El colegio.—El rector.—La piedra de toque.—Prejuicios
nacionales.—Deportes juveniles.—Los judíos de Lisboa.—Creencias
corrompidas.—Crimen y superstición.
Una tarde me dijo Antonio: «Me parece, _Senhor_, que a su merced le
gustaría ver el colegio de los... ingleses»[30]. «Lléveme allá, sin
falta»—le contesté yo—. Condújome por varias calles, y nos detuvimos
ante un edificio situado en uno de los puntos más altos de Lisboa.
Llamamos, y un a modo de portero vino en seguida a preguntar lo que
queríamos. Antonio se lo explicó. Vaciló un instante y nos mandó
entrar, llevándonos a un lóbrego vestíbulo de piedra, donde nos
dejó después de invitarnos a tomar asiento. De allí a poco salió
un personaje venerable, como de setenta años de edad, vestido con
una ropa flotante a manera de sobrepelliz, y tocado con la gorra
colegial. A pesar de sus años, había en las facciones de aquel
hombre un tenue matiz rojizo, característico del inglés. Se acercó
a nosotros lentamente y en nuestro idioma me preguntó en qué podía
servirme. Díjele que, como viajero inglés, tendría un placer muy vivo
en visitar el colegio, si era costumbre enseñárselo a los extraños.
No opuso inconveniente alguno a mis deseos, pero me declaró que
no llegaba en muy buena ocasión, por ser la hora de la comida. Me
excusé, y al querer retirarme, el anciano me rogó que aguardara unos
minutos, hasta que, terminada la comida, los directores del colegio
pudieran tener el gusto de acompañarme.
[30] La palabra suprimida parece ser «católicos». Borrow gustaba
de éste, al parecer, insignificante misterio. (Nota del editor U.
R. Burke.)
Nos sentamos en el poyo de piedra, y después de examinarme
atentamente un poco de tiempo, el anciano clavó los ojos en Antonio.
«¿Qué es lo que veo?—dijo al fin—. Tengo la seguridad de que esa
cara no me es desconocida.» «Así es, reverendo padre»—contestó
Antonio levantándose y haciendo una profunda reverencia—. «Yo servía
en casa de la condesa de..., en Cintra, cuando vuestra reverencia
era su director espiritual.» «Cierto, cierto—dijo el anciano varón,
suspirando—. Ahora le recuerdo a usted perfectamente. ¡Ah! Las
cosas han cambiado mucho desde entonces, Antonio; nuevo gobierno,
nuevo sistema, y podría decir nueva religión.» Entonces, mirándome
de nuevo, me preguntó adónde era mi viaje. «Voy a España—le dije—,
y de paso me he detenido en Lisboa.» «¡España, España!—exclamó el
viejo—. Ciertamente, ha escogido usted una ocasión singular para ir
a España, habiendo como hay allí ahora guerras enconadas, alborotos
y efusión de sangre.» «Me parece que la causa de don Carlos está ya
vencida—contesté—; ha perdido el único general capaz de llevar sus
huestes a Madrid. Zumalacárregui, que era su Cid, ha muerto.» «No se
forje usted ilusiones. Con perdón de usted, joven, creo que el Señor
no permitirá que triunfe tan fácilmente el poder de las tinieblas. La
causa de don Carlos no está vencida. Su triunfo no depende de la vida
de un frágil gusano como el que acaba usted de nombrar». Departimos
así un breve rato y luego se levantó, diciendo que ya debía de haber
concluído la comida.
Aún no hacía cinco minutos que nos había dejado solos, cuando
entraron en el vestíbulo tres individuos que se me acercaron
pausadamente.—Estos son los directores del colegio, dije entre mí; y
lo eran, en efecto. El primero de aquellos varones, a quien los otros
dos trataban con notable deferencia, era delgado y seco, de estatura
más que regular, muy pálido de tez, las facciones demacradas, pero
bellas, y de ojos oscuros y chispeantes; podía tener unos cincuenta
años. Sus dos compañeros estaban en plena juventud. El uno, más
bien bajo, tenía en su sombrío semblante aquella expresión dolorida
tan frecuente en los [católicos] ingleses; el otro era un mocetón
coloradote, con cara de buena persona. Los tres llevaban el birrete
peculiar del colegio y sotanas de seda. El de más edad se acercó
a mí, y tomándome la mano me dirigió, con voz clara y de timbre
argentino, las siguientes razones:
—Bien venido seáis, señor, a nuestra pobre casa. Siempre nos alegra
mucho recibir en ella a los compatriotas que vienen de nuestro amado
país natal. En verdad, este contento se aminora mucho al considerar
que aquí nada hay digno de la atención del viajero; nada notable hay
en esta casa, salvo, quizás, su organización: yo iré explicándosela a
usted en el curso de nuestra visita. Pero ante todo, permítanos usted
que nos presentemos nosotros mismos; yo soy el rector de este humilde
asilo inglés; este señor es nuestro profesor de humanidades, y éste
(señalando al mocetón), es nuestro profesor de lenguas sabias, hebreo
y siriaco.
YO.—Saludo a todos ustedes humildemente, y les ruego me excusen si
me permito preguntar quién era aquel venerable señor que se ha tomado
la molestia de acompañarme hasta que ustedes han tenido comodidad
para venir.
EL RECTOR.—¡Oh! Es nuestro limosnero, nuestro capellán; persona
digna de la mayor admiración. Vino a este país antes de nacer ninguno
de nosotros, y aquí ha estado siempre desde entonces. Ahora, subamos,
si gustáis, a visitar nuestra pobre casa. Pero, querido señor, ¿por
qué permanece usted descubierto en este vestíbulo, tan frío y tan
húmedo?
YO.—La explicación es muy fácil; se trata de una costumbre ya muy
arraigada. Acabo de llegar de Rusia, donde he estado algunos años.
Los rusos se quitan el sombrero indefectiblemente cuando entran bajo
techado, ya sea en una choza, en una tienda o en un palacio. No
hacerlo así, parecería grosería o barbarie; la razón es que en cada
aposento de las casas rusas hay un cuadrito de la Virgen colgado
en un rincón, muy cerca del techo, y en prueba de respeto, los que
entran se quitan el sombrero.
Los tres señores cambiaron rápidas ojeadas de inteligencia. Había
tropezado en su Shibbolet, y descubrían en mí un Ephraimita, no un
hijo de Galaad[31]. Sin duda, hasta aquel momento me habían tenido
por uno de los suyos, miembro, y acaso sacerdote, de su antigua,
grandiosa e imponente religión. Era muy natural su error, lo
confieso. ¿Qué motivos podía tener un protestante para entrometerse
en aquel retiro? ¿Qué interés podía moverle a conocer la organización
de la casa? Sin embargo, lejos de disminuir sus atenciones para
conmigo después de tal descubrimiento, aquellos señores aumentaron
visiblemente su cortesía, si bien un observador escrupuloso hubiera
quizás percibido una leve sombra en la cordialidad de sus maneras.
[31] Galaad, nieto de Manasés, padre de los galaaditas. Los
israelitas de la tribu de Ephraim se amotinaron contra galaaditas
y fueron vencidos. El modo de pronunciar la palabra Shibbolet
(espiga) servía a los galaaditas para descubrir a los fugitivos
de Ephraim que trataban de ocultar su origen; y una vez
descubiertos, los degollaban. V. Libro de los jueces, XII, 1 a 6.
(_N. del T._)
EL RECTOR.—¿Debajo del techo en cada aposento? Creo que es eso
lo que ha dicho usted. Es, en verdad, muy agradable e interesante:
un cuadro de la «santa» Virgen en cada aposento. La noticia es tan
inesperada como agradable. Desde este momento tendré de los rusos una
opinión mucho más elevada que hasta aquí. Es un ejemplo muy digno
de imitación. Quisiera sinceramente que también nosotros tuviéramos
la costumbre de poner una «imagen» de la «santa» Virgen en cada
rincón de nuestras casas, cerca del techo. ¿Qué decís a esto, señor
profesor de humanidades, qué decís de la noticia que con tanta
amabilidad nos ha dado este excelente caballero?
EL PROFESOR DE HUMANIDADES.—Digo que es placentera y de grandísimo
consuelo; pero declaro que no me coge enteramente desprevenido. La
adoración de la Santa Virgen se extiende cada día más por países
donde estaba olvidada o era hasta aquí desconocida. El doctor W...,
cuando pasó por Lisboa, me dió algunos detalles interesantísimos
respecto de los trabajos de la propaganda en la India. Hasta
Inglaterra, nuestra amada patria...
Mis corteses amigos me enseñaron toda su «pobre casa». Cierto,
no parecía ser muy rica; espaciosa, sí, pero casi en ruinas. La
biblioteca era pequeña y no poseía nada notable. Desde las azoteas
se descubría un vasto y hermoso panorama del Tajo y de la mayor
parte de Lisboa. Pero yo no había ido buscando a tal lugar obras de
arte, ni libros raros, ni hermosas vistas; visité aquella singular y
antigua mansión para conversar con sus habitantes, porque mi estudio
favorito, y podría decir único, es el hombre. Aquellos señores
resultaron bastante parecidos a como yo me los figuraba, pues no era
la primera vez que visitaba un establecimiento [católico] inglés
en tierra extraña. Llenos de amabilidad y cortesía recibieron al
compatriota hereje y aunque el adelanto de su propia religión era
para ellos un objeto de primordial importancia, no tardé en observar
que, con una inconsecuencia bastante divertida, conservaban en grado
portentoso algunos prejuicios nacionales casi extinguidos ya en la
madre patria, y movidos por ellos llegaban a censurar y desdorar a
sus mismos correligionarios. Hablé de los [católicos] ingleses, de
su elevada respetabilidad, y de la lealtad que uniformemente han
guardado a sus soberanos, aunque de religión diferente y no obstante
haber sufrido no pocas persecuciones e injusticias.
EL RECTOR.—Me regocija mucho oírle a usted hablar así, carísimo
señor; veo que conoce usted bien al venerable gremio de mis
correligionarios ingleses; cierto: nunca faltaron a la lealtad, y
aunque les achacaron conjuraciones y complots, de sobra se sabe ya
que todo eso eran calumnias inventadas por enemigos de su religión.
Durante las guerras civiles los [católicos] ingleses vertieron
de buen grado su sangre y prodigaron sus riquezas por la causa
del mártir infeliz, aunque éste no los favoreció nunca y los miró
siempre con desconfianza. Actualmente, los [católicos] ingleses
son los súbditos más fieles de nuestro gracioso soberano. Mucho me
contentaría poder decir otro tanto de nuestros hermanos irlandeses;
pero su conducta ha sido detestable. Realmente, ¿podía esperarse
otra cosa? Los verdaderos [católicos] se avergüenzan de ellos.
Hay entre los irlandeses algunas personas que son el oprobio de la
iglesia que pretenden servir. ¿De dónde sacan que nuestros cánones
aprueben su proceder, ni sus inconsideradas expresiones respecto de
quien es su soberano por derecho divino y no puede errar? Y, sobre
todo, ¿en qué autoridad se apoyan para inflamar las pasiones de una
turba vil contra la nación destinada naturalmente a gobernarla?
YO.—Creo que hay un colegio irlandés en Lisboa.
EL RECTOR.—Así es; pero vive lánguidamente; tiene muy pocos
alumnos, o ninguno.
Miré desde una ventana, a gran altura, y vi que en un patio, debajo
de nosotros, estaban jugando veinte o treinta apuestos muchachos.
«Eso me parece muy bien», exclamé; «estos muchachos no dejarán de
ser buenos sacerdotes porque dediquen un rato a los deportes. La
educación puritana, demasiado rígida y seria, no me gusta; a mi
parecer fomenta el vicio y la hipocresía.»
Fuimos después al aposento del rector, donde había colgado, encima de
un crucifijo, un pequeño retrato.
YO.—Este fué un grande hombre, prodigioso y sin tacha. En mi
opinión, la compañía que fundó, tan censurada por muchos, ha
producido infinitamente más beneficios que daños.
EL RECTOR.—¿Qué es lo que oigo? ¿Usted, inglés y protestante, habla
con admiración de Ignacio de Loyola?
YO.—Nada diré respecto de la doctrina de los jesuítas, porque,
como acaba usted de decir, soy protestante; pero estoy dispuesto a
sostener que no hay en el mundo gente a quien, en general, pueda
encomendársele con más confianza la educación de la juventud. Su
sistema moral y su disciplina, son verdaderamente admirables. Sus
discípulos, cuando llegan a la edad viril, rara vez son viciosos ni
licenciosos, y, en general, son hombres instruídos y de ciencia,
poseedores de todas las prendas de una educación esmerada. Me parece
execrable la conducta de los liberales de Madrid, que asesinaron el
año pasado a los indefensos padres, por cuyas solicitud y sabiduría
se han desarrollado dos de los más brillantes talentos de la España
actual: Toreno y Martínez de la Rosa, gala de la causa liberal y de
la literatura moderna de su país...
En la parte baja de las calles del oro y de la plata, de Lisboa,
puede verse a diario cierta caterva de hombres de extraña catadura,
que no parecen portugueses ni europeos. Congréganse en pequeños
grupos junto a las columnas de la calle a eso del mediodía. Su
vestidura consiste, generalmente, en una túnica azul sujeta a la
cintura por un ceñidor rojo, anchos calzones o pantalones de lienzo,
y un bonete colorado con una borlita de seda azul en lo alto. Al
pasar entre los grupos se les oye hablar en español o en portugués
corrompidos, y, a veces, en una lengua áspera y gutural, en la que
cuantos han viajado por Oriente reconocen el arábigo o alguno de sus
dialectos. Aquellas gentes son los judíos de Lisboa. Un día me metí
en uno de los grupos y pronuncié un _beraka_ o bendición. En diversas
partes del mundo he vivido en contacto con la raza hebrea, y conozco
bien sus maneras y fraseología. Tenía yo muy vivos deseos de conocer
la situación de los judíos portugueses, y aproveché la oportunidad
que se me ofreció. «—Este hombre es un rabí poderoso—dijo una voz en
arábigo—; nos importa tratarle con bondad». Diéronme la bienvenida,
y, favoreciendo su error, en pocos días me enteré de cuanto a sus
personas y a su tráfico en Lisboa concernía.
Los judíos de Europa están al presente divididos en dos clases (o
sinagogas, como las llaman algunos): la portuguesa y la alemana. La
más famosa de las dos es la portuguesa. A los judíos de esta clase
se les considera generalmente más civilizados que los otros, mejor
educados y más profundamente versados en la lengua de la Escritura y
en las tradiciones de sus mayores.
En Londres hay un hermoso edificio llamado la sinagoga de los judíos
portugueses, donde los ritos de la religión hebraica se cumplen con
todo el esplendor y magnificencia posibles. Conociendo estas cosas,
era natural que, al llegar a Portugal, esperase uno encontrarse en el
cuartel general de aquel judaísmo, al que por costumbre se asociaban
en mi ánimo muchas cosas respetables e imponentes. Experimenté,
pues, sorpresa considerable al oír a los seres a quien he tratado
de describir más arriba dar esta cuenta de sí mismos: «Nosotros no
somos de Portugal, venimos de Berbería; algunos, de Argel; y otros,
de Levante; pero los más, de Berbería, allá lejos»; y señalaban al
Suroeste.
—¿Y dónde están los judíos de Portugal—pregunté—, hijos auténticos de
este país?
—No conocemos a nadie fuera de nosotros—respondieron los
berberiscos—; pero hemos oído decir que aquí hay otros judíos; si
así es, no quieren tratarse con nosotros, y hacen bien, porque somos
malísima gente, ¡oh _Tsadik_!, todos ladrones, sin excepción. Cada
año viene de Swirah un barco cargado de ladrones: es el que nos trae
a nosotros a Portugal.
—¿Y vuestras esposas y familias?—dije yo—; ¿dónde están?
—En Swirah, en Salee, o en otros lugares de donde venimos; nunca
traemos a nuestras mujeres ni a nuestras familias. Muchos de
nosotros se han escapado de allí con lo puesto por salvar la vida,
huyendo de los castigos merecidos por nuestros delitos. Algunos
viven en pecado con las hijas del Nazareno, porque somos una casta
depravada, ¡oh _Tsadik_!, y no guardamos los preceptos de la ley.
—¿Tenéis sinagogas y doctores?
—Sí, ¡oh varón justo!; pero poco puede decirse de unas y otros.
Nuestros _chenourain_ son lugares infectos, y nuestros doctores están
como nosotros presos en el _galoot_ del pecado. Uno de ellos tiene en
su casa una hija del Nazareno: es de Swirah, y de tal país no puede
venir nada bueno.
—¿Y escucháis la palabra de vuestros doctores, aunque son tan
depravados como decís?
—¿Cómo podríamos vivir si no lo hiciéramos así? Nuestros doctores
son malísima gente, y viven del fraude como nosotros; con todo, son
nuestros superiores y hay que temerlos y obedecerlos. Los ángeles
están a su mandar; disponen de sortilegios, de palabras mágicas y del
_Shem Hamphorash_[32]. Si no diéramos oídos a sus palabras, podrían
sumir nuestras almas en la consternación, reducirlas a niebla, a
fango, como tú podrías también, ¡oh varón justo!
[32] El nombre que no puede pronunciarse; es decir, Jehovah o
_Yahweh_. (Nota de Burke.)
Tales fueron las cosas extraordinarias que de sí mismos me contaron
aquellos judíos, y no tuve motivos para ponerlas en duda, pues por
diferentes caminos fuí luego comprobándolas. ¡Qué buena pareja hacen
el delito y la superstición! Aquellos miserables que quebrantaban sin
escrúpulo los mandamientos eternos de su Hacedor, no se atreverían
a comer de los animales de uña indivisa[33] ni del pez sin escamas.
Desdeñan las amenazas de los santos profetas contra los hijos del
pecado, y tiemblan al oír una palabra cabalística pronunciada por
alguno que quizás los aventaja en infamia; como si, según se ha hecho
notar acertadamente, Dios fuese a delegar el ejercicio de su poder en
los fautores de la iniquidad.
[33] «Todo animal que tiene la uña hendida en dos partes y rumia
le podéis comer. Mas no debéis comer de los que rumian y no
tienen la uña hendida... a éstos los tendréis por inmundos».
Deuteronomio, XIV, 6 y 7 (_N. del T._).
Es absolutamente cierto que en otro tiempo los judíos de Portugal
gozaron merecida fama de riqueza, saber y finas maneras; pero la
Inquisición hizo en ellos pavoroso estrago. Los que se libraron del
_auto da fe_ sin convertirse a la idolatría papista, se refugiaron
en países extranjeros, sobre todo en Inglaterra, donde aún se los
conoce con su nombre de origen. Actualmente, si bien todas las
religiones están toleradas en Portugal, no se ve por parte alguna
a los auténticos judíos portugueses, y en su lugar se encuentra por
las calles de Lisboa a la ralea berberisca, gente proscrita, que no
oculta su propia degradación.