la
historia, poco á poco, bruñeron los mármoles, todavía jaspeados de rojo.
Me dejan pasarme aquí las tardes, sin protestar, aunque Gugú--lo leo en
su cara--encuentra chocante mi conducta. Si yo hubiese nacido en la Gran
Bretaña, ¡anda con Dios! Ya sabemos que son alunadas las inglesas. A una
española no le pega la excentricidad. Sin embargo, al cuarto día de
estancia en Granada, observo que Gugú sonríe franca y amena al saber que
también iré, después de almorzar, al mismo sitio. Y, cuando sentada en
un poyo del mirador de Lindaraja, contemplo la gloria de luz rubia y
rosa en que se envuelven los montes, suena cerca de mi oído una voz
baja, intensa:
--¿En qué piensa la sultaniya?
Sonrío al primo. Ni se me ocurre formalizarme. Él, previsor, se excusa.
--Tú quisite venir sola. Venir sola, no es tanto como está sola tóa la
tarde. Si estorbo...
--No estorbas. Siéntate en ese poyo, y no hables.
Obedece con graciosa y festiva sumisión. El imán de sus negras miradas,
al fin, me atrae. Aparto la vista del paisaje y la poso en él.
--¿Sabes lo que pienso?
--¡Qué má quisiera!
--Me gustaría que estuvieses vestido de moro.
--¡Cosa má fásil! Aquí alquilan lo trahe; y tú puede vestirte de reina
mora también, y nos hasen la fotografía. Verá qué pareja. Saide y
Saida...
--He dicho mal--rectifico.--Lo que quisiera no sería que te vistieses de
máscara, sino que fueses moro hecho y derecho.
--Pué, niña, moro soy. Moro bautisado, pero moro, créeme, hata el alma.
Me guta lo que gutó á lo moro: flore, mujere, cabayos. Los que andan de
mácara son lo granadino como mi señó hermano Estebaniyo, que me gata uno
trahe á cuadro que parten el corasón, y se atisa á la sei un yerbajo
caliente porque lo hasen así en Londre á la sinco. ¡Por vía de Londre!
Ahora les ha entrao ese flato á lo andaluse... Nena, nosotro no hemo
nasío para eso. Yo me quise educá aquí, y no soy un sabio é Gresia, pero
lo señorito como Estebaniyo aún son má bruto. Aqueya tierra donde lo
novio van del braso y no se ven la cara por causa é la niebla... hasle
tú fú, como el gato al perro. La vía es corta, hechiso.... y el que
tiene á Graná... ¿pa qué quiere otra cosa?
Las palabras coincidian de tal modo con mi impresión, que mi cara lo
descubrió.
--Y á tí te pasa iguá. Si somo para en uno...
Desde aquel día, invariablemente, mi primo vino á cortejarme en el
palacio de las hadas. Y yo no resistía, no exigía que se respetase mi
soledad. No acertaba á sacudir mi entorpecimiento delicioso, ritmado por
el fluir del agua secular, que había visto caer imperios y reinos,
bañado blancos pies, tobillos con ajorcas, y que susurraba lo eterno de
la naturaleza y lo caduco del hombre. Reclinada, callaba largos ratos,
complaciéndome en el musical ¡risssch! de mi abanico al abrirse. Según
avanzaba la tarde, los arrayanes del patio de la Alberca, donde nos
instalábamos, exhalaban amargo aroma, y el gorgoriteo del agua era más
melodioso. José María ha llegado á conseguir--¡no es poco!--no echarme á
perder estas sensaciones. Le admito: él cree que le aguardo...
No niego la gentileza de su sentenciosidad, que no degenera nunca en
charla insípida, y, no obstante, hay á su lado el fantasma de un moro,
contemporáneo de Muley Hazem, á quien pido que me descifre los
versículos árabes, las suras del Korán inscritas en los frisos y en las
arquerías elegantes. Y el fantasma murmura, con la voz del agua llorosa,
lastimera: «Sólo Alá es vencedor. Lo dicen esas letras de oro, en el
alicatado. Soy Audalla; mi yegua alazana tiene el jaez verde obscuro,
color de esperanza muerta; una yegua impetuosa, toda salpicada de la
espuma del freno. Soy el amante de Daraja. No diga que sirve dama quien
no sirve dama zegrí. Y enójense norabuena las damas gomeles y las
almoradíes...»
--¿En qué piensa la sultaneja...?
--En Audalla pienso... ¿No has leído tú el Romancero?
--¡He leío tanta cosa tonta! Ahora quisiera leé en ti. Tú eres un libro
de letra menúa. Tú no ere como las demá mujere. Contigo estoy acortao,
palabra.
--¿Sabes que deseo ver la Alhambra á la luz de la luna? Y creo que no
permiten, por lo del incendio.
--¿No permití á este moso? Con una propina...
En efecto, los obstáculos se allanan. Llevamos una lamparita eléctrica
de mano para los sitios obscuros. El patio de los Leones, á esta hora,
sobrepuja á cuanto me hubiera forjado imaginándolo. Las filigranas son
aéreas. Todo parece irreal, porque, desapareciendo el color, queda la
fragilidad de la línea, lo inverosímil de las infinitas columnillas de
leve plata, la delicadeza y exquisitez de los arquitos, que, lo observo
con placer, tienen el buen gusto de no ser de herradura. Dijérase que
todo es luz aquí, pues las sombras parecen translúcidas, de zafiro
claro. Nos domina el encanto voluptuoso de este arte deleznable, breve
como el amor, milagrosamente conservado, siempre en vísperas de
desaparecer, dejando una leyenda inferior á sí mismo. No se siente la
pesadumbre de esta arquitectura de silfos, que acaso no existe; que es
el decorado en que nuestro capricho desenvuelve nuestra vida interior.
Libres estamos aquí de la piedra agobiadora, como en los jardines del
palacio lo estamos de la tierra, y no vemos sino agua y plantas
seculares. Y siempre la impresión de irrealidad. ¿Existieron las
sultanas que dejaban sus babuchas microscópicas en los babucheros de
oro, azul y púrpura? Seguramente son un poético mito. ¿Brotaron y se
difundieron alguna vez perfumes de estos pebeteros incrustados en el
suelo? ¿Se bañó alguien en estas cámaras de cuyo techo llovían, sobre el
agua, estrellas luminosas? No, jamás... Se lo aseguro á José María, que
se ríe, acercando cuanto puede su rostro al mío.
--Todo ensueño y mentira, primo... Un ensueño viejo, oriental, de
arrayanes, laureles y miradores, bajo la caperuza de nieve de una
sierra... ¿Por qué me gusta Granada? Porque estoy segura de que no
existe.
--Niña, tú debe de ser poetisa. La verdá. ¿No te has ganao algún
premiesiyo, vamo, en los Juego florale? Sigue, sigue, que yo, cuando te
oiho, me parese que esa cosa ya se me había ocurrío á mí. Y no crea: he
leío hase año los verso de Sorriya.
--¡No soy poetisa, á Dios sean dadas gracias! Conste, primo. La Alhambra
no existe. En cambio, esos leones, esos monstruos están vivos. Les tengo
miedo. Me recuerdan unas esfinges de Alejandría que persiguieron á una
santa... Los versos entallados al borde de la fontana dicen que están de
guarda, y que el no tener vida les hace no ejecutar su furia... Vida,
yo creo que la tienen esas fieras.
--¡Qué me gusta tó lo que dises!--balbucea, en tono de adoración, el
moro bautizado.--Sigue, sigue, Saida...
--Calla, calla... Miremos sin hablar...
--Miremo--responde, y me toma una mano, iniciándome en las lentas,
semi-castas delicias de la presión...
Es algo sutil, insidioso, que no basta para absorberme, pero me hace ver
la fontana de los terribles monstruos al través de un velo de gasa
argentina con ráfagas de cielo, como rayado chal de bayadera. La
Alhambra, al través del amor... de una gasa tenue de amor, flotando,
disuelta en el rayo lunar... Y los versos que para entallar en el pilón
compuso el desconocido poeta musulmán, se destacan entre el ligero
zumbido de mis oídos. El agua se me aparece como él la describe, hecha
de danzarín aljófar y resplandeciente luz, y que, al derretirse en
profluvios sobre la albura del mármol, dijérase que también lo
liquida...
¡Y el silencio! ¡Un silencio sobresaturado de vida ideal, de suspiros
que se exhalaron, de ciertas lágrimas de que habla la inscripción,
lágrimas celosas, que no rodaron fuera de los lagrimales; un silencio
morisco, avalorado por el susurro sedoso de los álamos y por el soplo
del aire fresco de la Nevada, que desgarró sus alas en los nopales!
¡Y el perfume! ¡Perfume seco de los laureles asoleados, resto de los
pebeteros que se agotaron, brisa ajazminada, y tal vez, vaho ardiente
de sangre vertida por trágicos lances amorosos!
Cuando existen sitios como la Alhambra, tiene que existir el amor. ¿Por
qué no viene más aprisa? ¿Por qué no me devora?