las distribuciones piadosas, un hombre se acercó a confesarse con uno de
los misioneros, y, entre otros pecados, se confesó de que practicaba la
magia negra. El sacerdote le dijo que un hombre inteligente no debía
creer en tales cosas, que las prácticas de magia eran simples ilusiones
diabólicas y que nunca producían nada positivo. El penitente le contestó
que no era así y que, si quería comprobarlo, lo pusiera a prueba. El
sacerdote aceptó, y le dijo que le hiciera venir una rosa del rosal tal
y cual que estaba en tal parte del jardín de las monjas clarisas de
Santiago, único de su clase que había en todo el país. El hombre le dijo
que estaba bien, que se la traería en una hora y que, para proceder, lo
encerrara en una pieza oscura y que guardara la llave. Así se hizo, y el
sacerdote, después de cerrar la puerta de la pieza, se guardó la llave.
Como tres cuartos de hora después el sacerdote entró a la pieza, y cuál
no sería su espanto al ver tendido en el suelo un cuerpo sin cabeza.
Repuesto un poco del susto, se propuso hacer una prueba en el cuerpo que
estaba en tierra sin movimiento y le enterró en el talón del pie
izquierdo un alfiler, pero el cuerpo estaba completamente insensible.
Salió, y no volvió a entrar sino una vez cumplida la hora, y si antes
fué grande su espanto al encontrarse con un cadáver, cuánto mayor no
sería al verse frente a frente del hombre, que, de pie, le ofrecía una
rosa, fresca y fragante, y le preguntaba si era de las mismas que le
había pedido. El sacerdote, que estaba sumamente admirado, no contestó
nada, sino que lo invitó a salir del cuarto. Cuando el hombre se puso a
andar, cojeaba y se quejaba. El sacerdote le preguntó qué tenía, y él le
respondió que al dejarse caer desde lo alto de la muralla al jardín de
las monjas, se había clavado una espina del rosal en el talón y le dolía
mucho.--“¿No ves como todo es pura ilusión?--le dijo el padre. No hay
tal espina, ni tal muralla, ni nada; el dolor que sientes proviene de un
alfiler que yo mismo te clavé en el talón”;--y para demostrárselo, le
retiró el alfiler.--“Lo de la espina puede que sea ilusión, repuso el
hombre; pero ¿y la rosa? es o no es de las del jardín de las monjas
claras? Señor, yo no quiero volver a practicar la magia, y deseo seguir
confesándome”. Y terminó su confesión, manifestándose muy arrepentido de
sus pecados.
Esta historia se la contó a Francisco 2.º Vásquez su abuelita, quien la
oyó de boca del sacerdote que confesó al brujo.
31. EL CABALLERO QUE FUE TRANSFORMADO EN CABALLO Y DESPUES EN PAVO
(Contado en Peñaflor, en 1922, por el maestro carpintero Tránsito
González, natural de Choapa, de 57 años de edad.)
Un empleado de la administración de la hacienda de Panquehue refirió en
1910 a un grupo de trabajadores, entre los cuales se encontraba el
maestro Tránsito, que, en una ocasión que fué a Talagante,[K] unos
amigos lo convidaron a remoler en casa de unas niñas buenasmozas. El se
atracó a una haciéndosele el enamorado, y como no consiguiera la primera
noche lo que pretendía, se quedó en la casa unos cuantos días, hasta que
salió con la suya, pero engañando a la niña con palabra de casamiento.
“Cuando me volvía--contaba--muy satisfecho de mi hazaña, al atravesar un
bosquecito me encontré de repente convertido en caballo”. ¡Caramba!,
dije para mí, ¿qué voy a hacer ahora? No es mala la suerte que se me
espera si sigo siendo caballo!” Y me metí en el bosquecito, en donde
pasé el resto del día y toda la noche.
“Al otro día temprano, unos trabajadores que estaban trillando con
yeguas en un campo cercano, tropezaron conmigo, y uno dijo:--“¡Caracho
con el caballo lindo! ¿Llevémoslo pa l’era?--Ya ’stá, llevémoslo”. Y lo
llevaron.
“Trabajé muy bien, amigos, para que no me azotaran ni me clavaran las
espuelas, y todos me miraban con la boca abierta de ver tan bien que lo
hacía. En esto llega el capataz de la trilla y pregunta:--“¿De quién es
ese caballo?--Lo encontramos en medio de la mancha de boldos que ’stá pu
allá arriba, contestó uno.--Suéltenlo, dijo el capataz, no vaya a venir
su dueño y nos haga cargos por estar trabajando con caballo ajeno.--Pero
si no tiene marca, señor.--No importa; suéltenlo”. Y con gran contento
de mi parte me soltaron y me volví para la manchita de boldos, como
decían los peones por el bosquecito, no muy ligero, porque, como no
estaba acostumbrado al trabajo que me habían obligado a hacer, me sentía
muy fatigado.
“Apenas entré al bosque, se me puso por delante la muchacha con que
había estado remoliendo, y tirándome un atado de pasto me dijo:--“Toma,
pa qui aprendáy a burlarte de las mujeres; yo te volví caballo; cómete
ese pasto y mandate a cambiar”.
“Me comí el pasto y en cuanto tragué la última mascada, me volví hombre
otra vez.
“Ya era de noche y apreté a correr para el pueblo y en el primer rancho
que vi con luz golpeé y salió a abrir la puerta una mujer como de unos
veinticinco años, nada mal parecida.
--“Señora, le dije, deme alojamiento por esta noche, porque no sé a
dónde dirigirme, y me siento muy cansado; he perdido mi caballo y ni
siquiera sé en qué parte me encuentro.
--“Está a la entrada de Talagante, señor, y por lo que hace a
alojamiento, no hay en el rancho mas que esta pieza y no tengo otra cama
que la que usted ve”--y me mostraba una pallasa tirada sobre un catre;
además, mi marido no está en la casa, pues salió a hacer unas
diligencias y no volverá hasta mañana.
--“Señora, permítame que me ponga en un rincón cualquiera; si lo único
que deseo es estar bajo techo, y no se moleste por mí.
--“Si no es tan delicado como yo creía, entre, pues, señor.
“La mujer se desnudó y acostó, y en seguida me dijo:
--“Ya sabe usted que no hay más que esta cama, si quiere, venga a
acostarse a mi lado.
--“Pero, señora, si aquí estoy bien y no quiero molestarla, si me basta
con no dormir al sereno.
--“Venga a acostarse le dicen, y no sea leso.
--“¿Y si llega su marido de repente y me pilla?
--“No sea leso, le digo; mi marido está en Malloco y no llegará hasta
mañana con el sol alto.
“¡Qué diablos! la mujer no era fea, y mejor es dormir aunque sea en una
pallasa que acurrucado en un rincón. Me desnudé y acosté al lado de la
mujer.
“Al otro día, muy temprano, antes que saliera el sol, sentimos que
alguien se acercaba cantando al rancho.
--“Es mi marido,--dijo la mujer--¿cómo se habrá venido tan pronto?; pero
no importa, vístase ligerito y se mete debajo del catre.
“Apenas me había escondido en el lugar que me dijo la mujer, entra el
marido y la mujer le dice:
“--Anda a buscarme leña, Manuel, para hacer lueguito una cazuela, porque
he amanecido con antojo.
“Y mientras Manuel iba por leña al sitio, la mujer dijo unas cuantas
palabras que no entendí y me volví pavo, y me echó para el corral, donde
había muchos otros todavía en su dormidero. Me subí como pude y me metí
entre las demás aves, cuando oigo a Manuel que pregunta a su mujer:
--“¿Y ese pavo tan grandazo y tan gordo?
--“Es de la vecina y debe haberse pasado ayer en la tarde.
--“Matémoslo pa que no sea intruso y comimos cazuela ’e pavo con
chichoca, ¿qué te parece, Juana?
--“Ya ’sta--contestó la mujer y tomando un palo le asestó un feroz
garrotazo al pavo que estaba a mi lado, que cayó redondito al suelo.
“Para qué les cuento mejor el susto padre que pasé, porque, la verdad,
creí que la Juana me iba a dar el garrotazo a mí.
“Poco después dijo la mujer a Manuel:
--“Anda a pedirle a mi comadre Mercedes que me dé un poco de chichoca,
porque se ha acabado la que teníamos.
“Salió Manuel y la Juana aprovechó el momento de ausencia de su marido
para volverme hombre, y me dijo:
--“Váyase ligerito por este camino, y que le vaya bien.
“Y aquí me tienen ustedes que por cierto nunca se habrían figurado que
yo he sido caballo y pavo.
--De lo último tuavía le quean rastros, dijo un trabajador por debajujo.
--Y de lo primero también, dijo _despacito_ otro trabajador, porque no
hace mucho tiempo me dió a mí una media patá que me dolió tanto como si
el patrón tuviera herraúras tuavía; y too porque le contesté.
ILUSIONES
32. EL CABRO DE LA CALLE DE BUERAS
(Relatado en 1912 por el niño D. Enrique Alfaro, de 17 años, de
Santiago.)
En la calle de Bueras, de Santiago, había, hace años, una higuera, y de
entre sus raíces salía todas las noches un cabro que se paseaba de un
extremo a otro de la calle. Un carnicero, que se llamaba Alejo y vivía
en una casa situada cerca de la higuera, siguió una noche al cabro y lo
alcanzó; pero, aunque le dió muchas cuchilladas, no le hizo daño, porque
era pura ilusión.
33. LA NIÑA DE LOS GRANDES OJOS.
(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)
Una noche iban dos jóvenes un poco chispos por la calle del Galán de la
Burra (actual calle de Erasmo Escala, de Santiago) y divisaron, como a
media cuadra, a una niña muy hermosa, con unos ojos que brillaban como
luces, y a medida que se acercaban a ella, le veían los ojos más
grandes; y tanto le fueron creciendo, que al llegar no vieron ni cara ni
cuerpo, sino dos enormes ojos que los miraban fijamente. Los jóvenes,
huyeron despavoridos, rezando en voz alta.
Se cree que todo fué simple alucinación, producida por la embriaguez.
34. LAS SOMBRAS.
(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)
Una noche de luna, un caballero tuvo que emprender un viaje de Talca a
Pelqui, y para llegar a su destino debía atravesar una montaña a
caballo. Al penetrar en ella, el caballo se detuvo espantado, porque
debió ver, como vió el jinete, un cadáver tendido en el suelo, no muy
lejos, con los brazos abiertos. El caballero también se asustó y para
vencer el miedo clavó las espuelas al caballo y lo dirigió derecho hacia
el cadáver. Al llegar cerca de él, pudo darse cuenta de que lo que había
tomado por un muerto era el tronco de un árbol que el tiempo había
derribado; con lo que desapareció todo temor y siguió tranquilo su
camino.
A poco andar, ve pasar algo extraño por entre los árboles, y el caballo
vuelve a detenerse: era un león. Prepara el viajero un trabuco que
llevaba consigo, que era el arma que se usaba en aquellos tiempos, y
después de disparar, ve que lo que le había parecido un león era la
sombra que proyectaba la cumbre de un cerro vecino.
Cuando concluyó de pasar la montaña y entró al valle, le sale al
encuentro una viuda,[L] a caballo, que sigue el camino a la par de él.
El caballero le dirige la palabra, pero ella no le contesta. Después de
avanzar largo trecho, en silencio, uno al lado del otro, la viuda deja
su caballo y de un salto se sienta al anca de la cabalgadura de su
compañero, que intenta tomarla, pero no encuentra a nadie.
Adelanta el caballero en su camino, y a poco andar ve que se eleva de la
tierra algo como una nube; fija su atención y ve que es un fantasma.
Temeroso del peligro que pudiera acarrearle tal encuentro, huye a toda
rienda, y el fantasma detrás. Por suerte, en su carrera desenfrenada,
tropieza con una choza, en la que se mete con caballo y todo.
En ese momento empieza a amanecer y con la claridad del día se desvanece
todo temor; pero la impresión de lo que le había sucedido le duró mucho
tiempo al caballero.
MALDICION
35. EL RISCO DEL ARRIERO
(1910).
En el cerro de las Petacas, departamento de Colchagua, hay un risco muy
grande que tiene una mancha amarillenta que representa a un arriero que
tiene una mula a su lado. Dicen que en tiempos antiguos, un fraile
salió, en ese sitio, a pedir limosna a un arriero que conducía una mula
con una carga de plata, y no sólo no le dio nada, sino que lo injurió.
El sacerdote lo maldijo, y tanto el arriero como la mula quedaron
incrustados en la piedra.
En otro risco que está cerca, se ve otra mancha amarillenta, que semeja
la figura de un fraile.
TESOROS
INFORMACIONES:
I.--Los entierros están siempre en pailas de cobre y a los pies de un
boldo o de una patagua. En la noche, entre 7 y 8, salen candelillas del
punto en que está oculto el tesoro.
II.--Cuando se encuentra un entierro, se toma de él nada más que una
moneda, que se guarda sin gastarla, durante un año. Transcurrido el año
se puede sacar lo demás. Al hallar el entierro, se deben mandar decir
cinco misas por el alma del que fué dueño del tesoro.
36. EL ENTIERRO DEL NARANJO
(Referido en 1911, por D. J. Andrés González, de 55 años, de Santiago.)
En 1890, más o menos, en una casa situada en la calle de la Recoleta, de
Santiago, frente a la iglesia de este nombre, en la cual vivió y murió
un clérigo, habitaba un hombre que se llamaba Pedro (el informante no se
acuerda del apellido), que tenía una tienda en la misma casa, y a su
servicio un muchachito como de 12 años. Una mañana encontró el dicho
Pedro al muchachito tendido en el patio, sin conocimiento; después de
hacerle algunos remedios, volvió en sí, pero muy asustado. El patrón le
preguntó qué le había pasado, y aunque haciéndose mucho de rogar, contó
al fin que en la noche salió a hacer una necesidad y cuando volvía vió
en el patio, debajo de un naranjo, a un clérigo que le dijo que ahí
mismo había dejado una gran cantidad de plata enterrada. Pedro dijo al
muchacho que habría soñado y que no hiciera juicio de leseras. Al día
siguiente le pagó el sueldo de un mes, le ordenó que se fuese a
medicinar a su casa y que no volviera hasta que estuviere bien bueno.
En la misma noche el hombre se puso a cavar, y efectivamente encontró un
entierro. Realizó su negocio y se fué para el campo a trabajar en tienda
y despacho.
De la plata que encontró debajo del naranjo, nada gastó hasta pasado un
año, pues, de otro modo, la habría perdido toda.
Fué muy rico, pero se botó a tunante y no pasó de una modesta medianía.
37. LOS DOS VIAJEROS
(Contado por D. Francisco 2.º Vásquez, en 1911.)
Dos hombres habían salido a hacer una excursión a pie, y después de
mucho andar se extraviaron y rendidos de fatiga se recostaron en la
tierra, a la sombra de unos árboles. Uno de los excursionistas se quedó
dormido casi inmediatamente, pero el otro no pudo cerrar los ojos y se
sentó a fumar un cigarrillo. Mientras fumaba, miró a su compañero, que
seguía durmiendo como un ángel de Dios, y se extrañó sobremanera de ver
que de su boca salían unos como globitos de colores que se desvanecían
en el aire, pero de repente salió uno mucho más grande que los otros que
se elevó un poco y después siguió en dirección hacia el oriente, rodeado
de unos cuantos jotes que lo acompañaban dando manifestaciones de
alegría. Esto le llamó mucho la atención y, levantándose, siguió al
globo y a sus acompañantes, los cuales no se detuvieron sino al llegar
al pie de un peñasco situado en la falda de un cerro cercano, debajo del
cual se introdujo el globo. El hombre dejó una señal y volvió a reunirse
con su compañero, que todavía dormía. Para despertarlo, lo remeció
fuertemente; pero fué menester repetir tres veces la operación para que
produjera resultado. El dormilón, al despertar, dijo a su
amigo:--“Soñaba un sueño muy lindo: que iba por un camino y me
encontraba con unos amigos que me recibieron muy alegremente y me
dijeron que me iban a regalar un tesoro; cuando tú me despertaste, me
llevaban a mostrármelo”.
El amigo escuchó la relación, y en seguida condujo a su compañero al pie
del peñasco y sin contarle lo que había visto, lo invitó a que lo
acompañara a cavar en el lugar en que había visto desaparecer el globo
de color, y, como lo esperaba, a las pocas azadonadas, tropezaron con
una gran paila llena de onzas de oro.
Sólo después de repartirse el tesoro entre los dos, contó el que había
estado en vela a su amigo dormilón todo lo que había visto.
38. EL CLERIGO
(Contado por D. Francisco 2.º Vásquez, en 1911.)
Hace tiempo, nadie se atrevía a pasar por unos callejones que hay cerca
del río Putagán, porque de improviso, sin que supieran de dónde salía,
se presentaba a los transeúntes un sacerdote y, aunque nada les hacía,
se apoderaba el miedo de ellos y volvían pie atrás, huyendo
despavoridos.
Una vez un hombre que tenía que ir a dejar unas cargas de trigo a un
lugar vecino a donde se podía llegar por esos callejones o por otro
camino, dijo que iría por los callejones y que se reía del sacerdote que
contaban se aparecía y que no le importaba nada aunque le salieran todos
los curas y frailes de la tierra, que para defenderse de ellos le
bastaba un cuchillo que llevaba, de una media vara de largo; y aunque su
mujer y sus amigos le rogaron que no hiciera tal, él partió para los
callejones.
Pocas cuadras había andado por ellos, cuando se le aparece el sacerdote
y se le pone por delante; pero nuestro hombre saca su cuchillo y la
emprende contra la aparición. El cura vuelve cara y toma la fuyenda y
el hombre le sigue de atrás blandiendo su arma, aunque sin lograr
alcanzarlo. Improvisamente el clérigo desapareció por entre unos
matorrales, sin dejar huella alguna; pero como el hombre vió el lugar
por donde el sacerdote se hizo humo, se puso a cavar la tierra con el
cuchillo, que de pronto tropezó con un cuerpo duro, hasta que dejó
descubierta una gran tinaja que destapó y vió que estaba llena de
monedas de oro y plata. Entonces fué a buscar las cargas de trigo y,
vaciándolas, llenó los sacos de monedas y se volvió a su casa.
Cuando llegó era ya de noche y le dijo a su mujer que encendiera luz.
--No hay mas que un cabito de vela--le dijo ella.
--Enciéndolo--le contestó el marido.
Lo encendió ella, y él entró los sacos y los vació en medio de la pieza.
La mujer, cuando vió tanta riqueza, casi se desmayó, y dijo al marido
toda asustada y llorando:
--¿Qué has hecho, desgraciado? ¿Dónde has robado toda esa plata?
El marido la tranquilizó contándole cuanto le había sucedido.
Hizo aún dos viajes más y llegó a ser el hombre más rico de su tierra.
Vive todavía en Chillán.
EL DIABLO
39. EL NIÑO DENTUDO
(1910.)
Yendo un inquilino tranquilamente por la orilla de una cerca, sintió
unos vagidos que salían de un matorral; se acercó a él y entre las
malezas vió a un hermoso niño, al parecer de pocos meses, al que tomó en
sus brazos y acarició; sonrióse la criatura, y como al sonreirse
entreabriera la boca, alcanzó el campesino a divisar en las encías unas
cosas blancas como dientes. Admirado, le dijo:--“¡Conque tiene dientes,
m’hijito!”--“¡Y grandazos!”, le contestó el pequeñuelo. Y efectivamente,
vió el hombre que de la boca del niño salían unos dientes descomunales.
En esto conoció que lo que él había tomado por una guagua era el Diablo
en persona, y asustado, lo disparó lejos, exclamando “¡Ave María
Purísima!”, y el Diablo, en el mismo instante reventó, dejando en su
lugar, como es de cajón, un humo denso con fuerte olor a azufre.
40. EL DIABLO BAILARIN
(1910.)
Es fama que en el siglo XVIII el Diablo era grande amigo de los mineros
de Petorca, donde había sentado sus reales. En los días de pago, bajaba
con ellos al pueblo, o a los lugares inmediatos, a remoler y a bailar
cueca en la plazuela del Diablo, situada casi donde termina la calle de
Silva, o en el cerro de la Plaza y en el del Piojo.
Una vez que bailaba en este último, lo hacía tan bien que un minero no
pudo menos de exclamar:--“¡Virgen Santísima, y qué bien baila este
roto!”; y el Diablo, al oir la invocación a la Virgen, reventó, dejando
el lugar pasado a azufre quemado.
41. EL HIJO DEL DIABLO
No hace aún muchos años vivía en Petorca un anciano pequeñito y
rechoncho, de unos setenta años de edad, conocido con el nombre de ño
Vicentito Cuchucho, cuyos primeros pasos en el mundo aparecen revestidos
por la imaginación popular de influencias fantásticas y misteriosas.
Se cuenta que estando la madre de este hombrecito esperando de un
momento a otro la llegada de una guagua, pidió a su marido que le diese
dinero para comprarle ropas. El marido, que era un viejo de más de
sesenta años y que miraba con desconfianza el embarazo de su mujer, le
contestó que no le daría ni un centavo, porque la criatura que iba a dar
a luz no era de él. La mujer, indignada, al oir esta respuesta, lloró y
preguntó al esposo:
--Entonces ¿de quién es?
--Eso lo sabrás tú mejor que yo, replicó el marido; pero no es mío.
A lo cual repuso la mujer:
--Entonces será del Diablo, y él me dará lo que necesito.--Y nunca más
volvió a pedir dinero a su marido.
Cuando llegó el momento del parto, apareció de repente en la pieza de la
enferma un gran canasto completamente lleno de ropas para niño recién
nacido, entre las que se veían desde el ombliguero de tela de hilo hasta
las mantillas de la más suave y sedosa bayeta, sin que faltaran las
gorritas de punto ni las mediecitas tejidas de lana.
¿Quién había traído ese canasto? ¿Por dónde y cuándo lo habían entrado?
Nadie pudo dar razón.
Desde los primeros días del nacimiento del niño pudo comprobarse el
interés que por él y la madre tomaba el Diablo, que no era otro quien
había llevado la ropita. Siempre encontraba la madre cerca de ella la
riquísima cazuela de ave, el excelente ulpo de harina tostada y la
sabrosa mazamorra, los mejores remedios, los dos últimos, para que las
que crían tengan leche buena y abundante. Al chico le hacía cariño a su
modo: a veces lo encontraban encima de las vigas de la casa, otras en un
sobrado, y una vez lo hallaron jugando con un muñeco, entre las ramas de
un álamo.
Por supuesto que nadie veía al Diablo, pero todos le echaban a él la
culpa de lo que ocurría; y la madre, justamente alarmada, hizo bautizar
al niño con toda prontitud, creyendo que con hacerlo cristiano cesarían
las atenciones y cuidados de Satanás. Pero fué inútil, porque el Diablo
siguió en las mismas.
Entonces recurrió la madre a un santo cura de apellido Toledo, que tenía
fama de ser el mejor exorcista del país, para que ahuyentara al demonio,
lo que al fin logró, no sin haber experimentado grandes trabajos y
tenido que sufrir pesadas bromas del enemigo malo.
El cura Toledo, para llegar a la casa amagada por el Diablo, tenía que
atravesar una estrecha puente formada de una sola tabla, que cruzaba un
cequión. Pues bien, cuando el santo varón iba por la mitad de la puente,
el Diablo la volcaba y el cura caía al agua, hazaña que celebraba el
Diablo con grandes carcajadas, diciendo: “¡Ya eché al agua al pato
jergón!”[M]
Nada dice la leyenda qué fué del padre de ño Vicentito Cuchucho, y de
éste sólo se sabe que vivió siempre de su trabajo, cultivando una
pequeña heredad que le pertenecía, y que, hasta que murió, se le conoció
con el apodo de =Hijo del Diablo=.[N]
PACTOS CON EL DIABLO
42. EL DIABLO GENEROSO
Un caballero tenía una gran hacienda que carecía de riego, por lo cual
no le dejaba sino pérdidas en los años secos.
En el fundo vecino vivía otro hacendado que estaba perdidamente
enamorado de la señora del primero, a la cual cortejaba a escondidas del
marido y de continuo le decía que se fuera con él. Ella le contestaba
que nunca abandonaría a su esposo, porque ella era cristiana y jamás
faltaría a sus deberes, y además su marido era una persona excelente y
muy bondadoso con ella.
Pero el caballero la persiguió mucho tiempo, y la señora, para librarse
de él, le prometió que si le daba agua abundante al fundo de su esposo y
lo dotaba de molinos, en una noche, haría lo que deseaba. Entonces el
caballero llamó al Diablo y le dijo que si en la noche cumplía con la
condición que la señora de su vecino le había impuesto, le entregaría su
alma en el plazo de un año. El Diablo le prometió que lo haría así, y
picándole una vena le sacó sangre y le hizo firmar una cédula para
sellar el pacto.
A media noche se sintió un ruido muy grande en la hacienda del marido,
quien despertó a su mujer y le preguntó:--“¿Sientes ese ruido? ¿Qué
será?”--y ella le contestó:--“No sé, ni se me ocurre qué pueda
ser”--Levantóse el marido a ver cuál era la causa de ese ruído, y se
encontró con que en su fundo había una instalación completa de molinos
en movimiento, y con que abundante agua corría por numerosas acequias
que antes no existían. Volvió al dormitorio y preguntó nuevamente a su
esposa qué significaba eso, y tanto insistió en sus preguntas que al fin
le sacó la verdad. Entonces la mandó que se fuera a casa del
pretendiente para que el Diablo se lo llevara con razón.
La mujer llegó llorando a casa del otro y le refirió cómo su marido la
mandaba a cumplir lo prometido. El caballero le contestó:
--“¿Tan honrado es tu marido? No seré yo menos que él; te respeto;
vete”.
En ese momento llegó el Diablo y preguntó al hacendado si estaba
contento, y éste le dijo que siendo el marido de la niña tan honrado que
no había permitido que su esposa faltase a su palabra, él no se había
atrevido ni a tocarla y le había ordenado que se fuera para su casa.
El Diablo dijo entonces:--“¿Con que así son las cosas? A caballero no
me la ganará ninguno de los dos. Toma tu cédula”. Y desapareció.