Intrigas de la Corte.—Quesada y Galiano.—Disolución de las
Cortes.—El secretario.—Testarudez aragonesa.—El Concilio de
Trento.—El asturiano.—Los tres bandidos.—Benedicto Mol.—El hombre
de Lucerna.—El Tesoro.
Mendizábal me había dicho que volviera a verle pasados tres meses,
dándome esperanzas de no oponerse personalmente a la publicación del
Nuevo Testamento; pero antes de que transcurrieran los tres meses
cayó en desgracia, y dejó de ser primer ministro.
Para derribarlo se urdió una intriga, dirigida por Istúriz y Alcalá
Galiano, gaditanos como Mendizábal, de quien hasta entonces se
llamaron amigos. Ambos habían sido liberales egregios, y miembros
importantes de aquellas Cortes que, huyendo de la invasión de
Angulema, se llevaron a Fernando desde Madrid a Cádiz, y le tuvieron
preso hasta que esta ciudad inexpugnable tuvo por conveniente
rendirse; los dos personajes se refugiaron en Inglaterra, donde
pasaron considerable número de años.
Por el tiempo a que me refiero, hallábanse Istúriz y Galiano
sumamente pobres, sin que del apoyo a Mendizábal pudiesen esperar
mejoras inmediatas; y considerándose, además, tan buenos y capaces
como él para gobernar a España en las circunstancias dadas,
resolvieron separarse del partido de su amigo, a quien habían apoyado
hasta allí, y levantar bandera propia.
En consecuencia, formaron en las Cortes una oposición contra
Mendizábal; los miembros de esa oposición tomaron el nombre de
_moderados_ para distinguirse de Mendizábal y sus secuaces,
ultraliberales. Los _moderados_ contaban con el apoyo de la reina
regente Cristina, deseosa de un poder algo mayor que el que los
liberales parecían dispuestos a concederle, y, además, enemiga
personal del ministro. Veíanse también apoyados por Córdova, que
entonces mandaba el ejército y estaba descontento de Mendizábal,
porque el ministro no servía con suficiente presteza las demandas
pecuniarias del general, aunque se decía que la mayor parte del
dinero enviado para pagar a las tropas no se empleaba en eso, sino
en fondos públicos franceses, a nombre y para uso y provecho del
nombrado Córdova.
Pero no voy a escribir una historia de sucesos políticos que
presencié entonces; baste decir que Mendizábal, viéndose contrariado
en todos sus proyectos por la Gobernadora, que no aceptaba ninguna
de las medidas propuestas por el ministro, y por el general, que
permanecía inactivo y se negaba a atacar al enemigo, ya repuesto
del contratiempo que le causó la muerte de Zumalacárregui y en
considerable auge sus armas, dimitió, abandonando por el momento el
campo a sus adversarios, aunque contaba en las Cortes con inmensa
mayoría, y aunque la opinión del país, al menos en su parte liberal,
le era favorable.
Se constituyó un gabinete presidido por Istúriz, en el que Galiano
fué ministro de Marina, y un cierto duque de Rivas ministro de
lo Interior. Estos eran los jefes del gobierno _moderado_; pero,
impopulares en Madrid, y temerosos de los nacionales, buscaron el
concurso de un hombre llamado Quesada, aborrecedor de la milicia
nacional y que a nada temía; hombre asaz estúpido, pero gran
guerrero, que en cierta época de su vida mandó una legión llamada
Ejército de la Fe, cuyas hazañas en ambas vertientes del Pirineo son
harto conocidas para que necesite recordarlas. Quesada fué nombrado
capitán general de Madrid.
El más inteligente de los nuevos ministros era, con mucho, Galiano,
a quien me presentaron poco después de mi llegada a Madrid. Hombre
de muchas letras, conocía a fondo las de su país. Orador ante
todo, de palabra fácil, elegante e impetuoso, era para el partido
_moderado_, dentro de las Cortes, lo que Quesada fuera de ellas; es
decir, el hombre de combate. Difícil sería decir por qué le hicieron
ministro de Marina, ya que España no tiene ninguna; acaso lo fué por
su dominio del inglés, idioma que hablaba y escribía tan bien como
el suyo propio, habiéndose ganado la vida durante su estancia en
Inglaterra, principalmente, escribiendo artículos para los periódicos
y revistas; ocupación muy honrosa, pero que pocos de los extranjeros
desterrados en Inglaterra son capaces de desempeñar.
Galiano era hombre muy pequeño e irritable, enemigo encarnizado de
cuantos se atravesaban en el camino de su prosperidad. Odiaba a
Mendizábal con rencor no disimulado, y siempre hablaba de él con
infinito desprecio. «Temo que me cueste bastante trabajo arrancar a
Mendizábal el permiso de imprimir el Nuevo Testamento»—le dije un
día—. «Mendizábal es un asno—replicó Galiano—. Calígula hizo cónsul
a su caballo, y creo que esto es lo que ha inducido a lord... a
enviarnos a ese _burro_ de la Bolsa de Londres para que sea nuestro
ministro.»
Sería mucha ingratitud de mi parte no confesar aquí cuánto debo a
Galiano, que me ayudó con todo su poder en el asunto que me llevaba a
España. Poco después de formarse el ministerio moderado fuí a verle,
y le dije que «entonces o nunca era la ocasión de hacer un esfuerzo
en favor mío.» «Lo haré—me respondió con tono áspero, porque siempre
habla con aspereza, lo mismo a los amigos que a los enemigos—;
pero tenga usted paciencia unos cuantos días; estamos ahora muy
ocupados. Nos han derrotado en las Cortes, y esta tarde intentaremos
disolverlas. Dicen que esos canallas se negarán a marcharse; pero
Quesada estará a la puerta para arrojarlos a la calle si oponen
alguna resistencia. Vaya usted por allí, y acaso vea una _función_.»
Después de un debate de una hora, fueron disueltas las Cortes sin
necesidad de recurrir a la ayuda del temible Quesada. Galiano, sin
nuevas dilaciones, me dió una carta para su colega el duque de
Rivas, a cuyo departamento incumbía, según me dijo, conceder o negar
el permiso para imprimir el libro. El duque era un hombre joven y
apuesto, de unos treinta años, andaluz por su cuna, como sus dos
colegas ya nombrados. Había publicado varias obras—tragedias, según
creo—, y gozaba de cierta reputación literaria. Me recibió con suma
afabilidad, y enterado de mi pretensión, respondió, haciéndome una
cortesía seductora y con un gesto genuinamente andaluz: «Vea a mi
secretario; vea a mi secretario; _él hará por usted el gusto_.»
Fuí a ver al secretario, un aragonés llamado Oliban, que no era
guapo, ni de elegantes maneras, ni afable. «¿Desea usted un
permiso para imprimir el Nuevo Testamento?» «Sí, señor.» «¿Y le
ha hablado usted de esto a su excelencia?» «En efecto.» «Supongo
que intenta usted imprimirlo sin notas»,—continuó Oliban—. «Sí.»
«Entonces, su excelencia no puede darle a usted el permiso—dijo el
secretario aragonés—; el Concilio de Trento ordenó que en ningún
país cristiano pueda imprimirse parte alguna de la Escritura sin
las notas de la iglesia.» «¿Cuántos años hace de eso?»—pregunté yo.
«No sé cuántos años hace—repuso Oliban—; pero tal es el decreto del
Concilio.» «¿Es que en España rigen ahora los decretos del Concilio
de Trento?»—inquirí—. «Rigen en algunos puntos, y este es uno de
ellos—respondió el aragonés—; pero, dígame, ¿quién es usted? ¿Le
conoce el embajador de su país?» «¡Oh!, sí, y tiene mucho interés por
este asunto.» «¿De veras?—dijo Oliban—; entonces, el caso varía. Si
puede usted demostrarme que su excelencia se interesa por el asunto,
yo no pondré dificultades.»
El ministro británico hizo cuanto yo podía desear, y mucho más de
lo que me atrevía a esperar. Tuvo una entrevista con el duque de
Rivas, y hablaron detenidamente de mi asunto; el duque fué todo
sonrisas y cortesía. Escribió, además, una carta particular al
duque y me la dió, encargándome que yo mismo se la entregase la
primera vez que fuese a verle; y para remate de todo, me escribió
y dirigió otra carta en la que me dispensaba el honor de decirme
que me tenía en gran aprecio, y que su mayor placer sería que yo
obtuviese el permiso tan buscado. Fuí a ver al duque, y le entregué
la carta; estuvo diez veces más bondadoso y afable aún que antes;
leyó la carta, sonrió con la mayor dulzura, y luego, como poseído
de súbito entusiasmo, extendió los brazos de un modo casi teatral,
exclamando: «_Al secretario; él hará por usted el gusto._» De nuevo
me precipité al secretario, que me recibió con frialdad glacial. Le
referí las palabras de su jefe, y le entregué la carta que me había
escrito el ministro británico. El secretario la leyó con atención, y
me dijo que, evidentemente, su excelencia se «había» tomado interés
en el asunto. Me preguntó después mi nombre, y, tomando una hoja de
papel, se sentó como si fuese a escribir el permiso. Yo estaba en mis
glorias. De pronto, el secretario se detuvo, alzó la cabeza, pareció
reflexionar un momento, y poniéndose la pluma detrás de la oreja,
dijo: «Entre los decretos del Concilio de Trento, se cuenta uno...»
—¡Oh Dios mío!—exclamé.
—Es un hombre singular ese Oliban—dije un día a Galiano—; no puede
usted imaginarse lo me está haciendo pasar; no se cansa de hablarme
del Concilio de Trento.
—En el Trento quisiera yo verle metido hasta la cintura por decir
tales tonterías. Sin embargo, procuraremos no desagradar a Oliban;
es de los nuestros y nos ha prestado buenos servicios; es, además,
hombre inteligente; pero, como buen aragonés, si se le mete una idea
en la cabeza, cuesta mucho trabajo arrancársela. No obstante, iremos
a verle; es antiguo amigo mío, y no dudo que le haremos entrar en
razón.
Al día siguiente fuí a buscar a Galiano al Ministerio de Marina
o Almirantazgo (¿cómo se debe decir?), y desde allí fuimos al
Ministerio de lo interior, instalado en un edificio magnífico,
antigua _casa_ de la Inquisición. Nos avistamos con Oliban. Galiano
se lo llevó al hueco de una ventana, y hablaron detenidamente, pero
en voz muy baja, y como la habitación era inmensa, no pude oír
palabra. Al cabo, Galiano se me acercó y dijo: «Hay alguna dificultad
para resolver el asunto de usted; pero ya sabe Oliban que es usted
amigo mío, y dice que eso le basta; quédese aquí con él, y hará
cuanto sea necesario en favor de usted. Es asunto arreglado. ¡Adiós!»
En diciendo esto, se marchó, dejándome con Oliban. El secretario
comenzó acto seguido a escribir no sé qué cosa, y, al terminar, sacó
una caja de cigarros, encendió uno, después de ofrecerme otro que
rehusé, porque no fumo, y apoyando los pies en la mesa me dirigió en
francés el siguiente discurso:
—Me alegro mucho de ver a usted en esta capital, y aún de verle
trabajar en ese asunto. Considero un oprobio para España que no
circule ninguna edición del Evangelio, al menos en condiciones
tales que puedan adquirirla los más ricos y más pobres; una edición
descargada de notas de invención humana, que aumentan el volumen del
libro hasta hacerlo inmanejable. Para mí es indudable que una edición
como la que usted intenta imprimir, ejercería una influencia muy
beneficiosa en el espíritu del pueblo, que, entre nosotros, no conoce
la religión a fondo ni en su pureza. ¿Cómo va a conocerla, visto que
le han mantenido siempre cuidadosamente apartado del Evangelio, como
si la civilización pudiera existir donde la luz evangélica se apaga?
La regeneración moral de España depende de la libre circulación de
la Escritura, tarea en que sólo Inglaterra, su afortunada patria de
usted, puede empeñarse, por el nivel elevado de su civilización y la
prosperidad sin rival de que al presente goza. La razón me obliga, en
efecto, a reconocer todo esto, pero...
—«Ahora es ella»—pensé yo.
—«Pero...» Y una vez más comenzó a hablarme del fastidioso Concilio
de Trento; me pareció, pues, que lo de escribir en un papel, la
oferta del cigarro, y la enojosa y larga arenga no eran sino—¿cómo lo
llamaré?—mera Φλυαρία.
Andaba ya por entonces muy entrada la primavera; las vertientes,
aunque no las cumbres, del Guadarrama estaban desde tiempo atrás
limpias de nieve; los árboles del Prado lucían ya su verde pompa, y
toda la _campiña_ de los alrededores de Madrid mostrábase alegre y
risueña. Aún no habían llegado calores estivales, y el tiempo era, en
verdad, delicioso.
Hacia el Oeste, al pie de la colina en que se alza Madrid, un
canal corre durante unas cuantas leguas paralelo al Manzanares,
del que le separan fértiles y amenas praderas. Las márgenes del
Canal, empezado por Carlos III y no concluído hasta el día, están
plantadas de hermosos árboles y constituyen el paseo más ameno
de las inmediaciones de la capital. Allí iba yo a perder horas y
horas, mirando los bancos de peces dorados y plateados que emergían
al sol en la superficie de las aguas verdosas, o escuchando, no
el trinar de los pájaros—porque no es España la tierra de esos
cantores alados—, sino la charla de un _naranjero_, que, además de
naranjas, vendía agua junto a una casilla de registro abandonada,
frontera precisamente al puente de tablas que cruzaba el canal; allí
había instalado su tenducho el naranjero por parecerle la posición
favorable para su comercio. Era asturiano, como de cincuenta años,
y de unos cinco pies de alto. Yo le compraba muchas naranjas, y no
tardó en sentir gran amistad por mí ni en contarme su historia;
ninguna cosa notable había en ella; el suceso más importante era
una aventura que le ocurrió en la sierra de Granada, donde cayó en
poder de unos gitanos que le dejaron en cueros y luego le despidieron
dándole de palos. «He corrido toda España—me dijo—, y en conclusión
opino que sólo hay dos sitios donde se puede vivir: Málaga y Madrid.
En Málaga va todo muy barato, y hay tal abundancia de pescado, que
muchas veces lo he visto amontonado en la orilla del mar; en Madrid,
como está la corte, corre el dinero, y nunca me acuesto sin cenar.
Lo único que me importa es vender naranjas, y mi único deseo es que,
cuando muera, me entierren allí.» Al decir esto, señalaba al otro
lado del Manzanares, donde, en el declive de una suave colina, como a
una legua de distancia, brillaban al sol los blancos muros del _Campo
Santo_.
El asturiano era un individuo muy zumbón, y aunque apenas sabía leer
ni escribir, nada ignorante de las cosas del mundo; tenía muchas y
exactas noticias de infinito número de personas, y poca gente pasaba
junto a su puesto de quien él no conociese los nombres, el carácter y
la historia. «Esos dos son gente muy principal—decía señalando a un
caballero y una dama magníficamente ataviados, que se apearon de un
coche, y pasaron cogidos del brazo por el puente de madera, seguidos
de dos sirvientes—; son el _Infante_ Francisco Paulo y su mujer la
_Napolitana_, hermana de nuestra Cristina. Él es una buena persona;
pero su mujer, _vaya_, es la de peor genio de Madrid; sabe decir
_carrajo_ tan bien y con tan excelente entonación como el carretero
de la Mancha de peor temple. No la salude usted, _amigo_; no tiene
educación ni guarda la etiqueta; una vez la saludé y no me hizo caso
alguno, como si yo no fuese asturiano y noble, de mejor sangre que
ella... ¡Buenos días, _señor don Francisco_! _¿Qué tal?_ Hace un
tiempo hermoso. _Vaya su merced con Dios..._ Esos tres individuos
que han bebido agua son tres bandidos, tres verdaderos hijos del
presidio. Los trato con amabilidad y me pagan o no, según les parece;
no se puede uno poner a malas con ellos. He tenido ya algún disgusto
por causa suya: figúrese usted que hará cosa de un año robaron a un
señor un poco más abajo del segundo puente; y, dicho sea de paso,
le aconsejo a usted, hermano, que no vaya por allí, como creo que
va muy a menudo; es un sitio peligroso. Pues, como digo, robaron
y maltrataron a un señor; pero un hermano suyo, _escribano_, se
puso pronto sobre la pista, y los prendió a todos. Necesitaba que
alguien los identificara, y quiso la casualidad que el día del robo
estuviesen en mi puesto bebiendo agua, como acaban de hacer ahora.
En cuanto el _escribano_ lo supo me llamó a la cárcel para carearme
con ellos. Demasiado bien los conocí, pero como he aprendido en
mis viajes a cerrar los ojos o a abrirlos según convenga, dije al
_escribano_ que no me era posible afirmar que hubiese visto a tales
hombres anteriormente. El escribano, furioso, me amenazó con el
calabozo; pero yo le dije que hiciera su gusto, que no me importaba.
_Vaya_, no era cosa de exponerme a la venganza de los tres presos y a
la de sus amigos; vivo demasiado cerca de la Plaza de la Cebada para
eso... ¡Buenos días, señoritos! Naranjas de Murcia, como ustedes ven:
la verdadera sangre del dragón... ¡Agua fresca! Estos dos jóvenes
son los hijos de Gabiria, intendente de la reina, el hombre más rico
de Madrid; son guapos chicos y me compran mucha fruta. Su padre los
quiere más que a todas sus riquezas, según dicen. Aquella vieja que
está tirada debajo de un árbol es la _tía Lucila_; ha hecho varias
muertes, y como me debe dinero, espero que algún día la veré ahorcar.
Este hombre fué de la guardia walona; «_señor don_ Benito Mol, ¿cómo
está usted?»
El personaje últimamente nombrado, absorvió en el acto mi atención.
Era un anciano corpulento, de más que mediana estatura, con el
cabello blanco y las facciones algo encendidas; tenía los ojos
grandes y azules, y siempre había en ellos, cuando los clavaba en
alguien, una expresión de ansiedad, como si esperase recibir noticias
importantes. Iba modestamente vestido, con chaqueta y pantalón de
paño vasto, de tinte rojizo. Tocábase con un _sombrero_ inmenso pero
tan maltratado, que el borde de las alas tenía tantos dentellones
como una sierra. Contestó al saludo del naranjero, hízome una
cortesía, y luego exhibió dos pastillas de jabón de olor que trató
de vendernos; hablaba una jerga áspera y destemplada que quería
ser español, pero que se parecía más al valenciano o al catalán.
Preguntéle quién era, y pasó entre los dos el siguiente coloquio:
—Soy suizo, de Lucerna; me llamó Benedicto Mol, y fuí soldado en la
guardia walona; ahora soy jabonero, para servirle.
—Habla usted bastante mal el español—dije yo—. ¿Cuánto tiempo lleva
usted aquí?
—Cuarenta y cinco años—repuso Benedicto—; pero cuando licenciaron la
guardia me fuí a Menorca, donde olvidé el español sin aprender el
catalán.
—¿Le gustaba a usted servir al rey de España?
—No tanto, que no me hubiera alegrado dejarlo hace cuarenta años; nos
pagaban mal y nos trataban peor. Pero, si no me equivoco, usted es
alemán; le hablaré a usted en mi lengua natal... Hubiera abandonado
el servicio de España, como abandoné el del Papa, a quien serví antes
de venir a este país, siendo muy joven; pero me casé con una mujer
de Menorca, de quien tuve dos hijos; esto fué lo que me retuvo tanto
tiempo por allá; antes de salir de Menorca mi mujer murió, y mis
hijos se fueron cada uno por su lado y no sé qué ha sido de ellos. Mi
intención es volver pronto a Lucerna y vivir allí a lo duque.
—Por lo visto, ha reunido usted un buen capital en España—dije yo,
mirando a su sombrero y a lo demás de su atavío.
—Ni un _cuart_, ni un _cuart_; estas pastillas de jabón son todo lo
que poseo.
—Quizás sea usted de buena familia y piense vivir de sus rentas.
—Ni un _heller_, ni un _heller_. Mi padre era el verdugo de Lucerna;
cuando se murió, embargaron su cadáver para pagar sus deudas.
—Entonces—dije yo—se propone usted, sin duda, dedicarse a la
fabricación de jabones en Lucerna. Hará usted muy bien, amigo mío, no
conozco ocupación más honrosa y útil.
—No tengo la menor intención de dedicarme a eso en Lucerna—replicó
Benedicto—. Y como veo que es usted alemán, _lieber Herr_, y me
agrada su aspecto y su modo de expresarse, le diré a usted en
confianza que apenas si conozco el oficio, y ya me han despedido de
varias fábricas por mi impericia; las dos pastillas de jabón que
llevo en el bolsillo no las he fabricado yo. _In kurzem_, tan mal
enterado estoy del oficio de jabonero, como del de sastre, albeitar o
zapatero que también he desempeñado.
—Pues no comprendo por qué espera usted vivir hecho un _Herzog_ en su
país, como no crea usted que los habitantes de Lucerna le mantendrán
con esplendor a expensas del tesoro público, en consideración a
servicios prestados al Papa y al Rey de España.
—_Lieber Herr_—dijo Benedicto—los habitantes de Lucerna no gustan
de mantener a sus expensas a los soldados del Papa ni a los del rey
de España. Muchos de la antigua guardia que han vuelto allá, piden
limosna por las calles. Pero yo iré en un coche tirado por seis
mulas, con un tesoro, un gran _Schatz_, que hay en la iglesia de
Santiago de Compostela.
—Supongo que no se propondrá usted robar la iglesia—dije yo—, pero
si lo hace, creo que sufrirá usted un desengaño. Mendizábal y los
liberales le han ganado a usted por la mano. Según me dicen, ya
no quedan en las catedrales españolas más tesoros que unos pocos
ornamentos mezquinos y unos cuantos utensilios de plata.
—Mi buen _Herr_ alemán—dijo Benedicto—, no se trata del _Schatz_ de
la iglesia, sino de otro, cuya existencia sólo yo conozco. Pronto
hará treinta años que, entre otros soldados enviados por enfermos a
Madrid, vino uno de mis compañeros de la guardia walona, que había
ido con los franceses a Portugal; estaba muy enfermo y no tardó en
morir. Pero antes de exhalar el último suspiro me mandó llamar, y
en su lecho de muerte me dijo que él, con otros dos soldados, ya
muertos, había enterrado en cierta iglesia de Compostela un gran
botín traído de Portugal. Consistía en _moidores_ de oro y en un
paquete de diamantes del Brasil, muy gruesos, encerrado todo ello en
una olla de cobre. Le escuché con avidez, y puedo decir que desde
aquel momento no he dejado de pensar, ni de día ni de noche, en el
_Schatz_. Es muy fácil de encontrar, pues el moribundo me hizo una
descripción tan minuciosa del escondite, que, una vez en Compostela,
sin dificultad alguna pondría la mano en él; muchas veces he estado
ya a punto de emprender el viaje, pero siempre ha venido algo
imprevisto a estorbármelo. Cuando mi mujer murió, salí de Menorca
decidido a ir a Santiago, pero al llegar a Madrid, caí en manos de
una vascongada que me persuadió a que viviese con ella, y así lo he
hecho durante varios años. Es una _Hax_[132] muy grande, y dice que
si la abandono, me echará un sortilegio del que no me libraré nunca.
_Dem Got sey Dank_, ahora está en el hospital, para morirse de un
día a otro. Tal es mi historia, _lieber Herr_.
[132] Bruja. En alemán, _Hexe_. (Nota de Borrow.)
He referido con todo cuidado la anterior conversación, porque en el
curso de este relato haré frecuente mención del suizo; sus aventuras
subsiguientes fueron de lo más extraordinario, y la última de todas
causó gran sensación en España.