La mitad del camino llevaría andado, cuando el burro se puso a corcovear

y por más que Juanito le pegaba fuerte y feo con una varilla, el animal

no avanzaba un paso.

Viendo la porfía de la bestia, Juanito sacó las tortillas de las

alforjas y descendió del burro para seguir a pie; pero en cuanto bajó,

se le cayó una de las tortillas y se le fué rodando por el camino.

Era de ver cómo Juanito corría detrás de la tortilla, que rodaba y

rodaba, sin poderla alcanzar; y el pícaro burro, que antes no quería

moverse, cómo seguía a Juanito, que casi le pisaba los talones.

Por fin la tortilla se metió adentro de una cueva y Juanito se coló

detrás de ella.

Cuando Juanito estuvo adentro, se encontró, sin saber cómo, en un gran

comedor regiamente amueblado. La mesa estaba cubierta de ricas viandas y

manjares de toda especie que exhalaban un perfume delicioso, y como al

muchacho, con la carrera, se le había abierto el apetito, tomó el

cucharón para servirse un plato de cazuela y ya iba a meterlo en la

sopera, cuando el cucharón se le enderezó en la mano y pegándole

fuertemente en la cara le dijo:

--¿Cómo te atreves a comer antes que tus amos?

En esto se sintió un gran ruído, y entró rodando al comedor una gran

bola de cobre. Juanito, lleno de miedo, apenas tuvo tiempo de esconderse

detrás de la puerta, y desde allí pudo ver que la bola se abría en dos

partes, como una concha, y de ella salía un lindo canario.

Con el mismo ruído y el mismo aparato entraron otras dos bolas más, una

tras otra, y de cada una salió otro canario.

Las tres avecitas sacudieron sus plumas un momento, como si se

desperezaran, y después, volando, se introdujeron a un elegante

dormitorio situado al lado del comedor, en el que había tres lujosas

camas.

Juanito continuaba observando desde su escondite, con la curiosidad que

es de suponer, tan extraños acontecimientos. De pronto vió que tres

negros atravesaban el patio y el comedor y entraban al dormitorio

conduciendo sendos baños de plata, que colocaban al lado de las camas.

Inmediatamente los Canaritos se zambulleron en el agua y un rato después

salían de los baños transformados en hermosos Príncipes. Los esclavos

los perfumaron, los enjuagaron y ayudaron a vestirse, y en seguida se

retiraron, dejándolos recostados en sus camas, contándose lo que les

había pasado en los últimos quince días, tiempo que no se veían.

Dos de los Príncipes nada importante tuvieron que referir; pero, en

cambio, el tercero contó que en una de sus excursiones había divisado a

una Princesa tan hermosa como no había visto otra en su vida, que estaba

perdidamente enamorado de ella y que, no hallando cómo llamar su

atención, le había robado un día una madeja de seda con que bordaba,

otro día su dedal y al siguiente unas tijeras de oro, objetos que tenía

al lado en su velador. Y tomándolos, los besaba tiernamente, diciéndoles

las palabras más dulces y cariñosas.

Después de escuchar esto, Juanito logró escabullirse sin ser notado, y

como el hambre le apretaba, se metió en la cocina, en la cual no

encontró a nadie. Con temor probó de uno de los guisos, y viendo que

nada le pasaba, se creyó autorizado para hartar su estómago.

Después de satisfacer su apetito, salió, sin tropiezos, de aquel palacio

encantado, y al lado afuera de la entrada de la cueva, tropezó con su

burro, que lo esperaba. Montó en él, y a las pocas horas se encontró

frente al palacio del Rey.

Pidió permiso al jefe de la guardia para pasar a ver a la Princesa y

entregarle las tortillas, con las cuales--aseguraba él--sanaría la

enferma. Al principio no querían dejarlo entrar, pero en vista de su

insistencia, lo condujeron a presencia del Rey, y como la petición de

Juanito estaba de acuerdo con el bando que el mismo Rey había mandado

publicar, ordenó que se le llevase a las habitaciones de la Princesa.

La Princesa, cansada con las preguntas de tanto charlatán como había ido

a visitarla, en cuanto entró Juanito se dió vuelta para la pared; pero

éste, sin inmutarse, le habló en los siguientes términos, de un

resuello:

--Manda a decir mi mamita que su mercé es su señorita, que tenga muy

buenos días y que cómo está y que aquí le manda estas tres tortillas,

pero no le traigo más que dos, porque la otra se me fué rodando cuando

salí de mi tierra, y yo, por seguirla, llegué hasta un palacio

encantado, en donde vi y oí cosas tan maravillosas como tal vez no habrá

visto ni oído alma viviente en este mundo. Figúrese usted, señorita que,

escondido detrás de la puerta del comedor del palacio, vi que llegaban

tres grandes bolas de cobre, que al rodar metían mucho ruido y que se

abrían por la mitad y que de cada una de ellas salía un canarito.

Al llegar a este punto, la Princesa se volvió para el lado de Juanito, e

incorporándose en la cama, le preguntó con ansiedad:

--¿Y qué hicieron esos pajaritos?

--Sacudieron sus alitas y en seguida se fueron volando a un dormitorio

situado al lado del comedor y en el cual había tres camas; y entonces

llegaron tres negros, trayendo cada uno un baño que depositó al lado de

las camas; en cada uno de ellos se metió un Canario y a los pocos

instantes salieron convertidos en tres hermosos Príncipes, que se

recostaron en sus camas y empezaron a contarse lo que les había ocurrido

en los últimos días. Dos de ellos no tuvieron nada nuevo que contar,

pero el otro, que era el más lindo de los tres, les dijo que un día que

pasaba volando por el palacio de un Rey, divisó a la Princesa más

hermosa que en su vida había visto, que se había enamorado perdidamente

de ella y que, para llamar su atención, le había robado un día una

madeja de seda, otra vez el dedal de oro y otro día sus tijeras. No oí

más, porque ya no aguantaba el hambre y me fuí a la cocina a comer algo.

Después que maté el hambre salí, y al lado afuera encontré a mi burro,

monté en él y me vine a cumplir el encargo de mi mamita. Pero su mercé

me perdonará que no le haya traído más que dos de las tres tortillas que

mi mamita me entregó para su mercé, porque como habrá visto, no es mía

la culpa de que se me haya perdido una.

La Princesa, que había escuchado anhelante a Juanito, contestó:

--Está muy bien, Juanito ¿y serías capaz de llevarme a la cueva en que

está el palacio encantado?

--Como nó pues, señorita, si el camino es bien refácil; no está más que

a la vueltecita de la esquina.

La Princesa hizo llamar al Rey.

--Padre, le dijo, todos los que hasta ahora han venido a verme no han

sido sino unos charlatanes, con excepción de este niño, que es médico

verdadero. El me ha traído la salud, pero aunque me siento bien, para

restablecerme por completo necesito hacer un viaje de unos cuantos días,

y espero que Vuestra Majestad no me negará el permiso. El solo me

acompañará.

El Rey se quedó admirado de ver el cambio tan radical que en un momento

se había operado en la salud de su hija, y como la amaba tanto y nada se

atrevía a negarle, le concedió el permiso que solicitaba. Quiso que

llevara dinero, mucho dinero, para los gastos que pudieran ofrecérsele;

pero ella lo rehusó, lo mismo que el séquito que se le ofrecía, y salió

sin más compañía que Juanito, montados ambos en el burro que había

traído al niño a palacio.

El burro los condujo en pocas horas hasta la entrada de la cueva, en

donde bajaron. La Princesa le dió a Juanito una carta para el Rey, en la

que le decía que no pasase cuidados por ella, que estaba bien, que en

pocos días más regresaría completamente restablecida, y que le entregara

a Juanito el dinero que había ofrecido al que la sanase de su

enfermedad.

Deshizo Juanito el camino y puso en manos del Rey la carta de la

Princesa. El Rey ordenó que se le diese una gran suma de dinero y con

ella regresó Juanito a casa de su madre, y ambos, desde entonces, llevan

una vida tranquila y holgada.

* * * * *

Volvamos a la Princesa que, una vez que quedó sola, entró al interior de

la cueva y se encontró de repente en medio de un gran comedor regiamente

amueblado. No sabía qué hacerse, cuando entró el Canarito revoloteando

y cantando alegremente y después de hacerle mil gracias a su adorada, se

detuvo y le habló de esta suerte:

--Hermosa Princesa, ¿cómo te has atrevido a poner tus plantas en este

sitio en que te esperan tantos peligros?

--Linda avecita, por verte y tenerte a mi lado encontraré livianos todos

los trabajos que se me presenten; no aspiro sino a estar en tu compañía

y oir tu hermoso canto.

--Princesa, esta cueva encantada está al cuidado de una vieja hechicera;

búscala y la encontrarás en la última pieza del interior y dile que

deseas ocuparte y vienes a ofrecerle tus servicios; ella los aceptará y

te encargará trabajos que te parecerán imposibles de ejecutar, pero no

tengas cuidado que yo velaré siempre por tí y te ayudaré.

La Princesa, después de recorrer muchos patios y galerías, llegó a una

pieza a cuya puerta estaba sentada una vieja de aspecto repelente, con

la cabellera desgreñada, el rostro sucio, las uñas larguísimas, los ojos

encarnizados. En cuanto divisó a la Princesa, con voz áspera le

preguntó:

--¿Qué buscas aquí, vil gusanillo de la tierra?

--Señora, le contestó, necesito emplearme y andaba buscando dónde

servir, cuando llegué a esta casa y como encontré la puerta franca y

nadie acudió a mi llamado, entré hasta este sitio sin encontrar en mi

camino a ninguna persona; ¿no querría Ud. tomarme a su servicio?

--Está bien, dijo la vieja; retírate a aquella pieza y mañana, de alba,

vienes a recibir mis órdenes.

La Princesa se retiró sumamente afligida; el rostro mal agestado de la

Bruja y su voz dura y antipática la atemorizaron y pasó la noche sin

dormir.

Apenas amaneció se fué a la pieza de la vieja, que ya estaba en pie y

que la esperaba con un gran frasco de vidrio.

--Toma este frasco, le dijo, y antes de las doce del día me lo traerás

lleno de lágrimas de picaflores; si no consigues llenarlo, te costará la

vida.

La Princesa salió llorando sin saber a dónde dirigirse, pero a poco

andar vió en un árbol al Canarito, que le dijo:

--Ve a aquel monte que se divisa allí cerca; antes de subir cortarás una

varillita de la primera planta que encuentres a mano derecha del camino

que conduce a la cima, subes y esperas arriba la salida del sol; colocas

el frasco en el suelo e inmediatamente vendrá una multitud de picaflores

y uno tras otro irá parándose en la boca del frasco.

Entonces tú les vas dando un golpecito en la cabeza con la varilla y

derramará cada uno tres lágrimas dentro del frasco. Serán tantos y se

turnarán tan rápidamente que en menos de una hora lo llenarán.

Siguió la princesa el camino que le indicó el Canario y al llegar al

monte cortó una varilla del primer arbusto que halló a la derecha de la

senda; en seguida continuó su marcha, y una vez que estuvo arriba, dejó

el frasco en el suelo, se sentó sobre una piedra y se quedó meditando

sobre su triste suerte y las raras aventuras de su corta vida, hasta que

el sol se levantó brillante y majestuoso en el horizonte.

Inmediatamente acudió de todas partes una multitud de picaflores, cuyas

plumas tornasoladas lanzaban vívidos reflejos al ser heridas por los

rayos solares. Las lindas avecitas revoloteaban en torno de la Princesa,

y saliendo del grupo, de a dos y de a tres se paraban en el borde de la

boca del frasco y esperaban que la joven les diese un suave golpecito en

la cabeza con la varilla, para retirarse y dejar el puesto a otras de

sus compañeras. Esta escena se repitió con tal rapidez que, aunque sólo

eran tres las lágrimas que cada picaflor depositaba en el frasco, en

media hora éste se había llenado. Sin embargo de haber cumplido su

tarea, la Princesa no se movió de aquel sitio: el solo recuerdo de la

Bruja le imponía pavor y la hacía extremecerse, ¡y se sentía tan bien en

medio de los árboles y de los pajaritos!

Cuando el sol llegó a lo más alto del cielo, la Princesa se despidió

cariñosamente de los picaflores, agradeciéndoles con frases llenas de

dulzura el servicio que le habían hecho; y rodeada de ellos, que no la

dejaron sino cuando llegó al plano, descendió del cerro con el frasco en

sus brazos.

Pocos momentos después llegaba a la cueva y se encontraba en presencia

de la aborrecible vieja, y entregándole el frasco le decía:

--Señora, estáis servida.

--Está bien, refunfuñó la Bruja; mañana temprano vendrás a recibir una

nueva orden.

Y arrojándole un mendrugo de pan, le indicó con el dedo que se retirara

a su cuarto.

La Princesa pasó la noche sin dormir, así es que muy temprano, antes que

amaneciese, ya estaba en presencia de la hechicera. La vieja, que la

esperaba, le pasó un cofre de una hermosura imponderable, cubierto de

incrustaciones de oro y de adornos de flores de diamantes, perlas y

rubíes, y entregándole una llavecita, le ordenó que la llevase a casa de

otra vieja, su amiga, porque era su cumpleaños. Esta amiga la abriría y

sacaría su contenido y después debía regresar la Princesa con la caja y

estar de vuelta antes del mediodía.

Salió la Princesa llorando y sin saber cómo, se halló de pronto al pie

del monte en que había estado la mañana anterior. Allí encontró al

Canarito, que le dijo:

--Enjuga tu llanto, hermosa Princesa, y quédate aquí hasta la hora

conveniente. Lo que la vieja desea es que abras el cofre; pero no lo

abrirás, ni tampoco lo llevarás a casa de la amiga de la Bruja, porque

ella te lo haría abrir. Poco antes de las doce te irás a la cueva y

entregarás el cofre a la vieja diciéndole que su amiga lo había abierto

y habían salido de adentro unos guerreros que la habían muerto. Y el

Canarito se fué.

Mientras llegaba la hora, la Princesa se entretuvo con los picaflores

que revoloteaban a su alrededor de la manera más graciosa, haciendo mil

figuras y evoluciones como si bailaran; pero cuando el sol iba a llegar

al mediodía, bajó siempre rodeada de las avecitas, hasta que llegó a la

cueva. La vieja la esperaba en el interior, en la puerta de su

habitación, y le entregó el cofre diciéndole que apenas la amiga lo

había abierto, habían salido de él una cantidad innumerable de guerreros

armados que en un momento le dieron la muerte, desapareciendo en

seguida.

--Pero ¿es cierto lo que me dices, muchacha? contestó la vieja, ¡si no

puede ser!

--Pero así ha sido, señora.

--A ver, pásame la llave.

Y tomándola, abre el cofre y sale de él un verdadero ejército de jóvenes

armados de espadas, lanzas y hachas con las cuales traspasan y destrozan

a la infame vieja, que se revuelca en el suelo en medio de un mar de

sangre. Los jóvenes guerreros desaparecen dejándola por muerta; pero la

Bruja tenía la vida de los gatos, y, arrastrándose como pudo, se echó a

la cama.

La Princesa quedó anonadada con esta escena, y se habría quedado quién

sabe hasta cuándo como enclavada en el suelo, si la voz de la vieja no

la hubiese sacado de su abstracción.

--Hijita, le dijo la vieja con un tono que trataba de aparecer cariñoso,

vaya a la otra pieza, tome el primero de los frascos que hay en el

armario y me lo trae; quiero tomar del licor que hay en él para morir y

dejar de sufrir.

Pasó la Princesa a la pieza contigua, y ahí encontró al Canarito, que le

dijo muy quedo al oído:

--No le lleves el primero sino el último de los frascos del armario,

para que muera de veras: cualquier otro que le lleves le dará la vida y

no terminarán nunca nuestros sufrimientos.

Obedeció la Princesa y le llevó el último frasco.

--¿Este es el primero, hijita?

--Sí, señora, éste es el primero.

--No vaya a haberse equivocado y haya tomado el segundo.

--No, señora, estoy completamente segura de que he traído el primero.

--Entonces deme una cucharada de él.

La Princesa le pasó una cucharada del líquido que el frasco contenía y

la vieja se lo bebió con ansia; pero apenas lo tragó, comenzó la Bruja a

torcerse, a despedazarse con las uñas, a morderse las manos y los

brazos, dando unos gritos tan desaforados que parecía que el palacio se

iba a venir al suelo.

Por suerte, todo esto duró poco, porque la vieja, en medio de los

mayores dolores, entregó pronto su alma al diablo, a quien con tanto

empeño había servido durante su larga vida.

En cuanto cesaron los alaridos de la Bruja, sucedió una cosa inesperada.

La cueva y el palacio se convirtieron en un bello y extenso país; los

Canarios, en tres hermosos príncipes; los negros que había visto

Juanito, en grandes de la corte, y los picaflores, en los habitantes del

reino, todos los cuales vinieron a rendir homenaje a la Princesa.

Acercóse a ella el más hermoso de los tres Príncipes e hincando una

rodilla en tierra, habló a la Princesa de esta manera:

--Princesa, yo soy aquel Canario que os arrebató la madeja de seda, el

dedal y las tijeras y que más tarde os aconsejó lo que debíais hacer

para libraros y librarnos de la malvada hechicera que por satisfacer una

ruin venganza mató a nuestros padres y nos tenía hechizados a mí, a mis

hermanos y a nuestro pueblo. Bien sabéis que yo os amo y que no podré

vivir sino en vuestra compañía. Sé que vos me amáis también, pues por

amor a mí habéis arrastrando tantos peligros. ¿Queréis que vayamos ahora

mismo donde vuestro padre, que es nuestro vecino, para pedir vuestra

mano?

--Príncipe, contestó la joven, mi anhelo es ser vuestra esposa; partamos

cuanto antes.

El pueblo, entusiasmado, aclamó a la Princesa, llamándola su reina, su

buena y querida reina, y jurando amarla y protegerla de todo peligro.

Grande fué el alborozo del Rey, padre de la Princesa, al verla llegar

completamente sana de su enfermedad y en tan buena compañía. Las bodas

se celebraron al día siguiente y hubo grandes fiestas y regocijos

públicos en los dos reinos, cuyos pueblos confraternizaban como si

fueran uno. Los novios fueron muy felices; gobernaron a su pueblo con

bondad paternal y Dios los premió dándoles hijos bellos y virtuosos, que

les hicieron agradable su peregrinación en esta vida.

7. EL REY TIENE CACHITO

(Contado por el Presbítero don Osvaldo Martínez, de Santiago, en 1912)

Este era un Rey que cayó enfermo de un fuerte dolor a la cabeza. Su

dolencia lo obligó durante muchos días a guardar cama y durante ellos no

pudo ocuparse de los asuntos de gobierno. Cuando se levantó, se encontró

con que le había salido un cachito.

El Rey, por supuesto, quiso tener oculta de todos esta desgracia; pero

no lo consiguió: el pelo le creció tanto que tuvo necesidad de hacer

llamar a un peluquero, encargando que le trajeran el más discreto de la

ciudad.

Sus Ministros pasaron revista a todos los fígaros de la capital y por

fin creyeron encontrar al que su Majestad necesitaba: era éste un pobre

hombre que, aunque manejaba magistralmente la tijera y la navaja, casi

no tenía clientela porque era muy reservado y poco comunicativo; no

hablaba sino cuando era de absoluta necesidad.

Con los informes de los Ministros, el Rey lo nombró su peluquero.

En la primera sesión, el Rey le dijo que a ninguna persona debía

comunicarle su desgracia y le exigió bajo juramento que así lo hiciese.

El Peluquero juró que a ninguna persona diría que el Rey tenía un

cachito. Después de esto le cortó el pelo y se retiró para volver dentro

de un mes.

No hizo mas que salir el Peluquero y sentir un desasosiego como nunca lo

había tenido; y lo peor es que este malestar no lo dejaba y

experimentaba como una necesidad de echar afuera aquel secreto que le

hormigueaba por todo el cuerpo. Y aquí tenemos a nuestro hombre, que

hasta entonces había vivido tranquilo, convertido en el ser más

desgraciado de la tierra: no comía, no dormía, no trabajaba, no tenía

ánimos para nada.

Y sin embargo de no comer, se iba hinchando, hinchando hasta ponerse

redondo como una tinaja.

El pobre hombre se sentía desfallecer, no hallaba qué hacerse; estaba

seguro de que se moriría en horas más si no contaba su secreto. Pero ¿y

el juramento? El era buen cristiano y por nada de la vida perdería su

alma.

Desesperado, salió al campo; y aquí le ocurrió una idea salvadora. Con

una estaca que halló a mano abrió un hoyo y echándose de barriga en

tierra se puso a decirle:--¡El Rey tiene cachito! el Rey tiene

cachito!--repitiendo la frase no menos de cien veces; y a medida que la

iba diciendo, la barriga se le iba deshinchando. En seguida tapó el hoyo

con la misma tierra que de él había sacado.

¡Qué desahogado, qué aliviado y qué flaco se levantó el Barbero! ¡Qué

feliz se sintió! Pocos momentos después llegó a su casa pidiendo

desaforadamente que le dieran de comer; ¡qué apetito! todo lo que le

servían se le hacía poco! La mujer estaba desesperada: ¿de dónde sacaría

alimentos suficientes para llenar aquel tonel sin fondo? Se comió todo

lo que pilló a mano, cuanta materia engullible había en la casa, y por

fin, más cansado de hacer funcionar las mandíbulas que satisfecho, se

acostó. ¡Era de ver la placidez con que dormía el santo varón! Durmió

dos días con sus noches, y se levantó feliz, cantando y con grandes

disposiciones para trabajar. Era otro hombre.

Pasaron los días uno tras otro hasta completar una semana, cuando

ocurrió una cosa inesperada. Los niños de la escuela habían ido a hacer

la chancha al campo vecino y encontraron una mata de capachitos, que

había brotado precisamente en el lugar en que el Peluquero había hecho

el hoyo; arrancaban las florecitas y tomándolas con el dedo pulgar,

índice y cordial, las reventaban en sus frentes, como tienen costumbre

de hacerlo; pero en esta vez la florecitas, al estallar, decían:

--¡El Rey tiene cachito!

Admirados los niños de este prodigio, llevaron a sus casas todos los

capachitos que quedaban y repitieron la prueba y los capachitos siempre

decían:--¡El Rey tiene cachito!

No se podía dudar de la noticia, y ella corrió como el aceite: en pocos

instantes la conocía toda la ciudad. Y tanto y tanto cundió que llegó a

oídos del Rey.

El Rey hizo llamar al Peluquero y después de apostrofarlo duramente le

dijo que le haría pagar con la vida su indiscreción. El Peluquero

respetuosamente repuso:--Señor, yo juré a Vuestra Majestad no decirle a

ninguna persona su secreto y lo he cumplido, porque hasta ahora no se lo

he dicho a alma nacida. ¿Qué culpa tengo yo si los capachitos lo andan

proclamando a los cuatro vientos?

Por cierto que se cuidó de contarle lo que había hecho, y como de esto

no había testigos, el Rey hubo de perdonarlo.

8. EL CUERPO SIN ALMA.

(Referido en 1912 por Beatriz Montecinos, de 50 años, de Talca)

Para saber y contar y contar para saber.

Este era un caballero que tenía un fundo cerca de la ciudad, muy grande

y muy hermoso, pero que tenía la maldición de que nadie podía vivir en

él, porque, sin saber cómo ni por qué, al otro día amanecían muertos los

que pretendían trabajarlo. El caballero estaba desesperado, y ofreció

darlo a medias al que se atreviese a sembrarlo.

Había en la misma ciudad una viuda muy pobre, que tenía tres hijos,

decididos y valientes, los cuales se pusieron de acuerdo para

trasladarse al fundo. Partieron, llevando cada uno un pedazo de pan y

otro de queso, que para más no les alcanzó el poco dinero que tenían.

Habían andado ya un buen trecho, cuando el menor se hizo a un lado de

sus hermanos, que siguieron andando, porque se le ofreció una necesidad.

Iba ya a reunirse con ellos, cuando se le presentó una pobre vieja

pidiéndole una limosna. El, compadecido, le dió el pan y el queso que

llevaba, y entonces la anciana le entregó una varillita, diciéndole que

era de virtud y que le haría todo lo que le pidiese, y desapareció.

Llegaron los tres hermanos al fundo muy de madrugada y convinieron en

que mientras iban a trabajar los dos menores, el mayor se quedaría

haciendo la comida para los tres.

Fueron los menores al trabajo y cuando el mayor tenía hecha la comida y

en punto para servirla, salió de un pozo que había cerca de la cocina un

enorme Culebrón, y el joven, del susto, se fué de espaldas y casi se

mató del golpe.

--La vida o la comida, le dijo el Culebrón.

--La comida, le contestó el pobre, más muerto que vivo.

El Culebrón devoró la comida y en seguida desapareció por el pozo.

Poco después llegaron los otros dos hermanos, quienes, de tanto que

habían trabajado, venían que no podían más de hambre. Cuando supieron lo

que había pasado, casi se murieron de rabia.

Al día siguiente se quedó el segundo haciendo la comida, partieron a

trabajar los otros dos, y sucedió lo mismo que el día anterior: salió el

Culebrón, se comió la comida, y dejó tocando tabletas a los tres

hermanos.

El tercer día se quedó el menor, y en el momento en que éste retiraba la

olla del fuego, salió el Culebrón y le dijo:

--La vida o la comida.

Cuentos populares en Chile · 第 2 / 20 段