El Rey tenía un hechicero a su servicio y a él le pidió consejo acerca

de qué trabajo debería proponerle a Antonio que éste no fuera capaz de

ejecutarlo.

El hechicero le dijo:

--Escriba V. M. dos cartas para el Rey su vecino, una me entrega a mí,

que me transformaré en jote y la llevaré en un santiamén; la otra se la

entrega al pretendiente de la Princesa para que él le dé curso, y

veremos cuál de los dos trae primero la contestación.

--Me parece bien--murmuró el Rey, y ordenó a su secretario que

inmediatamente escribiese las dos cartas y que estuvieran listas en un

momento. Con esto, mandó el monarca que llamasen a Antonio, quien, de

pie ante el trono, oyó respetuosamente la orden que se le daba, y que,

como la anterior, se sancionaba con pena de la vida. Antonio prometió

entregar al Rey la contestación antes que el jote, y salió.

Inmediatamente reunió a sus compañeros y les contó el apuro en que se

encontraba.

--No tenga cuidado, señor,--dijo el Hombre Largo--yo me encargaré de

llevar la carta y traer la contestación, y por muy ligero que vuele el

jote yo correré más rápidamente que lo que él vuela.

--Y nosotros velaremos por lo que pueda suceder--agregó el Cazador.

Y al punto el Hombre Largo tomó la carta y zancajeando con velocidad

pasmosa, se perdió de vista en un momento. Y tan lijero anduvo que

cuando el jote iba aún con la carta, el Hombre Largo volvía ya con la

respuesta. Se cruzaron en lo alto de un cerro, el corredor corriendo y

el Jote volando, y cuando éste, que como se ha dicho, era el Hechicero,

lo divisó, dejó caer desde lo alto un anillo. El Hombre Largo, a pesar

de la rapidez de su carrera, vió brillar el anillo en el suelo y se

detuvo a recogerlo; encontrolo hermoso y pareciéndole que no le quedaría

mal, se lo puso; pero apenas introdujo el dedo en el anillo, cayó en

tierra dominado de un violento sueño. Con su vista perspicaz el Cazador

vió todo lo ocurrido desde el lugar en que se hallaba, y comprendiendo

que era el anillo el que había dejado como muerto a su compañero, le

hizo los puntos con su fusil y disparó con tanto acierto que la bala

rompió el anillo y cayó destrozado al suelo. Roto el encanto, el Hombre

Largo continuó su carrera y en un momento llegó donde Antonio y le

entregó la respuesta, que Antonio llevó inmediatamente al Rey. El Jote

se demoró más de un día aún en llegar con la contestación, y el Rey,

despechado, lo hizo matar.

Al otro día, bien temprano, el Rey, aconsejado por la Reina, hizo

entregar a Antonio veinte conejos que debía soltar en la montaña para

que anduviesen libremente y traerlos todos en la tarde; si no los traía

su cuello recibiría las caricias de la cuchilla del verdugo. Antonio

ofreció volver con los veinte conejos; y preguntó si esa sería la última

prueba a que se le sometía. El Rey le prometió que si salía bien en

ésta, no le impondría sino otra más.

Partió Antonio llevando los conejos y acompañado del mayordomo de

palacio, que iba para comprobar si Antonio soltaba los animalitos; y

como viera que en cuanto llegaron a la montaña les daba completa

libertad y que desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, se volvió y

contó a los Reyes cómo los conejos habían huído más que ligero y que

sería muy difícil que Antonio pudiera cogerlos. El Rey, que recordaba

cómo Antonio, había salido tan bien de las empresas anteriores, pidió a

la Reina que se disfrazase y fuese a comprarle un par de conejos y le

diese por ellos el dinero que le pidiese. Hízolo así la Reina; se vistió

con los vestidos de su doncella, se peinó de distinta manera que como

Antonio la había visto y, arreglada, en fin, de modo que no la

conociese, partió para la montaña. Antonio la divisó desde lejos y la

conoció perfectamente, y sacando el pito, lo hizo sonar. Como por

encanto los conejos, saliendo de todas partes, se reunieron en un

momento frente a Antonio, retozando graciosamente.

Poco después llegó la Reina, se sentó al lado de Antonio y entabló

conversación con él. Primero le habló de otras cosas y después de los

conejos.--Qué hermosos los conejitos--le dijo--,¿por qué no me vende un

par para hacer cría?--Antonio le contestó que no podía, que tenía que

entregar los veinte, completos, en la tarde, so pena de vida. Ella le

ofrecía lo que quisiera, este mundo y el otro; pero inútilmente, porque

Antonio no cedía ni aflojaba un pelo. Sin embargo, como la Reina

continuara con sus exigencias, Antonio le dijo que sólo de una manera le

entregaría el par de conejos, y hasta media docena si le parecía y era

dejándose aplicar una marca en las posaderas. La Reina, que no quería

que Antonio se casara con su hija, viendo que no había otro medio de

concluir con él, aceptó la proposición, y Antonio, para no hacerla

sufrir, ya que con su sufrimiento nada ganaba, en vez de calentar el

hierro, lo impregnó de tinta indeleble y lo estampó en las partes

convenidas; después de lo cual la falsa doncella recibió los dos conejos

y envolviéndolos en el delantal, se fué contentísima a paso ligero. ¿Qué

le importaba a ella la marca? Antonio, que no podía entregar sino 18

conejos, moriría a manos del verdugo y nadie sabría lo que a ella le

había pasado. Pero la Reina no contaba con el pito de Antonio, quién una

vez que calculó que la Reina estaba próxima a llegar a palacio, sacó el

silbato y lo hizo sonar: un minuto después el par de conejos estaba con

sus compañeros frente a Antonio. La Reina no se dió cuenta de la huida

de los animalitos, así fué que casi se cayó muerta de rabia cuando al

querer mostrarlos al Rey se encontró con que no traía ninguno. Contó al

Rey lo que le había sucedido y sólo pudo consolarse con la esperanza de

que los conejos no se hubieran ido a reunir con los otros que tenía

Antonio, esperanza que le salió fallida, ya que poco después entró el

joven y entregó al Rey los veinte conejos.

--Señor,--le dijo--me parece que he cumplido. Ojalá, para salir luego de

cuidados, me diga cuál es el trabajo que me falta ejecutar.

--Es éste--le contestó el Rey:--toma ese saco; a las 12, me lo traes

lleno de nada, nonada, tres ayes y una verdad; y ya sabes, si falta

alguna de estas tres cosas ¡fuera cabeza!

--No tenga cuidado S. M., que será complacido.

Al día siguiente salió Antonio provisto de su saco, y después de echar

en él, alternativamente, el hierro para marcar, un gran manojo de

hortiga caballuna, una piedra y un trozo de madera, ató la boca del

saco, se fué al palacio y colocándose al lado del estanque en que estaba

el buque de los tres hachazos, esperó que bajaran el Rey, la Reina, la

Princesa y los nobles, como en todas las pruebas anteriores. Poco antes

de las 12 ya estaba reunida toda la concurrencia, y sonando la duodécima

campanada del reloj, dijo el Rey:

--Supongo que habrás traído _nada_ en el saco.

--Sí, Majestad, y aquí está--contestó Antonio--sacando el pedazo de

madera, que arrojó al estanque;--ya ve V. M. que nada.

--Es verdad--dijo el Rey--¿y la nonada?

--Aquí la tiene V. M.--respondió el joven, mostrando la piedra que

extrajo del saco,--pues si la arrojo al agua, _no nada_.

El Rey no tuvo más remedio que asentir, y con voz alterada por la cólera

al verse vencido, preguntó:

--¿Y los tres ayes?

--Para eso será preciso que V. M. comisione a alguno de los suyos, para

que no se crea que los falsifico.

Ordenó el Rey a la doncella de la Princesa que fuese a sacar los ayes, y

al acercarse al joven para cumplir el mandato, éste le dijo:

--Es preciso meter al saco las dos manos y buscar con cuidado entre unas

yerbas que hay en el fondo, para que no se escapen.

La niña creyó que si buscaba rápidamente los ayes podrían escaparse y el

joven perder la partida, y para conseguirlo, metió las manos

precipitadamente entre las ortigas, que juntaba y apartaba para

facilitar la salida de los ayes, pero no duró sino un instante, porque

las manos se le irritaron de tal manera y era tan grande el dolor que

sentía que tuvo que sacarlas casi al momento, gritando «¡ay, ay, ay!»

Antonio dijo entonces al Rey:

--Ahí tiene V. M. los tres ayes que me había exigido.

--Ahora veamos esa verdad, dijo el Rey con voz alterada.

Y sacando Antonio del saco el hierro de marcar, dijo:

--Ha de saber V. M. que ayer, mientras cuidaba los conejos en la

montaña, vino la Reina, a quién conocí perfectamente, a pesar del

disfraz, y me pidió que le vendiera dos de esos animalitos, y yo,

después de discutir un poco, consentí en dárselos con la condición...

--De que se le diera la mano de nuestra hija--exclamó la Reina,

dirigiéndose al Rey, pero de modo que todos oyeron lo que decía.

--Eso es,--confirmó Antonio--y espero que después de lo sucedido, V. M.

no se negará a permitir mi matrimonio con su hija.

--Lo permito gustoso--contestó el monarca,--tanto más cuanto veo que

eres una persona de tal mérito que no hay empresa que se te encomiende,

por difícil que sea, que no la ejecutes de la manera más cumplida.

Y así fué como Antonio, mozo pobre, pero bueno, se casó con la hija del

Rey y llegó más tarde a sentarse en el trono, siendo feliz hasta donde

se puede serlo en esta tierra de desgracias, con su mujer y los

numerosos hijos que tuvo.

16. HERMOSURA DEL MUNDO, O EL CASTILLO DE LOS TRES AZUELAZOS.

(Contado por Tránsito González, maestro carpintero, de Choapa y 57 años

de edad. Me lo refirió en Peñaflor, en 1922.)

Vivían en un pueblo dos viejitos casados desde hacía muchos años; pero

Dios no los había favorecido dándoles un hijo siquiera. Tenían numeroso

ganado y algún dinero, y temiendo morirse pronto y no sabiendo a quien

dejarle sus bienes, adoptaron a un huerfanito que recién nacido había

perdido a sus padres, y lo criaron con grande esmero y cariño. El

chiquitín se llamaba Nicomedes, pero el nombre no le venía, porque era

un comedor terrible: cuando era guagua, no le aguantó ninguna ama,

porque, a las que le llevaban, les secaba los pechos de dos o tres

chupetadas y tuvieron que criarlo con leche de vaca, y apenas le bastaba

la de dos. Cuando le salieron dientes, comenzó por comerse un conejo y

una gallina al día, después siguió con un cabrito, después con una oveja

o un cordero, y cuando tenía doce años se comía un buey descansadamente.

Por causa de su voraz apetito nadie lo llamaba por su nombre y todos le

decían Comín, Comón, hijo del buen Comedor.

Llegó el caso de que de tanto comer el niño, el ganado se les iba

concluyendo a los viejos, quienes, por otra parte, gozaban de muy buena

salud y parecía que cada día estaban mejor y que nunca se iban a morir;

temieron, entonces, quedar en la miseria, y para evitarlo le dijeron a

Comín que saliera a buscar a donde ganarse la vida, que ya no podían

tenerlo a su lado por más tiempo.

Se despidió Comín de sus padres adoptivos, y llegó a una hacienda cuyo

dueño lo tomó a su servicio para que le cuidara un enorme ganado de

ovejas que tenía, y como era muy friolento, para que en la noche le

tuviera fuego encendido a la hora que se lo pidiera. El sueldo que

pagaba era bueno; pero había una condición bastante dura, y era que si

alguna vez no le tenía fuego encendido, o le faltaba alguna oveja, que

las contaban una vez por semana, lo mandaba degollar. Comín aceptó el

contrato, pero tenía la intención de comer a su gusto todas las ovejas

que su hambre insaciable le pidiese, siquiera por siete días, y mandarse

cambiar antes que contasen el ganado.

El hacendado le pedía fuego todas las noches a distintas horas y Comín

siempre se lo proporcionaba, de modo que nunca lo pudo pillar, y como

las ovejas las contaban sólo una vez por semana, tampoco pudieron notar

que se comía cuatro o cinco cada día.

Seis hacía ya que estaba en la hacienda, cuando en la cocina, en la hora

de la comida, oyó contar que el Rey de las Tres Puntas del Aromo ofrecía

dar en matrimonio a su hija Hermosura del Mundo y un millón de pesos a

aquel que frente a su castillo, de tres azuelazos, construyera en tres

días otro castillo tan lindo o mejor que el del Rey y en el cual debían

lucir el Sol y la Luna, y el que se presentara a hacerlo y no lo

hiciera, tenía pena de la vida. Comín se dijo:--Yo voy a tentar la

aventura: entre que mañana me degüellen cuando vean que faltan

tantísimas ovejas y correr la suerte de poder levantar el castillo de

tres azuelazos, lo haga o no, prefiero esto último. Y al otro día por la

mañana, después de salir con el ganado y dejarlo abandonado en el campo,

se mandó cambiar, no llevando por todo bastimento sino un pan que había

guardado en el desayuno.

Unas cuantas horas había andado cuando le salió al encuentro un viejito

y con voz temblorosa le pidió algo que comer, si llevaba.

--Sí, llevo un pan, buen anciano,--le dijo Comín--y tómelo todo para

usted.

--Y tú ¿qué vas a comer, hijito?

--Lo que Dios quiera, taitita; lo que es con un pan no tengo ni para

comenzar, y lo mismo me da comerlo que no comerlo.

--Está bien, hijito, ¿y a dónde vas?

--Voy a conquistar la mano de Hermosura del Mundo, hija del Rey de las

Tres Puntas del Aromo y a ganar un millón de pesos.

--¿Y lo conseguirás?

--No lo sé, pero a eso voy. Me dicen que el Rey la dará en matrimonio al

que de tres golpes de azuela le haga, en tres días, frente al suyo, un

castillo tan lindo o mejor que el de él, en el que, además, se vean el

Sol y la Luna; y el que se presente y no lo haga, tiene pena de la vida.

--¿Y con qué cuentas para hacerlo?

--Con la ayuda de Dios solamente, porque ni siquiera tengo la azuela.

--Quiero premiar tu buen corazón, Toma esta azuelita--le dijo el viejo

pasándole una nuevecita que sacó de debajo del poncho;--con ella, en el

primer día darás un solo golpe en el suelo en el lugar que te indiquen,

e inmediatamente aparecerán los cimientos; en el segundo día darás

también con la azuelita un golpe en los cimientos y aparecerán las

murallas; en el tercer día darás otro golpe con la misma azuelita en las

murallas, y entonces quedará completamente terminado el castillo, que

será más hermoso y estará mejor amueblado que el del Rey. Toma, además,

este pitito; haciéndolo sonar cuando te encuentres en apuros, te verás

libre de todo mal.

Y despidiéndose de Comín, se fué el viejito por un lado y Comín por

otro.

A poco andar Comín encontró a un hombre que estaba tendido en el suelo y

con una oreja pegada a la tierra.

--¿Qué hace amigo?--preguntó Comín.

--Estoy oyendo a unos pimeos que discuten acaloradamente sobre una

carrera, y estoy muy entretenido con la disputa que tienen acerca de si

ganó este caballo o ganó el otro.

--¿Y cómo se llama usted?

--Escuchín, Escuchón, hijo del buen Escuchador.

--¿Quieres que vamos juntos a rodar tierras?

--No, señor, déjeme aquí, que estoy muy divertido con la carrera de los

pimeos.

--Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene

una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse

al que levante en tres días, frente al suyo, de tres azuelazos, un

castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de

levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña

usted y me ayuda? Habrá, además, un premio de un millón de pesos.

--Vaya, pues, lo acompañaré por tratarse de una aventura poco común y yo

soy muy amigo de las aventuras.

Marcharon en compañía por un buen rato conversando alegremente, hasta

que encontraron a un hombre que miraba con mucha atención hacia arriba.

--¿Qué hace, amigo?--preguntó Comín.

--Aquí estoy aguaitando a una aguilita que anda muy altazo por las

regiones del cielo.--Y haciéndoles los puntos con una carabina que tenía

al lado disparó. Nada divisaban ni Comín ni Escuchín, por más que

miraban, pero como un cuarto de hora más tarde percibieron un puntito

negro que poco a poco se fué agrandando, hasta que, por fin, media hora

después del disparo, vieron caer a sus pies una águila.

--¿Y cómo se llama usted?

--Aguaitín, Aguaitón, hijo del buen Aguaitador.

--¿Por qué no vamos juntos a rodar tierras?

--No, señor, déjeme aquí, que lo paso muy entretenido cazando pajaritos.

--Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene

una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse

al que levante en tres días frente al suyo, de tres azuelazos, un

castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de

levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña

usted y me ayuda? Habrá además un premio de un millón de pesos.

--Si es así, lo acompañaré, por tratarse de una aventura que no se ve

todos los días, y yo me muero por las aventuras raras.

Siguieron andando los tres, departiendo amigablemente, hasta que

llegaron a la orilla de un gran río, muy ancho y muy correntoso, y en la

margen opuesta vieron a un hombre que con pies de cabra formaba una

represa.

--¿Qué hace ahí, mi amigo?

--Juntando un poquito de agua, señor, para tomármela y apagar mi sed.

--¿Y cómo se llama usted?

--Tomín, Tomón, hijo del buen Tomador.

--¿Por qué no se viene con nosotros a rodar tierras?

--No señor, déjeme por aquí, que hay tantos ríos; mire que yo ando

siempre sediento y me hace mucha falta el agua.

--Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene

una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo, y la da para

casarse al que levante en tres días, frente al suyo, de tres azuelazos,

un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención

de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me

acompaña usted y me ayuda? Habrá además, un premio de un millón de

pesos.

--Por tratarse de casamiento, en donde habrá harto que tomar, lo

acompañaré, pues; pero si van a las Tres Puntas del Aromo tienen que

pasar para este lado.

--Díganos si sabe, donde está el puente para atravesarlo.

--Qué puente ni qué niño muerto, señor; si para atravesarlo no hay más

puente que mi estómago, como ustedes van a verlo;--y tendiéndose de

guatita, dió dos o tres sorbidos, ¡qué sorbidos, Dios Santo! y dejó el

río completamente seco y Comín y sus compañeros pudieron pasar a pie

enjuto al otro lado, y acompañados de Tomín siguieron su camino.

Poco después llegaron a un llano y vieron a un hombre que corría con una

rapidez extraordinaria.

--¿Qué hace, amigo?--le preguntó Comín.

--Aquí me tiene señor, apostando carreras con el Viento.

--¿Y cómo le va en las carreras?

--No muy mal, señor: cuando corremos cuesta arriba, salimos iguales,

pero cuando corremos cuesta abajo, yo se la gano al Viento.

--¿Y cómo se llama usted?

--Corrín, Corrón hijo del buen Corredor.

--¿Por qué no se viene con nosotros? No le faltará trabajo: vamos a las

Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda,

que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que de tres

azuelazos levante frente al suyo, en tres días, un castillo en que se

vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese

castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me

ayuda? Habrá, además, un premio de un millón de pesos.

--Vaya, pues, lo acompañaré, porque supongo que me pagará bien.

--Como no, pues, ho! una vez que me case con la princesa te daré harta

plata. El millón de pesos que me entregue el Rey será para ustedes.

Y los cinco continuaron andando hasta que dieron con uno que estaba con

los calzones abajo aspirando aire a dos carrillos.

--¿Qué está haciendo amigo?

--Preparándome para rosar esa montaña y esa risquería que ahí se

divisan, porque pienso sembrar en ellas.

--¿Pero cuánto tiempo se va a demorar en rosarlas, cercarlas y

sembrarlas?

--Un ratito no más, pues; va usted a ver con qué facilidad lo hago.

Los hizo retirarse a un lado, y después de aspirar más aire comenzó a

lanzarlo por el trasero con tanto tino que los troncos de los árboles y

los riscos, que volaban en todas direcciones, al caer iban formando una

cerca perfectamente hecha y el terreno quedó completamente limpio, en

punto de ararlo.

--¿Y cómo se llama usted?

--Peín, Peón, hijo del buen Peorrón.

--¿Por qué no se viene con nosotros? le pagaremos bien. Vamos a las Tres

Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se

llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que de tres azuelazos

levante frente al suyo, en tres días, un castillo en que se vean el Sol

y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme

con la Princesa. Habrá, además, un premio de un millón de pesos, que se

repartirá entre ustedes.

--Si es así, dejaré este trabajo para otra vez y me iré con ustedes.

Y los seis siguieron la interrumpida marcha y por fin llegaron al

castillo del Rey, que los recibió en presencia de la Reina, de la

Princesa y de toda la Corte.

Se adelantó Comín, que hacía de jefe de los recién llegados, y

respetuosamente habló así al Rey:

--Después de muchos días de penoso viaje llego a presencia de su

Sacarrial Majestad a pretender la mano de vuestra hija Hermosura del

Mundo, para lo cual me comprometo a hacer en tres días como su Sacarrial

Majestad lo exige, un castillo tan lindo o mejor que el de su Sacarrial

Majestad, de sólo tres azuelazos, y no espero para levantarlo sino saber

si siempre su Sacarrial Majestad mantiene su promesa, y en caso de que

sí, que se me indique el sitio en que debo construirlo.

La Princesa, que estaba sentada a la izquierda del Rey (la Reina estaba

a la derecha), le pegó en el codo y le dijo al oido:

--Papá, no quiero casarme con él, aunque haga el castillo de tres

azuelazos; es muy gordo y muy ordinario; impóngale otras obligaciones.

La verdad es que hasta entonces no se habían presentado otros

pretendientes que reyes y príncipes, y que Comín, ante ellos, tenía que

parecer a Hermosura del Mundo un ser despreciable; así es que el Rey

encontró razón a su hija, y en consecuencia de lo que ella pedía,

contestó a Comín:

--Encuentro que es corta mi exigencia de hacer solamente un castillo en

cambio de la mano de mi hija, así es que últimamente he decidido que a

esa prueba se agreguen otros seis trabajos más, de modo que por todos

sean siete.

--¿Y se podría saber de antemano cuáles son esos seis trabajos?

--Los iré diciendo uno a uno a medida que se ejecuten los anteriores.

--Está bien, señor, me someto a todas las exigencias de su Sacarrial

Majestad.

--Piénsalo bien, antes, mira que cualquiera de las pruebas que no lleves

a buen fin les costará la vida a ti y a tus compañeros, porque supongo

que cuentas con la ayuda de ellos para ejecutarlas.

--Así es, efectivamente, señor.

--Pero cada prueba no puede ser llevada a cabo sino por uno solo y todos

seis sois solidarios del desempeño de cada uno.

--Como he dicho me someto respetuosamente a todas las condiciones de su

Sacarrial Majestad.

--Si es así, puedes comenzar; el castillo debe levantarse en esa plaza

que está frente a mi palacio: tienes tres días de plazo para hacerlo y

en cada día no puedes dar más de un azuelazo.

Comín se dirigió al sitio que se le indicaba y levantando la azuelita

que le había dado el viejito, dió el primer azuelazo; y los Reyes,

Hermosura del Mundo y la Corte vieron asombrados lo que hasta entonces

no habían conseguido ver: la azuela que toca la tierra y los cimientos

que quedan hechos instantáneamente.

--Papá, este roto va a salir con la suya; yo no me caso con él.

--No tenga cuidado, hijita, que si logra hacer el castillo, todavía

tendrá que hacer otros seis trabajos, a cual más difícil, para lo cual

nos aconsejaremos de su madrina, a quien, como bruja que es, se le

ocurrirán cosas que será imposible hacer.

--Ojalá sea así, papá, porque yo no me caso con este guatón indecente.

Trascurrieron una tras otra las 24 horas que tiene el día, el sol salió

por donde siempre sale y llegó el momento en que Comín debía dar el

segundo azuelazo, y lo dió ante la familia real y la Corte con el mismo

éxito que el primero, pues tocar la tierra con la azuela y alzarse las

murallas del castillo fueron cosas simultáneas.

Todos se quedaron con la boca abierta.

Cuando volvieron en sí, Hermosura del Mundo dijo al Rey:

--Papá, ya le he dicho, por nada del mundo me caso con ese hombre.

--Si ya lo sé, hijita; no tenga cuidado, confíe en su padre.

Pero al otro día crecieron los temores de la Princesa: tercer azuelazo

dado por Comín y el castillo que queda terminado. Pero ¡qué castillo,

señores! Había que verlo! Ante él el del Rey parecía un mamarracho.

Amigos, todos, todos sin excepción, al ver aquella maravilla, se cayeron

de espaldas.

Cuando volvieron de su estupor, dijo Comín:

--¿Por qué no pasamos a visitarlo?

Y se dirigieron al castillo presididos por el Rey.

Cuentos populares en Chile · 第 7 / 20 段