La nieta de la gitana.—Proyecto matrimonial.—El alguacil.—El
ataque.—Trote largo.—Llegada a Trujillo.—Noche de lluvia.—La
selva.—El vivac.—¡Levántate y anda!—Jaraicejo.—El Nacional.—El
caballero Balmerson.—Entre jarales.—Una conversación seria.—¿Qué
es la verdad?—Noticia inesperada.
Tres días estuvimos en casa de las gitanas. Todas las mañanas,
muy temprano, Antonio se marchaba, montado en el macho, y volvía
ya muy entrada la noche. La casa era grande y estaba ruinosa; la
única parte habitable, además de la cuadra, era aquella especie
de zaguán donde cenamos, y en el que dormían las gitanas, en unos
felpudos y colchonetas puestos en un rincón. Una mañana, cuando
Antonio ensillaba el macho y se disponía a partir, supuse yo, por los
negocios de Egipto, le dije:
—Esta casa es muy extraña, y no lo es menos la gente que vive en
ella. La gitana abuela tiene todo el aspecto de una _sowanee_[96].
[96] Hechicera.
—¿Cómo el aspecto?—exclamó Antonio—. ¿Pues acaso no lo es? Más cosas
ocultas y más palabras misteriosas sabe que todo el _Errate_ de
aquí y de Cataluña. Ha vivido en tierra de moros, y sabe hacer más
_draos_[97], venenos y filtros que ninguna persona viviente. Una vez
hizo una especie de pasta, y me convenció de que la probara; poco
después sentí como si el alma se me separase del cuerpo, y estuve una
noche entera vagando por montes y selvas horribles, entre monstruos y
_duendes_. En la tierra de los _corahai_ aprendió muchas cosas que ya
quisiera yo saber.
[97] Venenos.
—¿Hace mucho tiempo que la conoces? Estás en esta casa como en la
tuya.
—¿Que si la conozco? Mi hermano se casó con la hija, la _Callí_
negra, de quien tuvo esa _chabí_ hace diez y seis años, poco antes de
ser ahorcado por los _busné_.
Por la tarde, hallándome sentado en el zaguán con la gitana vieja,
mientras las dos _Callees_ andaban por la ciudad y sus cercanías
diciendo la buenaventura, su principal ocupación, me dijo la vieja:
—¿Estás casado, mi _caloró_ de Londres? ¿Eres un _ro_?
YO.—¿Por qué me lo preguntas, _o Dai de los Calés_?[98].
[98] ¡Oh madre de los gitanos!
LA GITANA VIEJA.—Porque ya es tiempo de que la _chabí_ pierda su
_lacha_[99] y tenga un _ro_. Lo mejor que puedes hacer es tomarla por
_romí_, mi _caloró_ de Londres.
[99] Doncellez.
YO.—Soy extranjero en estas tierras, oh madre de los gitanos, y
apenas puedo ganar para mí, menos aún para una _romí_.
LA GITANA.—No necesita que nadie la mantenga, mi _caloró_ de
Londres; siempre que quiera puede ganar para ella y su _ro_.
Sabe _hokkawar_, decir _bají_, y pocos la igualan en robar _a
pastesas_[100]. Una vez en _Madrilati_, adonde, según me han dicho,
vas tú, ganaría mucho dinero; debes llevarla allá, porque en estos
_foros_ está _nahí_[101], no se puede ganar nada; pero en los
_foros baró_[102] sería otra cosa: iría vestida de _lachipe_[103]
y _sonacai_[104], y tú tendrías un buen _gra_ negro para montar;
después de ganar mucho dinero podríais volver aquí y vivir como
_Crallis_ y todo el _Errate_ de _Chim del Manró_ doblaría ante
vosotros la cabeza. ¿Qué dices, mi _caloró_ de Londres, qué dices de
este plan?
[100] Con las manos.
[101] Perdida.
[102] Grande.
[103] Seda.
[104] Oro.
YO.—Me parece muy acertado, madre; al menos, no faltarán gentes que
lo encuentren tal; pero yo soy de otro _chim_, ya lo sabes, y no me
siento inclinado a pasar toda mi vida en este país.
LA GITANA.—Entonces vuelve a tu tierra, _Caloró_ mío, la _chabí_
puede cruzar el _pañí_[105]. ¿No puede hacer negocio en Londres
con los otros _Caloré_? ¿Y por qué no os vais a la tierra de los
_Corahai_? En tal caso, yo os acompañaría; yo y mi hija, la madre de
la _chabí_.
[105] Agua.
YO.—¿Y qué íbamos a hacer en la tierra de los _Corahai_? Creo que
es un país pobre y salvaje.
LA GITANA.—¡El _Caloró_ de Londres me pregunta lo que íbamos a
hacer en la tierra de los _Corahai_! _¡Aromali!_[106]. Empiezo a
creer que estoy hablando con un _lilipendi_[107]. ¿Es que no hay allí
caballos para _chore_? Sí, los hay, y mejores que los de esta tierra,
y asnos y mulas. En la tierra de los _Corahai_ puedes _hokkawar_
y _chore_ tanto como aquí o en tu tierra, o no eres _Caloró_. ¿No
podéis uniros a la gente negra que vive en los despoblados? Sí que
podéis, y muy contentos que se pondrían teniendo con ellos unos
_Errate_ de España y de Londres. Tengo setenta años, pero no quiero
morirme en este _Chim_, sino allá lejos, donde duermen mis dos
_roms_. Llévate a la _chabí_ a _Madrilati_ a ganar el _parné_, y
cuando lo hayáis ganado, vuelve aquí y daremos un banquete a todos
los _Busné_ de Mérida y les echaré _drao_ en la comida y reventarán
como perros... En cuanto hayan comido, los dejaremos, para ir a la
tierra del Moro, mi _Caloró_ de Londres.
[106] Verdaderamente.
[107] Simple.
Durante todo el tiempo que estuve en Mérida, no me moví de casa de
las gitanas, ateniéndome al parecer de Antonio, que me aconsejó esa
conducta como la más conveniente. El tiempo se me hacía un poco
pesado, pues mi única diversión era conversar con las mujeres, y
con Antonio cuando volvía por la noche. En estas _tertulias_, la
abuela era la oradora principal, y me llenaba de asombro narrándome
maravillosas historias de la tierra del moro, fugas de presidio,
robos y una o dos aventuras de envenenamiento, en las que se había
visto complicada, según me dijo, en su primera juventud.
Había, a veces, en sus ademanes y modales algo muy singular; en
más de una ocasión observé que, en lo más animado de su charla, se
callaba de pronto, quedábase mirando fijamente al espacio, y extendía
las manos como si quisiera rechazar a un ser invisible; girábanle
horriblemente los ojos en las órbitas, y una vez cayó de espaldas,
con fuertes convulsiones, sin que su hija y su nieta hicieran gran
caso de ello, limitándose a decir que estaba _lilí_ y que pronto
volvería en su acuerdo.
Al anochecer del tercer día, cuando las tres mujeres y yo estábamos
sentados en torno del _brasero_ conversando según costumbre, entró
en la habitación un tipo de miserable aspecto, envuelto en una capa
mugrienta. Fué derecho al sitio donde estábamos, sacó un cigarro de
papel, lo encendió en las ascuas, y, después de tirarle un par de
chupadas, me miró, y dijo:
—_Carracho_, ¿quién es este nuevo compañero?
En el acto comprendí que el recién llegado no era gitano; las mujeres
no dijeron nada, pero oí a la abuela rezongar como un gato viejo
cuando le incomodan. El individuo repitió:
—_Carracho_, ¿cómo ha venido aquí este compañero?
—_No le penela chi, min chaboró_—me dijo en voz baja la _Callee_
negra—; _sin un balichó de los chineles_[108]. Y, volviéndose al
preguntante, continuó en voz alta: Es uno de los nuestros que viene
con matute de Portugal y a ver a sus hermanos de aquí.
[108] No le digas nada, mozo mío; es un perro alguacil.
—Entonces me dará algo de tabaco—respondió el individuo—. Supongo que
habrá traído.
—No tiene tabaco—dijo la _Callee_ negra—. No ha traído más que hierro
viejo. El único tabaco que hay en casa es este cigarro; tómalo, te
lo fumas, y te vas.
Al decir esto, se sacó un cigarro del zapato y se lo ofreció al
_alguazil_.
—No me voy—dijo éste guardándose el cigarro—. Tenéis que darme algo
mejor. Hace ya tres meses que no me dais nada. El último regalo fué
un pañuelo inservible; por tanto, o me dais algo que sea bueno, o
vais todos a la _cárcel_.
—¡El _Busnó_ quiere prendernos!—dijo la _Callee_ negra—. ¡Ja, ja, ja!
—¡El _Chinel_ quiere prendernos!—dijo con fisga la más joven—. ¡Je,
je, je!
—¡El _Bengui_[109] quiere llevarnos al _estaripel_![110]—refunfuñó la
abuela—. ¡Jo, jo, jo!
[109] _Beng_; _Bengui_: el diablo.
[110] Cárcel.
Las tres mujeres se levantaron y dieron muy despacio una vuelta en
torno del alguacil, mirándole fijamente a la cara; el hombre pareció
muy asustado, y pensó en la fuga. De pronto, las dos más jóvenes le
agarraron por las manos, y mientras él forcejeaba para soltarse, la
vieja le decía:
—Necesitas tabaco, _hijo_, y vienes a casa de los gitanos para
asustar a las _Callees_ y al _Caloró_ forastero, que no tienen más
_plako_[111]; la verdad, _hijo_, no podemos darte tabaco, y lo siento
mucho; pero, en cambio, tenemos polvo abundante _a tu servicio_.
[111] Tabaco.
Al decir esto, se metió la mano en un bolsillo, y, sacando un puñado
de una especie de polvo de tabaco, se lo arrojó a los ojos al
alguacil; pateaba éste y bramaba, pero las dos _Callees_ le sujetaban
fuertemente. Al fin, consiguió soltarse, y trató de desenvainar
un cuchillo que llevaba en la faja; pero las hembras jóvenes se
arrojaron sobre él como furias, mientras la vieja le sacudía con el
palo en la cara; pronto cedió de buen grado el campo, y se retiró
abandonando el sombrero y la capa, que la _chabí_ recogió y tiró a la
calle detrás de él.
—Este es un mal asunto—dije yo—. El tipo ese irá, naturalmente,
a buscar a demás de la _justicia_, y vendrán para meternos en el
_estaripel_.
—_¡Ca!_—dijo la Callee negra mordiéndose la uña del dedo pulgar—.
Tiene más motivos para temernos que nosotras a él. Podemos mandarle a
la _filimicha_, y, sobre todo, tenemos aquí amigos, muchos, muchos.
—Sí—murmuró la vieja—. Las hijas del _bají_ tienen amigos, mi
_Caloró_ de Londres, entre los _Busné, baributre, baribú_[112].
[112] Mucho; abundante.
Ninguna otra cosa digna de mención me ocurrió en la casa de los
gitanos. Al día siguiente, Antonio y yo cabalgamos de nuevo. Lo
menos recorrimos trece leguas antes de llegar a la _venta_,
donde dormimos. Al otro día madrugamos mucho, porque, según dijo
Antonio, teníamos que hacer una jornada muy larga. «¿Adónde vamos
hoy?—pregunté—.» «A Trujillo.»
Cuando el sol salió, tristemente, entre nubes que amenazaban lluvia,
nos hallábamos en las inmediaciones de una cadena de montañas
que corría a nuestra izquierda, llamada, según me dijo Antonio,
_Sierra de San Selvan_. El camino atravesaba vastas llanuras, donde
crecían arbustos raquíticos. De vez en cuando veíamos alguna triste
aldea, con su iglesia antigua y destrozada. Casi todo el día estuvo
lloviznando; el polvo de los caminos se hizo barro, y nuestra marcha
fué más penosa. Al atardecer salimos a un yermo sembrado de enormes
peñas y pedruscos. El sitio era muy agreste. A cierta distancia se
elevaba ante nosotros una colina de forma cónica, muy escabrosa, que
parecía ser ni más ni menos que un gigantesco rimero de piedras de
igual clase que las esparcidas por el yermo. La lluvia cesó, pero un
viento muy fuerte se alzó gemebundo a nuestra espalda. Mucho trabajo
me había costado durante todo el viaje marchar al mismo compás que la
mula de Antonio; mi caballo era de paso lento, y no descubrí ni el
menor vestigio del genio que, según el gitano, dormitaba en él. Al
llegar a un sitio bastante despejado, dije:
—Voy a probar si este caballo tiene alguna de las cualidades que me
has dicho.
—Está bien—contestó Antonio—; y, arreando a la mula, rápidamente me
dejó atrás.
Tiré del freno al caballo, por buscarle el genio, y el animal se
detuvo, se puso de manos, y se negó a seguir adelante. «Suéltale
las riendas y tócale con el látigo»—me gritó Antonio—. Así lo hice,
y en el acto el caballo salió al trote, que paulatinamente fué
aumentando en rapidez hasta convertirse en un frenético trote largo;
sus remos recobraron toda su agilidad, y meneaba las manos de un modo
maravilloso. La mula de Antonio, de genio y ligera, trató de seguirle
por un momento; pero, en un abrir y cerrar de ojos, se quedó muy
atrás. Aquel tremendo trote duraba ya una milla, cuando el caballo,
entrando cada vez más en calor, salió de pronto al galope. ¡Viva!
Corríamos más impetuosos y ciegos que una liebre; iba el caballo,
literalmente, _ventre à terre_, y me costó mucho trabajo guiarle
entre los pedruscos, contra los que nos hubiéramos hecho pedazos los
dos si llega a dar un tropezón en su furiosa carrera.
Así me llevó hasta el pie del cerro, donde aguardé a que el gitano
me alcanzara. Dejamos a nuestra derecha el cerro, que parecía
inaccesible, y pasamos por una aldehuela mísera. Se puso el sol; la
noche nos envolvió en tinieblas, pero nosotros continuamos la marcha
casi tres horas más, hasta que oímos ladrar perros y percibimos dos o
tres luces a lo lejos.
—Este es Trujillo—dijo Antonio, que llevaba largo rato sin hablar.
—Me alegro mucho—contesté—. Estoy muy cansado y dormiré bien en
Trujillo.
—Eso será si podemos—dijo el gitano, avivando el paso de la mula.
No tardamos en entrar en la ciudad, muy triste y oscura. Sin saber
adonde íbamos, seguí los pasos del gitano, que me guió por calles y
plazas lóbregas, donde maullaban los gatos. «Esta es la casa»—dijo al
fin, apeándose ante una humilde choza—. Llamó, y no le contestaron;
volvió a llamar, y tampoco hubo respuesta; sacudió la puerta, y
trató de abrirla, pero estaba cerrada con llave y bien atrancada.
«_¡Caramba!_—exclamó—. No están; ya me lo temía yo. ¿Qué vamos a
hacer ahora?»
—En eso no hay gran dificultad. Si tus amigos no están, vámonos a la
_posada_.
—No sabes lo que dices—replicó el gitano—. Yo no me atrevo a ir a la
_mesuna_[113] ni a entrar en más casa de Trujillo que ésta. Bueno,
no hay remedio, seguiremos el viaje, y, entre nosotros, cuanto antes
mejor; a mi _planoró_[114] le ahorcaron en Trujillo».
[113] Posada.
[114] _Plan, Planoró, Plal_: Hermano, camarada.
Echó _yesca_, encendió un cigarro, montó en la mula, y anduvimos por
calles y callejuelas tan tristes como las que ya habíamos atravesado,
no tardando en vernos de nuevo fuera de poblado.
No me hizo mucha gracia la resolución del gitano, lo confieso;
tenía yo muy poca gana de marcharme de Trujillo y aventurarme por
sitios desconocidos, de noche, con lluvia y niebla, porque el viento
se había echado y el agua caía otra vez con fuerza. Estaba, sobre
todo, cansadísimo, y lo que más me apetecía era tumbarme en un
abrigado pesebre y entregarme al sueño arrullado por el agradable
rumor de caballos y mulas comiéndose el pienso. Pero, como viajero
experimentado, me guardé muy bien de disputar con mi guía en tales
circunstancias, y una vez que me había puesto en sus manos, le seguí
sin replicar, pegado a la grupa de su cabalgadura, alumbrados tan
sólo por el fulgor del cigarro del gitano; cuando Antonio escupió la
colilla en un lodazal, quedamos en profundas tinieblas.
Mucho tiempo caminamos de ese modo: el gitano, en silencio; yo,
callado; y la lluvia, cada vez más densa. Algunas veces me parecía
oír gritos lúgubres, algo así como el silbido de la lechuza. «Hace
una noche poco a propósito para andar por el campo»—dije por fin a
Antonio—. «Así es, hermano—me contestó—. Pero prefiero andar por
estos sitios en noches como ésta a verme en el _estaripel_ de
Trujillo».
Otra legua por lo menos llevaríamos andada cuando me pareció que
debíamos de estar cerca de un bosque[115], porque de vez en cuando
distinguía grandes troncos de árboles. Súbitamente, Antonio detuvo
la mula. «Hermano—me dijo—, mira hacia la izquierda y dime si ves
una luz; tus ojos ven más que los míos.» Hice como me ordenaba, y,
al pronto, nada vi; pero, adelantándome un poco, percibí claramente
a cierta distancia entre los árboles un fuerte resplandor. «Lo que
veo no puede ser una luz—dije—, sino la llama de una hoguera.» «Es lo
más probable»—respondió Antonio—. «Por aquí no hay _queres_[116]; se
trata, sin duda, de una hoguera encendida por _durotunes_[117]. Vamos
a buscarlos, porque, como dices tú, es lastimoso andar de noche con
lluvia y lodo.»
[115] Estaba en _Las Gamas_, cerca de Carrascal. (Knapp).
[116] Pueblos.
[117] Pastores.
Nos apeamos, entrándonos por el bosque, guiando con cuidado a las
caballerías por entre los árboles y matorrales. A los cinco minutos
llegamos a una plazoleta, en la que, en el lado opuesto al de nuestra
llegada, ardía una hoguera, y en pie, o sentadas junto a ella,
estaban dos o tres personas; nos habían oído acercarnos, y una de
ellas gritó: «_¿Quien vive?_» «Yo conozco esa voz»—dijo Antonio—; y,
dejándome allí con el caballo, avanzó rápidamente hacia la hoguera.
Al instante oí un _¡hola!_ y una risotada, y, poco después, la voz de
Antonio llamándome. Me acerqué a la hoguera, y encontré a dos mozos
muy atezados y una mujer, como de cuarenta años, aún más negruzca,
sentada en las mantas y enjalmas de las mulas. Vi también un caballo
y dos burros atados a los árboles. Aquello era, en efecto, un vivac
gitano... «Adelante, hermano, y déjate ver—me dijo Antonio—. Estás
entre amigos. Estos son del _Errate_, los que yo buscaba en Trujillo,
y en cuya casa hubiéramos dormido.»
—¿Y por qué razón se han marchado de Trujillo y se han venido al
monte a pasar una noche como esta?
—Por los asuntos de Egipto, hermano; no lo dudes—replicó Antonio—.
Y esos asuntos no nos importan; ¡_calla_ [la] _boca_! Ha sido una
suerte que los encontremos aquí, porque en otro caso no hubiéramos
tenido cena nosotros ni pienso los caballos.
—Mi _ro_ está preso en un pueblo que hay ahí—dijo la mujer, señalando
con la mano en una dirección determinada—. Está preso por _choring_
una _mailla_[118]. Hemos venido a ver qué podemos hacer por él; ¿y
dónde íbamos a alojarnos mejor que en el monte, que no se paga nada?
Me figuro que no será la primera vez que el _Caloré_ ha dormido al
pie de un árbol.
[118] _Mailla_, burra.
Uno de los muchachos trajo cebada para las caballerías en un talego,
que colgamos sucesivamente de la cabeza del caballo y de la mula; en
él metieron el hocico los pobres animales, y los dejamos regalarse
hasta que nos pareció que habían saciado el hambre. Arrimado a la
lumbre borbotaba un _puchero_, medio lleno de tocino, _garbanzos_ y
otras sustancias; vaciáronlo en una escudilla de madera, y Antonio
y yo cenamos. Los otros gitanos se negaron a acompañarnos, dándonos
a entender que habían comido antes que llegásemos; pero hicieron
cumplido honor a la bota de Antonio, que tuvo la precaución de
llenarla antes de salir de Mérida.
Estaba yo a tales horas completamente rendido de cansancio y de
sueño. Antonio me arrojó una inmensa manta de caballo que llevaba,
con otras varias, debajo del albardón de la mula; me arropé bien, y
me eché en el suelo, con la cabeza apoyada en un lío de ropa, y los
pies todo lo cerca que pude ponerlos de la lumbre.
Antonio y los otros gitanos se quedaron sentados y hablando alrededor
de la hoguera. Escuché un poco; pero no los entendía bien, y lo que
entendía no me importaba. La llovizna continuaba; pero no hice gran
caso de ello, y no tardé en dormirme.
Estaba saliendo el sol cuando me desperté. Me costó bastante trabajo
ponerme en pie; tenía los miembros entumecidos, y la cabeza cubierta
de escarcha; durante la noche había cesado de llover, y la helada
era bastante fuerte. Miré en torno, y no vi a Antonio ni a los otros
gitanos. Las caballerías de estos últimos habían desaparecido, y
también el caballo que montaba yo; pero la mula de Antonio permanecía
aún atada al árbol. Esta circunstancia disipó ciertos temores que
empezaban a surgir en mi ánimo. «Se habrán ido a los asuntos de
Egipto—me dije—, y no tardarán en volver.» Recogí como pude los
rescoldos de la hoguera, y, amontonando un poco de leña, pronto se
alzó viva llama, a la que arrimé el _puchero_ con los restos de
la cena de la noche pasada. Mucho tiempo estuve esperando a que
volviesen mis compañeros; pero como no asomaban por parte alguna,
me senté y me puse a comer. No había terminado, cuando oí el ruido
de un caballo que se acercaba rápidamente, y, un momento después,
apareció Antonio entre los árboles dando muestras de agitación.
Se tiró del caballo, y al instante se puso a desatar la mula.
«¡Monta, hermano, monta!»—dijo mostrándome el caballo—. «Iba con la
_Callee_ y los _chabés_ al pueblo donde su _ro_ está preso; pero el
_chinobaró_[119] los ha cogido, con las caballerías, y me hubiera
echado mano a mí también; pero metí espuelas al _grasti_, le solté
las riendas y escapé. Monta, hermano, monta, o en un abrir y cerrar
de ojos tendremos aquí a toda la _canaille_ rústica.»
[119] Una autoridad.
Hice como me ordenaba; en seguida salimos al camino del día anterior,
y corrimos por él a toda prisa; el caballo sacó su trote más veloz, y
la mula, con las orejas tiesas, galopaba intrépidamente a su lado.
—¿Qué pueblo es aquel que hay allí?—pregunté señalando a un cerro,
cuando llevábamos una hora de camino, y al disponernos a entrar en un
valle profundo.
—Es Jaraicejo—dijo Antonio—. Un sitio que ha sido siempre malo para
la gente _Caló_.
—Pues, si es malo, supongo que no pasaremos por él.
—No tenemos más remedio que pasar, por varias razones: primera,
porque el camino atraviesa Jaraicejo; y segunda, porque necesitamos
comprar provisiones para nosotros y las bestias; al otro lado de
Jaraicejo hay un _despoblado_ donde no encontraríamos nada.
Cruzamos el valle, subimos el cerro, y, cuando estábamos cerca del
pueblo, el gitano dijo:
—Hermano, lo mejor es pasar por el pueblo separados. Yo iré delante;
sígueme poco a poco, y, una vez en Jaraicejo, compras pan y cebada;
tú no tienes nada que temer. En el _despoblado_ te espero.
Sin aguardar mi respuesta arrancó presuroso, y no tardé en perderle
de vista. Seguí mi camino muy despacio, y entré en el pueblo, asaz
viejo y ruinoso; apenas tenía más que una calle, y al avanzar por
ella, vino a mí corriendo un hombre con una sucia gorra de cuartel en
la cabeza y un fusil en la mano.
—¿Quién es usted?—me dijo en tono algo desapacible—. ¿De dónde viene
usted?
—Vengo de Badajoz y Trujillo—respondí—. ¿Por qué me lo pregunta usted?
—Soy de la guardia nacional—contestó el hombre—, y estoy encargado de
vigilar a los forasteros; me han dicho que un gitano acaba de pasar a
caballo por el pueblo; su suerte ha sido que en aquel momento había
entrado yo en mi casa. ¿Viene usted con él?
—¿Tengo yo aspecto de viajar en compañía de gitanos?
El nacional me miró de pies a cabeza, y luego me clavó los ojos en
el rostro, con una expresión que parecía querer decir: «Sí, señor;
bastante.» Realmente, mi atavío no era muy a propósito para disponer
a la gente en mi favor. Llevaba un sombrero andaluz muy viejo, que,
por su estado, parecía como si le hubiesen pisoteado; una capa
mugrienta, que acaso había servido a doce generaciones, me cubría el
cuerpo; lo demás de mi atuendo no era de mejor calidad, y todo lo que
de él parecía estaba manchado de barro, y de barro llevaba también
salpicado el rostro, sombreado además por una barba de ocho días.
—¿Tiene usted pasaporte?—me preguntó al fin el nacional.
Recordé haber leído que el mejor modo de conquistar la voluntad de
un español es tratarle con ceremoniosa cortesía. Eché, pues, pie a
tierra, y, quitándome el sombrero, hice una profunda reverencia al
soldado constitucional, diciéndole:
—_Señor nacional_, ha de saber usted que yo soy un caballero inglés
que viaja por su gusto. Tengo pasaporte, y, en cuanto usted lo
examine, verá que se halla perfectamente en regla; está expedido
por el gran Lord Palmerston, ministro de Inglaterra, de quien
naturalmente habrá usted oído hablar; al pie del pasaporte está
su firma manuscrita; véala y regocíjese, porque acaso no vuelva a
presentársele a usted otra ocasión de verla. Como yo tengo ilimitada
confianza en el honor de todos los caballeros, dejaré el pasaporte en
manos de usted mientras voy a comer a la posada. Cuando le haya usted
revisado, será usted seguramente tan amable que vaya a devolvérmelo.
Caballero, beso a usted la mano.
Le hice una nueva reverencia, que él me pagó con otra más profunda
todavía, y, mientras miraba tan pronto al pasaporte como a mi
persona, me fuí a la _posada_, guiado por un mendigo que hallé al
paso.
Di un pienso al caballo y me proveí de pan y de cebada, como el
gitano me aconsejó; compré también tres hermosas perdices a un
cazador que estaba bebiendo vino en la _posada_. Quedó muy contento
con el precio que le pagué, y me invitó a tomar una _copita_; acepté,
y hablando estábamos, sentados a la mesa, cuando llegó el nacional
con mi pasaporte en la mano, sentándose a nuestro lado.
NACIONAL.—_¡Caballero!_ Le devuelvo a usted el pasaporte; está
completamente en regla. Me alegro mucho de haberle conocido, y espero
que me dará usted ciertas noticias acerca de la guerra.
YO.—Tendré mucho gusto en dar a un caballero tan cortés y tan
honrado como usted todas las noticias que sepa.
NACIONAL.—¿Qué hace Inglaterra? ¿Va, al fin, a prestar ayuda a mi
país? Si ella quisiera, podía acabar la guerra en tres meses.
YO.—No se preocupe, _señor nacional_. La guerra se acabará, sin
duda ninguna. ¿Ha oído usted hablar de la legión inglesa que milord
Palmerston ha enviado a España? Pues deje usted el asunto en sus
manos, y no tardará en ver los resultados.
NACIONAL.—Me parece a mí que ese _Caballero_ Balmerson debe de ser
un hombre muy cabal.
YO.—Eso no tiene duda.
NACIONAL.—He oído decir que es un gran general.
YO.—Tampoco eso tiene duda. En algunas cosas ni Napoleón ni El
Serrador pueden medirse con él. _Es mucho hombre._
NACIONAL.—Me agrada oírlo. ¿Vendrá a mandar la legión en persona?
YO.—Creo que no; pero ha enviado para mandarla a un amigo suyo que
pasa por ser casi tan versado en cosas militares como él.
NACIONAL.—Mucho me complace oírlo. Veo que la guerra acabará
pronto. _Caballero_, le agradezco su cortesía y las noticias que me
ha dado. Le deseo un viaje feliz. Confieso que me sorprende ver a un
caballero de su país de usted viajar solo y de esa manera por estas
regiones. Los caminos están muy poco seguros, y han ocurrido, no hace
mucho, varios accidentes y más de dos muertes en las cercanías. El
_despoblado_ tiene malísima fama; vaya usted prevenido, _Caballero_.
Siento que el gitano ese haya podido pasar; si se le encuentra usted,
al menor gesto sospechoso péguele un tiro o atraviésele sin vacilar;
es un ladrón muy conocido, _contrabandista_ y asesino; más muertes
ha hecho que dedos tiene en las manos. _Caballero_, si usted me lo
permite, le proporcionaremos una escolta hasta la bajada del puerto.
¿No quiere usted? Entonces, ¡adiós! Un momento: antes de marcharme,
deseo ver de nuevo la firma del _Caballero_ Balmerson.
Otra vez le mostré la firma, que estuvo contemplando con profunda
reverencia, y hasta le hizo un rápido saludo con la gorra. Después,
nos dimos un abrazo y nos separamos.
Monté a caballo y guié hacia el despoblado, marchando, al principio,
muy despacio. Pero, en cuanto me vi en el campo, puse el caballo al
trote largo, y, durante cierto tiempo, anduve con tremendo compás,
esperando alcanzar al gitano de un momento a otro; sin embargo, no
le veía por ninguna parte, ni me encontré a un solo ser humano. El
camino, angosto y arenoso, serpenteaba entre las espesas retamas y
chaparros que cubrían el _despoblado_, tan altos, a veces, como un
hombre. Al fondo, en la dirección que yo llevaba, había un cerro alto
y desnudo. El despoblado tenía lo menos tres leguas; lo atravesé casi
todo, acercándome ya al pie del cerro, y, cuando empezaba a sentirme
muy intranquilo, pensando que acaso me había dejado atrás al gitano,
metido entre los chaparros, oí súbitamente un _¡Hola!_ muy conocido,
y vi aparecer en medio de unas matas de retama una cabeza ruda y
atezada, y unos ojos que me miraban con fijeza.
—Mucho has tardado, hermano—me dijo—. Casi he creído que me habías
engañado.
Me rogó que me apease, y llevó el caballo detrás de un espesar, donde
estaba la mula atada a una estaquilla. Entregué a Antonio el pan y la
cebada, y le referí lo sucedido con el nacional.
—Quisiera tenerle aquí—exclamó el gitano al oír los epítetos que el
otro le había prodigado—para que mi _chulí_[120] y su _carló_[121] se
conociesen mejor.
[120] Cuchillo.
[121] Corazón.
—¿Y qué haces aquí, en este desierto, entre estas matas?
—Estoy esperando un emisario que ha de venir de muy lejos, y hasta
que pase no puedo seguir adelante ni retroceder. Estoy aquí por los
asuntos de Egipto, hermano.
Como esta era la expresión que invariablemente empleaba para esquivar
mis preguntas, guardé silencio. Dimos pienso a los animales, y luego
hicimos nosotros una frugal colación de pan y vino.
—¿Por qué no guisamos esas perdices?—pregunté—. Aquí hay de sobra con
qué encender lumbre.
—El humo podría descubrirnos, hermano—dijo Antonio—. Me interesa
estar _escondido_ aquí hasta que llegue el emisario.
Era ya muy entrada la tarde. El gitano, echado detrás de un matorral,
se levantaba a veces para mirar afanosamente a la colina que teníamos
delante; al cabo, lanzando una exclamación de contrariedad y de
impaciencia, se dejó caer al suelo, y en él estuvo tendido mucho
rato, absorto, al parecer, en sus reflexiones; por último, levantó la
cabeza y me miró a la cara.
ANTONIO.—Hermano, no puedo adivinar asuntos que te traen a esta
tierra.
YO.—Quizás los mismos que te traen a este despoblado; asuntos de
Egipto.
ANTONIO.—No tal, hermano. Es verdad que hablas la lengua de Egipto;
pero ni tus maneras ni tus palabras son las de un _Caló_ ni de un
_Busné_.
YO.—¿No me oíste hablar en los _foros_ acerca de Dios y
_Tebleque_?[122] He venido a tierras de España para explicar la
palabra divina a los _Calés_ y a los gentiles.
[122] El Salvador, Jesús.
ANTONIO.—¿Y quién te envía con esa misión?
YO.—No me entenderías aunque te lo dijese. Has de saber, sin
embargo, que muchas gentes de países extranjeros lamentan las
tinieblas en que yace España, y las crueldades, robos y muertes que
la afean.
ANTONIO.—Esas gentes, ¿son _Caloré_ o _Busné_?
YO.—¿Qué más da? Los _Caloré_ y los _Busné_ son hijos del mismo
Dios.
ANTONIO.—Mientes, hermano; ni vienen del mismo padre ni son del
mismo _Errate_. Hablas de robos, crueldades y muertes; pero es que
hay demasiados _Busné_, hermano; si no hubiera _Busné_, no habría ni
robos ni muertes. Los _Caloré_ no se roban ni se matan unos a otros;
los _Busné_, sí; ni son crueles con los animales, porque su ley se lo
prohibe. Un día, siendo yo chico, pegué a una _burra_; pero mi padre
me sujetó la mano, y, reprendiéndome, dijo: «¡No hagas daño a ese
animal, porque dentro de él está el alma de tu propia hermana!»
YO.—¿Es posible que creas en una doctrina tan bárbara, Antonio?
ANTONIO.—A veces, sí; a veces, no. Algunos hay que no creen en
nada, ni siquiera en que viven. Hace mucho tiempo, conocí yo a
un _Caloré_ viejo, muy viejo, tenía más de cien años, y una vez
le oí decir que todo lo que creemos ver es mentira; que no hay
mundo, ni hombres, ni mujeres, ni caballos, ni mulas, ni olivos.
Pero ¿adónde vamos a parar por este camino? Te he preguntado por
qué vienes a este país, y me dices que por la gloria de Dios y
_Tebleque_. _¡Disparate!_ Eso se lo cuentas a los _Busné_. No hay
duda que tendrás muy buenas razones para venir aquí, porque, en
otro caso, no habrías venido. Algunos dicen que eres un espía de
los _Londoné_[123]. Tal vez; pero no me importa. Levántate, y dime,
hermano, si ves a alguien bajar del puerto.
[123] Ingleses.
—Veo una cosa a lo lejos—repliqué—como una mancha en la vertiente del
cerro.
El gitano se puso en pie, y ambos miramos con atención, pero la
distancia no nos permitió al principio ver claramente si aquel objeto
se movía o no. Un cuarto de hora después se disiparon nuestras dudas,
porque el objeto que observábamos había llegado al pie del cerro y
columbramos una persona montada en un animal, cuya especie aún no
pudimos reconocer.
—Es una mujer—dije yo al cabo—montada en un asno rucio.
—Entonces es mi emisario—dijo Antonio—; no puede ser otro.
La mujer y el burro llegaron al llano, y por un rato desaparecieron
a nuestra vista entre las leñas y malezas del monte. No tardaron en
aparecer a una distancia como de cien varas. El burro era un hermoso
animal, de pelo gris plateado, que venía retozando, moviendo el rabo,
y con paso tan ligero que parecía no tocar el suelo con las patas.
En cuanto nos vió, se paró en seco, dió media vuelta, e intentó
marcharse por donde había venido; pero al sentirse dominado, se puso
de manos, y hubiera concluído por tirar al suelo a la mujer, si ella
misma no se apea con ligereza. La mujer traía el cuerpo enteramente
envuelto en los amplios vuelos de una capa de hombre. Corrí a
prestarle ayuda, cuando, al volver hacia mí su rostro, reconocí en el
acto las finas y correctas facciones de Antonia, hija de mi guía, a
quien yo había visto en Badajoz. Sin dirigirme la palabra, se acercó
a su padre y le dijo en voz baja algo que no pude percibir. Antonio
se echó atrás, con un estremecimiento, y vociferó: «¡Todos!» «Sí»,
respondió ella en voz más alta, repitiendo probablemente las palabras
que antes no pude cazar: «A todos los han cogido.»
El gitano se quedó consternado, al parecer; y como yo no tenía
ninguna gana de asistir a una conversación que, probablemente, iba
a versar sobre los asuntos de Egipto, me aparté de allí, metiéndome
entre los matorrales. Estuve solo un buen rato; a veces llegaban
hasta mí exclamaciones y juramentos. A la media hora volví; los
gitanos se habían salido del camino, y estaban sentados en el suelo,
detrás de las mismas retamas que ocultaban a las caballerías. Torvo
el semblante, el gitano empuñaba un cuchillo desnudo, y de vez en
cuando clavábalo en la tierra, exclamando: ¡Todos! ¡Todos!
—Hermano—dijo al fin—no puedo ir ya más lejos contigo; el asunto que
me llevaba a _Castumba_ está ya arreglado. Desde ahora viajarás solo
y entregado a tu _bají_.
—Confío en _Undevel_[124]—contesté—que escribió mi destino mucho
tiempo ha. Pero, ¿cómo voy a arreglarme sin caballo? Porque, sin
duda, tu necesitarás el tuyo.
[124] Dios.
El gitano pareció reflexionar.
—Es verdad, necesito el caballo, hermano—me dijo—y también el
_macho_, pero como no vas a ir en _pindré_[125], le compras a Antonia
la _burra_ que yo le di cuando la envié a esta expedición.
[125] _Pinró_, _Pindró_ (pl. _Pindré_): pie.
—Me parece que la _burra_ está sin domar y resabiada.
—Así es, hermano, y por eso la compré; las caballerías resabiadas y
mal domadas suelen tener muy buenos pies. Tu eres _Caló_, hermano, y
podrás montarla. Así que, le das a mi hija Antonia un _baria_[126] de
oro por la _burra_, y si te parece conveniente, véndela en Talavera
o en Madrid, porque las _bestias_ extremeñas son muy apreciadas en
_Castumba_.
[126] Onza.
Menos de una hora después, iba yo por la otra vertiente del puerto,
montado en la _burra_ cerril.