Choque, con Farnesio, cuando se entera de que tengo invitado á almorzar
á un hombre desconocido, una nueva relación.
Planteo la cuestión resueltamente.
--Amigo mío, le quiero á usted muy de veras, no lo dude, pero pienso
hacer mi gusto.
--Vas á desacreditarte... Serás la fábula de Madrid.
--Nadie me conoce en Madrid, Farnesio. Que soy la heredera de doña
Catalina Mascareñas, lo saben los cuatro amigos rancios de... mi tía;
amistades que no he querido continuar. Mi tía se había obscurecido
bastante en los últimos años. Madrid me ignora, como ignoro yo á Madrid.
En Alcalá me conocen... Pero, ¿qué importa Alcalá? Cuando yo vegetaba
allí, entre viejos, en la antesala del claustro, ¿qué dueña ni qué
rodrigón me han puesto ustedes para guardarme? He decidido vivir como me
plazca.
Farnesio me oye, amoratado de enojo.
--He cumplido mi deber. No puedo ir más allá...
--¿Quiere usted, de paso que sale, disponer que pongan los dos cubiertos
en la _serre_?
Y recalco lo de los _dos_ cubiertos, porque, á veces, Farnesio almuerza
conmigo, y no es cosa de que hoy se me instale allí, de vigilante. Me
reservo la libertad de mi _tête-à-tête_.
El proco, más que puntual. Se adelanta una hora justa. A las doce, ya el
gabinete hiede á brillantina. Yo no me presenté hasta un cuarto de hora
antes de la señalada, vestida de gasa negra con golpes de azabache,
mangas hasta el codo y canesú calado, y las manos, cuidadísimas,
endiamantadas, sin una piedra de color. Al saludarle observé que estaba
volado. Anestesié su vanidad con excusas y chanzas, y tomé su brazo para
pasar á la _serre_, donde era una coquetería la mesita velada de encaje,
centrada de rosas rojas, servida con Sajonias finas, y sombreada por los
flábulos de una palmera lustrosa. De puro emocionado, Aparicio no
acertaba á deglutir el _consommé_. Evidentemente recelaba comer mal,
verter el contenido de la cuchara, manchar el mantel, tirar la copa
ligera donde la bella sangre del Burdeos ríe y descansa. Y estaba
alerta, inquieto, sin poder gozar de la hora. Para él, yo soy una dama
del gran mundo... (De un mundo que no he visto, pero que no me habrá de
causar ni cortedad ni sorpresa cuando llegue á verlo.)
Me dedico á serenar el espíritu del intelectual, y alardeo de
admiración, de cierto respeto, de cordialidad amena y decente. Con la
malicia retozona que siempre tengo dispuesta para Polilla, me entretengo
en representar este papel fácil, _hecho_. Doy al proco un rato de
deliciosa ilusión. ¿No es la ilusión lo mejor, lo raro?
El café, las mecedoras, ese momento de beatitud, en que la digestión
comienza... Él, ya á sus anchas, acerca su silla un tanto, y yo no alejo
la mía. Estoy de excelente humor, y no percibo ni rastro de esa
emotividad que, según Aparicio, caracteriza á la mujer. Mi corazón se
encuentra tan tranquilo como un pájaro disecado.
--Lina...--se atreve él--no puede usted figurarse...
--Vamos--calculo--es el momento... Se decide...
--No puede usted figurarse...--insiste.--Hay cosas que, realmente,
tienen algo de fantástico, de irreal... Cómo había de imaginarme yo
que... que...
Se adivina lo que añade D. Hilario, y se devana fácilmente el hilo de su
discurso. Así como se presume mi respuesta, ambiguamente melosa y
capciosa. Después de las primeras cucharadas dulces, sitúo mis baterías.
--Hilario, entre usted y yo no caben las vulgaridades de rúbrica...
Somos seres diferentes de la muchedumbre. Y nos hemos acercado y nos
hemos sentido atraídos, por algo superior á la... á la mera atracción
del... del sexo. ¿Me equivoco? No, no es posible que me equivoque. Aquí
estamos reunidos para tratar de una idea salvadora...
--Para eso... y para algo quizás mejor--objeta él, soliviantado.
--¿No habíamos quedado en que el amor era un sacrificio?
--Según... según--tartamudeó--. Lina, hay horas en que olvida uno lo que
piensa, lo que diserta, lo que escribe. La impresión que se sufre es de
aquellas que... Sea piadosa! No me obligue á recordar ahora mi labor
dura, incesante, mi acerba lucha por la existencia!
--Sí, recordémosla--argüí--pues aquí estoy yo para que fructifique. Ese
es mi oficio providencial. Poseo una fortuna considerable, y usted me ha
enseñado como debo invertirla.
Hizo un gesto, como si el hecho fuera desdeñable, mínimo.
--No, si adivino su desinterés. Me he adelantado á él. La fortuna no
será para nosotros: entera se consagrará al triunfo de los ideales. Ni
aun la administraremos. Eso se arreglará de tal manera, que ni la más
viperina maldad pueda atribuirnos, y á usted sobre todo, vileza alguna.
Nosotros, unidos libremente, claro es, renunciaremos á todo, viviremos
de nuestro trabajo, en nuestro apostolado... ¡Qué divertido será! ¿Por
qué se queda frío, Aparicio...? ¿No he acertado? ¿Es una locura de
mujer entusiasta? ¿No es eso lo que usted pretendía, la realización de
su ensueño?
--Sí, sí... Es que, de puro esplendoroso, así al pronto, el plan me
deslumbra... Déjeme usted respirar. ¡Es tan nuevo, tan inaudito lo que
me pasa! ¡Desde ayer creo que vivo soñando y que voy á despertarme
rodeado, como antes, de miseria, de decepciones! ¡Que se me aparezca el
ángel de salvación... y que tenga su forma de usted! ¡Una forma tan
hermosa! Porque es usted hermosísima, Lina. No sé lo que me pasa...
--Cuidado, Aparicio--y simulo confusión, rubor, trastorno--no perdamos
de vista que el objeto... el objeto...
La brillantina se me acerca tanto, que debo de hacer una mueca rara.
--No, no lo pierdo de vista... El objeto es la felicidad de muchos seres
humanos. Si empezamos por la nuestra, cuánto mejor. Así caminaríamos
sobre seguro.
--¿No es usted altruista?
--Altruista... sí... y también, verá usted... también soy
_Kirrkegaardiano_...
--¿Cómo? ¿Cómo?
--Ya, ya le explicaré á usted ese filósofo... No hay ética colectiva...
La moral debe ser nuestra, individual...
--Eso me va gustando--sonreí.
--Es claro... No puede por menos. Tiene usted demasiada penetración. Y
por eso, aun en nuestra obra redentora de apostolado, debemos partir de
nosotros mismos.
--Y prescindir de Polilla--observo, infantilmente.
--Y prescindir de Polilla. _Nosotros_ lo arreglaremos perfectamente. No
hay que ir al extremo de las cosas. Nadie mejor que nosotros para
administrar... administrar solamente, bueno... las riquezas que usted
posee... y que, en otras manos, tal vez serían robadas, dilapidadas... Y
en cuanto á nuestra unión... Lina, por usted... por usted, por su
respetabilidad... yo me presto, yo asiento á todas las fórmulas, á todas
las consagraciones... Una cosa es el ideal, otra su encarnación en lo
real...
No pude contenerme. Solté una risa jovial, victoriosa. Aquel toro, desde
el primer momento, se venía á donde lo citaban los capotes revoladores y
clásicos. Un marido como otro cualquiera, ante la iglesia y la ley.
Porque así, yo le pertenecía, y mis bienes lo mismo, ó al menos su
disfrute.
--No se sobresalte, Hilario... Si no me río de usted. Me río de nuestro
inmejorable Polilla. Figúrese mi satisfacción. Es que le he ganado la
apuesta. Aposté con él á que, á pesar de las apariencias, era usted un
hombre de talento. ¡Espere usted, espere usted, voy á explicarme...!
Perdóneme la inocente añagaza, la red de seda que le he tendido. Las
apariencias le presentan á usted como un teórico que devana marañas de
ideas, basándose en el instinto que sienten todos los hombres de
exigirle á la vida cuanto pueden y de adquirir lo que otros disfrutan.
Pero usted reclama todo eso para el individuo, y el individuo que más
le importa á usted, es naturalmente, usted mismo. ¡Cómo no! Si dentro de
las circunstancias actuales su individuo de usted puede hallar lo que
apetece, ya no necesita usted modificar en lo más mínimo esas
circunstancias. Ninguna falta le hace á usted la transformación de la
sociedad y del mundo. Para usted el mundo se ha transformado ya en el
sentido más favorable y justo... ¿Acierto?
No me respondía. Abierta la boca, fijos los ojos, más pálido que de
costumbre, aterrado, me miraba; no se daba cuenta de como y por donde
había de tomar mi arenga. ¿Era burla escocedora? ¿Era originalidad de
antojadiza dama? ¿Qué significaba todo ello?
--Acierto de fijo--adulé--. Usted, persona de entendimiento superior,
tiene dos criterios, dos sistemas; uno, para servirle de arma de
combate, en esa lucha recia que adivino, y en la cual derrochó usted la
juventud, la salud y el cerebro, sin resultado; otra, para gobernar
interiormente su existir y no ser ante sí propio un Quijote sin
caballería... y sin la gran cordura de Don Quijote, que á mi se me
figura uno de los cuerdos más cuerdos! Vuelvo á preguntar. ¿Me equivoco?
--En varios respectos...--barbotó indeciso--no... Todo eso... Mirándolo
desde el punto de vista... Sin embargo... ¿Por qué...?
--Atienda, Hilario... Yo veo en usted á un hombre superior, que patulla
en un pantano donde se le han quedado presos los pies. Le saco á usted
de ese pantano... con esta mano misma.
Se la tendí. Resucitado, enajenado, besó los diamantes, á topetones, y
los dedos, ansioso.
--Le saco del pantano. Créame. Va usted á donde debe, al Congreso, al
Ministerio, á las cimas. Y acepta usted cuanto existe, desde el cedro
hasta el hisopo. Como que, dentro de usted, aceptado estaba. ¡Ni que
fuera usted algún sandio! ¿Conformes? Si yo se lo decía á D. Antón:
«Seré su ninfa, su Egeria... si resulta que tiene talento, apesar de
semejantes teorías y semejantes libros...» ¿Digo bien? Pues á
obedecerme...
Hizo una semiarrodilladura.
--Me entrego á mi hada...
Cuando se fué--obedeciendo á una orden, porque su brillantina ya me
enjaquecaba fuertemente--sentí algo parecido á remordimiento. Y escribí
á Polilla algunos renglones; esto, en substancia:
«Cuando necesite Aparicio protección, dinero, avíseme usted. Y así que
pueda, y me haga amiga de algún personaje político, he de colocarle,
según sus méritos, que son muchos. Tiene facultades extraordinarias...
Agradezco á usted altamente que me haya facilitado conocerle...»
Llamé á un criado.
--Esta carta al correo. Y cuando vuelva este señor que ha almorzado
aquí, que le digan siempre que he salido.