COSTE DIECISEIS-REALES DE VELLON
PERLADO, PAEZ Y COMPAÑÍA, EDITORES.--MADRID
OPERA OMNIA
SONATA
DE
PRIMAVERA
MEMORIAS DEL
MARQVES
DE BRADOMIN
VOL V
SONATA DE PRIMAVERA
MEMORIAS DEL MARQVES
DE BRADOMIN
LAS PVBLICA
DON RAMON DEL VALLE-INCLAN
OPERA OMNIA
VOL V
DEDICATORIA
_NO hace todavía tres años vivía yo escribiendo novelas
por entregas, que firmaba orgulloso, no sé si por desdén si por
despecho. Me complacía dolorosamente la oscuridad de mi nombre y el
olvido en que todos me tenían. Hubiera querido entonces que los libros
estuviesen escritos en letra lombarda, como las antiguas ejecutorias, y
que sólo algunos iniciados pudiesen leerlas. Esta quimera ha sido para
mí como un talismán. Ella me ha guardado de las competencias mezquinas,
y por ella no he sentido las crueldades de una vida toda de dolor. Solo,
altivo y pobre he llegado á la literatura sin enviar mis libros á esos
que llaman críticos, y sin sentarme una sola vez en el corro donde á
diario alientan sus vanidades las hembras y los eunucos del Arte. De
alguien, sin embargo, he recibido protección tan generosa y noble,
que sin ella nunca hubiera escrito las MEMORIAS DEL MARQUÉS DE
BRADOMÍN. Tal protección, única en mi vida, fué de un gran literato
y de un gran corazón: He nombrado á Don José Ortega Munilla.
Hoy quiero ofrecerle este libro con aquel ingenuo y amoroso respeto que,
cuando yo era niño, ofrecían los pastores de los casales amigos el más
blanco de sus corderos en la casa de mi padre.
V.-I.
Real Sitio de Aranjuez.--Mayo de 1904._
SONETO
SONETO AUTUMNAL PARA EL SEÑOR MARQUÉS DE BRADOMÍN
MARQVÉS (COMO EL DIVINO
LO ERES) TE SALUDO!
_Es el Otoño y vengo de un Versalles doliente,
Hacía mucho frío y erraba vulgar gente,
El chorro de agua de Verlaine, estaba mudo.
Me quedé pensativo ante un mármol desnudo,
Cuando vi una paloma que cruzó de repente,
Y por caso de cerebración inconsciente,
Pensé en ti. Toda exégesis en este caso eludo.
Versalles melancólico, una paloma, un lindo
Mármol, un vulgo errante municipal y espeso,
Anteriores lecturas de tus sutiles prosas,
La reciente impresión de tus triunfos... Prescindo
De más detalles, para explicarte por eso
Como autumnal te envío este ramo de rosas._
RUBÉN DARÍO
[imagen: MI SANGRE SE DERRAMA POR LA CAZA QUE CAZO].
[imagen: MEMORIAS DEL MARQVÉS DE BRADOMÍN]
_NOTA_
_Estas páginas son un fragmento de las «Memorias Amables», que ya muy
viejo empezó á escribir en la emigración el Marqués de Bradomín. Un Don
Juan admirable. ¡El más admirable tal vez!..._
_Era feo, católico y sentimental._
MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN
ANOCHECÍA cuando la silla de posta traspuso la Puerta
Salaria y comenzamos á cruzar la campiña llena de misterio y de rumores
lejanos. Era la campiña clásica de las vides y de los olivos, con sus
acueductos ruinosos, y sus colinas que tienen la graciosa ondulación de
los senos femeninos. La silla de posta caminaba por una vieja calzada:
Las mulas del tiro sacudían pesadamente las colleras, y el golpe alegre
y desigual de los cascabeles despertaba un eco en los floridos olivares.
Antiguos sepulcros orillaban el camino y mustios cipreses dejaban caer
sobre ellos su sombra venerable.
La silla de posta seguía siempre la vieja calzada, y mis ojos fatigados
de mirar en la noche, se cerraban con sueño. Al fin quedéme dormido, y
no desperté hasta cerca del amanecer, cuando la luna, ya muy pálida, se
desvanecía en el cielo. Poco después, todavía entumecido por la quietud
y el frío de la noche, comencé á oir el canto de madrugueros gallos, y
el murmullo bullente de un arroyo que parecía despertarse con el sol. A
lo lejos, almenados muros se destacaban negros y sombríos sobre celajes
de frío azul. Era la vieja, la noble, la piadosa ciudad de Ligura.
Entramos por la Puerta Lorencina. La silla de posta caminaba lentamente,
y el cascabeleo de las mulas hallaba un eco burlón, casi sacrílego, en
las calles desiertas donde crecía la yerba. Tres viejas, que parecían
tres sombras, esperaban acurrucadas á la puerta de una iglesia todavía
cerrada, pero otras campanas distantes ya tocaban á la misa de alba. La
silla de posta seguía una calle de huertos, de caserones y de conventos,
una calle antigua, enlosada y resonante. Bajo los aleros sombríos
revoloteaban los gorriones, y en el fondo de la calle el farol de una
hornacina agonizaba. El tardo paso de las mulas me dejó vislumbrar una
Madona: Sostenía al Niño en el regazo, y el Niño, riente y desnudo,
tendía los brazos para alcanzar un pez que los dedos virginales de la
madre le mostraban en alto, como en un juego cándido y celeste. La
silla de posta se detuvo. Estábamos á las puertas del Colegio Clementino.
Ocurría esto en los felices tiempos del Papa-Rey, y el Colegio
Clementino conservaba todas sus premáticas, sus fueros y sus rentas.
Todavía era retiro de ilustres varones, todavía se le llamaba noble
archivo de las ciencias. El rectorado ejercíalo desde hacía muchos años
un ilustre prelado: Monseñor Estefano Gaetani, obispo de Betulia, de la
familia de los Príncipes Gaetani. Para aquel varón, lleno de evangélicas
virtudes y de ciencia teológica, llevaba yo el capelo cardenalicio. Su
Santidad había querido honrar mis juveniles años, eligiéndome entre sus
guardias nobles, para tan alta misión. Yo soy Bibiena di Rienzo, por la
línea de mi abuela paterna. Julia Aldegrina, hija del Príncipe Máximo
de Bibiena, que murió en 1770, envenenado por la famosa comedianta
Simoneta la Corticelli, que tiene un largo capítulo en las Memorias del
Caballero de Sentgal.
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DOS BEDELES con sotana y birreta paseábanse en el
claustro. Eran viejos y ceremoniosos. Al verme entrar corrieron á mi
encuentro:
--¡Una gran desgracia, Excelencia! ¡Una gran desgracia!
Me detuve, mirándoles alternativamente:
--¿Qué ocurre?
Los dos bedeles suspiraron. Uno de ellos comenzó:
--Nuestro sabio rector...
Y el otro, lloroso y doctoral, rectificó:
--¡Nuestro amantísimo padre, Excelencia!... Nuestro amantísimo padre,
nuestro maestro, nuestro guía, está en trance de muerte. Ayer sufrió un
accidente hallándose en casa de su hermana...
Y aquí el otro bedel, que callaba enjugándose los ojos, rectificó á su
vez:
--La Señora Princesa Gaetani. Una dama española que estuvo casada con el
hermano mayor de Su Ilustrísima. El Príncipe Filipo Gaetani. Aún no hace
el año que falleció en una cacería. ¡Otra gran desgracia, Excelencia!
Yo interrumpí un poco impaciente:
--¿Monseñor ha sido trasladado al Colegio?
--No lo ha consentido la Señora Princesa. Ya os digo que está en trance
de muerte.
Inclinéme con solemne pesadumbre:
--¡Acatemos la voluntad de Dios!
Los dos bedeles se santiguaron devotamente. Allá en el fondo del
claustro resonaba un campanilleo argentino, grave, litúrgico. Era
el viático para Monseñor, y los bedeles se quitaron las birretas.
Poco después, bajo los arcos, comenzaron á desfilar los colegiales:
Humanistas y teólogos, doctores y bachilleres formaban larga procesión.
Salían por un arco divididos en dos hileras, y rezaban con sordo rumor.
Sus manos cruzadas sobre el pecho, oprimían las birretas, mientras las
flotantes becas barrían las losas. Yo hinqué una rodilla en tierra y
los miré pasar. Bachilleres y doctores también me miraban. Mi manto de
guardia noble pregonaba quién era yo, y ellos lo comentaban en voz baja.
Cuando pasaron todos, me levanté y seguí detrás.
La campanilla del viático ya resonaba en el confín de la calle. De
tiempo en tiempo algún viejo devoto salía de su casa con un farol
encendido, y haciendo la señal de la cruz se incorporaba al cortejo.
Nos detuvimos en una plaza solitaria, frente á un palacio que tenía
todas las ventanas iluminadas. Lentamente el cortejo penetró en el ancho
zaguán. Bajo la bóveda, el rumor de los rezos se hizo más grave, y el
argentino son de la campanilla revoloteaba glorioso sobre las voces
apagadas y contritas.
Subimos la señorial escalera. Hallábanse francas todas las puertas,
y viejos criados con hachas de cera nos guiaron á través de los
salones desiertos. La cámara donde agoniza Monseñor Estefano Gaetani
estaba sumida en religiosa oscuridad. El noble prelado yacía sobre un
lecho antiguo con dosel de seda. Tenía cerrados los ojos: Su cabeza
desaparecía en el hoyo de las almohadas, y su corvo perfil de patricio
romano destacábase en la penumbra, inmóvil, blanco, sepulcral, como el
perfil de las estatuas yacentes. En el fondo de la estancia, donde había
un altar, rezaban arrodilladas la Princesa y sus cinco hijas.
La Princesa Gaetani era una dama todavía hermosa, blanca y rubia: Tenía
la boca muy roja, las manos como de nieve, dorados los ojos y dorado
el cabello. Al verme clavó en mí una larga mirada y sonrió con amable
tristeza. Yo me incliné y volví á contemplarla. Aquella Princesa Gaetani
me recordaba el retrato de María de Médicis, pintado cuando sus bodas
con el Rey de Francia, por Pedro Pablo Rubens.
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MONSEÑOR apenas pudo entreabrir los ojos y alzarse sobre
las almohadas cuando el sacerdote que llevaba el viático se acercó á
su lecho: Recibida la comunión, su cabeza volvió á caer desfallecida,
mientras sus labios balbuceaban una oración latina, fervorosos y torpes.
El cortejo comenzó á retirarse en silencio: Yo también salí de la
alcoba. Al cruzar la antecámara, acercóse á mí un familiar de Monseñor:
--¿Vos, sin duda, sois el enviado de Su Santidad?...
--Así es: Soy el Marqués de Bradomín.
--La Princesa acaba de decírmelo...
--¿La Princesa me conoce?
--Ha conocido á vuestros padres.
--¿Cuándo podré ofrecerle mis respetos?
--La Princesa desea hablaros ahora mismo.
Nos apartamos para seguir la plática en el hueco de una ventana. Cuando
desfilaron los últimos colegiales y quedó desierta la antecámara, miré
instintivamente hacia la puerta de la alcoba, y vi á la Princesa que
salía rodeada de sus hijas, enjugándose los ojos con un pañuelo de
encajes. Me acerqué y le besé la mano. Ella murmuró débilmente:
--¡En qué triste ocasión vuelvo á verte, hijo mío!
La voz de la Princesa Gaetani despertaba en mi alma un mundo de
recuerdos lejanos que tenían esa vaguedad risueña y feliz de los
recuerdos infantiles. La Princesa continuó:
--¿Qué sabes de tu madre? De niño te parecías mucho á ella, ahora no...
¡Cuántas veces te tuve en mi regazo! ¿No te acuerdas de mí?
Yo murmuré indeciso:
--Me acuerdo de la voz...
Y callé evocando el pasado. La Princesa Gaetani me contemplaba
sonriendo, y de pronto, en el dorado misterio de sus ojos, yo adiviné
quién era. Á mi vez sonreí: Ella entonces me dijo:
--¿Ya te acuerdas?
--Sí...
--¿Quién soy?
Volví á besar su mano, y luego respondí:
--La hija del Marqués de Agar...
Sonrió tristemente recordando su juventud, y me presentó á sus hijas:
--María del Rosario, María del Carmen, María del Pilar, María de la
Soledad, María de las Nieves... Las cinco son Marías.
Con una sola y profunda reverencia las salude á todas. La mayor, María
del Rosario, era una mujer de veinte años, y la más pequeña, María de
las Nieves, una niña de cinco. Todas me parecieron bellas y gentiles.
María del Rosario era pálida, con los ojos negros, llenos de luz
ardiente y lánguida. Las otras, en todo semejantes á su madre, tenían
dorados los ojos y el cabello. La Princesa tomó asiento en un ancho
sofá de damasco carmesí, y empezó á hablarme en voz baja. Sus hijas se
retiraron en silencio, despidiéndose de mí con una sonrisa, que era á la
vez tímida y amable. María del Rosario salió la última. Creo que además
de sus labios me sonrieron sus ojos, pero han pasado tantos años, que
no puedo asegurarlo. Lo que recuerdo todavía es que viéndola alejarse,
sentí que una nube de vaga tristeza me cubría el alma. La Princesa
se quedó un momento con la mirada fija en la puerta por donde habían
desaparecido sus hijas, y luego, con aquella sonrisa de dama amable y
devota, me dijo:
--¡Ya las conoces!
Yo me incliné:
--¡Son tan bellas como su madre!
--Son muy buenas y eso vale más.
Yo guardé silencio, porque siempre he creído que la bondad de las
mujeres es todavía más efímera que su hermosura. Aquella pobre señora
creía lo contrario, y continuó:
--María Rosario entrará en un convento dentro de pocos días. ¡Dios la
haga llegar á ser otra Beata Francisca Gaetani!
Yo murmuré con solemnidad:
--¡Es una separación tan cruel como la muerte!
La Princesa me interrumpió vivamente:
--Sin duda que es un dolor muy grande, pero también es un consuelo saber
que las tentaciones y los riesgos del mundo no existen para ese ser
querido. Si todas mis hijas entrasen en un convento, yo las seguiría
feliz... ¡Desgraciadamente no son todas como María Rosario!
Calló, suspirando con la mirada abstraída, y en el fondo dorado de sus
ojos yo creí ver la llama de un fanatismo trágico y sombrío. En aquel
momento, uno de los familiares que velaban á Monseñor Gaetani asomóse
á la puerta de la alcoba, y allí estuvo sin hacer ruido, dudoso de
turbar nuestro silencio, hasta que la Princesa se dignó interrogarle,
suspirando entre desdeñosa y afable:
--¿Qué ocurre, Don Antonino?
Don Antonino sonrió con beatitud:
--Ocurre, Excelencia, que Monseñor desea hablar al enviado de Su
Santidad.
--¿Sabe que está aquí?
--Lo sabe, sí, Excelencia. Le ha visto cuando recibió la Santa Unción.
Aun cuando pudiera parecer lo contrario, Monseñor no ha perdido el
conocimiento un solo instante.
Á todo esto yo me había puesto en pie. La Princesa me alargó su mano,
que todavía en aquel trance supe besar con más galantería que respeto, y
entré en la cámara donde agonizaba Monseñor.
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EL NOBLE prelado fijó en mí los ojos moribundos y quiso
bendecirme, pero su mano cayó desfallecida á lo largo del cuerpo, al
mismo tiempo que una lágrima le resbalaba lenta y angustiosa por la
mejilla. En el silencio de la cámara, sólo el resuello de su respiración
se escuchaba. Al cabo de un momento pudo decir con afanoso balbuceo:
--Señor Capitán, quiero que llevéis el testimonio de mi gratitud al
Santo Padre...
Calló, y estuvo largo espacio con los ojos cerrados. Sus labios secos
y azulencos, parecían agitados por el temblor de un rezo. Al abrir de
nuevo los ojos, continuó:
--Mis horas están contadas. Los honores, las grandezas, las jerarquías,
todo cuanto ambicioné durante mi vida, en este momento se esparce
como vana ceniza ante mis ojos de moribundo. Dios Nuestro Señor no me
abandona, y me muestra la aspereza y desnudez de todas las cosas...
Me cercan las sombras de la Eternidad, pero mi alma se ilumina
interiormente con las claridades divinas de la Gracia...
Otra vez tuvo que interrumpirse, y falto de fuerzas cerró los ojos.
Uno de los familiares acercóse y le enjugó la frente sudorosa con un
pañuelo de fina batista. Después, dirigiéndose á mí, murmuró en voz baja:
--Señor Capitán, procurad que no hable.
Yo asentí con un gesto. Monseñor abrió los ojos, y nos miró á los dos.
Un murmullo apagado salió de sus labios: Me incliné para oirle, pero
no pude entender lo que decía. El familiar me apartó suavemente, y
doblándose á su vez sobre el pecho del moribundo, pronunció con amable
imperio:
--¡Ahora es preciso que descanse Su Ilustrísima! No habléis...
El prelado hizo un gesto doloroso. El familiar volvió á pasarle el
pañuelo por la frente, y al mismo tiempo, sus ojos sagaces de clérigo
italiano, me indicaban que no debía continuar allí. Como ello era
también mi deseo, le hice una cortesía y me alejé. El familiar ocupo
un sillón que había cercano á la cabecera, y recogiendo suavemente los
hábitos, se dispuso á meditar, ó acaso á dormir, pero en aquel momento
advirtió Monseñor que yo me retiraba, y alzándose con supremo esfuerzo,
me llamó:
--¡No te vayas, hijo mío! Quiero que lleves mi confesión al Santo Padre.
Esperó á que nuevamente me acercase, y con los ojos fijos en el cándido
altar que había en un extremo de la cámara, comenzó:
--¡Dios mío, que me sirva de penitencia el dolor de mi culpa y la
vergüenza que me causa confesarla!
Los ojos del prelado estaban llenos de lágrimas. Era afanosa y ronca
su voz. Los familiares se congregaban en torno del lecho. Sus frentes
inclinábanse al suelo: Todos aparentaban una gran pesadumbre, y
parecían de antemano edificados por aquella confesión que intentaba
hacer ante ellos el moribundo obispo de Betulia. Yo me arrodillé. El
prelado rezaba en silencio, con los ojos puestos en el crucifijo que
había en el altar. Por sus mejillas descarnadas las lágrimas corrían
hilo á hilo. Al cabo de un momento, comenzó:
--Nació mi culpa cuando recibí las primeras cartas donde mi amigo,
Monseñor Ferrati, me anunciaba el designio que de otorgarme el capelo
tenía Su Santidad. ¡Cuán flaca es nuestra humana naturaleza, y cuán
frágil el barro de que somos hechos! Creí que mi estirpe de Príncipes
valía más que la ciencia y que la virtud de otros varones: Nació en mi
alma el orgullo, el más fatal de los consejeros humanos, y pensé que
algún día seríame dado regir á la Cristiandad. Pontífices y Santos
hubo en mi casa, y juzgué que podía ser como ellos. ¡De esta suerte nos
ciega Satanás! Sentíame viejo y esperé que la muerte allanase mi camino.
Dios Nuestro Señor no quiso que llegase á vestir la sagrada púrpura, y,
sin embargo, cuando llegaron inciertas y alarmantes noticias, yo temí
que hiciese naufragar mis esperanzas la muerte que todos temían de Su
Santidad... ¡Dios mío, he profanado tu altar rogándote que reservases
aquella vida preciosa porque, segada en más lejanos días, pudiera serme
propicia su muerte! ¡Dios mío, cegado por el Demonio, hasta hoy no he
tenido conciencia de mi culpa! ¡Señor, tú que lees en el fondo de las
almas, tú que conoces mi pecado y mi arrepentimiento, devuélveme tu
Gracia!
Calló, y un largo estremecimiento de agonía recorrió su cuerpo. Había
hablado con apagada voz, impregnada de apacible y sereno desconsuelo. La
huella de sus ojeras se difundió por la mejilla, y sus ojos, cada vez
más hundidos en las cuencas, se nublaron con una sombra de muerte. Luego
quedó estirado, rígido, indiferente, la cabeza torcida, entreabierta
la boca por la respiración, el pecho agitado. Todos permanecimos de
rodillas, irresolutos, sin osar llamarle ni movernos, por no turbar
aquel reposo que nos causaba horror. Allá abajo exhalaba su perpetuo
sollozo la fuente que había en medio de la plaza, y se oían las voces
de unas niñas que jugaban á la rueda: Cantaban una antigua letra de
cadencia lánguida y nostálgica. Un rayo de sol, abrileño y matinal,
brillaba en los vasos sagrados del altar, y los familiares rezaban en
voz baja, edificados por aquellos devotos escrúpulos que torturaban el
alma cándida del prelado... Yo, pecador de mí, empezaba á dormirme, que
había corrido toda la noche en silla de posta, y cansa cuando es larga
una jornada.
AL SALIR de la cámara donde agonizaba Monseñor Gaetani,
halléme con un viejo mayordomo que me esperaba en la puerta.
--Excelencia, mí Señora la Princesa, me envía para que os muestre
vuestras habitaciones.
Yo apenas pude reprimir un estremecimiento. En aquel instante, no sé
decir qué vago aroma primaveral traía á mi alma el recuerdo de las cinco
hijas de la Princesa. Mucho me alegraba la idea de vivir en el Palacio
Gaetani, y, sin embargo, tuve valor para negarme:
--Decid á vuestra Señora la Princesa Gaetani, que me hospedo en el
Colegio Clementino.
El mayordomo pareció consternado:
--Excelencia, creedme que la causáis una gran contrariedad. En fin, si
os negáis, tengo orden de llevarle recado. Os dignaréis esperar algunos
momentos. Está terminando de oír misa.
Yo hice un gesto de resignación:
--No le digáis nada. Dios me perdonará si prefiero este Palacio, con sus
cinco doncellas encantadas, á los graves teólogos del Colegio Clementino.
El mayordomo me miró con asombro, como si dudase de mi juicio.
Después mostró deseos de hablarme, pero tras algunas vacilaciones,
terminó indicándome el camino, acompañando la acción tan sólo con una
sonrisa. Yo le seguí. Era un viejo rasurado, vestido con largo levitón
eclesiástico que casi le rozaba los zapatos, ornados con hebillas de
plata. Se llamaba Polonio, andaba en la punta de los pies, sin hacer
ruido, y á cada momento se volvía para hablarme en voz baja y llena de
misterio:
--Pocas esperanzas hay de que Monseñor reserve la vida...
Y después de algunos pasos:
--Yo tengo ofrecida una novena á la Santa Madona.
Y un poco más allá, mientras levantaba una cortina:
--No estaba obligado á menos. Monseñor me había prometido llevarme á
Roma.
Y volviendo á continuar la marcha:
--¡No lo quiso Dios!... ¡No lo quiso Dios!...
De esta suerte atravesamos la antecámara, y un salón casi oscuro y
una biblioteca desierta. Allí el mayordomo se detuvo, palpándose las
faltriqueras de su calzón, ante una puerta cerrada:
--¡Válgame Dios!... He perdido mis llaves...
Todavía continuó registrándose: Al cabo dió con ellas, abrió y apartóse
dejándome paso:
--La Señora Princesa desea que dispongáis del salón, de la biblioteca y
de esta cámara.
Yo entré. Aquella estancia me pareció en todo semejante á la cámara
en que agonizaba Monseñor Gaetani. También era honda y silenciosa, con
antiguos cortinajes de damasco carmesí. Arrojé sobre un sillón mi manto
de guardia noble, y me volví mirando los cuadros que colgaban de los
muros. Eran antiguos lienzos de la escuela florentina, que representaban
escenas bíblicas:--Moisés salvado de las aguas, Susana y los ancianos,
Judith con la cabeza de Holofernes.--Para que pudiese verlos mejor, el
mayordomo corrió de un lado al otro levantando todos los cortinajes de
las ventanas. Después me dejó contemplarlos en silencio: Andaba detrás
de mí como una sombra, sin dejar caer de los labios la sonrisa, una
vaga sonrisa doctoral. Cuando juzgó que los había mirado á todo sabor y
talante, acercóse en la punta de los pies y dejó oír su voz cascada,
más amable y misteriosa que nunca:
--¿Qué os parece? Son todos de la misma mano... ¡Y qué mano!...
Yo le interrumpí:
--¿Sin duda, Andrea del Sarto?
El Señor Polonio adquirió un continente grave, casi solemne:
--Atribuídos á Rafael.
Me volví á dirigirles una nueva ojeada, y el Señor Polonio continuó:
--Reparad que tan sólo digo atribuídos. En mi humilde parecer valen más
que si fuesen de Rafael... ¡Yo los creo del Divino!
--¿Quién es el Divino?
El mayordomo abrió los brazos definitivamente consternado:
--¿Y vos me lo preguntáis, Excelencia? ¡Quién puede ser sino Leonardo
de Vinci!...
Y guardó silencio, contemplándome con verdadera lástima. Yo apenas
disimulé una sonrisa burlona: el Señor Polonio aparentó no verla, y,
sagaz como un cardenal romano, comenzó á adularme:
--Hasta hoy no había dudado... Ahora os confieso que dudo. Excelencia,
acaso tengáis razón. Andrea del Sarto pintó mucho en el taller de
Leonardo, y sus cuadros de esa época se parecen tanto, que más de una
vez han sido confundidos... En el mismo Vaticano hay un ejemplo: La
Madona de la Rosa. Unos la juzgan del Vinci y otros del Sarto. Yo la
creo del marido de doña Lucrecia del Fede, pero tocada por el Divino. Ya
sabéis que era cosa frecuente entre maestros y discípulos.
Yo le escuchaba con un gesto de fatiga. El Señor Polonio, al terminar
su oración, me hizo una profunda reverencia, y corrió con los brazos en
alto, de una en otra ventana, soltando los cortinajes. La cámara quedó
en una media luz, propicia para el sueño. El Señor Polonio se despidió
en voz baja, como si estuviese en una capilla, y salió sin ruido,
cerrando tras sí la puerta... Era tanta mi fatiga, que dormí hasta la
caída de la tarde. Me desperté soñando con María Rosario.
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LA BIBLIOTECA tenía tres puertas que daban sobre una
terraza de mármol. En el jardín las fuentes repetían el comentario
voluptuoso que parecen hacer á todos los pensamientos de amor, sus voces
eternas y juveniles. Al inclinarme sobre la balaustrada, yo sentí que
el hálito de la Primavera me subía al rostro. Aquel viejo jardín de
mirtos y de laureles mostrábase bajo el sol poniente lleno de gracia
gentílica. En el fondo, caminando por los tortuosos senderos de un
laberinto, las cinco hermanas se aparecían con las faldas llenas de
rosas, como en una fábula antigua. A lo lejos, surcado por numerosas
velas latinas que parecían de ámbar, extendíase el Mar Tirreno. Sobre la
playa de dorada arena morían mansas las olas, y el son de los caracoles,
con que anunciaban los pescadores su arribada á la playa, y el ronco
canto del mar, parecían acordarse con la fragancia de aquel jardín
antiguo donde las cinco hermanas se contaban sus sueños juveniles á la
sombra de los rosáceos laureles.
Se habían sentado en un gran banco de piedra á componer sus ramos. Sobre
el hombro de María Rosario estaba posada una paloma, y en aquel cándido
suceso yo hallé la gracia y el misterio de una alegoría. Tocaban á
fiesta unas campanas de aldea, y la iglesia se perfilaba á lo lejos, en
lo alto de una colina verde, rodeada de cipreses. Salía la procesión,
que anduvo alrededor de la iglesia, y distinguíanse las imágenes en
sus andas, con los mantos bordados que brillaban al sol, y los rojos
pendones parroquiales que iban delante, flameando victoriosos como
triunfos litúrgicos. Las cinco hermanas se arrodillaron sobre la yerba,
y juntaron las manos llenas de rosas.
Los mirlos cantaban en las ramas, y sus cantos se respondían
encadenándose en un ritmo remoto, como las olas del mar. Las cinco
hermanas habían vuelto á sentarse: Tejían sus ramos en silencio, y entre
la púrpura de las rosas revoloteaban como albas palomas sus manos, y los
rayos del sol que pasaban á través del follaje, temblaban en ellas como
místicos haces encendidos. Los tritones y las sirenas de las fuentes
borboteaban su risa quimérica, y las aguas de plata corrían con juvenil
murmullo por las barbas limosas de los viejos monstruos marinos, que se
inclinaban para besar á las sirenas, presas en sus brazos. Las cinco
hermanas se levantaron para volver al Palacio. Caminaban lentamente por
los senderos del laberinto como princesas encantadas que acarician un
mismo ensueño. Cuando hablaban, el rumor de sus voces se perdía en los
rumores de la tarde, y sólo la onda primaveral de sus risas se levantaba
armónica bajo la sombra de los clásicos laureles.
Cuando penetré en el salón de la Princesa ya estaban las luces
encendidas. En medio del silencio resonaba llena de gravedad la voz
de un Colegial Mayor, que conversaba con las señoras que componían la
tertulia de la Princesa Gaetani. El salón era dorado y de un gusto
francés, femenino y lujoso. Amorcillos con guirnaldas, ninfas vestidas
de encajes, galantes cazadores y venados de enramada cornamenta,
poblaban la tapicería del muro, y sobre las consolas, en graciosos
grupos de porcelana, duques pastores ceñían el florido talle de
marquesas aldeanas. Yo me detuve un momento en la puerta. Al verme, las
damas que ocupaban el estrado sonrieron y el Colegial Mayor se puso en
pie:
--Permítame el Señor Capitán que le salude en nombre de todo el Colegio
Clementino.
Y me alargó su mano carnosa y blanca, que parecía reclamar la pastoral
amatista. Por privilegio pontificio vestía beca de terciopelo que
realzaba su figura prócer y llena de majestad. Era un hombre joven,
pero con los cabellos blancos. Tenía los ojos llenos de fuego, la nariz
aguileña y la boca de estatua, firme y bien dibujada. La Princesa me lo
presentó con un gesto lleno de languidez sentimental:
--Monseñor Antonelli. ¡Un sabio y un santo!
Yo me incliné:
--Sé, Princesa, que los cardenales romanos le consultan las más arduas
cuestiones teológicas, y la fama de sus virtudes á todas partes llega...
El Colegial interrumpió con su grave voz, reposada y amable:
--No soy más que un filósofo, entendiendo la filosofía como la
entendían los antiguos: Amor á la sabiduría.
Después, volviendo á sentarse, continuó:
--¿Habéis visto á Monseñor Gaetani? ¡Qué desgracia! ¡Tan grande como
impensada!...
Todos guardamos un silencio triste. Dos señoras ancianas, las dos
vestidas de seda con noble severidad, interrogaron á un mismo tiempo y
con la misma voz:
--¿No hay esperanzas?
La Princesa suspiró:
--No las hay... Solamente un milagro:
De nuevo volvió el silencio. En el otro extremo del salón las hijas
de la Princesa bordaban un paño de tisú, las cinco sentadas en rueda.
Hablaban en voz baja las unas con las otras, y sonreían con las cabezas
inclinadas: Sólo María Rosario permanecía silenciosa, y bordaba
lentamente como si soñase. Temblaba en las agujas el hilo de oro, y
bajo los dedos de las cinco doncellas nacían las rosas y los lirios
de la flora celeste que puebla los paños sagrados. De improviso, en
medio de aquella paz, resonaron tres aldabadas. La Princesa palideció
mortalmente: Los demás no hicieron sino mirarse. El Colegial Mayor se
puso en pie:
--Permitirán que me retire: No creí que fuese tan tarde... ¿Cómo han
cerrado ya las puertas?
La Princesa repuso temblando:
--No las han cerrado.
Y las dos ancianas vestidas de seda negra, susurraron:
--¡Algún insolente!
Cambiaron entre ellas una mirada tímida, como para infundirse ánimo,
y quedaron atentas, con un ligero temblor. Las aldabadas volvían á
sonar, pero esta vez era dentro del Palacio Gaetani. Una ráfaga pasó por
el salón y apagó algunas luces. La Princesa lanzó un grito. Todos la
rodeamos: Ella nos miraba con los labios trémulos y los ojos asustados:
Insinuó una voz:
--Cuando murió el Príncipe Filipo, ocurrió esto... ¡Y él lo contaba de
su padre!
En aquel momento el Señor Polonio apareció en la puerta del salón, y
en ella se detuvo. La Princesa incorporóse en el sofá, y se enjugó los
ojos: Después, con noble entereza, le interrogó:
--¿Ha muerto?
El mayordomo inclinó la frente:
--¡Ya goza de Dios!
Una onda de gemidos se levantó en el estrado. Las damas rodearon á la
Princesa, y el Colegial Mayor se santiguó.
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MARÍA ROSARIO, con los ojos arrasados de lágrimas
guardaba lentamente sus agujas y su hilo de oro. Yo la veía en el otro
extremo del salón, inclinada sobre un menudo y cincelado cofre que
sostenía abierto en el regazo: Sin duda rezaba en voz baja, porque sus
labios se movían débilmente. En su mejilla temblaba la sombra de las
pestañas, y yo sentía que en el fondo de mi alma aquel rostro pálido
temblaba con el encanto misterioso y poético que tiembla en el fondo de
un lago, el rostro de la luna. María Rosario cerró el cofre, y dejando
en él la llave de oro, lo puso sobre la alfombra para tomar en brazos á
la más niña de sus hermanas que lloraba asustada. Después se inclinó,
besándola. Yo veía cómo la infantil y rubia guedeja de María Nieves
desbordaba sobre el brazo de María Rosario, y hallaba en aquel grupo la
gracia cándida de esos cuadros antiguos que pintaron los monjes devotos
de la Virgen. La niña murmuró:
--¡Tengo sueño!...
--¿Quieres que llame á tu doncella para que te acueste?
--Malvina me deja sola. Se figura que estoy durmiendo y se va muy
despacio, y cuando estoy sola tengo miedo.
María Rosario alzóse con la niña en brazos, y como una sombra silenciosa
y pálida atravesó el salón. Yo acudí presuroso á levantar el cortinaje
de la puerta. María Rosario pasó con los ojos bajos, sin mirarme: La
niña, en cambio, volvió hacia mí sus claras pupilas llenas de lágrimas,
y me dijo con una voz muy tenue:
--Buenas noches, Marqués, hasta mañana.
--Adiós, preciosa.
Y con el alma herida por el desdén que María Rosario me mostrara, volví
al estrado, donde la Princesa seguía con el pañuelo sobre los ojos. Las
ancianas de su tertulia la rodeaban, y de tiempo en tiempo se volvían
aconsejadoras y prudentes para hablar en voz baja con las niñas, que
también suspiraban, pero con menos dolor que su madre:
--Hijas mías, debéis hacer que se acueste.
--Hay que disponer los lutos.
--¿Dónde ha ido María Rosario?
El Colegial Mayor también dejaba oir alguna vez su voz grave y amable:
Cada palabra suya producía un murmullo de admiración entre las señoras.
La verdad es que cuanto manaba de sus labios parecía lleno de ciencia
teológica y de unción cristiana. De rato en rato fijaba en mí una mirada
rápida y sagaz, y yo comprendía, con un estremecimiento, que aquellos
ojos negros querían leer en mi alma. Yo era el único que allí permanecía
silencioso, y acaso el único que estaba triste. Adivinaba, por primera
vez en mi vida, todo el influjo galante de los prelados romanos, y
acudía á mi memoria la leyenda de sus fortunas amorosas. Confieso que
hubo instantes donde olvidé la ocasión, el sitio y hasta los cabellos
blancos que peinaban aquellas nobles damas, y que tuve celos, celos
rabiosos del Colegial Mayor. De pronto me estremecí: Hacía un momento
que callaban todos, y en medio del silencio, el Colegial se acercaba á
mí: Posó familiar su diestra sobre mi hombro, y me dijo:
--Caro Marqués, es preciso enviar un correo á Su Santidad.
Yo me incliné:
--Tenéis razón, Monseñor.
Y él repuso con extremada cortesía:
--Me congratula que seáis del mismo consejo... ¡Qué gran desgracia,
Marqués!
--¡Muy grande, Monseñor!
Nos miramos de hito en hito, con un profundo convencimiento de que
fingíamos por igual, y nos separamos. El Colegial Mayor volvió al
lado de la Princesa, y yo salí del salón para escribir al Cardenal
Camarlengo, que lo era entonces Monseñor Sassoferrato.
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MARÍA ROSARIO, en aquella hora, tal vez estaba velando
el cadáver de Monseñor Gaetani! Tuve este pensamiento al entrar en la
biblioteca, llena de silencio y de sombras. Vino del mundo lejano, y
pasó sobre mi alma como soplo de aire sobre un lago de misterio. Sentí
en las sienes el frío de unas manos mortales, y, estremecido, me puse de
pie. Quedó abandonado sobre la mesa el pliego de papel, donde solamente
había trazado la cruz, y dirigí mis pasos hacia la cámara mortuoria. El
olor de la cera llenaba el Palacio. Criados silenciosos velaban en los
largos corredores, y en la antecámara paseaban dos familiares, que me
saludaron con una inclinación de cabeza. Sólo se oía el rumor de sus
pisadas y el chisporroteo de los cirios que ardían en la alcoba.
Yo llegué hasta la puerta y me detuve: Monseñor Gaetani yacía rígido
en su lecho, amortajado con hábito franciscano: En las manos yertas
sostenía una cruz de plata, y sobre su rostro marfileño la llama de los
cirios, tan pronto ponía un resplandor como una sombra. Allá en el fondo
de la estancia rezaba María Rosario: Yo permanecí un momento mirándola:
Ella levantó los ojos, se santiguó tres veces, besó la cruz de sus
dedos, y poniéndose en pie vino hacia la puerta:
--¿Marqués, queda mi madre en el salón?
--Allí la dejé...
--Es preciso que descanse, porque ya lleva así dos noches... ¡Adiós,
Marqués!
--¿No queréis que os acompañe?
Ella se volvió:
--Acompañadme, sí... La verdad es que María Nieves me ha contagiado su
miedo...
Atravesamos la antecámara. Los familiares detuvieron un momento el
silencioso pasear, y sus ojos inquisidores nos siguieron hasta la
puerta. Salimos al corredor, que estaba sólo, y sin poder dominarme
estreché una mano de María Rosario, y quise besarla, pero ella la retiró
con vivo enojo:
--¿Qué hacéis?
--¡Que os adoro! ¡Que os adoro!
Asustada, huyó por el largo corredor. Yo la seguí.
--¡Os adoro! ¡Os adoro!
Mi aliento casi rozaba su nuca, que era blanca como la de una estatua, y
exhalaba no sé qué aroma de flor y de doncella.
--¡Os adoro! ¡Os adoro!
Ella suspiró con angustia:
--¡Dejadme! ¡Por favor, dejadme!
Y sin volver la cabeza, azorada, trémula, huía por el corredor. Sin
aliento y sin fuerzas se detuvo en la puerta del salón. Yo todavía
murmuré á su oído:
--¡Os adoro! ¡Os adoro!
María Rosario se pasó la mano por los ojos y entró. Yo entré detrás
atusándome el mostacho. María Rosario se detuvo bajo la lámpara y me
miró con ojos asustados, enrojeciendo de pronto: Luego quedó pálida,
pálida como la muerte. Vacilando se acercó á sus hermanas, y tomó
asiento entre ellas, que se inclinaron en sus sillas para interrogarla:
Apenas respondía. Se hablaban en voz baja con tímida mesura, y en los
momentos de silencio oíase el péndulo de un reloj. Poco á poco había ido
menguando la tertulia: Solamente quedaban aquellas dos señoras de los
cabellos blancos y los vestidos de gro negro. Ya cerca de media noche la
Princesa consintió en retirarse á descansar, pero sus hijas continuaron
en el salón, velando hasta el día, acompañadas por las dos señoras, que
contaban historias de su juventud: Recuerdos de antiguas modas femeninas
y de las guerras de Bonaparte. Yo escuchaba distraído, y desde el fondo
de un sillón, oculto en la sombra, contemplaba á María Rosario: Parecía
sumida en un ensueño: Su boca, pálida de ideales nostalgias, permanecía
anhelante como si hablase con las almas invisibles, y sus ojos
inmóviles, abiertos sobre el infinito, miraban sin ver. Al contemplarla,
yo sentía que en mi corazón se levantaba el amor, ardiente y trémulo
como una llama mística. Todas mis pasiones se purificaban en aquel fuego
sagrado y aromaban como gomas de Arabia. ¡Han pasado muchos años, y
todavía el recuerdo me hace suspirar!
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YA CERCA del amanecer me retiré á la biblioteca. Era
forzoso escribir al Cardenal Camarlengo, y decidí hacerlo en aquellas
horas de monótona tristeza, cuando todas las campanas de Ligura se
despertaban tocando á muerto, y prestes y arciprestes encomendaban á
Dios el alma del difunto Obispo de Betulia.
En mi carta, dile á Monseñor Sassoferrato cuenta de todo muy
extensamente, y luego de haber lacrado y puesto los cinco sellos con
las armas pontificias, llamé al mayordomo y le entregué el pliego, para
que sin pérdida de momento, un correo lo llevase á Roma. Hecho esto,
me dirigí al oratorio de la Princesa, donde sin intervalo se sucedían
las misas desde antes de rayar el sol. Primero habían celebrado los
familiares que velaran el cadáver de Monseñor Gaetani, después los
capellanes de la casa, y luego algún obeso colegial mayor que llegaba
apresurado y jadeante. La Princesa había mandado franquear las puertas
del Palacio, y á lo largo de los corredores sentíase el sordo murmullo
del pueblo que entraba á visitar el cadáver. Los criados vigilaban en
las antesalas, y los acólitos pasaban y repasaban con su ropón rojo y su
roquete blanco, metiéndose á empujones por entre los devotos.
Al entrar en el oratorio mi corazón palpitó. Allí estaba María Rosario,
y cercano á ella tuve la suerte de oir misa. Recibida la bendición me
adelanté á saludarla. Ella me respondió temblando: También mi corazón
temblaba, pero los ojos de María Rosario no podían verlo. Yo hubiérale
rogado que pusiese su mano sobre mi pecho, pero temí que desoyese mi
ruego. Aquella niña era cruel como todas las santas que tremolan en la
tersa diestra la palma virginal. Confieso que yo tengo predilección por
aquellas otras que primero han sido grandes pecadoras. Desgraciadamente
María Rosario nunca quiso comprender que era su destino mucho menos
bello que el de María de Magdala. La pobre no sabía que lo mejor de
la santidad son las tentaciones. Quise ofrecerle agua bendita, y con
galante apresuramiento me adelanté á tomarla: María Rosario tocó apenas
mis dedos, y haciendo la señal de la cruz, salió del oratorio. Salí
detrás, y pude verla un momento en el fondo tenebroso del corredor,
hablando con el mayordomo. Al parecer le daba órdenes en voz baja:
Volvió la cabeza, y viendo que me acercaba, enrojeció vivamente. El
mayordomo exclamó:
--¡Aquí está el Señor Marqués!
Y luego, dirigiéndose á mí con una profunda reverencia, continuó:
--Excelencia, perdonad que os moleste, pero decid si estáis quejoso de
mí. ¿He cometido con vos, alguna falta, acaso algún olvido?...
María Rosario le interrumpió con enojo:
--Callad, Polonio.
El melifluo mayordomo pareció consternado:
--¿Qué hice yo para merecer?...
--Os digo que calléis.
--Y os obedezco, pero como me reprocháis haber descuidado el servicio
del Señor Marqués...
María Rosario, con las mejillas llameantes y la voz timbrada de cólera y
de lágrimas, volvió á interrumpir:
--Os mando que calléis. Son insoportables vuestras explicaciones.
--¡Qué hice yo, cándida paloma, qué hice yo?
María Rosario, con un poco más de indulgencia, murmuró:
--¡Basta!... ¡Basta!... Perdonad, Marqués.
Y haciéndome una leve cortesía, se alejó. El mayordomo quedóse en medio
del corredor con las manos en la cabeza y los ojos llorosos:
--Hubiérame tratado así una de sus hermanas, y me hubiera reído... La
más pequeña no ignora que es princesina. No, no me hubiera reído, porque
son mis señoras... Pero ella, ella que jamás ha reñido con nadie, venir
á reñir hoy con este pobre viejo... ¡Y qué injustamente, Señor, qué
injustamente!
Yo le pregunté con una emoción para mí desconocida hasta entonces:
--¿Es la mejor de sus hermanas?
--Y la mejor de las criaturas. Esa niña ha sido engendrada por los
ángeles...
Y el Señor Polonio, enternecido, comenzó un largo relato de las virtudes
que adornaban el alma de aquella doncella hija de príncipes, y era el
relato del viejo mayordomo ingenuo y sencillo, como los que pueblan la
Leyenda Dorada.
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LLEGABAN por el cadáver de Monseñor!... Y el mayordomo
partióse de mi lado muy afligido y presuroso. Todas las campanas de la
histórica ciudad doblaban á un tiempo. Oíase el canto latino de los
clérigos resonando bajo el pórtico del Palacio, y el murmullo de la
gente que llenaba la plaza. Cuatro colegiales mayores bajaron en hombros
el féretro y el duelo se puso en marcha. Monseñor Antonelli me hizo
sitio á su derecha, y con humildad, que me pareció estudiada, comenzó á
dolerse de lo mucho que con la muerte de aquel santo y de aquel sabio
perdía el Colegio Clementino: Yo á todo asentía con un vago gesto, y
disimuladamente miraba á las ventanas, llenas de mujeres: Monseñor tardó
poco en advertirlo, y me dijo con una sonrisa tan amable como sagaz:
--Sin duda no conocéis nuestra ciudad.
--No, Monseñor.
--Si permanecéis algún tiempo entre nosotros y queréis conocerla, yo me
ofrezco á ser vuestro guía. ¡Está llena de riquezas artísticas!
--Gracias, Monseñor.
Seguimos en silencio. El son de las campanas llenaba el aire, y el grave
cántico de los clérigos parecía reposar en la tierra, donde todo es
polvo y podredumbre. Jaculatorias, misereres, responsos caían sobre el
féretro como el agua bendita del hisopo. Encima de nuestras cabezas las
campanas seguían siempre sonando, y el sol, un sol abrileño, joven y
rubio como un mancebo, brillaba en las vestiduras sagradas, en la seda
de los pendones y en las cruces parroquiales con un alarde de poder
pagano.
Atravesamos casi toda la ciudad. Monseñor había dispuesto que se diese
tierra á su cuerpo en el Convento de los Franciscanos, donde hacía
más de cuatro siglos tenían enterramiento los Príncipes Gaetani. Una
tradición piadosa, dice que el Santo de Asís fundó el Convento de
Ligura, y que vivió allí algún tiempo. Todavía florece en el huerto,
el viejo rosal que se cubría de rosas en todas las ocasiones que
visitaba aquella fundación, el Divino Francisco. Llegamos entre dobles
de campanas. En la puerta de la iglesia, alumbrándose con cirios,
esperaba la Comunidad dividida en dos largas hileras. Primero los
novicios, pálidos, ingenuos, demacrados: Después los profesos, sombríos,
torturados, penitentes: Todos rezaban con la vista baja y sobre las
sandalias los cirios lloraban gota á gota su cera amarilla.
Dijéronse muchas misas, cantóse un largo entierro, y el ataúd bajó al
sepulcro que esperaba abierto desde el amanecer. Cayó la losa encima,
y un colegial me buscó con deferencia cortesana, para llevarme á la
sacristía. Los frailes seguían murmurando sus responsos, y la iglesia
iba quedando en soledad y en silencio. En la sacristía saludé á muchos
sabios y venerables teólogos que me edificaron con sus pláticas. Luego
vino el Prior, un anciano de blanca barba, que había vivido largos años
en los Santos Lugares. Me saludó con dulzura evangélica, y haciéndome
sentar á su lado comenzó á preguntarme por la salud de Su Santidad. Los
graves teólogos hicieron corro para escuchar mis nuevas, y como era muy
poco lo que podía decirles, tuve que inventar en honor suyo toda una
leyenda piadosa y milagrera: ¡Su Santidad recobrando la lozanía juvenil
por medio de una reliquia! El Prior con el rostro resplandeciente de fe,
me preguntó:
--¿De qué Santo era, hijo mío?
--De un Santo de mi familia.
Todos se inclinaron como si yo fuese el Santo: El temblor de un rezo,
pasó por las luengas barbas, que salían del misterio de las capuchas, y
en aquel momento yo sentí el deseo de arrodillarme y besar la mano del
Prior. Aquella mano que sobre todos mis pecados podía hacer la cruz: Ego
Te Absolvo.
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CUANDO volví al Palacio hallé á María Rosario en la
puerta de la capilla repartiendo limosnas entre una corte de mendigos
que alargaban las manos escuálidas bajo los rotos mantos. María Rosario
era una figura ideal que me hizo recordar aquellas santas hijas de
príncipes y de reyes: Doncellas de soberana hermosura, que con sus manos
delicadas curaban á los leprosos. El alma de aquella niña encendíase con
el mismo anhelo de santidad. A una vieja encorvada le decía:
--¿Cómo está tu marido, Liberata?
--¡Siempre lo mismo, señorina!... ¡Siempre lo mismo!
Y después de recoger su limosna y de besarla, retirábase la vieja
salmodiando bendiciones, temblona sobre su báculo. María Rosario la
miraba un momento, y luego sus ojos compasivos se tornaban hacia otra
mendiga que daba el pecho á un niño escuálido, envuelto en el jirón de
un manto:
--¿Es tuyo ese niño, Paula?
--No, Princesina: Era de una curmana que se ha muerto: Tres ha dejado la
pobre, éste es el más pequeño.
--¿Y tú lo has recogido?
--¡La madre me lo recomendó al morir!
--¿Y qué es de los otros dos?
--Por esas calles andan. El uno tiene cinco años, el otro siete: Pena da
mirarlos, desnudos como ángeles del Cielo.
María Rosario tomó en brazos al niño, y lo besó con dos lágrimas en los
ojos. Al entregárselo á la mendiga, le dijo:
--Vuelve esta tarde y pregunta por el Señor Polonio.
--¡Gracias, mi señorina!
Un murmullo ardiente como una oración, entreabrió las bocas renegridas y
tristes de aquellos mendigos:
--¡La pobre madre se lo agradecerá en el Cielo!
María Rosario continuó:
--Y si encuentras á los otros dos pequeños, tráelos también contigo.
--Los otros, hoy no sé dónde poder hallarlos, mi Princesina.
Un viejo de calva sien y luenga barba nevada, sereno y evangélico en su
pobreza, se adelantó gravemente:
--Los otros, aunque cativo, tienen también amparo. Los ha recogido
Barberina la Prisca. Una viuda lavandera que también á mí me tiene
recogido.
Y el viejo, que insensiblemente había ido algunos pasos hacia delante,
retrocedió tentando en el suelo con el báculo, y en el aire con
una mano, porque era ciego. María Rosario lloraba en silencio, y
resplandecía, hermosa y cándida como una Madona, en medio de la sórdida
corte de mendigos, que se acercaban de rodillas para besarle las manos.
Aquellas cabezas humildes, demacradas, miserables, tenían una expresión
de amor. Yo recordé entonces los antiguos cuadros, vistos tantas veces
en un antiguo monasterio de la Umbría: Tablas prerrafaélicas que pintó
en el retiro de su celda un monje desconocido, enamorado de los ingenuos
milagros que florecen la leyenda de la Reina de Turingia.
María Rosario también tenía una hermosa leyenda, y los lirios blancos de
la caridad también la aromaban. Vivía en el Palacio como en un convento.
Cuando bajaba al jardín traía la falda llena de espliego que esparcía
entre sus vestidos, y cuando sus manos se aplicaban á una labor monjil,
su mente soñaba sueños de santidad. Eran sueños albos como las parábolas
de Jesús, y el pensamiento acariciaba los sueños, como la mano acaricia
el suave y tibio plumaje de las palomas familiares. María Rosario
hubiera querido convertir el Palacio en albergue donde se recogiese
la procesión de viejos y lisiados, de huérfanos y locos que llenaban
la capilla pidiendo limosna y salmodiando padrenuestros. Suspiraba
recordando la historia de aquellas santas princesas que acogían en sus
castillos á los peregrinos que volvían de Jerusalén.