tapices, y los muebles! No salían sino voces de alabanza de todos los
labios y el Rey, enamorado del hermoso alcázar, resolvió quedarse
viviendo ahí y dejar el otro palacio para la servidumbre. Pero a pesar
de todo, la Princesa no se resolvía a dar su mano al gordo Comín.
--Señor,--dijo éste, una vez que el Rey y acompañantes recorrieron el
palacio--¿cuál será la prueba a que vuestra Majestad me va a someter
mañana?
--Esta tarde te la daré a conocer--contestó el monarca. (El Rey quería
darse tiempo para consultar a su comadre bruja, y fué lo que hizo cuando
Comín y sus compañeros se retiraron.)
--Comadre, ¿qué hacemos para que el castillo nos salga de balde y Comín
no se case con Hermosura del Mundo?
--Pídale que en tres días le haga otro castillo igual o mejor en el
aire.
--De veras, comadre, que esto no lo podrá hacer.
Mientras tanto Escuchín oía lo que el Rey y la Bruja conversaban y dijo
a Comín y compañeros:
--En la mala estamos, amigos. Por consejo de la Bruja, el Rey va a
mandar hacer a Comín un castillo en el aire igual o mejor que el de los
tres azuelazos. Pero se me ocurre una idea que puede salvarnos: Comín
ofrece hacer el castillo diciéndole al Rey que nosotros pondremos los
maestros, pero que él proporcione los trabajadores y los materiales; los
maestros serán tres loros que oigo hablar a siete leguas de aquí, como
si fueran cristianos. Hay que irlos a buscar, enseñarles lo que deben
decir y los ponemos en el aire, muy alto para que no los vean y desde
ahí pidan los materiales.
--Pero ¿quién los va a buscar?
--Corrín puede ir por ellos.
Fué Corrín y en un cuarto de hora estaba de vuelta con los tres loros.
Les enseñaron a las avecitas lo que tenían que hacer, y como eran muy
inteligentes, en poco rato aprendieron la lección.
Al otro día muy temprano estaban los loros en el aire, colocados a
cierta distancia uno de otro; y la cosa resultó a maravilla, porque el
día amaneció con una neblina tan espesa que ni con anteojos de larga
vista los habrían divisado.
Llegó la hora de la prueba y estaba todo preparado: los canteros con la
piedra labrada para los cimientos y para las murallas; los albañiles,
con la mezcla en punto; los carpinteros, con las puertas y ventanas; y
así los demás.
Cuando ya estaban todos reunidos, se oye la voz de los maestros que
desde el aire piden los materiales:
--¡Ya están hechos los heridos! suban luego las piedras para los
cimientos! ¿Qué hacen que no suben la mezcla? ¡Pronto, porque no es cosa
para demorarse!
Y gritaban de todos lados que se apuraran, que estaban perdiendo tiempo.
Pero los trabajadores no hacían más que mirar para arriba y no hallaban
por donde subir; hasta que una comisión de ellos se presentó al Rey y le
dijo que no sabían como pasar los materiales que desde tan alto les
pedían los maestros; que aunque hubiera escaleras que alcanzaran a
llegar hasta ellos nadie se atrevería a subir tan arriba, pues todos
temerían caer con el peso de los materiales, o que les diera un vahido y
se les fuera la cabeza. El Rey les encontró razón sobrada, y dispuso que
no se siguiera el trabajo, y a Comín le dijo que en la tarde le diría
cuál sería el que tendría que ejecutar al día siguiente.
Cuando quedaron solos, el Rey preguntó a la Bruja:
--Comadre, ¿qué trabajo daremos mañana a Comín?
--Haga que le pongan cuarenta fondos de comida, de los más grandes que
se encuentren, y ordénele que él, o uno de sus compañeros, se lo coma
en un solo día, y si no se lo come, los manda fusilar y el castillo le
sale de balde y la Princesa no se casa con el guatón.
Escuchín que todo lo oía dijo a sus compañeros:
--Perdidos somos, amigos; la maldita bruja aconseja al Rey que mañana
haga poner cuarenta fondos de comida para que uno solo de nosotros se lo
coma en un día, y si no, nos manda fusilar a todos.
Y entonces dijo Comín, cuya gracia no conocían sus amigos:
--Compañeros, ¿para qué estoy yo aquí? hace un montón de días que no
como casi nada, así es que los cuarenta fondos puedo despacharlos en un
suspiro; tengo apetito como un diacho.
Desde antes que aclarara, los cocineros del Rey se pusieron a preparar
los cuarenta fondos de comida. ¡Puchas que echaban carne! Veinte
terneros y veinte corderos tuvieron que descuerar y destripar. ¡Y papas!
y porotos! y choclos! y cebollas! un saco de cada cosa vaciaron en cada
fondo, fuera del arroz, del cilantro, yerbabuena y comino! Y como si
todo eso fuera poco, al lado de cada fondo vaciaron una gran canastada
de pan. Había para dar de comer a un ejército entero!
Comín, que veía los preparativos, se refregaba las manos de gusto.
¡Hacía tiempo que no comía hasta quedar satisfecho!
Dando las 12 el reloj del castillo, anunció el Cocinero Mayor que la
comida estaba en punto y pidió que se adelantara el que debía comérsela.
Comín se presentó y preguntó si ya podía comenzar.
--A la hora que quiera--contestó el Cocinero Mayor--pero no tiene de
plazo sino hasta las 5 de la tarde para comérselo todo.
--¿Hasta las 5?--dijo Comín--va a ver que antes de las 2 van a quedar
los fondos pelados.
Y así fué, en efecto; porque aquel hombre no puede decirse que comía, ni
que tragaba, ni que engullía, sino que devoraba todo lo que estaba a su
alcance y las enormes presas de carne y las cucharonadas de papas,
porotos, y cebollas y los panes desaparecían como por encanto al llegar
a su boca, y llegaban incesantemente.
A las 2 de la tarde no quedaban ni rastros de aquel inmenso guisado, y
el Maestro de Cocina y sus ayudantes vieron con asombro que no había
necesidad de limpiar los fondos, porque tan limpios los dejó Comín que
brillaban como patenas.
Comín dijo al Cocinero Mayor:
--Señor Cocinero Mayor, ¿no prepararon un fondito de dulce de alcayota o
de manjar blanco? mire que estoy acostumbrado a tomar desengraso. Y
también me hace falta un barril de café, bien cargadito, para asentar el
estómago.
El Cocinero Mayor se fué con Comín a donde el Rey.
--Señor,--dijo el Cocinero--ya se comió este bárbaro los cuarenta fondos
de comida, y todavía pide un fondo de postre y un barril de café.
El Rey, admirado, preguntó a Comín:
--¿Y cómo pudiste pasar tanta comida?
--A fuerza de pan, pues, señor,--contestó Comín.
--¿Y todavía persistes en tomar postre y café?
--Si su Sacarrial Majestad se digna ordenar que me lo den, me lo tomaré,
señor.
El Rey ordenó que complacieran a Comín, y a éste le dijo que al otro día
temprano le daría un nuevo trabajo.
El Rey mandó llamar a la Bruja.
--Comadre, ¿qué trabajo les damos mañana a estos bárbaros, que no lo
puedan hacer para que el castillo me salga de balde y Hermosura del
Mundo no se case con Comín?
--Disponga Su Majestad que uno de ellos se tome en un solo día cuarenta
toneles de aguardiente y de vino, veinte de cada cosa, y si no lo hace,
que no lo hará, los manda fusilar a todos y así le sale de balde el
castillo y la Princesa seguirá soltera.
--Me parece bien el consejo, comadre.
Escuchín, que todo lo oía, dijo a sus amigos:
--Perdidos somos, compañeros; la maldita bruja aconseja al Rey que
mañana haga tomar a uno de nosotros 40 toneles de aguardiente y de vino,
veinte de cada cosa, en un solo día, y si no se lo toma, nos hace
fusilar a todos.
--¿Y para qué he venido yo?--dijo Tomín.
--Pero, compañero, se le van a quemar las tripas con tanto aguardiente.
--No se apure por eso, amigo, que mis tripas están blindadas.
Al día siguiente dijo el Rey a Comín.
--Voy a encerrar a uno de ustedes en la bodega y antes de las 5 de la
tarde debe beberse los veinticinco toneles de aguardiente y los
veinticinco de vino que hay en ella, y si no, ya saben lo que les pasa.
(El Rey agregó diez toneles más, por lo que pudiera suceder).
Se adelantó Tomín:
--A mí me toca, Sacarrial Majestad, desempeñar esa prueba. Puede su
Sacarrial Majestad encerrarme en la bodega a la hora que quiera, con la
seguridad de que sus deseos serán cumplidos.
Y efectivamente, cuando el Rey abrió la bodega, a las 5, vió con asombro
que los toneles estaban completamente secos.
--Pero, hombre, por Dios ¿cómo has podido beber tanto?
--Señor, es que yo no tomo sino en dos ocasiones: cuando tengo sed y
cuando no la tengo.
--Se comprende, entonces; aunque no lo encuentro muy claro.
--Comadre, le dijo a la Bruja una vez que quedaron solos,--voy saliendo
mal con sus consejos; si siguen así las cosas, tengo que largar el
millón de pesos y dejar que Comín se case con Hermosura del Mundo; es
preciso que se le ocurra algo más difícil, algo que ninguno de estos
bárbaros pueda hacer.
--Mire, compadre, esta vez si que la sacamos bien con seguridad: dígale
que uno de ellos tiene que apostar conmigo a cuál llega primero a Roma
con una carta que su Majestad, nos entregará y si yo llego primero con
la contestación, ellos perderán, vuestra Majestad los manda fusilar y el
Castillo le sale gratis y Hermosura del Mundo no se casa con Comín.
--Compañeros,--dijo Escuchín a sus amigos--perdidos somos; el Rey, por
consejo de la maldita Bruja, va a hacer que uno de nosotros apueste con
la Bruja a cual vuelve primero con la contestación de una carta que han
de llevar a Roma, y si gana la Bruja nos fusilan a todos.
--¿Y para qué estoy yo aquí--dijo Corrín--sino para correr con quien
quiera?
Tempranito, al otro día, hizo llamar el Rey a Comín y a sus compañeros.
--Uno de ustedes y mi comadre van a llevarme cada uno una carta a Roma y
si mi comadre vuelve primero con la contesta, los seis serán fusilados
sin remisión. ¿Cuál es el que va a ir?
--Yo, señor,--dijo Corrín.
Y el Rey entregándoles una carta a Corrín y otra a la Bruja, los hizo
colocarse uno al lado del otro, como cuando se colocan los caballos para
correr, y diciéndoles “una, dos, tres”, salieron disparados como
flechas, pero todavía no salían de la ciudad y ya Corrín se les perdió
de vista y no había ni luces de él. Cuando Comín venía de vuelta con la
contesta, la Bruja no llevaba andado ni la mitad del camino de ida; la
Bruja lo divisó desde lejos y viéndose perdida, se transformó en una
linda jovencita y lo esperó sentada en una piedra, a la sombra de un
árbol.
--¿A dónde va tan ligero, señor, con tanto calor como hace? Siéntese un
ratito a descansar y sírvase estos membrillitos para que se
refresque;--y le mostraba dos hermosos membrillos, que llegaban a estar
fragantes.
Corrín no resistió la tentación y se sentó al lado de la joven.
Conversaron un rato y después dijo él:
--Voy a dormir una siestecita, tengo tiempo de más para cumplir mi
encargo;--y se recostó en la falda de la Bruja, la cual, en cuanto
Corrín se quedó dormido, le puso adormideras en la cabeza para que no
despertara tan luego, le sacó del bolsillo la carta que traía de Roma y
partió con ella de regreso, dejando a Corrín con la cabeza apoyada en la
piedra en que acababa de estar sentada.
Pero todo lo que hablaron Corrín y la Bruja transformada en niña lo oyó
Escuchín y les dijo a sus compañeros:
--Perdidos somos, amigos; la Bruja ha hecho tal y cual cosa, le ha
robado la contesta a Corrín, a quien ha puesto adormideras en la cabeza,
y lo ha dejado durmiendo y la maldita vieja estará de vuelta, con la
carta, en un par de horas.
--No hay cuidado dijo Aguaitín; desde aquí veo durmiendo a Corrín y lo
voy a despertar, y al mismo tiempo castigaré a la Bruja.
Y haciendo la puntería con su carabina primero a la Bruja, le quebró una
pata y la dejó coja que no podía ni mover el pie; y de otro disparo
atravesó una oreja a Corrín que despertó y salió corriendo a todo
escape, hasta que encontró a la vieja y quitándole la carta, en dos
zancajos llegó al palacio y se la entregó al Rey.
Comín preguntó al Rey cuál sería la otra prueba; y el Rey, esperando que
llegara la Bruja, le contestó que les daba una semana de descanso.
Transcurridos siete días, llegó la Bruja cojeando, y como estaba picada
con Comín y sus compañeros, para embromarlos de una vez a todos, le
aconsejó al Rey que mandara a los seis amigos solos a pelear contra el
numeroso ejército de los moros que le había declarado la guerra, y
siendo ellos tan pocos contra tantos, con seguridad los matarían, o
cuando menos los tomarían prisioneros, y entonces el Rey se quedaría de
balde con el castillo y la Princesa seguiría tan soltera como hasta
entonces. Al Rey le pareció que este consejo era el mejor que había
recibido de la Bruja y ya le parecía verse libre de Comín y de sus
compañeros; pero Escuchín, que no se descuidaba, lo oyó todo y se lo
comunicó a sus amigos:
--Perdidos somos--les dijo;--la Bruja aconseja al Rey que nos mande a
nosotros solos a combatir con el numeroso ejército moro que le ha
declarado la guerra; ¿qué va a ser de nosotros?
--En la buena estamos, compañeros--dijo Comín.--Cuando nos coloquen
frente a los moros y cuando estén todavía lejos, Aguaitín les disparará
con su carabina, y cuando el ejército enemigo esté más cerca, Peín les
disparará con su transpontín y con ésto quedamos vencedores.
Así quedó convenido y el plan se ejecutó al día siguiente en todas sus
partes tal como se había establecido. Primeramente Aguaitín dió buena
cuenta de gran número de moros, pero ésto se hacía sólo con el objeto de
dar tiempo a Peín para prepararse, y tan bien se preparó, tanto aire
aspiró que cuando los moros habían avanzado hasta llegar a una legua de
distancia, bajándose los calzones volvió el trasero hacia ellos y
lanzando una terrible andanada de ventosidades, los elevó a todos a
grande altura, yendo a caer muertos a enorme distancia. Esta fué la
primera batalla en que se usaron los gases asfixiantes.
A pesar del beneficio que para el reino significaba tan espléndida
victoria, Hermosura del Mundo no cedía, y pidió al Rey que le exigiera
el trabajo que faltaba para completar los siete. Y he aquí cual fué el
séptimo trabajo, siempre aconsejado por la Bruja:
Tenía el Rey una hermosa conejera poblada de cincuenta lindísimos
conejos de raza fina. Díjole la Bruja:
--Entregue a Comín los cincuenta conejos y le ordena que los lleve a la
montaña durante tres días y los suelte en ella, y que en la tarde los
traiga arriándolos como si fuesen un rebaño de corderos, y si no vuelve
con los cincuenta, sin que le falte ninguno, los hace fusilar a todos.
Y así se hizo.
Llevó Comín los conejos en dos sacos y los soltó en la montaña, y los
animalitos, apenas se vieron libres, huyeron en todas direcciones. Comín
pensaba:
--Ahora sí que es cierto que el Rey nos hace sacar el orujo a mí y a mis
compañeros, porque ¿cómo voy a juntar estos conejos de miéchica cuando
llegue la hora de volverme con ellos, sueltos, como si fuesen un rebaño
de corderos? Seguramente llegaré sin ninguno.
Comín se quedó triste y pensativo por un momento y se recostó en el
musgo, sobre el costado izquierdo; después de un rato, sintiéndose
cansado, se dió vuelta al otro lado y sintió que algo duro le molestaba;
creyó que sería una piedra y se incorporó para quitarla, pero no halló
nada en el suelo; entonces se registró para ver qué podía ser lo que le
incomodaba y encontró en un bolsillo de sus pantalones el pito que le
había dado el viejito, y se dijo, acordándose de un verso que había oído
cantar antes de salir de su tierra:
--Quién canta su mal espanta,
quién llora, su mal aumenta;
no estoy yo para dejarme morir; pasemos este mal rato tocando el pito y
esto algo disipará mis penas;--y se llevó el pito a la boca y no hizo
mas que hacerlo sonar y principian a llegar de carrerita todos los
conejos, unos de un lado, otros de otro y se pusieron a bailar delante
de él al compás de lo que tocaba. Imagínense cuánto sería el gusto del
atribulado Comín, porque, por más que él tratara de engañarse, el susto
se lo comía vivo; tanta fué la alegría de que se vió inundado todo su
ser que no pudo contenerse y se puso a bailar con los conejos, hasta que
se sintió fatigado. Díjoles entonces a los conejitos:
--Váyanse a corretear y a comer no más, mientras yo duermo una
siestecita, que cuando sea tiempo los llamaré.
Y con esto los animalitos se fueron y perdieron de vista en un abrir y
cerrar de ojos.
Mientras Comín dormía, el Rey le dijo a la Bruja:
--Comadre, no sé por qué me tinca que este diablo de Comín va a volver
con los cincuenta conejos, ¿por qué no va a ver si los ha soltado y le
compra uno, aunque le pida lo que le pida?
--Voy, compadre, y haré lo posible por quitarle uno siquiera.
Y se fué la vieja para donde estaba Comín, pero en la mitad del camino
se transformó en la misma hermosa niña que robó la carta a Corrín. Pero,
Comín que la había divisado desde lejos, antes que se transformara, se
preparó para el ataque y poco antes que la Bruja llegase tocó el pito, y
los conejos, apareciendo por todos lados, se formaron en círculo delante
de Comín, como esperando sus órdenes. Llegó la Bruja transformada en
niña y en verdad que venía hecha una tentación, pero Comín, que no
olvidaba lo que le había pasado a su compañero pocos días antes, cuando
volvía con la contestación de la carta que había llevado a Roma, apenas
la falsa joven se le sentó al lado y con palabras halagüeñas le pidió
que le vendiera un par de esos lindos conejitos, que los quería para
cría, y que estaba dispuesta a darle lo que por ellos pidiera, fuese lo
que fuese, Comín le dijo:
--Señorita, aquí está muy fresco, así es que no se imagine que tengo
calor y no me venga a ofrecer membrillos para refrescarme, por que no
seré tan leso como lo fué Corrín en días pasados, que se dejó embaucar
tan fácilmente por usted. A otro perro con ese hueso.
--¿De qué cosas me habla usted, que no le entiendo? ¿Quién es ese Corrín
y qué membrillos son esos?
--Mira, bruja de moledera, no te hagáis la lesa! más bien ándate donde
tu compadre el Rey para que vea que no sacáis nada conmigo, y ándate
luego, porque si no, la sacáis chueca.
--Este hombre debe estar loco--dijo la Bruja--mejor será que me vaya.
Y se fué donde el Rey.
--Señor--le dijo--este pícaro de Comín tiene a los conejos mansitos,
como si los hubiera criado guachitos. Y lo peor es que me conoció y no
pude sacarle ninguno.
--¿Y qué hacemos, comadre? Fíjese que su ahijada no quiere casarse con
él y va a salir triunfante de todas las pruebas.
--Compadre, haga que mañana vaya mi comadre la Reina, pueda ser que ella
consiga comprarle un conejito siquiera.
--Eso haremos, comadre; ella es muy habilosa y pueda ser que con su
talento lo consiga; aunque lo dudo.
Cuando el Sol se puso, llegó Comín con los cincuenta conejos que le
habían entregado, ni uno más ni uno menos; y al día siguiente volvió a
salir con ellos y los dejó que se fueran a retozar con toda
tranquilidad. Poco después llegó la Reina disfrazada, muy empolvada y
con mucho colorete, pero a pesar de todo Comín la conoció, tocó el pito
y los animalitos llegaron corriendo y se congregaron a su rededor.
--¡Qué lindos los conejitos! ¿son para venderlos?
--No se venden, señorita; son del Rey y tengo que entregar en la tarde
los cincuenta que son, porque si falta alguno nos fusilan a mí y a mis
compañeros; con que usted verá si puedo vender uno solo que sea.
--Pero uno siquiera.
--¿Pero que no ha entendido lo que acabo de decirle? Si falta uno solo
de los cincuenta conejos que me han entregado, nos despachan a mí y a
mis cinco compañeros para el otro mundo.
--¿Y si le diera 5.000 pesos por uno?
--Ni aunque me dé 10.000.
--¿Ni por 20.000 pesos?
--Ni por 50.000; valen más mi vida y la de mis cinco amigos.
--Mire, le daré 100.000 pesos.
--Sea por 100.000 pesos, y además un abrazo y un beso y un mordisco en
el pescuezo.
--Todo lo que me pide, menos el mordisco.
--Sin mordisco, no hay venta.
--Si es así, venga también el mordisco, pero que no sea muy fuerte.
Entregó la Reina los 100.000 pesos, se dejó besar y abrazar y tuvo que
aguantar un mordisco formidable de aquel gran comedor, que le arrancó
medio cogote con sus dientes; pero la Reina, a pesar del intenso dolor
que le produjo la herida, que casi se desmayó, se dió por feliz y
satisfecha cuando Comín le entregó un conejo, que se llevó muy bien
envuelto en la falda de su rico vestido. Comín se quedó aguaitándola, y
cuando vió que iba a llegar al palacio, tocó el pito y al oirlo el
conejo abrió un agujero en la tela en que iba envuelto y partió a todo
escape a reunirse con sus compañeros, que lo esperaban delante de Comín.
La Reina no se dió cuenta de la huída del animalito y sólo cuando
extendió su vestido ante su marido para mostrárselo, vino a conocer su
desgracia. Por cierto que al Rey sólo le contó lo de los 100.000, y por
lo que hacía a la herida del cuello, que no podía moverlo, lo atribuyó a
que se le había producido al pasar por debajo de una rama quebrada.
Al otro día, también por consejo de la Bruja, fué Hermosura del Mundo,
muy bien disfrazada, a comprar un conejo y Comín que la conoció muy
bien, se lo vendió por otros 100.000, un beso, un abrazo y qué sé yo qué
otros cariños más, porque la Princesa a todo estaba dispuesta, menos a
casarse con Comín. Pero la Hermosura del Mundo le pasó lo que a su
madre, que, a pesar de haber envuelto el conejito con toda prolijidad,
asegurándolo con alfileres de gancho, el animalito, obedeciendo al
llamado del pito, logró desprenderse de su encierro sin que Hermosura
del Mundo lo notara, y llegó muy sí señor a reunirse con los otros
conejos.
Comín dijo al Rey:
--Supongo que su Sacarrial Majestad no nos va a tener toda la vida a mí
y a mis compañeros exigiéndonos pruebas casi imposibles de ejecutar y
que algún día esto ha de tener fin. Creo haber ganado sobradamente la
mano de vuestra hija llevando a cabo los siete trabajos que se nos han
impuesto, y espero que vuestra Majestad me la concederá hoy mismo:
Pero el Rey, que ya había sido aconsejado por la Bruja, le contestó:
--Es cierto Comín que tú y tus compañeros habéis ejecutado las siete
pruebas que os he exigido, aunque una no se terminó, pero todavía voy a
imponeros una más, y será la última: ésto y mucho más vale Hermosura del
Mundo.
--¿Y cuál será esa última prueba, señor?
--Coge ese saco y llénamelo de verdades.
--Perfectamente, señor, y si quiere le lleno dos. ¿Puedo comenzar luego?
--Puedes comenzar.
La Corte estaba reunida, el Rey sentado en su trono; la Reina, con su
cogote entrapajado, a la derecha del Rey; Hermosura del Mundo, a la
izquierda; la Bruja, al lado de la Princesa; y a uno y otro lado de la
gran sala, los grandes de la Corte y principales dignatarios y
funcionarios. Se adelantó Comín, tomó el saco que se le había indicado y
principió:
--¿Es verdad, señor, que para conceder la mano de Hermosura del Mundo
vuestra Majestad antes no pedía sino que se le construyera en tres días
y de tres azuelazos un castillo igual o mejor que el de su Sacarrial
Majestad y en el cual se vieran el Sol y la Luna?, y que en esta vez, a
exigencias de vuestra hija la Princesa Hermosura del Mundo, que me
encuentra muy guatón y ordinario, me ha obligado vuestra Majestad a
ejecutar muchos otros trabajos, a cual de ellos más difícil?
--Sí, es verdad.
--Y muy grande. Entra, verdad, al saco.--Y haciéndose como que echaba
algo al saco, continuó:
--¿Es verdad, señor, que ejecutados todos los trabajos a entera
satisfacción de su Majestad, vuestra Majestad, por consejos de esa Bruja
infernal dispuso se me entregaran cincuenta conejos que debía soltar en
la montaña y traerlos en la tarde, durante tres días, sin que faltara
uno solo, so pena de la vida de seis personas, y que la misma Bruja,
transformada en una hermosa niña, trató de quitarme uno de los conejos
para que vuestra Majestad nos mandara fusilar a mí y a mis cinco
compañeros; pero yo la conocí y no bastaron ni sus ofertas, ni sus
tentaciones y demás argucias de que se valió para que yo le entregara
uno?
--También es verdad.
--Otra verdad al saco, y van dos. Las que voy a decir en seguida son tan
gordas que cada una es bastante para llenar un saco.
Y dirigiéndose a la Reina preguntó:
--No es verdad señora, que vuestra Majestad, disfrazada de dama de la
Corte, fué el segundo día a comprarme un conejo con el mismo fin que su
comadre la maldita Bruja, y que después de muchas ofertas consentí en
entregarle uno en cambio de 100.000 pesos, un beso...
--Mira, hijo, le dijo la Reina al Rey, estamos tonteando; es mejor que
se casen luego; ¿no ves que es inútil batallar con él y que siempre
saldremos perdiendo?
Todavía hablaba la Reina cuando apareció al lado de Comín, sin que nadie
supiera de donde salía, el mismo anciano que le había dado el pito, y
dirigiéndose a la Princesa le dijo:
--Hermosura del Mundo, cásate con él y serás feliz.
Y tocando a Comín con el palo que le servía de bastón, quedó Comín
transformado en un gallardo joven y cambió no sólo de figura sino que
hasta del modo de hablar.