Cuando Juan entró a la plaza, se asombró grandemente de no encontrar a

su compadre, el cual, según sus cálculos, debía haber llegado más de una

hora antes que él. No sabiendo qué pensar ni qué hacer, se sentó en un

escaño a esperar los acontecimientos. De pronto, el ruido que producían

varias personas que se acercaban lo sacó de su meditación y, poniéndose

de pie se dirigió al grupo. ¡Cuál no sería el asombro del pobre Juan al

ver que traían muerto a su compadre, que había sido acribillado a

puñaladas en el camino nuevo para robarle la cartera! Juan lloró

sinceramente a su amigo y no se separó de su cadáver hasta dejarlo

sepultado.

Juan se encontraba sin recursos, pero en fin estaba vivo; y del

cementerio salió pensando que el primer consejo bien valía los cien

pesos que le había costado; pero esto no lo salvaba de la triste

situación en que se veía. Por suerte, al día siguiente, encontró

ocupación, y aunque el trabajo era rudo y no muy bien remunerado, se

propuso no salir de la ciudad. Como era económico y llevaba una vida

tranquila y arreglada, logró reunir en los nueve años que vivió en ella

algún dinero, y pensó entonces en volver a su pueblo a reunirse con su

mujer y su hijo, de quienes en todo ese tiempo no había tenido noticias,

a fin de establecerse y trabajar por su cuenta al lado de ellos.

Se despidió de su jefe y de sus compañeros de trabajo, que sintieron su

ida muy de veras, pues todos lo apreciaban por sus buenas prendas, y

partió contento y lleno de ilusiones en el porvenir. Pero tal vez el

ensimismamiento en que iba lo hizo equivocar el camino y tomó otro

diferente del que pensaba seguir y de repente se encontró en medio de un

espeso bosque.

Era de noche y desesperaba ya de encontrar salida, cuando divisó una

luz. Guiándose por ella, llegó a un gran palacio, y dirigiéndose a un

hombre que estaba allí cerca, le preguntó quién era el dueño.--Nadie lo

conoce; pero se sabe que el que entra a su casa nunca más sale de ella.

Juan dijo:--Yo entraré. Entre morir comido de las fieras si duermo a la

intemperie y correr la aventura de salvar estando adentro, prefiero lo

último--y llamó a la puerta.

Salió a abrir un criado muy bien vestido.

--¿Qué se le ofrece?--preguntó.

--Deseo que se me dé alojamiento por esta noche--respondió Juan.

--Aquí no se niega el alojamiento a nadie; pase a la sala mientras aviso

al señor conde.

Poco después entró un caballero de aspecto simpático y le dió la

bienvenida. Conversaron un rato y al cabo de un momento el dueño de casa

lo invitó a cenar y pasaron al comedor, una hermosa sala, por cierto,

regiamente amueblada, como todo el palacio. Pero, una cosa llamó

particularmente la atención de Juan y fué que en un extremo de la bien

presentada mesa había una calavera colocada entre dos velas encendidas.

Cuando tal vió, un estremecimiento nervioso recorrió todo su cuerpo,

porque se acordó de lo que le había dicho el hombre que estaba cerca del

palacio:--«El que entra a esta casa nunca más sale de ella».--Pero

también vino inmediatamente a su memoria el segundo consejo del

anciano:--No preguntes lo que no te importe;--y continuó la

conversación, fingiendo toda indiferencia.

Se sirvió la cena, y aunque la vista de la calavera le había quitado el

apetito, no lo quiso manifestar, y comió con la mayor tranquilidad.

Al fin de la comida, dos sirvientes condujeron al medio del comedor a

una hermosa dama cargada de cadenas, y a una seña del conde comenzaron a

azotarla sin piedad, hasta que, una vez que le corrió la sangre por la

espalda, dejaron de martirizarla y se la llevaron.

Juan miraba hacer y callaba.

El conde estaba sorprendido de ver que su huésped no le dirigiese

ninguna pregunta sobre lo que veía, a pesar de que él se valía de todos

los medios posibles para que se las hiciese; pero el recuerdo del

segundo consejo sellaba los labios de Juan.

Terminada la cena, el conde invitó a Juan a visitar las demás

habitaciones del palacio, y después de recorrerlas, nuestro hombre se

limitó a alabar el buen gusto con que estaban adornadas y la riqueza de

los muebles, por todo lo cual felicitó al propietario. Este le dijo:--No

acepto sus felicitaciones hasta que concluyamos, y aún nos queda por ver

lo mejor:--Y abriendo una puerta de bronce, se presentó a los ojos de

Juan el espectáculo más horrible. No menos de cien esqueletos apoyados

en las paredes rodeaban la enorme sala, y un sinnúmero de calaveras y de

huesos sueltos cubrían todo el piso. Juan se extremeció por segunda vez,

pero no habló ni media palabra.

--¿Qué le parece esto? le preguntó el conde.

--Que esta sala es posiblemente el cementerio de sus antepasados.

--No, señor mío. Todos los esqueletos y huesos que Ud. ve son de

personas que fueron mis huéspedes, como Ud.; pero todas ellas me

preguntaron qué significaba la calavera alumbrada por dos velas que

tenía en la mesa del comedor; quién era la dama que azotaban mis criados

y por qué la maltrataban; y yo, que había jurado matar a todo el que me

dirigiera estas preguntas, en vez de contestárselas los hacía

estrangular. La dama que mis sirvientes llevaron encadenada al comedor y

azotaron tan cruelmente, es mi mujer, y recibe ese castigo por haber

faltado a la fe que me debía; y la calavera que está en la mesa, es la

de su cómplice, a quien maté con mis propias manos. Usted es un hombre

extraordinario; es Ud. el único que, en diez años que pasaron estos

acontecimientos, no me ha hecho ninguna pregunta; y como mi juramento

agregaba que dejaría de heredero de todos mis bienes al primero que no

me las hiciera, mañana entregaré a Ud. el testamento en que lo

constituyo mi heredero universal.

Cuando Juan despertó al siguiente día, encontró el testamento ofrecido

sobre el velador. Se levantó apresuradamente para agradecer al conde su

generosa determinación, salió de su cuarto para preguntar si ya se había

levantado y vió todo el palacio enlutado y a los criados vestidos de

negro.

--¿Qué ocurre?--les preguntó.

--El señor ha amanecido muerto.

--Muy afligido puso a Juan esta noticia, y lloró de corazón la muerte de

su benefactor.

Al otro día, después de sepultar los restos del fallecido, Juan convocó

a la servidumbre y les leyó el testamento. Todos le reconocieron

inmediatamente por su patrón.

Juan dijo al mayordomo:

--Yo voy a partir en busca de mi mujer y de mi hijo para establecernos

aquí; pero mientras tanto querría que no se martirizara más a la esposa

del antiguo amo de este palacio; creo que ha purgado bien su falta y

que, si su marido no la perdonó, ya Dios la habrá perdonado. Atiéndasela

en mi ausencia de modo que nada le falte y que descanse en sus últimos

días.

--Señor, la señora condesa amaneció muerta esta mañana.

Dispuso Juan que se la sepultase dignamente, y montando en un hermoso

caballo y con la cartera repleta de buenos billetes partió a buscar a su

esposa y a su hijo.

A pesar de las tétricas aventuras que le habían pasado, iba contento por

el camino, y pensaba:--¡Qué bien hice en comprarle los tres consejos al

anciano! Bien vale el segundo los cien pesos que di por él!

Cuando llegó a su pueblo no le conocieron. Preguntó por su mujer y le

dijeron que se había ido con un hijo que tenía, un año después de haber

sido abandonada por su marido, pero no sabían a dónde. Entonces picó

espuelas a su caballo y después de algunos días de marcha llegó a una

gran ciudad, en la que, a fuerza de preguntar, le dieron noticias de

ella. Le dijeron donde vivía y que, aunque a nadie molestaba, también

nadie la visitaba, con excepción de un clérigo que todos los días iba a

verla. Y esto se lo dijeron con cierto retintín nada tranquilizador.

Pero Juan se acordó a tiempo del tercer consejo, y aquietado, fué a la

casa y llamó. La sirvienta le dijo que la señora no recibía a nadie,

pero él insistió en verla diciéndole que era muy amigo de su marido y

que le traía muy buenas noticias de él. Con este recado, la señora lo

recibió inmediatamente. El, sin darse a conocer, estuvo conversando con

Rosa un buen rato y le inventó una historia cualquiera de su marido.

Contándosela estaba, cuando entró un joven clérigo. Rosa se lo presentó

diciéndole que era su hijo, a quien había logrado educar a costa de

grandes sacrificios, que por suerte estaban plenamente compensados, pues

el joven era muy bueno con ella y era su único sostén. Y mientras decía

esto lo acariciaba cariñosamente.

Juan entonces se dió a conocer y es de imaginarse cuán grande sería la

alegría de los tres.

Pasadas las primeras espanciones, Juan refirió su verdadera historia, y

después de descansar tres días partieron los tres a intaslarse en el

palacio que el conde había dejado a Juan.

Nuestro héroe pensaba por el camino:

--¡Qué bien hice en seguir el tercer consejo del anciano! Si no es que

lo recuerdo a tiempo, mato a mi mujer, y yo y mi hijo habríamos sido

desgraciados para siempre! ¡Feliz consejo! Qué bien dados fueron los

cien pesos que pagué por ti!

Juan y Rosa y su hijo vivieron muchos años en el palacio, siendo

bendecidos de todos, pues la enorme fortuna que poseían les permitía

practicar grandes obras de caridad.

13. EL LORO ADIVINO.

(Referido por José Luis Pino, de 20 años, de Rancagua, en 1912)

Para saber y contar, aprender y escuchar. Esta era una perrita muerta

que me quería morder, y yo, como estaba vivo, me supe defender. Este era

un hombre que tenía dos hijos, uno era más grande y el otro era más

chico, uno se llamaba Pancho y el otro Francisco, uno comía pan y el

otro ballico. Fin del principio y principio del fin.

Han de saber que en una ciudad, capital de un reino, vivía una viuda

pobre, pero hacendosa, que tenía tres hijas muy bellas, que se llamaban

Flor Rosa, Flor Hortensia y Flor María; las había criado muy bien, y

eran honestas, modestas y trabajadoras. Los vecinos apreciaban mucho a

esta familia y se deshacían en alabanzas cuando hablaban de ella; que es

cuanto puede decirse en su favor.

Sucedió que una noche en que las tres niñas cosían empeñosamente, porque

al otro día temprano tenían que entregar un traje de novia, conversaban

haciéndose bromas para acortar las horas. Las alegres carcajadas que

provocaban sus dichos atrajeron la atención del Rey, que casualmente

pasaba en ese momento frente a la puerta de la casa de la viuda, y se

detuvo a escuchar lo que decían. Hablaban de casamiento.

--A ver, Flor-Rosa,--decía una de ellas,--si pudieras escoger ¿con quién

te casarías?

--¡Vaya una pregunta! pues con el pastelero del Rey, para comer todos

los días sabrosos pasteles. ¿Y tú, Flor-Hortensia?

--¿Yo? Yo me contentaría con el cocinero del Rey, y entonces comería los

mejores guisados que se hacen en el país. ¿Y tú, Flor-María?

--Si en mí estuviese, yo me casaría con el Rey y le daría dos hijos y

una hija, que serían los más bellos de la tierra y tendrían el Sol, el

Lucero y la Luna en la frente.

El Rey se retiró y al otro día se presentó en la casa de la viuda

acompañado de sus Ministros, de su pastelero y de su cocinero.

--Vengo--dijo--a cumplir los deseos de vuestras hijas. ¿Cuál es

Flor-Rosa?

Flor-Rosa se adelantó.

--Te casarás con mi pastelero y tendrás veinte mil pesos de dote. ¿Cuál

de las dos que queda es Flor-Hortensia?

Flor-Hortensia se presentó ante el Rey.

--Te casarás con mi cocinero y también tendrás veinte mil pesos de dote.

Y tú, Flor-María, te casarás conmigo; pero tendrás que darme dos hijos

y una hija que tengan el Sol, el Lucero y la Luna en su frente, como lo

has prometido.

Se celebraron las bodas, y todo en apariencia marchó bien durante los

primeros meses; pero la envidia se había apoderado del corazón de las

dos hermanas mayores, que a toda costa querían la pérdida de la Reina.

Poco antes de enterarse los nueve meses de matrimonio, un Rey vecino

declaró la guerra al marido de Flor-María, que tuvo que salir

apresuradamente con su ejército a defenderse del enemigo; pero antes de

partir recomendó a sus cuñadas que cuidaran de su mujer.

Días después la Reina tuvo dos hijos y una hija: los tres, que eran

hermosísimos lucían en su frente, un Sol el que primero había nacido; el

segundo un Lucero, y la niña la Luna llena.

Flor-Rosa y Flor-Hortensia, que asistían a su hermana, encontraron que

no podía ser más propicia esta ocasión para saciar su envidia; y

cambiaron los niños que acababan de nacer por tres perrillos que en la

mañana había tenido una perra de Flor-Rosa. Cuando Flor-María pidió sus

hijos para verlos, le pasaron los tres animalitos.

Las hermanas de la Reina mandaron un propio al campamento a dar al Rey

la triste nueva, que ambas envidiosas habían cuidado de hacer pública y

que ya todos conocían en el país. El Rey mandó decir que emparedaran a

la Reina y no dejaran sino un pequeño ventanillo en la muralla, del

tamaño indispensable para poderle pasar todos los días un pan y un vaso

de agua, único alimento que tendría hasta que Dios se sirviese llevarla.

Mientras tanto Flor-Rosa había colocado a las tres criaturas en una

artesa que depositó en un arroyo que corría a los pies del palacio.

Un hortelano que vivía más abajo del palacio sacaba agua del arroyo

justamente en el momento que la artesa pasaba por ahí y metiéndose en el

agua, la sacó.

La mujer del hortelano, una robusta campesina que también había tenido

una guagua en la noche anterior y se le había muerto recién nacida, en

cuanto vió a los tres pequeñuelos que le presentaba su marido, tan

bellos tan risueños, dijo que los criaría y cuidaría como si fueran sus

propios hijos.

Los niños recibieron los nombres de los astros que cada uno llevaba en

su frente; de modo que el que había nacido primero se llamó Sol; el

segundo Lucero; y la niña, Luna.

Los tres crecieron creyendo que eran hijos del honrado hortelano y de su

mujer y amándolos y respetándolos como si hubiesen sido sus padres

verdaderos.

Trascurrieron algunos años y murió la excelente mujer que los había

críado.

Los niños, a medida que crecían en edad, crecían en hermosura; pero

desde pequeñitos los habían acostumbrado a llevar un pañuelo que les

cubría la frente y la cabeza, así es que nadie sabía que cada uno de

ellos tenía un astro en la frente.

A los doce años, el hortelano se enfermó gravemente; llamó a los niños y

les contó su historia. Poco después murió y los dejó de herederos.

Terminado el luto que guardaron por él, dijo Sol a sus hermanos:

--Voy a salir a buscar a nuestros padres; y mientras tanto Uds. se

sostendrán con el producto de la huerta.

Lucero y Luna no querían que se fuese, pero él les dijo que era

necesario, y partió apercibido de dinero y provisiones para un mes.

Anduvo Sol varios días sin tropezar con nadie, hasta que, por fin, al

terminar la semana, se encontró con una viejecita muy simpática, que le

pidió una limosna. El niño le dió un pedacito de pan y otro de queso. La

viejecita le dió las gracias y le preguntó:

--¿A dónde va, hijito?

--A buscar a mis padres, a quienes no conozco ni sé dónde se

encuentran,--le contestó Sol--y le contó su historia.

La viejecita le dijo:

--Para encontrarlos, necesita apoderarte del Arbol que canta, del Agua

de la vida y del Loro adivino; y yo lo ayudaré a dar con ellos.

Y entregándole tres gruesos ovillos de hilo, le agregó:

--Ande todo el largo del hilo que contienen estos ovillos y llegará al

palacio de un Rey ciego; él le dirá lo que tiene que hacer para

encontrar lo que busca.

Ató el niño la punta de la hebra de uno de los ovillos al tronco de un

árbol, y despidiéndose de la viejecita se fué, desenrollando el ovillo;

concluido éste, hizo lo mismo con el segundo, y después con el tercero,

y por fin llegó donde el Rey ciego.

El Rey le preguntó:

--¿Qué desea, joven?

--Vengo de parte de una viejecita que me entregó tres ovillos de hilo y

me dijo que su Sacra y Real Majestad me diría cómo debía hacer para

apoderarme del Arbol que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino,

por medio de los cuales podría encontrar a mis padres.

--Para alcanzar todas estas cosas, monta en el caballo que luego van a

traerte y lo dejas ir; él, por si solo, te llevará hasta el Arbol que

canta, del cual tomarás nada más que el cogollo, que basta, pues,

plantado, en tres días será tan corpulento como el Arbol mismo y cantará

como él. El Arbol te dirá lo que debes hacer en seguida. Cuidado con

incomodar al caballo en lo más mínimo, porque, en cuanto se sienta

molestado se deshará de tí y no conseguirás nada.

Si logras salir bien en tu empresa, pasas a verme a la vuelta.

Sol prometió obedecer en todo, se despidió del Rey ciego y montó en el

caballo que le acababan de traer, que, en cuanto sintió el peso de su

jinete, partió a toda velocidad.

Después de siete días de marcha, llegaron caballo y caballero a una

plazoleta cubierta de menudo césped y rodeada de hermosos árboles a cuya

entrada había dos enormes montones de piedras. El caballo, que hasta

entonces se había limitado a correr en línea recta, se puso a hacer

cabriolas alrededor de la plazoleta; y Sol, entusiasmado de los

movimientos elegantes del animal, le clavó las espuelas, en un momento

en que se detuvo, para que continuara; pero el bruto, dando un salto, lo

sacó de la silla y lo disparó lejos, convirtiéndose el niño en piedra al

tocar el suelo.

Trascurrieron treinta días desde la partida de Sol, y Lucero y Luna

perdieron la esperanza de que volviera. Entonces acordaron que Lucero

saliese a buscarlo.

Tomó Lucero un poco de dinero y provisiones para un mes y con un abrazo

se despidió de su hermana, prometiendo volver antes de los treinta días.

A los siete de marcha, le salió al encuentro la misma viejecita que

había hablado con Sol.

--¡Una limosnita, mi caballerito!

Lucero le dió un pan y un buen pedazo de queso.

--¡Gracias, hijito! ¿Y se puede saber a dónde va?

--¡Cómo no! Voy en busca de mis padres, a quienes no conozco, ni sé

siquiera dónde se encuentran, y de mi hermano mayor, que hace más de un

mes salió de la casa, en la misma diligencia que yo y aún no ha vuelto.

Lucero contó su historia a la viejecita, que la escuchó atentamente como

si no la conociera, y una vez que terminó, le dió las mismas

instrucciones que a su hermano y le entregó los tres ovillos.

Llegó Lucero al palacio del Rey ciego, quien, con las correspondientes

recomendaciones, le hizo entregar el caballo.

Cuando estuvieron en la plazoleta, el caballo se puso a bailar

alrededor del árbol, pero Lucero permaneció tranquilo hasta que el bruto

se detuvo. Se bajó entonces, y con algún trabajo pudo subir por el

tronco hasta el cogollo, que cortó.

En cuanto Lucero estuvo en tierra, el Arbol comenzó a cantar

melodiosamente, y cantando dijo al niño:

--Sigue el camino que está al frente de tí, y donde termina encontrarás

un pozo; toma una jarro que hallarás a su lado, y sentándote en el

brocal, espera que las aguas suban hasta llegar al borde; entonces

solamente llenarás el jarro. En seguida viertes un poco del agua que

saques sobre las piedras que encuentres alrededor del pozo y a la

entrada de esta plazoleta, sin temor de que el agua se acabe, porque es

inagotable, y verás que las piedras se convierten inmediatamente en

hombres, pues lo son, y entre ellos está tu hermano, que se han

convertido en guijarros por no seguir fielmente las instrucciones que

recibieron del Rey ciego, ni las que yo les dí.

Llegó Lucero al pozo, tomó el jarro y se sentó en el brocal, esperando

que las aguas, que subían con una lentitud desesperante, alcanzaran

hasta arriba; pero transcurrían las horas, una tras otra, se acercaba la

noche, y aún faltaba medio metro para que las aguas tocaran el borde del

brocal. El niño era nervioso y no aguantó más; se inclinó hacia el

interior, introdujo el jarro en el agua, pero apenas tocó el líquido,

una fuerza violenta lo arrojó hacia atrás y al caer en el suelo quedó,

como su hermano, convertido en piedra.

Luna esperó pacientemente la vuelta de Lucero; pero trascurrió el mes y

no apareció. Tomó entonces dinero y provisiones para un largo viaje y se

puso en marcha, dispuesta a no regresar sin sus hermanos.

A los siete días de camino se encontró con la viejecita.

--¡Una limosnita, mi señorita, para esta pobre vieja!

--¡Cómo no, mamita! ¡Con mucho gusto! Y dígame antes ¿vive usted sola?

--No, mi hijita, me acompañan siete nietecitos, que no tienen padre ni

madre y cuyo único sostén es esta pobre vieja desvalida.

La niña, que era muy bondadosa y compasiva entregó a la anciana la mitad

de las provisiones y del dinero que llevaba. La viejecita se deshizo en

agradecimientos, y le preguntó:

--¿A dónde va, mi hijita?

--En busca de mis padres a quienes no conozco ni sé dónde se encuentran,

y de dos hermanos que salieron con el mismo objeto y que no han vuelto,

a pesar de haber transcurrido de más el plazo que fijaron para su

regreso. Y le contó su historia.

--Yo, hijita, la ayudaré a encontrarlos, y créame que los encontrará. El

bien que se hace, tiene que ser premiado. Tome estos tres ovillos de

hilo y ande todo el largo de ellos; al concluirlos, llegará al palacio

de un Rey ciego, quien le indicará lo que debe hacer en seguida.

Anduvo la hermosa niña hasta concluir los tres ovillos de hilo, en lo

cual demoró siete días completos. Entró al palacio del Rey ciego, que la

recibió afablemente y le dió las mismas instrucciones que a sus

hermanos. Cuando le trajeron el caballo, lo acarició pasándole la mano

por la cabeza y por el cuello, y le decía:

--¡Qué pelo tan suave! Si parece que fuera de seda. ¡Qué caballo tiene

vuestra Majestad, señor Rey! Yo nunca he visto otro de tan buen porte y

tan proporcionado como éste!

El caballo, como si comprendiera las alabanzas de la niña, relinchaba

alegremente.

Montó Luna en él, y despidiéndose del Rey, partió a toda carrera.

Más o menos a medio día llegaron a un hermoso prado atravesado por un

arroyuelo de limpidísimas aguas. La niña invitó al caballo a que se

detuviera para bajarse, y el animal se paró. Descendió la niña, le quitó

el freno y le dijo, acariciándolo:

--Come, caballito lindo, y bebe y descansa que bastante falta te hace,

pues has corrido tanto y debes sentirte fatigado.

Después de solazarse el caballo un par de horas, él mismo se acercó a

Luna, que volvió a montar y continuó su marcha.

Todos los días, hasta completar el séptimo, que llegaron a la plazoleta,

Luna dió dos horas de descanso a su cabalgadura, escogiendo siempre los

sitios mejor empastados y con buena agua, para que el noble bruto

pudiera reponerse.

El caballo dejó su preciosa carga cerca del Arbol, el cual

inmediatamente se puso a cantar las más armoniosas melodías, e inclinó

su copa hacia la niña, como si la convidara a cortar el cogollo; lo

cual, ejecutado por Luna, el Arbol la invitó a que fuera a traer el agua

de la vida.

Cuando la niña llegó al pozo, el agua alcanzaba al borde del brocal, así

es que inmediatamente llenó el jarro sin dificultad. En el mismo momento

en que Luna introducía el jarro en el agua, un hermosísimo loro de

brillantes y variadas plumas se posó en su hombro derecho y la saludó:

--Buenos días, bella Luna.

--Buenos los tengas tú, preciosa ave. ¿Eres tal vez el Loro adivino, que

me ayudará a encontrar a mis padres?

--Sí, yo soy. Apresúrate a verter agua de la vida sobre las piedras para

que volvamos pronto al palacio del Rey ciego e irnos, en seguida, a tu

casa.

Comenzó la niña a echar agua sobre las piedras que rodeaban el brocal

del pozo, y al mojar la primera se levantó Lucero, que abrazó

cariñosamente a su hermano. Apenas el agua tocaba una piedra, se alzaba

un hombre: un conde, un marqués, un príncipe. Continuó con las que

estaban a la entrada de la plazoleta, y al caer el agua sobre la primera

de éstas, apareció Sol. Los tres hermanos se estrecharon entre sus

brazos, y Sol y Lucero agobiaban a Luna a preguntas, que ella contestaba

risueña, sin dejar de echar agua sobre las piedras. Terminada esta

tarea, montó a caballo y salió de la plazoleta seguida de una multitud

de apuestos jóvenes, que lanzaban hurras y vivas a su libertadora: jamás

rey ni reina llevó tan numeroso y escogido séquito ni fueron tan

aclamados como lo fué Luna en esta ocasión.

A poca distancia de la plazoleta la avenida se dividía en tres caminos,

y allí se despidieron todos de los tres hermanos, tomando cada cual el

que le convenía. Sol, Lucero y Luna siguieron por el que conducía al

palacio del Rey ciego, al que llegaron en breve tiempo, porque parece

que las distancias se habían acortado.

Se desmontó la niña del caballo y el Loro le dijo al oído:

--Humedece con el agua de la vida los ojos del Rey y en seguida arroja

un poco de la misma agua a la cabeza del caballo.

La niña obedeció, y el Rey recobró la vista y el caballo se convirtió

instantáneamente en el más hermoso y gallardo príncipe que haya pisado

la tierra. El Rey y el Príncipe se abrazaron tiernamente.

--¡Por fin han terminado nuestras penas--dijo el Rey--gracias a esta

heroica niña!

Cuentos populares en Chile · 第 5 / 20 段