Elvas.—Longevidad extraordinaria.—La nación inglesa.—Ingratitud
portuguesa.—Las fortificaciones.—Un mendigo español.—Badajoz.—La
aduana.
A mi llegada a la puerta de Elvas un oficial salió de una especie de
cuerpo de guardia, y después de hacerme varias preguntas, me envió,
acompañado de un soldado, a la oficina de policía, donde mi pasaporte
había de ser _visé_, porque en la frontera son muy exigentes en ese
particular. Arreglado el asunto, me instalé en una hostería próxima
a aquella puerta; me la había recomendado el posadero de Vendas
Novas, y su dueño se llamaba José Rosado. Era la mejor de Elvas,
pero muy inferior en comodidades a cualquier figón inglés. Acosado
por el frío, me refugié gustoso en una cocina interior, alumbrada
tan sólo, una vez cerrada la puerta, por el resplandor del fuego
que ardía débilmente en el fogón. Una mujer de edad, sentada en una
silla junto a la lumbre, pasaba las cuentas de su rosario; discerní
en su rostro, en cuanto la escasa luz del aposento me lo permitía,
una expresión singular, extraordinaria. Hícele algunas preguntas sin
importancia, y me contestó; pero parecía ligeramente sorda. Comenzaba
a encanecer, y le dije que, si bien la creía de más edad que yo, no
tenía seguramente el pelo tan blanco como el mío.
—¿Qué edad tiene usted, caballero?—preguntó, dándome el título
usualmente empleado en España para denotar un grado de respeto
extraordinario—. Respondí que iba a cumplir treinta años.
«Entonces—dijo—tenía usted razón al suponer que soy más vieja; tengo
más años que su madre de usted y que la madre de su madre; hace más
de cien años era yo una chicuela, y jugaba con otras de mi edad por
esos campos.» «En tal caso—respondí—se acordará usted, sin duda, del
terremoto.» «Sí—contestó—; si de algo me acuerdo, es de eso; cuando
ocurrió, estaba yo en la iglesia de Elvas oyendo misa, y el cura se
cayó al suelo, y dejó también caer la Hostia de las manos. Aún me
acuerdo de cómo temblaba el suelo; todos nos mareamos; las casas se
tambaleaban como si estuviesen borrachas. Ochenta años han pasado
sobre mí desde el temblor de tierra, y entonces ya tenía yo más edad
que usted tiene ahora.»
Miré con asombro a tan extraordinaria mujer, y apenas podía
dar crédito a sus palabras. Sin embargo, me aseguraron que,
positivamente, tenía más de ciento diez años, y pasaba por ser la
persona más vieja de Portugal. Conservaba todas sus facultades tan
despejadas como la generalidad de la gente al rayar en la mitad de
aquellos años. Era pariente de los dueños de la hostería.
Conforme avanzaba la noche, fueron entrando varias personas para
calentarse a la lumbre y gozar de la conversación; la casa era una
especie de mentidero, donde llevaba la voz cantante el huésped,
hombre de cierta sagacidad y experiencia, antiguo soldado del
ejército británico. Entre otros, vino el oficial que mandaba en
la puerta de la ciudad. Después de cambiar algunas palabras, este
caballero, joven de unos veinticinco años, bien parecido, rompió
en declamaciones violentas contra la nación inglesa y su gobierno,
quienes, si en todo tiempo habían demostrado su egoísmo y su
falacia, seguían ahora, respecto de España, una conducta sobremanera
ignominiosa, pues estando en su mano acabar de golpe la guerra civil,
enviando un poderoso ejército de socorro, preferían mandar un puñado
de tropas, con objeto de prolongar la lucha y aprovecharse de sus
ventajas. Después de cumplimentarle irónicamente por su cortesía y
urbanidad, pregunté al oficial si entre las acciones egoístas de la
nación y del gobierno ingleses, se contaba la de haber derrochado
centenares de millones de libras esterlinas y vertido un océano de
preciosa sangre para sostener la campaña de la península contra
Napoleón. «Seguramente—dije—el fuerte de Elvas, y más aún el vecino
castillo de Badajoz, dicen mucho respecto del egoísmo inglés, y
cada vez que los mire se confirmará usted en la opinión que acaba
de exponer. En cuanto a la guerra actual, le diré a usted que la
gratitud de España a Inglaterra, después de la expulsión de los
franceses gracias a nuestros ejércitos—gratitud demostrada en los
estorbos puestos al comercio inglés y en las misas de acción de
gracias ofrecidas al abandonar las costas españolas los herejes
británicos—, no puede inducir a Inglaterra a arruinarse por el
propósito de expulsar a don Carlos de sus montañas. Por deferencia al
superior entendimiento de usted—continué, dirigiéndome al oficial—,
quisiera creer que la prolongación indefinida de la guerra reporta
grandes provechos a mi país; pero me haría usted un favor insigne
explicándome el proceso químico en virtud del que la sangre vertida
en las montañas españolas va a parar al tesoro inglés convertida en
monedas de oro.»
Como tardara en contestarme, tomé de sobre la mesa un plato con
fruta, y pregunté: «¿Cómo se llaman estas frutas?» «Granadas y
_bolotas_»—respondió—. «Muy bien; un rústico inglés que no haya
salido nunca de su país, no hubiese podido darme esa respuesta, a
pesar de hallarse tan familiarizado con las granadas y las _bolotas_
como vuestra señoría con la línea de conducta que le incumbe tomar a
Inglaterra en su política interior y exterior.»
Esta réplica mía era impropia de un cristiano, lo confieso, y me
demostró cuántas reliquias de mi antiguo carácter quedaban en el
fondo de mi alma; con todo, séame permitido decir que, probablemente,
ninguna otra provocación me hubiera inducido a responder con tanta
cólera; pero no pude dominarme al oír tratar con injusticia a mi
gloriosa tierra. Y ¿por quién? ¡Por un portugués! Por un hijo del
país libertado de horrible esclavitud dos veces gracias al esfuerzo
inglés. A no ser por Wellington y sus héroes, Portugal sería francés
a estas fechas; a no ser por Napier y sus marinos, don Miguel
reinaría en Lisboa. Volviendo al oficial, diré que todos se le
rieron, y un momento después se fué.
Al día siguiente entré en relación con un comerciante respetable,
llamado Almeida, hombre de talento, aunque algo brusco de modales.
Manifestó profunda aversión al sistema papista que durante tanto
tiempo había mantenido en mortales tinieblas a su infortunado país; y
apenas supo que yo era portador de cierta cantidad de Testamentos,
con intención de dejarlos allí para su venta, expresó vivos deseos de
hacerse cargo de los libros, y se ofreció a trabajar cuanto pudiese
para colocarlos entre sus numerosos parroquianos. Al enseñarle un
ejemplar, le dije: «En la portada va el nombre de usted.» Porque, en
efecto, la edición portuguesa de la Sagrada Escritura que la Sociedad
Bíblica repartía la hizo un protestante llamado Almeida, y se publicó
por vez primera en 1712; el comerciante sonrió, y me dijo que le
honraba mucho tener alguna relación, aunque sólo fuese por el nombre,
con el traductor. Echó a broma la propuesta de remunerarle por su
trabajo, asegurándome que el solo hecho de poder colaborar en una
obra tan santa y útil como la difusión de la Escritura, era para él
suficiente recompensa.
Terminado este asunto, di un vistazo a los alrededores de Elvas, y
subí paseando, cerro arriba, hasta el fuerte, al Norte de la ciudad.
La parte baja del cerro está poblada de _azinheiras_, que le dan
amenidad; por unas piedras varadas en el cauce crucé el arroyuelo
que corre al pie. Al llegar a la entrada del fuerte, un centinela me
cortó el paso; pero tuvo la amabilidad de decirme que, con dar mi
nombre al oficial comandante, me permitirían visitar el interior.
Envié, pues, mi tarjeta al oficial con un soldado que vagaba por
allí, y, sentándome en una piedra, aguardé; volvió a poco; me
preguntó si yo era inglés, y al oír mi respuesta afirmativa, dijo:
«En tal caso, señor, no puede usted entrar; no es costumbre enseñar
el fuerte a los extranjeros.» Respondí que lo mismo me daba visitarlo
o no; y después de contemplar a Badajoz en la lejanía, desde el lado
oriental del cerro, desanduve el camino recorrido a la subida.
Tales son los provechos que se obtienen con proteger a una nación
y con derrochar la sangre y el dinero en su defensa. Los ingleses
nunca han estado en guerra con Portugal; se han batido por mar y
por tierra, siempre con buen éxito, en favor de su independencia;
se han obligado, por un tratado de comercio, a beber sus vinos, tan
ordinarios y adulterados, que en ninguna otra parte los quieren, y,
sin embargo, son los más impopulares de cuantos extranjeros visitan
este país. Los franceses han asolado Portugal y vertido la sangre de
sus hijos como si fuese agua; no compran sus productos; desprecian
sus vinos; pero no hay aquí mala disposición para los franceses.
La razón de esto no es ningún misterio; lo propio, no ya de los
portugueses, sino de la corrupción del hombre, es aborrecer a los
bienhechores que con sus beneficios lastiman del modo más generoso su
miserable vanidad.
En ningún país son tan populares los ingleses como en Francia; y
es que, si bien los franceses han sido con frecuencia tratados
rudamente por los ingleses y ocupada su capital por un ejército
inglés, nunca han estado sometidos a la supuesta ignominia de recibir
de ellos asistencia y socorro.
Las fortificaciones de Elvas son un modelo en su género; a primera
vista pudiera creerse que la ciudad, si estuviera bien guarnecida,
sería capaz de retar a cualquier enemigo; pero tiene un punto flaco:
un cerro la domina por Occidente, a media milla de distancia, desde
donde un general experto no dejaría de cañonearla, probablemente
con buen éxito. Es la última ciudad de Portugal por aquella parte,
y apenas si la separan dos leguas de la frontera española. Fué
construída, evidentemente, para rivalizar con Badajoz, al que mira
desde su altura a través de la planicie arenosa por donde van las
lentas aguas del Guadiana. Pero aunque Elvas es una ciudad fuerte,
apenas tiene valor como defensa de la frontera, abierta por todas
partes, de tal modo, que un ejército invasor dispuesto a esquivar
esta plaza, no tendría la menor necesidad de aproximarse ni a doce
leguas de sus muros. Son tan extensas sus fortificaciones que no
harían falta menos de diez mil hombres para guarnecerla, fuerza que,
en caso de invasión, estaría mejor empleada en afrontar al enemigo en
campo raso. Durante su ocupación de Portugal, los franceses pusieron
en la plaza una corta guarnición, que se retiró al castillo al
acercarse los ingleses, y capituló poco después.
Como ya no me detenía cosa alguna en Elvas, dispúseme a cruzar la
frontera de España. El guía idiota tomó el camino de vuelta a Aldea
Gallega, y el 5 de enero, montado en una triste mula, sin riendas ni
estribos, guiándola con el ramal, y seguido por un muchacho que había
de acompañarme montado en otra, bajé presuroso desde Elvas al llano,
con ansia de llegar a la romántica, a la caballeresca y vieja España.
Era innecesario, y así lo comprendí en seguida, azuzar a mi mula,
pues con todas sus mataduras, reparada de la vista y coja, andaba
ligera como el viento.
En poco más de media hora llegamos a un arroyo, cuyas aguas corrían
impetuosas entre márgenes escarpadas. Un hombre, al borde del arroyo,
me indicó el vado en el agrio dialecto de Portugal; y cuando aún
estaba yo chapoteando en el agua, una voz me saludó desde la otra
orilla en el espléndido idioma de España, de esta manera: _¡Oh
señor caballero, que me dé usted una limosna por amor de Dios,
una limosnita para que yo me compre un traguillo de vino tinto!_
Un momento después pisé suelo español, porque el arroyo, llamado
Acaia, sirve allí de límite a los dos reinos; arrojé al mendigo una
monedilla de plata, y gritando _¡Santiago y cierra España!_, seguí
mi camino más de prisa todavía, prestando poca atención, como
dice Gil Blas, al torrente de bendiciones derramado por el mendigo
a mis espaldas; con todo, nunca se vió limosna otorgada con menos
discernimiento, porque, según más adelante averigüé, aquel tipo era
un borracho perdido que se instalaba todas las mañanas junto al vado
para sacar a los viajeros unos cuartos y gastárselos por las noches
en las tabernas de Badajoz. Pagaba con bendiciones a quien le daba
limosna, y con maldiciones a quien se la negaba; e igual facundia y
habilidad tenía en el empleo de las unas que de las otras.
Badajoz estaba ya a la vista, a poco más de media legua de distancia.
Pronto torcimos a la izquierda para tomar el puente de arcos que
atraviesa el Guadiana, río muy famoso en romances y cantares,
pero nada ameno en realidad, poco profundo y muy lento, aunque de
razonable anchura; sus orillas blanqueaban con las ropas puestas a
secar al sol, que lucía resplandeciente. Desde gran distancia oí
cantar a las lavanderas, y el tema de sus cánticos parecía ser las
alabanzas del río en que estaban descrismándose, porque al acercarme
oí distintamente: _Guadiana, Guadiana_, repetido a coro por muchas
mujeres, las unas mozas, las otras de edad, de mejillas tostadas,
cuyas voces fuertes y claras, multiplicaba el eco por todas partes.
Pensé que había cierta semejanza entre mi tarea y la suya; yo estaba
en vías de curtir mi tez septentrional exponiéndome al candente sol
de España, movido por la modesta esperanza de ser útil en la obra de
borrar del alma de los españoles, a quienes conocía apenas, alguna
de las impuras manchas dejadas en ella por el papismo, así como las
lavanderas se quemaban el rostro en la orilla del río para blanquear
las ropas de gentes que desconocían. A mi mente acudieron con mucha
fuerza las palabras de un poeta oriental: «Día tras día, y noche tras
noche, me fatigaré en socorro de mis hermanos sin fortuna, como las
lavanderas curten su faz al sol por limpiar unas ropas que no son
suyas.»
Cruzado el puente, llegamos a la puerta Norte de Badajoz, y de
una especie de garita salió a nosotros un individuo tocado con un
sombrero andaluz de copa puntiaguda, y embozado en una de esas
inmensas capas, muy conocidas de cuantos han viajado por España,
que sólo un español sabe llevar en forma que sienten bien. Sin
pronunciar palabra asió del ramal de la mula, y entrándose por la
puerta de la ciudad, nos llevó por una calle muy sucia, llena de
gente embozada también en largas capas. Preguntéle qué se proponía,
y no se dignó contestar; pero el muchacho, mi acompañante, dijo que
era un guarda-puertas y nos llevaba a la aduana, o _alfandega_,
para el registro del equipaje. Llegados a la aduana, el guarda,
sin romper su adusto silencio, comenzó a echar las maletas desde la
mula de carga al suelo y a desatarlas. Ya iba a reprenderle como su
brutalidad merecía; pero antes de que pudiera abrir la boca, apareció
en la puerta un personaje, alto y de edad madura, en quien no tardé
en reconocer al jefe de la aduana. Después de mirarme un momento,
me preguntó en mi idioma si yo era inglés. Al oír mi respuesta
afirmativa, preguntó al guarda cómo se había atrevido a cometer la
insolencia de poner las manos en el equipaje sin orden superior, y
severamente le mandó atar de nuevo las maletas y cargarlas en la
mula, como lo hizo, en efecto, sin pronunciar palabra. Preguntóme
después lo que contenían las maletas: ropas de vestir—contesté yo—,
y pidiéndome perdón por la insolencia de su subordinado, me dijo que
era libre de ir adonde tuviera por conveniente. Le di las gracias por
su extremada cortesía, y guiando el muchacho, fuí directamente a la
fonda de las Tres Naciones, que me habían recomendado en Elvas[35].
[35] La fonda estaba en la calle de la Moraleja, núm. 30.
(Knapp).