ordenó al niño que cumpliera los deseos de la Reina. El niño, muy
afligido, fué a contarle a su madre lo que le pasaba, y ésta le dijo:
--La Reina quiere perderte, pero nada te sucederá si sigues mis
consejos. Pide al cocinero, antes de partir, una cacerola, pan, leche y
sal suficiente para sazonarla; te vas por tal y tal camino hasta que
llegues a una llanura en que verás una gran peña a orillas de un
riachuelo sombreado de árboles; haces una sopa de pan con leche y dejas
la cacerola entre el arroyo y la peña y te ocultas detrás de un árbol.
Poco después llegará un león, que después de olfatear la sopa la comerá;
una vez que se la haya tomado toda, dirá él:--¡Qué buena está esta sopa!
¿Quién la habrá traído?--Entonces sales de tu escondite y le
contestas:--«Yo, señor», y el león, agradecido te dará lo que le pidas.
Provisto de la cacerola y de las raciones de pan, leche y sal
suficientes, se dirigió afuera de la ciudad y siguió por el camino que
su madre le había indicado, hasta llegar a la peña. Allí se detuvo, hizo
la sopa de pan con leche y depositó la cacerola entre el riachuelo y la
peña y ocultándose detrás de un corpulento árbol, esperó. Pocos momentos
después llegaron a sus oídos los espantosos rugidos de un león, y casi
en seguida vió aparecer a la terrible fiera, que, rabiosa, rugía y
escarbaba la tierra, y abriendo las narices aspiraba el aire en todas
direcciones como si buscara con el olfato el lugar en que se encontraba
un ser extraño; pero sucedió que lo primero que llegó a sus narices fué
el olor suavísimo para él de la sopa de pan con leche, y dirigiéndose al
sitio en que el niño la había dejado, se la tomó poco a poco,
saboreándola con delicia.
Una vez que concluyó de comérsela, se lamió los bigotes y exclamó:
--¡Qué cosa más rica! ¡Quién la habrá dejado aquí? Y entonces el niño,
saliendo de su escondite, exclamó:
--Yo la traje, señor León.
El León lo miró un poco sorprendido y después de un rato, le preguntó:
--¿Qué quieres que te dé en pago del placer que me has proporcionado?
--Señor León--le contestó el niño--lo que quiero es un poco de leche de
leona en odre de león, y que sea llevada al palacio por un león, para
que se mejore la Reina, que está enferma.
--Está bien--le dijo el León--tendrás lo que pides; pero, en cuanto
llegues al palacio, le pegarás tres veces en la cabeza con esta
varillita al leoncito que conduzca el odre y le dirás «ándate para tu
casa».
Y mientras el León hablaba, apareció un leoncito con un odre sobre sus
espaldas.
Púsose en marcha el niño, yendo adelante el leoncito con su carga.
Cuando llegaron frente al palacio, estaba la Reina en uno de los
balcones, y al divisar al niño y a su compañero, casi se murió de ira.
Frente a la puerta del palacio echó el niño sobre sus hombros el odre y,
recordando las instrucciones del León, dió al leoncito tres golpes con
la varilla, diciéndole al mismo tiempo: «ándate para tu casa». El
leoncito desapareció.
El odio de la Reina para con el hijo de la ciega creció después de esta
aventura y juró que lo haría morir. Hízose enferma nuevamente y le dijo
al Rey que había soñado que no sanaría sino viendo las torres cantando y
las almenas bailando, y que debía ser el niño quien se las había de
traer. El Rey, temiendo la ira de la Reina, ordenó al niño, a pesar del
cariño que le tenía, que fuese en busca de los objetos que aquélla decía
necesitar.
El niño se fué llorando al calabozo y le contó a su madre lo que la
Reina exigía de él.
--No tengas cuidado--le dijo la ciega--la Reina quiere que mueras; pero
si sigues mis instrucciones, nada te sucederá. Pide al hortelano que te
preste un burrito y a la mujer del jardinero su guitarra. Montado en el
burro, tomas tal y tal camino; y después de andar siete horas, llegarás
a una ciudad encantada, en la cual no verás más ser humano que una vieja
bruja. Desde que divises la ciudad tocarás la guitarra sin cesar hasta
que salgas, y, aunque la vieja te la pida, ni dejarás de tocar ni se la
darás. Tú tienes bastante inteligencia para manejarte bien en lo demás
que pueda sucederte.
Se abrigó el niño con un poncho, porque hacía mucho frío, y montado
sobre el burro y con la guitarra colgada al cuello por medio de una
correa, se dirigió a la ciudad. Cuando estuvo cerca, se puso a tocarla y
le salió al encuentro una horrible vieja que le pidió se la vendiera;
pero el niño, sin dejar de tañerla ni un momento, le contestó que no la
vendía, pero que más allacito se la daría si le mostraba todo lo que
había de interesante y curioso dentro de la ciudad.
Se pusieron en marcha, el niño toca que toca y la vieja chancleteando a
su lado, hasta que llegaron a un chiquero muy elegante, en que había un
chanchito muy bien cuidado.
--¿Y este chanchito, mamita?
--Este chanchito es la vida de la actual mujer de tu padre; ¡pero dame
tu guitarra, niño!
--Más adelante se la daré, mamita.
Continuaron por la misma calle; el niño dale que dale a las cuerdas de
la guitarra y la vieja sin perderle pisada. Llegaron a una plaza, en
medio de la cual, entre flores de colores brillantísimos que despedían
una fragancia exquisita, se elevaba una delgada columna de agua dorada.
--¿Qué es esto, mamita? preguntó el niño.
--Esta es el agua maravillosa que da vista a los ciegos; pero ¡dame tu
guitarra, hijito!
--Más adelante se la daré, mamita.
Un poco más allá, siguiendo la misma calle, en medio de otra, entre
jardines y sobre una mesa hecha de un solo diamante, vió el niño un
castillo en miniatura, de marfil, del cual salían voces argentinas de
una belleza inefable que lo dejaron extático por un momento; se habría
dicho que dentro había un coro de ángeles. Al mismo tiempo, de las
troneras del castillo salían como disparados unos pequeños proyectiles,
que una vez en el aire, se movían graciosamente como si bailasen.
El niño preguntó:
--¿Y qué son estas cosas, mamita?
--Estas son las torres que cantan y las almenas que bailan; pero ¡dame
tu guitarra, hijito!
--Dentro de poco se la daré, mamita; no tenga cuidado.
Por fin llegaron a un lugar en que había muchas velas encendidas, unas
largas, casi enteras, otras medianas y otras menores.
--Y esto ¿qué es, mamita?
Estas velas son la vida de los habitantes del país.
--¿Y esta vela tan alta y tan gruesa, que está adelante de todas? ¿Tal
vez es la vida del Rey mi padre?
--No, hijito; esa es mi vida, que, como ves, durará más, mucho más que
las otras; pero dame tu...
No alcanzó a terminar la frase la bruja, porque el niño, sin dejar de
tocar con la mano izquierda, con la derecha tomó un extremo del poncho y
dando con él un fuerte golpe a la vela, la apagó, y la vieja cayó al
mismo tiempo en el suelo muerta para siempre.
En seguida el niño llenó un frasco del agua maravillosa, guardó en las
petacas que llevaba el burro las torres cantando y las almenas bailando,
y ató el chancho con un lazo que aseguró a la enjalma, y se volvió muy
alegre a la ciudad en que residía el Rey su padre.
Cuando llegó a la plaza del palacio, divisó a la Reina asomada al
balcón, y cuando ésta vió al niño sano y salvo, de la rabia se arrancaba
los cabellos.
El niño se desmontó de su cabalgadura y tomando entre sus manos al
chanchito lo arrojó con fuerza al suelo matándolo inmediatamente; en el
momento mismo la malvada Reina lanzó el último suspiro y entregó su alma
al diablo.
Después de esto se fué a la prisión en que estaban las ciegas, y con el
agua maravillosa volvió la vista a su madre y a sus seis compañeras de
infortunio. Hecho lo cual se fué a ver al Rey y le contó todo lo
sucedido. El Rey se sintió doblemente feliz y aliviado al oir la
relación del niño, primeramente de verse libre de aquella mujer que le
había hecho perder su personalidad; y segundo, de saber que aquel niño a
quien tanto cariño había tomado, era su hijo.
Se casó nuevamente con la madre del niño y hubo grandes fiestas en
palacio. El pueblo también se divirtió, porque el Rey quiso que todos se
alegrasen. Lo pasado sirvió de lección al soberano, que en adelante fué
bueno con su pueblo y gobernó justicieramente. Las seis compañeras de la
nueva Reina se casaron cada una con un grande de la Corte y fueron muy
felices.
Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento por la mar adentro.
11. EL MIÑIQUE.
(Referido por el niño Mannel Oporto, de 14 años, de Temuco, que lo oyó
contar en Santiago en 1911)
Para saber y contar y contar para aprender. Estos eran dos viejecitos
muy pobres y muy desgraciados. El marido era aguador y la mujer
lavandera; pero por más que trabajaban, el dinero que recibían apenas
les alcanzaba para no morirse de hambre.
Una noche que hablaban de su pobreza y de su soledad, dijo la viejecita:
--Si siquiera hubiéramos tenido un hijo, aunque hubiera sido chiquitito,
nos habría ayudado a pasar sin tantas escaceses y habríamos tenido con
quien conversar en las noches y quien nos cuidara cuando hubiésemos
caído enfermos.
--Así es, respondió el aguador; pero, ¿qué sacamos con hablar de estas
cosas?
--Tendrán el hijo que desean--dijo una voz que venía del techo.
Los dos ancianos se miraron asustados; y como era tarde, se acostaron y
se quedaron profundamente dormidos.
Al otro día se levantaron de madrugada, como de costumbre; el viejecito
se fué a acarrear agua para sus parroquianos, y su mujer se puso a lavar
ropa.
Apenas se había puesto la lavandera a su trabajo, sintió que por entre
el brazo derecho y la manga de la camisa le andaba algo, y creyendo que
podía ser una lagartija u otro bicho, se asustó y sacudió el brazo.
Sintió caer algo en la artesa; pero aunque nada vió, oyó una vocesita
atiplada, que decía:
--Mamita, sáqueme luego del agua, que me ahogo. Buscó la anciana y
después de fijarse mucho descubrió una guagua tan pequeñita que apenas
se veía y que movía pies y manos en el agua jabonada, como si nadara.
Los viejos lo criaron con todo cariño y cuidado y como era tan
chiquitín, lo llamaron Miñique, nombre que le venía muy bien, porque, en
verdad, el niño nunca fué más grande que el menor de los dedos de la
mano.
En lo único que creció Miñique fué en fuerzas, que llegó a tenerlas
prodigiosas; y en voz, que cuando gritaba, era más recia que la de
cualquier hombre.
Los ancianos lograron ocultar la existencia del niño, que ni siquiera
era sospechada de nadie. Era tan lindo, que temían se lo robaran, y el
conversar y entretenerse con él era el único consuelo que tenían.
Pasaron siete años y los viejecitos se pusieron tan achacosos que no
podían trabajar y el dinero se les concluía.
Treinta centavos no más les quedaban, cuando la antigua lavandera le
dijo a Miñique:
--Hijito, tome este diez, y vaya a la carnicería y me lo compra de
carne.
Fué el Miñique a la carnicería y golpeó en el mostrador. El carnicero
miraba y como a nadie veía, dijo:
--¿Quién golpea?
--Yo, el Miñique--le contestó un vozarrón que llegó a
asustarlo:--véndame un diez de carne.
Se asomó el carnicero por encima del mostrador y después de algún
trabajo logró ver a un hombrecito que apenas se levantaba unos diez
centímetros del suelo.
--¿Y de dónde vas a sacar fuerzas para llevarte diez centavos de carne?
El trozo que te diera sería muy pesado para ti.
--Pero, señor, ¿que quiere reírse de mí? ¡Si un buey entero me da, soy
capaz de llevarme el buey!
--Bueno, replicó el carnicero; dame el diez y te llevas ese buey que
está colgado en la puerta.
Esto que oye el Miñique, se echa el buey al hombro y se lanza a correr
con su carga. El carnicero se quedó con la boca abierta, alelado, sin
acertar ni a moverse; y toda la gente que transitaba por la calle se
hacía cruces, pues no se explicaba como podía correr un animal
despostado y con las patas hacia arriba; porque al Miñique, como era muy
chiquitito y estaba debajo del animal, nadie lo veía.
Los viejecitos se pusieron muy contentos con la adquisición del Miñique,
y le dijeron que fuese a comprar cinco centavos de pan.
Se fué el Miñique corriendo a la panadería y se puso a golpear en el
mostrador. El panadero sentía los golpes, pero no veía a nadie.
--¿Quién golpea?--preguntó.
--Yo, el Miñique--contestó el niño, con voz formidable.--Deme un cinco
de pan.
El panadero se inclinó sobre el mostrador y, asustado de ver aquel
pedacito de hombre, le dijo:
--¿Y cómo podrás llevar, siendo tan chico cinco centavos de pan?
--Las cosas de Ud.; ¿que cómo me los llevaré? Pues, lo mismo que se lo
lleva toda la gente que viene a comprarle. Si me da lleno de pan aquel
gran canasto que está sobre el mostrador, verá Ud. que me lo llevo muy
bien.
--Dame los cinco centavos y llévate el canasto.
--Tome el cinco, y écheme el canasto al hombro.
Cogió el panadero la pequeña moneda, y, temiendo aplastar al Miñique con
el peso del canasto, con mucho cuidado se lo colocó encima.
Apenas sintió el Miñique que tenía el canasto en sus hombros, echó a
correr como si la carga que llevaba fuese una pluma; y aquí fué la
admiración del panadero, y de todos los que pasaban por la calle, que
veían como un canasto corría solo sin que nadie lo empujara o lo llevara
tras de sí.
Llenos de alegría recibieron los viejos al Miñique; y muy pronto se
sentaron a comer un buen asado. El viejecito dijo:
--Dejaremos carne para dos días, y la demás la haremos charqui mañana y
así tendremos para comer mucho tiempo.
Siguieron conversando muy contentos. En la noche dijo la anciana:
--¡Quién pudiera tomar un matecito!
--Mamita, le dijo el niño, déme diez centavos y yo le traeré un cinco de
azúcar y otro cinco de yerba.
--Aquí tiene, hijito.
Salió el Miñique y se dirigió al almacén de la esquina.
--¿Quién golpea?--preguntó el despachero.
--El Miñique,--contestó el niño.--Deme un cinco de azúcar y un cinco de
yerba.
Se asomó el comerciante por encima del mostrador y cuando vió aquel
pergenio, le dijo:
--Pero, niño, ¿y cómo vas a llevar el azúcar y la yerba? Es mucho para
ti.
--No tenga cuidado por eso, señor, que si por un 5 me da un cajón de
azúcar y por otro 5 un barril de yerba, yo me los llevaré solito, sin
que nadie me ayude.
--Bueno, pásame los 10 centavos y llévate aquel cajón y aquel barril.
--Aquí tiene el 10; pero amarre el barril encima del cajón y después me
los echa a la espalda y verá bueno. No sabe usted las fuerzas que tengo.
El despachero se reía de lo que le decía el Miñique, que creía eran
puras bromas; sin embargo, hizo lo que el niño le pidió, y al cargar el
enorme bulto sobre el pequeñuelo le dijo:
--¡Cuidado, niño, no te vaya a aplastar!
--No tema nada; échemelo no más.
Al sentir el Miñique que el bulto tocaba sus espaldas, se asió de la
cuerda y echó a correr, dejando asombrado al almacenero.
Es de imaginarse el gusto de los padres del Miñique cuando lo vieron
llegar con su preciosa carga. Ya no se morirían de hambre: tenían
bastante carne, pan, azúcar y yerba. ¿Qué más querían? Se tomaron sus
buenos mates y se acostaron; y al otro día el viejo charquió la carne
del buey.
Cuando el charqui estuvo hecho dijo la viejecita:
--¡Quién tuviera algunas cebollitas para hacer un valdiviano!
--¿No le queda todavía un cinco, mamita? Démelo y yo le traeré cebollas.
Le entregó la anciana el cinco, y al salir el niño a la calle se
encontró uno de esos cortaplumas pequeñitos que algunas personas suelen
usar como dije. Lo tomó, se lo guardó en la faltriquera y siguió su
camino.
A poco andar encontró a un cebollero, que llevaba su mercancía en dos
grandes árgenas que pendían a uno y otro lado del caballo que montaba.
--Oiga, amigo--le gritó el Miñique--véndame un cinco de cebollas.
El cebollero miraba a todas partes, pero no veía al comprador, a quien
ocultaba la yerba que brotaba a la orilla de la acera.
--¡Que me venda un cinco de cebollas, le digo!--repitió el Miñique.
Pero apenas concluyó de decir estas palabras, una vaca que venía por la
misma calle comiendo la yerba que crecía en la orilla de la acera, junto
con tragarse un puñado de ella, se tragó al Miñique. El Miñique siguió
gritando desde adentro de la barriga del animal:
--¡Véndame luego el cinco de cebollas! ¡Mire que mi mamita me está
esperando!
El cebollero, casi se volvía loco buscando al que le hablaba, sin
poderlo encontrar. ¿Cómo iba a figurarse que la voz salía de adentro de
la vaca?
Sólo al rato de haber sido tragado vino a darse cuenta el Miñique del
lugar en que se encontraba; pero como era de ánimo esforzado, no se
atemorizó, antes bien sacó su cortaplumas del bolsillo y poco a poco
abrió un buen tajo en la guata del animal y salió por ahí, no muy limpio
ni muy fragante, en verdad, pero sano y salvo. El animal cayó muerto a
los pocos instantes, y el Miñique, cogiéndolo de la cola lo arrastró
hasta su casa, en donde fué hecho charqui también.
Inmediatamente de dejar la vaca en poder de sus padres, que lo lavaron y
le cambiaron ropa, volvió el Miñique tras el cebollero, y habiéndolo
alcanzado, le gritó:
--¿Qué hubo, amigo? Me vende o no el cinco de cebollas?
--Pero niño--respondió el cebollero,--¿cómo podrás llevar media docena
de cebollas grandes? Una sola sería demasiado peso para ti.
--¿Qué se ha imaginado usted, señor cebollero? Si me da por el cinco las
dos árgenas, verá que me las llevo yo solito, sin necesidad de pedir
ayuda a nadie.
--Ya está, te doy las dos árgenas con cebollas por el cinco--le dijo el
cebollero, pensando que eran simples bravatas las del chiquitín:--dame
el cinco y aquí tienes las dos árgenas--agregó, bajándolas.
Le entregó el Miñique la moneda y cogiendo las árgenas de la parte en
que estaban unidas, apretó a correr, arrastrándolas tras de sí, con
tanta ligereza, que en un momento se perdió de vista, dejando
estupefacto al vendedor de cebollas.
Con estas aventuras, la fama del Miñique se extendió por todo el país y
el Rey manifestó deseos de conocerlo.
Como la capital estaba lejos, el Miñique quiso ir a caballo y cogió una
lauchita que domesticó fácilmente. De una horquilla de peinado hizo
frenos y estribos; de un pedazo de cabritilla de guante viejo, la silla
de montar; y de un cordón de zapatos las riendas y demás arreos; se
colgó a la cintura, a manera de espada, el pequeño cortaplumas con la
cuchillita abierta, y montando en su cabalgadura se dirigió a la capital
del reino.
Cuando llegó a palacio, fué la admiración de todos: el Rey, la Reina,
los Príncipes, las Princesas, los señores y damas de la Corte, lo
acogieron con entusiasmo; no sabían qué admirar más en él, si su pequeña
estatura o sus fuerzas prodigiosas, o si su belleza o su voz
estentórea. Fué calificado como la primera maravilla del reino, y el Rey
quiso mantenerlo a su lado. Pero cuando el monarca le comunicó su
decisión, el Miñique observó respetuosamente que no podía abandonar a
sus padres, ancianos, achacosos y miserables, cuyo único sostén era él;
si él les faltaba, los pobres viejos se morirían.
Mucho le agradaron al Rey los buenos sentimientos del Miñique para con
sus padres, a quienes hizo venir, les dió habitación en palacio y
proveyó a todas sus necesidades.
El Miñique sirvió al Rey de modo extraordinario en una guerra a que fué
provocado por sus enemigos; él solo bastó para mover toda la artillería,
en ocasión de que los caballos se habían hecho muy escasos; y él
también, con su voz potente, transmitió las órdenes del general en jefe.
Por sus servicios fué condecorado y ascendido a capitán en el campo de
batalla; y vivió el resto de sus días querido y agasajado de todos.
12. LOS TRES CONSEJOS.
(Contado por la Señora Clorinda B. de Somerville, en 1915)
Han de saber que vivía en un pueblo un matrimonio muy bien avenido y que
habría sido completamente feliz si la fortuna le hubiese prestado alguna
ayuda; pero parece que se complacía en volverle las espaldas. Era inútil
cuanto había hecho el marido, hombre bueno a carta cabal, para encontrar
trabajo, porque nadie se lo proporcionaba. La mujer, que era una perla,
cosía y bordaba a la perfección; pero, por desgracia, tampoco nadie la
ayudaba. Tenían un hijo de unos doce años, bueno como ellos, estudioso e
inteligente, que era su único consuelo; y sin embargo, su vista hacía
sufrir al padre, porque pensaba en el triste porvenir que le aguardaba.
Un día, Juan--así se llamaba nuestro hombre--tomó una determinación
desesperada.
--Rosa,--dijo a su mujer--esta situación no puede continuar; si aquí no
encuentro en qué ganar la vida, iré a buscarla fuera del pueblo; y como
necesito llevar algún dinero para mis primeros gastos, venderemos los
muebles que no te sean indispensables, y del producto tomaré yo una
parte y te quedarás tú con la otra para subvenir a tus necesidades y a
la de nuestro hijo, mientras encuentras costuras y yo vuelvo. Dios ha de
permitir que nada les falte en mi ausencia y que ésta sea corta.
La venta de los muebles produjo mil pesos. El tomó seiscientos, y con
las lágrimas en los ojos se despidió de su mujer y su hijo.
Al pasar por la casa de un compadre, excelente persona, pero un poco
alocado--se dijo:
--Voy a despedirme de mi compadre y a recomendarle que cuide de su
ahijado mientras yo regreso,--y entró.
--A despedirme de Ud. vengo, compadrito.
--¿A dónde va, compadre?
--A donde Dios quiera, pues. Voy a tentar suerte, a ver si encuentro
trabajo en otra parte, ya que aquí no se gana ni para cigarros.
--Yo lo acompaño, compadre. ¿Cuánto lleva Ud. para el camino?
--Trescientos pesos.
--¡Lo que son las casualidades! yo también tengo aquí otros trescientos;
me los echo al bolsillo y vamos andando.
De mucho consuelo sirvió a Juan la compañía de su compadre, que era
hombre alegre y decidor. Sus chistes le hacían reir y distraerse de la
pena que le ocasionaba la separación de su familia, y conversando y
conversando, marchaban sin sentir el camino.
Después de andar una semana, llegaron a la plaza de una ciudad, y en una
de sus esquinas vieron una muchedumbre de gente reunida. La natural
curiosidad hizo que se acercaran y vieron en medio del grupo a un
anciano que pregonaba:
--Tres consejos, señores, por sólo trescientos pesos; tres consejos que
procurarán la fortuna y la felicidad a quién los conozca! Tres consejos,
a cien pesos cada uno! ¿Nadie se interesa por ellos?
Juan sintió como si una voz interior le ordenara comprarlos, y sin poder
contenerse se acercó al anciano y le dijo:
--Yo los compro; aquí están los trescientos pesos.
El anciano recibió el dinero y acercando sus labios al oído de Juan,
murmuró:
--Estos son los tres consejos, que te harán feliz si los sigues en todo
momento: No dejes lo viejo por lo mozo; No preguntes lo que no te
importe; y No te dejes llevar de la primera nueva.
Al apartarse Juan del anciano, todos lo miraban lastimosamente.
--Está loco,--decían.--¡Pobrecito!
Su compadre le preguntó:
--Pero, compadre, por Dios, ¿qué ha hecho? ¿Que ha perdido el juicio?
¿Que no ve que ese viejo es un miserable charlatán, que lo ha robado?
Juan callaba y se decía:--Bien puede que así sea, pero también puede ser
que todos se equivoquen;--y se proponía seguir los consejos que había
recibido, cada vez que se le presentara la ocasión.
Almorzaron y salieron de la ciudad, porque en ella había también escasez
de trabajo; y poco después se encontraron con que el camino que seguían
se dividía en dos, uno antiguo y otro recién construido. Preguntaron
cuál de los dos era mejor y le contestaron que el viejo era muy largo e
incómodo y por eso nadie transitaba por él, y que todo el mundo
prefería el nuevo por ser nuevo, más cómodo y más corto.
Juan, que se acordó del primer consejo que le había vendido el anciano,
dijo a su compañero:
--Vámonos por el camino antiguo; acuérdese, compadre, del refrán que
dice: _No dejes lo viejo por lo mozo ni lo cierto por lo dudoso_.
--No, compadre, dijo el otro, mejor es que sigamos por el nuevo para
llegar más pronto.
--Yo, compadre, me voy por el viejo.
--Y yo por el nuevo, y verá cuál de los dos entra primero a la ciudad.
Lo esperaré en la plaza.
En verdad, el camino que tomó Juan, que había sido completamente
abandonado hacía más de un año, era muy incómodo; estaba cubierto de
matas de cardo y de toda clase de malezas, de charcos y de montones de
piedras y de tierra, que dificultaban el paso; y sólo después de cuatro
horas de penoso marchar logró salir de él y llegar a otra ciudad.