CAPÍTULO VII

La piedra druídica.—Un joven español.—Soldados rufianes.—Los

males de la guerra.—Estremoz.—La disputa.—La atalaya en

ruinas.—Vislumbre de España.—Ayer y hoy.

Legua y media llevaríamos andada, cuando una tromba de aire se

desencadenó por el Norte, levantando inmensas nubes de polvo;

felizmente, el huracán no nos daba de cara, pues en otro caso nos

hubiera sido difícil seguir adelante, por su extremada violencia.

Habíamos dejado el camino para utilizar un pequeño atajo practicable

para las caballerías, pero que, como otros muchos, no podía

recorrerse en carruaje.

Cruzábamos unos arenales cubiertos de maleza y de pedruscos que

formaban una espesa capa sobre el suelo. Estas son las piedras de

que están formadas las _sierras_ de España y Portugal; singulares

montañas que se alzan en horrenda desnudez, como huesos de un

esqueleto gigante descarnado. Muchos de aquellos pedruscos emergían

del suelo; muchos yacían sueltos en la superficie, removidos acaso

de sus lechos por las aguas del diluvio. Mientras nos fatigábamos

caminando por tan agrestes lugares, descubrí, un poco hacia mi

izquierda, un amontonamiento de piedras de aspecto singular y hacia

ellas guié mi mula. Era un altar druida, el más bello y completo de

cuantos yo había visto hasta entonces. Era circular; constituíanlo

unas piedras sumamente anchas y recias en la base, que se iban

adelgazando hacia el remate, trabajado por la mano del artista en

forma parecida al festón o borde de una concha. Encima estaba puesta

otra piedra lisa muy ancha, inclinada hacia el Sur, donde se abría

una puerta. En el interior, capaz para tres o cuatro hombres, crecía

un espino pequeño.

Contemplé con veneración y temor respetuoso aquel altar donde los

primeros pobladores de Europa ofrecieron su culto al Dios ignoto.

Los templos que los romanos, poderosos y diestros, levantaron en

una edad comparativamente moderna, yacen hechos polvo no lejos de

allí. Las iglesias de los godos arrianos, herederos de su poder,

no se encuentran por parte alguna, como si se las hubiera tragado

la tierra. ¿Y qué ha sido y dónde están las mezquitas del moro,

conquistador de los godos? Sus ruinas mohosas se disipan poco a poco

sobre las rocas. No así la piedra druídica: allí se está, batida por

los vientos, tan firme y tan acabada de hacer como el día en que,

hace acaso treinta siglos, fué erigida por medios hoy desconocidos.

Sacudida por los terremotos, la piedra del remate no se ha caído;

oleadas de lluvia la han inundado sin conseguir barrerla de su

asiento; el candente sol reverbera en su superficie sin agrietarla

ni desmenuzarla; y el tiempo, antiquísimo, implacable, ha desgastado

contra ella su férreo diente, con tan escaso efecto como pueden

observar cuantos la visiten. Allí permanece la piedra; quien desee

estudiar la literatura, la ciencia y la historia de los antiguos

celtas y cimbrios, puede colegir, contemplando esa piedra y meditando

ante ella, todo lo que de tales hombres se sabe. Los romanos dejaron

tras de sí sus escritos inmortales, su historia, su poesía; los

godos, su liturgia, sus tradiciones y el germen de instituciones muy

nobles; los moros, su caballerosidad, sus descubrimientos en medicina

y las bases del comercio moderno. ¿Qué memoria queda de las razas

druídicas? ¡Hela aquí, en ese rimero de piedra eterna!

Llegamos a Arroyolos a cosa de las siete de la noche. Me instalé

en un espacioso aposento de dos camas, y cuando me disponía a

sentarme para cenar, vino la huéspeda a preguntarme si no tendría

inconveniente en que un joven español pasase la noche en mi cuarto.

Díjome que el joven acababa de llegar con unos arrieros, y no había

en la casa otro sitio donde aposentarlo. Accedí, y a la media hora

apareció el español, después de cenar con sus compañeros. Era un

mancebo de diez y siete años, que por su buena presencia denotaba ser

persona de distinción. Me saludó en su lengua natal, y al ver que

le entendía, comenzó a hablar con volubilidad asombrosa. En cinco

minutos me refirió que, movido del deseo de ver mundo, se había

desgarrado de su familia, gente opulenta de Madrid, con ánimo de no

volver hasta haber recorrido varios países. Le contesté que si decía

verdad había cometido una acción mala e insensata: mala, por el dolor

con que amargaba a las personas a quienes debía honrar y amar, e

insensata, pues se exponía a inconcebibles miserias y trabajos que

muy pronto le harían maldecir la resolución tomada; hícele ver que

en país extranjero le recibirían bien mientras tuviera dineros para

gastar, y en cuanto se le acabasen, le tratarían como a un vagabundo,

y acaso le dejarían morirse de hambre. Repuso que, como llevaba

consigo una cantidad considerable, cien duros nada menos, tenía

dinero para mucho tiempo, y cuando se le acabara, podría quizás ganar

más. «Con esos cien duros—le dije—apenas podrá usted vivir tres meses

en este país, si no le roban a usted antes; y creer que va usted a

ganar dinero honradamente es tan razonable como si pensara usted

ir a buscarlo en la cima de las montañas.» El muchacho no tenía aún

bastante experiencia para seguir mis consejos. A poco, cambiamos de

conversación. A las cinco de la mañana siguiente se me acercó a la

cama para despedirse porque los arrieros hacían ya preparativos de

marcha. Díjele la fórmula usual en España: «_Vaya usted con Dios_», y

no le volví a ver más.

A las nueve, después de pagar un precio exorbitante por muy escasas

comodidades, salí de Arroyolos, ciudad o lugar grande, situado en una

elevación del terreno y visible desde muy lejos. Puede envanecerse de

las ruinas de un vasto castillo antiguo, obra de moros, al parecer,

colocado en una colina, a la izquierda del camino, según se va a

Estremoz.

A una milla de Arroyolos di alcance a una fila de carros con

bastimentos y municiones para España, escoltados por un destacamento

de soldados portugueses. Seis o siete soldados iban de avanzada, muy

separados del convoy: eran unos tunantes de malísima catadura, en

cuyos rostros lívidos, horrendos, estaban escritos el homicidio y

todos los demás crímenes prohibidos por la ley de Dios. Al pasar a su

lado, uno de ellos comenzó a maldecir a los extranjeros, y con voz

áspera y gruñona, dijo: «Ahí va ese francés a caballo (iba en mula)

con un hombre (el idiota) para cuidarle todo por ser rico, mientras

un pobre soldado como yo, tiene que andar a pie. De buena gana le

mataría de un tiro. ¿En qué vale más él que yo? Pero es extranjero;

el diablo protege a los extranjeros, y odia a los portugueses.»

Continuó el soldado vomitando injurias, y ya le había sacado yo lo

menos cuarenta varas de delantera, cuando me eché a reír, sin pensar

que lo más prudente era permanecer tranquilo; un momento después, en

efecto, ¡paf!, ¡paf!, dos balas bien dirigidas me silbaron en los

oídos. Hallábame justamente al borde de un pequeño arroyo, sobre el

que había un puente a muy considerable distancia por mi izquierda;

metí espuelas a la mula, lanzándola a través del cauce, seguido muy

de cerca por el aterrorizado guía, y una vez en la otra orilla galopé

por la planicie arenosa hasta ponerme en salvo.

Aquellos individuos, con aspecto de bandidos, por sus acciones

mejoraban su facha. Encontrárselos en un lugar solitario, no será

nunca para el viajero motivo de alabar su buena fortuna. Los

carreteros eran españoles, de las cercanías de Badajoz, enviados a

Portugal para transportar los bastimentos. Uno de ellos, a quien

volví a encontrar en Badajoz, me contó que toda la escolta era de

la misma calaña; a él y a sus compañeros los habían robado muchas

cosas, amenazándolos de muerte si los denunciaban. Espanta imaginar

lo que sería un ejército compuesto de tales seres, enviado a un

país extranjero para conquistarlo o defenderlo; no obstante, cuando

escribo estas páginas, España aguarda el socorro armado de Portugal.

Quiera Dios misericordioso que las tropas enviadas en su apoyo

sean de diferente cuño: aun así, temo, vista la relajación de la

disciplina en el ejército portugués, comparado con el inglés o el

francés, que a los habitantes pacíficos de las provincias asoladas

por la guerra les parezca que los lobos se han juntado para cazar a

perros y echarlos del redil. No quisiera morirme sin ver el día en

que no se tolere la soldadesca en ningún país civilizado, o, cuando

menos, cristiano.

Prosiguiendo mi camino hacia Estremoz, pasé junto a Monte Moro

Novo, colina alta y polvorienta, coronada por un edificio antiguo,

morisco probablemente. El país era desolado y desierto, por más que

de vez en cuando se descubría algún valle poblado de alcornoques y

_azinheiras_. Después del mediodía, el viento, muy encalmado durante

la noche y la mañana anteriores, volvió a soplar con tal fuerza que

casi me aturdía, aunque nos daba de espaldas.

A las cuatro de la tarde, al remontar una cuesta, descubrí con

profunda alegría la ciudad de Estremoz, asentada en una colina, a

menos de una legua de distancia. Desde donde yo estaba, se dominaba

un panorama de singular belleza. El sol se ponía entre rojas y

tormentosas nubes, y sus rayos reverberaban en los pardos muros de

la encumbrada ciudad adonde íbamos. Hacia el Suroeste, no muy lejos,

alzábase Serra Dorso, la montaña más hermosa del Alemtejo, ya vista

por mí desde Evora.

El idiota de mi guía volvió su rostro imbécil hacia la sierra, y

sintiéndose súbitamente inspirado, abrió la boca por vez primera

durante el día, casi podría decir desde que salimos de Aldea Gallega,

y comenzó a explicarme las extrañas cazas que podían hacerse en

aquellos montes. También me describió con gran minuciosidad un

perro maravilloso que había por allí, adiestrado en la caza de

lobos y jabalíes, y cuyo dueño se había negado a venderlo en veinte

_moidores_.

Al cabo, llegamos a Estremoz; nos alojamos en la posada principal,

que mira a una explanada o plaza del mercado, centro de la ciudad,

y tan ancha, que a mi parecer podrían evolucionar en ella diez mil

soldados con toda holgura.

El terrible frío no me consintió permanecer en la habitación a que

me llevaron, y entré en una especie de cocina abierta a un lado del

pasadizo abovedado que, en los bajos de la casa, llevaba al corral y

a las cuadras. Una impetuosa ráfaga caliente se precipitaba a través

del pasadizo, como el agua por el caz de un molino. Un enorme tronco

de alcornoque ardía en el fogón, debajo de la espaciosa campana, y en

torno de la lumbre se acurrucaba una ruidosa turba de campesinos y

labradores de las inmediaciones y tres o cuatro matuteros españoles.

Me costó trabajo conseguir puesto; los españoles y los portugueses

rara vez hacen sitio a un extraño, y como no se les pida o se los

empuje, prefieren quedársele a uno mirando con expresión que parece

significar: «sé muy bien lo que usted necesita, pero prefiero

permanecer donde estoy.»

Entonces observé por vez primera cierto cambio en el modo de hablar,

menos sibilante y más gutural; para dirigirse unos a otros empleaban

los interlocutores el término español de cortesía _usted_, en

lugar del hinchado _vossem se_ portugués. Esto es un resultado de

la comunicación constante con los naturales de España, que nunca

consienten en hablar portugués, ni aun en Portugal, y persisten en

emplear su magnífico idioma materno, que acaso andando el tiempo

acabarán por adoptar todos los portugueses. Esto facilitaría mucho la

unión de ambos países, separados hasta hoy por la natural terquedad

humana.

Poco tiempo llevaba yo sentado a la lumbre, cuando un individuo,

montado en un caballo fino y nervioso, se precipitó por el pasadizo

desde la cuadra a la cocina, y empezó a lucir sus habilidades de

caballista, obligando al animal a encabritarse y a girar velozmente

sobre las patas, con manifiesto peligro de cuantos se hallaban en el

aposento. Salió después a la explanada, donde se entretuvo galopando,

y al cabo de media hora volvió, dejó el caballo en la cuadra y vino a

sentarse junto a mí, hablándome en una jerigonza ininteligible, que a

él se le antojaba francés.

Estaba el hombre medio borracho, y pronto lo estuvo tres cuartos,

a fuerza de trasegar vaso tras vaso de _aguardiente_. Viendo mi

mutismo, se dirigió en mal español a uno de los _contrabandistas_;

éste, o no le entendió o no quiso entenderle, pero al fin, perdiendo

la paciencia, le llamó borracho y le mandó callarse. Exasperado

por tal desprecio, asió el beodo el vaso en que bebía, arrojándolo

a la cabeza del español, quien brincó como un tigre, desenvainó

un cuchillo y tiró de abajo a arriba un tajo a las mejillas de su

agresor; indudablemente, le hubiese cortado la cara, de no haber

detenido yo a tiempo el brazo del matutero, reduciendo así el daño a

un arañazo en la mandíbula inferior, del que brotó un poco de sangre.

Los compañeros del español se metieron por medio, y con gran trabajo

se lo llevaron a un pequeño aposento en lo más apartado de la

casa, donde ellos dormían y guardaban además los arreos de sus

mulas. El borracho comenzó entonces a cantar o más bien a berrear

la Marsellesa; después de molestarnos más de una hora, se le pudo

persuadir que montase a caballo y se fuera, acompañado por un vecino

suyo. Era el tal un tratante en cerdos de aquellos contornos, pero

había sido antaño soldado en el ejército de Napoleón, donde, como

el cochero borracho de Evora, supongo que adquiriría sus hábitos de

embriaguez y su francés rudimentario.

Desde Estremoz a Elvas hay seis leguas. A las nueve de la mañana

siguiente emprendí la marcha. El camino corría al principio por

terreno cerrado, pero no tardamos en salir a unas llanuras yermas y

desabrigadas, en las que el viento, que no dejaba de perseguirnos,

gemía tristemente. No encontramos alma viviente en el camino. El

paisaje era en extremo desolado. En el cielo, gris oscuro, no se

vislumbraba ni un rayo de sol. A gran distancia delante de nosotros,

sobre una elevación del terreno, se alzaba una torre, único objeto

que rompía la uniformidad del desierto. Dos horas después de haberla

columbrado, llegamos al pie de la altura donde estaba la torre; allí

mana una fuente y vierte sus aguas transparentes y puras en un pilón

de piedra. Hicimos alto para dar de beber a las mulas.

Eché pie a tierra, y separándome del guía, emprendí la subida hacia

la torre. La cuesta era muy suave, mas no dejé de pasar algún

trabajo, por estar el piso cubierto de piedras afiladas, que,

pasándome el calzado, me hirieron dos o tres veces en los pies;

además, la distancia resultó ser mucho mayor de lo que yo supuse. Al

fin llegué a las ruinas, pues no otra cosa había allí. Me encontré

con una de esas torres vigías, llamadas en portugués _atalaias_;

era cuadrada, rodeábala un muro, derruído en grandes trechos. La

torre, cuya parte inferior estaba toda macizada, no tenía puerta;

pero en una de sus caras había unas hendiduras entre las piedras

para apoyar los pies, y trepando por tan tosca escalera llegué a un

aposento pequeño, de unos cinco pies en cuadro, con el techo hundido.

Dominábase desde allí una extensa vista en todas direcciones; aquel

era evidentemente el alojamiento de los encargados de vigilar la

frontera y de dar la alarma—encendiendo hogueras, acaso—al aparecer

los enemigos. Un puñado de hombres resueltos podía defenderse en tan

pequeña fortaleza contra asaltantes numerosos, expuestos en la subida

a los tiros de la torre.

Ya iba a marcharme cuando, detrás de una parte del muro no recorrida

por mí, sonó un grito extraño; acudí presuroso y me encontré con

una miserable criatura, harapienta, sentada en una piedra. Era un

loco, como de treinta años de edad, creo que sordo-mudo. Clavado en

su asiento, desvariaba y gesticulaba, retorciendo su ruda fisonomía

en espantables contorsiones. Solo aquello faltaba para completar

la escena. Unos bandidos hubieran estado fuera de lugar en tan

melancólica desolación. Pero el loco, sentado en la piedra detrás

de las ruinas batidas por el viento, contemplando los marchitos

chaparrales, sobre los que gravitaba un cielo hosco y pesado,

componía un cuadro de tristeza y miseria como no lo habrá concebido

poeta o pintor alguno en sus delirios más sombríos. No es este el

primer caso en que me ha tocado comprobar que la realidad sobrepuja a

veces a la fantasía.

Monté de nuevo en la mula y caminamos hasta que, al llegar a lo alto

de otra colina, exclamó el guía súbitamente: «¡Allí está Elvas!»

Miré en la dirección que me indicaba, y vi una ciudad encaramada

en un alto cerro. Separado de éste por un profundo valle, hacia la

izquierda, había otro cerro mucho más alto, donde está la famosa

fortaleza de Elvas, reputada por la más poderosa de Portugal. Entre

ambos cerros, pero muy al fondo, y lejos, en dirección de España,

columbré las vertientes sombrías y la cima nebulosa de una soberbia

montaña, que, según más adelante supe, era Alburquerque, una de las

mayores de Extremadura.

El camino entraba allí en paraje cultivado; por entre setos vivos

llegamos a un sitio donde el terreno descendía suavemente. A la

derecha arrancaba el acueducto que provee de agua a la ciudad; tenía

allí escasamente dos pies de altura, pero según íbamos descendiendo,

las proporciones de la fábrica crecían, hasta ser colosales. Cerca

del fondo del valle, el acueducto torcía a la izquierda, salvando

el camino con uno de sus arcos: al pasar por debajo, alcé los ojos

para mirarlo. El agua corría a cien pies de altura sobre mi cabeza;

la inmensidad de la obra realizada para transportarla me llenó de

admiración. Con todo, cierto detalle rebaja mucho las pretensiones de

grandeza y magnificencia de este acueducto: el agua no corre, como

en el de Lisboa, sobre un solo orden de arcos gigantescos, posados

en el valle como piernas de titanes, sino sobre tres órdenes de

arcos superpuestos. El gasto y el trabajo necesarios para levantar

tan insigne máquina, debieron de ser enormes; y cuando se piensa en

la relativa facilidad con que la industria moderna obtendría igual

resultado, no puede uno por menos de alegrarse de vivir en tiempos en

que es innecesario esquilmar la riqueza de una provincia para proveer

a una ciudad, construída en un cerro, de un indispensable elemento de

vida.

La Biblia en España, Tomo I (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 20 / 33 题