fresco de la noche. El cielo estaba negro. Una ráfaga aborrascada pasó
sobre mi cabeza: Algunos pájaros sin nido habían buscado albergue bajo
el alar, y con estremecimientos llenos de frío sacudían el plumaje
mojado, piando tristemente. En la plaza resonaba la canturía de una
procesión lejana. La iglesia del convento tenía las puertas abiertas,
y en el fondo brillaba el altar iluminado. Oíase la voz senil de una
carraca. Las devotas salían de la iglesia y se cobijaban bajo el arco
de la plaza para ver llegar la procesión. Entre dos hileras de cirios,
bamboleaban las andas, allá en el confín de una calle estrecha y alta.
En la plaza esperaban muchos curiosos cantando una oración rimada. La
lluvia redoblando en los paraguas, y el chapoteo de los pies en los
charcas contrastaba con la nota tibia y sensual de las enaguas blancas
que asomaban bordeando los vestidos negros, como espumas que bordean
sombrío oleaje de tempestad. Las dos señoras de los negros y crujientes
vestidos de seda, salieron de la iglesia, y pisando en la punta de los
pies, atravesaron corriendo la plaza, para ver la procesión desde las
ventanas del Palacio. Una ráfaga agitaba sus mantos.
Caían gruesas gotas de agua que dejaban un lamparón oscuro en las
losas de la plaza. Yo tenía las mejillas mojadas, y sentía como una
vaga efusión de lágrimas. De pronto se iluminaron los balcones, y las
Princesas, con otras damas, asomaron en ellos. Cuando la procesión
llegaba bajo el arco, llovía á torrentes. Yo la vi desfilar desde
el balcón de la biblioteca, sintiendo á cada instante en la cara el
salpicar de la lluvia arremolinada por el viento. Pasaron primero los
Hermanos del Calvario, silenciosos y encapuchados. Después los Hermanos
de la Pasión, con hopas amarillas y cirios en las manos. Luego seguían
los Pasos: Jesús en el Huerto de las Olivas, Jesús ante Pilatos, Jesús
ante Herodes, Jesús atado á la Columna. Bajo aquella lluvia fría y
cenicienta tenían una austeridad triste y desolada. El último en
aparecer fué el Paso de las Caídas. Sin cuidarse del agua, las damas se
arrastraron de rodillas hasta la balaustrada del balcón. Oyóse la voz
trémula del mayordomo:
--¡Ya llega! ¡Ya llega!
Llegaba, sí, pero cuán diferente de como lo habíamos visto la primera
vez en una sala del Palacio. Los cuatro judíos habían depuesto
su fiereza bajo la lluvia. Sus cabezas de cartón se despintaban:
Ablandábanse los cuerpos, y flaqueaban las piernas como si fuesen á
hincarse de rodillas. Parecían arrepentidos. Las dos hermanas de los
rancios vestidos de gro, viendo en ello un milagro, repetían llenas de
unción:
--¡Edificante, Antonina!
--¡Edificante, Lorencina!
La lluvia caía sin tregua como un castigo, y desde un balcón vecino
llegaban con vaguedad de poesía y de misterio, los arrullos de dos
tórtolas que cuidaba una vieja enlutada y consumida que rezaba entre dos
cirios encendidos en altos candeleros, tras los cristales. Busqué con
los ojos al Señor Polonio: Había desaparecido.
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POCO DESPUÉS, apesadumbrado y dolorido, meditaba en
mi cámara cuando una mano batió con los artejos en la puerta y la voz
cascada del mayordomo vino á sacarme un momento del penoso cavilar:
--Excelencia, este pliego.
--¿Quién lo ha traído?
--Un correo que acaba de llegar.
Abrí el pliego y pasé por él una mirada. Monseñor Sassoferrato me
ordenaba presentarme en Roma. Sin acabar de leerlo me volví al
mayordomo, mostrando un profundo desdén:
--Señor Polonio, que dispongan mi silla de posta.
El mayordomo preguntó hipócritamente:
--¿Vais á partir, Excelencia?
--Antes de una hora.
--¿Lo sabe mi señora la Princesa?
--Vos cuidaréis de decírselo.
--¡Muy honrado, Excelencia! Ya sabéis que el postillón está enfermo...
Habrá que buscar otro. Si me autorizáis para ello yo me encargo de
hallar uno que os deje contento.
La voz del viejo y su mirada esquiva, despertaron en mi alma una
sospecha. Juzgué que era temerario confiarse á tal hombre, y le dije:
--Yo veré á mi postillón.
Me hizo una profunda reverencia, y quiso retirarse, pero le detuve:
--Escuchad, Señor Polonio.
--Mandad, Excelencia.
Y cada vez se inclinaba con mayor respeto. Yo le clavé los ojos,
mirándole en silencio: Me pareció que no podía dominar su inquietud.
Adelantando un paso le dije:
--Como recuerdo de mi visita, quiero que conservéis esta piedra.
Y sonriendo me saqué de la mano aquel anillo, que tenía en una amatista
grabadas mis armas. El mayordomo me miró con ojos extraviados:
--¡Perdonad!
Y sus manos agitadas rechazaban el anillo. Yo insistí:
--Tomadlo.
Inclinó la cabeza y lo recibió temblando. Con un gesto imperioso le
señalé la puerta.
--Ahora salid.
El mayordomo llegó al umbral, y murmuró resuelto y acobardado:
--Guardad vuestro anillo.
Con insolencia de criado lo arrojó sobre una mesa. Yo le miré amenazador:
--Presumo que vais á salir por la ventana, Señor Polonio.
Retrocedió, gritando con energía:
--¡Conozco vuestro pensamiento! No basta á vuestra venganza el maleficio
con que habéis deshecho aquellos judíos, obra de mis manos, y con ese
anillo queréis embrujarme. ¡Yo haré que os delaten al Santo Oficio!
Y huyó de mi presencia haciendo la señal de la cruz como si huyese
del Diablo. No pude menos de reirme largamente. Llamé á Musarelo, y le
ordené que se enterase del mal que aquejaba al postillón. Pero Musarelo
había bebido tanto, que no estaba capaz para cumplir mi mandato. Sólo
pude averiguar que el postillón y Musarelo habían cenado con el Señor
Polonio.
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QUÉ TRISTE es para mí el recuerdo de aquel día. María
Rosario estaba en el fondo de un salón llenando de rosas los floreros
de la capilla. Cuando yo entré quedóse un momento indecisa: Sus ojos
miraron medrosos hacia la puerta, y luego se volvieron á mí con un ruego
tímido y ardiente. Llenaba en aquel momento el último florero, y sobre
sus manos deshojóse una rosa. Yo entonces la dije, sonriendo:
--¡Hasta las rosas se mueren por besar vuestras manos!
Ella también sonrió contemplando las hojas que había entre sus dedos,
y después con leve soplo las hizo volar. Quedamos silenciosos: Era la
caída de la tarde y el sol doraba una ventana con sus últimos reflejos:
Los cipreses del jardín levantaban sus cimas pensativas en el azul
del crepúsculo, al pie de la vidriera iluminada. Dentro apenas si se
distinguía la forma de las cosas, y en el recogimiento del salón las
rosas esparcían un perfume tenue y las palabras morían lentamente igual
que la tarde. Mis ojos buscaban los ojos de María Rosario con el empeño
de aprisionarlos en la sombra. Ella suspiró angustiada como si el aire
le faltase, y apartándose el cabello de la frente con ambas manos, huyó
hacia la ventana. Yo, temeroso de asustarla, no intenté seguirla, y sólo
le dije después de un largo silencio:
--¿No me daréis una rosa?
Volvióse lentamente y repuso con voz tenue:
--Si la queréis...
Dudó un instante, y de nuevo se acercó. Procuraba mostrarse serena, pero
yo veía temblar sus manos sobre los floreros al elegir la rosa. Con una
sonrisa llena de angustia me dijo:
--Os daré la mejor.
Ella seguía buscando en los floreros. Yo suspiré romántico:
--La mejor está en vuestros labios.
Me miró apartándose pálida y angustiada:
--No sois bueno... ¿Por qué me decís esas cosas?
--Por veros enojada.
--¡Algunas veces me parecéis el Demonio!...
--El Demonio no sabe querer.
Quedóse silenciosa. Apenas podía distinguirse su rostro en la tenue
claridad del salón, y sólo supe que lloraba cuando estallaron sus
sollozos. Me acerqué queriendo consolarla:
--¡Oh!... Perdonadme.
Y mi voz fué tierna, apasionada y sumisa. Yo mismo, al oirla, sentí
su extraño poder de seducción. Era llegado el momento supremo, y
presintiéndolo, mi corazón se estremecía con el ansia de la espera
cuando está próxima una gran ventura. María Rosario cerraba los ojos con
espanto, como al borde de un abismo. Su boca descolorida parecía sentir
una voluptuosidad angustiosa. Yo cogí sus manos que estaban yertas: Ella
me las abandonó sollozando, con un frenesí doloroso:
--¿Por qué os gozáis en hacerme sufrir?... ¡Si sabéis que todo es
imposible!...
--¡Imposible!... Yo nunca esperé conseguir vuestro amor... ¡Ya sé que no
lo merezco!... Solamente quiero pediros perdón y oir de vuestros labios
que rezaréis por mí cuando esté lejos.
--¡Callad!... ¡Callad!...
--Os contemplo tan alta, tan lejos de mí, tan ideal, que juzgo vuestras
oraciones como las de una Santa.
--¡Callad!... ¡Callad!...
--Mi corazón agoniza sin esperanza. Acaso podré olvidaros, pero este
amor habrá sido para mí como un fuego purificador.
--¡Callad!... ¡Callad!...
Yo tenía lágrimas en los ojos, y sabía que cuando se llora, las manos
pueden arriesgarse á ser audaces. ¡Pobre María Rosario, quedóse pálida
como una muerta, y pensé que iba á desmayarse en mis brazos! Aquella
niña era una Santa, y viéndome á tal extremo desgraciado, no tenía valor
para mostrarse más cruel conmigo. Cerraba los ojos, y gemía agoniada:
--¡Dejadme!... ¡Dejadme!...
Yo murmuré:
--¿Por qué me aborrecéis tanto?
Me miró despavorida, como si al sonido de mi voz se despertase, y
arrancándose de mis brazos huyó hacia la ventana que doraban todavía
los últimos rayos del sol. Apoyó la frente en los cristales y comenzó
á sollozar. En el jardín se levantaba el canto de un ruiseñor, que
evocaba en la sombra azul de la tarde, un recuerdo ingenuo de santidad.
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MARIA ROSARIO llamó á la más niña de sus hermanas, que
con una muñeca en brazos, acababa de asomar en la puerta del salón: La
llamaba con un afán angustioso y pudoroso que encendía su carne con
divinas rosas:
--¡Entra!... ¡Entra!...
La llamaba tendiéndole los brazos desde el fondo de la ventana. La niña,
sin moverse, le mostró la muñeca:
--Me la hizo Polonio.
--Ven á enseñármela.
--¿No la ves así?...
--No, no la veo.
María Nieves acabó por decidirse, y entró corriendo: Los cabellos
flotaban sobre su espalda como una nube de oro. Era llena de gentileza,
con movimientos de pájaro, alegres y ligeros: María Rosario, viéndola
llegar, sonreía, cubierto el rostro de rubor y sin secar las lágrimas.
Inclinóse para besarla, y la niña se le colgó al cuello, hablándole con
agasajo al oído:
--¡Si le hicieses un vestido á mi muñeca!...
--¿Cómo lo quieres?...
María Rosario le acariciaba los cabellos, reteniéndola á su lado. Yo
veía cómo sus dedos trémulos desaparecían bajo la infantil y olorosa
crencha. En voz baja le dije:
--¿Qué temíais de mí?
Sus mejillas llamearon:
--Nada...
Y aquellos ojos, como no he visto otros hasta ahora, ni los espero ver
ya, tuvieron para mí una mirada tímida y amante. Callábamos conmovidos,
y la niña empezó á referirnos la historia de su muñeca: Se llamaba
Yolanda, y era una reina. Cuando le hiciesen aquel vestido de tisú, le
pondrían también una corona. María Nieves hablaba sin descanso: Sonaba
su voz con murmullo alegre, continuo, como el borboteo de una fuente.
Recordaba cuántas muñecas había tenido, y quería contar la historia de
todas: Unas habían sido reinas, otras pastoras. Eran largas historias
confusas, donde se repetían continuamente las mismas cosas. La niña
extraviábase en aquellos relatos como en el jardín encantado del ogro
las tres niñas hermanas, Andara, Magalona y Aladina... De pronto huyó de
nuestro lado. María Rosario la llamó sobresaltada:
--¡Ven!... ¡No te vayas!
--No me voy.
Corría por el salón, y la cabellera de oro le revoloteaba sobre los
hombros. Como cautivos, la seguían á todas partes los ojos de María
Rosario: Volvió á suplicarle:
--¡No te vayas!...
--Si no me voy.
La niña hablaba desde el fondo oscuro del salón. María Rosario,
aprovechando el instante, murmuró con apagado acento:
--Marqués, salid de Ligura...
--¡Sería renunciar á veros!
--¿Y acaso no es hoy la última vez? Mañana entraré en el convento.
¡Marqués, oid mi ruego!...
--Quiero sufrir aquí... Quiero que mis ojos, que no lloran nunca, lloren
cuando os vistan el hábito, cuando os corten los cabellos, cuando las
rejas se cierren ante vos. ¡Quién sabe, si al veros sagrada por los
votos, mi amor terreno no se convertirá en una devoción! ¡Vos sois una
Santa!...
--¡Marqués, no digáis impiedades!
Y me clavó los ojos tristes, suplicantes, guarnecidos de lágrimas como
de oraciones purísimas. Entonces ya parecía olvidada de la niña, que
sentada en un canapé, adormecía á su muñeca con viejas tonadillas del
tiempo de las abuelas. En la sombra de aquel vasto salón donde las
rosas esparcían su aroma, la canción de la niña tenía el encanto de esas
rancias galanterías que parece se hayan desvanecido con los últimos
sones de un minué.
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COMO UNA flor de sensitiva, María Rosario temblaba bajo
mis ojos. Yo adivinaba en sus labios el anhelo y el temor de hablarme.
De pronto me miró ansiosa, parpadeando como si saliese de un sueño. Con
los brazos tendidos hacia mí, murmuró arrebatada, casi violenta:
--Salid hoy mismo para Roma. Os amenaza un peligro y tenéis que
defenderos. Habéis sido delatado al Santo Oficio.
Yo repetí, sin ocultar mi sorpresa:
--¿Delatado al Santo Oficio?
--Sí, por brujo... Vos habíais perdido un anillo, y por arte diabólica
lo recobrásteis... ¡Eso dicen, Marqués!
Yo exclamé con ironía:
--¿Y quien lo dice es vuestra madre?
--¡No!...
Sonreí tristemente:
--¡Vuestra madre, que me aborrece porque vos me amáis!
--¡Jamás!... ¡Jamás!...
--¡Pobre niña, vuestro corazón tiembla por mí, presiente los peligros
que me cercan, y quiere prevenirlos.
--¡Callad, por compasión!... ¡No acuséis á mi madre!...
--¿Acaso ella no llevó su crueldad hasta acusaros á vos misma? ¿Acaso
creyó vuestras palabras cuando le jurabais que no me habíais visto una
noche?...
--¡Sí, las creyó!
María Rosario había dejado de temblar. Erguíase inmaculada y heroica,
como las Santas ante las fieras del Circo. Yo insistí, con triste
acento, gustando el placer doloroso y supremo del verdugo:
--No, no fuisteis creída. Vos lo sabéis. ¡Y cuántas lágrimas han vertido
en la oscuridad vuestros ojos!
María Rosario retrocedió hacia el fondo de la ventana:
--¡Sois brujo!... ¡Han dicho la verdad!... ¡Sois brujo!...
Luego, rehaciéndose, quiso huir, pero yo la detuve:
--Escuchadme.
Ella me miraba con los ojos extraviados, haciendo la señal de la cruz:
--¡Sois brujo!... ¡Por favor, dejadme!
Yo murmuré con desesperación:
--¿También vos me acusáis?
--¿Decid entonces, cómo habéis sabido?...
La miré largo rato en silencio, hasta que sentí descender sobre mi
espíritu el numen sagrado de los profetas:
--Lo he sabido, porque habéis rezado mucho para que lo supiese... ¡He
tenido en un sueño revelación de todo!...
María Rosario respiraba anhelante. Otra vez quiso huir, y otra vez
la detuve. Desfallecida y resignada, miró hacia el fondo del salón,
llamando á la niña:
--¡Ven, hermana!... ¡Ven!
Y le tendía los brazos: La niña acudió corriendo: María Rosario
la estrechó contra su pecho alzándola del suelo, pero estaba tan
desfallecida de fuerzas, que apenas podía sostenerla, y suspirando con
fatiga tuvo que sentarla sobre el alféizar de la ventana. Los rayos del
sol poniente circundaron como una aureola la cabeza infantil: La crencha
sedeña y olorosa fué como onda de luz sobre los hombros de la niña. Yo
busqué en la sombra la mano de María Rosario:
--¡Curadme!...
Ella murmuró retirándose:
--¿Y cómo?...
--Jurad que me aborrecéis.
--Eso no...
--¿Y amarme?
--Tampoco. ¡Mi amor no es de este mundo!
Y su voz era tan triste al pronunciar estas palabras, que yo sentí una
emoción voluptuosa como si cayese sobre mi corazón rocío de lágrimas
purísimas. Inclinándome para beber su aliento y su perfume, murmuré en
voz baja y apasionada:
--Vos me pertenecéis. Hasta la celda del convento os seguirá mi
culto mundano. Solamente por vivir en vuestro recuerdo y en vuestras
oraciones, moriría gustoso.
--¡Callad!... ¡Callad!...
María Rosario, con el rostro intensamente pálido, tendía sus manos
temblorosas hacia la niña que estaba sobre el alféizar, circundada por
el último resplandor de la tarde, como un arcángel en una vidriera
antigua. El recuerdo de aquel momento, aún pone en mis mejillas un frío
de muerte. Ante nuestros ojos espantados se abrió la ventana, con ese
silencio de las cosas inexorables que están determinadas en lo invisible
y han de suceder por un destino fatal y cruel. La figura de la niña,
inmóvil sobre el alféizar, se destacó un momento en el azul del cielo
donde palidecían las estrellas, y cayó al jardín, cuando llegaban á
tocarla los brazos de la hermana.
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FUÉ SATANÁS! ¡Fué Satanás!... Aún resuena en mi oído
aquel grito angustiado de María Rosario: Después de tantos años, aún la
veo pálida, divina y trágica como el mármol de una estatua antigua: Aún
siento el horror de aquella hora:
--¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!...
La niña estaba inerte sobre la escalinata. El rostro aparecía entre el
velo de los cabellos, blanco como un lirio, y de la rota sien manaba
el hilo de sangre que los iba empapando. La hermana, como una poseída,
gritaba:
--¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!...
Levanté á la niña en brazos y sus ojos se abrieron un momento llenos de
tristeza. La cabeza ensangrentada y mortal, rodó yerta sobre mi hombro,
y los ojos se cerraron de nuevo, lentos como dos agonías. Los gritos de
la hermana, resonaban en el silencio del jardín:
--¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!...
La cabellera de oro, aquella cabellera flúida como la luz, olorosa como
un huerto, estaba negra de sangre. Yo la sentí pesar sobre mi hombro
semejante á la fatalidad en un destino trágico. Con la niña en brazos
subí la escalinata. En lo alto salió á mi encuentro el coro angustiado
de las hermanas. Yo escuché su llanto y sus gritos, yo sentí la muda
interrogación de aquellos rostros pálidos que tenían el espanto en los
ojos. Los brazos se tendían hacia mí desesperados, y ellos recogieron el
cuerpo de la hermana, y lo llevaron hacia el Palacio. Yo quedé inmóvil,
sin valor para ir detrás, contemplando la sangre que tenía en las
manos. Desde el fondo de las estancias llegaba hasta mí el lloro de las
hermanas y los gritos ya roncos de aquella que clamaba enloquecida:
--¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!...
Sentí miedo. Bajé á las caballerizas y con ayuda de un criado enganché
los caballos á la silla de posta. Partí al galope. Al desaparecer bajo
el arco de la plaza, volví los ojos llenos de lágrimas para enviarle
un adiós al Palacio Gaetani. En la ventana, siempre abierta, me pareció
distinguir una sombra trágica y desolada. ¡Pobre sombra envejecida,
arrugada, miedosa que vaga todavía por aquellas estancias, y todavía
cree verme acechándola en la oscuridad! Me contaron que ahora, al cabo
de tantos años, ya repite sin pasión, sin duelo, con la monotonía de una
vieja que reza:
¡FUÉ SATANÁS!</small>
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JOSEPH MOJA
ORNAVIT
ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO
EN LA IMPRENTA HELÉNICA
DE MADRID Á XXX DÍAS
DEL MES DE MAYO
DE MCMXIII
AÑOS
* * * * *
Errores corregidos por el transcriptor del texto electónico:
que llenaba la capilla pidiendo=> que llenaban la capilla pidiendo {pg
94}
Al desaparer bajo el arco=> Al desaparecer bajo el arco {pg 217}
End of Project Gutenberg's Sonata de primavera, by Ramón del Valle-Inclán