Una nube de tristeza cubrió el rostro de Juan, que no pudo oir sin

profundo dolor las palabras poco amables de su hermano; pero la Sapita,

que parecía leer en el pensamiento de su marido, le dijo al punto:

--Desecha tus penas, hijo; no le hagas juicio a tu hermano; pronto

terminarán nuestros pesares y seremos completamente felices.

Y los burros emprendieron de nuevo su marcha, y no se detuvieron sino un

poco más adelante, en que encontraron a José, a quien se le habían

encabritado los caballos, despedazándole el coche a patadas, una de las

cuales aplastó la hermosa nariz de su mujer y la dejó completamente ñata

para todos los días de su vida. José estaba que no cabía en sí de rabia,

así es que cuando Juan se ofreció para ayudarlo, o si mejor le parecía,

para llevarlos a él y a su esposa en el carretón, se desató en insultos

contra él y la Sapita, a quien llamó asquerosa.

Juan no dijo nada, pero el dolor lo consumía. La Sapita le dijo:--“¿Por

qué está triste? No haga juicio de los denuestos de su hermano; ¿no ve

que son hijos de la desgracia que ha sufrido? Alégrese, que ya falta

poco para que terminen nuestras penas”.--Y para consolarlo le cantó una

de las más bellas canciones que sabía, la que más le gustaba a Juan.

Mientras tanto los burritos seguían su menudo trote y no tardaron en

llegar a orillas de un arroyo que pasaba muy cerca de la ciudad en que

residían los reyes. La Sapita dió un salto y se metió en el agua y en el

mismo instante se convirtió en la más hermosa princesa que jamás vieron

ojos humanos. El Príncipe se arrodilló a sus pies y extasiado le besaba

las manos. La Princesa le dijo:--Príncipe, es preciso que lleguemos hoy

a palacio; vuestros hermanos han comprado nuevos coches y se acercan a

mata caballos. Subamos al nuestro, que por muy despacio que nos lleve,

siempre llegaremos antes que ellos.

Sólo entonces el Príncipe se dió cuenta de nuevos cambios maravillosos:

su traje, completamente nuevo, era de un valor extraordinario; la

anciana señora que les había servido de ama de llaves, era una hermosa

dama elegantemente vestida; los burritos se habían transformado en dos

preciosos caballos ricamente enjaezados; y el carretón se había

convertido en una carroza tan linda que seguramente no se encontraría

otra igual en cocheras reales.

Llegaron a palacio, y los reyes experimentaron la mayor alegría al

volver a ver a su hijo menor y se sintieron deslumbrados ante la

hermosura y elegancia de su nuera y la majestad de la señora que la

acompañaba.

Después de besar y abrazar cariñosamente a Juan y a su esposa, les

pidieron que les contaran sus aventuras.

Refirió el Príncipe cuanto le había pasado desde su salida; y la dama,

cómo una bruja, por odio al Rey su esposo, que quiso arrojarla de sus

estados, con sus malas artes mató al Rey y convirtió a la Princesa en

una sapita, dejándole sólo su hermosa voz y condenándola a vivir en esa

condición hasta un año después que un príncipe consintiera en casarse

con ella; y como hoy se cumplió el año en que el príncipe Juan contrajo

matrimonio con mi hija, la veis transformada en lo que era cuando la

bruja se ensañó contra nosotros.

Terminaba la dama su relato cuando entraron Pedro y José con sus

respectivas consortes, tuerta la del primero, y con la nariz quebrada la

del segundo, y ambas con sus trajes sucios y despedazados, pues no

habían tenido tiempo de comprar otros nuevos, por temor de llegar

atrasados.

Grande fué también el gusto que manifestaron los reyes con la llegada de

sus dos hijos mayores, pero el alma se les fué a los pies al ver la

facha de sus mujeres: ¡la una tuerta y con la mitad del rostro hinchado,

y la otra con la nariz desparramada por toda la cara! ¡El contraste era

grande entre ellas y la mujer de Juan! No había duda: el premio le

correspondía a éste. Pero ¿y si los obsequios que debía traer Juan eran

inferiores a los de Pedro y José? Era necesario verlos para resolver.

Convocaron a los grandes de su Corte para que sirvieran de árbitros, y

ante ellos fueron presentando sus regalos los tres príncipes. Pedro,

como mayor, se acercó el primero y entregó un valioso cofre de cedro

como de media vara, y abierto, sacaron una pieza de tela de seda que

mediría unas veinte varas, muy hermosa, muy fina, con bordados

preciosísimos; de otra caja sacaron un lindo perrito, de una cuarta de

alto, más o menos. Una y otra cosa merecieron ruidosos aplausos, y en

verdad que los merecían.

Siguió José, que abriendo un cofre de plata de las mismas dimensiones

que el entregado por Pedro, sacó otras veinte varas de tela, también de

seda, pero más fina, más rica y más hermosa que la de su hermano. El

perrito era también más lindo, y más chiquitín que el de Pedro. Estos

obsequios valieron a José una salva de aplausos más larga y bulliciosa

que la anterior.

Por último, acercóse Juan, que respetuosamente entregó al Rey una de las

nueces que le había dado la Sapita, y la otra a la Reina, y les rogó las

abrieran. Hiciéronlo sin esfuerzo, pues casi se abrieron por sí solas, y

la Reina sacó de la suya una tela primorosamente tejida, de finísimo

hilo de oro y que medía mil varas de largo, ¡cómo sería de fina que toda

cabía en la cáscara de una nuez! De la que abrió el Rey saltó a la mesa

que estaba frente a los monarcas un perrito tan diminuto, tan bellamente

lindo que causó la admiración de todos los presentes. El perrito se puso

a bailar y en cada vuelta que daba lanzaba perlas y diamantes y toda

clase de piedras preciosas. No son para contar los aplausos con que

fueron recibidos ambos objetos y las aclamaciones y vítores que obtuvo

la declaración del Rey de que Juan, el menor de sus hijos, sería el

heredero del trono.

Y se acabó el cuento y se lo llevó el viento.

24. GALLARIN Y EL GIGANTE.

(Contado en Febrero de 1923 por el maestro carpintero Tránsito González,

de 57 años, residente en Peñaflor.)

Vivían en un pueblo tres hermanos. Los dos mayores, Juan y Pedro, eran

grandes envidiosos; en cambio, Gallarín, el menor, gozaba de la simpatía

de todo el mundo por su bella presencia y sus buenos sentimientos.

Un día se les antojó a los dos primeros salir a rodar tierras y no

querían que el menor los acompañara; pero a fuerza de súplicas consiguió

que lo llevaran.

Anduvieron todo un día, y en la noche llegaron a un castillo en que les

dieron alojamiento.

Este castillo era de un gigante que tenía tres hijas, y como no había en

él sino una cama para cada una de las personas de la casa, acostaron a

cada hermano con una de las hijas del Gigante.

Gallarín se fijó que las niñas dormían tocadas con sendos gorros y como

era muy habiloso y algo malicioso, cuando todos dormían se levantó de

puntillas, les sacó los gorros a las niñas, se puso uno él y los otros

dos a sus hermanos, y apagó la luz.

Gallarín, que temía les hicieran una mala jugada, no dormía, así es que

pudo oir que el Gigante decía a su mujer:

--Ya será hora de matarlos para hacer una buena cazuela con ellos y

comerlos mañana. Están bien gorditos y la carne es tierna; ¡tendremos

excelente comida para todo el día!

Y entrando al dormitorio, se acercó a las camas, y cabeza que encontraba

sin gorro ¡zas! caía al suelo cortada por el machete del Gigante, un

machete enorme y muy afilado.

Concluída esta tarea, el Gigante se retiró a dormir a su pieza, y cuando

Gallarín lo sintió roncar--roncaba tan fuerte que parecía salían truenos

de su boca--les sacó los gorros a sus hermanos, los despertó y les dijo:

--Hermanitos, es necesario huir inmediatamente, porque si el Gigante nos

pilla cuando se levante, nos mata y nos come hechos cazuela.

Estaba aclarando, de modo que Juan y Pedro pudieron ver degolladas a las

tres hijas del Gigante, y de la impresión que recibieron, apenas podían

andar, porque las piernas les temblaban; pero Gallarín les infundió

ánimo y les hizo ver lo que se les esperaba si no huían pronto. Salieron

siguiendo a Gallarín, y apenas habían atravesado un gran círculo de

plantas de maravillas que rodeaba el castillo y que era hasta donde

alcanzaba el poder del Gigante, éste los vió desde una ventana.

--¡Ah, pícaro Gallarín--le gritó--

¡Asesinaste a mis hijas,

me robaste mis tres gorros!

¡Ah, pícaro malnacido!

si te pillo te devoro!

El Gigante sentía la muerte de sus hijas casi tanto como el robo de los

tres gorros; éstos eran de virtud: el que se los ponía al revés obtenía

todo lo que deseaba.

Se fueron los tres hermanos y después de unas cuantas horas de marcha

llegaron a la capital del reino. Los tres hermanos consiguieron ocuparse

en el palacio del Rey: los dos mayores como trabajadores al día y

Gallarín como cuidador de pavos.

La hija del Rey, que era muy linda, se prendó de Gallarín, y esto les

causó una profunda envidia a Juan y a Pedro. Para perder a su hermano,

fueron donde el Rey y le dijeron:

--Señor, su pavero Gallarín se ha dejado decir que así como mató a las

hijas del Gigante y le robó los tres gorros, es capaz de robar el Loro

adivino que tiene el mismo Gigante en su castillo.

--¿Eso ha dicho Gallarín?

--Sí, Señor; eso ha dicho.

Hizo llamar el Rey a Gallarín, y le dijo:

--Gallarín, tú te has dejado decir que así como mataste a las tres hijas

del Gigante y te trajiste los tres gorros eras capaz de traerte el Loro

adivino que hace tiempo me robó el Gigante...

--No, mi Rey, yo no he dicho tal cosa.

--Sí lo has dicho; y si no me lo traes, la cabeza te corto.

Se retiró Gallarín a lo último del huerto y se sentó a llorar en un

tronco que ahí había. En ese momento pasó la Princesa y le preguntó por

qué estaba tan afligido.

--¿Cómo no lo he de estar, mi Princesa--le contestó Gallarín--siendo que

el Rey me ha dicho que así como maté a las tres hijas del Gigante y me

traje los tres gorros, tenía que traerle el Loro adivino?

--No se te dé nada--le dijo la Princesa;--lleva este pan y este frasco

de vino y le dices al Loro:--«Mira, Lorito, este es del pan que

comías y del vino que tomabas antes en el reinato de tu antiguo

dueño».--«¿Dame?», te dirá él.--«No te doy», le contestarás tú.--«¡Dame

un poquito, aunque más no sea!» te replicará.--Y entonces tú le darás

pan sopeado en vino, y cuando ya esté curado, lo agarras; y no tengas

cuidado, suceda lo que suceda. Te advierto que el Gigante, cuando está

con los ojos abiertos, está durmiento, y si tiene los ojos cerrados,

está despierto.

Partió Gallarín para el castillo y encontró al Gigante con los ojos

abiertos; pasó de puntillas por delante de él para no despertarlo, y

llegando hasta donde estaba el Loro, le mostró el pan y el vino que

llevaba.

--Mira, Lorito, este vino es del que tomabas y este pan del que comías

antes, en el reinato de tu antiguo dueño.

--¡Ay! qué ricos eran! ¿dame?

--No te doy.

--Dame un poquito, aunque más no sea, para probarlos.

Entonces Gallarín mojó un pedazo de pan en el vino, que era muy añejo, y

se lo dió al Loro, que lo comió con ansias; y le dió más y más hasta que

el pan y el vino se acabaron y el Loro quedó completamente borracho.

Entonces Gallarín lo agarró para huir con él; pero apenas el Loro se vió

cogido, comenzó a gritar desaforadamente:

--¡Amito! amito! que me llevan!

A los gritos despertó el Gigante, asió a Gallarín y lo amarró de pies y

manos a un poste, en el último patio del castillo, para comérselo

después.

El Gigante estaba que no cabía en sí de gusto por haber aprisionado a

Gallarín, así es que salió a convidar otro gigante, su compadre, «para

comerse un cordero tiernecito»--así le dijo.

Mientras el Gigante andaba afuera, su mujer preparaba el fondo en que

iban a cocer al pobre Gallarín, y con un hacha se puso a partir leña

para encender el fuego. Gallarín, nada tranquilo, miraba cómo trabajaba

la mujer por cortar un grueso tronco demasiado duro, y de pronto se le

ocurrió una idea y le dijo:

--¡Me da no sé qué, señora, verla trabajar tanto! Si me soltara las

manos siquiera, yo le ayudaría a partir la leña.

La mujer del Gigante le creyó, le soltó las manos y le entregó el

hacha.

--Acérqueme el tronco, porque así como estoy, amarrado de los pies, no

alcanzo hasta él.

La mujer le acercó el tronco.

--Ahora sujétemelo bien para que no se mueva.

Y en cuanto la mujer se agachó para sujetar el tronco, mi buen Gallarín

le asesta tan feroz hachazo en el cogote que me la deja tendida, muerta.

Con la misma hacha cortó la cuerda con que tenía atados los pies, en

seguida desnudó a la mujer, la despresó y la echó al fondo, que estaba

hirviendo con las papas, choclos, porotos, zapallo, ajos y cebollas

correspondientes; después tomó la cabeza y la arregló en la cama en que

ella dormía, dejándole los chapes colgando, y en lugar del cuerpo colocó

una almohada debajo de las cobijas, cogió al Loro y disparó a toda

carrera.

Cuando llegaron los dos gigantes, se fueron al último patio.

--¡Qué rica debe de estar la cazuela, compadre! ¿No siente el olorcito

que sale del fondo?

--¡Cómo no, pues, compadre! debe de estar de chuparse los bigotes!

--Y la Micaela, ¿dónde estará?

Se fué a buscarla y vió que estaba en la cama.

--¡Pobre Micaela! Cómo habrá trabajado, compadre, que de puro cansada se

acostó; durmiendo está en su cama. Comeremos nosotros y le guardaremos

su parte; dejémosla que descanse.--Y se pusieron a comer.

--¡Caráfita que está rica la cazuelita! si el corderito era tan bien

retierno, cómo no había de salir buena!

Y el Gigante mete el cucharón al fondo por quinta vez y se sirve él una

presa y le pasa otra a su compadre. Este observa la presa que acaban de

servirle y todo asustado, exclama...

--¡Compadre! usted me convidó a comer un corderito y resulta que lo que

estamos comiendo es una oveja! ¡mire la marca!--y le mostraba la presa

que tenía en la mano.

--¿Qué es esto?...--grita el Gigante--y dispara corriendo como un

condenado, a ver a su mujer, porque una sospecha terrible pasó por su

imaginación.

Llega a la cama de su mujer, tira las cobijas al suelo y no ve sino la

cabeza de Micaela y una almohada. El Gigante, que quería entrañablemente

a su mujer, se puso a lanzar grandes alaridos y a gritar:

--¡Ah, pícaro Gallarín!

¡Asesinaste a mis hijas,

te llevaste mis tres gorros,

me mataste a mi mujer

y me robaste mi Loro!

¡Ah, pícaro malnacido!

si te pillo, te devoro!

Llegó Gallarín al palacio y entregó el Loro al Rey, quien dió muestras

de la mayor alegría al contemplar en su poder esta ave maravillosa, que

antes había sido suya y le había sido arrebatada por el Gigante.

Pasó algún tiempo, y Juan y Pedro, que hervían de envidia al ver la

predilección que la Princesa demostraba por Gallarín, volvieron donde el

Rey y le dijeron:

--Sepa su Sacarrial Majestad que su pavero Gallarín se ha dejado decir

que así como mató a las tres hijas del Gigante, se trajo los tres

gorros, le mató a la mujer y le robó el Loro adivino, es capaz de

quitarle el Caballo de las campanillas de oro, que está encerrado bajo

siete llaves.

--¿Eso ha dicho Gallarín?

--Sí, Señor, eso ha dicho.

El Rey hizo llamar a Gallarín.

--Gallarín, tú te has dejado decir que así como mataste a las tres hijas

del Gigante, te trajiste los tres gorros, le mataste a la mujer y le

robaste el Loro adivino, eras capaz de quitarle el Caballo de las

campanillas de oro, que tiene encerrado bajo siete llaves.

--No, Señor; yo no he dicho tal cosa.

--Sí lo has dicho; y si no me lo traes, la cabeza te corto.

Salió Gallarín triste y cabizbajo y se sentó a llorar amargamente en una

piedra que había a lo último del jardín. En ese momento pasaba la

Princesa por ahí mismo.

--¿Por qué lloras, Gallarín?

--¿Cómo no he de llorar, mi Princesa, cuando mis hermanos, que desean mi

muerte, han ido donde el Rey con el chisme de que yo había dicho que así

como maté a las tres hijas del Gigante, me traje los tres gorros, le

maté a su mujer y le robé el Loro adivino, era capaz de quitarle el

Caballo de las campanillas de oro, que tiene encerrado bajo siete

llaves?

--No se te dé nada, Gallarín; anda no más, que te irá tan bien como en

las veces anteriores. Toma este poco de algodón y esta espadita de

virtud; aplicas la punta de la espada a la chapa de cada puerta y las

siete se abrirán en cuanto las toques. Después te acercas al caballo,

rellenas bien de algodón las siete campanillas de oro para que no suenen

y aseguras el algodón con cáñamo, para que no se desprenda; te pones las

espuelas que hallarás colgadas detrás de la séptima puerta; en seguida,

le sacas al caballo la silla, lo montas en pelo, le clavas las espuelas

a toda fuerza y el caballo saldrá del castillo a todo correr. Pero no se

te olvide mirar antes si el Gigante está durmiendo, que ya sabes que

duerme cuando tiene los ojos abiertos y está despierto cuando los tiene

cerrados.

Llegó Gallarín al castillo mientras el Gigante dormía, de modo que pudo

hacer sin inconveniente cuanto la Princesa le había ordenado, aunque

sintió deseos locos de venirse con la silla, que era muy rica: pero, por

suerte para él, la dejó y montó en pelo.

El Gigante vino a darse cuenta del robo cuando ya Gallarín había salido

del círculo de maravillas, y no pudiendo hacer otra cosa, se puso a

gritar desaforadamente:

--¡Ah, pícaro Gallarín!

¡Asesinaste a mis hijas,

te llevaste mis tres gorros,

me mataste a mi mujer

y me robaste mi Loro,

y hoy me has robado el Caballo

de las campanillas de oro!

¡Ah, pícaro malnacido!

si te pillo, te devoro!

El Caballo salió a todo escape y no paró hasta llegar con su jinete a

las mismas gradas del trono.

Grande fué la alegría del Rey al ver al Caballo de las campanillas de

oro y quiso premiar a Gallarín, pero éste le dijo que mientras tanto se

contentaba con ser el cuidador de sus pavos, que a su tiempo le pediría

el galardón que creyera le correspondía.

Siguió pasando el tiempo, que no se detiene en su marcha, y aún no se

había cumplido un mes cuando Juan y Pedro, cuya envidia crecía con los

triunfos de Gallarín, fraguaron otra mentira contra el hermano que los

había librado de la muerte, que _así paga el Diablo a quien bien le

sirve_; y se presentaron al Rey.

--Señor--le dijeron--ha de saber Su Sacarrial Majestad que su pavero

Gallarín se ha dejado decir que así como mató a las tres hijas del

Gigante, se trajo los tres gorros, le mató a la mujer y le robó el Loro

adivino y el Caballo de las campanillas de oro, es capaz de traer

prisionero al Gigante mismo.

--¿Eso ha dicho Gallarín?

--Sí, Señor; eso ha dicho.

--¡Ah! y qué bueno fuera que me lo trajese prisionero, por que el

Gigante es el único enemigo que tengo, y libre de él, reinaría

tranquilo! Díganle a Gallarín que venga.

Vino el pobre Gallarín.

--¿Con que te has dejado decir que así como mataste a las tres hijas del

Gigante, te trajiste los tres gorros, le mataste a su mujer y le

robaste el Loro adivino y el Caballo de las campanillas de oro, te

encuentras capaz de traerme prisionero al Gigante mismo?

--No, Señor; yo no he dicho tal cosa.

--Sí lo has dicho; y si no me lo traes, la cabeza te corto.

Salió Gallarín sumamente afligido por la exigencia del Rey, y fué a

sentarse a lo último del jardín, a tiempo que la Princesa pasaba por

ahí.

--¿Por qué lloras, Gallarín?

--¿Cómo no he de llorar, mi Princesa, cuando el Rey, instigado por mis

hermanos, que desean mi muerte, me ha dicho que así como maté a las tres

hijas del Gigante, me traje los tres gorros, le maté a su mujer y le

robé el Loro adivino y el Caballo de las campanillas de oro, era capaz

de traerle prisionero al Gigante mismo?

--No se te dé nada, Gallarín, que en esta empresa te irá tan bien como

en las anteriores. Pídele al Rey mi padre que te mande hacer una gran

jaula de fierro, de gruesos barrotes, con ruedas y con dos

compartimentos: uno desde el que irás tú gobernando el carro, y otro que

será completamente independiente, con puerta que la puedas cerrar tú por

medio de un resorte y en el cual llevarás toda clase de mercaderías. Te

disfrazarás de comerciante francés y pasarás frente al castillo

ofreciendo tus mercaderías. Saldrá el Gigante, querrá comprar algo de lo

que llevas, lo harás entrar para que escoja, y en cuanto esté adentro,

sirviéndote del resorte cerrarás la puerta y te lo traes sin cuidarte de

sus gritos y maldiciones.

Tal como se lo aconsejó la Princesa así lo hizo Gallarín. El Rey le

mandó fabricar la jaula, y una vez entregada, arregló en el

compartimento que debía ocupar el Gigante un buen número de valiosas

telas y curiosísimos objetos de adorno, y tirado el carro por diez

yuntas de bueyes que Gallarín dirigía desde el departamento que le

correspondía, se dirigió al castillo del Gigante, adornado el rostro de

largos bigotes y una hermosa pera postiza, pregonando con fingido acento

francés:--«Quelq chos de tiend! necesit quelq chos de tiend!» El

Gigante, que estaba en la ventana, lo hizo detenerse y bajó a comprar

algunas cosas. Gallarín lo invitó a entrar para que escogiese más a

gusto, y el Gigante, sin sospechar nada, accedió, y Gallarín, en cuanto

lo vió adentro, tocó el resorte y la puerta se cerró a machote. El

Gigante, al verse preso, bramaba como un toro herido y con sus manazas

tomaba los barrotes y los estremecía tratando de quebrarlos, pero

inútilmente.

Horas después, Gallarín entraba triunfante a la ciudad, con el Gigante

enjaulado, y era de ver cómo la gente se agolpaba en las calles

aplaudiendo al héroe, que con la prisión del Gigante libraba al reino de

su más terrible enemigo.

Gallarín, antes de llegar a palacio, se puso uno de los gorros de las

hijas del Gigante con la parte de adelante hacia atrás, e inmediatamente

quedó convertido en un elegante joven, pero conservando siempre sus

hermosas y simpáticas facciones.

El Rey y la Princesa, que lo esperaban, se levantaron de sus asientos

para recibirlo.

--Creo, Gallarín--dijo el Monarca--que ha llegado el momento de que

pidas el premio de tus hazañas:

Mataste a las hijas del Gigante,

le trajiste sus tres gorros,

le mataste a su mujer

y le robastes el Loro,

después trajiste el Caballo

de las campanillas de oro,

y por último, para coronar tu obra, hoy me has traído prisionero al

Gigante mismo. Pídeme lo que quieras, que si está en mis manos, te será

concedido.

--Señor--contestó Gallarín--es grande mi osadía al manifestar a Su

Sacarrial Majestad mis pretensiones, pero si me atrevo a formularlas es

porque me veo alentado por una persona que es muy querida de Vuestra

Majestad;--y miraba a la Princesa que le hacía señas para que desechara

todo temor y hablara luego y claramente.

--¿Y qué es lo que pretendes, Gallarín? Si grandes son tus pretensiones,

grandes son también las empresas que has acometido; vaya lo uno por lo

otro; habla sin cuidado.

--Majestad, lo que yo pretendo es lo que más amáis: solicito la mano de

vuestra hija.

El Rey, que se imaginaba que Gallarín le pediría riquezas y honores, tal

vez un título de grande del reino, al oir su petición, dió un salto y

casi se cayó del trono.

--Pero ¿cómo te atreves a mirar tan alto? medita un poco en quién eres

tú y en quién es mi hija, mide la distancia que hay entre ambos y ve si

es posible tal unión.

--Es cierto, Su Sacarrial Majestad, que una princesa no debe casarse

sino con un príncipe por lo menos; pero en manos de Su Sacarrial

Majestad está el hacerme príncipe a mí, y entonces ni ella se rebajará

ni yo me enalteceré al casarnos, pues seremos iguales.

La Princesa no pudo contenerse y aplaudió a dos manos exclamando:

--¡Bien, Gallarín, muy bien!--Con lo cual, impensadamente dió a conocer

sus sentimientos hacia su pretendiente, así es que el Rey no tuvo más

remedio que acceder a los deseos de los dos jóvenes.

Gallarín fué hecho príncipe y se casó con la Princesa en medio del

entusiasmo de todo el pueblo, que los amaba y respetaba. Y fueron

felices durante su larga vida, como lo merecían por sus virtudes.

25. SALIR CON SU DOMINGO SIETE

Había una vez un jorobado, buena persona, que llevaba su desgracia con

paciencia, y no era envidioso ni amigo de burlarse del prójimo, como son

casi todos los que tienen el espinazo quebrado; y este buen hombre salió

un día a hacer una diligencia a un pueblo inmediato al suyo y no pudo

regresar hasta la noche. Al pasar por un sitio extraviado, vió, desde un

matorral, un corro de brujas, las cuales, tomadas de las manos, daban

vuelta bailando y cantando:

Lunes y Martes, Miércoles tres,

sin cambiar este estribillo. El jorobadito, que era nervioso y vivo de

imaginación, viendo que las brujas no salían de la cantinela

Lunes y Martes, Miércoles tres,

no pudo contenerse y desde su escondite gritó:

Jueves y Viernes, Sábado seis.

Cuentos populares en Chile · 第 13 / 20 段