--Adiós, compadrito León, que goce mucho con la ternera y que no se vaya

a empachar.

Y se fué, dejando al compadre León bien amarrado y con la boca que se le

hacía agua.

El compadre León llegaba a menear la cola de contento y no hallaba las

horas que le trajeran la ternera.

Por fin llegaron los hombres con los fondos de agua hirviendo y la barra

de fierro, que llegaba a venir coloradita de lo caldeada que estaba. El

León creyó que la barra era el asador que había servido para asar la

ternera y que a la ternera la traían en los fondos.

En cuanto llegaron los hombres le dijeron:

--¡Ah! endenantes erais Monito y ahora te volvisteis leoncito; pero esto

no te servirá de nada.

El compadre León, creyendo que le preguntaban si se comía la ternera,

contestó:

--¡Sí me la como! ¡Sí me la como!

--Si ya te la vais a comer, Monito diablo, le dijeron; y diciendo y

haciendo, le han echado encima los dos fondos de agua hirviendo y me lo

han dejado lo mismo que pollo en punto de echarlo a la cazuela; y más

que ligerito y antes que el compadre León se repusiera, le han metido la

barra caldeadita por el poto, y se lo dejaron lo mismito que luche.

El compadrito León, del dolor que le dió, cortó las amarras y se arrancó

antes que le hicieran otra cosa peor. Se fué bramando lo mismito que un

buey cuando lo marcan.

Cuando iba corriendo, le salió al camino su compadre Monito y desde

lejitos le dijo:

--¿Qué hubo, compadrito León, potito quemado? ¿se comió la ternera?

¿Bueno que estaría bien rica, no?

El compadrito León potito quemado casi no podía hablar del dolor; pero

se paró un ratito y le contestó:

Ya me las pagarís bien, Monito picarón.

Una vez que se mejoró el compadrito León potito quemado, se fué donde

una comadre Zorra que tenía, que era el mismo diablo y veía debajo del

agua, a preguntarle como haría para pillar al Monito. La comadre Zorra

cuando vió a su compadre León con el poto quemado, casi se murió de la

risa que le dió y le hizo muchísima burla. Después que se cansó de reir,

le aconsejó al compadre León que se fuera a la orilla del río y se

escondiera bien detrás de una piedra, sin hablar ni una sola palabra,

porque todos los días iba el Monito a tomar agua ahí.

El compadre Leoncito potito quemado le dió las gracias, y se fué a donde

la Zorra le había dicho y se escondió y esperó que llegara el Monito.

En esto estaba cuando llegó el Monito y le mereció ver la punta de la

cola al compadrito León. Entonces el Monito se puso todo malicioso y

antes de tomar agua comenzó a decir:

--Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?...

Y así siguió hasta que el compadre León se aburrió y le dijo:

--Tómame no más, Monito.

Entonces el Monito dijo:

--Yo no tomo agua que habla, porque ahí está mi compadre Leoncito potito

quemado: y se arrancó antes que el compadre León lo pillara.

El compadre León salió de su escondite rabiando porque no había pillado

al Monito y se fué a donde la comadre Zorra a contarle lo que le había

pasado. La comadre Zorra casi le pegó al verlo tan tonto, y después que

lo retó bien le dijo:

--Vaya otra vez a ponerse detrás de la misma piedra y no le diga ni una

palabra, aunque esté todo un día esperando.

El compadre León prometió quedarse callado y se fué ligerito a

esconderse antes que llegara el Monito y lo pillara.

Después de mucho rato llegó el Monito con un palito en la mano y se puso

a decir lo mismo que la primera vez:

Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?... hasta

que se cansó, y como nadie le contestara, se puso a tomar agua.

En esto estaba cuando el compadre Leoncito potito quemado pegó un salto

y me lo pescó al Monito de una mano. El Monito, todo afligido, le dijo:

Mire, compadrito, perdóneme por esta vez,--y el de León no le hacía

caso.

--Bueno, compadrito, ya que no me perdona, no me agarre de esa manito

porque la tengo enferma; agárreme esta otra.

El compadre fué a agarrarle la otra mano; pero en vez de la mano le

agarró el palito que le alargó el Monito. Donde el Monito, en cuanto se

vió libre, se arrancó gritando:

--¡Buena cosa, mi compadre Leoncito potito quemado! por agarrarme la

manito me agarró el palito.

El compadre León agarró el palito y lo hizo pedacitos, jurando y

perjurando porque el Monito había vuelto a hacerlo leso.

Otra vez se fué donde la comadre Zorra.

La comadre, al saber lo que había pasado, agarró una varilla y le sobó

el lomo al compadrito León para que se le quitara lo pavo. Después que

le dió unos cuantos varillazos, le dijo:

--Váyase a la mata de palma donde el Monito va a almorzar, por detrás de

los sauces para que así no lo vea, y no le haga caso de nada, y lleve un

buen cordel para que lo traiga amarrado.

El compadre León le dió las gracias a su comadre Zorra y le prometió

seguir su consejo al pie de la letra.

Desde arriba de la palma divisó el Monito al compadre León, que venía

haciéndose el lesito, y se puso a gritarle:

--Compadrito León potito quemado, ¿por qué no se sube a la palma a comer

coquitos conmigo? ¡mire que están muy ricos! Al León se le hacía agua el

hocico y ya le parecía que estaba comiendo coquitos; pero se acordó del

encargo de su comadre Zorra y de los varillazos que le había dado, y le

contestó al Monito:

--No quiero cocos, a comerte vengo.

Pero el Monito le dijo:

--Suba no más, compadrito, después que comamos coquitos me come a mí.

Tíreme una punta del cordel y usted se amarra de la otra a la cintura y

yo lo subo.

Ya se estaba haciendo tarde, así es que el compadre León, de puro

aburrido que estaba, hizo lo que el Monito le indicaba: le tiró el

cordel y él se amarró bien a la cintura. El Monito le decía:

--¡Ay compadrito! ¡cuántos coquitos se va a comer, y después me comerá a

mí!

Mientras el León iba subiendo, el Monito se iba bajando. Cuando el

compadre León iba a llegar arriba, vió que el Monito estaba abajo. Lleno

de rabia le dijo:

--¡Ah, pícaro! me habís engañado! pero me las tenís que pagar no

más!;--y ya se iba a bajar, cuando le dice el Monito:

--Ya está frito mi compadrito León potito quemado; y lo amarró bien

firme a la palma, dejando al pobre Leoncito colgado.

El Monito principió a hacerlo rabiar, diciéndole que era un tonto, que

ya lo había hecho leso tres veces y todavía no escarmentaba y que para

celebrar la diablura que había hecho se iba a robar más charqui.

El compadre León ya estaba desesperado porque nadie lo sacaba, sino que,

al contrario, pasaban y le hacían burla como un diablo.

En esto pasó su comadre Zorra y lo vió y en vez de apurarse en sacarlo,

lo principió a retar. El compadre León le pedía perdón diciéndole que

ya no iba a ser más tonto. Entonces la comadre Zorra lo perdonó, y por

librarlo más luego, cortó el cordel; donde el pobre León, hijito de mi

alma, casi se mató del costalazo que se dió.

La comadre Zorra, después que lo retó otra vez bien retado, le dijo:

--Mire, compadre, fíjese bien en lo que le voy a decir, porque si no

hace lo que yo le digo, yo misma le doy la contra. Váyase a la cueva de

la bruja que está detrás del cerro del Palomo, y ahí me pilla al Monito

con toda seguridad, porque ahí va todos los días a machacar el charqui.

Y adiós, compadre, no se le olvide lo que le digo, y no vaya a ser cosa

de que vuelva a meter la pata otra vez.

El compadre León potito quemado se fué a donde la Zorra le había dicho.

Cuando llegó a la cueva, pilló adentro a mi buen Monito, machacando

charqui. El compadre Leoncito se paró en la puerta y le dijo:

--¡Ah Monito pícaro, al fin te voy a matar, después de tanto tiempo que

te has reído de mí!

El Monito, sin afligirse ni apurarse, le dijo:

--¡Buena cosa, compadre, que usted se moleste tanto por mí, cuando yo

estaba pensando ir ahora mismito a verlo para pedirle perdón!

--Pícaro, le dijo el León ¿todavía no estáy contento con lo que te hay

reído de mí? pero ya no te reirís más, porque tu fin ha llegado. Reza el

acto de contrición.

Entonces el Monito le dijo:

--Bueno; ya que viene tan guapo, sírvase un pedacito de charqui, que

está muy rico.

--No quiero--le contestó el León;--el único charqui que voy a comer eres

tú; así es que prepárate.

--Bueno--le dijo el Monito;--pero como todos los reos que están en

capilla tienen derecho de pedir y que se le conceda una gracia, yo pido

que para que mi compadre León me coma mejor, me deje acabar este

charqui, y después, para que yo no sufra tanto, usted abre la boca y

cierra los ojos, y yo me tiro de cabeza dentro de su hocico. Pero, mi

compadrito Leoncito ¿por qué no me perdona mejor? si todo lo que le hey

hecho ha sido pura broma, por juar no más, y para ver qué cara ponía!

Aburrido ya el León de tanta lata y pensando que se le podía escapar, le

dijo:

--Ya te has comido todo el charqui y te he concedido todo lo que tú

querías, así es que te espero.

El compadre León se sentó en la puerta, y el Monito le dijo:

--¡Ya voy!

Entonces el compadre León abrió la boca y cerró los ojos; pero el pobre

León no contaba con lo que le iba a pasar: el Monito tomó la piedra en

que estaba machacando el charqui y se la zumbó en toita la cabeza,

haciéndosela pedacitos.

El Monito, contento de su obra, se puso a bailar de gusto, y quiso

conservar un recuerdo de su compadrito León, que tanto y con tan poca

suerte lo había perseguido. Agarró un cuchillo y se puso a descuerarlo.

Cuando ya acabó de sacarle el cuero, lo puso al sol para que se secara.

Al otro día volvió y como lo encontró seco, se puso a hacer un lazo con

el cuero del pobre Leoncito. Cuando acabó de hacerlo, se puso en la

puerta a bornearlo para ver cómo le había quedado. En esto estaba,

cuando pasó la Zorra y le dijo:

--Qué bonito tu lacito, Monito; ¿querís que lo probemos?

--Métele--le dijo el Monito.

Después de pensar como lo habían de probar, el Monito le dijo:

--Nos tiramos el lazo una vez cada uno, y el que caiga primero tiene que

servir de caballo al otro.

--Pero yo lo tiro primero, por ser más grande que tú, le dijo la Zorra.

--Bueno--contestó el Monito--pero desgraciada de ti si no me lo

apuntas.

La Zorra agarró el lazo y se puso a bornearlo mientras el Monito se

preparaba para pasar:

--Ya está--le dijo la Zorra;--y el Monito pasó como un diablo sin que la

Zorra lo pillara.

--¡Estay frita, Zorrita; tú en mis lazos caerís y mi yegüecita serís!

Cuando ha pasado la Zorra y el buen Monito le ha echado el lazo medio a

medio de la guata; el Monito le dijo:

--¡No te lo decía yo! Ahora te voy a ensillar y por los potreros

saldremos a andar.

Se arregló una monturita con los pedazos de cuero que le habían sobrado

y las echó el buen Monito a caballito en la Zorra.

La Zorra iba toda rabiosa porque la habían cazado; pero dijo:

--¡Ya me las pagará el Monito de miéchica!--y lo llevó por unos potreros

donde había muchos campesinos.

El Monito como iba diciéndole:--Puchas que me ha salido rica la

potranquita,--no se fijó por donde lo llevaba.

Cuando los campesinos vieron a la Zorra, creyeron que se iba a comer las

gallinas y le echaron los perros. La Zorra se arrinconó a la orilla de

la zarzamora; pero como vió que no estaba segura porque los perros ya se

la comían, miró para un lado y otro a ver si había por donde arrancar; y

ha merecido ver un portillito, hijito de mi alma, pues, y las ha

envelado como un diablo dejando al pobre Monito encajado en la

zarzamora, donde lo pillaron los perros y se lo comieron sin dejar ni

tampoco un huesito ni para un remedio.

La comadre Zorra, del susto que lleva, está corriendo todavía; y colorín

colorado, el cuento está acabado, y pase por un zapatito roto para que

usted me cuente otro.

* * * * *

_El cuento que sigue, contado por la misma Beatriz Montecinos, es

una variante de la parte final del que acaba de leerse._

20. EL MIÑACO[E]

(Beatriz Montecinos)

Esta era una viejita que tenía un hijo, muy chiquito, pero muy

habilosazo y se llamaba Miñaco. Un día le dijo a la madre que iba a

buscar empleo y se fué adonde un León que tenía barra para poner a los

presos, y entonces estaba la Leona cuidándolos, y se fué a hacer el

trato adonde don Leonardo, que era el León, y le dijo que lo tomaba para

irle a dejar el almuerzo y la comida a la Leona. De tanto viaje, ya se

aburrió y dijo que iba entonces a matar a la Leona, para no ir más.

Como dos días se estuvo previniendo, machacando ají, pimienta y sal y de

otras cosas fuertes para matar a la Leona.

Entonces, un día, cuando ya no había ningún preso, preguntó que para qué

era esa barra; le contestó la Leona que para poner a los hombres malos

que hacían robos, muertes o salteos. La Leona le dijo que pusiera el pie

y entonces le dijo el Miñaco que ella lo pusiera primero para aprender

como ponían a los presos, y la Leona le puso el pie.

Una vez puesto el pie la Leona, el Miñaco le puso llave a la barra y le

dijo que hiciera empeño a salirse. Hizo empeño la Leona a salirse.

Entonces el Miñaco le dijo:

--¡Ay por Dios, pues!, esto ya no lo voy a hacer nunca; pero lo que

tengo pensado de hacer no dejo de hacerlo; y mete las manos a los

bolsillos y le planta el ají en los ojos, en la boca y en el poto, y se

fué. La Leona, de tanto costalearse, y presa, se murió.

Y viendo que el Miñaco no volvía, el León se puso en acuerdo por qué no

llegaba, y salió a buscarlo y no lo encontró por ninguna parte, hasta

que llegó allá donde estaba la Leona y la encontró muerta. Entonces no

hizo empeño a sacar la Leona sino a buscar al Miñaco para agarrarlo y

matarlo luego. Entonces ya cuando lo alcanzó, dijo el Miñaco:--«¿A dónde

me meto?» No tuvo más tiempo que para arrancar y meterse en una cueva de

hormigas ¡Miren Uds. dónde se metió!, así por que el León no hallaba a

quien dejar cuidándolo, y andaba por casualidad un Jote amigo y lo llamó

el León y le dijo:

--Mire, amigo, venga, cuídeme aquí--le dijo--mientras voy a la casa a

buscar una barreta.

Mientras que el León fué, el Jote no sabía a quien tenía dentro. Empezó

a mirar el Jote para adentro a ver quien era y el Miñaco vino entonces y

agarró un puñado de tierra, se la tiró a los ojos al Jote y arrancó.

Cuando llegó el León, halló al Jote ciego y le dijo que se fuera y

siguió al Miñaco.

A mucho que había andado, lo volvió a alcanzar. Entonces el Miñaco

corrió a unos álamos que habían muy lejos y muy altos para subirse

arriba y que el León no lo alcanzara, y decía:

--Si el tío Leoncito me alcanza, me come no más, por la maldá que le hey

hecho, que no ha sio chica.

Cuando ya llegó el León, subió para arriba también a ver si lo podía

alcanzar y caía para abajo.

Entonces dijo el Miñaco: «Esto está malo; el tío Leoncito me alcanza y

me come,»--y quebró un gancho del mismo álamo, y como era habiloso, el

León que iba a estirar la mano para pescarlo, y el Miñaco le pegó un

palo en la mano con que estaba pescado y cayó el León, y quedó solo la

bolsa[F].

Entonces dijo el Miñaco «Ahora sí que estoy bien puesto,» y se bajó y

del cuero del León muerto hizo montura y riendas y salió con ellos al

hombro.

En una de éstas iba atravesando una Zorra por el camino y le dijo la

Zorra:

--¿Para dónde vas, Miñaco, con esa montura al hombro?

Le dijo que la ensillara a ella; y entonces le dijo el Miñaco que no la

ensillaba porque lo volteaba. Hasta el último ya la ensilló, y salió a

caballo en ella, pero le salió un poco brincadora.

Entonces la Zorra le dijo:

--Mira, Miñaco, ¿por dónde nos vamos? por el camino pueden venir algunos

y nos corren; vámoslos por adentro de este potrero. Y tocó la desgracia

que venían tres cazadores con tres galgos y uno de ellos vió al Miñaco

que iba a caballo de una Zorra; entonces dijeron que les iban a animar

los galgos pa divertirse con el Miñaco un poco; y los animaron. La Zorra

le dijo entonces:

--¡Miñaco, por Dios! ¿qué vamos a hacer? ahora tenimos que arrancar

firme; agárrate bien Miñaco, déjate caer para mi cogote y agárrate bien,

que yo voy a correr a todo escape;--y empezó a correr orillando la

cerca, hasta que hallaron un agujero por donde salirse. Entonces ella

pasó, y el Miñaco quedó abierto de piernas en el portillo y pasaron por

entremedio de él los galgos; y viendo que ya habían pasado y sintiendo

perder su montura le gritó a la Zorra:

--Señora, los estribos no más le encargo.

Entonces los galgos, cuando oyeron esto, volvieron para atrás y se lo

comieron. Y la Zorra se libró y se llevó la montura; y se acabó el

cuento y se lo llevó el viento y pasó por una mata de porotos para que

Ud. cuente otro.

21. CHILINDRIN Y CHILINDRON.

(Referido en 1917, por Anastasio Puga, de 92 años, natural de

Guacarhue.)

Han de saber que había una vez en el Norte un ladrón famoso, tan ladino

y sutil para hacer sus robos, que nunca pudo probársele ninguno, no

obstante que, en muchos casos, faltó poco para pillarlo con las manos en

la masa, como se dice. Su nombre era Chilindrín.

La fama de este ladrón corrió por todo el país y llegó a noticias de

Chilindrón, otro ladrón, también de fama, que había sentado sus reales

en tierras del Sur. Y como tanto se hablara de sus hazañas y con tan

vivos colores las pintaran, Chilindrón deseó vivamente conocerlo,

cultivar su amistad y pedirle lo nombrara su segundo, si resultaba

cierto lo que de él se decía, que lo superaba y le daba ciento y una en

el difícil y arriesgado arte que ambos ejercitaban. Y se puso en camino

para ofrecerle sus servicios.

Pero, por el mismo tiempo, la fama de Chilindrón, desbordando del campo

de sus fechorías, atravesó el centro del país y llegó al Norte; y sus

aventuras, revestidas del ropaje de lo maravilloso, infundieron en

Chilindrín el deseo vehemente de conocer a Chilindrón y ponerse a sus

órdenes, si no mentían los que relataban sus fechorías. Y montando en su

caballo, partió para el Sur. En ese tiempo no había trenes en el país,

ni los caminos eran buenos, así es que uno y otro demoraron largo tiempo

para arribar a las cercanías de la capital. Pero al fin de muchas

peripecias y fatigas y de largos días de marcha, llegó Chilindrín a un

tupido bosque que crecía en una llanura no distante de la ciudad, y

desmontándose del caballo, se sentó en el suelo a descansar, apoyada la

espalda en un frondoso roble.

Poco después llegó Chilindrín al mismo sitio, y sin bajarse del caballo,

saludó al que descansaba:

--Buenos días, mi amigo, ¿durmiendo la siesta?

--No, amigo; espero solamente que pase el calor para continuar viaje al

Sur.

--Pues yo voy al Norte, y si a usted no le parece mal, bajaré de mi

caballo, y mientras llega la tarde, pitaremos un cigarro y echaremos un

párrafo para acortar el tiempo.

Y descendiendo de su cabalgadura, se sentó al lado del otro, y dijo:

--¿Querrá creer, compañero, que hace ya veinte días que marcho sin

descansar? Y quizás cuánto me falte todavía para dar con el que busco!

--¿Y se puede saber tras de quién anda? si no es indiscreta la pregunta.

--Indiscreta no, pero usted sabe que _las paredes tienen oídos y los

matorrales ojos_; mas, como usted me inspira confianza, le diré al oído

que a quien busco es al famoso ladrón Chilindrín, que me dicen es el

número uno para robar.

Y todo esto se lo dijo muy quedo, muy quedito, casi pegada la boca a la

oreja de su interlocutor.

--Pero, amigo, si soy yo Chilindrín, que he dejado mis canchas para

conocer a Chilindrón, de quien cuentan maravillas y no acaban.

--Y yo soy Chilindrón, amigo de mi alma.

Y ambos ladrones se abrazaron efusivamente.

Conversaron un buen rato, hasta alentar la confianza; y después de

reposar un momento, entablaron este diálogo, comenzando Chilindrón:

--Compañero, no se imagina usted qué gustazo tendría yo si lo viera

ejecutar una de sus hazañas.

--Y yo diera lo que no tengo por verlo hacer a usted una de las que

tanto renombre le han dado.

--Comience usted, hermanito, que viene del Norte.

--Aunque esta no es una razón para que yo comience, empezaré yo. ¿Ve ese

nido de águila que está en la copa de este mismo roble? El águila está

echada en él y yo le voy a robar los huevos sin que me sienta.

Y escupiéndose las manos Chilindrín, con la suavidad y el tiento de un

gato subió por el tronco, y tan bién lo hizo, que no se sintió ni el

menor ruido.

Chilindrón esperó que Chilindrín fuera por la mitad del tronco, y

entonces, imitando a su flamante amigo, se escupió también las manos, y

subió tras él, sin ser sentido.

Cuando Chilindrín llegó a lo más alto del árbol, con mucho tino metió la

mano en el nido, y sin que el águila se diera cuenta de lo que pasaba,

retiró un huevo y se lo metió en el bolsillo. Pero Chilindrón, que ya

había llegado hasta donde estaba Chilindrín, con el mismo tino y

suavidad que éste, metió la mano en el bolsillo de su amigo, y sacándole

el huevo recién robado, lo guardó en su propio bolsillo.

Y esta operación se repitió por cuatro veces, pasando los huevos del

nido al bolsillo de Chilindrín y del bolsillo de Chilindrín al de

Chilindrón, sin que el águila ni Chilindrín advirtiesen las jugadas que

se les hacían.

E inmediatamente de guardarse el cuarto huevo, Chilindrón se deslizó por

el tronco y con aire de afectada curiosidad se puso a mirar como bajaba

el famoso ladrón nortino, a quien, en cuanto puso pie en tierra,

preguntó:

--¿Y cómo le fué, compañerito? ¿Lo sintió el águila?

--Ni siquiera se meneó, compañero. Aquí traigo los huevos.

Y Chilindrín metía las manos en sus bolsillos, las pasaba de uno a otro,

se palpaba todo el cuerpo, y, no encontrando nada, exclamó:

--¡Caramba! ¿dónde los he metido? ¿qué se han hecho?

--No busque más, compañero,--le dijo Chilindrón,--aquí están los huevos

que usted le robó al águila y que yo se los iba robando a usted a medida

que usted los guardaba en sus bolsillos. _Donde hay uno hay otro, y

nunca falta un roto para un descosido_, y para un Chilindrín aquí tiene

usted un Chilindrón.

--¡Vengan esos cinco jazmines, compañero! Usted es más diablo de lo que

yo me imaginaba, y con usted _me ha salido el futre_. Juremos ser

hermanos en adelante y vivir y trabajar juntos, y entonces ¿quién podrá

nada contra nosotros?

Y con un apretón de manos sellaron el pacto de vivir unidos y marchar

siempre de acuerdo.

Nuestros dos ladrones se establecieron en las afueras de la capital; y

como necesitaban de una persona que los cuidara en caso de enfermedad y

atendiera a los menesteres de la casa, acordaron que Chilindrín se

casaría con una hermana joven y bien parecida que Chilindrón tenía en el

Sur y que hicieron venir.

Se casó, pues, Chilindrín, y todo marchaba a maravilla, pues los dos

amigos, con sus robos, se daban toda clase de comodidades.

* * * * *

Gobernaba en ese entonces el país un Rey muy rico, que había recibido de

sus antepasados una enorme fortuna, que él, por su parte, había

acrecentado prodigiosamente. Las joyas, alhajas y monedas de oro que

componían esta fortuna, formaban grandes montones que se guardaban en

una elevadísima torre construida especialmente para este objeto, a los

pies del palacio, y la cual visitaba el Rey el día primero de cada mes.

Nuestros ladrones, que oyeron hablar de estas riquezas, se propusieron

robarlas, y para el efecto, una noche, pasando por los techos de unas

casas a otras, llegaron hasta la torre, y como si fueran lagartijas, se

pegaron a la muralla y subieron hasta lo más alto, donde encontraron una

especie de ventana, o más bien tronera, que tenía atravesado un grueso

barrote de hierro. A éste, después de quebrar un vidrio, ataron una soga

que llevaban consigo, y se deslizaron por ella, primeramente Chilindrín

y en seguida Chilindrón.

Los ojos de los ladrones no se saciaban mirando tantas riquezas, a la

luz de un farol, de que también iban provistos; pero era preciso salir

antes que llegara el día; así fué que llenaron precipitadamente sus

bolsillos de lo que les pareció de más valor, y subiendo por el cordel,

que retiraron, se fueron a su casa, bastante satisfechos del resultado

obtenido. La visita se repitió varias noches consecutivas, con mejor

éxito aun, pues llevaron unos saquetes para el acarreo de lo que

robaran.

Pero como los días corren unos tras otros sin que nadie pueda atajarlos

por bien que maneje el lazo, llegó el fin del mes, y al día siguiente el

Rey, acompañado de sus ministros y consejeros, se trasladó a la torre

para depositar el dinero recaudado en los treinta días anteriores y

contemplar sus riquezas.

Pónganse ustedes en lugar del Rey y se darán cuenta de cómo se quedaría

aquel monarca avaro, que tenía su alma puesta en su tesoro, al ver el

enorme hueco dejado por los ladrones en el principal montón, en el que

estaban las alhajas más preciadas. Su ira no tuvo límites; desenvainando

el sable, arremetió contra sus ministros y consejeros, como si ellos

fueran los autores del robo. No es decible cuánto costó apaciguarlo.

Cuentos populares en Chile · 第 11 / 20 段