compañeros, que siguieron a su servicio, conservaron las virtudes de que
gozaban y fueron poderosos defensores del reino. Hermosura del Mundo
fué, como se lo pronosticó el viejito, muy feliz con su marido y jamás
se acordó de que hubiera sido guatón y de modales ordinarios. Tuvieron
un semillero de niños, todos buenos e inteligentes, y fueron para ellos
una verdadera corona, más valiosa que la que ciñeron en su frente a la
muerte del Rey.
Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento y pase por un zapatito
roto para que alguno de los que me oyen cuente otro.
17. EL ARBOL DE LAS TRES MANZANAS DE ORO.
(Referido en 1912 por Juan Ignacio Montecinos, de 32 años, de San
Felipe, quien lo oyó contar en Santiago, siendo niño.)
Este era un viejo Rey, muy rico y poderoso, que gobernaba un extenso
país, lleno de recursos y muy poblado.
Este Rey tenía tres hijos, hermosos, fuertes y valientes, queridos de
todo el pueblo, y mucho más de sus padres, a quienes respetaban y amaban
con idolatría.
El Rey y su familia moraban en un suntuoso palacio, a cuyos pies se
extendía un huerto plantado de toda clase de árboles frutales de las
especies más escogidas y variadas; pero su principal ornamento era un
enorme y bellísimo manzano, cuya copa descollaba sobre todos y se
divisaba desde muy lejos. Su tronco de plata y sus hojas de bronce eran
la admiración de cuantos lo veían.
Una antigua leyenda ligaba su existencia a la suerte del reino.
Este árbol prodigioso daba todos los años tres manzanas de oro, que
maduraban sucesivamente en las tres primeras noches del mes de Enero;
pero desde hacía tres años, alguien se introducía en el huerto y se las
robaba en el momento preciso en que entraban en sazón sin que hubiese
sido posible atrapar, y ni siquiera ver, al miserable que las substraía,
a pesar de las infinitas precauciones que se tomaban para impedir su
entrada, y de que una numerosa guardia, armada hasta los dientes, se
establecía aquellas tres noches alrededor del árbol. Poco antes de las
doce un sueño irresistible se apoderaba de todos, y no despertaban
hasta el día siguiente, cuando ya la fruta había desaparecido.
El Rey se sentía sumamente afligido con esta desgracia, que lo era, y
muy grande, pues, como se ha dicho, la suerte del reino dependía del
manzano maravilloso.
Una vez, en el último día del año, que el Rey se hallaba rodeado de sus
hijos y de todos los grandes de la Corte, dijo:
--Mañana a media noche madurará la primera manzana de oro, y por cuarta
vez vendrá el misterioso ladrón y se la robará. ¿No hay entre todos
ustedes un valiente que estorbe su entrada?
Se acercó al trono el hijo mayor del Rey e hincando una rodilla ante su
anciano padre, habló de esta manera:
--Mi señor y padre, yo me propongo esperar a nuestro enemigo y no
dejarme dominar por el sueño, y por fuerte que sea, vencerlo y
arrastrarlo encadenado a vuestras plantas.
--Anda, hijo, contestó el Rey, y quiera Dios que te vaya bien en la
empresa.
Se retiró el príncipe a sus habitaciones, y aunque no eran más de las 2
de la tarde, se echó a dormir, a fin de no tener sueño en la noche, Como
a las 11 despertó, y armándose de poderosas armas, se dirigió al huerto
y se sentó al pie del manzano a esperar la llegada del ladrón.
Al dar la campana del reloj del palacio el primer golpe de las 12, se
iluminó el huerto con una luz tan viva que el Príncipe, como herido por
un rayo, perdió la vista y cayó desvanecido en tierra.
Al día siguiente lo encontraron tendido, como muerto, y en el árbol sólo
vieron dos manzanas de oro: una había sido robada.
En el consejo que se celebró ese día, se comentó el hecho en medio de
gritos de venganza; pero nadie, sino el segundo de los hijos del Rey, se
ofreció para velar esa noche y hacer un escarmiento en el desconocido
personaje que se había propuesto acabar con la tranquilidad del reino.
Pero el hombre propone y Dios dispone, y las cosas no resultaron según
los deseos del Príncipe. Los hechos se repitieron en igual forma que en
la noche anterior, y en la mañana siguiente encontraron al Príncipe
tendido en el suelo, sin conocimiento y sin vista. En el árbol no
quedaba sino una manzana.
La consternación más profunda se pintaba en todos los rostros. En el
consejo nadie se atrevía a hablar; parecía que todos habían perdido el
uso de la palabra.
Pero he aquí que el tercero de los príncipes, jovencito imberbe de unos
18 años, se adelantó hasta el trono, y prosternándose ante su padre, se
expresó del siguiente modo:
--Señor y padre amado, me aflige veros triste y contemplar a mis
hermanos en el miserable estado en que han quedado; me aflige ver al
pueblo sobrecogido de espanto y a todos sin ánimo ni valor para nada. Yo
deseo acabar con este estado de cosas: quiero que la paz vuelva a todos,
y espero que Dios dará fuerzas suficientes a mi brazo para vencer al
enemigo común y volver a todos la tranquilidad. Dadme vuestra bendición,
bendecid también mis armas, y que Dios me ayude.
Con los ojos inundados de lágrimas, bendijo el Rey al Príncipe y bendijo
asimismo las armas que éste depositó a sus pies. En seguida, el
Príncipe, pidiendo permiso al Rey para retirarse, salió de la sala con
paso tranquilo, se dirigió a sus habitaciones, en donde estuvo orando
hasta cerca de las 12, hora en que, armado nada más que de su arco y de
una flecha (las armas que su padre había bendecido), se dirigió al
huerto con la confianza de que había de vencer.
Poco después sintió un ruido, como el de una gran ave que volara a corta
distancia, y al dar el reloj la primera campanada de las 12, el huerto
se iluminó con una luz vivísima. Pero el Príncipe en vez de mirar
inmediatamente hacia el árbol de las manzanas de oro, como lo habían
hecho sus hermanos, se prosternó humildemente y sólo después de invocar
el nombre de Dios y pedirle su ayuda, tomó el arco y colocó la flecha en
la cuerda. Al resplandor de la luz, que se había dulcificado
notablemente, pudo ver el Príncipe una Aguila enorme, con las plumas de
oro, que tenía sobre sus hombros a una hermosísima Princesa sujeta de la
cintura con una cadena de oro, cuyo extremo apretaba el águila
fuertemente con una de sus patas, mientras con la otra trataba de
agarrar la única manzana que quedaba. En el preciso momento que el ave
la cogía, el Príncipe lanzó la flecha e hirió la pata con que el ave
acababa de tomar la manzana. El Aguila lanzó un grito de dolor, soltó la
manzana, que el Príncipe se apresuró a levantar, y huyó. Pero antes la
Princesa arrancó al ave una pluma de oro y lanzándosela al joven, le
gritó:
--Guárdala, que ella te servirá para encontrarme.
Cuando el Príncipe volvió al palacio con sus trofeos, fué recibido con
los mayores transportes de alegría. El Rey no cabía en sí de gozo, pues
como todos los demás, temía que al Príncipe le hubiese sucedido la misma
desgracia que tan cruelmente había herido a sus hermanos.
Una vez que el joven terminó de referir la aventura, manifestó a sus
padres que tenía deseos de ir a la conquista de la hermosa Princesa, y
de matar al Aguila para librar al reino de las desgracias que este
monstruo pudiera causarle.
El Rey le dió permiso para tentar esta nueva empresa; y el joven, que
tenía prisa de partir, pues el recuerdo de la Princesa le había medio
trastornado, arregló en un momento sus prevenciones de viaje, y sin
acompañarse de nadie, se lanzó por el primer camino que halló a su paso.
Así marchó al azar días y días, preguntando en todas partes si sabían en
donde se encontraría el Aguila de las plumas de oro; pero nadie le daba
noticias.
Un día que iba muy triste y pensativo porque el tiempo pasaba y pasaba
sin adelantar en sus diligencias, fué de pronto sacado de su meditación
por la algazara que formaban unos cuantos niños dentro de una zanja
abierta a orillas del camino. Se acercó a ver qué motivaba la bulla y
vió que los chicos ortigaban a una gran rana que tenían en el suelo
tendida de espaldas. El Príncipe les increpó su crueldad, los castigó
suavemente y los obligó a retirarse. En seguida tomó la rana y la ocultó
a alguna distancia entre la yerba a fin de que, si los niños volvían, no
la encontraran.
Anduvo todavía varios días, siguiendo caminos y cruzando bosques en que
no encontraba a nadie, hasta que por fin llegó a una choza que se
levantaba a orillas de un arroyo. En la puerta estaba sentada una
viejecita de aspecto agradable, que tomaba tranquilamente su mate, que
ella misma se cebaba. El Príncipe la saludó afablemente y le preguntó si
podría decirle en dónde encontraría al Aguila de las plumas de oro y a
la Princesa que tenía prisionera. La viejecita le contestó que
seguramente podría darle algunas noticias que le interesarían, pero que
era bueno que bajase del caballo para que se sirviera un matecito y
descansara. El Príncipe accedió a los deseos de la anciana, quien le
cebó su buen mate con hojas de cedrón y cáscaras de naranjas, y después
lo condujo a una pieza en que había una excelente cama, que el Príncipe,
que no había reposado en lecho desde que había salido de palacio,
encontró más blanda y agradable que la que tenía en sus habitaciones.
Durmió el Príncipe como un ángel de Dios, y al día siguiente se levantó
reconfortado y alegre y con mayores deseos de continuar la aventura.
Agradeció a la viejecita sus servicios, la obsequió con algunas de las
provisiones que llevaba y le rogó que le diese las noticias que le había
ofrecido. La anciana le dijo:
--Joven Príncipe, tú has sido bueno conmigo, tienes un corazón
bondadoso, pues te apiadas de la desgracia ajena, y yo quiero pagar la
deuda que contigo tengo contraída, en cuanto mi poder alcance, y
premiar tu virtud.
El Príncipe no comprendió lo que la buena mujer le decía, y pensando que
tal vez se referiría a las provisiones que le había obsequiado, le dijo:
--¡Señora! si el alojamiento que usted me ha ofrecido y la buena noche
que he pasado en su casa valen cien veces más que los pobres víveres que
le he dejado; de manera que yo soy siempre su deudor!
--No es esa mi deuda, ¿Te acuerdas, Príncipe, de aquella rana que
ortigaban unos niños dentro de una zanja y a quien tú salvaste? Pues,
aquella rana soy yo, que a estas horas habría perecido a manos de
aquellos malvados muchachos si tú no me quitas de su poder. Yo soy
agradecida, y pagaré mi deuda de la mejor manera posible.
»En un palacio muy distante de aquí vive un gigante hechicero, muy
malvado, y mi enemigo. El es quien tiene prisionera a la Princesa que
buscas y él también el que, convertido en águila con las plumas de oro,
va todos los años a robar al huerto de tu padre las manzanas del árbol
maravilloso. Esas manzanas son las que mantienen su poder, y como en su
última correría sólo alcanzó a robar dos, su poder no durará sino los
ocho primeros meses de este año; además, la pluma que le arrancó la
Princesa ha disminuido su fuerza, que también se ha aminorado un poco
con la herida que tú le causaste en una pata, y que lo ha dejado cojo.
Si tú quieres esperar que se cumplan los ocho meses, no te costará más
trabajo conquistar a la Princesa que vencer al Gigante en lucha
ordinaria, de hombre a hombre, con la seguridad de que, con los medios
que yo te proporcione, saldrás vencedor; pero, si desde luego quieres
rescatar a la prisionera y matar al enemigo de tu patria, tendrás que
correr muchos y grandes peligros, a pesar de las fuerzas que ha perdido
el Gigante, pues su poder siempre es mucho y está rodeado de feroces
auxiliares.
--Prefiero correr los peligros, dijo el Príncipe, y dar fin de una vez a
esta empresa, aunque perezca en la contienda.
--No perecerás, pero tendrás que pasar grandes fatigas. Sigue el camino
que principia aquí al frente de mi choza, y después de tres días de
marcha llegarás a casa de una bruja tuerta, más mala que la hiel y
comadre muy querida del Gigante: ésta es la primera avanzada que tienes
que vencer. Cuando llegues, la encontrarás sentada a la puerta, con la
espalda vuelta al camino; te acercarás a ella, procurando que no te
sienta y cuando llegues a donde está, trata de meterle en el ojo derecho
la pluma de oro que te lanzó la Princesa, y quedará ciega: entonces te
apoderas de un hacha que guarda detrás de la puerta y que te servirá
para vencer a las fieras que custodian el palacio del Gigante, para
pelear con este mismo y derrotarlo y para cortar las cadenas con que
está aprisionada la Princesa. Tomarás también una redoma que la Bruja
tiene en una mesa de arrimo que hay en la primera pieza de la derecha;
el agua que contiene es de virtud, y para aprovecharla introducirás en
ella la pluma de oro y te lavarás las quemaduras y heridas que te
produzcan los monstruos guardianes del palacio. De la misma manera
curarás, cuando vuelvas a palacio, la ceguera de tus hermanos. Si alguna
desgracia imprevista te sucede, acuérdate de mí, y correré en tu
auxilio. Ahora anda, y que Dios te ayude.
Partió el Príncipe todo alborozado, y a los tres días de casi un
continuo andar, el caballo se detuvo a corta distancia de la puerta de
una modesta casa, en la cual había una mujer sentada en un piso, con la
espalda vuelta al camino. Se bajó el Príncipe de su caballo y andando
muy quedito, en la punta de los pies, se acercó a la mujer y le metió la
pluma de oro en uno de sus ojos; pero por desgracia se equivocó, pues en
vez de introducirla en el derecho, que era el sano, se la metió en el
izquierdo, que era el tuerto. La mujer, al sentirse herida, entró a la
casa y volvió rápidamente trayendo un poco de agua de la redoma, con la
que roció al Príncipe, diciendo al mismo tiempo: “Vuélvete quiltro”. Y
el Príncipe se convirtió al punto en un perrillo sucio y despreciable.
La mujer tomó incontinenti un garrote y le propinó una de las palizas
más famosas de que haya memoria.
El Príncipe huyó al interior de la casa con la cola entre las piernas,
aullando lastimosamente.
¡Cómo se lamentaba el pobre de su error! Ya todo estaba perdido! Adiós,
Princesa, y padres y hermanos!
Pero de repente se acordó de la última recomendación de la viejecita y
se puso a decir muy bajito, para que no lo oyeran: «¡Ranita, Ranita,
acuérdate de este pobre príncipe!» Y casi al mismo instante que
terminaba estas palabras, vió a su lado a la Rana.
Dió la Rana un salto y díjole al oído: «No tengas cuidado, esperemos que
la Bruja duerma y entonces pagará las hechas y por hacer».
Pasadas unas dos o tres horas, se acercaron a la puerta de la pieza en
que la Bruja dormía y sintieron que roncaba ruidosamente. Entonces la
Rana se convirtió en la Viejecita que había conocido el Príncipe tres
días antes y diciendo unas palabras ininteligibles, el Príncipe dejó de
ser perro y tomó su forma natural. La pluma de oro sirvió para abrir la
puerta del dormitorio de la Bruja, sin que hiciera ruido: y entonces
tomando el Príncipe el hacha que estaba tras de la puerta, asestó a la
Bruja tal golpe en el cuello que le separó la cabeza de los hombros.
La Viejecita tomó la redoma y le dijo al Príncipe que ella lo
acompañaría para que no le sucediera otra nueva desgracia. Abandonaron
la casa, y a la luz de la Luna vió el Príncipe dos caballos, el de él,
en que montó, y otro más, en que subió la Viejecita.
Emprendieron la marcha, y cuando ya era de día, divisó el Príncipe, muy
lejos, muy lejos, en la cumbre de una alta montaña, una especie de
castillo. La Viejecita le dijo: «Este es el palacio del Gigante, a quien
venceremos con la ayuda de Dios.»
Siguieron avanzando, y cuando ya estaban como a una legua de distancia
del palacio, llegó hasta ellos un ruido ensordecedor de maullidos,
ladridos y rugidos espantosos, como si miles de fieras lanzaran a un
tiempo sus gritos amenazadores. Cualquiera habría retrocedido lleno de
pavor, pero nuestros viajeros siguieron impertérritos su camino.
Media legua más habrían andado los caballos cuando un impedimento
bastante serio los detuvo por un instante: las fieras no se contentaban
ya con sus gritos sino que al mismo tiempo lanzaban por hocico y narices
gruesos chorros de fuego líquido que llegaban hasta nuestros caminantes
y casi los abrasaban. Pero la pluma de oro empapada en el agua de la
redoma se portó a las mil maravillas, pues no sólo les curó como por
ensalmo las llagas que el fuego les había producido, sino que además los
inmunizó para recibir nuevas quemaduras.
Entonces pudieron avanzar sin cuidado; pero antes de llegar hasta la
puerta del palacio tenían que atravesar una larga extensión de terreno
ocupada por una multitud de leones, tigres, serpientes, demonios y otras
fieras y monstruos servidores del Gigante, que estaban dispuestos a
despedazar a los dos intrusos o dejarse destrozar por ellos antes que
permitir llegaran hasta su amo.
Pero el Príncipe, armado del hacha encontrada en la pieza de la Bruja, y
la Viejecita blandiendo la pluma de oro impregnada con agua de la
redoma, pudieron derrotar, aunque con algún trabajo y sacando algunas
heridas, a sus poderosos enemigos, que quedaron tendidos en el campo,
sin vida.
Hélos ahora en presencia del Gigante, el cual, al verlos acercarse,
levantó su pesada muleta de hierro, capaz, no de matar a un solo
cristiano, sino de concluir con un numeroso ejército.
El Príncipe se adelantaba hacia él sin temor, y una vez que el Gigante
lo tuvo a su alcance, dejó caer la muleta con tal fuerza que más de la
mitad de ella penetró en la tierra. El Príncipe, en cuanto notó el
movimiento del Gigante, esquivó el cuerpo, y alzando su hacha, la
descargó sobre la pierna sana de su enemigo, que cortó como si fuera de
queso. El monstruo, no pudiendo mantenerse en pie, cayó cuan largo era,
y el Príncipe, corriendo apresuradamente, de un hachazo le cortó la
cabeza a cercén.
La liberación de la Princesa fué cosa de un momento; con un suave golpe
del hacha se cortó la cadena de oro que la aprisionaba, y pudo arrojarse
en los brazos de su libertador.
En carros y caballos que había en el mismo palacio, cargó el Príncipe
todas las riquezas que encontró, e inmediatamente se pusieron todos en
camino para el reino de su padre. Por medio del arte de la Viejecita,
que tan buenos servicios le había prestado, en pocas horas llegaron a la
entrada de la capital. Allí la Viejecita se despidió del Príncipe y de
la Princesa y después de aconsejarles que fueran siempre buenos y
virtuosos, único modo de obtener la felicidad, desapareció de su vista.
La Viejecita era la Virgen.
El Príncipe fué acogido por todos en medio de la mayor alegría y
proclamado salvador de la patria. Sus hermanos recobraron la vista
sirviéndose de la pluma de oro y del agua de la redoma.
El matrimonio del joven Príncipe y de la Princesa fué uno de los
acontecimientos más celebrados. Se hicieron grandes fiestas para el
pueblo, que se divirtió alegremente, y yo me encontré en ellas y bebí
mucho y comí más que un sabañón.
18. LOS HIJOS DEL PESCADOR, O EL CASTILLO DE LA TORDERÁS, IRÁS Y NO
VOLVERÁS.
(Narrador: José Pino, de veinte años, de Rancagua.)
Para saber y contar, escuchar y aprender. Esteras y esteritas, para
sacar peritas; esteras y esterones, para sacar orejones. No le eche
tantas chacharachas, por que la vieja es muy lacha, ni se las deje de
echar, porque de todo ha de llevar: pan y pan para las monjas de San
Juan; pan y harina para las monjas Capuchinas; pan y queso, para los
tontos lesos. Fin del principio y principio del fin. ¡Atención!
Han de saber que hace muchos años vivían en un pueblecito de la costa
dos pobres viejos, marido y mujer, muy apreciados de los vecinos por su
bondad y por lo serviciales que eran con todo el mundo.
El marido era pescador y la mujer se ocupaba de los quehaceres de la
casa, que, aunque no eran muchos, no dejaban de ser bastantes para sus
años. Sus bienes se reducían a la choza que habitaban, a la red, una
yegua, una perra y unos cuantos pesos, muy pocos, por cierto, que habían
logrado reunir a fuerza de privaciones y que guardaban cuidadosamente
para atender a las enfermedades que pudieran sobrevenirles o a
cualesquiera otras necesidades imprevistas.
Sucedió una vez que durante varios días le fué muy mal al viejito en la
pesca. Echaba la red y no sacaba nada; sin embargo, los otros pescadores
retiraban sus redes llenas.
«¿Qué diantres habré hecho yo para que el cielo me castigue así?»--decía
desesperado el anciano; y volvía a echar la red, y nada, siempre vacía.
En las tardes se iba triste a su casa, y a pesar de que su mujer trataba
de consolarlo y le contaba chascarros para hacerlo reir, no lo
conseguía.
Se comieron las pocas economías que tenían, y cuando no les quedaba ya
ni un chico, el pobre viejo, llorando, se fué a la playa, montado en su
yegua como acostumbraba hacerlo, y tirando la red al mar, dijo:--«En
nombre sea de Dios y que se haga su voluntad»; y después de un rato, al
retirarla, la encontró tan pesada, que para sacarla tuvo que amarrarla a
la cincha de la yegua.
Mientras la yegua tiraba la red, el viejo se refregaba las manos de
gusto, y riéndose decía:--«En fin la suerte cambia; tendremos para comer
algunos días y aún podremos vender algo.» ¡Pero cuál no sería su asombro
cuando al examinar la red encontró que lo único que había pescado era un
pecesillo que no medía más de una cuarta!
Y ese ser tan pequeño, ¿cómo pesaba tánto, que él, que era tan forzudo,
no había podido arrastrar la red y había tenido que auxiliarse de la
yegua para sacarla? Tomó su cuchillo e iba a abrir el pescadito para ver
lo que lo hacía tan pesado, y cuando estaba a punto de hacer esta
operación, oyó que el pez le decía:--«No me mates aquí. Llévame para tu
casa y allá me partes en cinco trozos: la cabeza, que te comerás tú; la
cola, que se comerá tu mujer; los dos costados, que darás uno a la yegua
y el otro a la perra; y por último, el lomo, que plantarás en el jardín.
Si haces lo que te digo, no tendrás de qué quejarte, y además, en
adelante, siempre cogerás pesca en abundancia».
Se fué el pescador a su choza e hizo lo que le había ordenado el
pececito; y ¡oh maravilla! al otro día tuvo la viejecita dos niños muy
hermosos y tan parecidos el uno al otro, que era de confundirlos;
asimismo, la yegua tuvo dos potrillos del mismo pelo y del mismo tamaño;
la perra dos perritos casi iguales, y en el jardín nacieron dos
naranjos.
Desde ese mismo día el viejecito pescó como ningún otro; de manera que
tuvo alimento suficiente para toda la familia y pescado para vender en
la ciudad vecina. La fortuna le sonreía de todas maneras, pues los niños
crecían sanos y robustos y eran excelentes personas.
Pasaron los años unos tras otros y los niños transformados ya en
hombres, cumplieron los veinte. Entonces el mayor, que se llamaba
Francisco, quiso salir a rodar tierras, para probar fortuna, y le pidió
la bendición a sus padres. Inmediatamente después de abrazarlos, armose
de una espada, montó en su caballo y seguido de su perro, partió al
galope.
Después de algunos días de marcha, llegó a una ciudad y notó que la poca
gente que andaba por las calles parecía consternada por una gran
desgracia. Al mismo tiempo se oían lamentos, llantos y alaridos por
todas partes.
Detuvo Francisco a una viejecita que iba toda llorosa y le preguntó por
qué los habitantes de la ciudad andaban tan tristes.
--¡Cómo no hemos de estar afligidos, patroncito, cuando hoy debe comerse
el culebrón a la única hija de nuestro rey, la princesa más bella y más
bondadosa que se conoce, tan querida de los pobres, pues a todos nos
auxilia y nos consuela! Ah! esta es la peor desgracia que podía
sucedernos!
Y la anciana lloraba sin consuelo.
--Pero, cuénteme que es eso del culebrón y por qué se va a comer a la
Princesa.