CAPÍTULO IX

Badajoz.—Antonio el gitano.—Una proposición de Antonio.—Es

aceptada.—El desayuno gitano.—Salida de Badajoz.—El borrico del

gitano.—Mérida.—La muralla en ruinas.—La comadre.—El país del

moro.—Los hombres negros.—La vida en el desierto.—La cena.

Hallábame ya en Badajoz, en España, país que durante los cuatro

años siguientes iba a ser teatro de mis trabajos; pero no nos

anticipemos a los acontecimientos. Los alrededores de Badajoz no me

predispusieron gran cosa en favor del país a que acababa de llegar.

Aquellas planicies parduscas, apenas producen otra cosa que el

arbusto llamado en español _carrasco_; sin embargo, unas montañas

azuladas se yerguen en la lejanía y animan un poco la entonación

monótona del paisaje.

En Badajoz, capital de Extremadura, fué donde, por vez primera,

tropecé con los singularísimos _Zincali_, o _gitanos_ españoles.

Allí fué donde encontré al indómito Paco, hombre que tenía un brazo

seco y manejaba las _cachas_[36] con la mano izquierda; a su astuta

mujer, Antonia, diestra en _hokkano baró_[37], o engaño maestro, a su

suegro, el feroz gitano Antonio López, y a otros muchos individuos

del _Errate_, o sangre gitana, poco menos notables que éstos. Aquí

fué donde, por vez primera, prediqué el Evangelio al pueblo gitano, y

comenzé la traducción del Nuevo Testamento al idioma de los gitanos

españoles, traducción que, en parte, se imprimió más tarde en Madrid.

[36] Tijeras.

[37] _Hok_, fraude. _Hokkano_ (en la lengua de gitanos ingleses):

mentira; _baró_, grande.

Permanecí tres semanas en Badajoz, y me dispuse a salir para Madrid;

un anochecido estaba yo en mi aposento arreglando mi escaso equipaje,

cuando entró Antonio el gitano, vestido con su _zamarra_ y tocado con

el puntiagudo sombrero andaluz.

ANTONIO.—Buenas noches, hermano; me han dicho que _callicaste_[38]

te propones salir para _Madrilati_[39].

[38] Ayer, mañana.

[39] Madrid.

YO.—Así es; no puedo estar aquí más tiempo.

ANTONIO.—El camino hasta _Madrilati_ es largo; el país está en

guerra, y en el campo abundan los _chories_[40]. ¿No te amedrenta el

viaje?

[40] _Chor_, ladrón.

YO.—Yo no tengo miedo; ningún hombre puede eludir su destino;

lo que haya de ser de mi cuerpo y de mi alma, escrito está en un

_gabicote_[41] desde mil años antes de la creación del mundo.

[41] Libro.

ANTONIO.—Yo, personalmente, tampoco tengo miedo, hermano; la noche

oscura es para mí igual que el día claro, y el _carrascal_ silvestre

lo mismo que la plaza del mercado o que el _chardi_[42]; llevo en el

pecho el _bar lachí_[43], la piedra preciosa a que se pega la aguja.

[42] Feria.

[43] Lit: piedra buena (talismán). _Lachó_: bueno.

YO.—Supongo que te refieres al imán. ¿Crees que una piedra inerte

puede preservarte de los peligros que amenacen tu vida?

ANTONIO.—Hermano, cuento ya cincuenta años de edad, y aquí me

tienes vivo y sano. ¿Cómo podría ser eso si el _bar lachí_ no tuviera

poder alguno? He sido soldado y _contrabandista_, y he matado y

robado también a los _Busné_[44]. Las balas del _Gabiné_[45] y del

_jara canallis_[46] me han zumbado en los oídos sin tocarme por

llevar conmigo el _bar lachí_. Veinte veces he hecho cosas que,

según la ley _busné_ debían haberme llevado al _filimicha_[47]; sin

embargo, nunca me ha estrujado el cuello el frío _garrote_. Hermano,

confío en el _bar lachí_, como los _Caloré_[48] de otro tiempo:

aunque me viera en el golfo de _Bombardó_[49] sin una tabla a qué

agarrarme, no tendría miedo; porque llevando tan preciosa piedra,

ella me sacaría sano y salvo a la costa. El _bar lachí_ es poderoso,

hermano.

[44] _Busnó_ (pl. _busné_): el que no es gitano.

[45] Francés.

[46] Guardas o empleados del resguardo.

[47] La horca.

[48] _Caló_, _Caloró_ (pl. _Calés_, _Caloré_): el que es del

_kalo rat_, o sangre negra; un gitano.

[49] León.

YO.—No vamos a discutir por eso, y menos ahora, en el momento de

marcharme de Badajoz; despidámonos rápidamente, y ya no volveremos a

vernos más.

ANTONIO.—Hermano, ¿sabes a lo que vengo?

YO.—Lo ignoro, como no sea a desearme feliz viaje; no soy bastante

gitano para adivinar los pensamientos de la gente.

ANTONIO.—Toda la noche pasada he estado despierto, pensando en

los asuntos de Egipto; cuando me levanté esta mañana, tomé el _bar

lachí_, y raspándolo con un cuchillo saqué un poco de polvo, y me lo

bebí con _aguardiente_, según tengo costumbre de hacer después de

tomar una resolución. Luego me dije: estoy haciendo falta en la raya

de _Castumba_[50] para cierto negocio. El _Caloró_[51] forastero

va a marcharse a _Madrilati_; el camino es largo, y pudiera caer en

malas manos, quizás en las de gente de su propia sangre, porque he

de decirte, hermano, que los _Calés_ abandonan ya las ciudades y

aldeas y se echan al campo en cuadrillas para saquear a los _Busné_;

no hay ley ninguna en estas tierras, y ahora o nunca es la ocasión

de que los _Caloré_ vuelvan a ser lo que fueron en tiempos pasados.

De manera que me dije: el _Caloró_ forastero puede caer en manos de

los de su misma sangre y ser maltratado por ellos, que sería una

vergüenza. De consiguiente, iré con él por el _Chim del Manró_[52]

hasta la raya de _Castumba_, y desde la raya de _Castumba_ dejaré

que el _Caloró_ de Londres siga su camino a _Madrilati_, porque hay

menos peligro en _Castumba_ que en _Chim del Manró_, y después podré

ocuparme de los asuntos de Egipto que allí me reclaman.

[50] Castilla.

[51] Gitano.

[52] _Chim_: reino, comarca; _Manró_: pan, trigo. _Chim del

Manró_: tierra del trigo: Extremadura.

YO.—Ese plan promete mucho, amigo mío. ¿En qué forma piensas que

hagamos el viaje?

ANTONIO.—Te lo diré, hermano. Tengo en la cuadra un _gras_[53], el

mismo que compré en Olivenza, como te dije en otra ocasión; es bueno

y ligero, y me costó, a mí que soy gitano, cincuenta _chulé_[54]; tú

puedes ir en el _gras_; yo montaré en el _macho_.

[53] _Grà_, _gras_, _graste_, _gry_: caballo.

[54] _Chulí_ (pl. _Chulé_): un duro.

YO.—Antes de responder desearía que me dijeses qué asuntos son esos

que te obligan a ir a _Castumba_; tu yerno Paco me tiene dicho que

los gitanos no acostumbran ya a viajar.

ANTONIO.—Es un asunto de Egipto, hermano, y no puedo decirte más.

Acaso se trata de un caballo o de un borrico, acaso de una mula o de

un _macho_; lo que sea, no se refiere a ti; por tanto, te aconsejo

que no preguntes nada. _Dosta_[55]. Volviendo a lo de antes: eres

libre de rechazar mi ofrecimiento; hay un _drungruje_[56] de aquí

a _Madrilati_, y puedes viajar en el _birdoche_[57] o con los

_dromalis_[58]; pero te advierto, como hermano, que hay _chories_ en

el _drun_, y algunos de ellos son del _Errate_.

[55] Basta.

[56] _Drun_, _drom_: camino. _Drungruje_ o _drunji_: camino real.

[57] Galera.

[58] Arrieros.

La verdad es que pocas personas en mi situación hubiesen aceptado

la propuesta del singular gitano. Sin embargo, el plan no dejaba

de tener atractivos para mí. Dada mi afición a las aventuras, no

podía satisfacerla de mejor ni más fácil modo que poniéndome en

manos de tal guía. Otros en mi caso hubiesen recelado una traición,

pero yo estaba tranquilo sobre ese punto, y no creía que el

gitano abrigase la más ligera mala intención en contra mía; le vi

plenamente convencido de que yo era uno de los del _Errate_, y los

rasgos más fuertes de su carácter eran el amor a su raza y el odio a

los _Busné_. Deseaba yo, además, aprovechar todas las ocasiones de

conocer a fondo las costumbres de los gitanos españoles, y allí se me

presentaba una excelente, apenas llegado a España. Total: que resolví

acompañar al gitano. «Iremos juntos—le dije—. Mi equipaje lo mandaré

a Madrid por el _birdoche_.» «Muy bien hecho, hermano—contestó—, y

así el _gras_ andará más ligero. La verdad es que para nada necesitas

llevar equipaje. ¡Cómo se reirían los _Busné_ si se encontraran en el

camino a dos _Calés_ viajando con equipaje!»

Durante mi estancia en Badajoz, tuve poco trato con los españoles;

lo más del tiempo se lo consagré a los gitanos, raza ya conocida

y tratada por mí en diversas partes del mundo, y con quienes me

encontraba más a mis anchas que con los silenciosos y reservados

hombres de España; medio siglo puede estar un extranjero entre

españoles sin que le dirijan media docena de palabras, a no ser

que partan de él los primeros pasos para intimar, y aun así, puede

verse rechazado con un encogimiento de hombros y un _no entiendo_,

porque entre los muchos prejuicios profundamente arraigados en este

pueblo se cuenta la singular idea de que ningún extranjero es capaz

de aprender su lengua, idea a que siguen aferrados aunque le oigan

hablar en ella corrientemente; todo lo más que en tal caso conceden,

es esto: _Habla cuatro palabras, y nada más_.

Una mañana temprano, antes de salir el sol, me encontré frente a la

casa de Antonio, pequeña y mísera construcción, situada en una calle

sucia. La mañana era profundamente oscura; la calle estaba, sin

embargo, parcialmente iluminada por un montón de paja ardiendo, en

torno del que dos o tres hombres parecían muy ocupados en sostener un

objeto sobre la llama. Un instante después se abrió la puerta de la

casa del gitano, y apareció Antonio. Echó una mirada en dirección de

la hoguera, y exclamó: «El puerco ha dado muerte a su hermano. Que

todo _Busnó_ corra la misma suerte. Entremos, hermano, y comeremos el

corazón del puerco.» No entendí bien estas palabras, pero siguiendo

al gitano, llegamos a un aposento bajo, donde había un _brasero_

encendido, a su lado una tosca mesa cubierta con grosero mantel,

y sobre ella un pan y un puchero que despedía agradable olor. «En

esta _puchera_—dijo Antonio—, está el corazón del _balichó_[59];

comamos.» Nos sentamos a la mesa y comimos, Antonio vorazmente.

Cuando terminó, se puso en pie y me dijo: «¿Has traído el _li_?»[60].

«Aquí está—contesté, enseñándole mi pasaporte—. «Bueno; puedes

necesitarlo—repuso—. Yo no lo necesito; mi pasaporte es el _bar

lachí_. Ahora un vaso de _repañí_[61], y al camino.»

[59] Cerdo.

[60] _Li_ o _Lil_: papel, carta, libro.

[61] Aguardiente.

Salimos del cuarto; Antonio cerró la puerta con llave, que escondió

luego debajo de una baldosa, en un rincón del pasillo. «Espérame

en la calle, hermano, mientras voy a la cuadra a buscar las

_caballerías_.» Le obedecí. El sol no había salido aún; el frío era

cortante; pero la luz grisácea del alba me permitía ya distinguir

los objetos con suficiente claridad. No tardé en oír las pisadas

de los animales, y un momento después apareció Antonio llevando el

caballo por la brida; el _macho_ iba detrás. Miré al caballo y no

pude contener un movimiento de asombro. Hasta donde me fué posible

examinarlo, me pareció el bicho más raro que había visto en mi vida.

Era de espectral blancura, muy corto de cuerpo, pero con unas patas

de desmesurada longitud, y altísimo de _cruz_. «Estás mirando el

_grasti_—dijo Antonio—. Tiene diez y ocho años, pero es el mejor de

_Chim del Manró_, ni más ni menos; hace mucho tiempo que le tenía

echado el ojo, y le compré para emplearlo en los negocios de Egipto.

Monta, hermano, monta, y dejemos los _foros_[62]; ya van a abrir la

puerta de la ciudad.»

[62] _Foro_: pueblo, ciudad.

Cerró la de su casa, y se guardó la llave en la _faja_. Menos de un

cuarto de hora después, habíamos dejado Badajoz a nuestra espalda.

«No me parece muy bueno este caballo—dije a Antonio, cuando íbamos ya

por el campo—. Apenas si puedo hacerle andar.»

«Es el caballo más ligero que hay en _Chim del Manró_, hermano—dijo

Antonio—. Lo mismo al galope que al trote largo ninguno le aventaja;

pero tiene diez y ocho años y las coyunturas entumecidas, sobre todo

por la mañana; pero deja que entre en calor y que el _genio del

viejo_ reviva, y no podrás contenerlo con el freno ni con la brida.

Ese caballo lo compré para los asuntos de Egipto, hermano.»

A eso del mediodía llegamos a una aldea, en las inmediaciones de un

cerro pedregoso. «Aquí no hay casa _Caló_—dijo Antonio—; tenemos

que ir a la posada de los _Busné_, donde comeremos todos, hombres y

bestias.» Entramos en la cocina, nos sentamos a la mesa y pedimos pan

y vino. Había en la cocina dos individuos de mala catadura, fumando

unos cigarros; y como se me ocurriera decir no sé qué cosa a Antonio

en _caló_, uno de aquellos tipos, notable por sus inmensos bigotes,

exclamó: «¿Qué es lo que oigo? ¿Te atreves a hablar en _caló_ delante

de mí, que soy _chalan_ y nacional? Malditos gitanos, ¿cómo os

atrevéis a entrar en esta _posada_ y a hablar en esa lengua delante

de mí? ¿No está prohibida por la ley, como os está prohibido entrar

en el _mercado_? Amigo, como vuelva yo a oír de tu boca una palabra

en _caló_ te muelo los huesos a palos, y de un puntapié vas volando

al tejado.»

«Haría usted muy bien—dijo su compañero—, porque la insolencia de

estos gitanos es ya inaguantable. Estando en Mérida o Badajoz,

voy al mercado, y allí me veo en un rincón a los malditos gitanos

charlando en una lengua ininteligible. «Señor gitano—le digo a uno de

ellos—, ¿cuánto quiere usted por ese burro?» «Diez duros, _Caballero

nacional_, me responde. Es el mejor burro de toda España.» «Quisiera

verlo andar»—replico yo—. «Ahora mismo»—contesta—, y salta sobre el

burro y le hace salir andando, no sin haberle murmurado antes al

oído no sé qué cosas en _caló_; el burro tenía un paso magnífico,

como yo no había visto otro. «Creo que me conviene»—digo al fin, y

después de examinarlo un rato, saco el dinero y le pago—. «Me voy

a mi casa»—dice el gitano, y desaparece rápidamente—. «Y yo a mi

pueblo»—contesto yo—, y montado en el burro, le digo: _Vámonos_,

pero el burro se está quieto. En vano le arreo con una varita.

«¿Qué significa esto?»—exclamo—; y me pongo a darle espolazos. Pero

el maldito, apenas siente la picadura, al primer corcovo me tira

por las orejas en medio del fango. Me pongo en pie y veo al burro

contemplándome atentamente, y a la _canaille_ gitana mirándome de

través con sus ojos velados. «¿Dónde está el tunante que me ha

vendido esta alhaja?»—grito—. «Se ha ido a Granada»—dice uno—. «Se

ha ido a ver a su familia de Morería»—añade otro—. «Le acabo de ver

corriendo por el campo en dirección de... perseguido muy de cerca

por el diablo»—exclama un tercero—. En suma, me han robado. Quiero

deshacerme del burro, pero no hay quien lo compre; es un burro

_caló_, y todos le huyen. Al cabo, los gitanos me ofrecen treinta

_reals_ por él; y después de regatear mucho, me doy por contento

vendiéndoselo en dos duros. Todo ello es una pura estafa; el burro

vuelve a su dueño y la cuadrilla se reparte la ganancia; es una

infamia que se evitaría, a mi parecer, con sólo prohibir hablar el

_caló_; porque, ¿qué otra cosa sino las palabras en _caló_ dichas

a su oído, pudo inducir al jumento a portarse de tan inconcebible

manera?»

Ambos parecían completamente convencidos de la exactitud de esta

conclusión, y continuaron fumando hasta consumir los cigarros;

entonces se levantaron, se atusaron las patillas, nos miraron con

fiero desden, y arrojando al suelo las puntas de los cigarros,

salieron de la habitación a paso largo.

—Esta gente no me parece muy amiga de los gitanos ni del lenguaje

_caló_—dije a Antonio cuando los dos matones se fueron.

—Malos muermos les cojan los hocicos—dijo Antonio—. Ya se ve que

algunos de los nuestros los han _jonjabadoed_[63]. Sin embargo,

has hecho mal, hermano, en hablarme en _caló_ en esta _posada_; es

lenguaje prohibido, porque, como ya te he dicho, el rey ha destruído

la ley de los _Calés_[64]. Vámonos de aquí, hermano, antes que esos

_juntunes_[65] nos echen encima a la _justicia_.

[63] Engañado. Terminación inglesa añadida a la terminación

española de la palabra romani _jonjabar_, engañar. _Jojana_:

engaño.

[64] _El crallis ha nicobado la liri de los Calés._

[65] _Juntuno_: espía.

Al atardecer llegábamos cerca de un pueblo grande.

—Esta es Mérida—dijo Antonio—, que, según cuentan los _busné_, fué

antaño una gran ciudad de los _corahai_[66]; pasaremos aquí la

noche, y quizás dos o tres días, porque tengo que arreglar algunos

asuntos de Egipto. Ahora, hermano, échate a un lado del camino con

el caballo, y espera junto a esa tapia hasta mi vuelta. Tengo que

adelantarme para ver cómo están las cosas.

[66] Los moros.

Me apeé del caballo y me senté en una piedra, junto a la pared en

ruinas indicada por Antonio. El sol declinaba y el viento era muy

sutil; me arropé bien en una capa de gitano, andrajosa y vieja, que

Antonio me dió, y como sentía algún cansancio, caí en un sopor que

duró casi una hora.

—¿Es su merced el _Caloró_ de Londres?—dijo muy cerca de mí una voz

desconocida.

Me desperté sobresaltado; vi un rostro de mujer casi debajo del ala

de mi sombrero. A pesar de la poca luz, observé que sus facciones

eran horriblemente feas, casi negras; pertenecían a una gitana vieja,

lo menos de setenta años, que se apoyaba en un palo.

—¿Es su merced el _Caloró_ de Londres?—repitió.

—Yo soy el que usted busca. ¿Y Antonio?

—_Curelando, curelando; baribustres curelós terela_[67]—dijo la

vieja—. Venga conmigo. _Caloró_ de mi _garlochín_[68], venga conmigo

a mi _ker_[69]; en seguida llegamos.

[67] Negociando, negociando; tiene muchos negocios que hacer.

[68] Corazón.

[69] O _Quer_: Casa.

Eché por el camino, detrás de la gitana, hasta llegar a la ciudad,

ruinosa y medio desierta; remontamos una calle, torcimos luego por

una callejuela angosta y lóbrega, y, a poco, mi guía abrió la puerta

de una casa bastante capaz y muy estropeada.

—Entra—me dijo.

—¿Y el _gras_?—pregunté.

—Hazle entrar también, _chabó_[70] mío; en la cuadra, aunque pequeña,

hay sitio para el _gras_.

[70] _Chabó_, _chabé_, _chaboró_: mozo, joven, individuo.

Atravesamos un vasto patio, y nos detuvimos ante una puerta muy ancha.

—Entra, hijo de Egipto—dijo la bruja—; entra; esa es la cuadra.

—Esto está más negro que la pez—dije yo—, y es muy a propósito para

lo que yo me sé; trae una luz, o no entro.

—Dame el _solabarri_[71]—respondió la vieja—, y yo encerraré el

caballo, _chabó_ de Epipto, y le ataré al pesebre.

[71] Brida.

Entró con él en la cuadra, y la oí trajinar en la oscuridad; no tardé

en oír rebullirse también al caballo.

—_Grasti terelamos_[72]—dijo la gitana, al reaparecer con la brida en

la mano—. El caballo se ha soltado él solo; a pesar del viaje no se

ha resentido. Ahora, _Caloró_ mío, vamos a mi casita.

[72] _Terelar_: atar.

Entramos en la casa, en un aposento muy capaz y tenebroso, donde

no había otra luz que el débil resplandor de un brasero, puesto al

fondo, junto al que se acurrucaban dos bultos oscuros.

—Estas son _callees_[73]—dijo la gitana vieja—. Una es mi hija; la

otra es su _chabí_[74]. Siéntate, _Caloró_ de Londres, y que te

oigamos el metal de la voz.

[73] _Callee_, _callí_, fem. de _caló_.

[74] Muchacha; fem. de _chabó_.

Miré en busca de una silla, pero no la había; cerca de mí, empero,

descubrí en el suelo el remate de una columna rota; rodándolo, lo

acerqué al _brasero_, y me senté.

—Esta casa es muy hermosa, madre de los gitanos—dije yo, por

satisfacer su deseo de oírme hablar—. Es muy hermosa, pero algo fría

y húmeda; por lo grande puede servir de sobra para alojar a los

_hundunares_.[75]

[75] Soldados.

—Hay muchas casas de sobra en estos _foros_, muchas casas de sobra

en Mérida, _Caloró_ de Londres, algunas tal como las dejaron los

_corahanós_[76]. ¡Ah! Qué gran pueblo son los _corahanós_. Muchas

veces me entran ganas de volver otra vez a su _chim_.

[76] _Corahano_: moro; fem. _corahani_.

—¡Cómo! Madre—dije yo—, ¿has estado en tierra de moros?

—Dos veces, _Caloró_ mío, dos veces he estado en la tierra de los

_Corahai_. La primera vez, hace más de cincuenta años; entonces

estaba yo con los _sesé_[77], porque mi marido era soldado del

_Crallis_ de España, y Orán pertenecía en aquellos tiempos a España.

[77] Pl. de _sesó_: español.

—Entonces no estuviste con los verdaderos moros, sino con los

españoles que ocupaban una parte de su país.

—Estuve con los verdaderos moros, mi _Caloró_ de Londres. ¿Quién

conoce a los moros mejor que yo? Hace unos cuarenta años estaba yo

con mi _ro_[78], en Ceuta, porque era soldado del rey, cuando un día

me dijo: «Estoy cansado de vivir aquí, que no hay pan, y agua menos

aún; he decidido escaparme y volverme _corahanó_; esta noche mataré

al sargento y huiré al campo moro.»

[78] _Ro_, _rom_: marido; un gitano casado. _Roma_, los maridos,

nombre genérico del pueblo gitano, o Romani.

—Hazlo—respondí—, _chabó_ mío, y en cuanto pueda te seguiré y me haré

_corahani_.

Aquel a misma noche mató a su sargento, que cinco años antes le había

llamado _Caló_, y le había maldecido; echó a correr, saltó por la

muralla, y sin que le tocaran los tiros que le tiraron, se puso en

salvo en la tierra de los _corahai_. Yo me quedé en el _presidio_

de Ceuta, de cantinera, vendiendo vino y _repañi_ a los soldados.

Dos años pasaron sin tener noticias de mi _ro_. Un día entró en mi

_cachimani_[79] un desconocido; iba vestido como un _corahanó_,

pero más parecía un _callardó_[80]; y, sin embargo, tampoco era un

_callardó_, a pesar de ser casi negro; según estaba mirándole, pensé

que se parecía un poco a los del _Errate_, y me dijo: «_Zincali_[81];

_chachipé_»[82]; luego, en una lengua tan rara que apenas le pude

entender, me dijo al oído. «Tu marido está esperándote; ven conmigo,

hermanita, y te llevaré con él.» «¿Dónde está?»—pregunté—. Y

señalando hacia el Poniente, dijo: «Está por allá, muy lejos; ven

conmigo; tu _ro_ te espera.» Tuve un poco de miedo, pero me acordé

de mi marido, y ya deseé verme en la tierra de los _corahai_; tomé,

pues, el poco _parné_[83] que tenía, eché la llave al _cachimani_ y

me fuí con el desconocido. En la puerta nos dió el alto el centinela;

pero le convidé a _repañi_, y nos dejó pasar; en un instante llegamos

a la tierra de los _corahai_. A una legua de la ciudad, al pie de un

cerro, encontramos a cuatro personas, hombres y mujeres, tan negros

como mi desconocido guía, y se unieron a nosotros, saludándome, y

llamándome hermanita. Eso fué lo único que entendí de toda su habla,

que era muy cerrada. Quitáronme las ropas que llevaba y me dieron

otras, con las que me vestí como una _corahani_; y luego emprendimos

la marcha, que duró muchos días, por desiertos y aldeas; más de

una vez me pareció encontrarme entre los del _Errate_, porque sus

costumbres eran las mismas; los hombres querían _hokkawar_ con mulos

y burros; las mujeres decían _bají_[84]. Al cabo llegamos a una

ciudad grande, y el hombre negro que me había ido a buscar, dijo;

«Entra ahí, hermanita, y encontrarás a tu _ro_.» Me llegué a la

puerta, y vi estar dentro un _corahanó_ armado; le miré a la cara,

y reconocí a mi marido.

[79] Taberna.

[80] Mulato.

[81] Gitanos.

[82] La verdad.

[83] _Parnó_: blanco; _parné_: moneda de plata. En general:

dinero.

[84] Fortuna. _Penar bají_: decir la buena ventura.

Era aquella una ciudad muy extraña, llena de gentes que habían sido

antes _candoré_[85], pero renegadas y convertidas en _corahai_. Había

allí _sesé_ y _laloré_[86], y hombres de otras naciones, y entre

ellos algunos del _Errate_ de mi mismo país; todos eran soldados

del _Crallis_ de los _corahai_, y le servían en sus guerras. Mucho

tiempo estuve con mi _ro_ en aquella ciudad, yendo a veces con él a

las guerras; muchas veces le pregunté acerca de los hombres negros

que me habían llevado hasta allí, y me dijo que había tenido algunos

tratos con ellos, y los creía del _Errate_. En fin, hermano, para no

alargar, a mi marido le mataron en la guerra, delante de una ciudad

sitiada por el rey de los _corahai_, yo quedé _piulí_[87], y volví a

la ciudad de los renegados, como la llamaban, y me gané la vida como

pude. Un día, estando yo sentada, llorando, se me plantó delante el

mismo hombre negro a quien no había vuelto a ver desde el día que me

llevó a juntarme con mi _ro_, y me dijo: «Ven conmigo, hermanita, ven

conmigo; el _ro_ está muy cerca.» Fuí con él, y fuera de la ciudad,

en el desierto, estaban los mismos hombres y mujeres negros que la

otra vez había visto. «¿Dónde está mi _ro_?»—pregunté.—«Aquí está,

hermanita—dijo el hombre negro—, aquí está; desde hoy yo soy el _ro_,

y tú la _romí_[88]. Ven, y vámonos de aquí, que no faltan quehaceres.»

[85] Pl. de _Candory_: cristiano.

[86] Portugueses.

[87] Viuda.

[88] Gitana casada.

Me marché con él, y fué mi _ro_, y vivimos por los desiertos y

_hokkawared_ y _choried_, y dije _bají_; yo pensaba: «Esto me gusta;

seguramente estoy entre los del _Errate_, en un país mejor que el

mío.» Muchas veces les pregunté si eran del _Errate_, y se reían,

diciéndome que muy bien podía ser porque no eran _corahai_; pero

nunca me dieron más clara cuenta de sí.

Bueno; esto duró unos cuantos años, y tuve del hombre negro tres

_chai_[89]; dos, murieron; pero la más joven, vive; es la _Callí_

que estás viendo al lado del _brasero_. Así vivíamos errantes, y

_choried_, y decíamos _bají_. Ocurrió que una vez, en tiempo de

invierno, nuestra pandilla intentó atravesar un río muy ancho y muy

profundo, como muchos otros que hay en _Chim del Corahai_, y el bote

volcó con la rapidez de la corriente, y todos se ahogaron menos yo y

mi _chabí_, a quien llevaba en el seno. Ya no me quedaba ningún amigo

entre los _corahai_; fuí errante por los _despoblados_, implorando

y llorando hasta quedarme casi _lilí_[90]. De este modo llegué a la

costa; allí hice amistad con el capitán de un barco, y volví a esta

tierra de España. Ahora que estoy aquí, deseo muchas veces volver a

vivir con los _corahai_.»

[89] Pl. irreg. de _chabó_.

[90] Fem. de _liló_: tonto, loco.

Al llegar aquí, rompió a reír a carcajadas, y así estuvo un rato

largo; cuando se cansó, les llegó el turno de reír a su hija y a su

nieta; y tanto rieron, que las tuve a todas por locas.

Horas y horas fueron pasando, y aún estábamos acurrucados junto al

_brasero_, del que todo calor había volado mucho tiempo hacía; el

leve fulgor que iluminaba el aposento también desapareció; sólo

quedaba en el brasero un rescoldo moribundo. La habitación estaba en

las más densas tinieblas; las tres mujeres permanecían inmóviles y en

silencio; sentí un escalofrío, y empecé a encontrarme a disgusto.

—¿Vendrá aquí Antonio esta noche?—pregunté al fin.

—_No tenga usted cuidao_, mi _Caloró_ de Londres—dijo la gitana vieja

con tono desabrido—. _Pepindorio_[91] ha estado aquí alguna vez.

[91] Antonio.

Ya iba a levantarme, con intención de huir de la casa, cuando sentí

posarse una mano en mi hombro, y oí la voz de Antonio, que decía:

—No te asustes, hermano; soy yo. Pronto traerán luz, y cenaremos.

La cena fué bastante frugal: pan, queso y aceitunas; Antonio, empero,

sacó una bota de excelente vino. Despachamos los manjares a la luz de

una lámpara de barro puesta en el suelo.

—Ahora—dijo Antonio a la más joven de las tres mujeres—tráeme el

_pajandi_[92], que voy a cantar una _gachapla_[93].

[92] Guitarra.

[93] Copla.

La muchacha trajo la guitarra, y el gitano, después de templarla con

cierto trabajo, rascó vigorosamente las cuerdas y se puso a cantar:

—Gitano, ¿por qué vas preso?

—Señor, por cosa ninguna:

Porque he cogío un ramá

Y etrás se bino una mula.

Caminito de Antequera

Preso llevan a un gitano,

Porque se encontró una capa

Antes de perderla el amo.

El canto y la música duraron mucho tiempo. Las dos mujeres jóvenes no

se cansaban de bailar, mientras la vieja hacía a veces restallar sus

dedos o medía el compás golpeando en el suelo con el palo. Al fin,

Antonio, soltó bruscamente la guitarra, y dijo:

—Veo que el _Caloró_ de Londres está cansado; basta, basta; mañana

continuaremos. Ahora vámonos al _charipé_[94].

[94] Cama.

—Con muchísimo gusto—dije yo—. ¿Dónde vamos a dormir?

—En la cuadra, en el pesebre. Aunque en la cuadra haga frío,

estaremos bastante abrigados en el _bufa_[95].[*]

[95] Pesebre.

[*] Borrow se detuvo en Mérida por la boda gitana descrita en

_The Zincali_. (Knapp).

La Biblia en España, Tomo I (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 22 / 33 题