El vapor.—El cabo de Finisterre.—La tormenta.—Llegada a Cádiz.—El
Nuevo Testamento.—Sevilla.—Itálica.—El anfiteatro.—Los presos.—El
encuentro.—El barón Taylor.—La calle y el desierto.
En los primeros días de noviembre[139] surqué de nuevo el mar con
rumbo a España. Había vuelto a Inglaterra poco después de los sucesos
referidos en el capítulo anterior, con objeto de consultar a mis
amigos y trazar el plan de mi campaña bíblica en España. Resolvimos
imprimir en Madrid el Nuevo Testamento lo antes posible, y se convino
que yo me encargaría de la tarea un tanto ardua de distribuirlo.
Breve fué mi estancia en Inglaterra; el tiempo era precioso y ansiaba
yo encontrarme de nuevo en el campo de acción. Me embarqué en el
Támesis, a bordo del vapor _M..._ La travesía hasta Falmouth fué muy
desagradable. El barco iba atestado de pasajeros, pobres tísicos en
su mayoría o gente valetudinaria que huía de las frías celliscas
invernales de Inglaterra a las costas soleadas de Portugal y Madeira.
Nunca me ha cabido en suerte viajar en un barco más incómodo,
sobre todo de vapor. Los camarotes eran muy pequeños y faltos de
ventilación; el mío era de los peores, porque los demás estaban
tomados desde antes de llegar yo a bordo; para evitar la asfixia
que me amenazaba en cuanto entraba en él, hice el viaje echado en
el suelo de una de las cámaras. Estuvimos en Falmouth veinticuatro
horas, haciendo carbón y reparando la máquina, que tenía desperfectos
importantes.
[139] 1836.
El lunes 7 zarpamos con rumbo al golfo de Vizcaya. Había mar gruesa,
el viento era fuerte y contrario; sin embargo, en la mañana del
cuarto día teníamos a la vista las rocas de la costa Norte del cabo
de Finisterre. Debo hacer notar aquí que este viaje era el primero
que el capitán hacía a bordo de nuestro barco y que conocía muy poco
o nada la costa a que nos dirigíamos. Le buscaron a última hora,
apresuradamente, porque su predecesor renunció el mando, fundándose
en que el barco no podía aguantar la mar y en las frecuentes averías
de la máquina. Si yo hubiera sabido todo esto al ver que el barco se
acercaba cada vez más a la costa, hasta colocarse a unos cientos de
varas de distancia de ella, mi alarma hubiese sido mucho mayor de
lo que fué. No dejé, con todo, de sentir profunda sorpresa, pues
como las dos veces que había cruzado por allí en barco de vapor,
había visto el cuidado con que los capitanes se mantenían lejos de
la costa, no pude adivinar la razón de aproximarnos tanto a una zona
peligrosísima. El viento soplaba con fuerza hacia la costa, si puede
llamarse así a los abruptos y escarpados precipicios en que rompía
la marejada con fragor de trueno, alzando nubes de espuma y de agua
pulverizada a la altura de una catedral. Fuimos costeando lentamente,
y doblamos varios elevados promontorios, apilados algunos por la mano
de la naturaleza en formas muy fantásticas. Al anochecer, teníamos
cerca por la proa el cabo de Finisterre, escarpada y sombría montaña
de granito, cuya ceñuda cima pueden ver desde muy lejos cuantos
atraviesan el Océano. La corriente en aquellos parajes era terrible,
y aunque las máquinas trabajaban con toda su fuerza avanzábamos poco
o nada.
A eso de las ocho de la noche, el viento se convirtió en huracán, el
trueno retumbó pavorosamente, y la única luz que alumbraba nuestro
camino era la de las rojas culebrinas expelidas a intervalos de su
seno por las nubes gruesas y negras que rodaban a poca altura sobre
nuestras cabezas. Hacíamos los mayores esfuerzos para doblar el cabo,
que a la luz de los relámpagos surgía a sotavento, iluminado por las
frecuentes exhalaciones que vibraban en torno de su cima, cuando, de
súbito, la máquina se rompió con un gran crujido, y las palas de que
pendía nuestra existencia dejaron de funcionar.
No intentaré pintar la escena de horror y confusión que se produjo;
puede ser imaginada, pero no descrita. El capitán—justo es
reconocerlo—desplegó la mayor frialdad e intrepidez; tanto él como
la tripulación hicieron todo lo imaginable por arreglar la máquina,
y cuando vieron la inutilidad de sus esfuerzos izaron las velas y
realizaron todas las maniobras posibles para salvar el barco de una
destrucción inminente. Pero nada aprovechaba; por desgracia, teníamos
la costa a sotavento, y hacia ella nos impelía la rugiente tempestad.
Me hallaba yo en tales instantes cerca del timón y pregunté al
timonel si había alguna esperanza de salvar el barco, o al menos
nuestras vidas. «La situación es apurada, señor—me respondió—. Con
esta mar los botes zozobrarán en un minuto; antes de una hora el
barco chocará contra el Finisterre, donde el buque de guerra más
fuerte del mundo se haría pedazos instantáneamente. Ninguno de
nosotros verá el día de mañana.» De igual modo, el capitán informó
a los demás pasajeros del peligro que corríamos y les dijo que se
preparasen; ordenó luego cerrar las escotillas y que no se permitiese
a nadie permanecer sobre cubierta; yo seguí en mi puesto, no
obstante, casi ahogado por el agua de las inmensas olas que rompían
contra el barco por barlovento y lo anegaban. Las pipas de agua
potable se soltaron de sus amarras, y una de ellas me tiró al suelo
y aplastó un pie al desdichado timonel, cuyo puesto ocupó en el acto
el capitán. Estábamos ya cerca de las rocas, cuando los elementos
entraron en hórrida convulsión. Los relámpagos nos envolvían con sus
resplandores; los truenos retumbaban con el fragor de un millón de
cañones; el Océano parecía vomitar sus heces más profundas, cuando,
en medio de tal desquiciamiento, el vendaval saltó súbitamente de
cuadrante y nos apartó de la horrible costa aún más de prisa que nos
había empujado hacia ella.
Los marineros más viejos de a bordo reconocieron que nunca se habían
librado de la muerte por modo tan providencial. Desde el fondo de mi
corazón dije: «Padre nuestro, santificado sea tu nombre.»
Al día siguiente estuvimos a punto de naufragar, porque con la
gran marejada nuestro barco, no destinado para navegar a la vela,
trabajaba mucho y hacía agua. Las bombas funcionaron sin cesar.
También tuvimos fuego a bordo, pero se logró sofocarlo. Por la
tarde, la máquina de vapor quedó parcialmente arreglada, y el día 13
llegamos a Lisboa, donde en pocos días se terminaron las reparaciones
necesarias.
En Lisboa encontré a mi excelente amigo W.[140] bueno y sano.
Durante mi ausencia había trabajado lo posible para fomentar la
venta del libro sagrado en portugués; su celo y aplicación eran, en
verdad, admirables. Por desgracia, las perturbaciones sufridas por
el país en los seis últimos meses habían estorbado sus esfuerzos.
Los ánimos de las gentes estaban tan preocupados con la política,
que no les quedaba apenas tiempo para pensar en su salvación. La
historia política de Portugal presenta en estos últimos tiempos un
sorprendente paralelo con la del país vecino. En ambos, la corte
y el partido democrático han luchado por la supremacía; en ambos
ha triunfado el último, y dos personas de viso han caído víctimas
del furor popular: Freire, en Portugal, y Quesada, en España. Las
noticias de este país, que recibí en Lisboa, eran pésimas. Las
hordas de Gómez devastaban Andalucía, que yo estaba a punto de
visitar de paso para Madrid; los carlistas habían saqueado a Córdoba,
y ocupádola tres días, abandonándola después. Me dijeron que si
persistía en entrar en España por donde me había propuesto, caería
probablemente en manos de los facciosos en Sevilla. No me arredré, a
pesar de todo, con plena confianza en que el Señor me abriría camino
hasta Madrid.
[140] Era un comerciante, John Wilby, representante de la
Sociedad Bíblica (Knapp).
Reparadas las averías del barco, subimos de nuevo a bordo, y en
dos días llegamos sin novedad a Cádiz. Reinaba en la ciudad gran
confusión. Decíase que por los alrededores campaban numerosas
partidas carlistas. Era de temer un ataque y acababa de proclamarse
en la ciudad el estado de sitio. Me alojé en el hotel Francés, en la
_calle de la Niveria_,[141] y me dieron para dormir una especie de
desván o _guardilla_, pues la casa, famosa por su excelente _table
d’hôte_, estaba llena de huéspedes. Me vestí y salí a dar una vuelta
por la ciudad. Entré en varios cafés; el ruido de las conversaciones
era en todos ensordecedor. En uno de ellos, seis oradores nada menos
hablaban al mismo tiempo; el tema era la situación del país y las
probabilidades de una intervención franco-inglesa. De pronto, el
orador a quien yo escuchaba, me pidió mi opinión por ser extranjero
y, al parecer, recién llegado. Contesté que no podía aventurarme a
adivinar los planes de aquellos Gobiernos en tales circunstancias;
pero que, en mi opinión, no sería malo que los españoles se
esforzasen algo más por su parte y llamasen menos a Júpiter en su
ayuda. Como no tenía ganas de hablar de política me fuí en seguida
del café, en busca de los barrios donde vive principalmente la clase
baja.
[141] Se alojó en la Posada Francesa, en la calle de San
Francisco y de la Neveria, hoy Hotel de París (Knapp).
Entré en conversación con varios individuos; pero a todos los
encontré muy ignorantes; ninguno sabía leer ni escribir, y sus
ideas religiosas no eran nada satisfactorias; los más profesaban un
indiferentismo completo. Fuí después a una librería, e hice algunas
preguntas acerca de la demanda de libros de literatura; dijéronme
que era muy escasa. Mostré un ejemplar de una edición londinense
del Nuevo Testamento en español, y pregunté al librero si, en su
opinión, un libro de tal especie tendría venta en Cádiz; respondió
que el papel y la impresión eran magníficos; pero que era un libro
nada buscado y muy poco conocido. No proseguí mis averiguaciones
en otras librerías, pensando que, probablemente, ningún librero me
daría buenos informes de una publicación en que no estaba interesado.
Además, yo sólo tenía dos o tres ejemplares del Nuevo Testamento, y
no hubiera podido servir ningún pedido, aunque me lo hubiesen hecho.
El día 24, muy temprano, me embarqué para Sevilla en el vaporcito
español _Betis_. La mañana era húmeda, y la densa niebla que envolvía
el paisaje me impidió observar aquellos contornos. A las seis leguas
de recorrido llegamos a la punta Noreste de la bahía de Cádiz y
pasamos junto a Sanlúcar, ciudad antigua, próxima a la desembocadura
del Guadalquivir. De pronto la niebla se deshizo, y el sol de
España fulguró radiante, animándolo todo, y en especial a mí, que
yacía sobre cubierta en lánguido y melancólico estupor. Entramos
en «El gran río», que tal es la traducción de _Wady al Kebir_,
nombre dado por los moros al antiguo Betis. Anclamos durante unos
minutos en Bonanza, pueblecito situado en la terminación del primer
brazo del río; tomamos varios pasajeros y continuamos el viaje. El
Guadalquivir no ofrece nada de gran interés a los ojos del viajero:
las márgenes son bajas, sin árboles; el país adyacente, raso; sólo a
gran distancia se columbra la cadena azul de unas _sierras_ altas.
El agua es turbia y fangosa, muy parecida por el color a la de un
cenagal. La anchura media del cauce es de 150 a 200 varas. Pero es
imposible viajar por este río sin recordar que por él navegaron
romanos, vándalos y árabes, y que ha presenciado sucesos de universal
resonancia, cantados en poesías inmortales. Fuí repitiendo versos
latinos y fragmentos de romances viejos españoles hasta que llegamos
a Sevilla, a eso de las nueve de una hermosa noche de luna.
Sevilla encierra noventa mil habitantes, y está situada en la
orilla oriental del Guadalquivir, a unas diez y ocho leguas de
la desembocadura; la cercan elevadas murallas moriscas bien
conservadas, y tan sólidamente construídas, que probablemente
desafiarán aún por muchos siglos las injurias del tiempo. Los
edificios más notables son la catedral y el Alcázar, o palacio de los
reyes moros. La torre de la catedral, llamada La Giralda, pertenece a
la época de los moros, y formó parte de la gran mezquita de Sevilla;
se calcula su altura en unos ciento quince metros, y se sube hasta
el remate, no por escalera, sino por una rampa abovedada a manera
de plano inclinado. La rampa es muy poco empinada, de suerte que
puede subirse por ella a caballo, proeza cumplida, según dicen, por
Fernando VII. Desde lo alto de la torre se descubre una vista muy
extensa, y en días claros se columbra la Sierra de Ronda, aunque
dista más de veinte leguas. La catedral, insigne monumento gótico,
pasa por ser el más hermoso de su género en España. En las capillas
dedicadas a diferentes santos están algunos de los cuadros más
espléndidos que el arte español ha producido; la catedral de Sevilla
es ahora más rica en pinturas de primer orden que nunca lo fué,
porque han llevado a ella muchos lienzos de los conventos suprimidos,
especialmente de Capuchinos y San Francisco.
Todo el que visite Sevilla debe dedicar especial atención al Alcázar,
espléndido ejemplar de la arquitectura mora. Contiene muchos salones
magníficos, especialmente el llamado de Embajadores, superior en
todos aspectos al del mismo nombre de la Alhambra de Granada. Este
palacio fué la residencia favorita de Pedro el Cruel, quien lo
restauró con cuidado sin alterar su carácter ni disposición moriscos.
Probablemente permanece en un estado poco distinto del que tenía a la
muerte de aquel rey.
En la orilla derecha del río se halla Triana, importante arrabal que
se comunica con Sevilla por un puente de barcas, porque a causa de
las violentas inundaciones a que está sujeto el río no hay puente
permanente sobre el Guadalquivir. En el arrabal vive la hez de la
población, y abundan los gitanos. Como a legua y media hacia el
Noroeste se encuentra el pueblo de Santiponce; a los pies y en la
ladera de una colina que hay más arriba, se ven las ruinas de la
antigua Itálica, cuna de Silio Itálico y de Trajano, de quien el
barrio de Triana deriva su nombre.
Una hermosa mañana me encaminé allá, y después de subir a la colina
dirigí mis pasos hacia el Norte. No tardé en llegar a los que en
otro tiempo fueron los baños, y andando un poco más al anfiteatro,
enclavado entre las suaves laderas de una especie de hondonada. El
anfiteatro es, con mucho, la reliquia más importante de Itálica; es
de forma oval, y tiene sendas puertas de entrada al Este y al Oeste.
Vense por todas partes restos de la gradería de piedra gastada por el
tiempo, desde la que millares de seres humanos contemplaban antaño la
arena donde los gladiadores clamaban y los leones y leopardos rugían;
todo alrededor, debajo de la gradería, hay una excavación abovedada
desde la que, por diversas puertas, los hombres y las fieras se
lanzaban al combate. Muchas horas pasé en sitio tan singular,
abriéndome paso a través de las hierbas y arbustos silvestres para
llegar a las cavernas, albergue ahora de víboras y otros reptiles,
cuyos silbidos oí.
Satisfecha mi curiosidad, dejé las ruinas, y volviendo por otro
camino llegué a un sitio donde yacía un caballo muerto medio
devorado; sobre él se posaba un buitre enorme de ojos brillantes,
que, al acercarme, alzó pausadamente el vuelo y fué a posarse en la
puerta oriental del anfiteatro, donde lanzó un grito ronco, como de
cólera, por haberle interrumpido el festín de carroña.
Gómez no había atacado aún a Sevilla; cuando yo llegué decíase
que andaba por los alrededores de Ronda. La ciudad estaba sobre
las armas; tapiáronse varias puertas, se abrieron trincheras, se
levantaron reductos; pero estoy convencido de que la ciudad no
hubiera resistido seis horas un ataque vigoroso. Gómez había mostrado
ser un hombre de lo más extraordinario; con su pequeño ejército de
aragoneses y vascos dió, en los últimos cuatro meses, la vuelta a
España. Muchas veces se vió rodeado por fuerzas triples en número
que las suyas y en lugares donde se tenía por imposible que pudiese
escapar; pero siempre había chasqueado a sus enemigos, de los que
parecía reírse. La Prensa de Sevilla publicaba continuamente noticias
absurdas de victorias ganadas contra Gómez; entre otras cosas se
dijo que su ejército había sido exterminado, muerto el mismo Gómez,
y que mil doscientos prisioneros estaban en camino de Sevilla. Yo
vi a los prisioneros: en lugar de mil doscientos desesperados, vi
pasar una veintena de miserables, aspeados, harapientos, muchos de
ellos mozalbetes de catorce a diez y seis años. Eran, evidentemente,
merodeadores que, no pudiendo seguir al ejército, se habían dejado
coger desperdigados por montes y llanos. Luego se supo que no se
había dado batalla alguna contra Gómez, y que su muerte era una
fantasía. El gran defecto de Gómez era no saber aprovecharse de las
circunstancias; después de derrotar a López pudo haber marchado sobre
Madrid y proclamar allí a don Carlos; después del saqueo de Córdoba
pudo haberse apoderado de Sevilla.
Había en Sevilla varias librerías, en dos de las cuales encontré
ejemplares del Nuevo Testamento en español, traídos de Gibraltar dos
años antes, habiéndose vendido en ese lapso de tiempo seis ejemplares
en una de las librerías, y cuatro en la otra. En mis paseos por
la ciudad y sus cercanías me acompañaba generalmente un genovés
de edad provecta que desempeñaba en la Posada del Turco, donde yo
vivía, algo así como las funciones de _valet de place_. Al saber que
yo me proponía imprimir en Madrid el Nuevo Testamento, díjome que
en Andalucía podría colocarse buen número de ejemplares. «Conozco
el comercio de libros—continuó—. En otros tiempos tuve en Sevilla
una pequeña librería. En un viaje que hice a Gibraltar adquirí
varios ejemplares de la Escritura, y aunque parte de ellos me los
confiscaron los empleados de la Aduana, pude vender los otros a buen
precio y me quedó una ganancia considerable.»
Volvía yo de cierta excursión por el campo, una gloriosa y radiante
mañana del invierno andaluz, y me dirigía a la posada, cuando al
pasar junto al portal de una casona lóbrega, cerca de la puerta de
Jerez, dos individuos, vestidos con _zamarras_, salieron de la casa a
la calle; ya iban a cruzarse conmigo, pero uno de ellos, mirándome a
la cara, retrocedió vivamente, y en un francés purísimo y armonioso
exclamó: «¿Qué es lo que veo? Si mis ojos no me engañan es él; sí, el
mismo a quien vi por vez primera en Bayona, y mucho tiempo después
bajo los muros de ladrillo de Novogorod; luego junto al Bósforo, y
más tarde en... en... Mi querido y respetable amigo: ¿dónde tuve yo
la fortuna de ver últimamente su inolvidable y singular fisonomía?»
YO.—Fué en el Sur de Irlanda, si no me engaño. Allí le presenté a
usted al brujo que domaba potros con sólo murmurarles unas palabras
al oído. Pero ¿qué le trae a usted por Andalucía? Aquí es donde menos
podía yo esperar encontrarle a usted.
EL BARÓN TAYLOR.—Y ¿por qué razón, mi respetable amigo? ¿No es
España la tierra del arte? Y dentro de España, ¿no es Andalucía
la región donde el arte ha producido sus monumentos más bellos
e inspirados? Ya me conoce usted lo bastante para saber que mi
pasión son las artes, y que no concibo placer más elevado que el de
contemplar con arrobamiento un hermoso cuadro. Venga usted conmigo,
puesto que usted tiene también un alma noble y sensible capaz de
apreciar lo bello; venga usted conmigo y le enseñaré un cuadro de
Murillo que... Pero antes permítame usted que le presente a un
compatriota suyo. Querido señor W.—dijo volviéndose a su compañero,
un caballero inglés que, como toda su familia, me colmó más adelante
de infinitas atenciones y obsequios en mis diversos viajes a
Sevilla—: permítame usted que le presente a mi amigo más querido
y respetado, hombre que conoce las costumbres de los gitanos mejor
que el _Chef des Bohémiens à Triana_, consumado caballista, y que,
lo digo en honor suyo, maneja el martillo y las tenazas, y hierra un
caballo como el mejor herrero de la Alpujarra.[142]
[142] El amigo del barón Taylor era John Wetherell, hijo de un
famoso curtidor de pieles de igual nombre. En 1874 el gobierno
español indujo a John Wetherell a establecer en Sevilla una
manufactura de curtidos finos, concediéndole para su instalación
el convento de Jesuítas y una extensión de terreno; le aseguró
además ciertos privilegios y contratas para el ejército.
Wetherell llevó a Sevilla máquinas y obreros ingleses; pero la
empresa se hundió porque el gobierno no pagó las contratas y
retiró la protección ofrecida. Wetherell murió arruinado. (Knapp).
En el curso de mis viajes he adquirido muchas amistades y relaciones;
pero ninguna tan interesante como la del barón Taylor; por nadie
siento yo consideración ni estima más altas. A sus relevantes prendas
personales y a sus cultivados talentos, reúne un corazón de tan
rara bondad que continuamente le induce a buscar las ocasiones de
hacer bien a sus semejantes y de contribuir a su felicidad; acaso no
existe quien conozca mejor que él la vida y el mundo en sus múltiples
aspectos. Sus hábitos y modales son de la más exquisita elegancia
y fina cortesía; pero su condición es tan flexible que se acomoda
de buen grado a todo género de compañía, por lo que es acogido
dondequiera con predilección. Hay un misterio en su vida que aumenta
en no pequeño grado la impresión que sus méritos personales producen
en todas partes.
Nadie puede decir, con positivo fundamento, quién es el barón
Taylor; se susurra que es un retoño de sangre real; y ¿quién
puede, en efecto, contemplar por un momento su graciosa figura,
su rostro inteligente y de líneas tan características, sus ojos
grandes y expresivos, sin convencerse de que no es un hombre vulgar
ni de vulgar linaje? Aunque por su talento y elocuencia hubiera
podido alcanzar rápidamente una elevada posición en el Estado, se
ha contentado hasta ahora, quizás sabiamente, con una relativa
oscuridad, dedicándose por modo principal al estudio de las artes
y de la literatura, de las que es liberal protector. Con todo, la
ilustre casa a que, según se dice, pertenece, le ha mandado con
misiones importantes y delicadas a diferentes países, y en todas ha
visto sus esfuerzos coronados por el buen éxito más completo. Cuando
yo le encontré en Sevilla estaba coleccionando obras maestras de
pintura española para adornar los salones de las Tullerías.
El barón Taylor ha visitado la mayor parte del globo, y es cosa
notable que siempre estamos encontrándonos en los lugares más
imprevistos y en circunstancias singulares. Dondequiera que me
encuentra, sea en la calle o en el desierto, sea en un salón
brillante o entre las _haimas_ de los beduínos, sea en Novogorod o en
Stambul, exclama, alzando los brazos: «_¡O ciel!_ ¡Otra vez tengo la
fortuna de ver a mi querido y respetabilísimo amigo Borrow!»