CAPÍTULO XII

Mi alojamiento en Madrid.—La patrona.—El embajador

británico.—Mendizábal.—Baltasar.—Deberes de un Nacional.—Sangre

moza.—La ejecución.—La población de Madrid.—Las clases altas.—Las

clases bajas.—Las corridas de toros.—El gitano.

Llegué a Madrid en los comienzos de febrero de 1837. Estuve breves

días en una _posada_, y me mudé a la habitación que alquilé en

el núm. 3 de la calle de la Zarza[129], calle oscura y sucia, no

obstante hallarse pegada a la Puerta del Sol, punto céntrico de

Madrid, donde desembocan cuatro o cinco de las vías principales, y

sitio de reunión, en todas las épocas del año, de los vagos de la

capital, pobres o ricos.

[129] Iba desde la de Preciados a la del Arenal; desde la calle

de la Zarza salía a la Puerta del Sol el callejón del Cofre, o de

Cofreros. Desaparecieron al ensanchar la Puerta del Sol.

La casa en que me alojé, era bastante singular. Ocupaba yo la parte

delantera del primer piso; mis habitaciones consistían en una sala

inmensa con un cuarto pequeño al lado, para dormir. La sala, a pesar

de su tamaño, tenía muy pocos muebles: unas cuantas sillas, una

mesa y un sofá componían todo su ornamento. Era muy fría y aireada,

gracias a las corrientes que se colaban por tres grandes ventanas

y por diversas puertas. La señora de la casa, acompañada por sus

dos hijas, me condujo a mi aposento. «¿Ha visto usted nunca—me

preguntó—un cuarto tan hermoso como éste? ¿Verdad que es digno de un

príncipe? El invierno pasado vivió aquí el gran general Espartero.»

La patrona era una mujer de desmesurada gordura, natural de

Valladolid, en Castilla la Vieja. «¿Tiene usted alguna otra familia

además de estas hijas?»—le pregunté—. «Dos hijos. Uno es oficial del

ejército, y padre de este niño»—me contestó señalando a un muchacho

de unos doce años, con cara de travieso pero listo, que brincaba por

el aposento; «el otro es el nacional más famoso de Madrid. Es sastre

de oficio y se llama Baltasar. Tiene gran influencia con los otros

nacionales por el liberalismo de sus opiniones, y a una palabra suya

toman las armas y acuden furiosos a la Puerta del Sol. Al presente,

guarda cama; hace una vida muy desarreglada, y es muy amigo de

toreros y de gentes peores aún.»

Como el principal motivo de mi visita a la capital de España era el

deseo de obtener permiso del Gobierno para imprimir en castellano el

Nuevo Testamento y difundirlo por el país, comencé, sin pérdida de

tiempo, a dar los pasos que me parecieron necesarios.

Era yo completamente desconocido en Madrid, y no llevaba cartas de

presentación para ninguna persona influyente que pudiera valerme en

mi empresa, de suerte que, si bien abrigaba esperanzas de buen éxito,

confiando en la protección del Omnipotente, esas esperanzas sufrían

pasajeros desmayos y las oscurecían con frecuencia las nubes del

desaliento.

Por entonces era primer ministro en España Mendizábal, y se le tenía

por hombre de poder casi ilimitado, en cuyas manos estaban los

destinos del país. Consideré, pues, que si lograba por cualquier

medio poner de mi parte a hombre tan poderoso, no tendría que temer

molestia alguna por otro lado, y resolví acudir a él.

Antes de dar ese paso, me pareció prudente avistarme con Mister

Villiers, embajador de Inglaterra en Madrid, y, con la libertad aneja

a mi condición de súbdito británico, pedirle consejo en el asunto.

Me recibió con mucha bondad, y tuvimos una conversación agradable

acerca de varios temas antes de abordar el que a mí me preocupaba

hondamente. Díjome que si yo deseaba una entrevista con Mendizábal,

él se ofrecía a procurármela, pero al mismo tiempo me advirtió con

franqueza que no esperaba de ella ningún resultado bueno, porque le

constaba la violenta predisposición de Mendizábal contra la Sociedad

Bíblica Británica y Extranjera, y era lo más probable que en lugar

de favorecerlo, contrariase cualquier intento de la Sociedad para

introducir el Evangelio en España. Resolví, a pesar de todo, hacer

la prueba, y antes de separarme del embajador obtuve una carta de

presentación para Mendizábal.

Una mañana, temprano, acudí a Palacio, en una de cuyas alas estaba

el despacho del primer ministro. El frío era cruel; el Guadarrama,

sobre el que hay una hermosa vista desde la explanada del Palacio,

estaba cubierto de nieve. Casi tres horas estuve tiritando de frío

en una antecámara, con varias personas más que, como yo, aguardaban

audiencia del poderoso. Al cabo se presentó el secretario particular,

y después de hacer diversas preguntas a los otros, se dirigió

a mí, interrogándome acerca de mi calidad y mis pretensiones.

Díjele que yo era un inglés, portador de una carta del ministro

británico. «Si usted no se opone, yo se la entregaré personalmente

a su excelencia»—me dijo—. En oyendo esto, le alargué la carta y

desapareció. Entraron antes que yo varias personas, pero me llegó el

turno, al fin, y me introdujeron en el despacho de Mendizábal.

El ministro estaba detrás de una mesa cubierta de papeles,

examinándolos con intensa atención. No se enteró de mi presencia, y

tuve tiempo suficiente para contemplarlo. Era un hombre corpulento,

atlético, un poco más alto que yo, que mido descalzo seis pies y

dos pulgadas; de tez sonrosada, facciones finas y correctas, nariz

aguileña y dientes de espléndida blancura; aunque apenas frisaba en

los cincuenta años, tenía el pelo muy canoso. Vestía una lujosa bata

de mañana, con una cadena de oro alrededor del cuello, y calzaba

chinelas de tafilete.

Su secretario, hombre de buena presencia y de expresión inteligente,

que, según supe después, se había conquistado un nombre en la

literatura española y en la inglesa, permanecía en pie junto a la

mesa, con papeles en las manos.

Después de hacerme esperar en pie un cuarto de hora, Mendizábal

alzó súbitamente sus ojos penetrantes y clavó en mí una mirada

escrutadora, poco común. «He visto un mirar muy parecido a ese entre

los Beni-Israel—dije entre mí...

Nuestra entrevista duró casi una hora; la conversación fué de

singular interés. Mendizábal, como ya me habían advertido, era, en

efecto, ardiente enemigo de la Sociedad Bíblica, de la que hablaba

con odio y desprecio; estaba también muy lejos de ser un amigo de la

religión cristiana, con quien me fuese fácil contar. Sin desanimarme

por eso, le insté mucho en favor del asunto que allí me llevaba, y

tuve tanta fortuna, que ofreció permitirme imprimir las Escrituras

si, como esperaba, de allí a unos meses el país estaba más tranquilo.

Cuando ya me marchaba, me dijo: «No es esta la primera petición de

ese género que me hacen. Desde que estoy en el gobierno, no se harta

de importunarme con esas cosas una bandada de ingleses, desparramados

hace poco por España, que se llaman a sí mismos cristianos

evangélicos. Todavía la semana pasada, un individuo jorobado se abrió

paso hasta mi despacho, donde yo trataba asuntos importantes, y me

dijo que Cristo estaba para llegar de un momento a otro... y ahora

viene usted y casi me convence, para indisponerme aun más con el

clero, como si todavía no me odiase bastante. ¿Qué singular desvarío

les impulsa a ustedes a ir por mares y tierras con la Biblia en la

mano? Lo que aquí necesitamos, mi buen señor, no son Biblias, sino

cañones y pólvora para acabar con los facciosos, y, sobre todo,

dinero para pagar a las tropas. Siempre que venga usted con esas tres

cosas, se le recibirá con los brazos abiertos; si no, habrá usted

de permitirnos prescindir de sus visitas, por mucho honor que nos

dispense con ellas.

YO.—Los disturbios de este infortunado país no acabarán hasta que

el Evangelio circule libremente.

MENDIZÁBAL.—Esperaba la respuesta, porque he vivido trece

años en Inglaterra y conozco algo la fraseología de sus buenos

correligionarios. Ahora, déjeme, se lo ruego; como ve usted, estoy

muy ocupado. Vuelva cuando quiera, pero no antes de tres meses.»

Una mañana, mientras me desayunaba con los pies encima del _brasero_,

entró la patrona en mi aposento y me dijo: «_Don Jorge_, aquí está mi

hijo Baltasarito, el nacional. Ya se levanta de la cama, y al saber

que teníamos un inglés en casa, me ha pedido que le presente, porque

tiene mucha afición a los ingleses por sus ideas liberales. Aquí le

tiene usted, ¿qué le parece?»

Me guardé de decir a su madre mi opinión. A mi parecer, hacía muy

bien en llamarle Baltasarito, porque jamás el antiguo y sonoro

nombre de Baltasar se habría dado a sujeto tan exiguo. Podría tener

hasta cinco pies y una pulgada de altura, y era más bien corpulento

para su talla; el rostro amarillento y enfermizo, pero con cierta

expresión de fanfarronería; los ojos pardos, muy oscuros, eran vivos

y brillantes. Iba vestido, o más bien desvestido, malamente, con una

gorra de cuartel y un capote de reglamento, viejo y muy holgado, que

hacía las veces de bata.

—Celebro mucho conocerle, _señor nacional_—le dije en cuanto su

madre se retiró, y así que Baltasar se hubo sentado y encendido,

claro está, un cigarro de papel en el _brasero_—. Me alegro mucho

de haberle conocido, sobre todo porque, según me ha dicho su señora

madre, tiene usted gran influencia con los nacionales. Yo, como

extranjero, puedo tener necesidad de un amigo; la fortuna me favorece

al proporcionarme uno que es miembro de tan poderoso cuerpo.

BALTASAR.—Sí, tengo bastante mano con los otros nacionales; en

Madrid no hay ninguno más conocido que Baltasar, ni más temido por

los carlistas. ¿Dice usted que puede hacerle falta un amigo? Pues

ya sabe que dispone de mí para cuanto se le ofrezca. Tanto yo, como

los demás nacionales, nos enorgulleceremos sirviéndole a usted de

_padrinos_, si tiene entre manos algún lance de honor. Pero, ¿por qué

no se hace usted de los nuestros? Le recibiríamos a usted con mucho

gusto en el cuerpo.

YO.—¿Son muy duras las obligaciones de un nacional?

BALTASAR.—Nada de eso. Estamos de servicio una vez cada quince

días, y luego suele haber alguna revista de poca duración. Las

obligaciones son ligeras y privilegios grandes. Por ejemplo: yo

he visto a tres compañeros míos pasearse un domingo por el Prado,

armados de estacas, y apalear a cuantos les parecían sospechosos.

Más aún; tenemos la costumbre de rondar de noche por las calles, y

cuando tropezamos con alguien que nos desagrada, caemos sobre él, y

a cuchilladas o bayonetazos, le dejamos, por lo común, en el suelo

revolcándose en su sangre. Sólo a un nacional se le permitiría hacer

tales cosas.

YO.—Supongo que todos los nacionales serán de opinión liberal.

BALTASAR.—¡Así debiera ser! Pero hay algunos, _don Jorge_, que

no nos parecen muy de fiar. Son pocos, sin embargo, y a casi todos

los conocemos. La vida que llevan es poco envidiable, porque cuando

están de guardia, nos burlamos de ellos, y con frecuencia los damos

de palos. La ley obliga a todos los hombres de cierta edad a servir

en el ejército o a alistarse en la guardia nacional; por eso hay en

nuestras filas algunos de esos _godos_.

YO.—¿Hay muchos carlistas en Madrid?

BALTASAR.—Entre la gente joven, no; la mayor parte de los carlistas

madrileños capaces de llevar las armas, se fueron hace tiempo a la

facción. Los que quedan son casi todos viejos o curas, buenos tan

sólo para reunirse en algún café apartado y proyectar fantásticos

complots. ¡Que hablen, _don Jorge_, que hablen! Los destinos de

España no dependen de los deseos de _ojalateros_ y _pasteleros_, sino

de las manos de los nacionales, intrépidos y firmes, como yo y mis

amigos, _don Jorge_.

YO.—Por su señora madre he sabido, con pena, que hace usted una

vida muy desordenada.

BALTASAR.—¡Cómo! ¿Se lo ha dicho a usted, _don Jorge_? ¡Qué quiere

usted, _don Jorge_! Soy joven, y la sangre joven hierve en las

venas. Los nacionales me llaman el alegre Baltasar, y mi popularidad

se funda en la jovialidad de mi carácter y en mis ideas liberales.

Cuando estoy de guardia, llevo siempre la guitarra, ¡y si viera usted

qué _función_ se arma! Mandamos por vino, y los nacionales se pasan

la noche bebiendo y bailando, mientras Baltasarito toca la guitarra y

canta canciones de _Germania_.

Una romí sin pachí

le penó a su chindomar; etc.

Esto es _gitano_, _don Jorge_. Me lo han enseñado los _toreros_ de

Andalucía; todos hablan _gitano_, y muchos lo son de raza. Montes,

Sevilla, Poquito Pan son amigo míos. No hay _función_ de toros, _don

Jorge_, en que no esté Baltasar con su _amiga_. En el invierno no se

dan corridas de toros, _don Jorge_, que si no, le llevaría a usted a

una; por suerte, mañana hay una ejecución; una _función de la horca_,

e iremos a verla, _don Jorge_.

Fuimos a ver la ejecución, que no se me olvidará en mucho tiempo. Los

reos eran dos jóvenes, dos hermanos, culpables de haber escalado de

noche la casa de un anciano y asesinádole cruelmente para robarle.

En España estrangulan a los reos de muerte contra un poste de madera

en lugar de colgarlos, como en Inglaterra, o de guillotinarlos, como

en Francia. Para ello, los sientan en una especie de banco, con un

palo detrás, al que se fija un collar de hierro, provisto de un

tornillo; con el collar se le abarca el cuello al reo, y a una señal

dada, se aprieta con el tornillo hasta que el paciente expira. Mucho

tiempo llevábamos ya esperando entre la multitud, cuando apareció el

primer reo, montado en un asno, sin silla ni estribos, de modo que

las piernas casi le arrastraban por el suelo. Vestía una túnica de

color amarillo azufre, con un gorro encarnado, alto y puntiagudo,

en la rapada cabeza. Sostenía entre las manos un pergamino, en el

que había escrito algo, supongo que la confesión de su delito.

Dos curas llevaban al borrico por el ramal; otros dos caminaban a

cada lado, cantando letanías, en las que percibí palabras de paz y

tranquilidad celestiales; el delincuente se había reconciliado con

la iglesia, confesado sus culpas y recibido la absolución, con

promesa de ser admitido en el cielo. Sin mostrar el más leve temor,

el reo se apeó, y subió sin ayuda al cadalso, donde le sentaron en

el banquillo y le echaron al cuello el corbatín fatal. Uno de los

curas comenzó entonces a decir el Credo en voz alta, y el reo repetía

las palabras. De pronto, el ejecutor, colocado detrás de él, dió

vueltas al tornillo, de prodigiosa fuerza, y casi instantáneamente

aquel desdichado murió. A tiempo que el tornillo giraba, el cura

comenzó a gritar, _pax et misericordia et tranquillitas_, y gritando

continuó, en voz cada vez más recia, hasta hacer retemblar los altos

muros de Madrid. Luego se inclinó, puso la boca junto al oído del

reo, y de nuevo clamó, como si quisiera perseguir a su alma en su

marcha hacia la eternidad y consolarla en el camino. El efecto era

tremendo. Yo mismo me excité tanto, que involuntariamente exclamé:

_¡Misericordia!_ Y lo mismo hicieron otros muchos. Nadie pensaba allí

en Dios ni en Cristo; todos los pensamientos se concentraban en el

cura, que en tal momento parecía el más importante de todos los seres

vivos, con poder suficiente para abrir y cerrar las puertas del cielo

o del infierno, según lo tuviese a bien; pasmoso ejemplo del sistema

papista imperante, cuyo principal designio fué siempre mantener el

ánimo del pueblo todo lo apartado de Dios que podía, y en concentrar

en el clero sus esperanzas y temores. La ejecución del segundo reo,

fué enteramente igual; subió al patíbulo a los pocos minutos de haber

expirado su hermano.

He visitado casi todas las capitales importantes del mundo; pero, en

conjunto, ninguna me ha interesado tanto como la villa de Madrid,

donde a la sazón me hallaba. No hablo de sus calles ni edificios, de

sus plazas ni de sus fuentes, aunque algo de esto hay en Madrid digno

de nota; Petersburgo tiene calles más hermosas; París y Edimburgo,

edificios más suntuosos; Londres, plazas más bellas, y Shiraz

puede alabarse de poseer fuentes más lujosas, aunque no aguas más

frescas. ¡Pero la población!... Cercados por un muro de tierra que

apenas mide legua y media a la redonda, se agolpan doscientos mil

seres humanos, que forman, con toda seguridad, la masa viviente más

extraordinaria del mundo entero; y no se olvide nunca que esta masa

es estrictamente española. La población de Constantinopla es harto

singular, pero han contribuído a formarla veinte naciones—griegos,

armenios, persas, polacos, judíos; estos últimos de origen español,

dicho sea de paso, y que aún hablan entre sí el castellano antiguo.

Pero la población de Madrid, en su totalidad, sin otra excepción

que un puñado de extranjeros, principalmente sastres, guanteros y

_perruquiers_ franceses, es española neta, aunque buena parte de

ella no haya nacido en la capital. Aquí no hay colonias de alemanes,

como en San Petersburgo; ni factorías inglesas, como en Lisboa; ni

multitudes de yanquis insolentes callejeando, como en la Habana, con

un aire que parece decir: «Este país será nuestro en cuanto queramos

apoderarnos de él»; sino una población inculta, sorprendente, formada

por muy varios elementos, pero española, y que lo seguirá siendo

mientras la ciudad exista. ¡Salud, _aguadores_ de Asturias, que,

con vuestro grosero vestido de muletón y vuestras monteras de piel,

os sentáis por centenares al lado de las fuentes, sobre las cubas

vacías, o tambaleándoos bajo su peso, una vez llenas, subís hasta

los últimos pisos de las casas más altas! ¡Salud, _caleseros_ de

Valencia, que, recostados perezosamente en vuestros carruajes, picáis

tabaco para liar un cigarro de papel, en espera de parroquianos!

¡Salud, mendigos de la Mancha, hombres y mujeres que, embozados en

burdas mantas, imploráis la caridad indistintamente a las puertas

de los palacios o de las cárceles! ¡Salud, criados montañeses,

_mayordomos_ y secretarios de Vizcaya y Guipúzcoa, _toreros_ de

Andalucía, _reposteros_ de Galicia, tenderos de Cataluña! ¡Salud,

castellanos, extremeños y aragoneses, de cualquier oficio que seáis!

Y, en fin, vosotros, los veinte mil _manolos_ de Madrid, hijos

genuinos de la capital, hez de la villa, que con vuestras terribles

navajas causasteis tal estrago en las huestes de Murat el día Dos

de Mayo, ¡salud! Y a las clases más elevadas—a los caballeros, a

las _señoras_—, ¿las pasaré en silencio? En verdad tengo poco que

decir de ellos. Apenas los traté, y lo que vi de sus costumbres no

era muy a propósito para sublimarlos en mi imaginación. Yo no soy

de los que, vayan donde vayan, siguen la inveterada práctica de

vilipendiar a las clases altas y de exaltar a su costa al populacho.

En muchas capitales, la parte más notable e interesante de la

población es precisamente la aristocracia. Tal ocurre en Viena,

y más especialmente en Londres. ¿Quién puede rivalizar con el

aristócrata inglés en prestancia, fuerza y valentía? ¿Quién monta

mejores caballos? ¿Quién goza de posición más sólida? ¿Quién más

amable que su esposa, su hermana o su hija? Pero tratándose de la

aristocracia española, así de las _señoras_ como de los caballeros,

cuanto menos se diga en cada uno de los puntos aludidos, será mejor.

Sin embargo, sé muy poco acerca de ellos, lo confieso; quizás tengan

sus admiradores, a los que cedo la tarea de escribir su panegírico.

Le Sage los describió tales como eran hace casi dos siglos; sus

rasgos son poco seductores, y no creo que hayan mejorado desde que

el inmortal francés los retrató. Hablaré, pues, con más gusto de

las clases bajas, no sólo de Madrid, pero de toda España. Un español

de la clase baja, sea _manolo_, labriego o arriero, me parece

mucho más interesante que un aristócrata. Es un ser poco común, un

hombre extraordinario. Le faltan, es cierto, la amabilidad y la

generosidad del _mujik_ ruso, capaz de dar su único _rouble_ antes

que el forastero pase necesidad; tampoco tiene su tranquilo valor,

que le hace invulnerable al miedo y le impulsa, al mando de su zar,

a arrostrar cantando una muerte cierta. En el carácter español hay

menos abnegación y más dureza; le anima, en cambio, un sentimiento

de altiva independencia que roba la admiración. Es ignorante, por

supuesto; pero, cosa singular, invariablemente he encontrado en las

clases más bajas y peor educadas, mayor generosidad de sentimientos

que en las altas. Mucho tiempo ha sido moda hablar del fanatismo de

los españoles y de su mezquino recelo de los extranjeros. Esto es

verdad hasta cierto punto; pero es verdad, principalmente, respecto

de las clases altas. Si el valor o el talento de los extranjeros

nunca han alcanzado en España el premio merecido, la gran masa de los

españoles no tiene la culpa de ello. He oído calumniar a Wellington

en el mismo soberbio teatro de sus triunfos; pero nunca por los

soldados viejos de Aragón y de Asturias, que le ayudaron a vencer

a los franceses en Salamanca y en los Pirineos. He oído criticar el

modo de montar de un _jockey_ inglés; pero el crítico era el necio

heredero de los Medinaceli, no un _picador_ de la plaza de Madrid.

A propósito de picadores: un día, poco después de mi llegada a

Madrid, estuve un par de horas callejeando, en viaje de exploración,

por un barrio famoso a causa de los robos y muertes que en él

se cometían, y, al sentirme cansado, entré en un tabernucho a

refrigerarme. Había muchos parroquianos, todos con cara de bandidos;

a mi saludo contestaron quitándose los _sombreros_ con mucha

ceremonia y abriéndome calle hasta el mostrador. Vacié un vaso de

_val de peñas_, y ya iba a pagar y a marcharme, cuando un individuo

de horrible catadura, vestido con un coleto de ante fuerte, zajones

y botas de montar que le pasaban de las rodillas, y tocado con

un sombrero claro, cuyas alas tenían lo menos vara y media de

circunferencia, se abrió paso entre la gente, y, encarándose conmigo,

dijo con voz de trueno:

—_¡Otra copita! ¡Vamos, inglesito, otra copita!_

—Gracias, mi buen señor; es usted muy amable. Parece que me conoce

usted; pero yo no tengo el honor de conocerle.

—¿No me conoce?—replicó el tal—. ¡Soy Sevilla, el _torero_! Yo

le conozco a usted mucho; usted es el amigo de Baltasarito, el

nacional, que es amigo mío y muy buena persona.

Volviéndose entonces a la compañía, dijo con voz sonora, arrastrando

la última sílaba de cada palabra, según costumbre de la _gente

rufianesca_ en toda España:

—Caballeros valientes: Este caballero es amigo de un amigo mío.

_Es mucho hombre._ No hay en España quien le iguale. Aunque es

_inglesito_, habla _gitano_ cerrado.

—No lo creemos—replicaron varias voces graves—. No es posible.

—¿Decís que no es posible? Pues yo os digo que sí. Ven acá, Balseiro;

tú, que te has pasado la vida en presidio y te estás alabando siempre

de hablar el _gitano_ cerrado, aunque no sabes palabra, ven acá y

habla con su merced en _gitano_ cerrado.

Un hombre pequeño, enclenque, pero vivaracho, se adelantó. Iba en

mangas de camisa y llevaba una montera; era guapo, pero con cara de

demonio.

Habló unas pocas palabras en la corrompida jerga gitana de las

cárceles, preguntándome si había estado alguna vez en el calabozo, y

si sabía lo que era una _gitana_[130].

[130] Doce onzas de pan, o libra corta, ración de la

cárcel. (Nota de Borrow.)

—Vamos, _inglesito_—gritó Sevilla con voz tonante—, respóndele al

_monró_[131] en _gitano_ cerrado.

[131] Amigo.

Contesté al ladrón, porque lo era en efecto, y de los que han dejado

nombre duradero en la historia de la picardía madrileña; le contesté

con alguna extensión en el dialecto de los gitanos extremeños.

—Creo que es _gitano_ cerrado—musitó Balseiro—, o si no, será inglés,

porque no entiendo ni una palabra.

—¿No te decía yo—exclamó el picador—que no sabes ni palabra del

gitano cerrado? Pero el _inglesito_ sí lo sabe, y yo entiendo todo

lo que dice; _vaya_, no hay nadie como él para el _gitano_ cerrado.

Además, es muy buen _jinete_; después de mí, no hay quien le iguale;

sólo él sabe montar con las acciones de los estribos muy cortas.

_Inglesito_, si necesitas dinero, dispón de mi bolsillo; todo cuanto

tengo está a tu servicio, y no creas que es poco: acabo de ganar

cuatro mil _chulés_ a la lotería. Animo, inglés, otra copa; yo lo

pago todo; yo, Sevilla.

Y se golpeaba una y otra vez el pecho con la mano, mientras repetía:

«¡Yo, Sevilla! ¡Yo...!»

La Biblia en España, Tomo I (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 25 / 33 题