En la vieja ciudad hablábase de ella como de una santa lejana, una

santa triste y bella que de nadie se dejase ver. Sus días se deslizaban

como esos arroyos silenciosos que parecen llevar dormido en su fondo el

cielo que reflejan: Reza y borda en el silencio de las grandes salas

desiertas y melancólicas: Tiemblan las oraciones en sus labios, tiembla

en sus dedos la aguja, que enhebra el hilo de oro, y en el paño de tisú

florecen las rosas y los lirios que pueblan los mantos sagrados. Y

después del día, lleno de quehaceres humildes, silenciosos, cristianos,

por las noches se arrodilla en su alcoba, y reza con fe ingenua al Niño

Jesús, que resplandece bajo un fanal, vestido con alba de seda recamada

de lentejuelas y abalorios. La paz familiar se levanta como una alondra

del nido de su pecho, y revolotea por todo el Palacio, y canta sobre las

puertas, á la entrada de las grandes salas. María Rosario fué el único

amor de mi vida. Han pasado muchos años, y al recordarla ahora todavía

se llenan de lágrimas mis ojos áridos, ya casi ciegos.

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QUEDABA todavía el olor de la cera en el Palacio. La

Princesa tendida en el canapé de su tocador, se dolía de la jaqueca.

Sus hijas, vestidas de luto, hablaban en voz baja, y de tiempo en

tiempo, entraba ó salía sin ruido, alguna de ellas. En medio de un gran

silencio, la Princesa incorporóse lánguidamente, volviendo hacia mí el

rostro todavía hermoso, que parecía más blanco bajo una toca de negro

encaje:

--¿Xavier, tú cuándo tienes que volver á Roma?

Yo me estremecí:

--Mañana, señora.

Y miré á María Rosario, que bajó la cabeza y se puso encendida como una

rosa. La Princesa, sin reparar en ello, apoyó la frente en la mano, una

mano evocación de aquellas que en los retratos antiguos sostienen á

veces una flor, y á veces un pañolito de encaje: En tan bella actitud

suspiró largamente, y volvió á interrogarme:

--¿Por qué mañana?

--Porque ha terminado mi misión, señora.

--¿Y no puedes quedarte algunos días más con nosotras?

--Necesitaría un permiso.

--Pues yo escribiré hoy mismo á Roma.

Miré disimuladamente á María Rosario: Sus hermosos ojos negros me

contemplaban asustados, y su boca intensamente pálida, que parecía

entreabierta por el anhelo de un suspiro, temblaba. En aquel momento, su

madre volvió la cabeza hacia donde ella estaba:

--María Rosario.

--Señora.

--Acuérdate de escribir en mi nombre á Monseñor Sassoferrato. Yo firmaré

la carta.

María Rosario, siempre ruborosa, repuso con aquella serena dulzura que

era como un aroma:

--¿Queréis que escriba ahora?

--Como te parezca, hija.

María Rosario se puso en pie.

--¿Y qué debo decirle á Monseñor?

--Le notificas nuestra desgracia, y añades que vivimos muy solas, y que

esperamos de su bondad un permiso para retener á nuestro lado por algún

tiempo al Marqués de Bradomín.

María Rosario se dirigió hacia la puerta: Tuvo que pasar por mi lado y

aprovechando audazmente la ocasión, le dije en voz baja:

--¡Me quedo, porque os adoro!

Fingió no haberme oído, y salió. Volvíme entonces hacia la Princesa, que

me miraba con una sombra de afán, y le pregunté aparentando indiferencia:

--¿Cuándo toma el velo María Rosario?

--No está designado el día.

--La muerte de Monseñor Gaetani, acaso lo retardará.

--¿Por qué?

--Porque ha de ser un nuevo disgusto para vos.

--No soy egoísta. Comprendo que mi hija será feliz en el convento, mucho

más feliz que á mi lado, y me resigno.

--¿Es muy antigua la vocación de María Rosario?

--Desde niña.

--¿Y no ha tenido veleidades?

--¡Jamás!

Yo me atusé el bigote con la mano un poco trémula.

--Es una vocación de Santa.

--Sí, de Santa... Te advierto que no sería la primera en nuestra

familia. Santa Margarita de Ligura, Abadesa de Fiesoli, era hija de un

Príncipe Gaetani. Su cuerpo se conserva en la capilla del Palacio, y

después de cuatrocientos años está como si acabase de expirar: Parece

dormida. ¿Tú no bajaste á la cripta?

--No, señora.

--Pues es preciso que bajes un día.

Quedamos en silencio. La Princesa volvió á suspirar llevándose las manos

á la frente: Sus hijas, allá en el fondo de la estancia, se hablaban

en voz baja. Yo las miraba sonriendo y ellas me respondían en idéntica

forma, con cierta alegría infantil y burlona, que contrastaba con sus

negros vestidos de duelo. Empezaba á decaer la tarde, y la Princesa

mandó abrir una ventana que daba sobre el jardín.

--¡Me marea el olor de esas rosas, hijas mías!

Y señalaba los floreros que estaban sobre el tocador. Abierta la

ventana, una ligera brisa entró en la estancia: Era alegre, perfumada y

gentil como un mensaje de la Primavera: Sus alas invisibles alborotaron

los rizos de aquellas cabezas juveniles, que allá en el fondo de la

estancia me miraban y me sonreían. ¡Rizos rubios, dorados, luminosos,

cabezas adorables, cuántas veces os he visto en mis sueños pecadores más

bellas que esas aladas cabezas angélicas que solían ver en sus sueños

celestiales los santos ermitaños!

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LA PRINCESA se acostó al comienzo de la noche, poco

después del rosario. En el salón, medio apagado, hablaban en voz baja

las viejas damas que desde hacía veinte años acudían regularmente

á la tertulia del Palacio Gaetani: Comenzaba á sentirse el calor,

y estaban abiertas las puertas de cristales que daban al jardín.

Dos hijas de la Princesa, María Socorro y María Pilar, hacían los

honores: La conversación era lánguida, de una languidez apocada y

beata. Afortunadamente, al sonar las nueve en el reloj de la Catedral,

las señoras se levantaron, y María Socorro y María Pilar salieron

acompañándolas. Yo quedé solo en el vasto salón, y no sabiendo qué

hacer, bajé al jardín.

Era una noche de Primavera, silenciosa y fragante. El aire agitaba las

ramas de los árboles con blando movimiento, y la luna iluminaba por un

instante la sombra y el misterio de los follajes. Sentíase pasar por el

jardín un largo estremecimiento, y luego todo quedaba en esa amorosa paz

de las noches serenas. En el azul profundo temblaban las estrellas, y la

quietud del jardín parecía mayor que la quietud del cielo. A lo lejos,

el mar, misterioso y ondulante, exhalaba su eterna queja. Las dormidas

olas fosforecían al pasar tumbando los delfines, y una vela latina

cruzaba el horizonte bajo la luna pálida.

Yo recorría un sendero orillado por floridos rosales: Las luciérnagas

brillaban al pie de los arbustos, el aire era fragante, y el más leve

soplo bastaba para deshojar en los tallos las rosas marchitas. Yo sentía

esa vaga y romántica tristeza que encanta los enamoramientos juveniles,

con la leyenda de los grandes y trágicos dolores que se visten á la

usanza antigua. Consideraba la herida de mi corazón como aquellas que

no tienen cura, y pensaba que de un modo fatal decidiría de mi suerte.

Con extremos verterianos soñaba superar á todos los amantes que en el

mundo han sido, y por infortunados y leales pasaron á la historia, y aún

asomaron más de una vez la faz lacrimosa en las cantigas del vulgo.

Desgraciadamente, quedéme sin superarlos, porque tales romanticismos

nunca fueron otra cosa que un perfume derramado sobre todos mis amores

de juventud. ¡Locuras gentiles y fugaces que duraban algunas horas, y

que, sin duda por eso, me han hecho suspirar y sonreir toda la vida!

De pronto huyeron mis pensamientos. Daba las doce el viejo reloj de

la Catedral, y cada campanada, en el silencio del jardín, retumbó con

majestad sonora. Volví al salón, donde ya estaban apagadas las luces. En

los cristales de una ventana temblaba el reflejo de la luna, y allá, en

el fondo, brillaba la esfera de un reloj, que con delicado y argentino

son daba también las doce. Me detuve en la puerta, para acostumbrarme á

la oscuridad, y poco á poco mis ojos columbraron la forma incierta de

las cosas. Una mujer hallábase sentada en el sofá del estrado. Yo sólo

distinguía sus manos blancas: El cuerpo era una sombra negra. Quise

acercarme, y vi cómo sin ruido se ponía en pie y cómo sin ruido se

alejaba y desaparecía. Hubiérala creído un fantasma engaño de mis ojos,

si al dejar de verla no llegase hasta mí un sollozo. Al pie del sofá

estaba caído un pañuelo perfumado de rosas y húmedo de llanto. Lo besé

con afán. No dudaba que aquel fantasma había sido María Rosario.

Pasé la noche en vela, sin conseguir conciliar el sueño. Vi rayar el

alba en las ventanas de mi alcoba, y sólo entonces, en medio del alegre

voltear de un esquilón que tocaba á misa, me dormí. Al despertarme, ya

muy entrado el día, supe con profundo reconocimiento cuánto por la

salud de mi alma se interesaba la Princesa Gaetani. La noble señora

estaba muy afligida porque yo había perdido el Oficio Divino.

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AL CAER de la tarde llegaron aquellas dos señoras de los

cabellos blancos y los negros y crujientes vestidos de seda. La Princesa

se incorporó saludándolas con amable y desfallecida voz:

--¿Dónde habéis estado?

--¡Hemos corrido toda Ligura!

--¡Vosotras!

Ante el asombro de la Princesa, las dos señoras se miraron sonriendo:

--Cuéntale tú, Antonina.

--Cuéntale tú, Lorencina.

Y luego las dos comienzan el relato al mismo tiempo: Habían oído un

sermón en la Catedral: Habían pasado por el Convento de las Carmelitas

para preguntar por la Madre Superiora que estaba enferma: Habían velado

al Santísimo. Aquí la Princesa interrumpió:

--¿Y cómo sigue la Madre Superiora?

--Todavía no baja al locutorio.

--¿A quién habéis visto?

--A la Madre Escolástica. ¡La pobre siempre tan buena y tan cariñosa! No

sabes cuánto nos preguntó por ti y por tus hijas: Nos enseñó el hábito

de María Rosario: Iba á mandárselo para que lo probase: Lo ha cosido

ella misma: Dice que será el último, porque está casi ciega.

La Princesa suspiró:

--¡Yo no sabía que estuviese ciega!

--Ciega no, pero ve muy poco.

--Pues no tiene años para eso...

La Princesa acabó con un gesto de fatiga, llevándose las manos á la

frente. Después se distrajo mirando hacia la puerta, donde asomaba la

escuálida figura del Señor Polonio. Detenido en el umbral, el mayordomo

saludaba con una profunda reverencia:

--¿Da su permiso mi Señora la Princesa?

--Adelante, Polonio. ¿Qué ocurre?

--Ha venido el sacristán de las Madres Carmelitas con el hábito de la

Señorina.

--¿Y ella lo sabe?

--Probándoselo queda.

Al oír esto, las otras hijas de la Princesa, que sentadas en rueda,

bordaban el manto de Santa Margarita de Ligura, habláronse en voz baja,

juntando las cabezas, y salieron de la estancia con alegre murmullo,

en un grupo casto y primaveral como aquel que pintó Sandro Boticelli.

La Princesa las miró con maternal orgullo, y luego hizo un ademán

despidiendo al mayordomo, que, en lugar de irse, adelantó algunos pasos

balbuciendo:

--Ya he dado el último perfil al Paso de las Caídas... Hoy empiezan las

procesiones de Semana Santa.

La Princesa replicó con desdeñosa altivez:

--Y sin duda has creído que yo lo ignoraba.

El mayordomo pareció consternado:

--¡Líbreme el Cielo, Señora!

--¿Pues entonces?...

--Hablando de las procesiones, el sacristán de las Madres me dijo que

tal vez este año no saliesen las que costea y patrocina mi Señora la

Princesa.

--¿Y por qué causa?

--Por la muerte de Monseñor, y el luto de la casa.

--Nada tiene que ver con la religión, Polonio.

Aquí la Princesa creyó del caso suspirar. El mayordomo se inclinó:

--Cierto, Señora, ciertísimo. El sacristán lo decía contemplando mi

obra. Ya sabe la Señora Princesa... El Paso de las Caídas... Espero que

mi Señora se digne verlo...

El mayordomo se detuvo sonriendo ceremoniosamente. La Princesa asintió

con un gesto, y luego volviéndose á mí pronunció con ligera ironía:

--¿Tú acaso ignoras que mi mayordomo es un gran artista?

El viejo se inclinó:

--¡Un artista!... Hoy día ya no hay artistas. Los hubo en la antigüedad.

Yo intervine con mi juvenil insolencia:

--¿Pero de qué epoca sois, Señor Polonio?

El mayordomo repuso sonriendo:

--Vos tenéis razón, Excelencia... Hablando con verdad, no puedo decir

que éste sea mi siglo...

--Vos pertenecéis á la antigüedad más clásica y más remota. ¿Y cuál arte

cultiváis, Señor Polonio?

El Señor Polonio repuso con suma modestia:

--Todas, Excelencia.

--¡Sois un nieto de Miguel Angel!

--El cultivarlas todas no quiere decir que sea maestro en ellas,

Excelencia.

La Princesa sonrió con aquella amable ironía que al mismo tiempo

mostraba señoril y compasivo afecto por el viejo mayordomo:

--Xavier, tienes que ver su última obra: ¡El Paso de las Caídas! ¡Una

maravilla!

Las dos ancianas juntaron las secas manos con infantil admiración:

--¡Si cuando joven hubiera querido ir á Roma!... ¡Oh!

El mayordomo lloraba enternecido:

--¡Señoras!... ¡Mis nobles Mecenas!

De pronto se oyó murmullo de juveniles voces que se aproximaban, y un

momento después el coro de las cinco hermanas invadía la estancia. María

Rosario traía puesto el blanco hábito que debía llevar durante toda

la vida, y las otras se agrupaban en torno como si fuese una Santa. Al

verlas entrar, la Princesa se incorporó muy pálida: Las lágrimas acudían

á sus ojos, y luchaba en vano por retenerlas. Cuando María Rosario se

acercó á besarle la mano, le echó los brazos al cuello y la estrechó

amorosamente. Quedó después contemplándola, y no pudo contener un grito

de angustia.

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YO ESTABA tan conmovido que, como en sueños, oí la voz

del viejo mayordomo: Hablaba después de un profundo silencio:

--Si merezco el honor... Perdonad, pero ahora van á llevarse esa pobre

obra de mis manos pecadoras. Si queréis verla, apenas queda tiempo...

Las dos señoras se levantaron sacudiéndose las crujientes y arrugadas

faldas:

--¡Oh!... Vamos allá.

Antes de salir ya comenzaron las explicaciones del Señor Polonio:

--Conviene saber que el Nazareno y el Cirineo son los mismos que había

antiguamente. De mi mano son únicamente los judíos. Los hice de cartón.

Ya conocen mi antigua manía de hacer caretas. Una manía y de las peores.

Con ella di gran impulso á los Carnavales, que es la fiesta de Satanás.

¡Aquí, antes nadie se vestía de máscara, pero como yo regalaba á todo el

mundo mis caretas de cartón! ¡Dios me perdone! Los Carnavales de Ligura

llegaron á ser famosos en Italia... Vengan por aquí sus Excelencias.

Pasamos á una gran sala que tenía las ventanas cerradas. El Señor

Polonio adelantóse para abrirlas. Después se volvió pidiendo mil

perdones, y nosotros entramos. Mis ojos quedaron extasiados al ver en

medio de la sala unas andas con Jesús Nazareno, entre cuatro judíos

torvos y barbudos. Las dos señoras lloraban de emoción:

--¡Si considerásemos lo que Nuestro Señor padeció por nosotros!

--¡Ay!... Si lo considerásemos!

En presencia de aquellos cuatro judíos vestidos á la chamberga, era

indudable que las devotas señoras procuraban hacerse cargo del drama

de la Pasión. El Señor Polonio daba vueltas en torno de las andas, y

con los nudillos golpeaba suavemente las fieras cabezas de los cuatro

deicidas:

--¡De cartón!... Sí, señoras, igual que las caretas. Fué una idea que me

vino sin saber cómo.

Las damas repetían juntando las manos:

--¡Inspiración divina!...

--¡Inspiración de lo alto!...

El Señor Polonio sonreía:

--Nadie, absolutamente nadie, esperaba que pudiese realizar la idea...

Se burlaban de mí... Ahora, en cambio, todo se vuelven parabienes. ¡Y

yo perdono aquellos sarcasmos! ¡He llevado mi idea en la frente un año

entero!

Oyéndole, las señoras, repetían enternecidas:

--¡Inspiración!...

--¡Inspiración!...

Jesús Nazareno, desmelenado, lívido, sangriento, agobiado bajo el peso

de la cruz, parecía clavar en nosotros su mirada dulce y moribunda.

Los cuatro judíos, vestidos de rojo, le rodeaban fieros. El que iba

delante tocaba la trompeta. Los que le daban escolta á uno y otro lado,

llevaban sendas disciplinas, y aquel que caminaba detrás, mostraba al

pueblo la sentencia de Pilatos. Era un papel de música, y el mayordomo

tuvo cuidado de advertirnos cómo en aquel tiempo de gentiles, los

escribanos hacían unos garabatos muy semejantes á los que hacen los

músicos. Volviéndose á mí con gravedad doctoral, continuó:

--Los moros y los judíos todavía escriben de una manera semejante.

¿Verdad, Excelencia?

Cuando el Señor Polonio se hallaba en esta erudita explicación, llegó

un sacristán capitaneando á cuatro devotos que venían para llevarse á

la iglesia de los Capuchinos aquel famoso Paso de las Caídas. El Señor

Polonio cubrió las andas con una colcha, y les ayudó á levantarlas.

Después los acompañó hasta la puerta de la estancia:

--¡Cuidado!... No tropezar con las paredes... ¡Cuidado!...

Enjugóse las lágrimas, y abrió una ventana para verlos salir. La primera

preocupación del sacristán, cuando asomó en la calle, fué mirar al

cielo, que estaba completamente encapotado. Luego se puso al frente de

su tropa, y echó por medio. Los cuatro devotos iban casi corriendo. Las

andas envueltas en la colcha roja bamboleaban sobre sus hombros. El

Señor Polonio se dirigió á nosotros:

--Sin cumplimiento: ¿Qué les ha parecido?

Las dos señoras estuvieron, como siempre, de acuerdo.

--¡Edificante!

--¡Edificante!

El Señor Polonio sonrió beatíficamente, y se volvió á la ventana con la

mano extendida hacia la calle para enterarse si llovía.

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AQUELLA noche las hijas de la Princesa habíanse

refugiado en la terraza, bajo la luna, como las hadas de los cuentos:

Rodeaban á una amiga joven y muy bella, que de tiempo en tiempo

me miraba llena de curiosidad. En el salón, las señoras ancianas

conversaban discretamente, y sonreían al oir las voces juveniles que

llegaban en ráfagas, perfumadas con el perfume de las lilas que se

abrían al pie de la terraza. Desde el salón distinguíase el jardín,

inmóvil bajo la luna, que envolvía en pálida claridad la cima mustia de

los cipreses y el balconaje de la terraza, donde un pavo real abría su

abanico de quimera y de cuento.

Yo quise varias veces acercarme á María Rosario. Todo fué inútil: Ella

adivinaba mis intenciones, y alejábase cautelosa, sin ruido, con la

vista baja y las manos cruzadas sobre el escapulario del hábito monjil

que conservaba puesto. Viéndola á tal extremo temerosa, yo sentía

halagado mi orgullo donjuanesco, y algunas veces, sólo por turbarla,

cruzaba de un lado al otro. La pobre niña al instante se prevenía para

huir: Yo pasaba aparentando no advertirlo.

Algunas veces entraba en el salón, y deteníame al lado de las viejas

damas, que recibían mis homenajes con timidez de doncellas. Recuerdo

que me hallaba hablando con aquella devota Marquesa de Tescara, cuando,

movido por un oscuro presentimiento, volví la cabeza y busqué con los

ojos la blanca figura de María Rosario: la Santa ya no estaba.

Una nube de tristeza cubrió mi alma. Dejé á la vieja linajuda y salí á

la terraza. Mucho tiempo permanecí reclinado sobre el florido balconaje

de piedra, contemplando el jardín. En el silencio perfumado cantaba un

ruiseñor, y parecía acordar su voz con la voz de las fuentes. El reflejo

de la luna iluminaba aquel sendero de los rosales que yo había recorrido

otra noche. El aire suave y gentil, un aire á propósito para llevar

suspiros, pasaba murmurando, y á lo lejos, entre mirtos inmóviles,

ondulaba el agua de un estanque. Yo evocaba en la memoria el rostro de

María Rosario, y no cesaba de pensar:

--¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?...

Bajé lentamente hacia el estanque. Las ranas que estaban en la orilla

saltaron al agua produciendo un ligero estremecimiento en el dormido

cristal. Había allí un banco de piedra y me senté. La noche y la luna

eran propicias al ensueño, y pude sumergirme en una contemplación

semejante al éxtasis. Confusos recuerdos de otros tiempos y otros

amores se levantaron en mi memoria. Todo el pasado resurgía como una

gran tristeza y un gran remordimiento. Mi juventud me parecía mar de

soledad y de tormentas, siempre en noche. El alma languidecía en el

recogimiento del jardín, y el mismo pensamiento volvía como el motivo

de un canto lejano:

--¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?

Ligeras nubes blancas erraban en torno de la luna y la seguían en

su curso fantástico y vagabundo: Empujadas por un soplo invisible,

la cubrieron y quedó sumido en sombras el jardín. El estanque dejó

de brillar entre los mirtos inmóviles: Sólo la cima de los cipreses

permaneció iluminada. Como para armonizar con la sombra, se levantó una

brisa que pasó despertando largo susurro en todo el recinto y trajo

hasta mí el aroma de las rosas deshojadas. Lentamente volví hacia el

Palacio: Mis ojos se detuvieron en una ventana iluminada, y no sé

qué oscuro presentimiento hizo palpitar mi corazón. Aquella ventana

alzábase apenas sobre la terraza, permanecía abierta, y el aire

ondulaba la cortina. Me pareció que por el fondo de la estancia cruzaba

una sombra blanca. Quise acercarme, pero el rumor de unas pisadas bajo

la avenida de los cipreses me detuvo: El viejo mayordomo paseaba á la

luz de la luna sus ensueños de artista. Yo quedé inmóvil en el fondo del

jardín. Y contemplando aquella luz, el corazón latía:

--¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?

¡Pobre María Rosario! Yo la creía enamorada, y, sin embargo, mi corazón

presentía no sé qué quimérica y confusa desventura. Quise volver á

sumergirme en mi amoroso ensueño, pero el canto de un sapo repetido

monótonamente bajo la arcada de los cipreses, distraía y turbaba mi

pensamiento. Recuerdo que de niño he leído muchas veces en un libro

de devociones donde rezaba mi abuela, que el diablo solía tomar ese

aspecto para turbar la oración de un santo monje. Era natural que á mí

me ocurriese lo mismo. Yo calumniado y mal comprendido, nunca fui otra

cosa que un místico galante, como San Juan de la Cruz. En lo más florido

de mis años, hubiera dado gustoso todas las glorias mundanas para poder

escribir en mis tarjetas: El Marqués de Bradomín, Confesor de Princesas.

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EN ACHAQUES de amor, quién no ha pecado. Yo estoy

convencido de que el diablo tienta siempre á los mejores. Aquella

noche el cornudo monarca del abismo encendió mi sangre con su aliento

de llamas y despertó mi carne flaca, fustigándola con su rabo negro.

Yo cruzaba la terraza, cuando una ráfaga violenta alzó la flameante

cortina, y mis ojos mortales vieron arrodillada en el fondo de la

estancia la sombra pálida de María Rosario. No puedo decir lo que

entonces pasó por mí. Creo que primero fué un impulso ardiente, y

después una audacia fría y cruel: La audacia que se admira en los labios

y en los ojos de aquel retrato que del divino César Borgia, pintó el

divino Rafael de Sanzio. Me volví mirando en torno: Escuché un instante:

En el jardín y en el Palacio todo era silencio. Llegué cauteloso á la

ventana, y salté dentro. La Santa dió un grito: Se dobló blandamente

como una flor cuando pasa el viento, y quedó tendida, desmayada, con el

rostro pegado á la tierra. En mi memoria vive siempre el recuerdo de sus

manos blancas y frías: ¡Manos diáfanas como la hostia!...

Al verla desmayada la cogí en brazos y la llevé á su lecho, que era como

altar de lino albo, y de rizado encaje. Después, con una sombra de

recelo, apagué la luz: Quedó en tinieblas el aposento y con los brazos

extendidos comencé á caminar en la oscuridad. Ya tocaba el borde de

su lecho y percibía la blancura del hábito monjil, cuando el rumor de

unos pasos en la terraza heló mi sangre, y me detuvo. Manos invisibles

alzaron la flameante cortina y la claridad de la luna penetró en la

estancia. Los pasos habían cesado: Una sombra oscura se destacaba en el

hueco iluminado de la ventana. La sombra se inclinó mirando hacia el

fondo del aposento, y volvió á erguirse. Cayó la cortina, y escuché de

nuevo el rumor de los pasos que se alejaban.

Sonata de primavera: memorias del marqués de Bradomín · 第 2 / 4 段