con su varillita en la mano, obligó al Culebrón a retirarse a su pozo
bastante mal herido.
Llegaron los otros dos, y comieron todos con mucho apetito.
Después dijo el más joven:
--Para vernos libres en adelante de este estorbo, amárrenme con un
cordel y descuélguenme en el pozo y yo mataré al Culebrón donde se
encuentre. Cuando mueva la cuerda es para que la tiren y me suban.
Bajó el joven, y en el fondo del pozo se encontró con un hermosísimo
palacio, que tenía todas las puertas y ventanas cerradas. Golpeó
inútilmente, porque no le abrieron. Entonces, sacando su varillita,
dijo:
--Dios y una hormiguita, e inmediatamente se convirtió en hormiga. Así
pudo entrar por una rendija y llegó a una sala en donde había una niña
más bella que el sol. Se le subió por un costado y de repente la picó.
--¿Quién me pica? dijo la niña.
--Yo, señorita, contestó el joven desencantándose.
Se pusieron a conversar. La niña le dijo que eran tres hermanas, hijas
del Culebrón, el cual las tenía encerradas bajo siete llaves y no les
permitía ver a nadie.
--Yo mataré al Culebrón y las libraré a ustedes.
--No podrás matarlo--le dijo la joven--porque mi padre es el Cuerpo sin
Alma.
--Pero tú podrás averiguar en dónde tiene el alma y entonces yo daré
buena cuenta de él.
Fué la niña al lugar en que estaba su padre, y con ella el joven,
convertido en hormiga, pegado a su costado.
--Papá, ¿por qué lo llaman a usted el Cuerpo sin Alma?
--No te lo diré, porque las paredes tienen oídos y los matorrales ojos.
--Pero si aquí estamos solos, y encerradas como vivimos ¿a quién podría
confiarle lo que usted me diga?
Entonces él repuso:
--Hija, has de saber que en el monte vecino hay una laguna; dentro de la
laguna hay un toro; matando a ese toro, sale de su cuerpo un león;
matando a ese león, sale una zorra muy corredora, que nadie la podrá
alcanzar; adentro de la zorra hay una paloma; y adentro de la paloma, un
huevo. Ese huevo es mi alma, y si llegan a quebrarlo, soy muerto.
Siguieron hablando un rato sobre otras cosas y poco después la niña se
retiró a su pieza. Inmediatamente el joven se fué corriendo para la
laguna, y apenas había llegado a la orilla, salió el toro bramando y
escarbando la tierra que daba miedo.
--Dios y un toro de los más bravos--dijo el joven sacando la varillita y
al punto se convirtió en toro y se puso a pelear con el que había salido
de la laguna, hasta que lo mató. Por el hocico del toro muerto salió un
león, que echaba el cielo abajo con sus rugidos.
--Dios y un león de los más bravos--dijo el joven a la varillita, y
convirtiéndose en león, atacó rudamente a su contrario y lo mató.
Entonces salió la zorra corredora del hocico del león muerto, y tanto y
tan bien corría que no se le veían las patas.
--Dios y un perro zorrero, de los más corredores y más bravos, dijo el
joven, y en el mismo instante se volvió perro, y tan ligero corría, que
las patas no tocaban el suelo. En un momento alcanzó a la zorra y
también la despachó.
Mientras tanto el Cuerpo sin Alma se sentía muy enfermo y daba unos
quejidos terribles. La niña se acercó a preguntarle qué tenía.
--Retírate, traidora--le dijo el Culebrón--si no quieres que te mate.
Del cuerpo de la zorra salió una paloma, que se perdió en el espacio. El
joven dijo:
--Dios y un halcón de los más voladores;--y convertido en halcón dió
alcance a la paloma, la mató y le sacó del buche el huevo que tenía
guardado y que era el alma del Culebrón.
Poco después se presentó en el palacio y mostrándole el huevo, dijo al
Culebrón, que apenas respiraba ya, tan desfallecido estaba:
--¿Conoces esto?
--¿Cómo no lo he de conocer, si es mi alma?
--Te la entregaré si me das el manojo de llaves del palacio.
El Cuerpo sin Alma le entregó las llaves y el joven, disparándole el
huevo, le dijo:
--Ahí la tienes.
Pero el huevo le dió en la frente al Culebrón y se reventó, y el
Culebrón cayó muerto.
El joven se fué a librar a las tres niñas, pero la menor, que era la que
él había visto, no quería que sacase a las otras, porque estaba
enamorada de él y temía que sus hermanas, que también eran muy bellas,
le robasen su amor. Pero él le dijo:
--Si nosotros también somos tres; mis hermanos se casarán con tus
hermanas.
Las sacó a las otras dos de su encierro y amarrando primeramente a la
menor, movió el cordel y los que estaban arriba la subieron. Los dos
hermanos, cuando la vieron tan buena moza, se pusieron a pelear, para
ver cuál se la llevaba; pero ella les dijo que eran tres y que luego
subirían las otras dos.
Cuando hubieron subido las tres niñas, los hermanos mayores no volvieron
a echar el cordel, y tomando cada uno a su compañera, dejaron abandonada
a la menor, que esperó en vano que subiera el joven que había quedado en
el pozo.
Un momento después conoció éste su desgracia, y, turbado con la pena que
le causaba la traición de sus hermanos, por decirle a la varillita
“siete estados para arriba”, le dijo “siete estados para abajo” y llegó
a la tierra de los pigmeos, donde, del golpe tan violento que recibió,
quedó sin sentidos. Cuando volvió en sí, los pigmeos le habían robado su
varillita de virtud.
El pobre entró a sufrir mucho y llegó su miseria a tal estado que se vió
obligado a ocuparse como cuidador de los rebaños del Rey de los pigmeos
para ganarse la vida.
Un día que lloraba su desgracia, se le apareció una Aguilita y le
preguntó:
--¿Por qué está tan triste y llorando?
--¿Cómo no he de llorar, distante de la que amo y viéndome en el estado
en que me hallo y sin esperanzas de volver a la tierra?
--Yo lo sacaré de aquí si le parece; pero tiene que llevar mucha carne,
porque el viaje es largo y hay que atravesar el mar.
--Está bien, llevaremos un cordero.
Y el joven mató un cordero y dividiéndolo en cuartos lo puso sobre el
Aguila y él se montó en seguida encima.
Al poco rato el Aguilita pidió de comer y él le puso en el pico un
cuarto de cordero. Volaron un rato, y el Aguilita pidió más, y él le
entregó el segundo cuarto; después, el tercero; y por fin el único que
quedaba.
Iban volando por sobre el mar cuando el Aguilita dijo:
--Compañero, ¿queda carnecita? mire que me faltan las fuerzas y nos
caeremos al mar y nos ahogaremos si no como.
El joven se cortó una pierna y se la atravesó en el pico al Aguila. Esta
escena se repitió dos veces más, y el joven tuvo que cortar su otra
pierna y el brazo izquierdo, que el Aguila devoró en un instante. De
pronto dijo el Aguila:
--Ya llegamos; bájese, compañerito, que en aquel palacio está su niña; y
apúrese porque la van a casar con un príncipe y ella no quiere, porque
lo está esperando a usted.
--¿Y cómo me bajo--respondió el joven--si no tengo piernas?
--Echese al suelo no más, y no se demore, que lo dejan sin novia.
Al dejarse caer, el joven se encontró con sus dos piernas y sus dos
brazos, y si buen mozo había sido antes, quedó desde entonces mucho
mejor. Llorando de alegría, le dió las gracias a la Aguilita, y ella,
convirtiéndose en ángel, le dijo que era el de su guarda, que viéndolo
tan triste, había venido a sacarlo de apuros.
Cuando llegó al palacio en que estaba su amada, la alegría de ésta fué
grande, y en lugar de celebrarse el matrimonio con el príncipe con quien
la obligaban a casarse, se casó con el joven que tanto había sufrido por
ella y había sido su primer amor. La fiesta estuvo muy buena y hasta
ahora estará que se arde; yo me encontré en ella y comí y tomé hasta que
casi reventé. Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento para
serranías de más adentro.
9. LA HUACHITA CORDERA.
(Referido en Abril de 1914 por Mercedes Albornoz, de 14 años, Villa
Alegre)
Este era un hombre que vivía en el campo y había quedado viudo con dos
hijos pequeños: un niñito y una niñita. El hombre era pobre y para
alimentar a sus hijos tenía que salir a trabajar todos los días antes
que apareciera el sol, y como los niños no eran capaces de hacer nada,
se los dejaba encomendados a una vecina que los trataba con mucho
cariño, les lavaba su ropita y les daba muy bien de comer.
Mejoró un poco la situación del hombre y se casó con la vecina; pero
ésta, apenas salía su marido de la casa, obligaba a los niños a hacer el
fuego, a que le trajesen agua del río en baldes que eran muy pesados
para ellos, a barrer y ejecutar otros trabajos superiores a sus escasas
y débiles fuerzas; y si la leña no estaba bien encendida, o los baldes
no llegaban completamente llenos, o quedaba un poco de basura en el
suelo, les pegaba cruelmente con lo primero que hallaba a mano.
Una vez, el niño le dijo a la niña:--Vámonos de aquí, hermanita; ¿para
qué estamos sufriendo tanto?,--y al otro día muy temprano dejaron su
lecho, abandonaron la casa en que habían nacido y marcharon a la
ventura, alimentándose de frutas y de yerbas y durmiendo en las cuevas
de las montañas o en los ranchos abandonados que encontraban en su
camino.
Después de muchos días de marcha, llegaron a una tierra desierta, sin
casas ni árboles, en la que el calor del sol se hacía sentir con toda su
fuerza. Los niños morían de sed y en ninguna parte hallaban agua para
aplacarla. Por fin llegaron a la orilla de una laguna y cuando se
disponían a beber, oyeron una voz que decía:
--El que de esta agua bebiere tiburón se ha de volver y devorará a su
hermano.
--Hermanita, no tomemos de esta agua--dijo el niño--aguantemos la sed y
vámonos, puede ser que más allá encontremos agua buena.
Muy tristes se apartaron de la laguna y a cada instante más sedientos;
pero luego tropezaron con un pozo y el corazón se les alegró.
Sirviéndose de una cuerda que estaba en el suelo al lado del brocal,
echaron adentro un tiesto que cerca estaba, y cuando ya lo alzaban
repleto de agua, salió del pozo una voz que decía:
--El que de esta agua bebiere, sierpe se ha de volver y devorará a su
hermano.
--Hermanita, no tomemos de esta agua--dijo el niño--aguantemos la sed y
vámonos, pueda ser que más allá encontremos otra mejor.
La niña no soportaba la sed, y si no hubiera sido por la amenaza de que
si bebía de esa agua devoraría a su hermano, habría bebido hasta
saciarse.
Continuaron su camino muy tristes, desfallecidos, casi sin fuerzas para
andar, pero a los pocos pasos tropezaron con un arroyo de agua fresca y
cristalina. Echáronse de bruces para beber y cuando sus secas fauces
estaban a punto de humedecerse, oyeron estas palabras que salían de la
corriente:
--El que de esta agua beba, corderito se ha de volver.
--Hermanita no tomemos...--alcanzó apenas a decir el niño, cuando vió a
su hermana convertida en corderita. La pobrecilla, no oyendo la amenaza
de que si bebía devoraría a su hermano, se apresuró a apagar su sed y
alcanzó a tragar unos cuantos sorbos de aquella agua maldita.
Es fácil suponer en qué estado dejaría esta desgracia a los pobres
hermanos, que ya no tuvieron otro consuelo que conversar y comunicarse
sus penas, porque, por suerte para ellos, al experimentar la niña su
transformación, no había perdido el uso de la palabra. Sin embargo, el
niño lloraba mucho; no podía acostumbrarse a ver a su hermana convertida
en animal.
Un día le salió al paso una viejecita.
--¿Por qué llora tanto, hijito?--le preguntó.
--¿Cómo no he de llorar, mamita, con la desgracia que nos ha sucedido?
¡Qué no daría yo por ver a mi hermana convertida en mujer otra vez!
--Hijito, eso no es posible por ahora; pero con esta varillita de virtud
que voy a ocultar en las lanas de la Corderita, tendrá ella lo que
quiera; podrá hasta volverse mujer por tres horas cada vez que lo desee,
y para siempre cuando un príncipe quiera casarse con ella.
Y desapareció después de colocar una varita entre las lanas de la
Cordera.
Desde ese momento la Corderita dejó de lamentarse y se la veía brincar y
correr al rededor de su hermano y balar alegremente; porque ha de
saberse que no hablaba con él sino cuando estaban solos.
Pasó algún tiempo, y el niño que ya se había convertido en hombre, entró
a servir como pastor de los rebaños del Rey, el cual, como era muy
bondadoso, le permitió conservar la Corderita a su lado.
Sucedió que en la noche del primer día en que el pastor había entrado en
funciones, el hijo del Rey tuvo que pasar por el patio en que estaban
las habitaciones de los sirvientes, y se extrañó de oir de la más
alejada, que era la que ocupaba el pastor y la Corderita, una voz
femenina. Se detuvo a escuchar para referirle a la Reina, su madre, lo
que oyera, pues era prohibido que las sirvientas penetraran a las piezas
de ese patio; pero no sintió sino murmullos y no alcanzó a entender ni
una palabra. Al día siguiente, el Príncipe refirió a su madre lo
sucedido, y en la tarde, cuando el pastor regresó, después de guardar el
ganado, fué conducido a presencia de la Reina.
A la pregunta que le hizo la Reina de quién era la mujer que en la noche
anterior había estado en su aposento, contestó:
--No estaba, señora, con ninguna mujer, sino con una huachita Cordera
que el Rey mi Señor me ha permitido guardar a mi lado y a la que he
conseguido enseñar varias palabras. (No se atrevió a contarle la
verdad).
--¿Y qué palabras sabe? preguntó la Reina admirada.
--Dice ya, papá, mamá, hermano y otras.
--Tráeme la Corderita; quiero verla.
Fué el jóven a su pieza, contó a su hermana lo que había hablado con la
Reina y le aconsejó que mientras tanto no dijese más palabras que las
que él había dicho a la Reina que le había enseñado, y la condujo a la
presencia de la soberana.
La Corderita se bañaba todos los días en el río, de modo que siempre
estaba muy limpia. La Reina quedó encantada y le dijo al pastor que se
la dejase, que ella la cuidaría muy bien.
La Reina le tomó mucho cariño y a todas partes iba con ella. La
Corderita la llamaba mamá; al Rey le decía papá, y al Príncipe hermano.
La Reina se dijo un día:--Si un rústico pastor ha podido enseñar a este
animalito a pronunciar unas cuantas palabras, ¿por qué no he de
conseguir yo que aprenda a hablar como una persona?
Desde ese día comenzó a enseñarle a hablar, y la Huachita se hacía la
que no sabía y que poco a poco iba aprendiendo.
Pasó así algún tiempo, hasta que para celebrar una victoria obtenida por
el Rey, se organizaron grandes fiestas, entre ellas unas carreras de
caballos a que debía concurrir toda la Corte.
Cuando llegó ese día, la Corderita, que hasta entonces no había hecho
uso de la virtud que tenía, quiso ir a las carreras; y después que los
Reyes, el Príncipe y demás potentados que vivían en palacio salieron,
ella también salió sin que nadie la viera, y se fué al campo, y al lado
de un espino que allí había, dijo:
--Varillita de virtud, por la virtud que Dios te ha dado, haz que me
convierta en mujer, vestida con un traje de color de estrellas y que
aparezca aquí para llevarme a las fiestas una carroza de plata
arrastrada por dos parejas de caballos y servida por tres pajes negros.
E inmediatamente se encontró convertida en una hermosísima joven,
vestida como había pedido y con el coche con los tres negritos. La piel
de cordero estaba a su lado, y antes de subir a la carroza la dejó
colgada de una rama del espino, y partió.
Cuando llegó a la plaza, atrajo las miradas de todos por su hermosura y
la riqueza y esplendor de su traje. Nadie la conocía y unos a otros se
decían: «¿de dónde vendrá esta princesa?» El Príncipe, sobre todo, la
atendió mucho y se enamoró perdidamente de ella. Cuando sonó la hora en
que debía retirarse, el Príncipe le preguntó si volvería al día
siguiente y ella le contestó que sí.
En la Corte no se habló en el resto del día de otra cosa que de la
fiesta; pero la preocupación de todos era la bellísima joven
desconocida.
Llegó el día siguiente y todo el mundo se trasladó a las carreras.
Una vez que la Corderita se encontró sola, volvió al campo, y al pie del
espino pidió a la varillita que la transformara en mujer, vestida con
traje de color de la luna y las estrellas y la condujese a la fiesta en
una carroza de oro arrastrada por tres parejas de caballos y servida por
seis pajes negros; y al punto todo se hizo como ella lo había pedido.
Dejó la piel de oveja colgada de una rama del espino, subió al carruaje
y se fué a las fiestas.
A su entrada, la atención de la multitud se concentró en ella, y si
hermosa la habían encontrado el día anterior, más hermosa aun la
encontraron en este día. El Príncipe, todavía más enamorado, fué a
colocarse inmediatamente a su lado y allí estuvo conversando con ella
hasta el momento que la joven se levantó para retirarse.
El otro día era el último de las carreras. La afluencia de gente fué
mayor; puede decirse que toda la ciudad se había trasladado a
presenciarlas.
A la misma hora que los días anteriores, llegó la joven en una carroza
de diamantes arrastrada por cuatro parejas de caballos y servida por
doce negros; su traje tenía los colores de la luna, de las estrellas y
del sol naciente, y si linda la habían encontrado las otras dos veces,
más linda la hallaron esta vez. Todos los ojos estaban clavados en ella
y de los labios de la muchedumbre no salían sino alabanzas en su honor.
Apenas la divisó el Príncipe fué a sentarse a su lado a cortejarla.
Cuando estaba hablándola con más entusiasmo, llegó un paje con un recado
de la Reina y el Príncipe tuvo que abandonar su asiento por un momento;
a su regreso se encontró con que estaba vacío el lugar que ocupaba la
niña.
Se acabaron las fiestas y nadie volvió a ver a la joven.
El Príncipe se puso muy triste y languidecía rápidamente. Los médicos
nada pudieron para curar su mal y los Reyes lloraban la próxima muerte
de su único hijo.
Un día, cuando ya se había perdido toda esperanza de salvación, dijo la
Corderita a la Reina:
--Mamá, ¿quiere que vaya yo a cuidar al enfermo? Quién sabe si pueda
sanarlo!
¡Qué se perdía con que fuese! La Reina consintió y ella misma condujo a
la Corderita a las habitaciones del enfermo y la dejó allí.
Apenas se retiró la Reina, la Corderita pidió muy quedito a la varillita
que la convirtiera en mujer, ataviada con el mismo traje con que se
había presentado a las carreras, y una vez transformada, se acercó a la
cama del enfermo y lo llamó dulcemente. El Príncipe abrió los ojos y a
la vista de su amada sintió que le volvía la vida.
Tres horas conversaron alegremente y al terminar este tiempo la joven
tornó a convertirse en la Huachita Cordera.
El Príncipe hizo llamar a los Reyes, y les dijo:
--Padres, la Corderita me ha sanado; me siento perfectamente bien y es
preciso que me dejen casarme con ella.
Apenas el Príncipe dijo estas palabras, cumpliéndose el vaticinio de la
viejecita que había dado a la Corderita la virtud, se transformó ésta
para siempre en la bellísima niña que todos habían visto en las fiestas,
y los Reyes, henchidos de contento, consintieron en el matrimonio de su
hijo con la joven.
Los novios fueron muy felices y vivieron en una perpetua luna de miel y
tuvieron muchos hijos.
El hermano de la joven, que hasta el día antes del matrimonio había
continuado como pastor, fué ennoblecido y siguió viviendo en la Corte,
desempeñando empleos muy principales.
Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento.
10. LAS SIETE CIEGAS.
(Referido por el niño Luis Smith, de 12 años, en 1910)
Hubo en un país lejano un Rey muy malo que se complacía en el daño que
causaba a sus súbditos.
Un día que salió a cazar, y se extravió en el bosque, vió en la puerta
de una choza a una jovencita muy bella y agraciada, y llevándola a
Palacio se casó con ella.
Un mes nada más duró la felicidad de la Reina. Transcurrido este corto
tiempo, durante el cual el Rey fué tierno y cariñoso con ella, se reveló
nuevamente en él el hombre perverso, de fieros instintos. Con pretextos
y sin pretextos, todo lo encontraba malo, y como la Reina era la persona
que tenía más cerca, la desgraciada pagaba el pato. Un día que amaneció
de más mal humor que de ordinario, hizo sacar los ojos a la Reina y
ordenó que la encerrasen en un calabozo húmedo y sin luz, que daba a uno
de los patios interiores del palacio, y que la sometiesen a una
alimentación escasa.
Poco tiempo después, el Rey se casó con otra joven, la cual también sólo
un mes fué feliz, y pasó otro mes al lado de su esposo sufriendo toda
clase de vejámenes; después, privada de la vista, fué a hacer compañía
en el calabozo a su predecesora.
La misma suerte corrieron cinco niñas más, con las cuales el monarca
contrajo matrimonio sucesivamente.
Las siete desgraciadas tuvieron un hijo cada una en su prisión, pero
sólo la primera lo conservó; las otras, muertas de hambre, se comieron
los suyos, y si no hubiera sido porque la primera mujer logró ocultar a
su hijo y que éste, como si adivinara el destino que le estaba reservado
si las compañeras de su madre lo descubrían, jamás lanzó el menor gemido
ni se le oyó llorar.
La criatura era hermosa y fué creciendo. Su madre le enseñaba a hablar
en las noches, cuando sus compañeras dormían, y paulatinamente fué
comunicándole los pocos conocimientos que tenía, lo que el niño aprendía
con suma facilidad, porque estaba dotado de gran inteligencia.
Una vez el niño encontró un clavo y, jugando, se puso a escarbar la
pared al lado del sitio que ocupaba su madre. La muralla, con la
humedad, estaba blanda, así es que en pocos momentos hizo un pequeño
forado por el que penetró un poco de luz; le dieron deseos de salir para
conocer el mundo, de que tanto había oído hablar a su madre, y para
conseguirlo continuó trabajando hasta que el agujero fué suficientemente
grande para dejarlo pasar. Le contó a su madre lo que había hecho y le
pidió que mientras él andaba afuera cubriera ella el forado con su
cuerpo para que el carcelero no lo viese.
Salió el chico y se encontró con un hermoso huerto. No se cansaba de
admirar el cielo, tan azul y tan bello; mucho también le llamaron la
atención los árboles, las flores y los frutos; tomó algunos de éstos,
los probó y los encontró sabrosísimos. Cogió entonces todos los que pudo
para llevárselos a su madre, la cual sólo entonces comunicó la
existencia de su hijo a sus compañeras de desgracia e hizo que el niño
les repartiera frutas.
Desde ese momento el niño fué la alegría de todas, que lo quisieron
entrañablemente, y él les pagaba su cariño renovándoles cada día las
provisiones que tomaba en el huerto.
Cada vez que el niño estaba fuera, la madre pasaba sobresaltada,
temiendo que uno de los hortelanos lo encontrara y lo llevase a
presencia del Rey. Por lo que pudiese suceder, le dijo un día:--Hijo, si
te llegan a ver, te preguntarán de dónde vienes, cómo te llamas y
quiénes son tus padres, y tú contestarás que vienes del mundo que tu
nombre es el Viento y que eres hijo del Trueno y de la Lluvia.
Pasó algún tiempo, más de un año, sin que nada se descubriera, porque el
chico practicaba sus excursiones muy de mañana y los hortelanos no eran
madrugadores; pero una vez que uno de éstos se levantó más temprano que
de costumbre, fué cogido y llevado a la presencia del Rey. Al Rey le
cayó en gracia el chico y le preguntó:
--¿De dónde vienes?
--Del mundo.
--¿Quién es tu padre?
--El Trueno.
--¿Y tu madre?
--La Lluvia.
* * * * *
Poco después de haberle hecho sacar los ojos a su séptima mujer y
haberla encerrado en el calabozo, el Rey se había casado por octava vez;
pero en ésta _le salió el futre_, como vulgarmente se dice, porque la
nueva esposa no era el manso cordero, ni la humilde paloma que las
anteriores. Mujer de carácter fuerte, de corazón duro y envidiosa,
dominó a su marido por completo. El Rey se fué acostumbrando poco a poco
a obedecer, y como consecuencia, su carácter se debilitó y dulcificó.
Como dijimos, el chico le cayó en gracia al Rey, sólo de verlo, y mucho
más cuando lo oyó responder con tanto despejo a sus preguntas; y ordenó
que lo vistiesen bien y lo dejasen en completa libertad para andar por
el palacio y sus dependencias.
El niño vivía con la servidumbre, que lo adoraba. Cuando concluía su
comida, recogía todos los restos y se los llevaba a las ciegas, con las
cuales conversaba un rato cada vez que entraba a la prisión,
especialmente en la noche, antes de retirarse al cuarto que se le había
destinado.
A medida que el niño crecía en altura, crecía también en inteligencia,
de tal modo que su fama salió de los patios de la servidumbre y llegó a
oídos de la Reina. Ella también quiso oírlo, y al escuchar sus
contestaciones tan prontas y oportunas, se propuso perderlo. La Reina
era envidiosa y no tenía hijos. Se fingió enferma, hizo llamar al Rey y
le dijo que había soñado que no sanaría de su enfermedad sino tomando
leche de leona traída por un león en odre de león, y que había de ser el
niño quien la fuese a buscar.