noche. Nadie puede pasar cerca de él, a caballo, porque el caballo se
espanta y arroja al jinete y lo mata.
LAGUNAS.--NIÑAS QUE SE PEINAN CON UN PEINE DE ORO.
13. LA SIRENA DEL RIO CATO.
(D. Augusto Escárate, de 12 años; ha vivido en Chillán.)
Cerca del río Cato, provincia de Ñuble, en una parte alejada del camino,
sale en las tardes de los jueves una niña muy hermosa que tiene los
cabellos de oro y canta con muy linda voz. Algunas personas, atraídas
por el canto, se internan en la montaña en donde está la _Sirena_ (la
conocen con este nombre) y no vuelven más. No se sabe lo que les suceda.
14. LA SIRENA DE ACULEO.
En la laguna de Aculeo sale todas las noches a las 12 a peinarse una
niña, con un peine de oro. Los que pasan cerca y tratan de ir a donde
está la niña, se caen en la laguna y se ahogan irremisiblemente. Se dice
que toca en un arpa de oro y que cuando deja de tocar, salen siete
potros que corren sobre el agua, y siete jinetes que los persiguen
tirándoles el lazo, sin conseguir enlazarlos.
15. LA LAGUNA DE TAGUATAGUA.
(Referido por D. Luis Barahona Novoa, dentista, en 1910.)
Cuando don Javier Errázuriz hacía secar la laguna de Taguatagua (hace 60
años, más o menos), decían los pobladores de la hacienda que a la hora
de la siesta salía el Diablo en figura de un toro con las astas de oro.
El mayordomo del fundo lo enlazó un día y el toro cortó el lazo. Mandó
hacer entonces otro más fuerte, de cuero de novillo, que el toro no pudo
cortar, pero arrastró al mayordomo, sin embargo de que montaba un
caballo muy bueno. Cuando el mayordomo iba cerca de la laguna, que aun
no estaba bien seca, sacó su corvo y cortó el lazo, para no morir
ahogado.
El toro cuidaba de una niña que todas las tardes, después de ponerse el
sol, salía a la orilla de la misma laguna y se sentaba en una piedra a
peinar sus rubios cabellos con un peine de oro. La gente la oía cantar
desde lejos, con voz melodiosa, acompañándose con los sones de un arpa
que tocaba maravillosamente. Si alguien se acercaba, huía
precipitadamente y se zambullía en el agua, para no salir hasta la tarde
siguiente.
16. LA CUEVA DE LA NIÑA.
En la playa de Bucalemu hay, en un cerro, una caverna que llaman la
Cueva de la Niña, en la cual vive una jovencita encantada, que en la
noche sale a peinarse a la playa con un peine de oro, que relumbra a la
luz de la luna. Se sienta en una roca, y si alguno, atraído por su
hermosura, se le acerca, el mar comienza a subir, hasta ahogar al
curioso. Si en el día entran con luz a la cueva, se la apagan de un
soplido, que no se sabe de dónde sale.
17. LA LAGUNA DE PUDAHUEL.
(Referido en 1911 por el joven estudiante D. Ramón Fernández, de 15
años, de Santiago.)
Hace muchos años, cuando aun no se había tendido la línea del
ferrocarril que une a Santiago con Valparaíso, seis carreteros que con
sus correspondientes carretas cargadas venían del puerto a la capital,
llegaron a la laguna de Pudahuel, un Viernes Santo. Cinco carreteros no
quisieron seguir adelante, en consideración a lo sagrado del día; pero
el sexto dijo que no le importaba que fuese Viernes Santo y que él no
estaba para perder el tiempo. Y dándole con la picana a los bueyes, se
metió, con la carreta, en el agua, por la parte más baja de la laguna.
En el momento en que iban más o menos por el medio, un Cuero[I] que
había en el fondo asió bueyes y carretas y los atrajo hacia sí. El
carretero, viendo que los bueyes se hundían, los picaneaba y les gritaba
para que salieran afuera; pero inútilmente, porque el Cuero no los
soltó; por el contrario, una vez que aseguró sus presas en lo más hondo
de la laguna, cogió también al carretero, a quien sus compañeros vieron
desaparecer instantes después.
Desde entonces, todos los Viernes Santos se oyen las voces del
carretero, que llama a sus bueyes.
18. LA LAGUNA DE LAS TRES PASCUALAS.
(Contado por D. Francisco 2.º Vásquez.)
Allá en los tiempos en que los españoles dominaban en Chile, vivía cerca
de Concepción, en un hermoso palacio rodeado de huertos y jardines, una
bella dama, madre de tres lindísimas hijas que respondían a los nombres
de Sol, Esperanza y Alegría, pero entre la gente del pueblo, a causa del
nombre de la madre, se las llamaba las tres Pascualas. Murió la madre, y
las niñas se entregaron a una vida disipada, viviendo en continua fiesta
con los jóvenes de Concepción y otras ciudades, que iban a divertirse al
palacio que habitaban. Muchos caballeros se perdieron por culpa de estas
niñas. Las faltas que se cometían en aquel palacio fueron tan numerosas
y tan grandes, que Dios, cansado de tanto pecado, hizo que un día de
gran fiesta, se hundiera el palacio con las tres niñas y todos sus
acompañantes, que serían más de cincuenta personas, llenándose de agua
el espacio que antes ocupaba aquel lugar de disipación y sus
dependencias. Y la extensión de agua que se formó por esta causa, y que
todavía existe, es la que se conoce con el nombre de “Laguna de las tres
Pascualas”.
Una vez un joven se quedó dormido sobre una gran piedra que hay a la
orilla de esta laguna, y cuando despertó vió que tres hermosas niñas
ponían una mesita delante de él y le sirvieron toda clase de manjares y
vinos exquisitos. Estuvo con ellas el resto del día y toda la noche
divirtiéndose alegremente. Al día siguiente, despertó como a las 12 y se
encontró desnudo sobre un banco de arena del Bío-Bío.
Siempre que el agua de la laguna baja, se ve una enorme roca que tiene
la forma de una iglesia. Las pocas personas que han conseguido entrar y
salir vivas, dicen que adentro hay un altar maravillosamente lindo,
delante del cual brillan más de cien mil luces.
HISTORIAS DE BRUJOS
19. LA CUEVA DE LA MULA
En un cerro que se levanta al lado sur del Tinguiririca, en el
departamento de San Fernando, por cuya falda pasa el camino del
Calabozo, hay una cueva de Salamanca que tiene a la entrada una gran
piedra en que se ve estampada una pata de mula. Para entrar a esta cueva
deben hacerlo varias personas en compañía, las cuales pueden tomar para
sí lo que quieran de un gran tesoro que hay en el medio de ella; pero,
para salir, tienen que dejar encerrado a uno de los que entraron.
20. LA RANA CASTIGADA
(Me lo refirió el estudiante D. Antonio Morales, de 16 años, en
Santiago, en 1909.)
En una casa vivían tres hermanas.
Un día se propusieron visitar a unas amigas, pero una de ellas,
pretextando hallarse indispuesta, no acompañó a las otras dos.
Cuando estaban de visita, vieron entrar a la sala una enorme rana, que a
todas causó gran susto.
Las hermanas, que maliciaban que la que se había quedado sin
acompañarlas era bruja, se imaginaron que podía ser ella, que venía a
molestar a sus amigas, a quienes odiaba; y aunque hicieron lo posible
por que las dueñas de casa no le causaran daño, fué cruelmente
maltratada, dándosele de palos con el mango de un plumero.
Al llegar las dos niñas a su casa, encontraron a su hermana en cama,
cubierta de contusiones y heridas, que ella explicó diciendo que se
había resbalado y que la caída se las había producido.
La explicación no era aceptable, y de ello dedujeron las hermanas que
era cierto lo que pensaban. Y lo era, en efecto.
21. LA RANA VENGATIVA
(Contado por el mismo joven Morales, en 1909.)
Una muchacha del pueblo encuentra en su camino una rana y tomando unas
ortigas le pega fuertemente con ellas en el vientre. La rana quedó sin
movimiento, patas arriba y muy hinchada.
En la noche, al abrir la muchacha la cama para acostarse, una enorme
rana sale de debajo de la almohada y sentándose en las patas traseras se
queda mirando a la muchacha con una mirada tan fija y tan fuerte que le
heló la sangre y cayó muerta.
La rana era una bruja.
22. LA CUEVA DE LAS CARDILLAS
(Me lo refirió el niño D. Oscar Salinas, de 12 años, en 1912. Lo oyó
contar en Melipilla.)
En un cerro situado cerca de las Cardillas, en el departamento de
Melipilla, hay una cueva que, según dicen, está habitada por brujas.
Una vez un joven se propuso visitar la cueva, y en efecto, fué a ella y
entró alumbrándose con una linterna. Al poco rato de andar, se encontró
con una sala muy hermosa, lujosamente amueblada, y sentadas en
riquísimas sillas, unas cinco niñas de 18 a 20 años, muy bonitas y
ataviadas de costosos trajes y valiosísimas alhajas. Lo invitaron a
comer y él aceptó. Los servicios eran de plata y los cubiertos de oro, y
los manjares tan sabrosos que él, mozo rico y muy aficionado a la buena
mesa, jamás los había comido tan exquisitos. En un descuido de las
jóvenes, se echó al bolsillo un cubierto completo y una tortita de
dulce. Cuando terminó la comida, le exigieron que se quedara a dormir y
él, que se había enamorado de una de las niñas, no se hizo de rogar y
se quedó con ella. Al otro día, cuando despertó, se encontró abrazado a
un esqueleto, y en los bolsillos, en lugar del cubierto, con tres
huesos: en vez de la torta, halló una bosta de buey. La linterna había
desaparecido y le costó mucho trabajo y más de una hora para salir.
23. EL HOMBRE QUE QUISO VOLAR.
(Referido en 1911, por D. Francisco 2.º Vásquez, que lo oyó contar en
Santiago.)
Vivía en el campo una señora con sus dos hijas, y una vez llegó un
hombre que trabajaba en una chacra vecina a pedir alojamiento y se lo
dieron.
Serían como las 12 de la noche cuando el hombre despertó, y sintiendo
ruido en la pieza vecina, se levantó descalzo y en paños menores, como
estaba, y se puso a aguaitar por la cerradura de la puerta que
comunicaba su pieza con la de la dueña de casa, y vió a la señora y a
una de sus hijas que, enteramente desnudas, se echaban por todo el
cuerpo un betún negro, y cuando estuvieron completamente embadurnadas,
oyó que decían: “De villa en villa, de lugar en lugar”, y vió que salían
volando por una ventana que estaba abierta y daba al patio. Después de
un buen rato, se metió a la pieza de la señora por la ventana, se
desnudó y se untó todo el cuerpo con el betún negro; después dijo: “De
vida en vida, de lugar en lugar” e inmediatamente voló hasta llegar al
techo y cayó desde esa altura, dándose tan feroz golpe que quedó
aturdido. (No pudo volar bien porque equivocó la fórmula, pues dijo “de
vida en vida, de lugar en lugar”, en vez de decir “de villa en villa, de
lugar en lugar”, que fué como dijeron la señora y su hija).
Cuando madre e hija llegaron a su pieza, al amanecer, se encontraron con
el cuerpo inanimado del chacarero, y, para castigarlo, la señora lo
convirtió en burro, y lo ocuparon desde entonces para traerlo cargado
de leña que iban a buscar a un cerro cercano. Pasó así mucho tiempo,
hasta que una noche, la hija menor (no la que había volado) le dijo al
burro:--“Te voy a volver hombre, pero con la condición de que te vayas
lejos de aquí y no vuelvas más”. Y lo llevó a un sitio en que la señora
tenía una plantación de repollos, y tomando uno muy chiquito, se lo dió
a comer. En cuanto el burro devoró el repollito, se convirtió en hombre,
y dando las gracias a su bienhechora, se fué. Al llegar el día, se
encontró en un bosque muy oscuro, y unos leñadores que andaban por ahí,
viéndolo desnudo, le fueron a buscar ropa. El hombre se quedó trabajando
con ellos y les contó lo que le había sucedido.
24. EL FALTE BRUJO.
(Me lo contó, en 1911, el joven D. Carlos Puccio, de 17 años, de
Molina.)
Hay en Molina un falte que se llama Miguel Molina y es brujo y poeta.
Cuentan de él que una vez, en la Cordillera, se subió en pelo en un
caballo blanco muy lindo que pacía en un potrero y vieron que de repente
desapareció con la cabalgadura. Dicen que llegó hasta la Argentina, pues
ese mismo día lo vieron allá conversando con un amigo suyo.
Otra vez, que andaba vendiendo su mercadería por unos caminos, un hombre
que conducía una carreta le sacó de la caja un pañuelo; él se hizo el
que nada había visto y lo dejó irse; pero una vez que el hombre se hubo
adelantado como tres cuadras, la carreta comenzó a retroceder hasta que
llegó cerca del falte y el carretero tuvo que devolverle el pañuelo
robado.
25. LOS BRUJOS DE PEUMO.
(Procede de D. Roberto Rengifo, quien me entregó escrita esta relación
en 1921.)
Cerca del pueblo de Peumo, capital del departamento de Cachapoal, hay
unos cerros aislados cuyas cumbres tienen la forma de bonetes cónicos de
punta alta redondeada, y a ellos acostumbra ir la gente de los
alrededores a holgarse y divertirse los días domingos, llevando causeos
y licores. El más grande de estos cerros se llama Gurutrén o Gulutrén.
Vivían en ese punto, no hace aún muchos años, algunos pobres
descendientes de los aborígenes, que pasaban por brujos entre los
pobladores modernos, atribuyéndoles que, como en la cumbre del Gulutrén
bailaba el Diablo, subían ellos los sábados a hacer licanes o untos para
echarse en el cuerpo y salir volando como los chonchones.
Cuentan que el carpintero de la hacienda de Codao, que era la más grande
y próxima de aquellos contornos, se perdía los sábados, de Peumo, y las
malas lenguas lo atribuían a que tenía tratos con los brujos. Y en
prueba de ello referían que algún tiempo después, queriendo volar él
también, subió con los otros brujos al Gulutrén, se echó los untos y
diciendo “Sin Dios ni Santa María”, se tiró desde la cumbre y de repente
se encontró en el aire volando entre una bandada de chonchones; pero, al
pasar por sobre las casas del fundo y divisarlas tan abajo, asustado
exclamó: “¡Ave María, que vamos bien alto!”, y en el acto se cayó y se
mató. El domingo por la mañana lo encontraron reventado, en medio del
camino, frente a las casas[J].
26. LA APARICION DE LA CULEBRA.
(Me lo contó en 1911 el niño D. Juan Pereira, de 16 años, de Cauquenes.)
Un caballero invitó a almorzar a una comadre que pasaba por bruja, y en
medio del almuerzo le preguntó si era cierto lo que de ella se decía, y
le pidió que si lo era efectivamente, hiciese que le apareciera a él una
culebra enroscada en el brazo derecho. La comadre se quedó callada; pero
al poco rato el caballero sintió como que se le adormecía el brazo, y
poco a poco fué apareciendo una culebra, que momento a momento le
estrechaba más el brazo. Entonces el caballero le pidió que la hiciera
desaparecer, pero la comadre le dijo que ella misma no podía hacerlo;
que tenía que ir a casa de otra bruja, que le indicó; y que llevara de
unas yerbas de que le entregó un buen manojo. Fué allá, y la otra bruja
le sobó el brazo con el zumo de las yerbas y la culebra fué
desapareciendo poco a poco.
27. EL COMERCIANTE CONVERTIDO EN BURRO.
Nicolás Fuenzalida, de 70 años, guardián de la Biblioteca Nacional, me
contó, en 1920, en presencia de varios empleados de la misma Biblioteca,
que siendo joven de unos veinte años, había sido mozo de un rico
comerciante que recorría todo el Sur con una recua de mulas cargadas de
mercaderías, y él era uno de los diez o más hombres que lo acompañaban
para el servicio y resguardarlo de los bandidos que en aquel tiempo
infestaban los caminos; y que una vez que iban de viaje, se alojaron en
casa de un campesino acomodado que tenía varias hijas muy hermosas.
Comieron bien y se fueron a dormir, el patrón solo, en una pieza cómoda
y bien amueblada, y ellos, en el pajar, cuidando de las bestias. Debían
continuar el viaje al día siguiente, pero el comerciante no apareció,
sin embargo de que nadie lo había visto salir. Esperaron tres días y
como el comerciante no pareciera, dieron aviso al Subdelegado, que,
mientras tanto, se hizo cargo de las mulas y de las cargas.
Fuenzalida y los demás mozos se fueron cada uno por su lado.
Pasados algunos años, Fuenzalida se encontró en Santiago con su antiguo
patrón y le preguntó qué le había sucedido en aquella ocasión. El
comerciante le contó que el campesino dueño de la casa en que alojaron,
lo había sorprendido a media noche con la menor de las niñas y, en
venganza, lo había convertido en burro, porque era brujo; que lo había
tenido así seis meses haciéndolo trabajar hasta dejarlo rendido, y todas
las noches, antes de irse a acostar, le propinaba una paliza que lo
dejaba todo derrengado; que pasados los seis meses, le había
dicho:--“Creo que ya estás bien castigado de la falta de lealtad con que
pagaste la hospitalidad que te di; pero si quieres volver a ser hombre,
tendrás que firmarme una escritura por la que conste que te he comprado
y pagado las mulas y mercaderías que todavía están en poder del
Subdelegado, y entregues 10,000 pesos a mi hija, como dote; si no,
seguirás siendo burro toda tu vida”. No tuve más remedio que aceptar,
pues, de haberme negado, todavía sería burro y estaría viviendo a razón
de hambre y yéndome a dormir previa una formidable paliza cada noche.
28. EL CABALLERO QUE QUISO APRENDER A BRUJO.
(Referido por D. Francisco 2.º Vásquez.)
Un caballero fue a visitar a un amigo y se quedó a tomar once. Servido
el té, el amigo tomó una bandeja, se fué al rincón de la sala y se puso
a decir:--“¡Vengan galletas! ¡vengan tostadas!” y aunque repitió estas
frases varias veces, la bandeja continuaba vacía. Entonces salió al
patio, y el caballero, desde donde estaba sentado, lo veía mover los
labios como si murmurase unas palabras. Después de lo cual entró y se
dirigió nuevamente al rincón con la bandeja y comenzó a repetir las
mismas frases:--“¡Vengan galletas! ¡vengan tostadas!”, y la bandeja, en
un instante se cubrió de galletas y tostadas riquísimas; pero muchas de
las visitas que había en la casa no quisieron ni siquiera probarlas, por
temor de que les ocurriera alguna desgracia.
Cuando se retiraron las visitas, el caballero le dijo a su
amigo:--“Quisiera que me enseñaras la manera de conseguir los alimentos
que pida”.--“No sólo los alimentos--contestó el amigo--sino todo lo que
uno desee. Ven mañana, en la noche, y te enseñaré”. Volvió el caballero
al otro día, ya oscuro, y el amigo lo llevó a una pieza apartada de la
casa y ahí los dos se desnudaron completamente. El caballero tenía
colgado al cuello un _detente_; el amigo le ordenó que se lo sacara y lo
tirara afuera por una ventana, lo que hizo el otro. Esperaron las 12 de
la noche y se fueron a un cerro cercano y cuando estuvieron arriba, el
amigo balbuceó unas palabras que el caballero no entendió e
inmediatamente se vieron rodeados de multitud de animales feroces y
alimañas horribles. El amigo se puso a acariciar a un culebrón, que se
le enrolló en el cuello, y le dijo al caballero:--“Toma tú el animal que
más te guste”. El caballero tiritaba de miedo y dijo a su amigo que
mejor no le enseñara el arte de ser brujo porque jamás se atrevería a
ejercitarlo. Entonces el amigo murmuró unas cuantas palabras y el
caballero se encontró vestido en la puerta de su casa.
29. EL ZAPATERO QUE SE VOLVIA GALLO.
Siendo yo empleado de la Administración principal de Correos de Santiago
(1888), desempeñaba el puesto de Oficial 2.º de la misma Administración
don Francisco Muñoz Donoso, hermano del canónigo y famoso orador sagrado
don Esteban Muñoz Donoso, en cuya compañía, y en la de toda su familia,
vivía en la calle de Santa Rosa.
Un día que varios empleados de la oficina hablábamos de los tipos raros
de Santiago, Muñoz Donoso nos refirió la curiosa historia de un zapatero
que contaba haberse vuelto gallo, y habiendo yo manifestado deseos de
oir de boca del mismo zapatero protagonista tan peregrina relación, me
llevó a casa del zapatero, que también vivía en la calle de Santa Rosa.
El zapatero era un hombre entrado en años, de gesto alegre y de rostro
simpático, a pesar de faltarle un ojo, cuyos párpados se hundían dentro
de la cuenca.
Sabedor del objeto de mi visita y a la vista de dos chauchas que
deposité sobre su mesa de trabajo, desató la sinhueso, y se lanzó a
contarme aquella historia:
“Vivía en esta misma calle, cerca de mi casa, señor, un caballero rico
que había perdido su fortuna en las peleas de gallo, a que era
extremadamente aficionado. Un día que este caballero me trajo unos
zapatos para que se los remendara, se puso a departir conmigo y a
quejarse de su mala suerte: ya no le quedaban más de 200 pesos de los
muchos miles que había tenido y pensaba jugarlos el domingo próximo
apostando a un famoso gallo inglés que debían llevar ese día a la
cancha. Yo le dije:--Antes de ir a la cancha, pase, señor, por mi
cuarto, yo dejaré la puerta junta para que entre, y en mi mesita de
trabajo encontrará una jaula con un buen gallo de pelea; llévelo y
apueste cuanto pueda a ese gallo y esté seguro de que ganará. A la
vuelta pasa a dejar la jaula donde la encontró, y, al lado, cinco pesos
por cada apuesta que gane.
“Llegó el domingo, y yo, señor, que entonces practicaba el arte, me
volví gallo y me metí adentro de la jaula. Pasó el caballero, me llevó a
la cancha, y despaché con toda facilidad cuatro o cinco gallos, incluso
el famoso gallo inglés.
“En cuanto, de vuelta, me dejó en la mesa y se fué el caballero, salí de
la jaula y me volví hombre y encontré en el sitio convenido más de cien
pesos.
“Al otro día me dijo el patrón que había ganado como 5,000 pesos y
quedamos en que el domingo volvería a buscar el gallo. Me volvió a
llevar, y como en la vez anterior, maté todos los gallos que me pusieron
al frente, y así siguió sucediendo por más de un mes, el caballero
llenándose de plata y yo ganando cada domingo entre ciento y ciento
cincuenta pesos, de suerte que, como estaba en la pura boya, ya ni
siquiera trabajaba. Señor, todo el mundo me agarró miedo y ya no querían
apostar en mi contra, porque todos se estaban arruinando. Pero sucedió
que una vez, al dar fin a la pelea, un hombre flaco y muy feo, que por
primera vez se le veía en la cancha, desafió a mi patrón para el domingo
siguiente, diciéndole que él llevaría un gallo que valía más que el de
mi patrón y que desde luego le apostaba 20,000 pesos.--“Convenido, le
dijo mi patrón”, y tomando la jaula, la dejó en mi pieza con la parte de
ganancia que me correspondía. Yo, señor, si le he de decir verdad,
cuando oí el desafío de aquel hombre tan feazo, me dió un poquito de
susto, pero, cuando llegó el domingo, para criar valor, porque el susto
me duraba, tomé un buen trago de aguardiente, me volví gallo y me metí
en la jaula. Cuando llegamos a la cancha, ya estaba ahí el hombre flaco,
con un gallo macizo, señor, un gallo que era gigante entre los gallos, y
renovó su apuesta. Fueron a los 20,000 pesos y nos pusieron a mí y a mi
contrario frente a frente.
“Señor, la pelea fué tremenda. Al ver a aquel gallazo tan grande se me
picó el amor propio y me hirvió la sangre.--“¡Clo, clo, clo!--dijo mi
enemigo después de un buen rato de pelea en que no habíamos hecho más
que arrancarnos las plumas, y me lanza tan feroz estacazo en el ojo
derecho que me lo vació por completo y casi perdí el conocimiento; pero
me sostuvo la rabia y el aguardiente que había tomado, y me le fuí a la
carga con todo denuedo; él se defendía también valerosamente, y el
espectáculo presentaba tantos atractivos que los jugadores curiosos ni
respiraban siquiera. Yo estaba, señor, ciego de la rabia de haber
quedado tuerto, y criaba más valor al oir que todos apostaban contra
mí.--“Van 20,000 pesos más”, gritaba el hombre flaco.--“Van 20,000 más”,
contestaba mi patrón. Creo que entre todos los jugadores apostarían más
de 100,000 pesos a favor del otro gallo. El caso es que de tanto pelear
estábamos los dos contendientes bien cansados, pero yo veía que el otro
estaba más gastado que yo; y picotazo va y picotazo viene, y un
espolonazo chingado y otro que se perdía en el aire, pillé a mi enemigo
en un descuido y... ¡Clo, clo, clo, clo!... con todas las fuerzas que me
quedaban, le atravesé con la espuela la cabeza y lo dejé tendido,
muerto. Señor, no se oían mas que las maldiciones de los perdidos, que
eran casi todos los que ahí estaban, y la voz del patrón que contaba la
plata que recibía y se embolsicaba muy placentero.
“El patrón me dejó al lado de la jaula $5,000, y al otro día, al verme
tuerto, me preguntó qué me había pasado. Sólo entonces le conté que era
yo el que peleaba convertido en gallo, y le dije que ya no pensaba
volverme gallo nunca más. Creo, señor, le agregué, que el gallo que maté
era un hombre como yo, y quién sabe si era el Diablo el que lo llevaba.
“El caballero me dijo que como ya había rehecho su fortuna, pensaba no
jugar más y así lo hizo. Pero yo, señor, que era joven, que no olvidaba
que tantas veces había sido gallo y que me gustaba divertirme, remolí
toda la plata, y cuando me quedé sin cobre volví a trabajar en mi
antiguo oficio de zapatero.
“Señor, la plata que ganan los brujos no aprovecha, se vuelve sal y
agua”.
30. LA ROSA DE LAS MONJAS CLARAS.