Estado de España.—Istúriz.—Revolución de La Granja.—La
revuelta.—Síntomas alarmantes.—Los corresponsales de
periódicos.—Arrojo de Quesada.—La escena final.—Fuga de los
moderados.—El café.
Entretanto, las cosas no iban bien para los _moderados_; impopulares
en Madrid, lo eran aún más en las otras ciudades importantes de
España; en la mayor parte de ellas se constituyeron _juntas_
administrativas locales que se declararon independientes de la reina
y de sus ministros y rehusaron pagar las contribuciones, no tardando
en verse el Gobierno muy apurado de dinero. No se pagaba al ejército
y la guerra languidecía, quiero decir por parte de los _cristinos_;
porque los carlistas la proseguían con mucho vigor; sus _guerrillas_,
en partidas, recorrían el país en todas direcciones, mientras una
fuerza importante, al mando del famoso Gómez, daba la vuelta a
España entera. Para remate de todo, se esperaba una insurrección
en Madrid de un día para otro, y, por precaución, fueron desarmados
los nacionales, medida que aumentó enormemente su odio al Gobierno
_moderado_, y, sobre todo, a Quesada, a quien se atribuyó esa
iniciativa.
Con respecto a mis asuntos, no desperdiciaba yo ocasión de adelantar
mis pretensiones; pero el secretario aragonés seguía machacando en
el Concilio de Trento, y consiguió frustrar todos mis esfuerzos. Por
las muestras, había contagiado a su jefe sus ideas personales sobre
el asunto, porque el duque, al verme en sus audiencias, no me hacía
más caso que dedicarme una mirada desdeñosa; y en cierta ocasión,
como me adelantase hacia él para hablarle, se escapó por la puerta
más próxima. No le volví a ver desde entonces; me disgustó su modo
de tratarme, y me abstuve de hacer nuevas visitas a la _Casa de la
Inquisición_. El pobre Galiano continuaba dándome pruebas de su
inquebrantable amistad; pero me confesó francamente que no había
ya esperanza de conseguir nada en las altas esferas. «El duque—me
dijo—opina que no puede accederse a su petición; el otro día suscité
el asunto en Consejo, y sacó a relucir los decretos de Trento, y
habló de usted como de un individuo enfadoso e importuno; le respondí
yo con cierta acritud y hubo entre nosotros su poquito de _función_,
de lo que se rió mucho Istúriz. Y entre paréntesis—continuó—,
¿qué necesidad tiene usted de un permiso en regla que, al parecer,
nadie puede otorgar? Lo mejor que puede usted hacer, dadas las
circunstancias, es imprimir la obra, en la inteligencia de que nadie
le molestará a usted cuando intente repartirla. Le aconsejo a usted
encarecidamente que hable con Istúriz acerca del asunto. Yo le
prepararé, y respondo de que le recibirá cortésmente.»
Pocos días después, en efecto, tuve una entrevista con Istúriz en
su despacho de Palacio; para ser breve, sólo diré que le hallé muy
bien dispuesto en favor de mis planes. «He vivido mucho tiempo en
Inglaterra—dijo—; la Biblia es allí libre, y no veo razón para que
no lo sea en España. No quiero aventurarme a decir que Inglaterra
debe su prosperidad al conocimiento que, más o menos, todos sus
hijos tienen de la Sagrada Escritura; pero estoy cierto de una cosa,
y es que la Biblia no ha causado daño en aquel país, ni creo que
pueda producirlo en España. No deje usted, pues, de imprimirla, y
difúndala por España todo lo posible.» Me retiré muy satisfecho de la
entrevista; si no un permiso escrito de imprimir el libro sagrado,
había obtenido algo que, en cualesquiera circunstancias, consideraba
yo casi equivalente: el tácito convenio de que mis empeños bíblicos
serían tolerados en España; abrigaba la firme esperanza de que,
cualquiera que fuese la suerte del Ministerio, ningún otro, y menos
uno liberal, se atrevería a ponerme obstáculos, sobre todo porque el
embajador inglés era amigo mío y conocía todos los pasos dados por mí
en el asunto.
Dos o tres cosas relacionadas con mi entrevista con Istúriz me
impresionaron como muy dignas de nota. Primero, la extremada
facilidad con que obtuve audiencia del primer ministro de España.
El portero me hizo pasar de buenas a primeras, sin necesidad de
anunciarme y sin hacerme esperar. Segundo, la soledad reinante en
aquel lugar, tan distinta del bullicio, ruido y actividad observados
por mí mientras aguardaba a ser recibido por Mendizábal. Ya no había
allí afanosos pretendientes en espera de una entrevista con el grande
hombre; si se exceptúa a Istúriz y al empleado, a nadie vi. Pero lo
que me produjo impresión más profunda fué la actitud del ministro,
quien, cuando yo entré, estaba sentado en un sofá con los brazos
cruzados y los ojos clavados en el suelo. Era extremada la depresión
del tono de su voz, melancólico el aire de sus morenas facciones, y,
en general, tenía todo el aspecto de una persona que, para librarse
de las miserias de esta vida, medita el acto de suma desesperanza: el
suicidio.
Pocos días bastaron para demostrar que, en efecto, a Istúriz le
sobraban motivos para entristecerse: menos de una semana después
estalló la llamada revolución de La Granja. La Granja es un sitio
real enclavado en pinares de la vertiente Norte del Guadarrama, a
unas doce leguas de Madrid. La reina gobernadora Cristina se había
ido a La Granja, por apartarse del descontento de la capital y
gozar del aire campestre y de las delicias de aquel famoso retiro,
monumento del gusto y de la magnificencia del primer Borbón que ocupó
el trono de España. Pero no la dejaron tranquila mucho tiempo; sus
mismos guardias estaban descontentos, inclinándose a los principios
de la Constitución de 1823 (sic), y no a los del gobierno monárquico
absoluto, que los _moderados_ intentaban resucitar en España. Una
madrugada, un grupo de soldados de la guardia, capitaneados por
cierto sargento García, entraron en las habitaciones de la reina y le
pidieron que suscribiese aquella Constitución y jurase solemnemente
mantenerla. Cristina, mujer de mucho temple, rehusó complacerlos y
los mandó marcharse. Siguió una escena violenta y tumultuosa; pero
como la reina se mantenía firme, lleváronla los soldados a uno de
los patios del palacio, donde estaba Muñoz, su amante, atado y con
los ojos vendados. «Jura la Constitución, bribona», vociferaba el
_atezado_ sargento. «Jamás», exclamó la animosa hija de los Borbones
de Nápoles. «Entonces morirá tu _cortejo_», replicó el sargento.
«Adelante, muchachos; preparad las armas, y metedle cuatro balas en
la cabeza a ese individuo.» Sin tardanza pusieron a Muñoz junto al
muro, le obligaron a arrodillarse, alzaron los soldados los fusiles,
y un momento después hubieran enviado al infeliz a la eternidad,
si la reina, olvidándose de todo, menos de los sentimientos de su
corazón de mujer, no se hubiera adelantado dando un chillido y
gritando: «¡Alto, alto! Firmaré...»
Al día siguiente de este suceso entraba yo en la Puerta del Sol
a eso del mediodía. Siempre hay allí a tales horas gran gentío,
pacífico e inmóvil de ordinario, compuesto de desocupados que fuman
tranquilamente, o escuchan o comentan las noticias—casi siempre
insípidas—de la capital; pero el día de que hablo la multitud no
estaba tranquila. La gente vociferaba y gesticulaba, y muchos
corrían gritando: _¡Viva la Constitución!_; grito que se hubiera
pagado con la vida algunos días antes, porque la ciudad había estado
unas cuantas semanas sometida a los rigores de la ley marcial. A
veces oíanse estas palabras: «_¡La Granja! ¡La Granja!_», seguidas
siempre del grito de: «_¡Viva la Constitución!_» Frente a la _Casa
de Postas_ estaban formados en línea hasta doce dragones a caballo,
algunos de los cuales arrojaban continuamente sus gorras al aire,
sumándose a las aclamaciones generales, animados por el ejemplo de
su comandante, oficial joven y guapo, que blandía la espada y gritaba
con júbilo: «¡Viva la reina constitucional! ¡Viva la Constitución!»
La multitud engrosaba por momentos; varios nacionales, de uniforme,
pero sin armas, porque, como ya he dicho, se las habían quitado,
aparecieron. De pronto, descubrí entre los grupos a Baltasar, vestido
como la primera vez que le vi: con un gran capote de regimiento,
ya viejo, y la gorra de cuartel. «¿Qué ha sido del Gobierno
_moderado_?—le pregunté—. ¿Han destituído y reemplazado ya a los
ministros?» «Aún no, _don Jorge_—dijo el soldadito y sastre—, aun no;
esos pícaros se sostienen todavía apoyados en Quesada, que es un toro
bravo, y en un poco de infantería que les sigue fiel. Pero no hay
que temer, _don Jorge_; la reina es nuestra, gracias al valor de mi
amigo García; y si el toro bravo se presenta aquí, ¡oh!, _don Jorge_,
verá usted entonces lo que es bueno; vengo prevenido...» Al decir
esto entreabrió el capote y me dejó ver un retaco que llevaba oculto,
pendiente de una correa; y, haciendo un guiño con los ojos, y con la
cabeza un movimiento significativo, se perdió entre la multitud.
Un instante después vi avanzar un pequeño pelotón de soldados por la
_calle Mayor_, o calle principal que corre desde la Puerta del Sol en
dirección a Palacio; podían ser unos veinte hombres, y a su cabeza
marchaba un oficial con la espada desnuda. Debían de haberlos reunido
con gran precipitación, porque muchos de ellos llevaban traje de
faena y gorra de cuartel. Conforme avanzaban, marchando lentamente,
ni el oficial ni los soldados hacían el menor caso de los gritos de
la multitud, que, agolpándose en torno suyo, no cesaba de vociferar:
«¡Viva la Constitución!»; todo lo más respondían con alguna ojeada
hostil; y marcharon, fruncidas las cejas y apretados los dientes,
hasta llegar frente al pelotón de caballería, donde hicieron alto y
formaron las filas.
—Estos hombres no traen buenas intenciones—dije a mi amigo D...,
del _Morning Chronicle_, que acababa de reunirse conmigo—. Y tenga
usted por seguro que si se lo mandan, empezarán a hacer fuego sin
mirar dónde dan. Pero ¿en qué están pensando esos dragones, que
evidentemente son del bando contrario, a juzgar por sus gritos? ¿Por
qué, estando detrás de los infantes, no les dan una carga y los
desbaratan? En seguida la gente les quitaría los fusiles. Yo no soy
liberal, pero ya que usted lo es, ¿cómo no se acerca al inexperto
joven que manda los caballos, y le da usted a tiempo un buen consejo?
D... volvió hacia mí su ancho semblante, coloradote y placentero
como de buen inglés, y dirigiéndome una mirada maliciosa, que
parecía significar... (lo que el amable lector crea más del caso),
me agarró del brazo y dijo: «Salgamos de esta barahunda, y a ver si
se encuentra una ventana donde instalarnos, y desde donde yo pueda
describir lo que suceda en la plaza, porque creo como usted que va
a pasar algo grave.» En el último piso de una casa bastante grande,
frente por frente a la de Correos, había papeles en señal de que se
alquilaban habitaciones; subimos al instante, y contratamos con la
inquilina del _étage_ el uso de la habitación de la calle por aquel
día; atrancamos la puerta, y el reporter requirió cuaderno y lápiz,
dispuesto a tomar notas de los sucesos que ya se cernían sobre la
plaza.
¡Qué hombres tan extraordinarios son por lo general los
corresponsales de los periódicos ingleses! De seguro que si hay
alguna clase de hombres que merezca llamarse cosmopolita, es
ésta, formada por gente que ejerce su profesión en cualquier país
indistintamente, y se acomoda a voluntad a los usos de todas las
clases sociales; a cuya fluidez de estilo como escritores sólo supera
su facilidad de palabra en la conversación, y a su conocimiento
de las letras clásicas, su experiencia del mundo, adquirida por
una temprana iniciación en el bullicioso teatro de la vida. La
actividad, energía y valor que a veces han de desplegar en sus tareas
informativas, son en verdad notables. En París, durante los tres
días[133], los vi mezclados con la _canaille_ y los _gamins_ detrás
de las barricadas, mientras la metralla llovía por todas partes y
los desesperados coraceros estrellaban sus fogosos caballos contra
unos parapetos tan débiles en apariencia. Allí permanecían, tomando
notas en un cuaderno con tanta tranquilidad como si estuvieran
haciendo información en un mitin de Covent Garden o de Finsbury
Square. En España, varios de ellos acompañan a las _guerrillas_ de
los _cristinos_ o de los carlistas en algunas de sus expediciones más
arriesgadas, exponiéndose al peligro de las balas enemigas, a las
inclemencias del invierno y a los rigores del sol estival.
[133] Los de la Revolución de julio de 1830.
Apenas llevábamos cinco minutos en la ventana, cuando oímos de pronto
el ruido de los cascos de unos caballos que bajaban corriendo por la
_calle de Carretas_. La casa en que estábamos se hallaba, como ya he
dicho, enfrente de la de Correos, por cuya izquierda, mirando desde
el Norte, desemboca aquella vía en la _Puerta del Sol_; a medida
que el ruido se acercaba, apagábase el griterío de la multitud,
como si un temor pánico se apoderase de ella; una o dos veces, sin
embargo, percibí estas palabras «¡Quesada! ¡Quesada!» Los soldados
de Infantería permanecieron en calma e inmóviles, pero los de
caballería, y el joven oficial que mandaba, mostraron confusión y
miedo a la vez, cambiando unos con otros palabras precipitadas.
De pronto, la gente que estaba hacia la desembocadura de la _calle de
Carretas_, retrocedió en desorden, dejando un vasto espacio libre,
en el que al instante se precipitó Quesada a galope tendido, espada
en mano y con uniforme de general, montado en un _pura sangre_
inglés, bayo claro, con tal ímpetu, que recordaba a un toro manchego
lanzándose al redondel al ver de súbito abierta la puerta del toril.
Seguíanle muy de cerca dos oficiales a caballo, y, a corta distancia,
otros tantos dragones. Casi en menos tiempo que se emplea en
contarlo, unos cuantos alborotadores rodaron por el suelo a los
pies de los caballos de Quesada y de sus dos amigos, porque los
dragones hicieron alto en cuanto entraron en la _Puerta del Sol_.
Era un hermoso espectáculo ver a tres hombres, a fuerza de valor
y de maestría en la equitación, sembrar el terror en otros tantos
miles, cuando menos. Vi a Quesada meterse a caballo por entre la
densa multitud y luego desembarazarse de ella por modo magistral; el
populacho estaba completamente atemorizado, y retrocedía, retirándose
por la _calle del Comercio_ y la _calle de Alcalá_. Le vi también
lanzarse de golpe contra dos nacionales que intentaban escaparse,
separarlos de la multitud, envolverlos, y empujarlos en otra
dirección, golpeándolos despreciativamente con el sable de plano.
El general gritaba ¡Viva la reina absoluta! cuando, precisamente
debajo de mí, en medio de unos grupos que aún no habían cedido el
campo, acaso porque no tenían por dónde escapar, vi brillar por un
instante el cañón de un trabuco, sonó luego una detonación aguda, y
una bala estuvo a punto de enviar a Quesada al otro mundo: tan cerca
le pasó que le rozó el sombrero. Percibí fugazmente, hacia el sitio
de donde partió el tiro, una gorra de cuartel muy conocida, luego la
gente echó a correr, y el tirador, quienquiera que fuese, desapareció
favorecido por la confusión que se movió.
Quesada mostró inmenso desprecio ante el peligro que acababa de
correr. Echó en torno suyo una mirada fiera y rápida, y dejando a los
dos nacionales, que se fueron cabizbajos, como perros azotados por su
amo, se dirigió al joven oficial que mandaba la caballería y que tan
activo se había mostrado dando gritos en favor de la Constitución;
díjole unas pocas palabras con gesto amenazador, y el oficial
evidentemente se sometió, pues, obedeciendo tal vez sus órdenes,
resignó el mando del pelotón y se fué muy abatido; hecho esto,
Quesada se apeó, y estuvo paseandose arriba y abajo delante de la
_Casa de Postas_, con un aire que parecía retar a toda la humanidad.
Aquél fué el día glorioso de la vida de Quesada, y también su día
postrero. Digo ésto, porque nunca se había producido en forma
tan brillante, y porque ya no debía ver el ocaso de otro sol. No
se recuerda acción de conquistador o de héroe alguno que pueda
compararse con esta escena final de la vida de Quesada. ¿Quién,
por sólo su impetuosidad y su desesperado valor ha detenido una
revolución en plena marcha? Quesada lo hizo; contuvo la revolución en
Madrid un día entero, y restituyó las turbas hostiles y alborotadas
de una gran ciudad al orden y a la quietud perfectos. Su irrupción
en la _Puerta del Sol_ fué de un arrojo tan tremendo y oportuno que
no tiene par. Tanta admiración me produjo el valor del «toro bravo»,
que durante su acometida grité muchas veces: «_¡Viva Quesada!_», y
le deseé buena fortuna. Esto no quiere decir que yo pertenezca a
ningún partido o sistema político. ¡No! ¡No! He vivido tanto tiempo
con _Romany Chals_[134] y _Petulengres_[135] que no puedo tener
más política que la política de los gitanos, y bien sabido es que
al llegar las elecciones, los hijos de Roma se declaran por los
dos bandos opuestos, mientras el resultado es dudoso, augurando el
triunfo a los dos; y cuando la pelea concluye y la batalla está
ganada, se alistan sin falta en las filas del vencedor. Pero, lo
repito, mi interés por Quesada nació al contemplar la firmeza de su
corazón y su maestría de jinete. La tranquilidad quedó restablecida
en Madrid para el resto del día; el pelotón de infantes vivaqueó en
la _Puerta del Sol_. No se oyeron más gritos de viva la Constitución;
la revuelta parecía efectivamente dominada en la capital. Es lo más
probable que si los jefes del partido _moderado_ llegan a tener
confianza en sí mismos por cuarenta y ocho horas más, su causa
hubiera triunfado y los soldados revolucionarios de La Granja se
hubieran dado por contentos devolviendo a la reina su libertad y
aceptando una avenencia, porque se sabía que varios regimientos
leales se acercaban a Madrid.
[134] _Romano Chal_, gitano.
[135] Palabra compuesta del griego moderno πέταλον y del
sánscrito _kara_; significa literalmente «_Señor_ de la
herradura», o sea el _hacedor_ de ellas; es una de las
denominaciones secretas de «Los forjadores», tribu de los gitanos
ingleses. (Nota de Borrow). Petulengro y Petalengro (en gitano
inglés) forjador de herraduras. (Glosario de Burke).
Pero los _moderados_ no tuvieron confianza; aquella misma noche sus
corazones desfallecieron y huyeron en varias direcciones: Istúriz
y Galiano, a Francia; el duque de Rivas, a Gibraltar. El pánico de
los colegas contagió al mismo Quesada, que huyó vestido de paisano.
Pero no tuvo tanta suerte como los otros: reconocido en una aldea, a
tres leguas de Madrid, fué preso por unos amigos de la Constitución.
En el acto se envió a la capital noticia de la captura, y una
copiosa turba de nacionales, los unos a pie, los otros a caballo,
algunos en carruajes, se puso en marcha al instante. «Vienen los
nacionales»—dijo un _paisano_ a Quesada. «Entonces—respondió—estoy
perdido»; y luego se preparó para la muerte.
Hay en la calle de Alcalá, de Madrid, un café famoso[136] capaz para
varios cientos de personas. En la tarde de aquel mismo día estaba yo
sentado en el café consumiendo una taza del oscuro brebaje, cuando
sonaron en la calle ruidos y clamores estruendosos; causábanlos
los nacionales, que volvían de su expedición. A los pocos minutos
entró en el café un grupo de ellos; iban de dos en dos, cogidos del
brazo, y pisaban recio a compás. Dieron la vuelta al espacioso local,
cantando a coro con fuertes voces la siguiente bárbara copla:
¿Qué es lo que abaja
por aquel cerro?
Ta ra ra ra ra.
Son los huesos de Quesada,
que los trae un perro.
Ta ra ra ra ra.
[136] Era el Café Nuevo (Knapp).
Pidieron después un gran cuenco de café, y, colocándolo sobre
una mesa, los nacionales se sentaron en torno. Hubo un momento
de silencio, interrumpido por una voz tonante: «_¡El pañuelo!_»
Sacaron un pañuelo azul, en el que llevaban algo envuelto; lo
desataron, y aparecieron una mano ensangrentada y tres o cuatro dedos
seccionados, con los que revolvían el contenido del cuenco. «¡Tazas,
tazas!»—gritaron los nacionales...
—¡Eh! _Don Jorge_—gritó Baltasarito, viniendo hacia mí con una taza
de café—, hágame usted el obsequio de beber por este suceso glorioso.
Hoy es un día afortunado para España y para los valientes nacionales
de Madrid. He visto más de una _función_ de toros, pero ninguna me ha
causado tanto placer como ésta. Ayer el toro hizo de las suyas, pero
hoy los _toreros_ han podido más, como usted ve, _don Jorge_. Hágame
el favor de beber; ahora voy a ir en una carrera a mi casa a buscar
mi _pajandi_ para divertir a compañeros tocando y cantar una copla.
¿Qué copla? ¿Una copla en _gitano_?
Una noche sinava en tucue[137].
[137] Una noche, estando contigo.
¿Mueve usted la cabeza, _don Jorge_? ¡Ja, ja, ja! Soy joven, y la
juventud es la edad de las diversiones. Bueno, bueno; en obsequio a
usted, que es inglés y _monró_[138], no cantaré eso, sino una canción
liberal patriótica: el himno de Riego. _¡Hasta después, don Jorge!_
[138] Amigo.