Este era un huaso rico que tenía tres hijos de muy escasa inteligencia,

y el padre quería que aprendieran a hablar como la gente educada. Dióles

dinero y les ordenó que salieran a conocer mundo, se fijaran cómo

hablaban las personas decentes y no volvieran hasta que no se

encontraran capaces de conversar como los caballeros.

Salieron los tres hermanos y en un restaurant en que entraron a comer se

sentaron cerca de una mesa en que había unos señores que jugaban al

dominó.

Al mayor de los tontos le gustó mucho la frase _Nosotros hemos sido_,

que dijo uno de los jugadores contestando a un curioso que preguntaba

quiénes habían ganado la partida; y se llevó repitiéndola hasta que se

le quedó impresa en la memoria. Al segundo le llamó la atención lo que

dijo otro de los jugadores a quien uno de los mirones interrogó por qué

jugaba, y respondió _Por ganar dinero_, y se estuvo dale que dale con la

frasecita, hasta que le pareció que no se le olvidaría. Y al tercero, lo

que más le gustó fué la expresión _Por muy justa causa_, que lanzó otro

de los circunstantes, y que la dijo no menos de cien veces en su

interior, hasta que se le quedó perfectamente grabada.

Y sucedió que cuando se volvían a su casa, muy contentos de las hermosas

palabras que habían aprendido, al atravesar un campo por donde tenían

que pasar, tropezaron con el cadáver de un hombre que acababa de ser

asesinado y de cuyas heridas manaba sangre en abundancia.

Se quedaron los tres hermanos asustados, con la boca abierta,

contemplando al muerto, y así estaban cuando llega un guardián de a

caballo y les pregunta:

--¿Quién ha asesinado a este hombre?

--Nosotros hemos sido--contesta el mayor.

--¿Y por qué le dieron muerte?

--Por ganar dinero--responde el segundo.

--Entonces van presos los tres--dice el guardián.

--Por muy justa causa--contesta el tonto menor.

Y fueron conducidos a la presencia del juez, quien, por suerte para

ellos, les conocía y sabía que eran tontos de nacimiento, que si no, los

manda fusilar.

30. LAS TRES GANGOSAS

(Contado por el niño Alfonso González, natural de Santiago, de 12 años,

en 1912.)

Para saber y contar hay que escuchar y aprender. Esta era una señora que

tenía tres hijas buenasmozonas, pero gangosas, que habían logrado

hacerse querer de tres jóvenes, con los cuales se entendían por medio de

señas y de cartas, porque la madre les había prohibido que hablaran con

ellos, para que no les conocieran el defecto que tenían.

Un día tuvo que salir la señora y les ordenó a las niñas que por nada de

este mundo hablaran con sus pretendientes; y encargó a la mayor el

cuidado de las ollas que quedaban al fuego, que no se subieran.

Los jóvenes, que vieron salir a la señora, deseosos de conversar con las

niñas, en cuanto se perdió de vista se colaron a la casa, y las niñas no

tuvieron más remedio que salir al salón a atenderlos; pero ninguna

hablaba, por más que los jóvenes les hacían mil preguntas.

De pronto se oyó un ruido como si un líquido se derramara en el fuego; y

entonces la segunda, hablando más por las narices que por la boca, dijo

a la mayor:

--Hegmana, vaya a veg las ollas que paguese que se han subido.

Y la interpelada contestó:

--De vegas, hegmanita, se me había ogvidado el encago de la mamá.

Y pregunta la segunda:

--¿No digo la mamá que no hablágamos?

--¡De vegas! qué memoguia la mía Pog Dios! y tú también hablaste!

--Pego yo no he dicho nada--dijo la menor;--con ustedes se va a enogag

la mamá y les va a pegag.

Al oir gangosear a sus prendas, los visitantes tomaron su sombrero y sin

despedirse siquiera, salieron presurosos de la casa.

Poco después volvió la madre, y al imponerse de lo que había sucedido,

les aplicó a las tres una buena felpa, y mientras les pegaba, les decía:

--¡Tomen, tontas gangosas! tomen Cuando ya me iba a deshacer de ustedes,

todo lo echaron a perder.

31. EL CAPON ASADO

(Me lo refirió el joven D. A. Freire, de Santiago, en 1911.)

Un caballero salió a dar un paseo a caballo por las afueras de la ciudad

y le encargó a la cocinera que a su regreso le tuviera un capón asado.

Chepa (Josefa se llamaba la sirvienta) bajó al corral y cogió el más

gordo de los capones que en él se criaban, y se puso a asarlo. El

apetitoso olor que despedía el ave puesta al fuego tentó a la Pepa, que,

no pudiendo resistir sus deseos, se comió un tuto. Cuando, en la tarde

llegó el caballero, la Pepa le sirvió el capón en un azafate, adornado

con ramas de apio, perejil y otras verduras, que ocultaban lindamente

la falta de la presa que la cocinera se había manducado; y el patrón

comenzó inmediatamente a hacer funcionar las mandíbulas, empezando por

la pechuga; sólo al fin vino a darse cuenta de que al ave le faltaba una

pata.

--¿Que es esto, Chepa?--preguntó a su servidora;--¿desde cuándo los

capones tienen una pata solamente?

--Desde que existen, pues, señor; siempre no han tenido más que una.

--¿Cómo es eso? Yo creía que tenían dos, como todas las aves.

--Vamos al gallinero, patrón, y se convencerá de que los gallos, capones

o no, y las gallinas no tienen sino una pata.

--Vamos a ver esa maravilla.

Fueron al gallinero, y como ya se había puesto el sol y las gallinas

dormían, vieron que todas descansaban en una sola pata, como acostumbran

cuando duermen, manteniendo la otra encogida y oculta entre las plumas.

--¿No ve, patrón, como no tienen más que una pata?

--Eso lo vamos a ver--contestó el caballero, espantando las aves, que

bajaron de sus dormideros y echaron a correr despavoridas.--¿Ves como

tienen dos patas?

--¡Qué gracia!--contestó la Chepa--¿y por qué no espantó también al

capón antes de comérselo?

El caballero no pudo menos que reírse a carcajadas y declararse vencido.

32. EL VENDEDOR DE COQUITOS

Un vendedor de coquitos tenía la costumbre, en vez de pregonar su

mercadería, de hacerla sonar moviendo repetidas veces, de arriba abajo,

el canasto que la contenía.

Se le acerca un gabacho que no habla castellano ni conoce los coquitos,

y pregunta:

--Comment s’apelle--ça?

--Si no se pelan, ñor, se parten.

--Comment?

--¡Con la mano! No, iñor, con pieira.

--Je ne comprend pas.

--Y si no habís de comprar ¿pa qué preguntay, gringo tal por cual?

33. EL VENDEDOR DE PEQUENES

(Variante del anterior).

Un francés recién llegado a Santiago, que no habla español, se acerca a

un pequenero y le pregunta, mostrándole los pequenes:

--Ces sont des gateaux?

--¡De gato! De purita carne de cordero, iñor! ¿qué si ha figurao usté?

--Qu’est ce que ce que ça?

--¿Asáas? Clarito, pus, ñor, y recién sacaítas del horno qui están!

--Je ne comprend pas.

--No comprís, pus, gringo leso; pa lo que se me da; ¡cuando la gente se

las pelotea y en un dos por tres se las acaba!

34. EL CUENTO DE LOS TRES DIFUNTOS

Encontraron una vez a tres hombres asesinados, que parecían extranjeros.

Para identificar sus personas, no encontraron sobre ellos señal alguna;

pero al hacerles la autopsia, descubrieron en los intestinos de uno un

tallarín, de lo cual dedujeron que era italiano; en los del otro

descubrieron un poroto, y se tuvo por signo evidente de que era chileno;

en los del tercero no encontraron nada, pero por el habla vinieron a

comprender que era alemán.

35. EL SACRISTAN QUE HABLA A LOS FIELES.

(Contado por la Srta. Elisa Echeverría L., de Santiago, en 1914).

Un día Domingo amaneció mal de salud el Cura de una parroquia de campo,

y encargó al Sacristán que a la hora conveniente dijera al pueblo que el

señor Cura no podía decir misa por estar enfermo, pero que era bueno que

rezaran el rosario; que el Jueves era vigilia porque el Viernes era San

Simón y San Judas; y que Pedro Martínez y María Jiménez iban a contraer

matrimonio y que si había algún impedimento, pasaran a avisárselo.

Llegada la hora de la misa, el Sacristán se presentó en el presbiterio y

volviéndose al público dijo:

“El señor Cura está enfermo, pero con la Rosario se pone bueno; el

Jueves es Viernes, vigilia de Pedro Martínez y María Jiménez; San Simón

y San Judas van a contraer matrimonio, si hay algún impedimento, que se

presenten a avisarlo”.

Con la falta de costumbre de hablar en presencia de tanta gente, al

pobre Sacristán se le trastrocaron las ideas.

36. POR QUE EL JOTE TIENE LA CABEZA Y EL COGOTE SIN PLUMAS.

(Este cuentecillo y los que siguen, hasta el Núm. 40, me fueron contados

en Peñaflor, en 1922, por el maestro carpintero Tránsito González).

Unos arrieros llevaban unas cargas de trigo para un pueblo y donde

alojaron les sacaron las cargas y los aparejos a las mulas.

Cuando al otro día se levantaron y fueron a aparejar las bestias, se

encontraron con que los lacillos, las sobrecargas y las amarras habían

desaparecido.

--¿Quién se habrá robado los aperos?--dijo el Capataz.--Sería capaz de

darle un costal de trigo a quien me lo dijera.

Entonces un Burro que estaba pastando por ahí cerca y que había visto en

la noche a una Zorra y a sus Zorritos que se llevaban los lacillos, las

sobrecargas y las amarras, le dijo:

--Un almud de trigo que me pagaran y que me lo dejaran en ese

peladerito, yo les traía los aperos y los ladrones.

Hicieron el trato, y entonces el Burro se fué a la madriguera de la

Zorra y se tendió cerca de la entrada.

Un zorrito salió y al ver al Burro exclamó:

--¡Ay mamita! Dios ha venido a vernos! mire qué causeíto nos ha dejado

aquí!

Salió la Zorra y gritó a los zorritos:

--¡Vengan, niños!, traigan los lacillos, las sobrecargas y las amarras

para amarrar a este Burro y arrastrarlo para adentro. Vamos a tener

comida para una semana por lo menos.

Amarraron al Burro de todas partes y se pusieron a hacer fuerzas para

arrastrarlo, pero los lazos se les resbalaban de las manos. Entonces

dijo la Zorra:

--Amarrémonos todos nosotros de los lacillos, de las sobrecargas y de

las amarras y lo arrastraremos mejor.

Así lo hicieron, y el Burro, al verlos amarrados, se levantó y arrastró

con todos ellos y se los llevó a los arrieros.

Le dejaron el almud de trigo convenido, en el peladerito que el Burro

había dicho, pero como tenía mucho polvillo, se le ocurrió al Burro lo

siguiente para limpiarlo. Se tendió en el suelo con el trasero vuelto a

donde estaba el trigo, y otra vez se hizo el muerto. Un Jote que andaba

revoloteando por ahí, bajó, y como lo primero que hacen estos pájaros es

comerse la tripa gorda, el Burro, que lo sabía, pujó con todas sus

fuerzas y sacó parte del estantino, y entonces el Jote le dió un

picotazo en esa parte e inmediatamente el Burro frunció el orificio y

junto con el estantino entraron la cabeza y el cogote del Jote. El Jote,

por zafarse, movía las alas como un diablo y con el viento que echaba

lanzó lejos todo el polvillo y dejó el trigo completamente limpio.

Entonces soltó al Jote, que al salir se encontró con la cabeza y el

cogote pelados. Con el calor que los burros tienen adentro se le

desprendieron las plumas, y desde entonces los jotes tienen la cabeza y

el cogote pelados.[H]

37. LAS TRES MENTIRAS.

Un campesino, al morir, dejó por toda herencia a los tres hijos que

tenía la cantidad de trescientos pesos. Los dos mayores, que eran muy

ambiciosos, querían adueñarse de toda la cantidad; y a fin de que uno

solo se quedara con ella, propusieron al menor dejar enterrada la plata

y salir a rodar tierras por un año, y entregarla al que, al volver,

contara la mentira más grande. Aceptó la proposición el menor, y

salieron. Al año justo se juntaron los tres en el mismo punto en que se

habían apartado, que era donde habían enterrado el dinero, y después de

abrazarse, comenzó el mayor:

--Yo, hermanitos, he trabajado durante todo el año de chacarero, y una

vez planté una mata de garbanzos que creció tanto, tanto, que llegó

hasta el cielo.

--¡Grandaza está la mentira!--dijeron los otros dos.

--Ahora diga la suya, hermano--dijo el mayor al segundo.

--Yo--dijo éste--estuve trabajando en una hilandería, y torcí en una

ocasión un hilo tan largo, tan largo, que mientras yo lo tenía de una

punta la otra llegaba al cielo.

--Bien regrande la mentira--dijeron los otros dos.--A usted, hermanito,

le toca decir la suya.

--Yo--dijo el menor--no trabajé en nada fijo, sino en lo que me tocaba;

yo a todo le hacía. Una noche que venía por un camino muy solo, me puse

a torcer un cigarrito, y cuando lo fuí a encender, me encontré con que

no tenía fósforos, y mientras tanto, ya me moría de ganas de fumar. ¿Qué

hice entonces? Divisé una luz en la Luna y subí hasta ella a encender mi

cigarro.

--¿Y por dónde subiste?

--Por el hilo que tú torciste.

--¿Y por donde bajaste?

--Por el garbanzo que tú plantaste.

Los trescientos pesos le correspondieron al menor, que era el menos

ambicioso y que ni siquiera se había preocupado en todo el año de urdir

su mentira.

38. EL PEQUEN Y EL SAPO.

Estaba un Sapito arriero tomando el sol, cuando un Pequén, que lo divisó

desde lo alto, bajó y se le puso al lado, sin darle tiempo para saltar

al agua.

Los sapos, como los burros, tienen fama de ser torpes, pero es un error,

porque son habilosazos y tienen muy buenas ocurrencias.

Vean, si no, lo que se le ocurrió al Sapo.

Al ver el peligro en que se hallaba, no se cortó; al contrario, saludó

muy políticamente al Pequén y le dijo:

--Buenos días, señor Pequén, ¿cómo está su salud y la de sus oficiales

y soldados? porque, seguramente, usted por lo menos es general. Yo tengo

muy buen ojo y estoy cierto de no equivocarme al decirle que debe ser

general,... si acaso no es el Presidente.

El Pequén dijo para sí:

--¡Qué sapito tan dije y tan bien educado!--y en voz alta:--Estamos

todos bien, sapito lindo. ¿Y qué se te ofrece a ti?

--Nada más que no me coma, señor General; siendo usted una persona tan

digna, espero que no tratará de comerse a este pobre Sapo, contimás que

hay aquí tantísimos ratones a su disposición y su carne es tan ricaza.

--¡Qué sapito tan bien hablado!--pensaba el Pequén para sus adentros,

¿me lo comeré o no me lo comeré? tengo tantísima hambre.--Y hablando

fuerte, le dijo: Veremos, sapito, si te como o no te como.

Y en esto el Pequén bostezó y cerró los ojos, y el Sapo que no despegaba

los suyos de los de su enemigo, en cuanto lo vió pestañear se echó al

agua y le gritó al Pequén:

--¡Ah, pájaro indino,

saltiaor de caminos,

que andáis, como garrotero,

saltiando a los pasajeros!

Y el Pequén dijo:

--¡En qué hora estaría

que no me comí a esta porquería!

39. EL GUAIRAO Y EL SAPITO.

Pasó volando un Guairao por encima de un estero, y al ver a un Sapito,

bajó para comérselo; pero el Sapito, que lo vió a tiempo, de un salto se

metió al agua. El Guairao, que es medio filósofo, dijo:

--¡Miren lo que son estos lesos!

permiten ahogarse en el estero,

por no pasar por mi guargüero.

40. LOS GUAIRAOS Y EL SAPO.

Iban volando dos Guairaos y divisan a un Sapo que estaba de espaldas con

la guata al sol, tan blanquita, que le brillaba. Dice un Guairao al

otro:

--Hermanito, el que está ahí ¿no es un Sapo?

Y el Sapo, que los oye, le contesta:

--No soy un Sapo;

¿que no vis que soy un trapo?

Entonces el Guairao dijo:

--A trapo que habla,

mi guargüero se lo traga.

Y se lo comió.

II PARTE

MITOS, TRADICIONES, CASOS.

NARRACIONES SUPERSTICIOSAS.

Benditas sean las tradiciones, tanto más respetables cuanto más

pueriles... Ellas nos conservan lo pintoresco, la noción

sentimental de la vida. En el monótono ir y venir de la péndola, en

el caer de las hojas del calendario, en la vulgaridad de los

hechos, esas tradiciones colocan una flor de poesía. De esta

suerte, y mediante ellas, el itinerario es menos aburrido.--(J.

ORTEGA MUNILLA).--_Tenorios, castañas y buñuelos._ (_Diario Hisp.

Americano_, N.º 394, de 24 de Enero de 1918).

MITOS

1. EL CHANCHILLO.

(Referido por D. H. Iribarren Charlín, de 17 años. 8 de Julio de 1911.)

El Chanchillo es un pescado de las playas de Coquimbo, de metro y medio

de largo por 0.70 de diámetro en su parte más gruesa.

Es tradicional en la costa de la provincia de Coquimbo la buena amistad

que existe entre el Chanchillo y el hombre. Cuando un pescador ha caído

al agua, porque la tempestad haya hecho zozobrar la barca, o por

cualquier otro motivo, si hay cerca un Chanchillo, toma al hombre sobre

su lomo y lo va a dejar a la playa, en un lugar en que esté libre de

todo peligro. De aquí proviene el cariño que el pescador siente por el

Chanchillo, y por lo cual, siempre que lo divisa, lo saluda con los

nombres más dulces. Es común oir contar a los pescadores que un

Chanchillo libró de la muerte a sus padres o abuelos.

Si un Chanchillo es cogido en las redes y muere antes de que el pescador

pueda librarlo, el hecho produce verdadera consternación en la población

pescadora, que, presa de un miedo supersticioso, pasa dos o tres días

sumida en la tristeza.

2. EL CHUMACO.

(Información que en 1921 me suministró el cirujano dentista D. Roberto

Sundt, natural de la provincia de Coquimbo.)

Personaje legendario con quien se atemoriza a las mujeres en los campos

y pueblos situados a ambas márgenes del Choapa, cerca de su

desembocadura, advirtiéndoles que se cuiden de él, que no las vaya a

destripar.

Posiblemente _El Chumaco_ fué el sobrenombre de un bandido sátiro que a

principios del siglo pasado estableciera en aquellos parajes el campo de

sus fechorías.

3. LA CALCHONA.

(Contado por el niño D. Ramón Fernández G., estudiante, de 14 años.

Santiago, 1911.)

Un hombre, ignorando la condición de su novia, se casó con una bruja.

Por ciertos hechos que ocurrieron más tarde, entró en malicia, y desde

entonces la acechaba, sin que ella lo notara; hasta que una vez, en la

noche, la vió desnudarse; sacarse los ojos, que dejaba en un plato con

agua; untarse el cuerpo con un ungüento negro; envolverse en un cuero de

oveja, y salir al campo, donde se unió a muchas otras ovejas: y en

cuanto se juntó con ellas, vió que todas emprendían desenfrenada

carrera, y las perdió de vista en un instante.

El marido tornó inmediatamente a su casa y tomando los ojos que su mujer

había dejado en el plato, y el ungüento, los arrojó a una acequia muy

correntosa.

Cuando la mujer volvió, no pudiendo encontrar ni los ojos ni el

ungüento, siguió convertida en oveja, y desde entonces se la ve correr

por la orilla del río y de los tajamares. Los muchachos le han puesto el

nombre de Calchona, por tener grandes mechones de lana en las

extremidades de sus patas.

4. OTRA VERSION.

(Del joven estudiante D. Francisco Vásquez, de 15 años, de Santiago.)

En la Chimba de Santiago vivía, hace mucho tiempo, una bruja casada con

un zapatero, al cual le daba todas las noches un licor para hacerlo

dormir. En cuanto el zapatero comenzaba a roncar, la bruja le echaba

unto a sus niñitos, que se convertían en zorros, y en seguida se untaba

ella, y transformada en cabra, salía a merodear.

Un día tuvo que ausentarse el zapatero y no volvió sino ya muy entrada

la noche. Se quedó todo sorprendido de no encontrar a su mujer ni a sus

niños; pero en un rincón vió cinco zorritos.--¿Qué es esto? dijo el

zapatero. Y uno de los zorritos contestó.--Mi mamita salió, pero antes

nos echó de los untos que hay en esas cajas y nos volvió zorros y

después se echó ella de los mismos untos y se volvió cabra, y salió.

Tomó el zapatero del unto y les echó a los zorritos, que se volvieron

niños otra vez, sacó el unto de las cajas y lo arrojó a la acequia, que

llevaba mucha agua, y tiró a la calle las cajas con el poco unto que iba

pegado a ellas.

Al amanecer llegó la cabra y sólo halló las cajas vacías, con un poco de

unto pegado; lo sacó y se lo echó en la cara, y no le alcanzó para más.

Por eso anda todavía de noche, en figura de cabra con cara y manos de

gente.

5. OTRA VERSION.

En una casa de campo vivía un matrimonio joven, con dos hijos pequeños.

La mujer era bruja y los jueves en la noche, mientras su marido dormía

profundamente, gracias a un narcótico que le suministraba con el vino,

en la comida, se trasladaba al aquelarre transformada en oveja. El

marido, sospechoso de que algo pasaba, esperó una vez que su mujer se

levantara de la mesa para traer un guiso de la cocina, y arrojó al

patio el vino con el narcótico. Cuando la mujer volvió, fingió que

acababa de bebérselo. Fueron a acostarse, pero el marido, en lugar de

dormir, atisbaba cuidadosamente a su mujer. Pero antes de media noche se

levantó ella, y el marido la vió desnudarse por completo, untarse el

cuerpo con un ungüento que extraía de un pequeño pote de loza y a la

media noche salir de la casa convertida en oveja. El hombre esperó un

rato, se levantó, ensilló su caballo, guardó en sus bolsillos cuanto

dinero encontró, y tomando a los niños, montó en su cabalgadura y partió

a la carrera, pero no sin incendiar antes la casa, que el fuego consumió

en pocos momentos con todo lo que contenía, incluso el pote de unto.

Cuando la oveja volvió, no halló sino un montón de ruinas, y como había

desaparecido el unto, no pudo tornar a su forma primitiva y tuvo que

seguir viviendo transformada en oveja. Esta es la Calchona, que en todas

partes se introduce, balando tristemente, en busca de sus hijos.

Los campesinos, que saben que es una mujer que purga sus pecados, la

dejan transitar libremente y le dan leche y las sobras de sus comidas.

6. LA VIUDA

(Me lo contó el joven estudiante D. Carlos Puccio, de Molina y 17 años

de edad, en 1911.)

Cuando construían el hospital de Molina, a los que pasaban cerca de él a

las 12 de la noche, les salía una mujer vestida de negro (a los que iban

a caballo se les montaba al anca), y del susto, perdían el conocimiento.

Entonces la mujer les robaba todo lo que llevaban.

7. LA MUJER LARGA.

Del Cementerio de Paredones (provincia de Curicó, departamento de

Vichuquén), sale a las 12 de la noche una mujer muy larga. Cuando

alguien se le acerca, se achica y le crujen las enaguas. Al primer canto

del gallo, vuelve a su sepultura.

8. EL PIGUCHEN.

(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)

El Piguchén es un culebrón muy viejo, más o menos de medio metro de

largo, cubierto de cerdas; es de color negro y tiene alas. Vive en la

cordillera, pero, volando, llega de noche hasta San Bernardo y Santiago

y le chupa la sangre al ganado. Se esconde en el día, en el hueco de los

árboles viejos y se conoce su presencia porque los troncos están

chorreados de la sangre que vomita. No se le puede coger porque es muy

venenoso, tanto que basta que sus cerdas toquen la piel de un hombre,

para que éste caiga muerto. Para matarlo, cubren el árbol en que está

escondido con una tela fuerte, para que no pueda huir, y en seguida le

prenden fuego al árbol.

Para ahuyentarlo e impedir que haga daño al ganado, basta hacer sonar un

cuerno de buey; el sonido ronco que produce este instrumento le causa

pavor y se va a otra parte.

No embiste contra el hombre sino en caso de verse atacado por él.

9. LA CUCA.

(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)

Una señora anciana que vivía en la Cordillera, contó a la abuelita del

niño Vásquez, que me hizo ésta y muchas otras relaciones, que aparecía

en la Cordillera un monstruo, mitad mujer, mitad vaca, que andaba

siempre con la cabeza tapada, de manera que no se le veía el rostro. La

llamaban _La Cuca_. Penetraba a las casas, sacaba de sus camas a las

personas que dormían y las dejaba en otro sitio distante, sin causarles

ningún daño.

10. EL CABRO VIEJO.

(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)

En la Cordillera vive un ser mitad hombre (un viejo barbudo) y mitad

cabro. Sale por las noches solamente, y si alguna persona pasa cerca de

donde él está, la llama por su nombre; si le contestan, desaparece

inmediatamente y lo encuentran muy lejos, en la misma Cordillera, sin

cabeza y con el cuerpo destrozado; o va a parar a los Pirineos (_sic_).

Muchos trabajadores del ferrocarril transandino son testigos de lo

primero.

11. EL HOMBRE TIGRE.

(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)

En el camino de los Callejones (en la misma Cordillera, pero no sabe mi

informante en qué provincia), salía un tigre a atacar a los viajeros y

les robaba, los llevaba a la cueva en que vivía y los mataba.

Una vez iba por ese camino un sacerdote acompañado de su mozo, y les

salió el tigre.

El sacerdote se asustó mucho, y al verlo que temblaba de pavor, el mozo

le dijo:--“No se le dé nada, señor”;--y sacándole la montura al caballo,

se revolcó en ella, se volvió tigre y se puso a pelear con el que les

había salido al camino, y lo venció, dejándolo bastante maltratado. El

vencido dijo:--“No me mates, que soy hombre como tú y soy tu amigo”.--El

mozo del cura lo perdonó, y ambos, refregándose en la montura, se

convirtieron en hombres. Entonces el que había salido a atacarlos llevó

al cura y al mozo a la cueva en que vivía y les dió de todo lo que tenía

guardado en ella: espuelas de plata, ropa, sillas de montar, alhajas,

etc. Después de lo cual se despidieron y el cura con su mozo continuó su

camino.

12. EL PERAL ENCANTADO.

Cuentos populares en Chile · 第 15 / 20 段