REVISTA DE FOLKLORE CHILENO
Tomo IX.--1923
CUENTOS
POPULARES EN CHILE
(recogidos de la tradición oral)
POR
RAMON A. LAVAL
Socio fundador
de la Sociedad de Folklore Chileno y de la Sociedad Chilena
de Historia y Geografía, Miembro Correspondiente de la Real
Academia de la Historia, Membre de la Société des Traditions
Populaires et de la Société des Américanistes de Paris, Socio
correspondiente da Sociedade de Geographia de Rio de Janeiro.
SANTIAGO DE CHILE
IMPRENTA CERVANTES
MONEDA, 1170
1923
I PARTE
Cuentos maravillosos, Cuentos de
animales, Anécdotas.
Cuentos populares en Chile, recogidos de la tradición
oral[A]
1. EL SOLDADILLO.
El Soldadillo se estaba aburriendo en su casa y se le puso en la cabeza
salir a rodar tierras, por ser hombre y por saber.
Salió, pues, un día, llevando al hombro unas alforjas muy bien provistas
y un buen cuchillo asegurado a la cintura.
Después de haber andado unas cuantas horas, en un camino apartado se
encontró con un hermoso joven, elegantemente vestido. El Soldadillo, que
era hombre bien hablado, se sacó su gorra y saludando con todo respeto,
preguntó:
--¿A dónde va, mi señor? Si lo puedo servir en algo, estoy a sus
órdenes.
El Príncipe, porque el joven era hijo de Rey, le contestó:
--Si quieres acompañarme, te daré buen sueldo; el sirviente que traía se
me perdió en el camino, y necesito de una persona que me ayude; pero ésa
ha de ser muy valiente, porque nos hemos de ver quizás en qué peligros.
--Su mercé, respondió el Soldadillo, tal vez haya oído hablar de su
servidor, porque yo he peleado en todas las batallas que ha dado Su
Sacarreal Majestad el Rey su padre, y siempre me porté con valor y nunca
volví la espalda al enemigo. Juan me llamo, señor, y por sobrenombre me
dicen el Sordaíllo.
--¡Con que tú eres, hombre, el mentado Soldadillo! No he podido
encontrar mejor compañero; he andado con suerte; desde luego te tomo a
mi servicio.
Siguieron andando los dos, más que como patrón y sirviente, conversando
como amigos. El Príncipe le contó cómo se había enamorado, por un
retrato que había visto, de la más linda princesa del mundo, a quien
andaba buscando: estaba encantada y nadie sabía en donde se hallaba.
El Soldadillo le prometió ayudarlo en todo y no dejarlo mientras no
dieran con la princesa, y hasta dejarse matar por él, aunque--le
dijo--todavía no ha nacido quien se atreva a tocarme un pelo.
Siguieron andando y andando, y hacía ya muchos días que iban por el
mismo camino, cuando encontraron a un hombre que se ejercitaba en dar
saltos muy grandes. El Soldadillo le preguntó:
--¿Cómo te llamáis, ho?
--Yo me llamo--contestó el hombre--Saltín, Saltón, hijo del buen
Saltaor.
--¿Y en qué te ocupáis, hó?
--En saltar, pus, ñor; y pueo dar saltos de más de dos cuairas, pus,
ñor.
--Este hombre nos conviene--le dijo el Príncipe al
Soldadillo;--pregúntale si quiere entrar a mi servicio.
Entonces el Soldadillo le dijo al hombre:
--¿Por qué no te venís con nosotros?
--Si me dan buena paga, me voy con ustedes.
Y Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, se fué con ellos.
Siguieron andando y andando, y más adelante toparon con un hombre que se
llevaba tranqueando de arriba para abajo, a grandes pasos, y que no
descansaba ni un momento.
--¿Cómo te llamáis, ho?--le preguntó el Soldadillo; y el otro le
contestó:
--Yo me llamo Andín, Andón, hijo del buen Andaor.
--¿Y en qué trabajáis, vos?
--En andar, pus, ñor; ese es mi oficio; porque yo soy lo mesmito que el
Judío Errante, que me canso cuando me siento; y aemás soy muy forzúo, y
me los pueo echar a toos ustees al hombro y llevarlos aonde ustees me
igan; porque han de saber que soy nieto de Carguín, Cargón, hijo del
buen Cargaor, y que hei sacao las juerzas de mi agüelo.
--Este hombre nos conviene--le dijo el Príncipe al
Soldadillo;--contrátalo a ver si quiere servirme.
Entonces el Soldadillo le dijo al hombre:
--¿Por qué no te venís con nosotros? Te daremos buena paga.
--Métale, pus, ñor--contestó Andín, Andón, hijo del buen Andaor; y para
probarles que era cierto lo que les había dicho acerca de las fuerzas
que tenía, agarró a los tres compañeros en sus brazos y siguió cargado
con ellos, como si tal cosa.
Bien les vino a los pobres, porque estaban muy cansados.
Así anduvieron por tres días, hasta que encontraron a un hombre sentado
en la tierra, que con una mano rodeaba una de sus orejas, como para
escuchar mejor. El Soldadillo le dijo:
--¿Qué hace ahí, mi amigo? ¿se puede saber?
--Como nó--le contestó el hombre:--estoy oyendo a una niña que está
encerrada siete estados bajo tierra llorando sin consuelo y quejándose
de que la tienen encantada. En este momento, dice: ¿Qué será del Rey,
mi padre? ¡Cómo llorará mi madre! ¡Cuándo vendrá el príncipe que ha de
libertarme!
El Príncipe no dudó que la princesa encerrada era la que él buscaba, e
inmediatamente preguntó al hombre:
--¿Cómo te llamas tú?
--Yo me llamo, señor--le contestó--Oidín, Oidón, hijo del buen Oidor.
--Vente conmigo y te pagaré bien--le dijo el Príncipe.
--Eso quisiera yo--le dijo Oidín--porque estoy sin empleo.
Y Oidín, Oidón, hijo del buen Oidor, pasó a ocupar su lugar al apa de
Andín, Andón, hijo del buen Andaor.
Siguiendo las indicaciones de Oidín, que a cada rato hacía que Andín se
parara, para escuchar mejor, se metió Andín con su carga por un bosque
muy tupido, llegando una noche, al cabo de siete días de marcha, frente
a un castillo. Dieron seis vueltas alrededor de él, sin encontrar puerta
alguna; sólo veían una fila de ventanas, todas alumbradas, pero muy
altas y defendidas por gruesos barrotes de fierro. A la séptima vuelta
vieron una puerta toda de fierro, hecha de una sola pieza y con un gran
llamador. Golpearon y nadie contestó; golpearon dos veces más y tampoco
nadie salió. Entonces el Soldadillo dijo:
--Que se queden todos aquí; a mí me agarra en peso Saltín, Saltón, hijo
del buen Saltaor, y de un salto nos ponemos dentro del castillo.
Así lo hicieron; pero todavía no ponían un pie en tierra, cuando oyeron
cerca de ellos una voz de trueno que decía:
--¡Carne humana huele aquí! Carne humana huele aquí!
Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, todo asustado, de un brinco
volvió afuera, dejando sólo a mi buen Soldadillo frente a frente de un
gigante enorme.
--A peliar vengo con vos--le dijo el Soldadillo;--y no me grite tan
fuerte, que no soy sordo y le pueo cortar la lengua con este
cuchillito; ni me mire tan fiero, porque tamién le pueo sacar los ojos
con estos cinco deos. Sepa el cara e capacho viejo, que está hablando
con el Sordaíllo y quien se mete con él, sale fregao.
Esto que dice el Soldadillo y el gigante que se le va encima; pero el
Soldadillo le saca el cuerpo con toda ligereza, y plantándose detrás, le
da con su cuchillito un tajo tan bien refuerte, que me le corta al
gigante los nervios de la corva de la pierna derecha, y de otro tajo me
le rebana los nervios de la corva de la pierna izquierda, y mi buen
gigante cae al suelo dando unos bramidos que hacían temblar toda la
tierra.
Los de afuera oían los bramidos, todos asustados, y por más que el
Príncipe le decía a Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, que los
transladara a todos adentro para ayudar al Soldadillo, Saltín no quiso
obedecerle, porque, como el miedo es cosa viva, todavía le temblaban las
carnes y no se animaba a ponerse cerca del gigante.
De repente se dejan de oir los bufidos y las puertas del castillo se
abren de par en par. Mi buen Soldadillo, con el cuchillo en la mano,
chorreando sangre, les dice que ha muerto al guardián del castillo y que
ya pueden entrar sin cuidado. No sabía el pobre los peligros que todavía
le esperaban.
Entraron, y al pasar por un gran comedor, todo lleno de manjares, Andín,
Saltín y Oidín, quisieron sentarse a comer, pero el Príncipe y el
Soldadillo dijeron que era preciso sacar primero a la Princesa; que
después habría tiempo para comer y mucho más. Tuvieron que obedecer,
porque donde manda capitán no manda marinero, y el que manda, manda, y
mano a la cartuchera; y sirviéndoles de guía Oidín, Oidón, hijo del buen
Oidor, llegaron hasta un pozo. El Soldadillo buscó una barra de fierro y
la atravesó en la boca del pozo; buscó después unos cordeles y amarrando
un extremo en la barra y el otro a su cintura, lo descolgaron.
Lo que sucedió después es digno de oirse.
Cuando llegó al primer estado bajo tierra, el Soldadillo que entra a una
sala muy hermosa y que se le presenta un enorme culebrón con siete
cabezas. El Soldadillo, que estaba curado de espantos, no se asustó,
antes, echando pie atrás, alzó el cuchillo y de un fuerte golpe le cortó
a la Culebra una de sus cabezas. El Culebrón dió un silbido que aturdió,
y desapareció por un agujero; y el Soldadillo la siguió de atrás. Al
llegar al segundo estado, nuevo combate; la Culebra quería enroscar con
su cola al Soldadillo, pero éste, haciéndole un quite, logró ponérsele
al frente y cortarle otra de las cabezas. El Culebrón arrancó como un
condenado por un portillo y el Soldadillo se coló detrás de él por el
mismo portillo. Llegaron al tercer estado, la Culebra con cinco cabezas
no más, y el Soldadillo, firme como un peral y con su cuchillo en la
mano. Tercer combate; el Culebrón quería enterrarle la lanceta de una de
sus bocas, pero el Soldadillo en un dos por tres, ¡zás! le cortó otra
cabeza. Ya no le quedaban al Culebrón mas que cuatro cabezas, las mismas
cuatro que le cortó mi valiente Soldadillo, una en cada estado a que el
Culebrón bajaba, hasta que llegaron al séptimo, en que le cortó la
última y me lo dejó sin poder moverse más.
Ya tenemos al Soldadillo en el séptimo estado bajo tierra, libre del
gigante y del Culebrón y oyendo los quejidos de la Princesa, que no
sabía de qué parte salían.
Buscando y buscando, da con una puerta, que abre con mucho cuidado y se
encuentra dentro de una pieza tan grande y tan linda como no había visto
otra en su vida; estaba toda cubierta de oro y plata y alumbrada con
muchos blandones, candelabros y arañas, y en medio, tendida en el suelo,
desmayada, la más hermosa Princesa que hayan visto ojos humanos. La
cargó en brazos y la llevó en ellos hasta que llegó al primer estado, y
amarrándose allí nuevamente el cordel a la cintura, gritó que lo
suspendieran. Cuando llegó arriba, todos se quedaron con la boca abierta
de ver tan hermosa Princesa, y al Príncipe casi se le salía el corazón
por la boca, tan fuertemente le saltaba.
Cuando la Princesa volvió en sí, contó que una vieja bruja la había
hechizado y encerrado en ese castillo, del cual nadie tenía noticias, y
que el encantamiento debía durar hasta que un príncipe viniera a
librarla.
El Príncipe estaba muy feliz, porque había encontrado a su Princesa; y
después de comer de los exquisitos manjares que habían encontrado
preparados, el Príncipe, no queriendo demorar su casamiento, ordenó a
Andín, Andón, hijo del buen Andaor, que cargara con todos y los llevara
a la Corte del Rey, su padre.
¡Bueno en el hombre forzudo! A todos se los echó al hombro como si no
pesaran más que una pluma, y en un par de días llegaron a la capital del
reino, donde se celebró el matrimonio con grandes fiestas y banquetes, y
vivieron muchos años muy felices y dichosos y rodeados de hermosos hijos
que se parecían a ellos.
Después de la boda, el Soldadillo y sus demás compañeros pidieron
licencia al Príncipe para retirarse, y entonces éste y la Princesa les
dieron a cada uno un gran talego de plata y al Soldadillo dos; y a los
cuatro, trajes muy ricos, pues estaban muy agradecidos de ellos; porque
sin Andín, Andón, hijo del buen Andaor, no habrían podido llegar al
castillo; sin Oidín, Oidón, hijo del buen Oidor, no habrían sabido dónde
se encontraba la Princesa; sin Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, no
habrían podido entrar al castillo; y sin el Soldadillo, la Princesa
habría seguido encantada hasta ahora. Bien dicen que Dios, sin ser
vaquero, todo lo rodea.
Y aquí se acabó el cuento del Periquito Sarmiento, que estaba con la
guatita al aire y el potito al viento; y pase por una mata de poroto
para que Fulano me cuente otro.
2. EL PESCADITO ENCANTADO
(Referido en 1911 por Samuel Antonio Letelier, de 9 años, de Molina. Lo
oyó contar en 1910 en Linares)
Este era un Rey que no se alimentaba sino de pescados, y para que lo
abasteciera de esta carne tenía a su servicio a un viejecito que todos
los días iba a pescar al mar. Le pagaba bien por su trabajo; pero lo
tenía amenazado con que le haría cortar la cabeza el día que no le
llevara provisión fresca de ellos.
Este viejecito vivía en una pequeña casa cerca de la costa, en compañía
de su mujer, de dos hijas a quienes quería entrañablemente, sobre todo a
la menor, que era muy buena y cariñosa con él; y de una perrita, que
todas las tardes, cuando volvía con la pesca, salía a recibirlo.
Un día el viejecito no sacó nada en la red, a pesar de haberla arrojado
muchas veces al agua; y lamentándose de su mala suerte, se sentó en un
peñasco a llorar su desgracia, porque veía que su fin iba a llegar.
Llorando estaba cuando entre las olas asomó la cabeza un Pescadito
colorado y le preguntó:--«¿Por qué llora el buen viejo?» El interpelado,
entre sollozos, le contó lo que le pasaba; que por más que había echado
las redes al mar, nada había sacado, y que si no le llevaba pescados al
Rey, éste le haría cortar la cabeza.
El Pescadito le dijo entonces:--«Yo te daré todos los pescados que tú
quieras, mientras vivas, con la condición de que me des a la que salga a
recibirte cuando vuelvas a tu casa». El viejo le dijo que no tenía
inconveniente en aceptar esta condición, porque el pobre se figuraba
que, como de costumbre, saldría a recibirlo la perrita.
El Pescadito ordenó al anciano que echara la red; el viejo obedeció, y
pocos momentos después la sacaba llena de congrios, corvinas, truchas y
robalos, tan grandes, tan gordos y tan lindos como nunca los había
visto.
Se fué muy contento a su casa, y cuando le faltaban unas dos cuadras
para llegar a ella, salió a encontrarlo su hija menor. Ya había olvidado
su promesa.
Estaba la familia del pescador sentada a la mesa tomando la sopa, cuando
se oyó un fuerte silbido que venía del lado del mar; y sólo entonces se
acordó el anciano que tenía que llevar a su hija menor para entregársela
al Pescadito. Al punto se puso muy triste, lo cual todas notaron.
Entonces le pidieron que les dijera por qué tan de repente se había
puesto así, siendo que debía estar contento como nunca por haber traído
tan buena pesca. Les contó él lo que le había pasado, y concluido su
relato, la hija menor le dijo:--«Cumpla, padre, lo que ha prometido,
porque si no, es seguro que mañana no pescará nada y el Rey le mandará
cortar la cabeza».
Llorando se fueron los dos para el mar; y cuando llegaron, el Pescadito,
que estaba esperándolos, mandó al pescador que se subiese a una roca y
dejara a su hija en la arena, porque las aguas iban a subir y se iban a
tragar a la niña.
Así sucedió. Subió el mar y la niña desapareció.
En cuanto descendieron las aguas, bajó el pobre viejo y se volvió a su
casa triste y lloroso.
Cuando la niña desapareció debajo del agua, el Pescadito la llevó a un
hermoso palacio que había en el fondo del mar y le dijo que cuanto veía
todo era de ella; pero que si quería vivir feliz, no encendiera ni
fósforo ni vela en la noche, porque en el momento que alumbrara su
dormitorio, todo lo perdería.
El palacio era más grande y mejor que el del Rey a quien servía su
padre, y de nada faltaba en él. En el día estaba muy bien alumbrado,
pero en la noche, en el instante mismo en que la niña se acostaba,
quedaba sumido entre tinieblas.
Estaba custodiado por un enorme perro que se llamaba Leofricome, al
cual--dijo el Pescadito a la niña--debería pedir todo lo que necesitase,
con la seguridad de que al punto se vería servida.
Todas las noches, en cuanto la niña se metía en la cama y el palacio se
obscurecía, sentía que alguien se acostaba a su lado. Ardía ella en
deseos de saber quién era la persona que dormía con ella.
Una tarde que la niña paseaba, acompañada de Leofricome, por el huerto
que había en el fondo del palacio, vió que en una rama de un peral muy
alto estaba una tenquita cantando que se volvía loca.
La niña preguntó a Leofricome:--«¿Qué hace aquella tenquita que está
cantando allá arriba de aquel peral?» Leofricome le contestó que era su
hermana, que al día siguiente se iba a casar y que venía a convidarla.
La niña le dijo:--«¿Podré conseguir permiso para ir al casamiento?»
Leofricome le contestó que sí, que hablara en la noche con el Pescadito
cuando se acostara con ella.
La niña se quedó pensativa, porque creía que era un hombre el que dormía
a su lado. Sin embargo, en la noche, completamente a obscuras, habló con
el sér que la acompañaba, y éste le dió el permiso que pedía para ir a
casa de sus padres; pero hasta por dos días solamente y debiendo ir
acompañada de Leofricome.
Cuando llegó a casa de sus padres, cargada de regalos para ellos y para
su hermana, estaban en lo mejor de la fiesta.
Leofricome se quedó en la puerta cuidando que la niña no huyera, y ella
se fué adentro con sus padres a contarles todo lo que le había pasado.
La madre le aconsejó que cuando se fuese llevara dos paquetes de velas y
dos cajas de fósforos y que encendiese una vela cuando en la noche
sintiera roncar al Pescadito o al hombre que se acostaba en su cama.
Pasaron los dos días que la niña tenía de permiso y volvió con
Leofricome al fondo del mar; y en la misma noche, deseosa de conocer al
que compartía el lecho con ella, en cuanto lo sintió roncar encendió
una vela y vió que era un príncipe hermosísimo. Entusiasmada, para verlo
mejor, inclinó la luz; pero, por su desgracia, cayó una gota de esperma
sobre la mano derecha, que el Príncipe tenía fuera de la cama.
Con la impresión de calor que la esperma produjo en la piel de su mano,
despertó el Príncipe, la reprendió muy airado, le dijo que ya no
volvería a verlo más e inmediatamente se transformó en pescadito
colorado y se fué.
Desde aquella noche se vió en el palacio la luz de la luna y de las
estrellas, lo mismo que en la tierra.
Después de algún tiempo la niña tuvo un hijo que nació con un candadito
de oro en el estómago.
Cuando ya se sintió bien, fué donde Leofricome y le dijo que quería
volver a casa de sus padres. Leofricome le contestó que no podía salir
del mar sin permiso del Pescadito, a no ser que quisiera ver muerto a su
padre. Entonces ella le preguntó que a dónde podría irse, porque no
quería vivir más en el palacio, que a cada paso le recordaba su
desgracia.
Leofricome tomó un ovillo de hilo, y cogiendo la punta, lo lanzó con
todas sus fuerzas; en seguida dijo a la niña que siguiese el camino que
el hilo le indicaba y que sería bien recibida en la casa en que había
ido a dar la otra punta.
Después de andar muchos días, porque el extremo del ovillo había caído
muy lejos, llegó con su niño a unos corrales que pertenecían al palacio
de los padres del Príncipe.
Cuando entraron, todos los animales se pusieron a bramar a la vez, y el
Rey, al sentir tanto ruido, dijo a la Reina:--«Algo extraordinario debe
de pasar en los corrales, cuando los animales forman tanta bulla».--Fué
a los corrales, y encontró a la niña que estaba dándole de mamar a la
guagua. Los recogió y los llevó al palacio.
Cuando el Rey y la Reina vieron que la guagua tenía en el estómago un
candadito de oro, conocieron que era hijo del Pescadito, porque el
Pescadito tenía la misma señal, y los recibieron como a hijos de ellos,
a la madre y al niño, y todos comían en la misma mesa.
Pasado algún tiempo, volvió una noche el Pescadito a su palacio para ver
si la niña continuaba siempre allí, porque seguía amándola con mucho
cariño y no podía olvidarla. Cuando vió que no estaba, escribió una
carta a sus padres en que les preguntaba si habían visto por casualidad
a una niña de las señas que les daba; y la mandó con Leofricome.
Los padres le contestaron que la niña por la cual les preguntaba debía
de ser una que hacía tiempo había llegado a su palacio con una
criaturita que tenía un candadito de oro en el estómago, y que ellos
tenían a su lado como a hijos.
Supo la niña que el Pescadito iba a ir a buscarla y temiendo que fuera
con intenciones de matarlos a ella y a su hijo, huyó, sin decir nada,
para unas montañas y se ocultó en un bosque.
Llegó el Pescadito y se encontró con que la madre y el niño habían
desaparecido. Salió inmediatamente a buscarlos, y después de mucho
tiempo y de grandes trabajos, los encontró en el bosque.
En este mismo instante se acabó el encanto, y el Pescadito, convertido
en el hermoso Príncipe que la niña había visto a la luz de la vela, se
arrodilló a sus plantas y le suplicó que lo perdonara; que lo hiciese
por su hijo; que todo lo que había pasado había sido efecto del encanto
que en ese momento se rompía.
La niña, feliz de volver a ver otra vez a su Príncipe, lo perdonó de muy
buena gana, y vueltos al palacio de los Reyes, se casaron para siempre,
vivieron muy dichosos y fueron reyes del mar; y Leofricome, transformado
en un gallardo mozo, fué mayordomo del palacio.
3. DELGADINA Y EL CULEBRÓN
(Recitador: Pedro Danús, de 13 años, de Santiago. La oyó contar en la
misma ciudad)
Para saber y contar y contar para saber: que est’era ño Antequera, de
media caña y de caña entera; no le echaré los combates porque voy a
tomar mate; ni los dejaré de echar porque su poquito ha de llevar: San
Juan recibe lo que te dan; sea harina o sea pan, lo echaremos al costal
con sus patas de animal, con sus picos de zorzal, que se enganchan, que
se ensanchan por las narices de...[B].
Este era un caballero muy rico casado con una señora muy hermosa. Ambos
se amaban entrañablemente, y hacía más feliz esta unión una linda
guagüita que Dios les había concedido y que era todo su encanto. La
guagua se llamaba Delgadina. No había cumplido un año todavía, cuando
murió la mamá. El caballero lloró su desgracia, y como era completamente
solo, sin parientes, mandó criar afuera a su hijita.
El caballero se aburría en su soledad y no hallaba qué hacer. Para
distraerse se entregó al juego y con tan mala suerte que perdió toda su
fortuna, menos una cantidad que había apartado para atender a la crianza
y educación de su hija.
Cuando entró Delgadina a los quince años, se la entregaron a su padre,
grande, bonita e instruida en toda clase de conocimientos, porque había
recibido una educación esmerada, pero al mismo tiempo era sumamente
sencilla, inocente y sin malicia, porque había vivido encerrada y no
conocía el mundo.
Ya se le había concluido al caballero la plata que había dejado de
reserva, y ni siquiera tenía para hacer los gastos del día siguiente.
Esto lo tenía muy afligido, pero tanto dió y cavó que al fin se acordó
que en un rincón de la casa había un fusil viejo abandonado, y se
decidió a salir a cazar para tener con que alimentar a su hija. Tan
pobre estaba que tuvo que pedir a una comadre que vivía cerca de su casa
un poco de plata prestada para comprar fulminantes, pólvora y balas, y
aceite para limpiar el cañón, que estaba sumamente mohoso.
Salió muy de madrugada y cazó un buen número de pajaritos que entregó a
su hija para que los guisara, porque no tenían sirvienta. Delgadina los
peló, los destripó y fué a lavarlos a un estero que corría a poca
distancia de la casa.
Cuando venía de vuelta, vió al lado de una piedra una Culebrita que
estaba helada de frío. Delgadina tenía buen corazón y la tomó, y para
calentarla se la echó al seno y se la llevó para la casa.
Todo el día anduvo con la Culebrita en el seno; en la noche la arregló
en una canastilla entre algodones y lana, y todos los días le daba de la
misma comida que comía ella.
Mientras su padre andaba cazando, Delgadina se entretenía en los
quehaceres de la casa, porque era muy hacendosa; en seguida arreglaba la
comida que había sobrado el día anterior y se la daba a otras personas
más pobres que ellos, porque era muy compasiva y sufría con la desgracia
de los otros; y una vez terminadas estas tareas, se ponía a jugar con la
Culebrita a las escondidas, al pillarse y a otros juegos en que se
entretienen los niños. Las dos eran muy buenas amigas y se querían como
si fuesen hermanas.
Con el cuidado de Delgadina creció rápidamente la Culebrita, de tal modo
que al poco tiempo no cabía en la canastilla. Hubo que ponerla en una
gran canasta y poco después en una tina; tanto creció y engordó.
Ya la Culebrita se había convertido en un gran culebrón y fué preciso
trasladarla a un tonel; pero el tonel también se hizo chico al fin, pues
no tenía espacio para moverse ni podía salir de él.
Entonces el Culebrón le dijo a Delgadina que subiese sobre una silla y
apoyase sus manos en el borde del tonel para lamérselas; que con esto
cada vez que se las lavara y las sacudiera sin secárselas caerían onzas
de oro de entre sus dedos.
Delgadina obedeció, y el Culebrón pasó repetidas veces su lengua por las
manos de la niña. En seguida le dijo que se iba porque ya no cabía en
donde estaba. Delgadina lloró mucho, porque desde que llegó a casa de su
padre la Culebra había sido la única amiga que había tenido y estaba muy
acostumbrada con su compañía.
El Culebrón la consoló y le dijo que no llorase, que él siempre la
acompañaría; que estuviese tranquila, que velaría por ella y la libraría
de los peligros en que pudiera verse envuelta.
Terminadas estas palabras, el tonel estalló y el Culebrón desapareció.
Delgadina se quedó muy triste con la ida de su compañera y esa noche
apenas cerró los ojos. Al otro día se levantó muy de alba y fué al
estero vecino a lavarse. Cuando concluyó de lavarse sacudió las manos y
a cada movimiento que hacía caían de entre sus dedos multitud de onzas
de oro. Ella no conocía el valor de estas monedas, ni siquiera se le
ocurrió de que fuesen dinero; más bien pensó que eran botones.
En ese momento pasaba por ahí mismo un falte y le dijo a Delgadina que
si le daba esos botones le traería zapatos, ropa blanca y vestidos muy
elegantes. Delgadina le dió las onzas, que eran muchas, y al día
siguiente, a la misma hora, el falte le trajo lo que le había
prometido.
Delgadina se lavó y peinó con más cuidado que otras veces, se vistió la
nueva ropa, con la cual se veía más hermosa aún, y se fué a su casa para
que la viese su padre; pero éste ya había salido a cazar.
Mientras regresaba el padre, Delgadina fué a casa de su madrina, que era
una vieja bruja mala y envidiosa, que tenía una hija muy fea y tan mala
y envidiosa como ella. Ambas se quedaron asustadas de ver a Delgadina
tan bonita y elegante y le aconsejaron que se volviese a su casa a
esperar la vuelta de su padre para que le diera una sorpresa.
Así lo hizo Delgadina. Mientras tanto la vieja y la hija se quedaron
acechando al cazador, y en cuanto lo divisaron salieron a su encuentro y
lo convidaron a almorzar; le dijeron que tenían leche con arroz, postre
que sabían le gustaba mucho.
Cuando el caballero estaba tomando el postre, la vieja, que hervía de
envidia, le dijo que Delgadina tenía unos vestidos de mucho valor y que
se los había regalado un hombre.
El caballero, inquieto, se levantó inmediatamente, cargó su fusil hasta
la boca, y sin siquiera dar las gracias se fué precipidamente para su
casa.
Delgadina, que estaba en la puerta esperándolo, no hizo mas que verlo y
corrió hacia él con los brazos abiertos; pero él le apuntó con el fusil
y disparó. El arma, desviada por una mano invisible, no dió en el
blanco, y las balas se clavaron en la tierra.
Delgadina, asustada de la acción de su padre y maliciando cuál era la
causa de su enojo, corrió al estero, se mojó las manos, y sacudiéndolas
le decía al caballero, que la había seguido: «Estos botones me ha
costado la ropa que tengo puesta»--y era de ver cómo caían las onzas,
unas tras otras, brillantes como si acabasen de ser acuñadas.
Con esto el padre se tranquilizó, y muy contento se puso a recoger las
monedas. Recogió una cantidad muy grande, porque Delgadina, cuando veía
que sus manos se secaban, corría al estero a mojárselas de nuevo y
sacudirlas; y esto lo repitió tantas veces que del cansancio no podía
mover los brazos y tuvo que irse a acostar a la cama para descansar.
El padre de Delgadina pasó a ser uno de los hombres más ricos y
poderosos de su país.
Sucedió que la fama de su riqueza y de cómo la había hecho corrió de
boca en boca y llegó por fin a oídos del Rey, que mandó buscar al
caballero para conocerlo.
Después de varios días de viaje por mar, porque la Corte estaba
distante, llegó el caballero a presencia del Rey y le contó su historia.
El Rey quiso conocer a Delgadina y ordenó al caballero que se la
trajera, porque deseaba ver cómo caían las onzas de oro de sus manos. Le
agregó que si no la traía, la cabeza le costaba.
Llegó el padre a su casa llorando inconsolablemente y no se atrevía a
decirle a su hija lo que le había pasado. Pero, en vista de la
insistencia y ruegos de Delgadina, se lo contó todo. Ella le
dijo:--«Lléveme no más, padre, ¿qué puede pasarnos? nada tenemos que
temer, pues nada malo hago».
La malvada vieja, madrina de Delgadina, que estaba presente, se ofreció
para acompañarla:--«Compadre,--le dijo al caballero--usted no soportará
su dolor si el Rey quiere dejarla; yo la llevaré».--El caballero
accedió, porque verdaderamente ya sufría mucho.
Se embarcaron en un buque Delgadina, la vieja y la hija de ésta.
Cuando ya habían navegado tres días y el buque estaba muy distante de la
costa, la vieja dijo a su hija:
--«Matemos a Delgadina y la echamos al mar, y yo haré que el Rey se case
contigo».--«No la matemos,--le dijo la hija;--saquémosle los ojos no más
y la echamos al agua».
Y así lo hicieron. Una noche esperaron que Delgadina estuviese bien
dormida, le arrancaron los ojos y la arrojaron a las olas.
Pero aconteció que la niña, en vez de caer al agua cayó en el bote de un
viejo pescador que en ese preciso momento pasaba al lado del buque, sin
lo cual habría perecido seguramente.
Dejemos por un momento a Delgadina.
Llegó la vieja con su hija donde el Rey, y postrándose a sus plantas,
habló de esta manera:--«Señor, mi esposo, a quien Vuestra Majestad
ordenó trajera a su presencia a nuestra hija Delgadina, muy a su pesar
no ha podido concurrir, pero me encargó a mí que yo la trajera, y hela
aquí, pero debo advertir a Vuestra Majestad que con la navegación ha
perdido la virtud que tenía de que al mojar sus manos y sacudirlas le
brotaban de ellas onzas de oro, y que no la recuperará hasta que se case
y tenga un hijo».
El Rey creyó lo que la vieja le dijo, y a pesar de que la muchacha le
era muy antipática, se casó con ella.
Ahora volvamos a Delgadina.
El viejo pescador en cuya barca había caído Delgadina era muy pobre y
con el producto de su trabajo ganaba apenas para sustentar a su mujer y
a sus pequeños hijos; pero el hombre era bueno, tuvo lástima de la pobre
ciega, y vistiéndola de hombre la llevó a su choza, donde fué recibida
como miembro de la familia. Todos la querían por su buen carácter y
procuraban con su cariño y atenciones hacerla olvidar su desgracia. En
el pueblo no maliciaban que era mujer y la llamaban Delgadino.
Un día que estaban conversando sentados en la puerta del ranchito, pasó
frente a ellos un leñador con su carreta cargada de leña.--«¿Qué lleva
esa carreta, taitita?» preguntó Delgadino al viejo.--«Leña, hijito», le
contestó él.--«Y por qué no la compra».--«Porque no tengo plata, pues,
hijito».--«Taitita, lléveme para adentro», le dijo Delgadina.
La llevó para adentro el viejo y cuando estuvieron en la pieza Delgadina
le pidió que le trajese una palangana con agua y que la dejase sola por
un instante. Cuando el pescador se fué, Delgadina metió las manos en el
agua y sacándolas las sacudió repetidas veces, y de cada sacudida caían
a chorro de entre sus dedos las onzas de oro.
Delgadina llamó al viejo.--«Tome esas monedas, taitita, le dijo, y
compre la leña y lo demás que necesite, porque toda esa plata es suya.»
El viejo pescador compró con las onzas una gran casa y allí se instaló
la familia con toda clase de comodidades. Ya habían dejado de ser
pobres, no necesitaban trabajar, de nada les faltaba, vivían felices.
Una mañana Delgadina fué sorprendida con el llanto y los gritos de
angustia de su familia adoptiva. Quiso saber qué había ocurrido, y el
viejo, entre sollozos le dijo:--«¡Ay, Delgadino! esta mañana mandé al
mozo con mi hijito menor al campo y de repente salió de debajo de un
gran peñasco que hay a la orilla del camino, un enorme Culebrón que se
llevó a mi hijito. ¡Ya se lo habrá comido! Ay, ay, ay! pobre hijito mío!
ya no te veremos más!»
Delgadina se entristeció mucho, porque el niño arrebatado por el
Culebrón había sido siempre muy cariñoso con ella y era su regalón; pero
pensaba entre sí que el Culebrón bien podía ser la culebrita que ella
había criado, y le dijo al viejo que la llevara al lado del peñasco. El
viejo no quería; sin embargo, después de mucho rogarlo Delgadina,
consintió en ello y la condujo hasta el pie del peñasco.
Ellos que llegan y el Culebrón que aparece arrastrándose suavemente y
llevando sobre sus espaldas al niño, que iba risueño, sano, sin el menor
rasguño y cargado de regalos.
El Culebrón le dijo al viejo:--«Te entrego a tu hijo, vivo, pero con la
condición de que le saques los ojos, y se los pongas a Delgadina, y si
no lo haces yo lo mataré y yo mismo se los sacaré. Vestirás a Delgadina
de mujer con los vestidos más ricos que encuentres; e irás a la ciudad
gritando por las calles que el Culebrón va a salir y se va a comer a
chicos y a grandes»; y desapareció inmediatamente sin dar lugar a que
Delgadina le pidiera, como era su intención, que no dejaran ciego al
niño, que ella se había acostumbrado ya a no ver la luz y que vivía
contenta como estaba.
El viejo no tuvo más remedio que hacer lo que el Culebrón le había
mandado. Era preferible tener a su hijo ciego que muerto, y por otra
parte Delgadina había sido tan buena con ellos.
Al día siguiente muy temprano se trasladó el viejo a la ciudad y con su
voz más fuerte se fué gritando por las calles:--«El Culebrón va a salir
y se va a comer a chicos y a grandes».
El Rey oyó los gritos y preguntó qué bulla era ésa. Cuando le contaron
de qué se trataba, ordenó que diesen al viejo cien azotes para que no
anduviera atemorizando a la gente.
Ya le iban a dar al viejo los cien azotes cuando apareció Delgadina
vestida con un traje riquísimo a interceder ante el Rey para que no lo
castigaran. El Rey quedó deslumbrado de la hermosura de Delgadina, de la
riqueza de su traje y del brillo de las joyas que cargaba; hizo
suspender el castigo y convidó a su mesa al viejo y a Delgadina.
La vieja y la hija conocieron inmediatamente a Delgadina, pero se
desentendieron de ello y la agasajaron mucho. Cuando estuvieron solas
dijo la madre:--«No te decía yo que la matásemos!»--«Mamita, contestó la
hija, aunque se parece mucho a Delgadina, no puede ser ella ¿no le
arrancó usted misma los ojos? y ella los tenía negros y los de ésta son
azules. Y fíjese que el viejo es el padre de ella y no se parece en nada
a su compadre». Con esto se tranquilizaron.
Muchas veces más convidó el Rey a comer a Delgadina, y siempre tenía
ella gran cuidado de no lavarse las manos en la mesa; pero en una
ocasión que se las manchó con fruta hubo de lavárselas, y sucedió que
sin querer las sacudió. Inmediatamente comenzaron a caer de entre sus
dedos a puñados las onzas de oro, tan nuevecitas, tan amarillas como si
estuvieran recién acuñadas. Todos se quedaron con la boca abierta y no
podían salir de su asombro.
Entonces el Rey conoció que había sido engañado por la vieja y que la
verdadera Delgadina era la que hasta entonces había pasado por hija del
antiguo pescador. El Rey le pidió que le contase su historia y Delgadina
accedió gustosa.
La vieja y su hija protestaron de que todo era mentira, y entonces el
Rey hizo venir al viejo y a su familia, que corroboraron lo que a ellos
les constaba, y como si esto no fuese bastante apareció de súbito el
Culebrón, que refirió todo lo sucedido sin omitir detalles.
Cuando hubo concluido el Culebrón su relato, se convirtió en un hermoso
niño, y volviéndose a Delgadina le dijo:--«Yo soy el Angel de tu guarda
y he hecho esto contigo porque siempre fuiste buena hija y compasiva con
los pobres; yo estaré continuamente a tu lado y velaré por ti».
Mientras hablaba el niño, vieron todos que le brotaban de sus espaldas
dos brillantes alas, que desplegó suavemente cuando terminó, y emprendió
el vuelo desapareciendo ante la vista atónita de los circunstantes.
El Rey hizo quemar a la vieja y a su hija, mandó buscar al padre de
Delgadina y se casó con ella; y en el momento mismo en que le ponían la
bendición, el hijo del viejo pescador recobró la vista.
Y así todos los buenos fueron felices y los malos castigados.
Y aquí se acabó el cuento y entró por la puerta del convento, nosotros
nos quedamos afuera y los frailes se quedaron adentro.
4. LA TENQUITA.
(Recitado en 1905 por Polonia Gonzalez, de 50 años, de la provincia de
Colchagua)
Para saber y contar y contar para aprender.
Esta era una Tenquita que tenía unos tenquitos muy lindos, que acababan
de salir del huevo.
Una mañanita salió a buscarles que comer, y como era invierno y había
caído mucha nieve, a la Tenquita se le heló una patita.
Al verse coja la avecita se afligió mucho y llorando le dijo a la Nieve:
--Nieve, ¿por qué eres tan mala que me quemaste la patita a mí?[C].
Y la Nieve le contestó:
--Más malo es el Sol que me derrite a mí.
Entonces la Tenquita se fué donde el Sol, y le dijo:
--Sol, ¿por qué eres tan malo que derrites a la Nieve y la Nieve me
quema la patita a mí?
Y el Sol le respondió:
--Más malo es el Nublado que me tapa a mí.
Se fué la Tenquita a ver al Nublado, y le dijo:
--Nublado, ¿por qué eres tan malo que tapas al Sol, el Sol derrite a la
Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más malo es el Viento que me corre a mí.
Fué la Tenquita donde el Viento, y le dijo:
--Viento, ¿por qué eres tan malo que corres al Nublado, el Nublado tapa
al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más mala es la Pared que me ataja a mí.
Fué la Tenquita a ver a la Pared, y le dijo:
--Pared, ¿por qué eres tan mala que atajas al Viento, el Viento corre al
Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me
quema la patita a mí?
--Más malo es el Ratón que me agujerea a mí.
Fué la Tenquita donde el Ratón y le dijo:
--Ratón, ¿por qué eres tan malo que agujereas a la Pared, la Pared ataja
al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol
derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más malo es el Gato que me come a mí.
Fué la Tenquita donde el Gato y le dijo:
--Gato, ¿por qué eres tan malo que te comes al Ratón, el Ratón agujerea
a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el
Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la
patita a mí?
--Más malo es el Perro que me corre a mí.
Entonces la Tenquita fué donde el Perro y le dijo:
--Perro, ¿por qué eres tan malo que corres al Gato, el Gato come al
Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento
corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la
Nieve me quema la patita a mí?
--Más malo es el Palo que me pega a mí.
Fué entonces la Tenquita donde el Palo, y le dijo:
--Palo, ¿por qué eres tan malo que pegas al Perro, el Perro corre al
Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared
ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el
Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más malo es el Fuego que me quema a mí.
Fué la Tenquita donde el Fuego y le dijo:
--Fuego, ¿por qué eres tan malo que quemas al Palo, el Palo pega al
Perro, el Perro corre al Gato, el Gato corre al Ratón, el Ratón agujerea
la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el
Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve, y la Nieve me quema la
patita a mí?
--Más mala es el Agua que me apaga a mí.
Fué la Tenquita donde el Agua y le dijo:
--Agua, ¿por qué eres tan mala que apagas al fuego, el Fuego quema al
Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al
Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento
corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la
Nieve me quema la patita a mí?
--Más malo es el Buey que me bebe a mí.
Fué la Tenquita donde el Buey y le dijo:
--Buey, ¿por qué eres tan malo que bebes el Agua, el Agua apaga al
Fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al
Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared
ataja al Viento el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el
Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
--Más malo es el Cuchillo que me mata a mí.
Fué la Tenquita donde el Cuchillo, y le dijo:
--Cuchillo, ¿por qué eres tan malo que matas al Buey, el Buey se bebe al
Agua, el Agua apaga al Fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al
Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea
a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el
Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la
patita a mí?
--Más malo es el Hombre que me hace a mí.
Fué la Tenquita donde el Hombre, y le dijo:
--Hombre, ¿por qué eres tan malo que haces al Cuchillo, el Cuchillo mata
al Buey, el Buey se bebe al Agua, el Agua apaga al Fuego, el Fuego quema
al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al
Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento
corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la
Nieve me quema la patita a mí?
--Pregúntaselo al Señor que me hizo a mí.
Fué entonces la Tenquita donde su Divina Majestad, y arrodillándose
humildemente delante de ella inclinó la cabeza hasta besar el suelo, y
le dijo:
--Señor, ¿por qué hiciste al Hombre, que es tan malo, el Hombre hace al
Cuchillo, el Cuchillo mata al Buey, el Buey se bebe al Agua, el Agua
apaga al Fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro
corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la
Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al
Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
Y la Tenquita se puso a llorar tan amargamente que daba lástima verla.
El Señor se compadeció de la desgracia de la pobre avecita y le dijo con
mucha dulzura:
--Vete tranquila, Tenquita, a cuidar a tus tenquitos, que están
tiritando de frío y muriéndose de hambre.
La Tenquita, como buena cristiana, obedeció al momento y cuando llegó a
su nidito se encontró con que tenía buena y sana la patita quemada.
En el cuento que sigue, español, pero que no he visto impreso, el
desarrollo es casi el mismo que el de la Tenquita. Lo publico como
nota comparativa.
5. EL GALLITO (Cuento de pega)
(Dictado en 1911 por don Victoriano de Castro, español, de 55 años. Lo
oyó contar en Belver de los Montes, provincia de Zaragoza, donde el
cuento era muy popular, cuando él era niño)
Había una vez en una aldea un Gallo, que recibió una invitación de otro
Gallo, primo suyo, para asistir a sus bodas. El Gallo se levantó muy
temprano, se acicaló y vistió convenientemente y emprendió el viaje,
olvidando tomar el desayuno.
En el camino encontró una boñiga de vaca, toda llena de granos de trigo
sin digerir; y aquí vinieron los apuros de mi buen Gallo, que empezó a
decir entre sí:
--¿Qué haré? picaré o no picaré? si pico, me mancho el pico, y si no, me
muero de hambre.
Así estuvo meditando por algún rato y mirando los granos de trigo, hasta
que cayó en la tentación y se dió un buen hartazgo.
Siguió su camino y a poco andar encontró una mata de Malva y le dijo:
--Malva, límpiame el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
La Malva dijo:
--No quiero.
Más adelante encontró a una Oveja y le dijo:
--Oveja, come a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a
la boda de mi primo Juan Periquito.
La Oveja dijo:
--No quiero.
Siguió andando y más adelante encontró a un Lobo y le dijo:
--Lobo, come a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no
quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Lobo dijo:
--No quiero.
Siguió el Gallo su camino y más adelante encontró a un Perro y le dijo:
--Perro, mata a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no
quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la
boda de mi primo Juan Periquito.
El Perro dijo:
--No quiero.
A poco andar encontró el Gallo a un Palo y le dijo:
--Palo, apalea a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no
quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no
quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Palo dijo:
--No quiero.
Anduvo el Gallo un rato más y se encontró con un Fuego y le dijo:
--Fuego, quema a Palo, que Palo no quiso pegar a Perro, que Perro no
quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso
comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda
de mi primo Juan Periquito.
El Fuego dijo:
--No quiero.
Más adelante encontró el Gallo al Agua y le dijo:
--Agua, apaga a Fuego, que Fuego no quiso quemar a Palo, que Palo no
quiso pegar a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso
comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso
limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Agua dijo:
--No quiero.
Siguió andando el Gallo y más adelante encontró a un Burro, y le dijo:
--Burro, bébete a Agua, que Agua no quiso apagar a Fuego, que Fuego no
quiso quemar a Palo, que Palo no quiso pegar a Perro, que Perro no quiso
matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer
a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi
primo Juan Periquito.
(Aquí se suspende el cuento y se habla de cualquiera otra cosa. De
pronto se dice:--«¿Dónde llegaba? ¿al Palo? ¿al Fuego?»; y cuando
contesta alguno:--«Al Burro», se le dice:--«Alzale la cola y bésale el
c...»)
6. LA TORTILLA O EL CANARITO ENCANTADO
(Referido por don Osvaldo Martínez, Presbítero, de Santiago, en 1912)
Este era un Rey que tenía una hija única, de una hermosura
extraordinaria, virtuosa, caritativa y hacendosa. El Rey la amaba
entrañablemente y, como se dice, tenía puestos los ojos en ella.
La Princesa acostumbraba subir todos los días a la terraza del palacio y
allí pasaba las horas cosiendo o bordando y recreándose con la vista de
las plantas, árboles y flores que adornaban el parque real, que desde
allí se dominaba.
Un día que estaba en su acostumbrado trabajo, un lindo Canarito se paró
en la rama de un árbol que casi llegaba hasta donde ella estaba sentada,
y entonó un canto tan melodioso que la princesa, a fin de oirle mejor,
se levantó para acercarse a la avecita, pero apenas se movió de su
asiento, el Canarito se fué.
La Princesa, pensando que el pajarito podía volver, hizo colocar una
jaula con trampa en el mismo árbol, para cazarlo.
Efectivamente, el Canarito volvió al día siguiente, pero en vez de
acercarse a la jaula, se posó en el bastidor de la Princesa y después de
gorjear unos cuantos trinos, tomó con el pico una madeja de seda y
emprendió el vuelo.
Al otro día estaba la Princesa, como siempre, ocupada en sus labores,
cuando de repente llega el Canarito, se para en el bastidor, canta
dulcemente un instante, y tomando con el pico el dedal de oro que la
Princesa acababa de dejar en el costurero, y abriendo las alas
desapareció en el espacio.
La repetición de la aventura preocupó bastante a la Princesa, que no
pasó buena noche. Sin embargo, se levantó temprano y volvió a la terraza
a continuar su bordado, pensando en el Canarito, de quien a toda costa
quería apoderarse.
En esto estaba cuando llega la linda avecita, cantando aún mejor que en
los días anteriores, y sin siquiera detenerse un momento, se apodera de
las tijeras de oro de la Princesa, y elevándose por los aires, se pierde
de vista.
La Princesa cayó gravemente enferma. Por llamado del Rey, vinieron los
médicos más prestigiosos y los adivinos de más fama, tanto del país como
del extranjero, y ninguno pudo conocer la enfermedad.
Mientras tanto, la Princesa languidecía, su mal se agravaba, y se iba
consumiendo poco a poco. El Rey, desesperado, hizo publicar un bando en
que ofrecía grandes riquezas al que lograra sanar a su hija.
Muchos lo tentaron, pero ninguno lo consiguió, y la Princesa seguía
empeorando a ojos vistas.
* * * * *
En un pueblo algo alejado de la ciudad en que la Corte residía, vivía
una viejecita que tenía un hijo vivo y despierto, llamado Juan.
Un día lo llamó y le dijo:
--Mira, Juanito, toma estas tres tortillas que acabo de hacer al
rescoldo y se las llevas a la Princesa, que ellas le darán salud. Que no
te vayas a comer ninguna, ni se te pierdan, porque las tres han de
llegar a poder de la Princesa.
El muchacho tenía la costumbre de obedecer sin replicar. Subió en un
burro; a un lado de las alforjas colocó las tortillas y al otro un
pedazo de pan, harina y un poco de charqui y se puso en marcha.