_El de Farnesio._
I
Los soplos primaverales, con su especie de ilusoria renovación, (todo
continúa lo mismo, pero al cabo, _en nosotros_, en lo único que acaso
sea real, hay fervorines de savia y turgencias de yemas), me sugieren
inquietud de traslación. Me gustaría viajar. ¿No fueron los viajes uno
de los goces que soñé imposibles en mi destierro?
A la primer indicación que hago á Farnesio, para que me proviste de
fondos, noto en él satisfacción; mis planes, sin duda, encajan en los
suyos. Es quizás el solo momento en que se dilata placenteramente su
faz, que ha debido de ser muy atractiva. Habrá tenido la tez aceitunada
y pálida, frecuente en los individuos de origen meridional, y sobre la
cual resalta con provocativa gracia el bigote negro, hoy de plomo
hilado. Sus ojos habrán sido apasionados, intensos; aún conservan
terciopelos y sombras de pestañaje. Su cuerpo permanece esbelto, seco,
con piernas de alambre electrizado. No ha adquirido la pachorra egoísta
de la cincuentena: conserva una ansiedad, un sentido dramático de la
vida. Todo esto lo noto mejor ahora, acaso porque conozco
antecedentes...
--¿Viajar? ¡Qué buena idea has tenido, Lina! Justamente, iba á
proponerte...
--¿Qué?--respingo yo.
--Lo que me ha escrito, encargándome que te lo participe, tu tío D. Juan
Clímaco. Dice que toda la familia desea mucho conocerte, y te invita á
pasar una temporada con ellos en Granada. Ya ves...
--Ya veo... No era ese el viaje libre y caprichoso que fantaseaba...
Pero Granada _me suena_... ¿Y qué familia es la de mi tío? No lo
sospecho.
La cara de Farnesio, siempre sentimental, adquirió expresión más
significativa al darme los datos que pedía. Hablaba como el que trata de
un asunto vital, de la más alta y profunda importancia.
--Por de pronto, tu tío, un señor... de cuidado, temible. Desde que le
conozco ha duplicado su fortuna, y va camino de triplicarla. Está viudo
de una señora muy linajuda, procedente de los Fernández de Córdoba, y
que tenía más de un cuarterón de sangre mora, ¡tan ilustre en ella como
la cristiana! Descendencia de reyes, ó emires, ó qué sé yo... Le han
quedado tres hijos: José María, Estebanillo y Angustias.
--¿Solteros?
--Todos. El mayor, José María, contará unos veintinueve á treinta
años...
--¡Entonces ya entiendo el mecanismo del viaje, amigo mío! ¿Á que sí, á
que sí? No guarde usted nunca secretillos conmigo, Farnesio; ¡si al cabo
no le vale! D. Juan Clímaco Mascareñas debía ser el heredero de mi...
tía, y yo le he quitado esa breva de entre los dientes. Según usted me
lo pinta, codicioso, el buen señor lo habrá sentido á par del alma. Como
además es inteligente, ha tomado el partido de callarse y trazar otro
plan, _á base_ de hijo casadero... Y como usted tiene la desgracia de
tener... buena conciencia... se cree en el deber de auxiliar á D. Juan
en el desquite que anhela... y de aproximarme al primo José María ó al
primo Estebanillo...
--¡Oh! Lo que es el primo Estebanillo... ese...
--¡Ya! Se trata de José María...
Farnesio calla conmovidísimo, con el respiro anhelante. No se atreve á
lanzarse á un elogio caluroso; tiembla y se encoge ante mis soflamas y
roncerías.
--Sea usted franco...
Se decide, todo estremecido, y habla ronco, hondo.
--No veo por qué no... En efecto, opino que tu primo José María puede
ser para tí un marido excelente, y creo que, en conciencia, ya que de
conciencia hablaste, Lina... ya que piensas en la conciencia... ¡porque
en ella hay que pensar!... mejor sería que, en esa forma, los Mascareñas
no pudiesen nunca... nunca...
--¿Era ó no doña Catalina dueña de su fortuna?--insisto acorralándole y
descomponiéndole.
--¡Dueña! ¡Quién lo duda!... Sin embargo... En fin...
Y, cogiéndome las manos, con un balbuceo en que hay lágrimas, D. Genaro
añade:
--No se trata sólo de la conciencia... ni del daño y perjuicio de tus
parientes... Es por ti... ¿me entiendes?, por ti... Cuando un peligro te
amenace, cuando algo pueda venir contra ti..., oye á Farnesio... ¡Qué
anhela Farnesio sino tu dicha, tu bien!
Mi corazón se reblandeció un momento, bajo la costra de mis agravios
antiguos, del injusto modo de mi crianza, que casi hizo de mí un
Segismundo hembra, análogo al anarquista creado por Calderón.
--Lo creo así, D. Genaro. Y como con ver nada se pierde... iré á
Granada. Será, por otra parte, cosa divertida. ¿No le agradaría á usted
acompañarme?
Se demuda otra vez.
--No, no... _Conviene_ más que me quede... ¿Por qué no buscamos una
señora formal...?
--¡Déjeme usted de formalidades y de señoras! Me llevaré á Octavia, la
francesa.
--Buen cascabel.
--Va para limpiarme las botas y colgar mis trajes. Para lo demás, voy
yo.
Se resigna. Él escribirá, á fin de que me esperen en la estación...
Empieza mi faena con Octavia. Es una doncella que he pedido á la
Agencia, y que parece recortada de un catálogo de almacén parisiense. Á
ninguna hora la sorprendo sin su delantal de encajes, su picante lazo
azul bajo el cuello recto, níveo, su tocadito farfullado de
valenciennes, divinamente peinada. Transciende á _Ideal_, y está llena
de menosprecio hacia lo barato, lo anticuado, _les horreurs_. La vieja
Eladia, á quien he relegado al cargo de ama de llaves, aborrece de
muerte á la «franchuta».
Prepara Octavia genialmente mi equipaje, pensando en ahorrarme las
molestias de las pequeñeces, los _petits riens_, lo que más mortifica,
la hoja de rosa doblada. ¡Friolera! ¡Hacer noche en el tren! Hay que
prevenirse...
--¿Cuándo es la marcha, madame?
--Dentro de una semana, ma fille... Cuando nos entreguen todo lo
encargado...
--¿La señorita no tiene prisa?
--Maldita... ¡Figúrate que voy en busca de novio!
Se ríe; supone que bromeo. Es una mujer de cara irregular, tez adobada,
talle primoroso. Ni fea ni bonita; acaso, por dentro, ajada y flácida;
llamativa como las caricaturas picarescas de los kioscos. Tal vez no muy
conveniente para servir á una dama. Pero tan dispuesta, tan
complacedora... ¡Se calza tan bien... lleva las uñas tan nítidas!
Al disponer este viaje, advierto más que nunca la falta--en medio de mi
opulencia--de lujos refinados. De doña Catalina, que nunca viajaba, no
he heredado una maleta decorosa. Encuentro un amazacotado neceser de
plata, de su marido, con navajas de afeitar, brochas y pelos aún en
ellas. Octavia lo examina. «¡L’horreur!» Recorro tiendas: no hay sino
fealdades mezquinas. No tengo tiempo de encargar á Londres, único punto
del mundo en que se hacen objetos de viaje presentables... En
Madrid--deplora Octavia--no se halla _rien de rien_... A trompicones, me
provisto de _sauts de lit_, coqueterías encintajadas, que son una
espuma. Ya florezco mi luto de blanco, de lila, de los dulces tonos del
alivio. Batistas, encajes, primavera... Y seda calada en mis pies, que
la manicura ha suavizado y limado como si fuesen manos.
--¿Todo esto, por el primo de Granada, á quien no conozco?
No; por mi autocultivo estético. Es que el bienestar no me basta. Quiero
la nota de lo superfluo, que nos distancia de la muchedumbre. Lo que
pasa es que procurarse lo superfluo, es más difícil que procurarse lo
necesario. No se tiene lo superfluo porque se tenga dinero; se necesita
el trabajo minucioso, incesante, de quintaesenciarnos á nosotros mismos
y á cuanto nos rodea. La ordinariez, la vulgaridad, lo antiestético, nos
acechan á cada paso y nos invaden, insidiosos, como el polvo, la humedad
y la polilla. Al primer descuido, nos visten, nos amueblan cosas
odiosas, y el ensueño estético se esfuma. ¡No lo consentiré! ¡Mejor me
concibo pobre, como en Alcalá, que en una riqueza basta y osificada,
como la de doña Catalina Mascareñas, mi... mi tía!
Por otra parte, como no soy un premio de belleza, y lo que me realza es
el marco, quiero ese marco, prodigio de cinceladura, bien incrustado de
pedrería artística, como el atavío de mi patrona, la Alejandrina, que
amó la Belleza hasta la muerte.
En cuanto al proco... ¡bah! Ni sé si me casaré pronto ó tarde, ni si lo
deseo, ni si lo temo. ¿Qué duerme en el fondo de mi instinto? Es aún
misterioso. Casarse será tener dueño... ¿Dulce dueño?... El día en que
no ame, mi dueño podrá exigirme que haga los gestos amorosos... El día
en que mi pulmón reclame aire bravo, me querrá mansa y solícita... La
libertad material no es lo que más sentiría perder. Dentro está nuestra
libertad; en el espíritu. Así, en frío, no me seduce la proposición de
Farnesio.
Hago memoria de que en Alcalá, leyendo las comedias antiguas, me
sorprendía la facilidad con que damas y galanes, en la escena final, se
lanzan á bodas. «Don Juan, vos casaréis con doña Leonor, y vos, don
Gutierre, dad á doña Inés mano de esposo... Senado ilustre, perdona las
muchas faltas...» Y recuerdo que en una de esas mismas comedias, de don
Diego Hurtado de Mendoza, hay un personaje que dice á dos recién
casadas:
«Suyas sois, en fin; más ved
que ya en nada quedáis vuestras...»
Pocos maridos recuerdan la advertencia del mismo personaje:
«Y vos, don Sancho y don Juan,
estad cada uno advertido
que el entrar á ser marido
no es salir de ser galán...»
En resumen, mi caso no es el frecuente de la mujer que repugna el
matrimonio porque repugna la sujeción. Hay algo más... Hay esta alta,
íntima estimación de mí propia; hay el temor de no poder estimar en
tanto precio al hombre que acepte. El temor de unirme á un inferior...
La inferioridad no estriba en la posición, ni en el dinero, ni en el
nacimiento... Este temor, ¡bueno fuera que lo sintiese ahora! Lo sentía
en Alcalá, cuando barría mi criada con escobas inservibles... Acaso me
ha preservado de algún amorcillo vulgar.
¿Habrá proco que me produzca el arrebato necesario para olvidar que «ya
en nada soy mía»? No sé por dónde vendrá el desencanto; pero vendrá. Soy
como aquel que sabe que existe una isla llena de verdor, de gorjeos, de
grutas, de arroyos, y comprende que nunca ha de desembarcar en sus
playas. No desembarcaré en la playa del amor. Y, si me analizo
profundamente, ello es que deseo amar... ¡cuánto y de qué manera! Con
toda la violencia de mi sér escogido, singular; como el ciervo anhela
los ocultos manantiales...
¿Por qué lo deseo? Tampoco esto me lo defino bien. En tantos años de
comprimida juventud y de soledad, he pasado, sin duda, mi ensueño por el
tamiz de mi inteligencia; he pulido y afiligranado mi exigencia
sentimental; he tenido tiempo de alimentarla; la he alquitarado, y su
esencia es fuerte. Mi ansia es exigente; mi cerebro ha descendido á mi
corazón, le ha enlorigado con laminillas de oro, pero en su centro ha
encendido una llama que devora. Y, enamorada perdida, considero
imposible enamorarme...