Las danzantes no cupieron en sí de gozo al ver tan lindamente completado

su canto, y, agradecidas, resolvieron premiar a la persona que había

tenido tan feliz inspiración. Llevado el joven al medio del corro, una

propuso darle un palacio; otra, todo el oro que deseara; la de más allá,

hacerlo rey; pero el jorobadito, que oía la discusión muy complacido,

les dijo:--«Yo me contentaría y me daría por muy feliz con que hicierais

desaparecer mi joroba y me asegurarais lo suficiente para tener un buen

pasar»,--gracias, ambas, que inmediatamente le fueron acordadas.

Al día siguiente nuestro ex-jorobado tropezó en la calle con un amigo

que sufría del mismo mal de que él tan felizmente había sido curado por

las brujas. El amigo se extrañó de verlo tan cambiado y casi no lo

conoció, pues la ausencia de la joroba había convertido al antiguo

corcovado en un real mozo. A la pregunta que le hizo el amigo, a quien

la envidia roía las entrañas, de cómo había ocurrido tal metamorfosis,

el interrogado le refirió la aventura, y el giboso se prometió ir esa

misma noche al sitio en que las brujas se reunían; y así lo hizo,

ocultándose en el mismo matorral desde donde su amigo había presenciado

el baile. Momentos después llegaron las brujas y comenzaron la danza,

cantando:

Lunes y Martes, Miércoles tres,

Jueves y Viernes, Sábado seis.

El segundo jorobado, que también deseaba ver desaparecer su corcova,

imitando lo que su amigo había hecho, quiso agregar algo a los versos

que cantaban las brujas, y cuando por cuarta o quinta vez repetían

Lunes y Martes, Miércoles tres,

Jueves y Viernes, Sábado seis,

muy ufano exclamó:

Domingo siete.

Las brujas detuvieron inmediatamente la danza y unas a otras se miraron

contrariadas.

--¿Quién es el estúpido que ha venido a perturbar nuestro hermoso

canto?--dijo una.

--Busquémoslo--contestó otra.

Y sin gran trabajo encontraron al pobre jorobado, que temblaba de miedo

ante la ira de aquellas mujeres, y lo arrastraron al medio del corro.

--¿Qué castigo daremos a este miserable?--preguntó la que hacía de jefe.

--Que le salgan cuernos y rabo--dijo una.

--Que cuando hable eche sapos y culebras por la boca--repuso otra.

--No--exclamó una tercera,--por su impertinencia merece que le

obsequiemos con una segunda joroba.

--¡Eso es! Eso es!--gritaron todas.

Y a empellones y puntapiés despidieron al giboso, que volvió al pueblo

llevando sobre sí dos hermosas corcovas: una sobre el pecho y otra sobre

la espalda.

26. LA LORITA ENCANTADA

(Se lo contó, en 1909, Petronila Riquelme, de 56 años, natural de

Chimbarongo, a don Luis Thayer Ojeda, quien tuvo la bondad de

obsequiarme la transcripción, hecha por él, en Octubre de 1915.)

Para saber y contar y contar para saber. Esta era una vieja muy pobre

que había criado a un Huacho que se llamaba Manuel, y a quien ocupaba en

cuidar chanchos en el monte.

Un día el Huacho le dijo a la vieja:

--He oído decir que hay un Rey que paga un almud de plata por un año de

trabajo, y yo, mamita, me voy para allá a mejorar suerte.

Salió Manuel y llegó a donde estaba el Rey, que era el castillo de

Flordelís, y estuvo trabajando con toda la peonada durante un año, y a

todos les fueron pagando un almud de plata; pero cuando estaban haciendo

el pago, una Lora que tenía el Rey hablaba tanto, metiéndose en las

cuentas, que el Rey, aburrido, es que dijo:

--El que quiera llevarse esta Lora en lugar del almud de plata, que se

la lleve no más, que soy gustoso.

Y ninguno de los que le oyó quiso llevársela, y entonces Manuel, viendo

que era tan linda, dijo:

--Yo me la llevaré, Su Majestad, por el almud de plata.

Y se volvió el Huacho para su tierra, y en el camino cuidaba mucho a la

Lorita y le daba de comer la mitad de lo que conseguía; pero cuando

llegó a su casa, la vieja es que estuvo muy enojada porque quería plata

y no pájaros y le dió a Manuel una buena paliza y lo mandó al monte a

cuidar los chanchos, y después le pegó a la Lora, que casi la mató.

Entonces la Lora es que dijo:--“Me voy para Flordelís”--y se voló.

Cuando en la tarde volvió el Huacho y supo que la Lorita se había

volado, se apenó tanto que esa misma noche, al amanecer, se fué de la

casa.

Anduvo todo el día sin tomar alimento ni descansar, así es que el hambre

se lo comía y no podía más de cansado.

Se sentó debajo de unos árboles y se quedó dormido.

Al día siguiente lo despertó una gran bulla que formaban tres lindas

niñas, disputando cuál era la mejor. Entonces él se acercó a las niñas y

les preguntó por qué discutían tan acaloradamente; y una vez que le

explicaron el motivo, les dijo:

--Su merced, que es la mayor, es el sol, y en el día ¿qué cosa hay más

bonita que el sol?--Su merced, que es la del medio, es la luna, y en la

noche ¿qué cosa hay más bonita que la luna?--Su merced, que es la menor,

es la guía de la mañana, y al amanecer ¿qué cosa hay más bonita que la

guía de la mañana?--Y se fué.

Con estas cosas que les dijo el Huacho, se quedaron las niñas muy

contentas, y dijeron:

--¿Y con qué le pagamos a este joven que nos puso en concierto y nos

dejó contentas a las tres?

Entonces lo llamaron, y la mayor le dió un anillo que daba todo lo que

se le pedía; la del medio le dió una pluma, que no había más que

ponérsela en el zapato para volar más ligero que el viento; y la menor

le dió un gorro, que bastaba ponérselo para hacerse invisible.

El Huacho les agradeció los regalos y partió nuevamente; y había andado

ya algunas leguas cuando le vino como un desmayo, de lo que no había

comido nada desde la noche antes.

Entonces le dijo al anillo:

--Anillito, dame una mesa bien puesta de un todo, con los manjares más

ricos que haya.

Y entonces se le apareció una mesa llena de los mejores platos y más

ricos vinos, y después que se llenó, se puso a dormir la siesta. A la

tardecita despertó y siguió su camino, hasta que no pudo seguir andando

porque tenía los pies hinchados de tanto que había caminado, y se sentó

a descansar. Y en esto estaba cuando se acordó de repente de su aventura

con las tres niñas y de los regalos que le habían hecho, y dijo:

--Buen dar con lo tonto que soy, pudiendo volar más ligero que el

viento;--y sacó la pluma y se la puso en el zapato.

Había volado una porción y ya comenzaba la noche, cuando se le apareció

un águila inmensa de grande, que le dijo:

--¿Cómo te atreves a volar en mis dominios, vil gusanillo de la tierra?

Entonces el Huacho le contó toda su historia, y una vez que la oyó el

Aguila, que no era otra persona que el mismo Rey de los Pájaros, le

dijo:

La Lorita que andas buscando está en el castillo Flordelís, y apúrate,

porque si no llegas esta misma noche, ya será tarde, por lo que allí va

a pasar.

Se fué el Huacho por el aire, más ligero que el viento, y llegó al

castillo de Flordelís cuando ya todita la gente y hasta el mismo Rey se

habían acostado, y sólo estaba despierto el soldado que estaba de

guardia en la puerta del castillo.

Entonces el Huacho es que le preguntó:

--¿Qué nuevas hay por aquí, señor guardia?

--¿Qué nuevas han de haber? Que mañana se casa la Princesa, que estaba

encantada, y que no era otra que la Lorita que te llevaste en cambio del

almud de plata.

Cuando esto oyó, le entró al Huacho una gran pensión; pero, acordándose

de su gorra, se la puso, y por el aire se entró al cuarto de la

Princesa, que estaba custodiado por siete soldados moros.

Y entonces el Huacho, que no se había sacado la gorra, le dijo a la

Princesa:

--Si eres tú la Lorita que yo me llevé por un almud de plata ¿por qué me

has dejado solo?

Y la Princesa se asustó tanto que se puso a gritar, y vinieron los siete

soldados moros, y el Rey y la Reina a ver lo que pasaba.

El Huacho, como estaba invisible, para que no tropezaran con él se

acurrucó en un rincón, y como los que entraron a la pieza nada vieron ni

a nadie encontraron, se volvieron, el Rey y la Reina a sus cuartos y los

soldados moros a su puesto.

Al rato que todos se fueron, volvió el Huacho a hablar y otra vez la

Princesa gritó que había gente en su pieza, y entraron de nuevo el Rey y

la Reina y los soldados, y como tampoco encontraron a nadie, se enojaron

mucho y se fueron, diciéndole a la Princesa que no fuera a gritar otra

vez, porque no le harían caso a sus gritos. Y salieron.

Esperó el Huacho un momento, y acercándose a la Princesa le dijo que no

tuviera miedo, que él había hecho un viaje tan largazo por el amor tan

grande que le tenía y que de ninguna manera permitiría que fuera a

casarse con un hombre que no la quería como él; y se quitó el gorro.

Entonces la Princesa conoció al Huacho y se tranquilizó, y le contó todo

lo que había pasado y que ella se casaba contra su voluntad y que a

nadie quería sino a él, que había despreciado la plata por ella, y la

había cuidado tanto y hasta había tenido que aguantar los malos tratos

de su madre.

Después de mucho pensar en lo que harían, convinieron que en la comida,

antes del casamiento, la Princesa pidiera la gracia de que cada uno

dijera un discurso y que él vería cómo ella salía bien del paso.

A la mañana siguiente dijo el Huacho al anillo:

--Anillito, dame un traje completo, todo bordado de oro y piedras

preciosas, y yo que me ponga bien buenmozo.

Y así que acabó de hablar, quedó el Huacho hecho un príncipe de bonito y

elegante y la Princesa muy contenta de verlo tan bien plantado. Y

poniéndose el Huacho la pluma en el zapato y el gorro en la cabeza, se

despidió de la Princesa hasta el otro día.

Al día siguiente, el Huacho, bien de mañana, le dijo al anillo:

--Anillito, haz que se me presente aquí un caballo de lo mejor y más

lindo, bien aperado y con los aperos enchapados de oro y plata.

Y en el mismo momento se le puso un lindo caballo blanco por delante y

montado en él dió un paseo por toda la ciudad, y todo el mundo se

quedaba mirándolo con la boca abierta, porque nunca habían visto un

príncipe tan bonito y elegante. Y al acercarse la hora del banquete, se

fué al castillo y cuando el Rey lo vió decía:--“¿qué príncipe tan rico

será éste?” Y él le dijo al Rey que era príncipe que dominaba en el

aire.

Al comenzar el banquete, la Princesa pidió al Rey la gracia de que todos

dijeran un discurso, y concedida que le fué, dijo la Princesa:

--Sacarrial Majestad, ¿qué será de más valor, una corona de oro o una

corona de plata?

El Rey contestó:

--Una corona de oro.

--Yo tenía--dijo la Princesa--dos coronas, una de oro y una de plata.

La de oro se me había perdido y he tenido la suerte de encontrarla; y

como no debo conservar sino una, yo pregunto ¿cuál de las dos debo

guardar?

Todos contestaron:

--La de oro, la de oro; no tiene vuelta.

Entonces la Princesa, tomando a Manuel de la mano lo hizo pararse y

dijo:

--Esta es la corona de oro que yo había perdido y que acabo de

encontrar, y como con ella debo quedarme, con este príncipe me casaré y

él no mas será mi marido.

Todos aplaudieron lo dicho por la Princesa, menos el novio que iba a

casarse con ella y que tuvo que salir todo acholado.

Y así fué que Manuel se casó con la Princesa y fueron muy felices, y

todavía lo serán, si es que están vivos.

Y se acabó el cuento, y se lo llevó el viento y se coló por la puerta de

un convento y los padres que lo oyeron, se quedaron muy contentos.

27. EL DIABLO Y EL CAMPESINO.

El Diablo le propuso a un Campesino trabajar a medias, durante tres

años. El Diablo pondría el terreno y el Campesino la semilla. Terminado

el plazo del contrato, el campesino quedaría dueño del suelo.

Preguntó el hombre:--¿Y cómo haremos la partición?

El Diablo contestó:

--Yo tomaré lo que den las plantas arriba y tú tomarás lo que quede

debajo de la tierra.--Y se fué.

Entonces el Campesino sembró papas, y cuando llegó el tiempo de partirse

la cosecha, el Diablo tuvo que llevarse las matas y dejar las papas al

hombre.

El Diablo se repelaba, y pensó: esta otra vez no me harás leso; y dijo

al hombre:--Este año yo tomaré lo que quede debajo de la tierra y tú

serás dueño de lo que quede encima.

Se fué el Demonio y el Campesino sembró sandías y melones, y cuando el

Diablo vino por la parte que le correspondía y vió que le tocaban puras

raíces, y a su socio lindísimos melones y sandías, se puso a rabiar como

un condenado (_sic_) y se arrancaba las mechas de ira.

El Diablo no se dió por vencido, y después de meditar un rato, dijo al

hombre:--En el próximo año será para mí lo que produzcan las plantas en

la parte de arriba y debajo de la tierra; lo que den en el medio será

para ti.--Y se fué pensando con esto vencer al Campesino.

Pero el hombre, sembró maíz; y cuando el Diablo vino a reclamar su

porción, los choclos correspondieron al Campesino y el Diablo quedó

nuevamente burlado.

--Me la ganaste, rugió el Demonio, tuyo es el campo; pero después nos

veremos la cara.

Mas el hombre se deja vencer del Diablo sólo cuando quiere, porque tiene

inteligencia de sobra para reirse del enemigo malo, como lo demuestra

este cuento.

28. EL LIÓN Y EL HOMBRE{*}

(Narrado en 1888 por el carrilano albañil Pedro Antonio Liberona,

natural de Nancagua, de 55 años de edad, y escrito, según sus recuerdo).

por don Roberto Regifo, en Diciembre de 1921.

Taba el Lión viejo en su cueva, entre los riscos más encumbraos di una

montaña. El Lión hijo, al velo tan respetoso, le icía:

--¿Habrá, paire, en to el mundo uno más guapo que su mercé? (Así

trataban antes los hijos a los paires).

--Sí, hijo,--le contestó el veterano.

--¿Cómo ha e ser eso, paire, cuando yo, que soy su hijo, no le tengo

mieo a naiden ni más respeto que a su mercé?

--No t’engañís, hijo, hay en el mundo un animal muy brao que se la gana

a toos; si nu es por bien, por mal si han de dar; por eso es que yo,

qu’era el rey del mundo, m’hey tenío qu’enriscar entr’estos cerros, por

no dame.

--Con su permiso, paire, écheme la bendición y yu iré a peliar con ese

animal pa quitale el mundo, ¡qué tanto será lo guapo! Empués e su mercé,

¿qui animal será tan grande que yo no me li alime?

--Nu es tan grande, hijo; pero es más ardiloso que toos, y se llama

l’Hombre. Yo no ti aré nunca permiso, mientras viva, pa que vais a

peliar con él.

Quiso que no quiso el Lión joven tuvo que quiase refunfuñando y

afilándose las uñas.

El Lión viejo ’staba enfermo y a poco murió.

Empués de lloralo el Lión joven y dejalo tapao con ramas que salió a

cortar, pensó:--Agora sí que no me queo sin peliar con el Hombre; y

salió cordillera aajo a uscalo.

{*} Esta transcripción, aunque no completamente fonética, se aproxima al

modo de hablar popular lo suficiente para darse cuenta de él. Sin

embargo, debe advertirse que no siempre se han suprimido las eses y

_zetas_, que en numerosos casos no se pronuncian, o suenan como

aspiraciones muy tenues, por carecer la imprenta de los signos

convenientes y no dificultar más la lectura. Lo mismo puede decirse de

la b y de la v, que hay casos en que suenan, pero no con la fuerza que

en el lenguaje que usa en Chile la gente educada.

28. EL LEÓN Y EL HOMBRE

Lo primero qu’encontró en una d’esas vegas que se jorman aentro e los

cajones e la cordillera jué un Caallo flaco.

--¡Bah!--ijo--ese no mi aguanta na. ¿Vos sos el Hombre?--le gritó.

--Yo no soy el Hombre, iñor.

--¿Quién es el Hombre, entonce?

--El Hombre, iñor, tá más p’aajo y es un animal muy malo y muy guapo; a

mí me tiene bien dao, y porque no me le quería ar, me metió unos fierros

en la oca, mi amarró con unos corriones, y con otros fierros clavaores

que se puso en los talones, se me subió encima y mi agarró a pencazos y

puyazos por las costillas, hasta que tuve qui hacer su oluntá y llevalo

p’onde se li antojaba, y dey me largó p’estos rincones, onde casi me

muero di hambre.

--¿Pa qué sos leso? Yo voy a uscar al Hombre a ver si es capaz de ponese

conmigo.

Más abajo, onde ya comienzan los potreros de serranía, vió etrás di una

mangu’e pirca el lomo di un güey, con sus cachos.--Es’es el

Hombre--pensó,--y que bien regrandazas son las uñas que tiene, pero en

la caeza, mientras que yo las tengo en las manos. A ver si es el

Hombre.--Y di un salto apareció encim’e la pirca.--¿Vos sos el

Hombre?--le gritó.

El Güey se puso a tiritar espantao, y sacando la voz como puo, le

contestó:

--Yo no soy el Hombre, iñorcito. El Hombre vive más p’aajo.

--Me querís engañar que no sos vos, porqu’ estay tiritando e cobardía.

¿Y te alimas a peliar conmigo? ¿Pa qué’s ese cuerpo tan regrande y esos

armamentos que tenís en la caeza si no pa ganásela a los que no son

guapos como yo? ¡Pónele al tiro, si querís!

--¡No, iñorcito, por Dios!, si yo no soy peliaor ni guapo; ya ve qu’el

Hombre me tiene bien amansao y que cuando yo’staba más toruno y me le

quise sulevar, m’echó unos lazos, me tiró al suelo y me marcó el pellejo

con un fierro caliente, qu’entuavía m’escuece; ¿no ve, su señoría, aquí,

en las ancas?... y m’hizo otras cosas más, bien repiores, que me dan

vergüenza... Después me puso yugo y m’hizo tirar la carreta a picanazos;

y aquí’stoy, iñor, paeciendo hasta qui al Hombre se li ocurra matame pa

comeme.

--¡Tan regrande y tan... vilote! No servís pa na. Me voy.--Y cortó cerro

aajo en busqu’el Hombre.

Ya iba diisando los planes regaos y al acao di una quebrá vió un humito

y empués el rancho di una posisión d’inquilino, y se jué acercando

espacito a los cercos.

El Perro del inquilino l’olfatió y salió a lairale. El Lión se sentó a

esperalo y pensó:--Este si qui ha e ser el Hombre; bien mi habían dicho

que nu era tan grande; ¡a mí no me la gana este chicoco!; pero es pura

alharaca lo que trae y no se viene al cuerpo.

El Perro le lairaba retiraíto.

--¡A ver, Hombre! callate un poco. ¿Vos sos el Hombre?

--Yo no soy el Hombre; pero mi amo es el Hombre.

--Así m’estaa pareciendo, porque lo que sos vos, no mi aguantay ni la

primera trenzá. And’icile a tu amo que vengo a desafialo, a ver si es

cierto qu’es el más guapo el mundo comu icen.

Cortó el Perro pa la posisión y lueguito vinu el Hombre con una escopeta

cargá.

--¡Bah!--ijo el Lión--qué raro es el Hombre, nu anda con la caeza agachá

como toos nosotros. ¿Cómo comerá? anda echao p’atrás! Bah! yo tamién me

siento en las patas pa peliar con las manos libres ¿qué gran ventaja mi

ha e llevar?... ¿Vos sos el Hombre?--le preuntó cuando lo vió cerca.

--Yo soy el Hombre--le contestó el labrador.

--A peliar contigo vengo pa saer cuál es el más guapo e los dos en el

mundo.

--Güeno--le ijo el Hombre--; pero pa que yo pelee tenís que sacame

rabia; retame primero y empués te contesto yo.

Prencipió el Lión a insultalo de bandío, saltiaor, coarde, lairón,

ausaor, hasta que se cansó e retalo.

--Agora me toca a mí,--ijo el Hombre.--Allá va una mala palaura;--y le

largó un escopetazo y le quiebró una pata.

--¡Ay, ay, aicito!--gritó el Lión;--iñorcito Hombre, no peleo más con

usté,--y arrancó a lo que poía cordillera aentro, a enriscase en las

cumbres, pensando:--Bien icía mi finao taita que no juera a peliar con

el Hombre; si con una mala palaura no más me quiebró una pata ¿qui

habría sío si se me le viene al cuerpo?

Y no bajó nunca más e las montañas, sino a escondías[G].

Estaba el viejo León en su cueva, situada entre lo riscos más

encumbrados de una montaña. El León hijo, al contemplarlo tan

respetable, le dijo:

--¿Habrá, padre, en todo el mundo un ser más valiente que su

merced? (Así trataban antes los hijos a los padres).

--Sí, hijo--le contestó el anciano.

--¿Cómo ha de ser eso, padre, cuando yo, que soy su hijo, no le

tengo miedo a nadie ni respeto mas que a su merced?

--No te engañes, hijo, hay en el mundo un animal muy bravo que

vence a todos; si no es por bien, por mal se han de entregar; por

eso yo, que era el rey del mundo, para no verme vencido, he tenido

que esconderme entre los riscos de estos cerros.

--Echeme la bendición, padre, y con su permiso iré a pelear con ese

animal y lo despojaré del dominio del mundo. ¡No será tan valiente!

Fuera de su merced ¿qué animal habrá tan grande a quien yo no me

atreva a atacar?

--No es tan grande, hijo; pero es más astuto que todos y se llama

el Hombre. Mientras yo viva, jamás te daré permiso para que vayas a

pelear con él.

Quiso que no quiso, el León joven tuvo que quedarse, refunfuñando y

afilándose las uñas.

El León viejo estaba enfermo y poco después murió.

Después de llorarlo el León joven y de dejarlo cubierto con unas

ramas que salió a buscar, pensó:--Ahora sí que no me quedo sin

pelear con el Hombre; y bajó de la cordillera al valle para

buscarlo.

Lo que primeramente encontró en una de las vegas que se forman en

las quebradas de la cordillera, fué a un Caballo flaco.

--¡Bah!--dijo--ese no se atreverá conmigo. ¿Eres tú el Hombre?--le

gritó.

--No soy el Hombre, señor.

--¿Quién es el Hombre, entonces?

--El Hombre, señor, vive más abajo, y es un animal muy malo y muy

valiente; a mí me tiene completamente subyugado, y porque no quería

entregármele, me metió unos hierros en la boca, me ató con

correones, y con unas espuelas muy clavadoras que se colocó en los

talones, se subió encima de mí y comenzó a darme pencazos y a

clavarme las espuelas por los ijares, hasta que tuve que hacer su

voluntad y llevarlo a donde se le antojaba, y en seguida me largó

para estos rincones, en donde casi me muero de hambre.

--Eso te sucede por tonto. Yo voy a buscar al Hombre porque deseo

ver si se encuentra capaz de pelear conmigo.

Más abajo, donde ya comienzan los potreros de serranía, vió detrás

de una cerca de pirca, el lomo de un buey, con sus cuernos.--Este

es el Hombre--pensó,--y qué enormes son las uñas que tiene, pero en

la cabeza, mientras tanto yo tengo las mías en las manos. Veamos si

es el Hombre.--Y de un salto se puso encima de la pirca.--¿Eres tú

el Hombre?--le gritó.

El Buey se puso a temblar, espantado, y sacando la voz como pudo,

le contestó:

--Yo no soy el Hombre, señorcito. El Hombre vive más abajo todavía.

--Quieres hacerme creer que no eres tú y estás temblando de miedo.

Y dime ¿te atreves a combatir conmigo? ¿De qué te sirve ese cuerpo

tan enorme y esas defensas que tienes en la cabeza sino para

triunfar de los que no son valientes como yo? ¡Peleemos

inmediatamente, si te atreves!

--¡No, señorcito, por Dios! Si yo no soy peleador ni valiente! ya

ve que el Hombre me tiene completamente manso, y una vez, cuando yo

era más joven y quise sublevarme, me ató con unos lazos, me echó al

suelo y me marcó la piel con un hierro candente, que todavía me

escuece; ¿no ve, su señoría, la marca, aquí, en las ancas?... y aun

me hizo otras cosas peores, que me avergüenza... Después me enyugó

y me hizo tirar del carro a golpes de picana; y aquí me tiene,

señor, padeciendo, hasta que al Hombre se le ocurra matarme para

comerme.

--¡Tan grande y tan... vil! No sirves para nada. Me voy.--Y siguió

bajando el cerro en busca del Hombre.

Ya divisaba los llanos regados, y al término de una quebrada vió un

humo y después el rancho de una posesión de inquilino, y se acercó

sin hacer ruido a los cercos.

El Perro del inquilino lo olfateó y salió a ladrarle. El León se

sentó a esperarlo y pensó:--Este sí que ha de ser el Hombre; bien

me habían dicho que no era muy grande; ¡a mí no me vence este

enano!; pero todo no es más que bulla y no se atreve a atacarme.

El Perro le ladraba desde lejos.

--¡A ver, Hombre! cállate un poco. ¿Eres tú el Hombre?

--No soy el Hombre; pero mi amo es el Hombre.

--Así me parecía, porque, lo que eres tú, no aguantas ni el primer

ataque. Ve y dile a tu amo que vengo a desafiarlo; deseo ver si es

efectivo lo que dicen, que es el ser más valiente del mundo.

Fué el Perro para la posesión y volvió luego con el Hombre, que

traía una escopeta cargada.

--¡Bah!--dijo el León--qué raro es el Hombre, no lleva la cabeza

baja como nosotros. ¿De qué manera comerá? anda derecho! Bah! yo

también me siento en las patas traseras para pelear con las manos

libres ¿en qué me aventajará?... ¿Eres tú el Hombre?--le preguntó

cuando lo vió cerca.

--Yo soy el Hombre--le contestó el labrador.

--Vengo a pelear contigo para saber cuál de los dos es el más

valiente.

--Bueno, le dijo el Hombre;--pero para que yo pelee tienes que

irritarme; insúltame tú primeramente y después te contesto yo.

Púsose el León a tratarlo de bandido, salteador, cobarde, ladrón,

abusador, hasta que se cansó de insultarlo.

--Ahora me toca a mí--dijo el Hombre.--Allá va una mala palabra; y

disparándole un escopetazo, le quebró una pata.

--¡Ay, ay, aicito!--gritó el León;--señorcito Hombre, no peleo más

con usted,--y huyó como alma que lleva el diablo para el interior

de la cordillera, a ocultarse entre los riscos de la cumbre,

pensando:--Bien decía mi finado padre que no fuera a pelear con el

Hombre; si con una sola mala palabra me quebró una pata, qué habría

sido de mí si se me viene al cuerpo?

Y nunca más bajó de las montañas, sino ocultándose.

29. LOS TRES HERMANOS QUE SALIERON A APRENDER A HABLAR

(Referido por el niño M. I. Oportot, de 12 años, en 1912.)

Cuentos populares en Chile · 第 14 / 20 段