la cortina temblaba: Un rayo de luna esclarecía el aposento, y con
amoroso sobresalto mis ojos volvían á distinguir el cándido lecho y la
figura cándida que yacía como la estatua en un sepulcro. Tuve miedo,
y cauteloso llegué hasta la ventana. El sapo dejaba oir su canto bajo
la arcada de los cipreses, y el jardín, húmedo y sombrío, susurrante
y oscuro, parecía su reino. Salté la ventana como un ladrón, y anduve
á lo largo de la terraza pegado al muro. De pronto, me pareció sentir
leve rumor, como de alguno que camina recatándose. Me detuve y miré,
pero en la inmensa sombra que el Palacio tendía sobre la terraza y el
jardín, nada podía verse. Seguí adelante, y apenas había dado algunos
pasos cuando un aliento jadeante rozó mi cuello, y la punta de un puñal
desgarró mi hombro. Me volví con fiera presteza: Un hombre corría á
ocultarse en el jardín. Le reconocí con asombro, casi con miedo, al
cruzar un claro iluminado por la luna, y desistí de seguirle, para
evitar todo escándalo. Más, mucho más que la herida, me dolía dejar de
castigarle, pero ello era forzoso, y entréme en el Palacio, sintiendo el
calor tibio de la sangre correr por mi cuerpo. Musarelo, mi criado, que
dormitaba en la antecámara, despertóse al ruido de mis pasos y encendió
las luces de un candelabro. Después se cuadró militarmente:
--A la orden, mi Capitán.
--Acércate, Musarelo...
Y tuve que apoyarme en la puerta para no caer. Musarelo era un soldado
veterano que me servía desde mi entrada en la Guardia Noble. En voz baja
y serena, le dije:
--Vengo herido...
Me miró con ojos asustados:
--¿Dónde, Señor?
--En el hombro.
Musarelo levantó los brazos, y clamó con la pasión religiosa de un
fanático:
--¡A traición sería!...
Yo sonreí. Musarelo juzgaba imposible que un hombre pudiese herirme cara
á cara:
--Sí, fué á traición. Ahora véndame, y que nadie se entere...
El soldado comenzó á desabrocharme la bizarra ropilla. Al descubrir la
herida, yo sentí que sus manos temblaban:
--No te desmayes, Musarelo.
--No, mi Capitán.
Y todo el tiempo, mientras me curaba, estuvo repitiendo por lo bajo:
--¡Ya buscaremos á ese bergante!...
No, no era posible buscarle. El bergante estaba bajo la protección de
la Princesa, y acaso en aquel instante le refería las hazañas de su
puñal. Torturado por este pensamiento, pasé la noche inquieto y febril.
Quería adivinar lo venidero, y perdíame en cavilaciones.
Aún recuerdo que mi corazón tembló como el corazón de un niño, cuando
volví á verme enfrente de la Princesa Gaetani.
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FUÉ AL ENTRAR en la biblioteca, que por hallarse á
oscuras yo había supuesto solitaria, cuando oí la voz apasionada de la
Princesa Gaetani:
--¡Cuánta infamia! ¡Cuánta infamia!
Desde aquel momento tuve por cierto que la noble señora lo sabía todo,
y, cosa extraña, al dejar de dudar dejé de temer. Con la sonrisa en los
labios y atusándome el mostacho entré en la biblioteca:
--Me pareció oiros, y no quise pasar sin saludaros, Princesa.
La Princesa estaba pálida como una muerta:
--¡Gracias!
En pie, tras el sillón que ocupaba la dama, hallábase el mayordomo, y
en la penumbra de la biblioteca, yo le adivinaba asaetándome con los
ojos. La Princesa inclinóse hojeando un libro. Sobre el vasto recinto
se cernía el silencio como un murciélago de maleficio, que sólo se
anuncia por el aire frío de sus alas. Yo comprendía que la noble señora
buscaba herirme con su desdén, y un poco indeciso, me detuve en medio de
la estancia. Mi orgullo levantábase en ráfagas, pero sobre los labios
temblorosos estaba la sonrisa. Supe dominar mi despecho y me acerqué
galante y familiar:
--¿Estáis enferma, señora?
--No...
La Princesa continuaba hojeando el libro, y hubo otro largo silencio. Al
cabo suspiró dolorida, incorporándose en su sillón:
--Vamos, Polonio...
El mayordomo me dirigió una mirada oblicua que me recordó al viejo
Bandelone, que hacía los papeles de traidor en la compañía de Ludovico
Straza:
--A vuestras órdenes, Excelencia.
Y la Princesa, seguida del mayordomo, sin mirarme, atravesó el largo
salón de la biblioteca. Yo sentí la afrenta, pero todavía supe
dominarme, y le dije:
--Princesa, esperad que os cuente cómo esta noche me han herido...
Y mi voz, helada por un temblor nervioso, tenía cierta amabilidad
felina que puso miedo en el corazón de la Princesa. Yo la vi palidecer
y detenerse mirando al mayordomo: Después murmuró fríamente, casi sin
mover los labios:
--¿Dices que te han herido?
Su mirada se clavó en la mía, y sentí el odio en aquellos ojos redondos
y vibrantes como los ojos de las serpientes. Un momento creí que llamase
á sus criados para que me arrojasen del Palacio, pero temió hacerme tal
afrenta, y desdeñosa siguió hasta la puerta, donde se volvió lentamente:
--¡Ah!... No tuve carta autorizando tu estancia en Ligura.
Yo repuse sonriendo, sin apartar mis ojos de los suyos:
--Será preciso volver á escribir.
--¿Quién?
--Quien escribió antes: María Rosario...
La Princesa no esperaba tanta osadía y tembló. Mi leyenda juvenil,
apasionada y violenta, ponía en aquellas palabras un nimbo satánico.
Los ojos de la Princesa se llenaron de lágrimas, y como eran todavía
muy bellos, mi corazón de andante caballero tuvo un remordimiento. Por
fortuna las lágrimas de la Princesa no llegaron á rodar, sólo empañaron
el claro iris de su pupila. Tenía el corazón de una gran dama y supo
triunfar del miedo: Sus labios se plegaron por el hábito de la sonrisa,
sus ojos me miraron con amable indiferencia, y su rostro cobró una
expresión calma, serena, tersa, como esas santas de aldea que parecen
mirar benévolamente á los fieles. Detenida en la puerta, me preguntó:
--¿Y cómo te han herido?
--En el jardín, señora...
La Princesa, sin moverse del umbral, escuchó la historia que yo quise
contarle. Atendía sin mostrar sorpresa, sin desplegar los labios, sin
hacer un gesto. Por aquel camino de mutismo intentaba quebrantar mi
audacia, y como yo adivinaba su intención, me complacía hablando sin
reposo para velar su silencio. Mis últimas palabras fueron acompañadas
de una profunda cortesía, pero ya no tuve valor para besarle la mano:
--¡Adiós, Princesa!... Avisadme si tenéis noticias de Roma.
Crucé la silenciosa biblioteca y salí. Después, meditando á solas si
debía abandonar el Palacio Gaetani, resolví quedarme. Quería mostrar á
la Princesa que cuando suelen otros desesperarse, yo sabía sonreir, y
que donde otros son humillados, yo era triunfador. ¡El orgullo ha sido
siempre mi mayor virtud!
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PERMANECÍ todo el día retirado en mi cámara. Hallábame
cansado como después de una larga jornada, sentía en los párpados
una aridez febril, y sentía los pensamientos enroscados y dormidos
dentro de mí, como reptiles. A veces se despertaban y corrían sueltos,
silenciosos, indecisos: Ya no eran aquellos pensamientos de orgullo y de
conquista, que volaban como águilas con las garras abiertas. Ahora mi
voluntad flaqueaba, sentíame vencido y sólo quería abandonar el Palacio.
Hallábame combatido por tales bascas, cuando entró Musarelo:
--Mi Capitán, un padre capuchino desea hablaros.
--Dile que estoy enfermo.
--Se lo he dicho, Excelencia.
--Dile que me he muerto.
--Se lo he dicho, Excelencia.
Miré á Musarelo que permanecía ante mí con un gesto impasible y
bufonesco:
--¿Pues entonces qué pretende ese padre capuchino?
--Rezaros los responsos, Excelencia.
Iba yo á replicar, pero en aquel momento una mano levantó el majestuoso
cortinaje de terciopelo carmesí:
--Perdonad que os moleste, joven caballero.
Un viejo de luenga barba, vestido con el sayal de los capuchinos, estaba
en el umbral de la puerta. Su aspecto venerable me impuso respeto:
--Entrad, Reverendo Padre.
Y adelantándome le ofrecí un sillón. El capuchino rehusó sentarse, y
sus barbas de plata se iluminaron con la sonrisa grave y humilde de los
Santos. Volvió á repetir:
--Perdonad que os moleste...
Hizo una pausa esperando á que saliese Musarelo, y después continuó:
--Joven caballero, poned atención en cuanto voy á deciros, y líbreos
el Cielo de menospreciar mi aviso. ¡Acaso pudiera costaros la vida!
Prometedme que después de haberme oído no querréis saber más, porque
responderos me sería imposible. Vos comprenderéis que este silencio
lo impone un deber de mi estado religioso, que todo cristiano ha de
respetarlo. ¡Vos sois cristiano!...
Yo repuse inclinándome profundamente:
--Soy un gran pecador, Reverendo Padre.
El rostro del capuchino volvió á iluminarse con indulgente sonrisa:
--Todos lo somos, hijo mío.
Después, con las manos juntas y los ojos cerrados, permaneció un momento
como meditando. En las hundidas cuencas, casi se transparentaba el globo
de los ojos bajo el velo descarnado y amarillento de los párpados. Al
cabo de algún tiempo continuó:
--Mi palabra y mi fe no pueden seros sospechosas, puesto que ningún
interés vil me trae á vuestra presencia. Solamente me guía una poderosa
inspiración, y no dudo que es vuestro Angel quien se sirve de mí para
salvaros la vida, no pudiendo comunicar con vos. Ahora decidme si estáis
conmovido, y si puedo daros el consejo que guardo en mi corazón:
--¡No lo dudéis, Reverendo Padre! Vuestras palabras me han hecho sentir
algo semejante al terror. Yo juro seguir vuestro consejo, si en su
ejecución no hallo nada contra mi honor de caballero.
--Está bien, hijo mío. Espero que por un sentimiento de caridad, suceda
lo que suceda, á nadie hablaréis de este pobre capuchino.
--Lo prometo por mi fe de cristiano, Reverendo Padre... Pero hablad, os
lo ruego.
--Hoy, después de anochecido, salid por la cancela del jardín, y bajad
rodeando la muralla. Encontraréis una casa terreña que tiene en el
tejado un cráneo de buey: Llamad allí. Os abrirá una vieja, y le diréis
que deseáis hablarla: Con esto solo os hará entrar. Es probable que ni
siquiera os pregunte quién sois, pero si lo hiciéseis, dad un nombre
supuesto. Una vez en la casa, rogadle que os escuche, y exigidle secreto
sobre lo que vais á confiarle. Es pobre, y debéis mostraros liberal con
ella, porque así os servirá mejor. Veréis cómo inmediatamente cierra su
puerta para que podáis hablar sin recelo. Vos entonces, hacedle entender
que estáis resuelto á recobrar el anillo, y cuanto ha recibido con él.
No olvidéis esto: El anillo y cuanto ha recibido con él. Amenazadla
si se resiste, pero no hagáis ruido, ni la dejéis que pida socorro.
Procurad persuadirla ofreciéndole doble dinero del que alguien le ha
ofrecido por perderos. Estoy seguro que acabará haciendo aquello que
le mandéis, y que todo os costará bien poco. Pero aun cuando así no
fuese, vuestra vida debe seros más preciada que todo el oro del Perú.
No me preguntéis más, porque más no puedo deciros... Ahora, antes de
abandonaros, juradme que estáis dispuesto á seguir mi consejo.
--Sí, Reverendo Padre, seguiré la inspiración del Angel que os trajo.
--¡Así sea!
El capuchino trazó en el aire una lenta bendición, y yo incliné la
cabeza para recibirla. Cuando salió, confieso que no tuve ánimos de
reir. Con estupor, casi con miedo, advertí que en mi mano faltaba un
anillo que llevaba desde hacía muchos años, y solía usar como sello. No
pude recordar dónde lo había perdido. Era un anillo antiguo: Tenía el
escudo grabado en amatista, y había pertenecido á mi abuelo el Marqués
de Bradomín.
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BAJÉ AL JARDÍN donde volaban los vencejos en la sombra
azul de la tarde. Las veredas de mirtos seculares, hondas y silenciosas,
parecían caminos ideales que convidaban á la meditación y al olvido,
entre frescos aromas que esparcían en el aire las yerbas humildes que
brotaban escondidas como virtudes. Llegaba á mí sofocado y continuo el
rumor de las fuentes sepultadas entre el verde perenne de los mirtos,
de los laureles y de los bojes. Una vibración misteriosa parecía salir
del jardín solitario, y un afán desconocido me oprimía el corazón.
Yo caminaba bajo los cipreses, que dejaban caer de su cima un velo
de sombra. Desde lejos, como á través de larga sucesión de pórticos,
distinguí á María Rosario sentada al pie de una fuente, leyendo en un
libro: Seguí andando con los ojos fijos en aquella feliz aparición. Al
ruido de mis pasos alzó levemente la cabeza, y con dos rosas de fuego
en las mejillas volvió á inclinarla, y continuó leyendo. Yo me detuve
porque esperaba verla huir, y no encontraba las delicadas palabras que
convenían á su gracia eucarística de lirio blanco. Al verla sentada al
pie de la fuente, sobre aquel fondo de bojes antiguos, leyendo el libro
abierto en sus rodillas, adiviné que María Rosario tenía por engaño
del sueño, mi aparición en su alcoba. Al cabo de un momento volvió á
levantar la cabeza, y sus ojos, en un batir de párpados, echaron sobre
mí una mirada furtiva. Entonces le dije:
--¿Qué leéis en este retiro?
Sonrió tímidamente:
--La Vida de la Virgen María.
Tomé el libro de sus manos, y al cedérmelo, mientras una tenue llamarada
encendía de nuevo sus mejillas, me advirtió:
--Tened cuidado que no caigan las flores disecadas que hay entre las
páginas.
--No temáis...
Abrí el libro con religioso cuidado, aspirando la fragancia delicada y
marchita que exhalaba como un aroma de santidad. En voz baja leí:
--«La Ciudad Mística de Sor María de Jesús, llamada de Agreda.»
Volví á entregárselo, y ella, al recibirlo, interrogó sin osar mirarme:
--¿Acaso conocéis este libro?
--Lo conozco porque mi padre espiritual lo leía cuando estuvo prisionero
en los Plomos de Venecia.
María Rosario, un poco confusa, murmuró:
--¡Vuestro padre espiritual! ¿Quién es vuestro padre espiritual?
--El Caballero de Casanova.
--¿Un noble español?
--No, un aventurero veneciano.
--¿Y un aventurero?...
Yo la interrumpí:
--Se arrepintió al final de su vida.
--¿Se hizo fraile?
--No tuvo tiempo, aun cuando dejó escritas sus confesiones.
--¿Como San Agustín?
--¡Lo mismo! Pero humilde y cristiano, no quiso igualarse con aquel
doctor de la iglesia, y las llamó Memorias.
--¿Vos las habéis leído?
--Es mi lectura favorita.
--¿Serán muy edificantes?
--¡Oh!... ¡Cuánto aprenderíais en ellas!... Jacobo de Casanova fue gran
amigo de una monja en Venecia.
--¿Como San Francisco fué amigo de Santa Clara?
--Con una amistad todavía más íntima.
--¿Y cuál era la regla de la monja?
--Carmelita.
--Yo también seré carmelita.
María Rosario calló ruborizándose, y quedó con los ojos fijos en el
cristal de la fuente, que la reflejaba toda entera. Era una fuente
rústica cubierta de musgo: Tenía un murmullo tímido como de plegaria, y
estaba sepultada en el fondo de un claustro circular, formado por arcos
de antiquísimos bojes. Yo me incliné sobre la fuente, y como si hablase
con la imagen que temblaba en el cristal de agua, murmuré:
--¡Vos, cuando estéis en el convento, no seréis mi amiga!...
María Rosario se apartó vivamente:
--¡Callad!... ¡Callad, os lo suplico!...
Estaba pálida, y juntaba las manos mirándome con sus hermosos ojos
angustiados. Me sentí tan conmovido, que sólo supe inclinarme en demanda
de perdón. Ella gimió:
--Callad, porque de otra suerte no podré deciros...
Se llevó las manos á la frente y estuvo así un instante. Yo veía que
toda su figura temblaba. De repente, con una fuerza trágica se descubrió
el rostro, y clamó enronquecida:
--¡Aquí vuestra vida peligra!... ¡Salid hoy mismo!
Y corrió á reunirse con sus hermanas, que venían por una honda carrera
de mirtos, las unas en pos de las otras, hablando y cogiendo flores
para el altar de la capilla. Me alejé lentamente. Empezaba á declinar
la tarde, y sobre la piedra de armas que coronaba la puerta del jardín,
se arrullaban dos palomas que huyeron al acercarme. Tenían adornado
el cuello con alegres listones de seda, tal vez anudados un día por
aquellas manos místicas y ardientes que sólo hicieron el bien sobre
la tierra. Matas de viejos alelíes florecían en las grietas del muro,
y los lagartos tomaban el sol sobre las piedras caldeadas, cubiertas
de un liquen seco y amarillento. Abrí la cancela y quedé un momento
contemplando aquel jardín lleno de verdor umbrío y de reposo señorial.
El sol poniente dejaba un reflejo dorado sobre los cristales de una
torre que aparecía cubierta de negros vencejos, y en el silencio de
la tarde se oía el murmullo de las fuentes y las voces de las cinco
hermanas.
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SIGUIENDO el muro del jardín, llegué á la casa terreña
que tenía el cráneo de buey en el tejado. Una vieja hilaba sentada
en el quicio de la puerta, y por el camino pasaban rebaños de ovejas
levantando nubes de polvo. La vieja al verme llegar se puso en pie:
--¿Qué deseáis?
Y al mismo tiempo, con un gesto de bruja avarienta, humedecía en los
labios decrépitos el dedo pulgar para seguir torciendo el lino. Yo le
dije:
--Tengo que hablaros.
A la vista de dos sequines, la vieja sonrió agasajadora:
--¡Pasad!... ¡Pasad!...
Dentro de la casa ya era completamente de noche, y la vieja tuvo que
andar á tientas para encender un candil de aceite. Luego de colgarle en
un clavo, volvióse á mí:
--¿Veamos qué desea tan gentil caballero?
Y sonreía mostrando la caverna desdentada de su boca. Yo hice un gesto
indicándole que cerrase la puerta, y obedeció solícita, no sin echar
antes una mirada al camino por donde un rebaño desfilaba tardo, al son
de las esquilas. Después vino á sentarse en un taburete, debajo del
candil, y me dijo juntando sobre el regazo las manos que parecían un
haz de huesos:
--Por sabido tengo que estáis enamorado, y vuestra es la culpa si no
sois feliz. Antes hubiéseis venido, y antes tendríais el remedio.
Oyéndola hablar de esta suerte comprendí que se hacía pasar por
hechicera, y no pude menos de sorprenderme, recordando las misteriosas
palabras del capuchino. Quedé un momento silencioso, y la vieja,
esperando mi respuesta, no me apartaba los ojos astutos y desconfiados.
De pronto le grité:
--Sabed, señora bruja, que tan sólo vengo por un anillo que me han
robado.
La vieja se incorporó horriblemente demudada:
--¿Qué decís?
--Que vengo por mi anillo.
--¡No lo tengo! ¡Yo no os conozco!
Y quiso correr hacia la puerta para abrirla, pero yo le puse una pistola
en el pecho, y retrocedió hacia un rincón dando suspiros. Entonces sin
moverme le dije:
--Vengo dispuesto á daros doble dinero del que os han prometido por
obrar el maleficio, y lejos de perder, ganaréis entregándome el anillo y
cuanto os trajeron con él...
Se levantó del suelo todavía dando suspiros, y vino á sentarse en el
taburete debajo del candil, que al oscilar tan pronto dejaba toda la
figura en la sombra, como la iluminaba el pergamino del rostro y de las
manos. Lagrimeando murmuró:
--Perderé cinco sequines, pero vos me daréis doble cuando sepáis...
Porque acabo de reconoceros.
--¿Decid entonces quién soy?
--Sois un caballero español, que sirve en la Guardia Noble del Santo
Padre.
--¿No sabéis mi nombre?
--Sí, esperad...
Y quedó un momento con la cabeza inclinada, procurando acordarse. Yo
veía temblar sobre sus labios palabras que no podían oirse. De pronto me
dijo:
--Sois el Marqués de Bradomín.
Juzgué entonces que debía sacar de la bolsa los diez sequines prometidos
y mostrárselos. La vieja al verlos lloró enternecida:
--Excelencia, nunca os hubiera hecho morir, pero os hubiera quitado la
lozanía...
--Explicadme eso.
--Venid conmigo... Me hizo pasar tras un cañizo negro y derrengado, que
ocultaba el hogar donde ahumaba una lumbre mortecina con olor de azufre.
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LA VIEJA había descolgado el candil: Alzábale sobre su
cabeza para alumbrarse mejor, y me mostraba el fondo de su vivienda, que
hasta entonces, por estar entre sombras, no había podido ver. Al oscilar
la luz, yo distinguía claramente sobre las paredes negras de humo,
lagartos, huesos puestos en cruz, piedras lucientes, clavos y tenazas.
La bruja puso el candil en tierra y se agachó revolviendo en la ceniza:
--Ved aquí vuestro anillo.
Y lo limpió cuidadosamente en la falda, antes de dármelo, y quiso ella
misma colocarlo en mi mano:
--¿Por qué os trajeron ese anillo?
--Para hacer el sortilegio era necesaria una piedra que lleváseis desde
hacía muchos años.
--¿Y cómo me la robaron?
--Estando dormido, Excelencia.
--¿Y vos qué intentábais hacer?
--Ya antes os lo dije... Me mandaban privaros de toda vuestra fuerza
viril... Hubiérais quedado como un niño acabado de nacer...
--¿Cómo obraríais ese prodigio?
--Vais á verlo.
Siguió revolviendo en la ceniza y descubrió una figura de cera toda
desnuda, acostada en el fondo del brasero. Aquel ídolo, esculpido sin
duda por el mayordomo, tenía una grotesca semejanza conmigo. Mirándole
yo reía largamente, mientras la bruja rezongaba:
--¡Ahora os burláis! Desgraciado de vos si hubiese bañado esa figura
en sangre de mujer, según mi ciencia... ¡Y más desgraciado cuando la
hubiese fundido en las brasas!...
--¿Era eso todo?
--Sí...
--Tened vuestros diez sequines. Ahora abrid la puerta.
La vieja me miró astuta:
--¿Ya os vais, Excelencia? ¿No deseáis nada de mí? Si me dais otros diez
sequines yo haré delirar por vuestros amores á la Señora Princesa. ¿No
queréis, Excelencia?
Yo repuse secamente:
--No.
La vieja entonces tomó del suelo el candil, y abrió la puerta. Salí al
camino, que estaba desierto. Era completamente de noche, y comenzaban
á caer gruesas gotas de agua, que me hicieron apresurar el paso.
Mientras me alejaba iba pensando en el reverendo capuchino que había
tenido tan cabal noticia de todo aquello. Hallé cerrada la cancela del
jardín y tuve que hacer un largo rodeo. Daban las nueve en el reloj de
la Catedral cuando atravesaba el arco románico que conducía á la plaza
donde se alzaba el Palacio Gaetani. Estaban iluminados los balcones,
y de la iglesia de los Dominicos, salía entre cirios el Paso de la
Cena. Aún recuerdo aquellas procesiones largas, tristes, rumorosas, que
desfilaban en medio de grandes chubascos. Había procesiones al rayar
el día, y procesiones por la tarde, y procesiones á la media noche. Las
cofradías eran innumerables. Entonces la Semana Santa tenía fama en
aquella vieja ciudad pontificia.
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LA PRINCESA, durante la tertulia, no me habló ni me
miró una sola vez. Yo, temiendo que aquel desdén fuese advertido,
decidí re-retirarme. Con la sonrisa en los labios llegué hasta donde
la noble señora hablaba suspirando. Cogí audazmente su mano, y la
besé, haciéndole sentir la presión decidida y fuerte de mis labios. Vi
palidecer intensamente sus mejillas y brillar el odio en sus ojos, sin
embargo, supe inclinarme con galante rendimiento y solicitar su venia
para retirarme. Ella repuso fríamente:
--Eres dueño de hacer tu voluntad.
--¡Gracias, Princesa!
Salí del salón en medio de un profundo silencio. Sentíame humillado, y
comprendía que acababa de hacerse imposible mi estancia en el Palacio.
Pasé la noche en el retiro de la biblioteca, preocupado con este
pensamiento, oyendo batir monótonamente el agua en los cristales de las
ventanas. Sentíame presa de un afán doloroso y contenido, algo que era
insensata impaciencia de mí mismo, y de las horas, y de todo cuanto me
rodeaba. Veíame como prisionero en aquella biblioteca oscura, y buscaba
entrar en mi verdadera conciencia, para juzgar todo lo acaecido durante
aquel día con serena y firme reflexión. Quería resolver, quería decidir,
y extraviábase mi pensamiento, y mi voluntad desaparecía, y todo
esfuerzo era vano.
¡Fueron horas de tortura indefinible! Ráfagas de una insensata violencia
agitaban mi alma. Con el vértigo de los abismos me atraían aquellas
asechanzas misteriosas, urdidas contra mí en la sombra perfumada de
los grandes salones. Luchaba inútilmente por dominar mi orgullo y
convencerme que era más altivo y más gallardo abandonar aquella misma
noche, en medio de la tormenta, el Palacio Gaetani. Advertíame presa
de una desusada agitación, y al mismo tiempo comprendía que no era
dueño de vencerla, y que todas aquellas larvas que entonces empezaban
á removerse dentro de mí, habían de ser fatalmente furias y sierpes.
Con un presentimiento sombrío, sentía que mi mal era incurable y que mi
voluntad era impotente para vencer la tentación de hacer alguna cosa
audaz, irreparable. ¡Era aquello el vértigo de la perdición!...