El puerto de Mirabete.—Lobos y pastores.—La sutileza de las
hembras.—Muerto por los lobos.—Se aclara el misterio.—Las
montañas.—La hora tenebrosa.—Un viajero nocturno.—Abarbanel.—Los
tesoros ocultos.—El poder del oro.—El arzobispo.—Llegada a Madrid.
Bajaba yo del puerto de Mirabete pensando a ratos en el propósito
que me había llevado a España, y admirando otros uno de los más
hermosos panoramas del mundo. Ante mí se extendían inmensas planicies
limitadas en la lejanía por montañas gigantescas, y a mis pies
serpenteaba entre márgenes escarpadas la vena angosta y profunda
del Tajo. El sol poniente doraba el paisaje. El día, aunque frío y
ventoso, era despejado, brillante. En una hora llegué al río por
junto a los restos de un magnífico puente volado en la guerra de la
Independencia, y no reconstruído.
Crucé el Tajo en una barca; el paso fué un poco difícil por la
rapidez de la corriente, engrosada con las últimas lluvias.
—¿Estoy ya en Castilla la Nueva?—pregunté al barquero al llegar a la
otra orilla.
—La _raya_ está a unas cuantas leguas de aquí—contestó—. Usted parece
extranjero. ¿De dónde viene usted?
—De Inglaterra.
Y sin aguardar otra respuesta, monté en la _burra_ y seguí mi camino.
La _burra_ meneó los remos con presteza, y poco después de cerrar la
noche llegué a una aldea distante unas dos leguas de la orilla del
río.
Me alojé en una _venta_. Ardía en la cocina una buena fogata, en la
que se quemaba un tronco de olivo casi entero. Allí me senté, y me
entretuve en examinar la diversa catadura de los presentes. Había un
cazador con su _escopeta_; un par de pastores, con enormes perros, de
los famosos de Extremadura; un soldado licenciado que volvía de la
guerra, y un mendigo, que después de pedir una limosna por las siete
llagas de _María Santísima_, se sentó con nosotros y se instaló muy
a sus anchas. La ventera era una mujer activa y servicial, que se
ocupó en aderezarme la cena, consistente en las perdices compradas
en Jaraicejo, que el gitano, al despedirse de mí, me aconsejó que me
llevara. Mientras las guisaban estuve al amor de la lumbre oyendo la
conversación de aquella gente.
—Más quisiera ser lobo—dijo uno de los pastores—u otra cosa
cualquiera, que pastor. Bonita vida la nuestra, siempre en el
_campo_, entre _carrascales_, pasando frío y hambre por una _peseta_
diaria. Un lobo se da mejor vida y es más temido que un mísero pastor.
—Pero muchas veces—dije yo—lo pasa muy mal, y cuando los pastores y
perros caen sobre él, paga con la cabeza todas sus hazañas.
—Eso ocurre muy pocas veces, señor viajero—dijo el pastor—. El lobo
acecha las ocasiones, y es muy raro que se meta en un mal paso. Y lo
que es atacarle, crea usted que es muy poco agradable. Tiene garras y
dientes, y al hombre o al perro que los prueban una vez, les quedan
muy pocas ganas de ponerse nuevamente a su alcance. Estos perros míos
se atreverían, uno a uno, con un oso, aunque es un animal mucho más
fuerte, y en cambio los he visto yo huír del lobo, a pesar de que los
azuzábamos.
—El lobo es muy peligroso, y, además, muy astuto. Sabe más que
nadie y conoce el punto vulnerable de cada animal. Vea usted,
pongo por caso, cómo ataca a los terneros: saltándoles al cuello y
desgarrándoles las venas con uñas y dientes. Pero ¿ataca así a un
caballo? Me figuro que no.
—En efecto—dijo el otro pastor—sabe muy bien lo que hace, y a
los caballos se les sube de un brinco en las ancas y desjarreta
en seguida. ¡Qué miedo siente un caballo al pasar cerca de la
madriguera del lobo! Mi amo iba el otro día al _despoblado_ por lo
alto del puerto, en el trotón andaluz, que le ha costado quinientos
duros; de pronto, el caballo se paró y se puso a sudar y a temblar
como una mujer a pique de desmayarse. Mi amo no podía adivinar el
motivo, hasta que oyó unos gruñidos entre las matas; disparó la
escopeta y espantó a los lobos, que salieron huyendo; pero me ha
dicho que al caballo aún no se le ha pasado el susto.
—Sin embargo, las yeguas saben, cuando llega el caso, chasquear al
lobo—replicó su compañero—. Las yeguas, como todas las hembras, son
muy astutas y maliciosas. Si están, pongo por caso, pastando en el
_campo_ con sus crías, y se da la señal de que viene el lobo, se
asustan y corren un poco, pero al momento se reunen y se forman en
corro, poniendo dentro a los potros. Llega el lobo, esperando darse
un banquete de carne de caballo, pero se lleva chasco; las yeguas son
tan listas como él. Todas le hacen cara, esconden la grupa, y cuando
el lobo se pone a dar vueltas trotando y aullando alrededor del
corro, se alzan de manos dispuestas a aplastarlo contra el suelo, en
cuanto intente hacerles, a ellas o a su _cría_, el menor daño.
—Peor que el lobo—dijo el soldado—es la loba; porque como ha dicho
muy bien el _señor pastor_, las hembras tienen más malicia que
los machos. Es cosa sorprendente ver a una de esas diablas dirigir
una manada de machos. Van tras ella, repitiendo todo lo que hace;
parecen embrujados y no tienen más remedio que imitarla. Una vez
viajaba yo con un compañero por las montañas de Galicia, cuando de
pronto oímos un aullido. «Son los lobos—dijo mi compañero—. Echémonos
fuera del camino.» Así lo hicimos, y remontamos un poco la falda
del cerro, hasta llegar a una explanada plantada de vides, como
se usa en Galicia. A poco apareció una loba muy grande, de pelo
gris, _deshonesta_, guiando a dentelladas y gruñidos una manada de
demonios que la seguían muy pegados a ella, con el rabo enhiesto
y los ojos como brasas. ¿Qué creerán ustedes que hizo el maldito
animal? En lugar de seguir por el camino, echó hacia donde nosotros
estábamos, y como ya no había remedio, nos estuvimos quietos y en
silencio. Yo estaba el primero, y la loba me pasó tan cerca, que me
rozó con el pelo las piernas; no me hizo caso, sin embargo, y siguió
adelante, sin mirar a derecha ni izquierda, y todos los demás lobos
pasaron trotando junto a mí, sin hacerme el menor daño y sin mirarme
siquiera. No puedo decir lo mismo de mi pobre compañero, que estaba
un poco más lejos, y, a mi parecer, no tan en la dirección de los
lobos como yo. Después de pasar muy cerca de él, bruscamente la loba
dió media vuelta y le mordió. Nunca olvidaré lo que ocurrió luego;
en un instante doce lobos se arrojaron sobre él y le despedazaron,
aullando de un modo horrible. En un santiamén le devoraron, y sólo
quedó de él la calavera y unos cuantos huesos; después, los lobos se
fueron como habían venido. Tengo motivo para agradecer a mi señora la
loba, que hiciese menos caso de mí que de mi compañero.
Oyendo esta y otras conversaciones por el estilo, me adormilé al
amor de la lumbre, y así estuve gran rato, hasta que me despertó una
voz que decía muy alto: «Los han cogido a todos». Eran las mismas
palabras que tanta confusión produjeron a Antonio el gitano cuando
se las oyó a su hija en el despoblado. Miré en torno mío, y vi que
seguían allí los mismos individuos a cuya conversación asistí antes
de amodorrarme; pero ahora el orador era el mendigo, y hablaba con
mucho calor.
—Dispense usted, _caballero_—dije yo—, pero no he oído lo que ha
dicho usted al principio. ¿Quiénes son esos que han cogido?
—Una cuadrilla de malditos _gitanos_, _caballero_—replicó el mendigo,
devolviéndome el título que yo cortésmente le había dado—. Más de
quince días han tenido infestada la raya de Castilla, y han robado y
matado a muchos señores viajeros como usted. Parece que la _canaille_
gitana trata de aprovechar los disturbios de estos tiempos, y se ha
constituído en facción. Dicen que a esa cuadrilla iban a juntársele
muchos de sus hermanos de raza, y lo creo, porque todos los gitanos
son ladrones; pero, gracias a Dios, han acabado con ellos antes de
que llegaran a ser demasiado temibles. Yo mismo los he visto llevar a
la cárcel de... ¡Gracias a Dios! _Todos están presos._
—Está aclarado el misterio—me dije, y me puse a despachar la cena, ya
servida.
La jornada siguiente me llevó a una ciudad de cierta importancia,
la primera entrando en Castilla la Nueva por aquella parte, cuyo
nombre he olvidado[127]. Pasé la noche, como de costumbre, en la
misma cuadra que mi _caballería_, echado cerca de ella en el pesebre.
Como viajaba en borrico, juzgué necesario contentarme con un lecho
proporcionado a mis medios de locomoción, para no suscitar en la
gente con quien trababa, la sospecha, viéndome demasiado exigente o
delicado, de que yo fuese hombre más principal de lo que mi atavío
y equipaje permitían suponer. Me levanté antes del alba y continué
mi camino, esperando llegar con luz del sol a Talavera, de la que
me separaban, según me dijeron, diez leguas. El camino seguía una
planicie ininterrumpida, plantada casi toda de olivares. A pocas
leguas de distancia por la izquierda, se alzaban las grandes montañas
que ya he mencionado. Corrían hacia el Este, formando una cordillera
al parecer interminable, paralela al camino; las cumbres y vertientes
estaban cubiertas de nieve deslumbradora, barrida por el viento que
llegaba hasta mí, a través de la vasta y melancólica planicie, en
ráfagas cruelmente frías.
[127] Oropesa, sin duda alguna, anota Burke. La Calzada de
Oropesa, según Knapp.
—¿Qué montañas son esas?—pregunté a un barbero-sangrador, que,
montado en una _burra_ del mismo pelo que la mía, emparejó conmigo
a eso del mediodía, y me acompañó durante unas cuantas leguas—. «Se
llaman de diverso modo, _caballero_—respondió el barbero—, según los
nombres de los lugares inmediatos. Aquellas de allá lejos son la
serranía de Plasencia; las que hay frente a Madrid son las montañas
de Guadarrama, por un río de este nombre que en ellas nace. La
cordillera es muy grande, _caballero_, y separa los dos reinos; del
lado de allá está Castilla la Vieja. Son magníficas estas montañas,
y aunque nos mandan muchísimo frío, a mí me agrada contemplarlas,
cosa que no es de extrañar, pues he nacido en ellas, aunque ahora,
por mis pecados, vivo en un pueblo del llano. No hay en toda
España cordillera como ésta, _caballero_; tiene sus secretos, sus
misterios. Muchas cosas singulares se cuentan de esas montañas y
de lo que ocultan en sus profundos escondrijos, porque ha de saber
usted que la cordillera es muy ancha, y se puede andar por ella
días y días sin llegar a _término_. Muchos se han perdido en ella
y no ha vuelto a saberse nada de su paradero. Entre otras rarezas,
cuentan que en ciertos sitios hay profundas lagunas habitadas por
monstruos, tales como serpientes corpulentas, más largas que un
pino, y caballos de agua que a veces salen de allí y cometen mil
estropicios. Es cosa averiguada que, allá lejos, hacia el Oeste, en
el corazón de la montaña, hay un valle maravilloso, tan estrecho,
que en él sólo se le ve la cara al sol en pleno mediodía. Este
valle permaneció desconocido durante miles de años; nadie soñaba su
existencia. Pero, al cabo, hace mucho tiempo, unos cazadores entraron
en él casualmente, y, ¿sabe usted lo que encontraron, _caballero_?
Encontraron una pequeña nación o tribu de gente desconocida, que
hablaba una lengua ignorada y que acaso vivía allí desde la creación
del mundo sin tratarse con las otras criaturas humanas, y sin
saber de la existencia de otros seres cerca de ellos. _Caballero_,
¿no ha oído usted hablar nunca del valle de las Batuecas? Se han
escrito muchos libros acerca de este valle y de sus habitantes. A
mí me enorgullecen esas montañas, _caballero_; si yo fuera hombre
independiente, sin mujer y sin hijos, compraría una _burra_ como la
de usted—excelente, por lo que veo, y mucho mejor que la mía—y me
iría a recorrer esas montañas hasta descubrir todos sus misterios y
haber visto las maravillas que contienen.»
No cesé en todo el día de avivar el paso de la burra, y sólo me
detuve una vez para echarle un pienso; pero, aunque el animalito
se portó muy bien, llegó la noche y aún faltaban dos leguas hasta
Talavera. Al ponerse el sol arreció el frío; me arropé lo mejor
posible con la capa vieja del gitano, que aun traía conmigo; pero
resultó escasa defensa contra la inclemente noche. El camino, siempre
por terreno llano, estaba medio borrado, y en la oscuridad era a
veces difícil encontrarlo, sobre todo por los muchos atajos y veredas
que lo cruzaban. Seguí adelante, empero, como pude, y cuando dudaba
de la dirección que debía tomar, me abandonaba al instinto de mi
cabalgadura. Salió al fin la luna, y a su débil luz distinguí de
pronto un bulto que se movía a muy corta distancia delante de mí.
Aligeré el paso de la _burra_, y no tardé en ponerme a su lado. El
bulto continuó sin alterar su marcha un momento ni mirar. La silueta
era de hombre, el más alto y corpulento que hasta entonces había yo
encontrado en España, vestido también de un modo desusado en el
país. Llevaba un sombrero bajo de copa y ancho de alas, muy semejante
al de los carreteros ingleses; envolvíase el cuerpo en una especie
de túnica larga y suelta, de cutí ordinario, abierta por delante,
lo que permitía ver, en ocasiones, el resto de su traje, compuesto
de un jubón y unos calzones de pana. Como he dicho, el ala de su
sombrero era ancha; pero, aun siéndolo, no bastaba para cubrir un
inmenso matorral de pelo negro como el carbón, espeso y rizado, que
se desbordaba por todos lados. Colgadas del hombro izquierdo llevaba
unas alforjas, y en la mano derecha una pértiga.
Había algo extraño en todo su continente; pero lo más chocante era
la tranquilidad con que seguía andando sin ocuparse de mí, aunque,
naturalmente, se daba cuenta de mi proximidad; miraba con fijeza al
camino delante de sí, salvo cuando alzaba su ancha faz y clavaba sus
grandes ojos en la luna, que ya brillaba con fuerza en el cielo.
—Está fría la noche—díjele al fin—. ¿Es este el camino de Talavera?
—Este es el camino de Talavera, y la noche está fría.
—Yo voy a Talavera—añadí—; supongo que usted también.
—Allí voy yo; usted también va, _bueno_.
La entonación con que pronunció estas palabras era, en su línea,
tan extraña y singular, como el aspecto del hombre que las decía; no
era exactamente la de una voz española, y, sin embargo, había algo
en ellas que a duras penas podía ser extranjero; la pronunciación
era también correcta, y el lenguaje, aunque insólito, sin faltas. Me
chocó, sobre todo, la manera como había dicho la palabra _bueno_;
algo parecido había oído yo en otra ocasión, pero no podía recordar
cuándo ni dónde. Hubo una pausa. El desconocido andaba con paso
arrogante y con perfecta indiferencia; al parecer estaba dispuesto a
no buscar ni esquivar la conversación.
—¿No le da a usted miedo viajar por estos caminos, de noche?—le
pregunté—. Dicen que están llenos de ladrones.
—¿Y no le debía dar a usted más miedo viajar por estos caminos,
de noche? ¿A usted, que desconoce el país? ¿A usted que es un
extranjero, un inglés?
—¿Cómo sabe usted que soy inglés?—pregunté lleno de sorpresa.
—No es cosa difícil; se lo he conocido en el acento.
—Ya que habla usted de eso—dije yo—, ¿y si su acento me descubriese
también quién es usted?
—No puede ser—replicó mi compañero—; usted no sabe nada de mí, ni
puede saberlo.
—No lo diga usted con tanta seguridad, amigo mío; yo estoy enterado
de muchas más cosas de las que usted se figura.
—_¿Por ejemplo?_—dijo el desconocido.
—Por ejemplo—repliqué—; usted habla dos idiomas.
El hombre anduvo un poco en actitud reflexiva, y luego dijo en voz
baja: _Bueno_.
—Usted tiene dos nombres—continué—: uno, para el interior de su casa,
y otro, para la calle. Ambos son buenos; pero el del hogar es el que
usted más quiere de los dos.
Anduvo otros cuantos pasos en la misma actitud que antes; de pronto,
se volvió, y tomando nuevamente las riendas de la _burra_, la detuvo.
Entonces contemplé de lleno su rostro y toda su persona; aún se me
aparecen a veces en sueños sus formas hercúleas y sus facciones
desmesuradas. Le vi plantado ante mí, bañado por la luz de la luna,
mirándome a la cara con sus profundos y tranquilos ojos. Al cabo me
dijo: «¿Es usted uno de los nuestros?»
* * * * *
Era ya muy entrada la noche cuando llegamos a Talavera. Fuimos a una
casona lóbrega, la _posada_ principal de la ciudad, según me dijo
mi compañero. Entramos en la cocina, en uno de cuyos extremos ardía
una buena lumbre. «Pepita—dijo mi compañero a una linda muchacha
que salió a nuestro encuentro sonriendo—, un _brasero_ y un cuarto
reservado. Este caballero es un amigo mío y cenaremos juntos.» Pronto
estuvo dispuesta la habitación, en la que había dos alcobas con
sendas camas. Después de una cena que, por encargo de mi compañero,
fué excelentísima, nos sentamos junto al brasero y comenzamos a
hablar.
YO.—Claro está que usted ha hablado con otros ingleses, porque en
otro caso no me hubiera reconocido por el tono de la voz.
ABARBANEL[128].—Cuando estalló la guerra de la Independencia,
siendo yo un muchacho, vino al lugar en que yo vivía con mi familia
un oficial inglés, encargado de instruir a reclutas; se alojó en
casa de mi padre y me cobró gran afecto. Al marcharse me fuí con
él, con permiso de mi padre, y le acompañé por ambas Castillas como
camarada y criado a la vez. Juntos estuvimos casi un año, y cuando,
súbitamente, le mandaron volver a su país, quiso llevarme consigo;
pero mi padre no lo consintió en modo alguno. Veinticinco años han
pasado sin ver ningún inglés; a pesar de ello, le he conocido a usted
en plena oscuridad.
[128] Este es un nombre puesto a capricho por Borrow a su
interlocutor. (Nota de Burke.)
YO.—¿Y qué género de vida hace usted, y cuáles son sus medios de
subsistencia?
ABARBANEL.—Vivo sin dificultad alguna, como creo que vivieron mis
antepasados, y como vivió, con toda certeza, mi padre, cuya misma
ruta he seguido. A su muerte, tomé posesión de la _herencia_; era yo
hijo único, los bienes, muchos; hubiera podido vivir sin trabajar;
pero a fin de no llamar la atención, seguí el oficio de mi padre,
que era _longanicero_. A veces he tratado también en lana; pero sin
gran empeño por falta de estímulo. Con todo, he tenido buena suerte;
en ocasiones, una suerte extraordinaria, y he ganado más que muchos
otros entregados por completo al comercio y que se matan a trabajar.
YO.—¿Tiene usted hijos? ¿Está usted casado?
ABARBANEL.—Soy casado, pero sin hijos. Tengo mujer y una _amiga_,
o, más bien, dos mujeres, porque con ambas estoy casado; pero a una
le llamo _amiga_ por guardar las apariencias; quiero vivir tranquilo,
y no tengo gana de ofender los prejuicios de la gente que me rodea.
YO.—Dice usted que es rico. ¿En qué consisten sus riquezas?
ABARBANEL.—En oro, plata y piedras preciosas, pues he heredado
todo lo que mis abuelos atesoraron. La mayor parte está escondido
debajo de tierra; la verdad es que ni siquiera he visto la décima
parte de ello. Tengo monedas de oro y plata anteriores al tiempo
de Fernando el Maldito y Jezabel; también tengo sumas importantes
dadas a préstamo. Vivimos muy apartados, sin embargo, y nos hacemos
pasar por pobres, incluso por miserables; pero en ciertas ocasiones,
en nuestras fiestas, una vez cerradas y atrancadas las puertas,
y después de soltar los perros fieros en el corral, comemos en
vajillas como ya las quisiera para sí la Reina de España, y hacemos
las abluciones en salvillas de plata modeladas y repujadas antes
del descubrimiento de América, aunque vayamos siempre groseramente
vestidos y nuestras comidas sean de ordinario muy modestas.
YO.—Además de usted y de sus mujeres, ¿hay en su casa alguna otra
persona de su gremio?
ABARBANEL.—Mis dos criados son también de los nuestros; uno es
joven, y pronto se marchará a casarse lejos de aquí; el otro es
viejo, y viene por este mismo camino detrás de mí con un carro y una
mula.
YO.—¿Y adónde se dirige usted ahora?
ABARBANEL.—A Toledo, donde a veces trafico como _longanicero_. Me
gusta viajar, aunque sin alejarme mucho de mi casa. Desde que me
separé del inglés no he vuelto a salir de Castilla la Nueva. Me gusta
ir a Toledo y pensar allí en los tiempos que fueron; acabaría por
establecerme en esa ciudad, si no hubiera en ella tantos malditos que
me miran con malos ojos.
YO.—¿Le conocen a usted por lo que realmente es? ¿Le molestan las
autoridades?
ABARBANEL.—La gente sospecha, naturalmente, lo que yo soy, pero
como en casi todo me acomodo a sus costumbres, no se mezclan en mis
asuntos. Es verdad que algunas veces, cuando entro en la iglesia
a oír misa, me miran por encima del hombro, como diciendo: «¿A
qué vienes aquí?» Algunas veces se santiguan al pasar a mi lado;
pero como se limitan a eso, no me preocupo gran cosa de ellos. Con
las autoridades estoy en muy buenas relaciones. Muchos de los que
desempeñan puestos elevados tienen dinero mío prestado, de modo
que hasta cierto punto los tengo en mi poder; y la gente menuda,
_alguaciles_ y _corchetes_, está siempre dispuesta a favorecerme, en
consideración a unos cuantos duros que reparto de vez en cuando entre
ellos; de modo que, en conjunto, las cosas no pueden ir mejor. Cierto
que antiguamente no ocurría así; sin embargo, yo no sé por qué sería,
pero aunque otras familias lo pasaron muy mal, la nuestra disfrutó
siempre de relativa tranquilidad. La verdad es que mi familia ha
sabido conducirse siempre por modo maravilloso. Puedo decir que hay
en ella una sagacidad parecida a la de la serpiente. Siempre hemos
tenido amigos; con respecto a los enemigos, es la verdad que nunca
nos han hecho daño impunemente, porque es regla de mi casa no olvidar
las injurias y no escatimar esfuerzos ni gastos para arruinar y
destruir al que nos perjudica.
YO.—¿Se meten con usted los curas?
ABARBANEL.—Los curas me dejan en paz, sobre todo en nuestro mismo
pueblo. Poco después de la muerte de mi padre, uno muy exaltado trató
de jugarme una mala pasada; pero yo me las arreglé para pagarle en la
misma moneda, y logré que le encarcelaran acusado de blasfemia, y en
la cárcel estuvo mucho tiempo, hasta que se volvió loco y murió.
YO.—¿Tienen ustedes en España alguna persona que haga cabeza,
investida de la suprema autoridad?
ABARBANEL.—Tanto como eso, no. Hay, sin embargo, ciertas familias
virtuosas que gozan de mucha consideración: la mía es una de ellas—la
principal, puedo decir—. Especialmente, mi abuelo era un varón justo;
y oí contar a mi padre que una noche un arzobispo fué secretamente a
nuestra casa, sólo para tener el gusto de besar la mano a mi abuelo.
YO.—¿Cómo es posible eso? ¿Qué veneración puede sentir un arzobispo
por uno como usted o como su abuelo?
ABARBANEL.—Más de lo que usted se figura. El arzobispo era de
los nuestros, o por lo menos lo había sido su padre, y él no podía
olvidar lo que aprendió a reverenciar en la infancia. Dijo que había
intentado inútilmente olvidarlo; que el _ruals_ se cernía siempre
sobre él, y que desde la niñez los terrores conturbaban su ánimo,
hasta llegar al punto de no poder sufrirse a sí mismo. Por esto fué
a ver a mi abuelo, con quien permaneció toda una noche, y luego se
volvió a su diócesis, donde murió poco después, en gran opinión de
santo.
YO.—Me sorprende lo que usted dice. ¿Tiene usted algún motivo para
suponer que entre el clero católico hay muchos de los vuestros?
ABARBANEL.—No lo supongo, lo sé. Hay muchos como yo en el clero,
y no de rango inferior tan sólo. Algunos de los más sabios y
famosos clérigos de España han sido de los nuestros, o al menos de
nuestra sangre, y muchos de ellos, hoy en día, piensan como yo.
Hay una fiesta especial en el año, en la cual, cuatro dignatarios
eclesiásticos vienen sin falta a visitarme; y cuando, tomadas las
necesarias precauciones, se cumplen las ceremonias preparatorias, se
sientan en el suelo y blasfeman.
YO.—¿Son ustedes muchos en las ciudades importantes?
ABARBANEL.—De ningún modo; rara vez vivimos en las ciudades
grandes; sólo vamos a ellas para nuestros negocios, y preferimos
vivir en los pueblos. Cierto que no somos mucha gente; en pocas
provincias de España contaremos más de veinte familias. Ninguno de
los nuestros es pobre. Los que sirven, lo hacen por conveniencia
más que por necesidad, porque sirviendo unos en casa de otros, se
adiestran en tráficos diferentes. No es raro tampoco que el tiempo
que se sirve sea el del noviazgo, y los criados se casan a veces con
las hijas de sus amos.
Continuamos hablando casi toda la noche; a la mañana siguiente me
dispuse a partir, pero mi compañero me aconsejó que me quedase allí
todo el día. «Y si quiere usted hacerme caso—añadió—, no debe usted
ir más lejos de ese modo. Esta noche pasará por aquí la diligencia de
Extremadura a Madrid. Váyase en ella; es el modo más rápido y seguro
de viajar. Yo le compraré a usted la burra. Mi criado, que ya ha
venido, la ha visto y me dice que puede sernos útil. Pasaremos el día
juntos, como hermanos, y luego nos iremos cada uno por nuestro lado.»
Así lo hicimos. Cuando llegó la diligencia me metí en ella, y en la
mañana del segundo día llegué a Madrid.