enemiga, lo había dejado ciego a él y había encantado a su hijo,
situaciones que debían durar hasta que alguien se apoderara del Arbol
que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino.
El Príncipe, que se había enamorado de Luna, pidió a su padre que lo
dejara casarse con ella, si ella lo aceptaba por esposo. Luna manifestó
su alegría ante tal petición; pero el Rey les observó que, aun cuando él
aceptaba plenamente esta unión, era menester esperar que los niños
encontraran a sus padres para pedirla en matrimonio. Se convino en que
se haría así, y al otro día partieron nuestros pequeños héroes.
Cuando nuestros viajantes llegaron a su casa, Luna plantó la rama del
Arbol que canta en medio del jardín, y en tres días había crecido tanto
y estaba tan corpulento como el árbol de que provenía. El Loro adivino
vivía en sus ramas y solía acompañar en sus cantos al Arbol, que era la
delicia de todo el vecindario.
La fama de este Arbol maravilloso se extendió por todo el país y bien
pronto llegó a oídos del Rey, que quiso conocerlo; y al efecto,
acompañado de la Corte, de sus cuñadas y de muchas damas, se trasladó a
la casa de los niños.
Lo primero que llamó la atención de todos fué la hermosura incomparable
de los tres hermanos y la simpatía que despertaban.
Parecía que el Arbol hubiese reservado sus mejores cantos para esta
visita: las melodías que entonó eran tan dulces, tan suaves, tan
armoniosas, que el Rey y su comitiva se quedaron extasiados escuchándolo
y las horas pasaron sin sentirlas.
De pronto el Arbol calló y poco a poco el auditorio volvió en sí. El Rey
fué el primero en hablar:
--¡Qué cosa tan extraordinaria--dijo--que un árbol cante!
El Loro habló entonces, con voz entera y clara, que todos oyeron
perfectamente:
--Es verdad, su Majestad, que es muy extraordinario; pero no tanto como
el que una mujer dé a luz tres perros, en vez de tres criaturas, cosa
que tan fácilmente hicieron creer a vuestra Majestad sus cuñadas.
--¿Cómo? ¿Qué dice ese Loro?
--Yo contaré a vuestra Majestad cómo pasaron las cosas. Pero ante todo,
haga vuestra Majestad que amarren bien a sus cuñadas a un árbol, porque
al ver que se van a poner en descubierto sus picardías, tratarán de
escabullirse y huir. Y ordene también que inmediatamente saquen a la
Reina de su entierro, porque si no sale luego de ahí, morirá; y que la
traigan aquí, pues su presencia es necesaria.
El Rey dispuso que, con fuertes correas, ataran a un árbol a las
hermanas de su mujer, y que, sin demora, libraran a la Reina del
emparedamiento en que estaba y la trajeran.
Momentos después llegó la Reina en silla de manos. Los doce años de
encierro y la falta de alimentos la habían convertido en un esqueleto
viviente; no podía andar, ni tenía fuerzas para hablar. Pero Luna,
apenas la vió, como impulsada por un resorte, corrió a su habitación y
volviendo con el jarro del agua de la vida le dió a beber un trago. Al
punto la Reina se levantó de la silla en que estaba sin ánimos y como
muerta, revestida de su antigua juventud, belleza y esplendor; y al
verla, los personajes de la Corte, sin poder contenerse, prorrumpieron
en gritos de júbilo, aclamando a su soberana.
El Loro pidió que le escucharan, y al instante se hizo el silencio mas
profundo. Entonces refirió como las hermanas de la Reina corroídas por
la envidia, aprovecharon la ausencia del Rey para substituir por tres
perrillos despreciables los hermosos hijos que Flor-María había tenido y
que, como lo había prometido, nacieron el uno con el Sol en la frente,
el otro con el Lucero y la niña con la Luna llena; cómo Flor-Rosa los
había echado al arroyo en una artesa y habían sido salvados por el
hortelano; cómo se habían criado y crecido ignorando su origen; y por
fin, cómo Luna había logrado conquistar al Arbol que canta, al Agua de
la vida y al Loro adivino, que era él.
El Rey preguntó:
--¿Y cómo podré encontrar a mis hijos?
--Ahí están, al lado de la Reina; que les quiten las fajas que cubren su
frente y vuestra Majestad los reconocerá.
La Reina se apresuró a descubrir la frente de sus hijos; y si bellos los
había encontrado el Rey y los personajes de sus séquitos cuando entraron
a la huerta, más hermosos aparecieron a su vista despojados del paño que
les ocultaba la frente y la cabeza. La Reina no se cansaba de
acariciarlos, y ellos le pagaban su cariño cubriéndola de besos y
llamándola «mamacita querida».
El Rey pidió perdón a su esposa por los sufrimientos que tan
injustamente le había infligido y la Reina se lo acordó cumplidamente.
Cuando se disponía a regresar a palacio, sintieron gran ruido, como si
se acercara numerosa tropa de caballería, y luego se oyeron sones de
trompetas y clarines.
Eran el Rey que había recuperado la vista gracias a Luna, y el Príncipe
su hijo, que venían a pedir la mano de la princesa, y que, previo
consentimiento de la interesada, que lo dió de muy buen grado, le fué
concedida.
Las cuñadas del Rey, Flor-Rosa y Flor-Hortensia, fueron atadas de manos
y pies a cuatro caballos, los que, partiendo cada uno en opuesta
dirección, las descuartizaron.
El matrimonio del Príncipe con Luna se celebró siete días después. Las
fiestas de palacio y las organizadas para solaz del pueblo fueron tan
espléndidas que todavía se alude a ellas en el reino cuando se quiere
ponderar la magnificencia de alguna solemnidad.
Los personajes de este cuento vivieron muchos años y todos fueron muy
felices y venturosos.
Y con esto se acaba el cuento del Periquito Sarmiento, que estaba con la
guatita al aire y el potito al viento.
14. EL MEDIO POLLO[D].
(Contado en 1906 por Polonia González, de 50 años, más o menos, natural
de la provincia de Colchagua)
Para saber y contar y contar para saber. Est’era y esterita para secar
peritas; est’era y esterones para secar orejones.
Est’era una Gallineta muy buena ponedora y muy buena sacadora; y una vez
que puso veinte huevos, se echó y sacó diez y nueve pollitos no más y se
levantó muy atingida porque había perdido un huevito.
Bueno, pues. Principió la Gallinita a darle vueltas al huevito y conoció
que estaba medio huero, y entonces pensó:
--Si me echo otra vez, saldrá cuando menos un medio pollito.--Y así fué
que salió un medio pollito del cascaroncito.
Bueno, pues. La Gallinita era muy querendonaza con sus hijitos; pero
quería más que a ninguno al Medio-pollito, porque le tenía un cariño con
lástima, porque cada vez que lo veía le daba pena del verlo que no podía
volar, porque no tenía mas que una alita pues, y andaba a saltitos
porque no tenía mas que una patita.
Entonces el Medio-pollo fué creciendo y la Gallinita poniéndose
viejancona, y no podía trabajar. Entonces el Medio-pollito le dijo a su
mamita:
--Viejecita, écheme la bendición porque me voy a rodar tierras y no
volveré hasta que tenga qué darle para que descanse.
Bueno, pues. Entonces la Gallinita le echó la bendición al Medio-pollo y
se quedó llorando y el Medio-pollo salió a rodar tierras y se fué a
saltitos, porque no tenía más que una patita sola no más.
Entonces el Medio-pollo anduvo muchos días sin encontrar trabajo; y un
día que estaba escarbando con el pico en un montón de hojas, se encontró
una naranjita de oro y casi se cagó del gusto y la escondió debajo de la
alita y pensó:--Si se la llevo al Rey me dará gransitas para llevarle a
mi mamita.
Bueno pues. Se fué donde el Rey y en el camino se encontró con un
Arriero que traía una recua muy grande de mulas y que venía de vuelta.
Entonces el Medio-pollo le preguntó al Arriero:
--¿De dónde viene, mi Arrierito?
--Me he vuelto--es que le dijo el Arriero--porque el río trae mucha agua
y no me animo a pasarlo porque se pueden ahogar las mulitas.
--Donde usted me ve--es que le dijo el Medio-pollo--yo lo voy a pasar no
más, porque tengo que ir donde el Rey.
Entonces le dijo el Arriero:
--¿Por qué no me lleváis con mis mulitas, Medio-pollo?
Bueno--es que le dijo el Medio-pollo--
Métete en mi potito
y tráncate con un palito.
Y entonces se metieron en el buche del Medio-pollo el Arriero y todas
sus mulitas.
Bueno. Entonces el Medio-pollo llegó al río, que venía muy anchazo de
tanta agua que traía y se paró a la orilla y se puso a pensar:--Yo no
puedo volar porque no tengo mas que una alita. ¿Qué hago yo? me voy a
tomar toda la agüita para dejarlo seco y poder pasar.
Y entonces el Medio-pollo se tomó toda el agua del río y pasó para el
otro lado, y siguió marchando un día entero hasta que topó con un Tigre
que estaba descansando en una piedra. Entonces el Medio-pollo es que le
dijo:
--¿Qué hace ahí, compadrito Tigre?
--Tengo que ir donde el Rey--es que le dijo el Tigre--y estoy muy
cansado. ¿Por qué no me lleváis vos, Medio-pollito?
--Bueno--es que le dijo el Medio-pollo--
Métete en mi potito
y tráncate con un palito.
Y entonces es que el Tigre se metió en el buche del Medio-pollo.
Bueno, pues. Entonces el Medio-pollo la endilgó por el camino otro día
más, hasta que se encontró con un León que estaba echado en un ladito.
Entonces el Medio-pollo es que le dijo:
--¿Qué hace ahí, compadrito León?
--¡Qué he de hacer Medio-pollito!--es que le dijo el León.--Estoy medio
despiado de tanto andar y tengo que ir a la casa del Rey y no puedo más.
¿Por qué no me lleváis vos, Medio-pollito?
--Bueno--es que le dijo el Medio-pollo--
Métete en mi potito
y tráncate con un palito.
Y al tirito se metió el León en el buche del Medio-pollo.
Todavía tuvo que andar un día más el Medio-pollo, hasta que tropezó con
una Zorra que se estaba haciendo la dormida debajo de unos árboles.
Entonces el Medio-pollo es que le dijo:
--¿Qué está haciendo ahí, mi comadrita Zorra?
Y es que la Zorra le dijo:
--Aquí estoy, compadrito, medio muerta de hambre. Hace una pila de días
que no como ni un racimito de uvas siquiera.
Entonces es que le dijo el Medio-pollo:
--Yo la llevaré, comadrita, donde el Rey; pueda ser que le tenga lástima
y le dé alguna cosita que comer.
Métase en mi potito
y tránquese con un palito.
Bueno, pues. Se metió la Zorra en el buche del Medio-pollo y siguió
andando hasta que topó con el palacio del Rey. Y entonces el
Medio-pollo, cuando lo llevaron donde el Rey, es que le dijo:
--Mi Rey, mi soberano, aquí he venido desde muy lejazo para traerle a su
Sacarrial Majestad esta naranjita de oro, que es regalo que yo le
traigo.
Bueno. Entonces el Rey agarró la naranjita y les dijo a sus pajes que
llevaran al Medio-pollo al gallinero para que estuviera con todos sus
compañeros, y les dijo que le echaran harta gransita, y harto triguito y
maicito bastantazo, para que se llenara.
Y entonces cuando dejaron al Medio-pollo en el gallinero, todos los
gallos, las gallinas y los pavos se le fueron encima a picotearlo y casi
se lo comieron vivo. Y entonces el Medio-pollo, cuando se vió acorralado
y que me lo querían avasallar, se fué a un rinconcito, pujó un
poquichicho y entonces salió la Zorra y se comió todos los gallos y
toditas las gallinas y toditos los pavos, y no dejó ni unito, y se
arrancó para la Cordillera; y entonces es que el Medio-pollo se comió
todas las gransitas.
Bueno, pues. Entonces al otro día fueron los pajes, con las claras, al
gallinero para ver como había amanecido el Medio-pollo, y se quedaron
todos patifríos cuando vieron que el Medio-pollo se había comido todas
las aves, porque no sabían que se las había comido la Zorra; y entonces
se fueron todos apurados donde el Rey y es que le dijeron:
--Señor, el Medio-pollo se ha comido todas las aves y no ha dejado una
ni para un remedio.
Entonces es que dijo el Rey:
--Bueno. ¿Qué hacemos entonces con el Medio-pollo? Yo no lo puedo matar
porque me ha traído este regalo.
Y es que un paje le dijo:
--Si a su Sacarrial Majestad le parece, lo echaremos al potrero donde
están los caballos y los coches de su Majestad y pueda ser que los
caballos lo maten a patadas.
--Bueno,--es que les dijo el Rey--; pero yo les prohibo que ustedes lo
maten.
Y lo echaron al potrero.
Y entonces, cuando el pobrecito Medio-pollo se vió entre las patas de
tantísima bestia, le dió miedo como un diablo, y arrimándose a un
rinconcito, pujó un poquichicho y echó al León para afuera; y entonces
el León se comió a todititos los caballos y no dejó ni unito ni para un
remedio; y se arrancó para la Cordillera.
Bueno, pues. Al otro día bien de albita, fueron los pajes a ver si los
caballos habían matado al Medio-pollo, y casi se fueron de espaldas
cuando vieron al Medio-pollo arriba de un árbol cantando a todo lo que
le daba el pico, como haciéndoles burla porque se había comido todos los
caballos. Así lo creían ellos, porque ellos no sabían que se los había
comido el León. Y entonces se fueron corriendo donde el Rey y se lo
contaron todo.
Bueno. El Rey se quedó todo admirado y es que les dijo:
--Yo no puedo matar a ese Medio-pollo que me ha traído esta naranja de
oro de regalo. Ustedes sabrán lo que con él hacen, pero les prohibo que
lo maten.
Bueno. Entonces el paje principal es que le dijo:
--Si su Sacarrial Majestad quiere, lo echamos a este Medio-pollo al
potrero donde están las vacas y ahí lo matan con seguridad.
El Rey no dijo nada; y entonces lo echaron al potrero de las vacas.
Bueno, pues. El pobre Medio-pollito se vió todo afligido entremedio de
las patas de tantísima vaca, y no hallaba qué hacerse, porque con el
susto se le había olvidado que todavía tenía adentro del buche al Tigre;
y entonces de puro miedo se le escapó un pedito, y donde se le abrió el
potito salió el Tigre hecho una fiera y se comió todititas las vacas; y
arrancó después para la Cordillera.
Al otro día bien tempranito, con las diucas, se fueron los pajes para
el potrero de las vacas, y cuando vieron que no quedaba ni una ni para
un remedio, casi se cayeron muertos, y en nada estuvo que no se quedaron
muertos de la rabia cuando vieron al Medio-pollo encaramado en una rama
y que se reía de ellos y cantaba ¡cucurucú! ¡cucurucú!
Bueno, pues. Se fueron entonces todos furiosos donde el Rey, y es que le
dijeron:
--Señor, hay que matar a este Medio-pollo, porque tiene al diablo metido
adentro del cuerpo; se ha comido en la noche todas las vacas, y si lo
dejamos con vida nos va a comer a todos nosotros.
Entonces el Rey es que les dijo:
--¿Cómo voy a matar a este Medio-pollo que me ha traído un regalo tan
bueno? Ya he prohibido que lo maten.
--Bueno, pues, señor,--dijo el paje principal--no lo mataremos; pero si
su Sacarrial Majestad no se enoja, lo echaremos al horno del pan para
que se ase al rescoldo, porque, en la de no, nos va a comer a todos.
Entonces esos brutos echaron al Medio-pollito al horno, cuando estaba
bien caldeado, y el pobrecito casi se cagó del susto. Se arrimó como
pudo a la boca del horno y se puso a pensar:--¿Qué hago yo? Si me largo
un pedito, con el vientecito que eche van a crecer las llamitas y me
quemo más lueguito.
Ya se le estaban chamuscando las plumitas al pobrecito.
Bueno, pues. El Medio-pollito no se acordaba que tenía metido el Río en
el buche; pero con el calor de las llamitas principiaron a alborotarse
las aguas y a sonarle las tripitas, y entonces, medio muerto de gusto,
se acordó del Río y pujó con todas sus fuerzas, y entonces es que salió
toda el agua de un de repente y apagó el fuego. Y como era la hora en
que venían los pajes, se ahogaron toditos y no quedó ni unito.
Entonces fué el Medio-pollo donde el Rey y es que le dijo:
--Ya están muertos todos esos condenados que me querían matar.
Entonces el Rey, muy contento de ver vivo al Medio-pollito, es que le
dijo:
--Yo les había prohibido a mis pajes que te mataran. Y ¿qué vais a hacer
ahora Medio-pollito?
--Si su Sacarrial Majestad me da permiso, yo me voy para mi tierra--es
que le dijo el Medio-pollo--porque quiero ver a mi mamita, que estará
con cuidado.
El Rey mandó entonces al mayordomo que le diera al Medio-pollo todo el
trigo que había en la troje, que era una barbaridad; y entonces el
Medio-pollo volvió a pujar y salió el Arriero con todas sus mulitas y
cargaron todo el triguito.
Bueno. Entonces cuando llegaron a su tierra, el Arriero y el
Medio-pollito se repartieron el trigo como hermanos, hicieron dos pilas
igualitas y cada uno agarró la suya.
Entonces la Gallinita se puso muy contenta de volver a ver a su
Medio-pollito, y ya nunquita más tuvo que trabajar.
Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento.
15. EL BARCO DE LOS TRES HACHAZOS.
(Me lo refirió el Capitán D. Alberto Muñoz Figueroa, de Santiago, en
1922).
Para saber y contar etc.
Han de saber que un Rey tenía en medio del huerto de su palacio un árbol
muy corpulento que nunca fué regado sino con aguas de su hija, y esta
circunstancia, por disposición de una bruja que había criado a la
Princesa, había comunicado al árbol la virtud de que no pudiera ser
tocado por ninguna herramienta, so pena de morir el que la manejara,
salvo que la operación se hiciera en día que no hubiera sido regado
directamente por quien tenía la obligación de hacerlo.
Pues bien, el Rey, que conocía esta virtud, hizo publicar por todas
partes que no daría la mano de su hija sino a quien fuese capaz de hacer
un barco con solos tres hachazos que diera al tronco de aquel árbol.
Muchos pretendientes se presentaron a tentar la prueba, pero todos, al
descargar el primer golpe, caían muertos como si hubieran sido heridos
por un rayo.
Entre los súbditos del Rey había un joven pobre, excelente hijo, que un
día amaneció con la idea de ir a conquistar la mano de la Princesa, y
provisto de la bendición de su madre, de una hacha, de un hierro para
marcar y de una tortilla que su madre le dió, emprendió el camino, sin
darse cuenta de la dificultad de la empresa que iba a acometer.
A poco andar, le salió al paso un viejecito que con voz compungida le
pidió una limosna. El joven, compadecido, le entregó la tortilla que
llevaba, y el viejecito, en pago de su buena obra, le dió un pito
diciéndole que podría servirle cada vez que se encontrara en apuros.
Antes de retirarse, le aconsejó que tomara a su servicio a las cuatro
primeras personas que encontrara en su camino; y despidiéndose de él, le
indicó por donde debía seguir.
Nuevamente púsose en marcha el joven y después de tres días de camino se
encontró con un hombre que estaba tendido de bruces en el suelo,
bebiéndose el agua de un río.
--¿Qué estás haciendo?--preguntó Antonio, que así se llamaba el joven.
--¿Qué quiere que haga?--contestó el interpelado--tomándome el agua de
este río, hasta dejarlo seco, porque hoy he amanecido con una sed muy
grande.
--¿Y serás capaz de bebértela toda?
--¡Ya lo creo, pues; si para mí el agua que arrastra un río es como un
vaso de agua para otros! Y si en vez de agua arrastrara vino, mejor que
mejor; más luego lo secaría!
--¿Por qué no te vienes conmigo? Tú puedes servirme y cuando termine la
empresa en que me he metido, te pagaré bien.
--Perfectamente, me voy con Ud., señor.
Y siguieron muy tranquilamente por el mismo camino.
No habían andado todavía media hora, cuando tropezaron con un cazador,
que con un fusil de caza hacía la puntería a un objeto que ninguno de
los dos alcanzaba a divisar.
--¿A quién le apuntas?--preguntó Antonio.
--A un mosco que veo volando como a una legua de altura--respondió el
cazador.
--¿Y crees que podrás matarlo?
--¡Que si lo creo! estoy seguro de que lo mataré! y si no, esperen un
momento.
Y dicho esto, disparó.
Un buen rato después cayó a los pies de ellos el mosco con el cuerpo
atravesado de un balín. Antonio y su compañero quedaron admirados, tanto
de la buena vista del Cazador como de su admirable puntería.
--¿Quieres venirte conmigo?--le dijo Antonio.--Posiblemente tenga que
servirme de ti en una empresa en que me he metido, y una vez que le dé
buen fin, me encontraré en situación de pagarte como sea debido.
--Pues, señor, me voy con usted.
Y los tres continuaron la interrumpida marcha; y después de haber andado
una media hora, toparon con un hombre muy alto y muy flaco que estaba
fuertemente abrazado al tronco de un grueso árbol.
--¡Qué hombre más raro!--dijo Antonio--,¿por qué estará abrazado al
árbol?
--Señor,--le contestó el hombre--mi oficio es correr y más correr, y si
no me ataran o me sujetara como ahora lo estoy, tendría que seguir
corriendo.
--¿No sería bueno--dijo Antonio a sus compañeros--que llevásemos a este
hombre con nosotros? quién sabe si necesitemos de la virtud que tiene!
--Bueno sería que viniese con nosotros--contestaron los interpelados.
--Me gustaría irme con ustedes--dijo el hombre corredor--pero sería
necesario, para no seguir corriendo, que me llevasen amarrado.
Entonces uno de los acompañantes de Antonio se sacó de la cintura una
fuerte correa y con ella ató las piernas del Corredor, que fué llevado
en hombros de uno y otro alternativamente; así continuaron su camino
hasta que encontraron a otro hombre que estaba tendido en tierra con una
oreja pegada al suelo.
--¡Qué curioso lo que oigo,--decía el hombre--, qué curioso!
--¿Y qué es lo que oyes?--interrogó Antonio.
--Oigo que una señora aconseja a su hija que no deje de regar temprano
con sus aguas cierto árbol, cada vez que se presente algún pretendiente
de su mano para hacer un barco de tres hachazos, porque regado el árbol,
nadie podrá hacer el barco en el mismo día.
--Pues es preciso que tú nos acompañes--dijo Antonio--y no tengas
cuidado, que se te pagará bien.
--Bueno, pues, señor, me iré con usted.
Y los cinco siguieron camino hasta llegar al palacio del Rey, en el cual
se les dió alojamiento, como se acostumbraba con todos los que
pretendían hacer el barco.
Fijado el día de la prueba, Antonio se puso en acecho desde antes que
amaneciera, y cuando el sol despuntaba sus rayos, como viera que la
Princesa llegaba al pie del árbol y, encuclillándose, se preparaba para
regarlo, sacó el pito que le había obsequiado el anciano y llevándoselo
a los labios sopló, y se produjo ¡Dios mío! un sonido tan espantoso que
la Princesa, toda asustada, huyó a refugiarse en su aposento, sin
conseguir regar el árbol.
La prueba debía tener lugar a las 12, y desde mucho antes los corredores
del patio en que estaba el árbol se hallaban repletos de nobles y
grandes de la Corte que, presididos por los Reyes y la Princesa,
querían presenciarla. Al dar el reloj el primer campanazo, salió Antonio
con su hacha al hombro, y sonando el duodécimo, pegó, uno en pos de
otro, ni uno más, ni uno menos, los tres golpes que tenía derecho a dar,
y lo que hasta entonces ninguno de los numerosos candidatos que habían
tentado la empresa había podido hacer, resultó ahora de la manera más
sorprendente: como por encanto surgió del lugar que hasta un momento
antes ocupaba el árbol, un buque maravilloso, con toda la armazón de oro
y las velas de plata, que se movía majestuosamente en un hermoso
estanque, entre cisnes y pececitos dorados. Un hurra estruendoso salió
de la boca de todos y los mismos Reyes y la Princesa, muy a su pesar, no
pudieron contener sus aplausos.
Los Reyes, no obstante el buen éxito de la prueba, no quisieron conceder
a Antonio la mano de su hija, aunque ella, en vista del espléndido
resultado obtenido por el joven y su gallarda figura, se inclinaba a
aceptarlo por marido, y le impusieron, para conseguirla, la ejecución de
nuevos trabajos, que Antonio aceptó de lleno, decidido como estaba a
casarse con la Princesa, de quién se había enamorado profundamente,
desde que la vió.
Aceptadas las nuevas exigencias de los padres de la Princesa, el Rey
condujo a Antonio a una inmensa bodega toda llena de enormes toneles de
vino y le dijo:
--Tienes que beberte todo este vino antes que den las 12 del día de
mañana, so pena de la vida,--y le entregó las llaves y se fué.
Esperó Antonio que el Rey se alejase, y cuando calculó que ya estaría en
palacio, fué en busca del Bebedor e introduciéndole en la bodega, le
preguntó si se encontraba capaz de ingerir antes del mediodía todo el
vino y licor que allí se guardaba. El Bebedor le contestó que tan capaz
se sentía de bebérselo que no le pedía sino dos horas para dejar
completamente secos los toneles. Y así fué, en efecto, porque dos horas
más tarde volvió Antonio a la bodega y no halló ni rastros de líquido;
sólo vió al Bebedor, que, sentado en un poyo, fumaba tranquilamente un
cigarro.--«Aquí estamos, señor,--le dijo--descansando un poco, porque
después de beber, mejor que andar, es sentarse un ratito y pitar un
cigarro».
Al otro día el Rey pidió a Antonio las llaves de la bodega, y se quedó
mudo de espanto al ver que aquella grandísima cantidad de toneles poco
antes repletos de vino y licores, estaba completamente vacía. Atontado
se fué a sus habitaciones, pero antes dijo a Antonio:
--En un momento más te llamaré.