el ladrón--ellos suponían que era uno solamente--empresa conceptuada
poco menos que imposible, ya que la torre no tenía otra entrada que la
puerta, y ésta, que era de hierro, tenía muchas cerraduras secretas,
sólo conocidas del Rey. Pero no descubrieron el menor rastro.
Cien conjeturas se formaron a este respecto, a cual más descabellada,
hasta que un ciego, antiguo ladrón y actual consejero del Rey, que
formaba entre los del séquito dijo:
--Que traigan ramas de árboles que estén bien secas y préndaseles fuego
aquí adentro, y los que tengan ojos vean desde afuera por dónde sale
humo; por ahí seguramente se introdujo el autor del robo.
Y efectivamente, así se descubrió la tronera que servía de entrada a
Chilindrín y a Chilindrón.
El ciego aconsejó que se guardara completo silencio acerca de lo
sucedido y que en el sitio preciso en que debía posar los pies el que
bajara desde la tronera, se colocara una gran tina de alquitrán
suficientemente espeso para que no pudiera salir el que penetrara en él,
y se esperara hasta el día siguiente. Se encontró bueno el consejo y se
siguió en todas sus partes.
Ya entrada la noche, a la hora que tenían costumbre, nuestros
protagonistas subieron hasta la tronera de la torre y por la cuerda bajó
primero Chilindrín; y cuando, soltándola, se dejó caer al suelo, sintió
que se hundía hasta el pecho en una sustancia pegajosa, a la cual se
adhirió de tal suerte que no podía moverse. Inmediatamente gritó a su
compañero que bajaba detrás de él:
--No te sueltes, porque te quedarás pegado, como yo, en esta tina de
alquitrán. Balancéate de modo que el cordel contigo tome vuelo, y cuando
te hayas desviado bastante del centro, déjate caer y me cortas la
cabeza, te la llevas y la entierras donde nadie te vea; así no sabrán
quién soy, y tú no te comprometerás.
Con gran dolor de su alma, y sólo después de porfiarle mucho Chilindrín
exigiéndole que hiciera lo que le decía, Chilindrón le cortó la cabeza a
su cuñado y la dejó desangrar completamente dentro de la misma tina en
que quedaba el cuerpo; en seguida la envolvió bien en un gran pañuelo y
la guardó dentro del saquete que había llevado; y como en éste quedara
espacio todavía, escogió las más hermosas alhajas del gran montón y con
ellas lo llenó, y asegurándoselo bien al hombro, subió por el cordel,
que dejó colgando del barrote.
El Rey, por su parte, pasó en vela toda la noche, contando las horas que
faltaban para coger al ladrón, y anticipadamente gozaba pensando en los
tormentos que le haría sufrir en público, para escarmiento de los que
pudieran tentarse de repetir la aventura.
Y como nadie es capaz de atajar las horas, aunque muchos lo quisieran,
fueron sucediéndose una en seguida de otra hasta que llegó el día y el
momento en que el Rey y su séquito debían trasladarse a la torre del
tesoro.
No es para descrita la cara que pusieron el Rey y sus acompañantes al
encontrarse con un cuerpo sin cabeza dentro de la tina. Nuevas iras del
monarca y nuevo trabajo de sus acompañantes para apaciguarlo. Quien en
definitiva consiguió reducirlo fué el ciego, asegurándole por todos los
santos del cielo que todo se descubriría.
Una vez que se restableció la calma, habló nuevamente el ciego:
--Lo que ustedes están viendo demuestra que los ladrones son dos, y no
uno solo, como habíamos creído. Para descubrir al segundo, propongo que
en un serón de cuero se arrastre por todas las calles de la ciudad el
cuerpo aquí presente; adelante irá un pregonero gritando: «Esta es la
justicia que hace el Rey nuestro señor, con los que pretenden robarle su
tesoro»,--y atrás, mezclados entre los curiosos, irán unos cuantos
individuos de la policía, disfrazados de paisanos; y cuando éstos oigan
que en alguna casa lloran o se lamentan, pondrán una señal en la puerta
de la calle. Después será fácil averiguar en cuál de las casas marcadas
vive la familia del ladrón degollado, y como _por la hebra se saca el
ovillo_, teniendo este dato, sin gran trabajo se dará con el ladrón que
falta.
Todos encontraron excelente el consejo del ciego, y en la tarde del
siguiente día se ejecutaron sus instrucciones al pie de la letra.
Cuando se inició el paseo del cuerpo, Chilindrón andaba en la calle, y
como no tenía un pelo de leso, sospechó al punto lo que se pretendía, y
más se aseguró en su creencia al distinguir entre la muchedumbre que
seguía al cadáver a varios miembros de la policía, disfrazados.
Apresuradamente se dirigió a su casa y comunicó a su hermana, la mujer
de Chilindrín, las sospechas que tenía, convertidas casi en certidumbre,
y le aconsejó que cuando pasaran el cuerpo de su marido por frente de
la casa, no hiciera la menor manifestación de dolor: y para mayor
seguridad, la encerró en una pieza interior. Pero cuando la mujer oyó la
voz del pregonero y los gritos de la multitud, no pudo contenerse y se
lanzó a llorar a toda boca, de tal manera que, a pesar de las
precauciones tomadas por Chilindrón, las lamentaciones de la viuda se
oían perfectamente en la calle. Entonces Chilindrón se fué a la cocina y
cogiendo una hachuela se puso a partir leña y adrede se cortó el dedo
chico de la mano izquierda, y sacando a la viuda de donde estaba
encerrada, le mostró la mano chorreando sangre y le encargó que en sus
quejas se refiriera a este hecho. Y en efecto, cuando momentos después
el muerto y su séquito pasaban por la casa y uno de los soldados de la
policía disfrazados entró a averiguar de qué provenían las
lamentaciones, oyó que la mujer le decía:--«¡Te has cortado la mano!
¿qué va a ser de nosotros? Ya no podrás trabajar y nos moriremos de
hambre», y el herido contestaba:--«Si no es nada mujer, si apenas me he
cortado un dedo, que, en buena cuenta, no me hará ninguna falta». El
soldado, que vió lo que pasaba y oyó lo que ambos decían, creyó que era
cierta la causa del llanto de la mujer y se retiró sin hablar palabra.
Pero un segundo soldado, que al mismo tiempo que el otro había salido de
la multitud, había hecho, mientras tanto, una cruz con alquitrán líquido
en la puerta de la calle.
La casa de Chilindrón fué la única en que se oyeron llantos en ese día.
En razón de lo cual el ciego aconsejó que prendieran al hombre del dedo
cortado y a la mujer llorona, porque uno y otro debían de ser parientes
del degollado. Pero cuando los de la policía llegaron a la calle en que
los presuntos reos vivían, no pudieron dar con la casa, porque todas las
del barrio, que eran exactamente iguales, tenían en su puerta la misma
cruz que el soldado había puesto por señal. ¿Qué había sucedido? Que
poco después de pasar el cortejo por su casa, Chilindrón había salido a
la calle a asomarse, y al entrar vió la cruz en la puerta, y, siempre
sospechoso, por lo que pudiera suceder, hizo en la noche otra igual en
todas las puertas del barrio.
La pesquisa no dió, pues, el resultado que se esperaba, y la ira del Rey
subió de punto, pero de nuevo el ciego lo calmó.
Dijo el ciego:
--Soy de opinión que se deje el cadáver en el cerro que hay en el
oriente de la ciudad y se publique por pregón que se le abandona para
que sea pasto de los buitres y los jotes; pero mientras tanto, algunos
soldados estarán en acecho ocultos entre los espinos del cerro, y en
cuanto vean que alguien se acerca para llevárselo, se apoderarán de él.
Como por el cerro no transita nadie, es claro que cualquiera que
atraviese por ahí, es porque trata de llevarse el cadáver.
El consejo fué encontrado muy bueno, y el Rey ordenó ponerlo en
práctica.
Pero Chilindrón, que era más diablo que el ciego, al oir el pregón
adivinó lo que se pretendía, y así que llegó la noche, vistió un hábito
franciscano, se encasquetó la capucha y armado de unas muy buenas
tijeras montó en una mula, en cuyas ancas aseguró un cuero de rico vino
añejo recargado con zumo de amapolas, y muchos hábitos de religioso de
la misma orden, y las echó para el cerro. A pesar de ser la noche muy
oscura, los soldados distinguieron perfectamente un bulto que llegaba al
lado del cadáver, al parecer un hombre que bajaba de un caballo, y al
punto corrieron hacia él para prenderlo; pero cuando llegaron se dieron
cuenta de que el que iban a tomar era un pobre fraile que devotamente
rezaba el rosario y que los invitó a hacerle coro. Los soldados no
aceptaron la invitación y más bien por fórmula que por otra cosa, le
preguntaron a dónde iba y por qué había elegido un camino que nadie
frecuentaba. El fraile contestó que en el convento se había concluído
por completo e! vino para la misa y había ido a la ciudad a comprar del
mejor y ahí lo llevaba en un cuero a la grupa de su cabalgadura; que
aprovechando el viaje había pasado a comprar veinte hábitos, que también
le habían encargado, y que si había escogido el camino que pasaba por el
cerro era porque, yendo por él, se libraba de dar una gran rodeo por la
falda, y llegaría al convento antes de amanecer. Los soldados
comprobaron que verdaderamente la mula cargaba el cuero de vino y los
hábitos que decía el padre y al pedirle excusas por el susto que le
habían hecho pasar, le rogaron les convidase con un vasito de vino para
pasar el frío. Chilindrón les dijo que con mucho gusto y que no sólo un
vasito les daría, sino dos a cada uno; y sacando de la manga un vaso de
cuerno de tamaño más que mediano, fué llenándolo y pasándolo
sucesivamente a todos los soldados, y mientras escanciaba les
decía:--«Después que queden satisfechos me dejarán terminar
tranquilamente mi rosarito, pues tengo la santa devoción de rezar uno
completo, de quince casas, siempre que en mi camino tropiezo con algún
difunto».
Terminada la primera rueda, comenzó a servirles de nuevo, pero la fuerza
del vino, y más que la del vino, la del narcótico, adormeció a los
soldados, que poco a poco fueron cayendo y quedaron tendidos en el suelo
como pollos muertos.
Chilindrón esperó un rato, y después de comprobar que no los despertaría
ni una carreta que pasara por sobre ellos, sacó sus tijeras y con la
maestría de un peluquero de convento, les hizo corona y cerquillo;
después los desnudó de sus ropas y los vistió con los hábitos que había
llevado; y en seguida hizo un montón de uniformes y les prendió fuego,
tiró al suelo el odre y en su lugar colocó el cadáver de su amigo y
cuñado, montó en la mula y clavándole las espuelas, emprendió marcha a
su casa.
Cuando los vapores del vino y los efectos del narcótico hubieron cesado,
los soldados abrieron los ojos y se miraron espantados; creyeron que
estaban soñando, pero al fin volvieron a la realidad y comprendieron la
sangrienta burla de que habían sido juguete. Después de deliberar un
rato, vieron que no tenían más remedio que presentarse al Rey como
estaban, para darle cuenta de la aventura que les había sucedido y que
había dado al traste con la comisión que se les encomendara.
El Rey escuchó la relación sin inmutarse y comprendió que se las había
con un enemigo con quien no podía luchar, pero, como había que castigar
a alguien, ordenó que a cada uno de los soldados le dieran cien azotes,
para que otra vez no se dejaran meter el dedo en la boca, y que al ciego
lo quemaran, para no recibir de él consejos que, aunque sabios al
parecer, habían resultado desastrosos.
Chilindrón siguió robando muy tranquilo algún tiempo más, sin que nadie
lo molestara, hasta que, cansado de la vida de ladrón, se fué con su
hermana a otro reino muy distante, en donde nadie los conocía, y pasaron
ahí la gran vida.
22. JUAN VALIENTE, EL DE LA VAQUILLA
(Referido por el niño Samuel Antonio Letelier, de Molina, de 9 años. Lo
oyó contar en Linares.)
Estos eran un Rey y una Reina que tenían muchos potreros llenos de
animales, y los cuidaba un hombre muy honrado, que no sabía lo que era
miedo, y famoso campañista, el cual se llamaba Juan.
Un día los reyes le mandaron a Juan que trajera todas las vacas, que
eran muchas, para ordeñarlas, y Juan las trajo y los reyes se recreaban
viendo tanta vaca gorda y cómo las lechaban.
Entre las vacas había una vaquilla flacuchenta y chiquitita. El Rey le
dijo a la Reina:
--Démosela a Juan para él; este hombre se ha portado muy bien con
nosotros y ha hecho crecer y le ha dado valor a nuestra hacienda.
--Bueno--dijo la Reina--démosela--y se la dieron.
Juan cuidó mucho su vaquilla y en poquito tiempo creció y engordó y se
puso más gorda que las vacas del Rey.
Un día la vió la Reina y le dijo a Juan:
--Mata esa vaquilla que está tan gorda, y la hacemos charqui.
Juan le dijo:
--Esa vaquilla es mía y no la mato sino cuando yo quiera.
La Reina insistió en que la matara, pero Juan se fué donde el Rey a
poner reclamo.
El Rey le dijo:--«Vete mejor con tu vaquilla a otra parte, porque la
Reina está muy enojada contigo y quiere que la maten».
Se fué Juan con su vaquilla, y apenas se había alejado un poco de la
ciudad, unos bandidos salieron de una casa que había a la entrada de un
bosque y se la quitaron.
En la noche Juan se escondió en el pajar de la casa de los bandidos para
ver si podía rescatar su vaquilla; pero desde su escondite vió cómo la
mataban y después se la comían asada.
Juan tuvo mucha pena y llorando decía:--«Me la han de pagar estos
badulaques».
Mientras comían y bebían, los bandidos formaban una gran zalagarda. El
capitán los hizo callar y les dijo:--«Vámonos a dormir y mañana subimos
al mirador a ver si pasa alguna niña para divertirnos con ella».
Esto que oye Juan, sale calladito y se va a casa de una comadre a
pedirle ropa de mujer, se vistió con ella, se puso colorete, se empolvó
y debajo de las polleras escondió un sable bien afilado.
Ya entrada la mañana, salió y pasó por frente a la casa de los
bandidos, imitando el modo de andar de las mujeres.
Los bandidos estaban en el mirador, y en cuanto la vieron, bajaron a
invitarla a tomar un refresco, porque hacía mucho calor. Ella aceptó y
le sirvieron licor y le pasaron la guitarra para que los divirtiera
tocando y cantando.
En la tarde, el capitán echó a los bandidos que se fuesen a la montaña,
diciéndoles:--«Yo me quedaré aquí con esta prenda».
Se fueron los bandidos; y mientras el capitán, vuelto de espaldas,
sacaba vino de un barril, Juan se arremangó las polleras, sacó el sable
y dió al jefe de los ladrones dos o tres feroces cuchilladas y arrancó a
esconderse en el mismo pajar.
El capitán, que había quedado herido solamente, gritaba como un
condenado, tanto y tan fuerte que los bandidos que estaban en la montaña
oyeron los gritos y creyeron que el capitán habría matado a la niña, y
fueron corriendo a ver lo que había sucedido.
Cuando entraron, hallaron el cuerpo del capitán en el suelo, muy mal
herido; lo tomaron, lo pusieron en la cama y uno dijo:--«Mañana temprano
salimos a buscar a alguna vieja médica yerbatera para que cure al
capitán».
Juan, que oyó esto, se fué inmediatamente a casa de su comadre, y ahí,
con untos y pomadas, se pintó arrugas en la cara, tan bien que parecía
una verdadera vieja, y vistiéndose con muy pobres vestidos y llevando
escondido el mismo sable, se fué de madrugada a dar vueltas por frente a
la casa de los bandidos, haciéndose la que buscaba yerbas.
Los bandidos, que estaban en el mirador, la vieron, y bajó uno a
preguntarle si conocía a alguna médica que supiera curar heridas.
--Yo soy médica--le contestó Juan--y no hay quién me gane a curar
heridas.
Entonces la llevó a presencia del capitán, y tras ellos siguieron los
demás bandidos.
Examinó Juan las heridas con mucho cuidado y en seguida mandó a los
bandidos a la ciudad que fuesen a buscar una pomada que era muy escasa,
y que cada uno pasase a una botica diferente, por si los otros no la
encontraban.
Salieron los bandidos, unos por un lado, otros por otro, y Juan subió al
mirador a aguaitarlos, y una vez que se aseguró de que iban lejos, sacó
el sable y acabó con la vida del capitán.
Después de lo cual, se llenó los bolsillos de plata, anillos y
prendedores de oro, que encontró en gran cantidad en la pieza del
capitán, y se fué a casa de su comadre, en donde se lavó bien y se
vistió de hombre.
Cuando volvieron los bandidos, se encontraron con su capitán muerto y se
dijeron:--«Pillados somos, vámonos de aquí»--y se fueron para Chillán.
Juan, que los había seguido, cateándolos, en cuanto vió que no volvían,
se fué con sus padres y unas carretas a la casa de los bandidos y a
hachazos echaron las puertas abajo y se llevaron todo cuanto
encontraron, dejando la casa totalmente desnuda y quedando ellos muy
ricos.
Poco tiempo después volvieron los bandidos y no hallaron sino las
murallas peladas. Entonces comenzaron a averiguar quién en la ciudad se
había hecho rico de repente en los últimos días, y supieron que Juan
Valiente, el de la vaquilla, se encontraba en este caso.
Se propusieron entonces saltearlo y matarlo, porque no dudaron que él
era el que había matado a su capitán y robado todos sus bienes; pero
Juan, que no se descuidaba, sabía que los bandidos habían vuelto y que
habían de atacarlo de un momento a otro.
Así fué que cuando los bandidos vinieron a saltearlo, lo encontraron en
la puerta armado de su sable; y como Juan los había visto desde lejos,
tuvo tiempo de mandar a su padre a avisar a la policía.
Comenzando a pelear estaba Juan con los bandidos y ya había matado a uno
y a otro lo había dejado mal herido, cuando llegó la policía y tomó
presos a todos los salteadores, que después de juzgárseles, fueron
ahorcados, con lo cual Juan y sus padres vivieron tranquilos, gozando de
las riquezas que Juan había quitado a los ladrones.
Y con esto se acabó el cuento del Periquito Sarmiento, que estaba con la
guatita al aire y el potito al viento.
23. LA SAPITA ENCANTADA.
(Referido por Beatriz Montecinos.)
Estos eran un Rey y una Reina que tenían tres hijos, que se llamaban
Pedro, José y Juan; y era costumbre en el reino que el Rey dejara su
corona a aquel de sus hijos que mejor le pareciere, sin tomar para nada
en cuenta la edad; y así podía sucederle cualquiera de ellos, aunque
fuese el menor.
¿Cuál de los tres heredaría el trono? Cuestión era ésta que preocupaba
grandemente al anciano Rey, que no se decidía por ninguno, porque por
los tres sentía igual cariño; ni podía partir el reino para dar a cada
uno su parte, porque de la división resultarían tres pequeños estados,
expuestos en todo momento a ser absorbidos por los reinos vecinos, que
eran tan fuertes y poderosos como el país en cuestión.
La Reina le aconsejó que para salir de cuidado pusiera sus hijos a
prueba enviándolos fuera del reino, con la condición de que regresaran
casados, en un año, y con dos regalos para los reyes, y aquel cuya
esposa fuera la más bella y cuyos regalos fueran más hermosos y de más
valor, sería el heredero del trono.
El Rey se dijo: _El consejo de la mujer es poco, pero quien no lo sigue
es un loco_, y decidiéndose por el que acababa de darle la Reina, que le
pareció bueno, llamó a sus hijos, les hizo ver el apuro en que se
encontraba y les propuso que salieran, se casaran y al año justo
tornaran a palacio, y que la corona le correspondería al que volviera
con la esposa más bella y trajera a los reyes dos obsequios que fueran
reputados superiores al de los otros dos.
Los príncipes aceptaron sin vacilar y sólo pidieron que antes de partir
se les indicara en qué debían consistir los regalos. Después de corta
deliberación, los Reyes acordaron que el premio se adjudicaría al que
presentara, además de la esposa más linda, la pieza de tela más fina y
el perro más hermoso y más pequeño.
Los príncipes se despidieron cariñosamente de sus padres y partieron
siguiendo el mismo camino, hasta llegar a un punto en que éste se
dividía en tres. Aquí se abrazaron, y prometiendo reunirse en el mismo
sitio al cumplirse el plazo acordado, cada cual tomó su camino.
Pedro, que era el mayor, tomó el de la derecha, y pasados unos cuantos
días llegó a una casita que se levantaba a orillas de una laguna y en
cuya puerta estaba una señora de edad. En el interior cantaba una niña
con voz maravillosa, y Pedro, pensando que tan linda voz no podía
provenir sino de una persona también muy linda, se propuso conocerla y
pidió permiso a la señora para entrar; pero ella le contestó que lo
dejaría atravesar los umbrales sólo en caso de que prometiese casarse
con la que cantaba. Prometiólo el joven, y entró al salón de la casa,
pero por más que escudriñaba por todas partes, no descubría a persona
alguna, hasta que, en un rincón vió a una Sapita que saltaba.
--¿Es ésta la que canta?--preguntó Pedro.
--Sí, ella es--contestó la señora.
--¿Quién se va a casar con esta sapa asquerosa?--repuso el príncipe, y
lanzándole un escupo, se mandó cambiar.
Momentos después, José, el segundo de los hijos del Rey, llegó al mismo
sitio, porque a él concurrían los tres caminos; y para abreviar diremos
que le pasó lo mismo que a su hermano Pedro, sólo que, en vez de escupir
a la Sapita, le dió un feroz puntapié y la disparó lejos.
No haría una hora que había salido José, cuando Juan, el tercero de los
hermanos, llegó a la casita, y oyendo aquella voz tan dulce y melodiosa,
se quedó alelado. Cuando calló la que cantaba, Juan rogó a la señora que
le presentara a la hermosa artista, pues no dudaba que debía de ser
hermosa quien tan linda voz tenía. La señora consintió, pero, como en
los dos casos anteriores, hizo antes prometer a Juan que se casaría con
la que cantaba. Juan se lo juró, y entonces ella le mostró a la Sapita,
que en ese momento andaba a saltitos en su rincón. El Príncipe, aunque
sintió un movimiento de repugnancia, dijo:
--Palabra de Juan no puede faltar: estoy dispuesto a casarme.
--Y no te pesará--exclamó la Sapita.
Y el casamiento se celebró inmediatamente.
Juan a veces se ponía triste y se sentía desgraciado; pero la voz
encantadora de la Sapita, que parecía adivinar sus penas, y sus palabras
tiernas y cariñosas lo consolaban y le hacían olvidar la fealdad de la
que era su mujer.
Los otros dos hermanos también se habían casado, pero sus mujeres eran
hermosas y ricas.
Cuando ya se aproximaba el término del año, Pedro y José pensaron en
volver a palacio, y ocupando lujosos carruajes, partieron con sus
esposas, que iban elegantemente ataviadas.
Al pasar por la casita de la laguna, vieron a Juan en la puerta, lo
saludaron sin bajarse de sus coches y le pidieron les presentase a su
mujer. Antes que Juan contestara, saltó la Sapita y les dijo:
--Yo soy la mujer de Juan, y dentro de poco nos juntaremos con ustedes
en el lugar convenido.
Los dos príncipes y sus mujeres, al ver tan singular esposa, soltaron
una carcajada y dijeron a Juan:
--¿Cómo te atreverás a presentarte ante nuestros padres acompañado de
esa horrible sapa casposa?
--Esta ha sido mi suerte--respondió Juan--y estoy contento con ella;
esta horrible sapa, como ustedes la llaman, es mi mujer, me ha hecho
feliz y con ella iré a postrarme ante mis padres.
Los dos príncipes partieron y convinieron en seguir a palacio sin
esperar a Juan en la encrucijada. Creían que el premio se disputaría
entre los dos solamente, pues no les pasaba por la imaginación que se
asignara al marido de una sapa. ¿Y los regalos que Juan debía presentar?
¿De dónde habría sacado dinero para comprarlos? La casita en que vivía,
modesta por demás, demostraba, a las claras, su probreza. Pero, como
dice el refrán, _el hombre prepara y Dios dispara_, y a esos malos
hermanos les salió el tiro por la culata.
Transcurrida una hora, la Sapita dijo a Juan:
--Ya es tiempo de que nos vamos. Ve al huerto y encontrarás dos
burritos: amárralos al viejo carretón que está detrás de la casa y
subamos a él en compañía de la señora que tanto y tan bien nos ha
cuidado. Los burros conocen el camino que han de seguir y saben lo que
han de hacer. En esta cajita hay dos nueces; cuando llegue el momento de
entregar los regalos que debes presentar a tus padres, a cada uno le
pasarás una nuez y les rogarás que las abran. Y vámonos.
Los burros emprendieron un trotecito muy cundidor y el carretón, que
parecía que de un momento a otro se iba a desarmar, de puro viejo,
crujía como un diablo, pero nada malo le pasaba. Después de algunas
horas de marcha, encontraron en el camino a Pedro, cuyo lujoso coche se
había volcado y hecho pedazos, maltratando a su mujer y dejándola tuerta
para toda su vida, pues una astilla desprendida del carruaje le arrancó
un ojo. Con estos contratiempos, Pedro estaba con un genio de mil
demonios; así es que cuando la Sapita les ofreció a él y a su mujer un
sitio en el carretón, en vez de agradecérselo, la echó a buena parte.