hace años, un culebrón enorme, que tiene siete cabezas y al cual nadie
ha podido matar, por valiente que haya sido, pues en cuanto le cortan
una, al momento renace, y para concluir con él habría que cortarle las
siete de una vez; pero hasta ahora, señor, ninguno lo ha conseguido, a
pesar de que el Rey ha ofrecido como premio la mano de su hija, y lo
único que se ha sacado es que hayamos tenido que lamentar el
desaparecimiento de los más nobles caballeros, de los mejores soldados
del ejército que tentaron la aventura. Pero esto, mi caballerito, nada
sería; lo peor es que la fiera, para no envenenar el agua, lo cual
acabaría con la población del reino, exige que cada año se le entregue
una princesa de sangre real; ya se le han entregado las primas y
sobrinas del rey y no queda sino la única hija que nuestro monarca
tiene, a quien tanto quiere que se mira en ella, y lo mismo el pueblo
entero, que la adora; y hoy a las 12 del día, se vence el plazo, en que
el culebrón vendrá a buscarla. La princesa se dirigió temprano a la
montaña, para que la fiera dé hoy también cuenta de ella.
--Pues, por esta vez, buena anciana, el culebrón no saldrá con la suya,
que para algo Dios ha dado fuerza a mi brazo y ha infundido valor en mi
espíritu.
Pidió el hijo del pescador las señas del lugar en que estaba la princesa
y, dadas por la viejecita clavó espuelas al caballo y partió a toda
carrera.
Halló Francisco a la princesa sentada en una piedra, llorando
amargamente y enjugándose las lágrimas con su larga y brillante
cabellera rubia, cuyas crenchas, sueltas, pendían a uno y otro lado del
cuello. El joven trató de consolarla y le prometió que mataría al
monstruo antes que tocara uno solo de sus cabellos; y con tanta
seguridad hablaba, que logró infundir confianza en la princesa.
Conversaron un rato, hasta que Francisco, que se sentía fatigado, quiso
descansar mientras llegaba la hora del combate, y tendiéndose en tierra
y apoyando la cabeza en las faldas de la princesa, se quedó dormido.
Momentos antes, mientras hablaban, la Princesa había dado al joven un
pañuelo, con su cifra, y un valioso anillo, diciéndole que tal vez
podría servirle de algo más tarde.
Junto con sentirse la primera campanada de las 12 en los relojes de la
ciudad, se oyó un rugido formidable que conmovió toda la montaña y,
naturalmente, despertó al joven.
Monta éste apresuradamente en su caballo y empuñando la espada, llama a
su perro y se apercibe para la pelea. Fué ésta un espectáculo digno de
verse. El Culebrón adelantaba las siete cabezas hacia su enemigo y
trataba ya de morderlo con sus afilados colmillos, ya de estrecharlo
entre sus cuellos; pero, por un lado el caballo, que esquivaba los
ataques con toda rapidez, y el perro, por otro, que acosaba a la fiera
con sus dentelladas, le impedían dañar al hijo del pescador.
De vez en cuando nuestro combatiente lograba asestar con su espada un
terrible golpe en alguno de los cuellos de la bestia y una de las
cabezas rodaba por el suelo; pero era inútil, porque en el mismo
instante de ser cortada aparecía otra nueva.
Largas horas habían transcurrido desde el comienzo del combate y ninguno
de los dos enemigos había conseguido ventaja sensible sobre el otro;
pero sucedió que el Culebrón, por defenderse del perro que acababa de
abrirle ancha herida cerca de la cola y de la cual manaba sangre en
abundancia, dirigió las siete cabezas hacia atrás, y entonces el hijo
del pescador, aprovechando de la circunstancia de que el monstruo no
podía atacarlo, levantó la espada con las dos manos y, con robusta
fuerza, la dejó caer un poco más abajo de donde el cuello se dividía en
siete. El rugido que lanzó el animal al sentirse mortalmente herido, fué
tremendo, y se oyó a muchas leguas de distancia; pero, inmediatamente se
produjo el silencio más completo. El Culebrón no volvería ya a molestar
a nadie y el reino se vería libre, en adelante, de tan cruel enemigo.
Francisco bajó de su caballo y, cortando una por una las siete lenguas
de la bestia, las envolvió en el pañuelo de la Princesa y las guardó en
su pecho.
Mientras tanto la Princesa, que había presenciado el terrible combate y
que a cada momento le parecía ver a su defensor triturado en las fauces
del fiero monstruo, presa del mayor terror, enmudeció--y cuando el
joven, ya vencedor, corrió hacia ella para subirla a su caballo y
conducirla a la ciudad, no pudo articular ni una palabra y hubo de
limitarse a manifestarle su gratitud por medio de señas.
El joven dejó a la princesa en las puertas de la capital y,
prometiéndole que volvería en tiempo oportuno, se despidió y fué a
alojarse en una choza abandonada que se levantaba no muy lejos y cerca
de la cual había agua y pasto en abundancia para su caballo y pesca y
caza para él y su perro.
En el mismo día en que se efectuó el combate, un negro, que el cocinero
del rey ocupaba en acarrear leña de la montaña, tropezó con el Culebrón,
que yacía en tierra todavía caliente, pues no hacía mucho que había sido
matado. El enorme peso del animal impidió al negro cargarlo, a pesar de
sus fuerzas, y entonces, a hachazos, lo cortó en varios trozos, que
arrojó en el carro de que se servía para conducir la leña, y llevándolo
a palacio se presentó al Rey, diciéndole que acababa de matarlo y
exigiéndole el cumplimiento de la promesa de que casaría a su hija con
el vencedor del monstruo. La princesa había llegado pocos momentos
antes; pero como había quedado muda y estaba como atontada de miedo, no
se hallaba en situación de desmentir al miserable negro.
Como parecía evidente que el negro había sido el matador del Culebrón, y
palabra de Rey no puede faltar, concedió el Rey al negro la mano de la
Princesa y se convino en que, en unos quince días más, cuando la
Princesa hubiera salido del estado de inconsciencia en que se
encontraba, se celebraría la boda.
Pasaron los días y aunque la Princesa no recobró la palabra, se
prepararon los festejos para la celebración del matrimonio. Las fiestas
debían comenzar con una gran comida, a que asistiría toda la corte. La
Princesa estaba desesperada, pero como no podía hablar, a pesar de los
esfuerzos que hacía para explicar por medio de gestos la impostura del
negro, no pudo darse a entender.
Llegó el día del banquete, y el hijo del pescador, que estaba en autos
de todo por lo que se decía en la ciudad, cuando fué la hora de la
comida, ordenó a su perro que, sin que nadie lo viera, arrebatara al
negro su plato. El perro ejecutó la orden por dos veces seguidas, sin
ser visto; el negro, creyendo que algunos de los servidores adrede le
sacaba los platos ante de tocarlos, formó grande alharaca y se armó el
alboroto consiguiente. La tercera vez, Francisco mandó al perro que se
dejara ver; y al ser sorprendido en el acto de robar el plato al negro,
el Rey ordenó a sus guardias que lo siguieran y trajeran a su presencia
al amo del perro.
Cuando llegaron a la choza en que el joven se hospedaba, el capitán de
la guardia le intimó orden de seguirlo, pero Francisco dijo que sólo
iría si lo iban a buscar en coche, porque él era quien debía estar en la
mesa sentado al lado de la Princesa en lugar del horrible negro, que no
pasaba de ser un impostor; que se le llevara ante el Rey no en calidad
de preso, sino en la forma que indicaba y probaría palmariamente lo que
acababa de decir.
Volvió el capitán con el mensaje ante el monarca y a pesar de las
protestas del negro, con gran contento de la Princesa y de las damas y
señoras de la corte dispuso el Rey que trajeran al joven en coche, como
él lo pedía, para oir sus alegaciones.
Al entrar Francisco en la sala del convite, llamó la atención de los
circunstantes, por su varonil hermosura y por su cortesanía. Pidió
permiso al Rey para hablar y, concedido que le fué, preguntó al negro si
las cabezas del Culebrón (que aún se conservaban como recuerdo y
permanecían expuestas a la admiración del público), estaban completas
cuando las había traído a la ciudad. El negro contestó que estaban
completas; pues él nada les había sacado ni notó que nada les faltara;
que después de terminado el combate que había sostenido con la fiera,
se había limitado a cortar con su hacha el cuello principal del animal.
Francisco pidió entonces al Rey y a todos los presentes que tomaran nota
de lo que acababan de oir, y tornó a preguntar al negro:
--¿Estás seguro de que nada les faltaba? ¿Todas tenían sus dos ojos, sus
dos orejas, su lengua?
--Supongo que todas las tendrían, porque, como he dicho, yo nada les
saqué.
--De manera, repuso el joven, dirigiéndose al Rey, que si yo tuviera en
mi poder o los ojos, o las orejas, o las lenguas del Culebrón, ¿sería yo
el matador del monstruo? Ya que después que le trajeron a palacio yo no
habría podido sacárselos, pues si lo hubiese tentado, me lo habrían
impedido los guardias que, según he oído, lo han custodiado día y noche.
--Así es--contestó el Rey.
--Así es--murmuraron los que estaban en la mesa.
--Pues bien, aquí están las siete lenguas del monstruo, que yo corté
después de matarlo, y envolví en este pañuelo con la cifra de la
Princesa, que ella misma me entregó antes del combate. Con esto queda
comprobado que el negro es un miserable embustero que no hizo otra cosa
que dividir el cadáver del monstruo que yo había dejado abandonado
mientras conducía a la princesa a la ciudad; y a mayor abundamiento, he
aquí un anillo que también ella me obsequió y que si su Majestad me
permite colocaré en la mano de su antigua dueña.
A una señal de asentimiento que el Rey hizo, Francisco se acercó a la
Princesa, y en cuanto el joven colocó el anillo en su mano, la gentil
niña recobró el habla y exclamó:
--¡Padre, este es mi salvador; él es el verdadero matador del culebrón!
El Rey ordenó a la guardia que en el acto sacaran al negro de la sala y
lo despeñaran desde la cumbre de un cerro muy alto, que servía para
ajusticiar a los criminales; y a Francisco que se sentara al lado de la
Princesa, que desde ese momento pasaba a ser su prometida.
La fiesta, que había comenzado en medio de la mayor tristeza, pues la
vista del negro los tenía a todos desazonados, se tornó en francamente
alegre y terminó con la celebración del matrimonio del hijo del pescador
con la princesa.
Cuando los novios estuvieron en sus habitaciones, el joven se asomó
casualmente a una ventana y vió que a la distancia se elevaba una gruesa
columna de humo rojizo.
--Parece que hay un incendio--dijo Francisco a la Princesa.
--No es un incendio--le contestó ella;--es el humo de la fogata que
todas las noches encienden en el castillo de la «Torderás, irás y no
volverás».
--¡Qué nombre más raro tiene ese castillo!
--Se llama así porque el que a él va, no vuelve.
--Pues no le valdrá a ese castillo el nombre de la «Torderás, irás y no
volverás», porque yo iré y volveré.
La princesa rogó con insistencia a su marido que no fuese, que no se
expusiera al peligro, pero Francisco le contestó:
--Si triunfé del Culebrón que tanto daño causaba al reino, ¿por qué no
venceré los peligros que en el castillo puedan presentárseme?
Y saliendo de las habitaciones, se fué a la caballeriza y sin más
compañía que su fiel perro partió a la luz de la Luna.
Aquel humo rojizo que aparentaba estar no muy distante del palacio,
parecía alejarse a medida que el joven avanzaba hacia él; y sólo en la
mañana, después de una marcha continua de la noche entera, logró él
acercarse al castillo. Pero ojalá nunca hubiera llegado hasta ahí,
porque no bien se encontró en ese sitio, comenzó a salir, como si del
suelo brotara, una muchedumbre de viejas horribles, que lo rodearon y
que dándose fuertes tirones de la cabellera, se arrancaban pelos que
arrojaban al intruso que iba a turbarlas en su reposo. Al principio nada
ocurrió, pero en el mismo instante que uno de los muchos pelos de las
viejas, que flotaban en el aire, tocó a Francisco, tanto éste como su
caballo y su perro se convirtieron en piedras.
Volvamos ahora a casa del pescador, que ya es tiempo.
Desde que Francisco salió de casa de sus padres, ni éstos ni el hermano
que quedó con ellos habían tenido noticias suyas. Se consolaban de la
ausencia del deudo querido visitando diariamente el naranjo que había
nacido al mismo tiempo que él, de uno de los costados del pescado, y que
a él le había correspondido. Viéndolo y cuidándolo, les parecía estar
con Francisco.
Un día el árbol que hasta entonces había crecido esbelto y lozano,
amaneció mustio, con las hojas amarillas, como si estuviera a punto de
secarse. Al verlo en este estado, Domingo, gemelo de Francisco, dijo a
sus padres:
--A Francisco debe haberle ocurrido alguna desgracia, porque su naranjo
ha amanecido enfermo. Si me dan permiso, salgo inmediatamente en su
socorro.
Bendijéronle sus padres; y ciñéndose la espada, montó en su caballo y
partió a la carrera, acompañado de su perro, hasta llegar a la misma
ciudad a que había arribado su hermano.
La primera persona a quien encontró fué aquella viejecita que contó a
Francisco la historia del Culebrón. Domingo la saludó cariñosamente y le
preguntó por las últimas noticias que circulaban en la ciudad. La
viejecita le refirió cómo un joven muy parecido a él, casi igual, que
había llegado días antes había librado a la Princesa y al reino del
Culebrón; el matrimonio del joven con la Princesa y la desaparición del
novio; todo sin omitir detalle ni circunstancia de interés.
Por los datos de la anciana, no dudó Domingo que el desaparecido era su
hermano, y para averiguar mejor las cosas, se dirigió al palacio. Los
guardias creyeron que era el esposo de la Princesa y lo dejaron pasar.
La Princesa también creyó que era su marido y lo recibió con mucha
alegría.
--¿Qué te habías hecho en estos tres días?--le dijo--Creía que te había
acaecido alguna desgracia: que el caballo te hubiera arrojado, que te
hubieran asesinado...
--Por suerte, hija, no me ha pasado nada serio; me extravié y me costó
mucho dar con el camino; pero, dime: ¿qué es ese humo rojizo que se
divisa a lo lejos?
--Pero, hijo, ¿qué se te ha hecho la memoria? ¿No te acuerdas que te
dije la otra vez, en la noche de nuestro casamiento, que ese humo salía
de la «Torderás, irás y no volverás»? ¿Y que, efectivamente, el que iba
a él iba pero no volvía, y que, a pesar de mis súplicas, montaste en tu
caballo y te fuiste?
--Ciertamente, ahora me acuerdo; pero, como acabo de decirte, me
extravié. Sin embargo, iré de nuevo y volveré.
Domingo comprendió, por la conversación anterior, que a su hermano le
había sucedido algo grave en su expedición al castillo, y se propuso
salvarlo. Se despidió de la princesa con un «hasta luego» y, montando en
su caballo, partió en dirección al castillo, seguido de su perro.
Al amanecer llegó a inmediaciones del castillo, y vió como salían las
horribles viejas a estorbarle el paso, y como le tiraban los cabellos
que se arrancaban de la cabeza; y adivinando con qué fin lo hacían,
desenvainó la espada, clavó espuelas al caballo y arremetió contra las
brujas. Tanto menudeó los golpes y con tanto acierto, que en pocos
minutos no quedó en pie sino una de las arpías.
Iba Domingo a matarla, pero ella se arrodilló suplicante, y le dijo:
--¡Perdóname la vida, señor, y te devolveré a tu hermano, que está
encantado!
--Está bien--le dijo Domingo--no te mataré, pero desencantarás no sólo a
mi hermano, sino a todos los demás que estén encantados en este castillo
maldito y en sus dependencias; e inmediatamente después saldrás de este
país para no volver más a él, so pena de la vida.
La vieja cortó una varita de un árbol que estaba allí cerca y con ella
fué tocando una por una las piedras diseminadas en el suelo y, a medida
que las tocaba, se convertían en gallardos mancebos, montados en briosos
caballos. Una vez que no quedaron piedras, la vieja hechicera, seguida
siempre de Domingo, armado de su espada, penetró en el castillo, desde
cuya puerta se divisaban interminables galerías de estatuas de mármol
que representaban bellísimas niñas: unas de pie, otras sentadas, otras
de rodillas, etc. También las fué tocando la vieja con la varita, y en
cuanto sentían su contacto, se animaban y descendían de sus pedestales.
Eran las numerosas jóvenes que el Culebrón, en vez de devorarlas, como
todos lo creían, llevaba al castillo, en donde eran transformadas en
estatuas por las hechiceras.
Francisco y Domingo se abrazaron cariñosamente, y sin pérdida de tiempo
emprendieron marcha a la ciudad, seguidos de los innumerables jóvenes de
uno y otro sexo recientemente desencantados, que entonaban loores a su
libertador.
Llegaron a palacio y Francisco contó al Rey y a la Princesa las
peregrinas aventuras que les habían acaecido.
Al día siguiente se celebró el fausto acontecimiento con un gran
banquete, al que concurrió toda la familia real y los jóvenes salvados
por Domingo. El fué, naturalmente, el héroe de la fiesta, y a cada
momento se le aclamaba.
Invitado por el Rey a que escogiera la que más le agradara para esposa,
entre las jóvenes salvadas por él mismo, todas las cuales eran de sangre
real, fijó su atención en una que descollaba entre todas por su aspecto
dulce y modesto. Era prima de la princesa, mujer de su hermano, y muy
querida del Rey y de ella.
Con ella se casó y fijaron su residencia en el antiguo castillo de la
«Torderás, irás y no volverás», el que, libre de la maléfica influencia
del Culebrón y de sus servidoras, se había transformado en una
espléndida mansión. Domingo le cambió el fatídico nombre con que era
conocido, por el de «Castillo de la Torderás, si a él vas, contento
volverás»; y en efecto, quien lo visitaba salía plenamente satisfecho de
la magnificencia con que era atendido por sus dueños.
Francisco y Domingo no olvidaron a sus padres en la prosperidad: los
llevaron a su lado y los honraron como buenos hijos. Dios los premió,
haciéndolos felices hasta el fin de su vida, que fué larga y se deslizó
dulcemente, sin penalidades ni contratiempos.
Y aquí se acabó el cuento, y se lo llevó el viento, y se entró por la
puerta de un convento; los frailes, que lo oyeron, quedaron muy alegres;
los mochos y sirvientes se cayeron de contentos.
19. EL COMPADRITO LEÓN, POTITO QUEMADO.
(Contado por Beatriz Montecinos, de Talca, de 50 años, en 1911).
Este era un Rey muy rico, que tenía un Monito muy ladrón, y el monito
iba todas las noches a robarle charqui para comérselo con sus amigos.
Un día fué el Rey a la bodega para ver cuanto charqui le quedaba porque
lo iba a vender al día siguiente. El Rey, al entrar a la bodega, se cayó
de espaldas del susto que le dió porque encontró tan poquito charqui.
Llamó entonces al Mayordomo y le dijo:--¿Tú has vendido charqui? El
Mayordomo le contestó:--Yo no, su mercé; yo para nada he entrado a la
bodega y ni siquiera he visto el charqui.
El Rey se puso a contar el charqui para ver si en la noche se lo iban a
robar; una vez que contó los líos, llamó a sus mozos y les mandó que
toda la noche hicieran ronda por la orilla de la bodega y pudieran
pillar al ladrón, advirtiéndoles que a la mañana siguiente vendría a
saber lo que había pasado.
Los pobres mozos casi se murieron de frío en la noche, y no vieron a
nadie.
Al otro día tempranito fué el Rey a preguntar si habían visto al ladrón.
Los mozos le contestaron que no habían visto a nadie. Entonces llamó al
Mayordomo, entró con él a la bodega, contó de nuevo el charqui y vió que
le faltaban muchos líos.
Enojado como un diablo, porque creía que el Mayordomo era el ladrón y se
estaba haciendo el leso, le dijo:--Te doy de plazo dos días para que
pilles al ladrón, y si en los dos días no lo has pillado, con tu cabeza
pagarás el charqui que se ha perdido. Y se fué dejando todo afligido al
pobre Mayordomo.
Cuando el Mayordomo se quedó solo, se puso a decir:--¡Buena cosa, que mi
amito sea tan injusto conmigo, cuando yo ni malicio quien pueda ser el
ladrón!
Cansado de tanto pensar el pobre hombre, se le ocurrió ir donde una
vieja bruja que tenía pacto con el diablo, para pedirle consejo.
Se fué donde la vieja y le contó todo lo que le había pasado y lo que el
Rey le había dicho. La vieja le dijo que no fuera miedoso porque nada le
pasaría.--“Váyase a la casa--le dijo--recoja hartas chamisas y haga una
fogata bien grande adentro de la bodega y se fija bien por donde sale el
humo y viene a avisármelo”.
El Mayordomo se fué contento porque ya el Rey no mandaría cortarle la
cabeza. Agarró las chamisas y les atracó fuego. Ligerito vió el humito
que salía por un portillito que había en un rincón. Al tirito se fué
donde la vieja y le dijo que el humo salía por un portillito que había
en un rincón. Entonces la vieja le dijo que hiciera un mono de liga y le
pusiera en las manos una baraja y pusiera una mesa con harta plata en un
lado y una vela encendida en el otro, y que todo lo arreglara muy bien y
lo pusiera frente al portillo y volviera al otro día.
El Mayordomo se fué e hizo todo lo que la vieja le había encargado.
Después que dejó todo arreglado, se fué dejando bien cerrada la bodega.
En la noche llegó mi buen Monito, que se entraba por el portillito, y
vió al compañero con la baraja en la mano y con tantísima plata en la
mesa que llegó a saltar de gusto, porque decía:--«Esta noche le gano
toda la plata y me voy a remoler donde mis chiquillas con plata y con
harto charqui».
Entró como de costumbre, y le dijo al otro mono:
--Ya estoy aquí, compañerito de mi alma; vamos a rifar quien talla.
Y agarró una chaucha y la tiró para arriba diciendo:
--¿Cara o sello? Sello! te tocó a ti; ya está; principia.
Y como el mono de liga estaba quieto, el Monito le dijo:
--Contra na estáis enojado, porque si no me jugáis, te quito la plata y
te pego.
El Monito viendo, que la hora se pasaba y el otro no jugaba, le quitó la
baraja y se puso a tallar él. Luego tiró dos cartas y le preguntó:
--¿A cuál vay vos?; y el otro mono callado.
Le dijo entonces:
--Bueno, ya que no querís escoger, escogeré yo; te apuesto cien pesos a
la sota de oro; y el otro mono, callado.
El Monito tiró y ganó, y siguió jugando hasta que le ganó todita la
plata al otro. Después dijo:
--Me teníay que dar más plata, todavía, porque me habís quedado
debiendo; y el otro mono callado.
Y le ha dado tanta rabia al Monito porque el otro no le contestaba ni le
hacía caso, que le dijo:
--Ya que vos no me pagáis, yo te pagaré; y le endilgó un puñete tan
fuertazo que lo botó de la silla.
Quedó el Monito pegado de la mano derecha. Entonces le dijo al mono de
liga:
--Si no me soltáis, te mando otro puñete, cosa que te haga escupir
tachuelas. Y el mono callado.
Le mandó entonces otro puñete, y se quedó pegado de la mano izquierda.
Después le dijo:
--Si no me soltáis, te mando una patá que te hago estornudar pejerreyes.
También le mandó la patada y también quedó pegado de la pata derecha.
Después le largó una patada con la pata izquierda, y se quedó pegado de
esta pata.
Después le lanzó un colazo, y quedó pegado de la cola.
Después le mandó un guatazo, y se quedó pegado de la guata.
Ya no le quedaba libre más que la cabeza.
Entonces le dijo:
--Suéltame, monito lindo, te doy toda la plata que te he ganado, toda la
que yo traía, y toda la que tú queray. Y el otro mono callado.
Entonces vió que era lesera rogarlo, y le mandó un cabezazo a matarlo: y
también quedó pegado de la cabeza.
A todo esto venían ya las claras del día y el Monito estaba frito.
Llorando estaba el Monito su desgracia y lamentándose de su suerte,
cuando llegó el Mayordomo y lo vió. Entonces casi se volvió loco de
gusto el Mayordomo, porque había pillado al ladrón. Más que ligerito se
fué donde el Rey para avisarle que el ladrón había caído en la trampa.
El Rey fué corriendo a ver quien era el ladrón, y cuando entró en la
bodega se quedó abismado de ver a su Monito preso; y le ha dado toitita
la rabia, que mandó que lo sacaran y lo amarraran a los castaños para
que le echaran dos fondos de agua hirviendo y le metieran por el poto un
barra de fierro que estuviera bien caldeada.
Sacaron los mozos al Monito y lo amarraron a los castaños y se fueron a
calentar el fierro y el agua.
Cuando estaba solo el Monito, acierta a pasar por ahí su compadre León,
que le preguntó:
--Qué está haciendo ahí, compadrito? Apuesto que me lo han pillado
robando castañas.
Entonces el Monito le contestó:
--¡Ay compadrito, si Ud. supiera lo que me pasa, estoy seguro que no se
reiría de mí sino que me salvaría!
El compadre León al oirlo hablar con tanta pena, le preguntó:
--¿Qué le pasa, compadrito?
Y el Monito le contestó:
--¡Qué malos son conmigo, compadrito! ¿a quién se le ocurre que un
Monito tan chico como yo se va a comer una ternera tamañaza, y más no
teniendo ni una pisquita de ganas de comer? ¿por qué, compadrito, usted
que es tan bueno y es bien grande no se come la ternera y me salva a mí?
El compadre León llevaba harta hambre, porque hacía hartazos días que no
probaba ni agua, así es que le dijo al Monito:
--Bueno, pero ¿qué hay que hacer?
Entonces el Monito le contestó:
--Primero me tiene que cortar las amarras, quedando usted en mi lugar.
Después vendrán dos hombres a preguntarle si se come la ternera, y usted
les dirá que sí, que se la come toitita. Entonces le entregarán la
ternera y lo dejarán en paz con su pancita bien llena.
--Muy bien le dijo el compadre León, manos a la obra; y ligerito desató
al Monito, y se puso él en su lugar para que lo amarrara.
El Monito lo amarró bien amarrado para que no se fuera, y cuando acabó
de amarrarlo, le dijo: