El frío en Portugal.—Me libro de una extorsión.—Sensación de
soledad.—El perro.—El convento.—Un paisaje encantador.—El
castillo morisco.—Plegaria por un enfermo.
Unos quince días después de mi regreso de Evora y terminados los
indispensables preparativos, emprendí el viaje a Badajoz, donde
pensaba tomar la diligencia para Madrid. Badajoz está a unas cien
millas de Lisboa y es la principal ciudad fronteriza de España por
la parte del Alemtejo. Para llegar a ella, tenía que rehacer hasta
Monte Moro el camino ya recorrido en mi excursión a Evora; por tanto,
poca diversión podía prometerme de la novedad de los sitios. Además
de eso, iba a hacer el viaje muy solo, sin otra compañía que la del
arriero, porque no pensaba retener a mi criado más que hasta Aldea
Gallega, para donde salí a las cuatro de la tarde. Escarmentado por
la primera travesía, no me embarqué ahora en un bote, sino en uno
de los faluchos que hacen el servicio regular de pasajeros, y así
llegue a Aldea Gallega, después de seis horas de viaje; el barco iba
muy cargado, no había viento, y los marineros no pudieron soltar
los pesados remos ni un instante. La travesía fué el reverso de la
primera—completamente segura, pero tan lenta y fatigosa, que cien
veces deseé verme de nuevo bajo la conducta de aquel marinerillo
bárbaro, galopando sobre las olas hirvientes impelidas por el
huracán. Desde las ocho hasta las diez el frío fué verdaderamente
terrible, y aunque iba yo empaquetado en un excelente _shoob_ de
pieles, de mucho abrigo, con el que había desafiado los hielos del
invierno ruso, tiritaba todo mi cuerpo, y al pisar de nuevo el
Alemtejo, me alegré aun más que la vez primera, cuando desembarqué
luego de escapar de una horrorosa tempestad.
Me alojé por aquella noche en una casa en que me había presentado,
a nuestro regreso de Evora, aquel amigo mío que se asustaba de la
oscuridad; en ella se encontraba mejor acomodo que en la posada de la
Plaza, si bien me hacían pagar por todo precios inhumanos. Mi primer
cuidado fué buscar mulas que nos llevasen con el equipaje a Elvas,
desde donde sólo hay tres leguas cortas hasta Badajoz. Los dueños
de la casa dijéronme que podían poner a mi disposición dos mulas
excelentes; pero cuando pregunté el precio tuvieron la desvergüenza
de pedirme cuatro _moidores_. Les ofrecí tres, que era ya demasiado,
pero no los aceptaron; sabían que yo era inglés, y, por tanto, la
oportunidad de ponerme a contribución les pareció excelente; porque
no podían figurarse que una persona tan rica como un inglés «debe»
ser, se determinara a salir a la calle en noche tan fría, sólo por
buscar un ajuste más razonable. Se equivocaron de medio a medio, y
díjeles que, antes de fomentar su picardía, me daría el gusto de
volverme a Lisboa; al oírme, rebajaron el precio a tres _moidores_ y
medio; pero yo, sin responder palabra, salí con Antonio y me dirigí a
la casa del viejo que nos había llevado la otra vez a Evora. Llamamos
muchas veces, porque el hombre estaba acostado; al fin se levantó y
nos abrió; pero, al oír nuestra petición, dijo que sus mulas habían
ido de nuevo a Evora con el muchacho, para traer unas mercancías. Nos
recomendó, sin embargo, a un vecino suyo, alquilador de mulas, y con
él ajustó Antonio dos buenas caballerías por dos _moidores_ y medio.
Digo que las ajustó Antonio, porque yo me estuve aparte y sin hablar,
mientras el dueño, a medio vestir, con una luz en la mano y tiritando
de frío, nos llevó a ver sus bestias, y el hombre no se enteró de que
eran para un extranjero hasta después de cerrar el trato y de recibir
una cantidad en señal. Me volví a mi alojamiento muy satisfecho, y
después de cenar un poco me fuí a acostar, sin hacer gran caso de los
posaderos, que me apuñalaban con la mirada de sus ojillos judaicos.
A las cinco de la mañana siguiente llegaron las mulas a la puerta de
la casa. Con ellas venía un muchacho de diez y nueve o veinte años.
Era bajo, pero sumamente recio, y poseía la cabeza más grande que
he visto nunca sobre los hombros de un mortal; cuello, no lo tenía;
al menos no pude descubrir nada digno de ese nombre. Era su rostro
de fealdad repulsiva y en cuanto le dirigí la palabra, descubrí que
era idiota. Tal iba a ser mi compañero en un viaje de cien millas y
de cuatro días, a través de una de las regiones más agrestes y peor
afamadas del reino. Me despedí de mi criado casi con lágrimas en los
ojos, porque siempre me había servido con suma fidelidad y mostrado
un celo y un deseo de contentarme que me llenaban de satisfacción.
Partimos, yendo el imbécil del guía sentado en la mula de carga,
encima del equipaje, con las piernas cruzadas. Acababa de ponerse
la luna. La mañana era profundamente oscura y el frío, como
siempre, penetrante. No tardamos en llegar al lúgubre bosque, ya
atravesado por mí otra vez, y por él caminamos algún tiempo, lenta y
tristemente. No se oía más ruido que el de las mulas. Ni un soplo
de aire movía las ramas desnudas. En los matorrales no se rebullía
animal alguno, ni volaban sobre nosotros pájaros, ni siquiera las
lechuzas. Todo parecía desolado y muerto. En mis numerosos y lejanos
viajes, nunca he tenido sensación de soledad ni deseo de conversar
y de cambiar ideas tan vivos y fuertes como en aquel momento. Era
inútil hablar al arriero idiota; conocía muy bien el camino, pero a
cualquier pregunta que se le hacía no daba otra respuesta que una
risa imbécil. Al verme en tal estado, hice lo que muchas personas
hacen cuando se ven privadas de todo consuelo humano: volví mi
corazón a Dios y comencé a comunicar con Él por la oración, con lo
que mi alma se vió pronto confortada y tranquila.
Hicimos nuestro camino sin novedad, ni tropezamos con ladrones, ni
vimos ser viviente hasta llegar a Pegões; desde este punto hasta
Vendas Novas, tuvimos la misma suerte. Los dueños de la posada de
este lugar me conocían bien, por haber pasado dos noches bajo su
techo; y al verme aparecer de nuevo me dieron la bienvenida con mucha
amabilidad. El nombre de este posadero es, o era, José Díaz Azido,
y a diferencia de la generalidad de sus compañeros de profesión en
Portugal, es un hombre honrado; los extranjeros, al alojarse en esta
posada, pueden estar seguros de que no los saquearán ni robarán sin
piedad a la hora de pagar la cuenta, ni les cobrarán un solo _re_ más
que a un portugués en iguales circunstancias. En este pueblo pagué
exactamente la mitad de lo que me pidieron en Arroyolos, donde pasé
la noche siguiente con muchas menos comodidades de todo orden.
A las doce del siguiente día llegamos a Monte Moro, y como no tenía
gran prisa, decidí visitar las ruinas yacentes en la cima y la
falda de la soberbia montaña erguida sobre la ciudad. Después de
pedir algo de comer en la posada donde paramos, subí cerro arriba
hasta llegar a un ancho muro o parapeto que, a cierta altura, ciñe
la montaña entera. Por un tosco puente de piedra crucé un pequeño
foso o trinchera; pasé al pie de una gruesa torre, y atravesando el
arco de una puerta me encontré en la parte cercada de la montaña. A
mano izquierda había una iglesia, bien conservada y destinada aún al
culto; pero no pude verla, porque la puerta estaba cerrada con llave
y no vi por allí a nadie que pudiera abrirla.
Pronto comprendí que mi curiosidad me había llevado a un lugar
verdaderamente extraordinario, muy superior al escaso talento
descriptivo de que estoy dotado. Anduve dando traspiés sobre las
ruinas, y en un momento determinado me di cuenta de que caminaba
sobre bóvedas, deteniéndome de pronto ante un ancho agujero en el
que hubiera caído si llego a dar un paso más en mi distraída marcha.
Seguí un buen trecho a lo largo del muro por el lado oriental, cuando
de pronto oí un tremendo ladrido y apareció un perrazo como los que
guardan los rebaños en aquellas campiñas; dando saltos se me acercó,
dispuesto a atacarme «con los ojos hechos brasas y enseñando los
colmillos». Si hubiese huído o hubiese empleado un modo de defensa
distinto del que, sin falta alguna, acostumbro a usar en tales
circunstancias, el perro me hubiera mordido probablemente; lo que
hice fué inclinarme hasta casi pegar la barba con las rodillas,
mirando al perro fijamente en los ojos, y ocurrió, como dice John
Leyden en la más hermosa balada que la «Tierra del Brezo» ha
producido, «que el perro salió huyendo, como herido por un conjuro
mágico».
Es un hecho conocido de mucha gente, y comprobado con frecuencia,
según creo, que ningún perro o animal mayor y fiero, de cualquier
especie que sea, con excepción del toro, que cierra los ojos y
embiste a ciegas, se atreve a atacar a un hombre que le haga cara con
firme y sereno continente. Digo un animal mayor y fiero, porque es
más fácil repeler a un sabueso o a un oso de Finlandia de la manera
dicha, que a un perro sin raza o a un perdiguero, contra el que un
palo o una piedra son mucho mejor defensa. Nada de esto asombrará a
quien considere que una serena mirada de reproche le basta a la razón
para mitigar los excesos de los hombres fuertes y valerosos, mientras
que ese medio sólo sirve para aumentar la insolencia de los débiles
y de los necios, fáciles de amansar, en cambio, como palomas si se
les infligen castigos que, aplicados a los primeros, exacerbarían
su cólera, haciéndola más terrible, y, como pólvora arrojada en una
hoguera, les induciría, en loca desesperación, a sembrar el estrago
en torno suyo.
A los ladridos del perro, surgió de una especie de paseo un viejo, su
amo, a mi parecer, a quien hice varias preguntas acerca del lugar. El
hombre, bastante cortés, me contó que había servido como soldado en
el ejército inglés, al mando del «gran lord», durante la guerra de la
península. Me dijo que había un convento de monjas un poco más lejos,
y como se mostrara dispuesto a llevarme a él, echamos a andar hacia
la parte Sureste de la muralla, donde se aparecía un vasto edificio
ruinoso.
Entramos en cierto lóbrego aposento de piedra, en uno de cuyos
rincones había una especie de ventana cerrada por una tabla
giratoria, por donde se entregaban y recibían los objetos en el
convento. El viejo tocó la campana, y, sin decir palabra, se retiró,
dejándome algo perplejo; pero, un instante después oí, sin poder
ver a quien me hablaba, una suave voz femenina preguntándome mi
condición y el motivo de mi visita. Dime a conocer como un inglés
que, de paso en Monte Moro, camino de España, había subido al cerro
a visitar las ruinas. La voz me respondió: «Supongo que será usted
militar, e irá a pelear contra el rey, como todos sus compatriotas.»
«No—dije yo—; no soy hombre de guerra, soy un cristiano; no voy a
verter sangre, sino a procurar la difusión del evangelio de Cristo en
un país que le desconoce»; a esto me respondió una risita ahogada.
Pregunté después si había en el convento ejemplares de las Sagradas
Escrituras; aquella voz amigable no supo darme noticias sobre
el particular, y casi no me atrevo a creer que mi interlocutora
entendiese la pregunta. Me contó que el oficio de abadesa era anual;
cada año tenían superiora nueva. Al preguntar si a las monjas no se
les hacía muy pesado el tiempo, me declaró que, cuando no tenían
cosa mejor en qué ocuparse, se entretenían haciendo quesadillas para
el consumo de aquellos contornos. Di las gracias a la voz por sus
noticias, y me fuí. Según iba andando pegado al muro del convento
hacia el Suroeste, sonaron sobre mi cabeza nuevas y más fuertes risas
ahogadas; alcé la vista y descubrí en tres o cuatro ventanas los
rostros melancólicos y los flotantes cabellos negros de las monjas,
ansiosas de ver al forastero. Me besé la mano repetidas veces, y
proseguí la marcha; a poco llegué al extremo Suroeste de aquella
montaña tan fértil en curiosidades. Allí encontré los restos de un
gran edificio, construído, al parecer, en forma de cruz. En su parte
oriental subsiste una torre entera; el lado Oeste, todo en ruinas,
cae al borde de la colina, mirando al valle por cuyo fondo corre el
arroyo ya mencionado en otra ocasión.
El día era muy caluroso, a pesar del frío de las noches anteriores;
el radiante sol de Portugal alumbraba un paisaje de arrebatadora
hermosura. Bosquecillos de alcornoques cubrían el lado opuesto del
valle y las pendientes lejanas, formando deliciosas perspectivas,
donde pacían los rebaños; las aguas del arroyo se estrellaban en los
pedruscos del cauce y hacían un suave murmullo que llegaba hasta mi
oído, bañándome el alma en delicias. Sentado en las ruinas del muro
permanecí extático, vertiendo lágrimas de felicidad; porque de todos
los placeres que por la bondad de Dios gozan sus hijos, ninguno tan
caro a ciertos corazones como la música de los bosques y de los
arroyos y la contemplación de las bellezas de su gloriosa creación.
Transcurrió una hora, y aún permanecía yo sentado en la muralla;
las escenas de mi vida pasada flotaban ante mis ojos en fantástica
e impalpable formación, y por entre ellas asomaban aquí y allá los
árboles, las colinas y demás objetos del panorama que realmente tenía
frente a mí. El sol me quemaba el rostro, pero yo no hacía caso de
ello; hubiera permanecido allí hasta la noche, creo yo, sumido en
una de esas ensoñaciones, buenas tan sólo para debilitar el ánimo,
lo confieso, y para malgastar muchos minutos que podrían emplearse
mejor, si el disparo de la escopeta de un cazador, despertando los
ecos de los bosques, de las montañas y de las ruinas, no me hubiese
hecho ponerme en pie y recordar que aún me faltaban tres leguas para
llegar a la hostería donde me proponía pasar la noche.
Guié mis pasos hacia la posada, siguiendo a lo largo de una especie
de parapeto. Poco antes de llegar a la puerta de entrada, observé
a mano derecha una cripta vaciada en la vertiente del monte; tres
columnas sostenían la techumbre, pero había cedido un poco hacia
el fondo, de suerte que la luz penetraba en el interior por una
hendidura abierta en lo alto. Aquello podía haber sido edificado para
servir de capilla o de cementerio, me inclino a creer que de esto
último; pero, seguramente, no era obra de moros. En mis correrías
por aquellos lugares, nada vi que me recordase a tan singularísimo
pueblo. En el cerro donde yacen estas ruinas hubo, sin duda alguna,
un poderoso castillo de los moros, quienes al invadir la península
ocuparon casi todos los lugares altos y naturalmente fuertes,
poniéndolos en estado de defensa; pero es probable que perdieran muy
pronto el cerro visitado ahora por mí, y que los muros y edificios
cuyos despojos lo cubren, fuesen labrados por los cristianos después
de reconquistar la posición del poder de los terribles enemigos de
su fe. Monte Moro presenta cierta lejana semejanza con Cintra, que
puede traer a la mente del viajero el recuerdo de este último lugar;
sin embargo, hay en Cintra una nota agreste y ruda que no existe en
Monte Moro. Allí los peñascos gigantescos se apilan en forma tal, que
parecen amenazar con la destrucción inminente de cuanto los rodea;
las ruinas aún adheridas a los peñascos, más parecen nidos de águilas
que restos de habitaciones humanas, incluso de moros; mientras que
las ruinas de Monte Moro están asentadas, comparativamente, con
más holgura en el ancho lomo de un cerro, grande y levantado, pero
sin peñascos ni precipicios, al que puede subirse por todos lados
sin gran dificultad. Viva satisfacción me produjo la visita a ese
monte; muchas cosas he de ver en mis viajes para olvidar la voz en el
convento medio derruído, las murallas entre cuyos escombros divagué,
y el parapeto donde estuve sentado una hora, sumido en mi arrobador
ensueño, bajo los rayos brillantes del sol.
Volví a la posada, y restauré mis fuerzas con té y unas quesadillas
muy dulces y agradables, obra de las monjas del convento. Al observar
el semblante triste y preocupado de la gente de la casa, pregunté el
motivo a la huéspeda, sentada casi sin movimiento en el suelo junto a
la lumbre; díjome que su marido estaba en peligro de muerte a causa
de una enfermedad, que, por los síntomas, debía de ser una especie
de cólera; el médico no abrigaba esperanzas de salvación. La animé a
confiar en el poder de Dios, capaz de restaurar al enfermo en pocas
horas, trayéndole desde el borde de la tumba a la plena salud, y así
debía ella pedírselo fervorosamente al Todopoderoso. Añadí que, si no
sabía hacer la oración propia del caso, yo estaba dispuesto a orar
por ella, con tal que se uniese en espíritu a mi súplica. Entonces
ofrecí una breve plegaria en portugués, pidiendo al Señor que, si así
convenía, librara a aquella familia de la grave aflicción que pesaba
sobre ella. La mujer escuchó muy atenta, con las manos devotamente
juntas, hasta el fin de la oración, y después me miró con asombro,
al parecer, pero sin pronunciar palabra por donde yo pudiera colegir
si lo dicho por mí le había o no desagradado. Me despedí luego de la
familia, y, montando en la mula, salí para Arroyolos[34].
[34] Es Arrayolos. (Knapp).